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CORAZONES EN EL CAFé

Rita Morrigan  

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Fragmento

Contenido Dedicatoria 1. ¿Quién eres Lena? 2. Buenos Aires, ¿buenos? 3. El Fin del Mundo 4. El conventillo 5. El caos 6. El secreto del Príncipe Charles 7. Goldstein, Bukowski y una gran dama 8. Una cuestión de bragas 9. La feria de los artistas 10. Sueños por delante 11. El ogro y una carta documento 12. La maqueta 13. Corazones en el café 14. Un señor de traje 15. Un mate a medianoche 16. La llamada del cangrejo 17. Los pastelitos de maría 18. Comprendiendo a Orfeo 19. Una almendra y un productor budista 20. El hada del vestido rojo 21. Mi gran tragedia griega 22. Hola y adiós, señora Massardi 23. No quiero que te vayas 24. Una sorpresa en la cartera 25. Cerrado por seducción 26. Tal como soy 27. Otra sorpresa en el guion 28. Nochebuena en familia 29. Más familia en Navidad 30. No te vayas, Alex 31. La insólita nota y una carrera loca 32. Sin fundido a negro Epílogo. Algún tiempo después...

Para Carmen y Manuel, mis maravillosos padres,

Recibe antes que nadie historias como ésta

y mi tía Josefa, cuyo amor es uno de mis grandes regalos.

Y para mi entrañable abuela América, quien,

a sus noventa y cinco años, sigue ahorrando

para cuando sea mayor.

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¿Quién eres, Lena?

La luz del atardecer inundaba de reflejos anaranjados la terminal del aeropuerto internacional Adolfo Suárez. Como fichas en un tablero de ajedrez, las sombras de los apresurados pasajeros se deslizaban por el brillante suelo hacia sus inevitables destinos. Una irónica sonrisa curvó los labios de Lena. Estaba segura de que esa metáfora sería aplicable a todas aquellas personas; a todas, excepto a ella, cuyo destino era más que incierto. Sentada en una de las incómodas butacas del aeropuerto, observaba el ir y venir de la gente mientras aguardaba un avión cualquiera que la alejara de Madrid.

—María Magdalena Vázquez de Lucena.

Lena susurró su nombre en voz baja, al mismo tiempo que recorría con la mirada el resto de los datos personales consignados en su pasaporte. «¿Quién eres tú?», se preguntó, pasando la yema del dedo índice sobre la fotografía del documento. La imagen mostraba a una muchacha joven y sonriente, ajena a cualquier problema. Así había sido hasta solo cinco meses atrás, justo cuando su perfecta existencia tocó a su fin.

La muerte de su padre había sido el verdadero punto de inflexión en su vida. A diferencia de todo lo que había hecho siempre, él se fue sin avisar, sin haberlo planeado. La mañana del 1 de enero su padre no se levantó temprano como cada día ya que, mientras todos celebraban la llegada del año nuevo y él dormía, su corazón dejó de latir.

Aquella noche ella y su novio, Alberto Valenzuela, habían salido de fiesta con un grupo de amigos. Era su último fin de año como solteros y a él le apetecía celebrarlo por todo lo alto en el gran cotillón del Casino de Madrid. Después se había quedado a dormir en el ático que Alberto poseía en la calle Alcalá, puesto que, a solo cinco meses para su boda, las conservadoras reglas de sus padres a ese respecto se habían vuelto menos estrictas. La mañana de Año Nuevo, su teléfono móvil les despertó casi al mediodía.

—Lena, cariño, ven a casa. —La voz de su madre sonó quebrada—. Tu padre ha sufrido un accidente.

Un resbalón en la ducha era un accidente, o una caída por las escaleras, pero no un infarto mientras se duerme. «Fue mucho más que un accidente», pensó con sarcasmo. Sin embargo, su madre no quiso decirle por teléfono que él había fallecido, y por ello debió enterarse de la terrible noticia al llegar a su casa.

