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CUBA

Patricio Fernández

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Fragmento

PERÍODO ESPECIAL

La primera vez que viajé a Cuba fue el año 1992, en pleno «Período Especial». Con la caída de la Unión Soviética, la isla perdió su principal —única, en realidad— fuente de financiamiento y la economía se desplomó. Varadero comenzaba por entonces a desarrollar el negocio turístico. En ese tiempo, los cubanos no podían entrar a los hoteles. Al terminar el día, las jóvenes comenzaban a deambular cerca de las puertas de las discoteques con tenidas de noche y tacos altísimos, esperando que algún europeo las invitara a pasar con ellos.

Tenía veinte años entonces y llevaba más de un mes mochileando por México cuando la portera de mi pensión de Morelos, una adolescente de dieciséis a la que de niña le quedaba poco, me dijo que había llamado mi madre. Devolví el llamado enseguida, con la convicción de que había muerto mi abuelo. Hacía un año que estaba con su cabeza en la estratósfera, perdido, y sus seis hijas, entre ellas mi madre, esperaban que se apagara en cualquier momento. Pero no fue así. Solo quería comunicarme que José Antonio estaría en Cuba la semana siguiente y me invitaba a pasar unos días con él.

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José Antonio está casado con una de sus hermanas. Hacía un lustro había vuelto del exilio y era entonces presidente de la Cámara de Diputados y miembro del Partido Socialista de Chile, en el gobierno de la Concertación de Partidos por la Democracia. Iba a Cuba a pasar sus vacaciones, invitado personalmente por Fidel a manera de agradecimiento, o algo así, por haber sido el encargado meses antes de negociar la reapertura de las relaciones diplomáticas con Chile tras casi veinte años de interrupción. La oferta era insoslayable. Viajé hasta la ciudad de Mérida en la parte de atrás de muchos camiones, y un buen porcentaje del dinero que me debía alcanzar para otro par de meses patiperreando, lo gasté en comprar un pasaje a la isla.

Una semana más tarde aterricé en La Habana. Con esa informalidad extrema de los mochileros —pantalones cortados como los náufragos, poleras manchadas y sandalias—, iba caminando por la loza del aeropuerto cuando un hombre de guayabera blanca me dijo «¿Patricio?». «Sí», le contesté, y me indicó el Mercedes Benz negro que me esperaba. No era lujoso, pero sí institucional. De la complicidad con los vagabundos pasaba al rango de invitado de honor del máximo líder de la Revolución. El automóvil me llevó al Laguito, donde están las mejores casas de la ciudad, en medio de un parque con laguna y botes a remo.

En lo que duró esa estadía, estreché la mano de Fidel Castro en un acto realizado en la Plaza Vieja —«quisiera mostrarte yo mismo algunas cosas», dijo cuando José Antonio me presentó como su sobrino viajero, «pero no sé si sea posible», agregó antes de quitarme la vista de encima y decirle a mi tío que esperaba verlo pronto, para desaparecer a continuación entre la multitud, rodeado por sus guardaespaldas. También asistí a una reunión con Carlos Lage sin saber que era la esperanza blanca del régimen, y con mis primas le inventamos gritos de campaña a Juan Escalona —un fiscal nacional conocido por haber sido el acusador en el juicio contra el general Arnaldo Ochoa y el coronel Antonio de la Guardia en la así llamada «Causa Número 1», que terminó con ambos fusilados—, porque por esos días se estaba postulando para la Asamblea General. José Antonio reía nervioso mientras nosotros le proponíamos lemas como «¡Todo lo feo lo amonona, el gran Juan Escalona!», o «¡Si no le importa el qué dirán, vote por este Juan!» o el que a nosotros más nos gustaba sin darnos cuenta de lo que decíamos: «¡Un revolucionario que no perdona, ese es Juan Escalona!» También tomé ron con Silvio Rodríguez una tarde en que llegó a visitarnos y le pregunté, a propósito de su canción «Sueño con serpientes», qué le pasaba al ver que un sueño se convertía en pesadilla. También él estaba presentándose como candidato para integrar la Asamblea, y antes de responder habló de su gran cercanía con Chile, que sus verdaderos cómplices eran los militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (mir) y no los comunistas, contrarios a la vía armada. Al cabo de varias anécdotas respondió: «La Revolución cumplió su tarea dando educación y salud gratis para todos los habitantes de esta tierra y ahora su desafío es preservar estos logros».