Cuando vio a su padre tumbado sobre la cama creyó que dormía, simplemente porque no podía estar muerto. Era imposible. Se sentó a su lado en la cama y no derramó ni una lágrima, convencida de que en cualquier momento abriría los ojos para reírse de todos los incautos que se habían creído la broma. Lena no lloró hasta que vio cómo el féretro entraba al horno crematorio. Comprendió que su padre no se levantaría, que se había ido para siempre. Y entonces sí lloró. De hecho, durante las siguientes semanas no hizo otra cosa. Afortunadamente, su novio Alberto se encargó de organizarlo todo, como siempre.

Aquella gran pérdida había sido lo peor que le había ocurrido en la vida. Era la única hija de un exitoso empresario y una dama de la alta sociedad madrileña, por lo que podía decirse que sus veintiocho años de existencia habían transcurrido entre esponjosos y cálidos algodones.

A pesar de ser la heredera de Panificadora Vázquez, su padre jamás la había orientado hacia una carrera de empresariales. Su indulgencia y generosidad le permitieron crecer y desarrollar una personalidad fuerte y diferente. Aun así, Lena sabía que a él le gustaría legarle la empresa y por ello, a los dieciocho años, se matriculó en la Facultad de Derecho. ¿Por qué lo había hecho? Tal vez por aquello que algunos llamaban la maldición de la hija única, ya que, más allá de sus anhelos personales, por encima de todo se encontraba el deseo de hacer feliz a un ser tan extraordinario como su padre.

A los veintidós años finalizó Derecho y comenzó a trabajar en la empresa familiar. Sin embargo, su espíritu languidecía cada día entre balances y reuniones, y su padre no tardó en darse cuenta. Su fascinación por el arte y por cualquier forma en la que el ser humano hacía más hermosa la realidad, la atraía desde tan pequeña que era imposible obviarla. Así pues, un día él se plantó en su despacho con una solicitud de matrícula para la Escuela de Bellas Artes, dispuesto a no marcharse hasta ver cómo la rellenaba.

—Nada me hace más feliz que tenerte aquí conmigo, y sé que no confiaré tanto en ningún otro abogado, pero tienes que salir de aquí o te marchitarás como una flor en invierno —le dijo, con aquel sentido inspirador con que siempre elegía las palabras.

Así fue como, a los veinticuatro años, cuando se suponía que su vida ya tendría que estar más o menos encarrilada, Lena regresó a la universidad. A pesar de la gran oposición de su madre, que consideraba el momento mucho más apropiado para organizar una boda que para regresar a la escuela. Por otro lado, su padre se mostraba orgulloso de sus altas calificaciones; tal vez porque él no había tenido la oportunidad de estudiar más allá de la secundaria, cuando debió hacerse cargo de la pequeña panadería de su familia. Siempre había trabajado duro hasta hacer de su empresa una de las más grandes y rentables del país. A don Octavio Vázquez Coria le gustaba presumir de ser el primero al que se le ocurrió vender una pieza de pan precocido y congelado; una idea que le había llevado a «amasar» una enorme fortuna. Lena sonrió al recordar que él siempre usaba aquel tipo de chascarrillos de panadero cuando contaba su historia. Tenía un grandísimo sentido del humor y le encantaba jugar con el lenguaje, riéndose del doble significado de las palabras. Una costumbre que Lena había heredado, y que les había deparado grandes momentos juntos.

Sin embargo, su madre era «harina de otro costal». Así era cómo, socarronamente, la hubiera definido él. María Elvira de Lucena Sánchez y Zurbarán era descendiente de un alto linaje castellano al que, como a muchas de las altas alcurnias, tan solo le quedaba un montón de apellidos compuestos y muy poco dinero. Educada con rígidas y conservadoras costumbres, el carácter de su madre era reservado y mucho más encorsetado que el de su progenitor. No ocultaba que la fortuna de su marido había sido la razón principal para elegirle como compañero de vida, y miraba con recelo cualquier avance social hacia la igualdad entre hombres y mujeres. Esa era la causa por la que jamás había dejado de quejarse por su larga estadía en la universidad. Para ella, encontrar un marido era el único pretexto válido por el que una mujer pensaría en pisar una facultad. Pero aquel ni siquiera era el caso de su hija, ya que Alberto y ella salían juntos desde los diecisiete años.

Su época en la Escuela de Bellas Artes había sido la más feliz de su vida. Allí, rodeada por las grandes obras de arte de la humanidad, entre las certeras pinceladas de un hermoso paisaje o las flamantes curvas del mármol de una escultura, su espíritu se elevaba lejos del mundano y material mundo de los negocios familiares. Disfrutó de cada día de su carrera; tanto, que incluso había cambiado físicamente. Su perfecto y sofisticado corte de media melena por encima de los hombros se había transformado en una larguísima cabellera de ensortijados rizos rubios. El estilo refinado de sus trajes de chaqueta había sido sustituido por una armoniosa mezcla de vivos colores e inusuales telas superpuestas. Algo que disgustaba a su madre, pero que divertía enormemente a su progenitor.

—Eres como un cuadro impresionista, hija —le dijo don Octavio una vez, cuando había ido a verlo a su despacho—. Iluminas cualquier estancia solo con entrar.

Lena sonrió ampliamente por el comentario, que, unido a su gesto de admiración, le provocó una inmensa alegría.

—Menos mal que no has dicho que te parezco una obra cubista.

Al contrario de lo que pensaba, la broma no divirtió a su padre.

—Siempre has estado más interesada en la belleza del mundo que en la tuya propia —replicó, observándola muy serio—. No eres consciente de la admiración que produces, y eso todavía te añade más atractivo. Un día vas a enloquecer tanto a un hombre que será capaz hasta de morir por ti.

—Papá —resopló—, ya conozco a un hombre especial, y espero que no se muera.

Don Octavio dibujó una mueca de ironía.

—Alberto es un gran chico, pero creo que jamás será capaz de volverse loco por nada, y mucho menos por nadie.

Aquella respuesta sumió a Lena en una profunda reflexión durante días: sobre Alberto, sobre su relación, y sobre todo aquello que su padre parecía ver tan claramente en su novio, y que a ella se le escapaba. Se conocían desde niños, habían asistido a las mismas escuelas y, al igual que sus familias, siempre se habían llevado bien. Por ello, cuando a los diecisiete años se hicieron novios, la noticia cayó de lo más natural en su entorno. Alberto aspiraba a dirigir el mismo banco que su padre, y siempre había dejado claro que necesitaba a una mujer que le comprendiera y acompañara en su camino al éxito. Curiosamente, siempre se hablaba de cómo él debía ser acompañado, y no al revés.

No obstante, Lena recordaba la forma en que Alberto tomó el control cuando su padre murió, y no podía menos que sentirse agradecida. No solo se había hecho cargo de la situación en la empresa, sino también de todo lo concerniente a su madre y a ella.

Su boda se fijó con más de un año de antelación para finales de mayo. Lena se quedó tan sobrecogida y perdida después del funeral, que permitió que su madre y Alberto continuaran con la organización del evento, a pesar de que en su vida ya nada parecía tener sentido.

—Lena, cariño, no podemos suspender una boda tan importante a solo unos días de su celebración —había dicho su madre cuando ella le planteó la posibilidad de aplazarla.

—No es tan importante —respondió—, y cinco meses es tiempo suficiente. Es más —continuó de mal humor—, tratándose de una decisión tan importante, bastaría con tomarla tan solo unos segundos antes.

Su madre le clavó aquella gélida mirada azul con la que conseguía reducirla al tamaño de una insignificante motita de polvo.

—¿Estás diciendo que no quieres casarte con Alberto, después de todo lo que ese chico ha hecho por nuestra familia? Este es el acontecimiento social más esperado del año, y estoy segura de que tu padre no hubiera deseado que lo pospusieras.

Lena no contestó, aunque conocía la respuesta. Cualquier boda debía celebrarse por amor, no por agradecimiento. Sin embargo, la referencia a su padre logró el efecto deseado: ablandarle el corazón y cerrarle la boca. Pero también sabía que ya nada era como debería. Su destino la conducía por un camino marcado que jamás se había planteado cuestionar. Puede que las dudas ya existieran cuando su padre vivía, aunque nunca se habían manifestado con tanta contundencia. Él era como un faro que disipaba sus incertidumbres. Era tan fácil quererlo que su amor alejaba cualquier miedo. Pero ahora se encontraba sola ante el precipicio, y su madre solo parecía interesada en empujarla a saltar.

Una señora que viajaba con un bebé se sentó a su lado, arrancando a Lena de sus recuerdos y devolviéndola al presente. Guardó su pasaporte, que aún sostenía en la mano, y se acomodó mejor en el escueto asiento del aeropuerto para dejarle sitio a la mujer, que parecía muy atareada.

—¿Me lo sujeta un momento, por favor?

Perpleja, Lena observó cómo le tendía a su hijo. Subió los brazos de forma mecánica y tomó al niño con el mismo cuidado que a una bomba.

—Tengo que prepararle la cena, y llevo demasiadas cosas encima —explicó la mujer con una sonrisa cómplice, al mismo tiempo que rebuscaba en una de sus bolsas.

Lena sentó al bebé en su regazo. El niño volvió la cara rechoncha hacia ella y sus enormes ojos negros brillaron al contemplar su larga y rizada melena. Elevó sus manitas, tratando de alcanzar un mechón de pelo, pero ella logró esquivarlo a tiempo. Lo sujetó con delicadeza y le besó los deditos regordetes.

—Le encantan los rulos —dijo la madre, que ya agitaba un biberón bien surtido—. ¿Tiene hijos?

Lena negó con la cabeza, correspondiéndole con otra sonrisa. Alberto y ella habían hablado alguna vez de los niños, aunque para él no fueran más que una obligación matrimonial, algo así como un compromiso vital con su legado. No le gustaban los niños, y había dejado claro que no estorbarían su estilo de vida. Solo los necesitaba para que su patrimonio permaneciera en la familia, pero no estaba interesado en criarlos. «Para eso existen las niñeras y los internados», zanjaba siempre la discusión.

—Seguro que pronto los tendrá; es usted muy hermosa, y se ve que le gustan los niños —comentó la mujer, antes de probar la temperatura de la leche en el dorso de su mano—. Yo tampoco creí que tendría más, y aquí me tiene: ya con el cuarto —continuó, extendiendo los brazos hacia su hijo.

Lena le devolvió al bebé, que chilló encantado en cuanto vio el biberón.

—¡Vaya, enhorabuena! —exclamó con una sonrisa de sorpresa.

La señora la correspondió antes de introducir la tetina en la boca de su hijo. El bebé pareció caer en una especie de trance mientras succionaba el líquido con ansiedad.

—Sí, gracias —respondió, volviendo la vista de nuevo hacia ella—. Aunque nuestra situación es un tanto inusual. Mis otros hijos viven en Colombia con mis papás. Ahora vamos a que conozcan a su hermanito, que es el único que ha nacido aquí. Mi esposo y yo estamos viendo cómo reunir a toda la familia.

Por alguna razón, aquella confesión íntima conmovió a Lena de una forma inesperada. Observó la sincera sonrisa con que la mujer le contaba sus problemas sin apenas conocerla, y no pudo menos que animarla.

—Espero que puedan conseguirlo pronto —aseveró, asintiendo con un mohín de comprensión.

Era muy curioso lo que ocurría en los aeropuertos; lugares de despedidas y reencuentros, donde la emoción flotaba en cada rincón hasta posársele a uno en la piel. En ningún otro lugar del mundo la ternura humana brotaba de una forma tan espontánea y natural. No había mejor final para una película que una declaración de amor en un aeropuerto. Cuando uno de los dos debía marcharse lejos y su pareja le alcanzaba tras una agónica carrera por los largos pasillos de la terminal. Momento cumbre en que la música ascendía y los protagonistas se unían en un abrazo eterno e indestructible. ¿Existía alguna alegoría mejor para el amor verdadero que una larga y agónica persecución, antes del apoteósico desenlace y el fundido a negro del final?

—¿Está usted casada?

La pregunta de la señora sacó a Lena de sus caóticos pensamientos, devolviéndola de nuevo a la conversación. La observó con atención antes de negar con la cabeza. En realidad tendría que casarse al día siguiente, pero había descubierto que era incapaz de continuar con su vida tal como estaba en aquel momento. Había llegado a un punto en el que ni siquiera se reconocía.

—Con ese aspecto de actriz de cine que tiene y su amabilidad, estoy segura de que no le faltarán pretendientes —aseguró la mujer sonriendo, mientras abrazaba a su hijo, que acababa de dar buena cuenta del biberón.

Lena forzó una sonrisa pero no dijo nada. No sabía si quería casarse, y tampoco si tendría hijos alguna vez; lo único que sí sabía era que no se casaría con su novio de toda la vida, y que necesitaba alejarse de todo cuanto conocía para, casi de forma paradójica, averiguar quién era realmente. Puede que la muerte de su padre hubiera sido el desencadenante de todo; o puede que no, y en realidad nunca hubiera estado predestinada para el futuro que habían diseñado para ella. Lo único de lo que sí estaba segura era de haber esperado demasiado en cancelar su compromiso.

Hacía dos noches que había tenido una reveladora charla con su madre, que había servido para abrirle definitivamente los ojos. Aquella misma tarde, su teléfono móvil recibió un vídeo horrible desde un número anónimo. En las imágenes aparecía su novio teniendo sexo explícito, junto a varios de sus amigos, con la stripper de su despedida de soltero. Al principio se sorprendió de que Alberto fuera capaz de realizar un acto tan íntimo en público, y luego se enfadó porque alguien pudiera dedicarse a grabar algo así solo para hacerle daño. Sin embargo, lo más curioso era que en ningún momento sintió celos, ni rabia, ni ningún otro tipo de emoción encendida relacionada con la traición. Aquella fue la señal definitiva de que su boda sería un gran error. Y en su opinión, era mejor un pequeño escándalo a tiempo que una gran equivocación para siempre. Así que citó a Alberto en una cafetería y se enfrentó directamente a la verdad; al principio no le mostró el vídeo, sino que se limitó a decirle que lo quería mucho, aunque no lo suficiente para casarse. Él pareció no entender el argumento y se afanó en pedirle explicaciones. La falta de amor era un motivo más que suficiente para ella, pero por lo visto no para Alberto. La conversación se llenó de reproches hasta volverse casi ofensiva por parte de él.

Lena sacó entonces el móvil y le mostró el vídeo. Alberto se puso lívido y comenzó a titubear.

—Bueno, al fin y al cabo era mi despedida de soltero. ¿Qué esperabas que hiciera? —declaró, cuando percibió que sus excusas no surtían el efecto deseado.

Ella se puso de pie para marcharse al percibir que la conversación ya no avanzaba.

—No estoy cancelando la boda ni nuestro compromiso por el vídeo, Alberto. ¿Es que no lo entiendes? Lo hago porque no me importa —respondió con tranquilidad.

Él la sujetó por la muñeca.

—Esto no va a quedar así.

—Estoy de acuerdo —convino ella—. Yo me ocuparé de comunicárselo a mis invitados, y tú deberías hacer lo mismo con los tuyos.

Se liberó de su mano y salió de la cafetería.

Sin embargo, él tenía razón; aquello no se quedó allí. Al entrar en casa, su madre la esperaba con los brazos cruzados y el ceño más fruncido de toda la historia de la humanidad.

—¿Es que te has vuelto loca?

Aquella fue la bienvenida, luego vino la persecución por el vestíbulo, y continuó por el primer piso hasta su habitación. Su madre pasó del «no pienso consentir que hagas esto» a «tu conducta va a terminar matándome» en tan solo unos minutos. Alberto la había puesto al corriente por teléfono, aunque se había guardado convenientemente el detalle del vídeo.

—Mamá, no puedo casarme con Alberto porque no lo amo.

—¿Amor? ¿Quién habla de amor? —soltó con resentimiento—. Aquí de lo que se trata es de cumplir tu palabra con un muchacho al que le debemos mucho. Desde la muerte de tu padre, Alberto no ha dejado que nos hundamos.

Lena tomó el teléfono con la intención de informar a sus amigos y familiares de que no iba a haber boda.

—Mamá, eso lo hizo como amigo nuestro y no como mi novio —suspiró resignada.

Su madre le arrancó el auricular de las manos.

—¡¿Es que hay alguna diferencia?!

—Sí, mamá. Le quiero y le estoy muy agradecida por todo lo que ha hecho por nosotras, pero no estoy enamorada de él; y él tampoco lo está de mí —añadió, con las imágenes del vídeo todavía revoloteando en su mente.

Apuntándola con el auricular como si fuera una pistola, su madre le lanzó una de sus lastimeras miradas.

—Alberto está loco por ti.

—No, no lo está; ni yo por él —replicó ella, arrebatándole el teléfono.

Su madre estaba tan enfadada que casi podía oírla rechinar los dientes.

—Menos mal que tu padre ya no está, porque si te viera ahora volvería a morirse.

Aquellas palabras la hirieron como una puñalada. Sabía que su madre solo deseaba imponerse, pero que usara el amor por su padre le partía el corazón.

—Mamá —respondió, armándose de paciencia—, me han enviado un vídeo en el que Alberto aparece haciendo el amor con otra chica. —La expresión de su madre se suavizó y abrió la boca para hablar, pero ella la silenció con un movimiento de la mano—. No, no he cancelado la boda por eso, sino porque he descubierto que no me afecta.

Doña Elvira aspiró de forma entrecortada y sus enormes ojos se abrieron mucho.

—Entonces solo le sigues el juego a la persona que te ha enviado ese vídeo, que estará carcajeándose al saber que se ha salido con la suya. —Su madre la tomó por los brazos con fuerza—. ¿Es que no te das cuenta de que sois una pareja que despierta muchas envidias? Estoy segura de que ese vídeo ni siquiera es real.

Lena no tenía ninguna intención de mostrarle las imágenes a su madre; ni siquiera debería haberle hablado de ellas. Pero sabía que jamás dejaría de insistir si no le daba una razón de peso.

—Sí, es real —gimió de impotencia—. Pero no me importa, y por eso debo suspender la boda. No amo a Alberto, ni él a mí tampoco —repitió desesperada.

—¿Amor? —bufó doña Elvira con desdén—. ¿Es que piensas que todo en la vida debe ser color de rosa? Mejor que te hayas enterado ahora de cómo son las cosas entre las parejas. ¿No le amas? Pues menos sufrirás en tu matrimonio —concluyó mordaz.

Lena la observó en silencio, completamente atónita.

—¿Qué es lo que quieres decir? —murmuró—. ¿No amabas acaso a papá?

—Tu padre era un hombre como otro cualquiera. ¿Crees que no conocía sus escarceos amorosos? Los conocía, y al principio me dolían, pero luego aprendí a vivir con ello. Si ahora ya no te importa, eso ya lo llevas adelantado.

La respiración de Lena se agitó de rabia.

—¿Pretendes convencerme de que me case diciéndome que papá te era infiel? —gruñó entre dientes.

La imagen de su madre estaba distorsionada por las ...