Durante esos días en que participé de la comitiva oficial de mi pariente, también vi vomitar de borracho en las tardes al segundo hombre de la Cancillería cubana; además, me sacó a pasear una noche Robertico Robaina, entonces un treintañero presidente de las Juventudes Comunistas. Un año más tarde se convertiría en Ministro de Relaciones Exteriores y antes de llegar al 2000 sería defenestrado. Hoy está dedicado a pintar, pero en esa época bastaba una firma suya para que todas las cuentas quedaran saldadas.

Lo que vi durante esos primeros días de enero de 1992 en La Habana me confundió. Sería tergiversar los hechos si dijera que vivíamos en medio de la opulencia mientras el pueblo sufría el desabastecimiento total. Las autoridades con que compartíamos distaban de ostentar lujo alguno. Rogelio, el emético, aprovechó nuestra visita para tomar todo el alcohol que no conseguía cotidianamente. Su esposa, una mujer bigotuda que más parecía otro funcionario del ministerio que una cubana de a pie, las veces que comió con nosotros no dejó rastros en el plato. El gobierno se hallaba abocado a buscar nuevos amigos que le ayudaran a poner en pie su economía en ruinas, de modo que hacían lo posible por halagarnos. Una mañana nos sacaron a pescar en un lanchón con dos motores. A mí me ofrecieron el asiento del pescador. «¿Quieres hacerlo como Hemingway?», me preguntaron, y como de inmediato les dije que sí con una sonrisa de oreja a oreja, me colocaron la caña en un soporte a mi derecha y un vaso de ron en un agujero al otro costado. Yo había crecido pescando en las orillas de las costas chilenas, sentado en una roca con un nylon enrollado en un tarro, más bien esperando pescar que pescando junto a los hijos de los pescadores de verdad, esos que viven del mar y que de noche se vuelven luces en el agua.

* * *

Distingo a lo lejos, desdibujado por la bruma mañanera, a un niño mirando el mar. Acaba de amanecer. Corren centenares de gaviotines por ese brillo que pintan las olas en la orilla y que apenas dura un instante antes de opacarse. La arena se llena de huellas diminutas. De pronto, aparece el bote que el niño espera. Una multitud de pájaros mucho más grandes que él lo rodean. El niño, excitado, se arremanga los pantalones. Ayuda a poner los troncos que servirán para que sus quillas no se empantanen. Junto a los pescadores que regresan y a sus compañeros que los aguardan, empuja el bote hasta dejar el agua lejos. Entonces trepa por sus bordes, y lo primero que descubre son los peces grandes, las albacoras y los atunes. Una vez lo estremeció encontrar ahí un tiburón, y tras preguntar si estaba muerto, tocarle los dientes. Esa mañana, como tantas otras, la pasó desenredando redes, sacando cabrillas, congrios y jureles del amasijo de cordeles. A medida que aumenta el calor, llegan los compradores y él levanta los pescados que piden ver, como si fueran suyos, como si él fuera otro más de los pescadores. A eso del mediodía, cuando ya la faena culmina y hasta los pelícanos se alejan de la caleta, regresa a su casa, ubicada en el sector más exclusivo del balneario, donde la vida recién comienza.

* * *

La barracuda

Por esos días, la Revolución vivía su momento más duro. «Comíamos lo que aparecía. En la canasta básica te daban seis libras de arroz por persona. Eso no alcanza para nada. Tres libras de azúcar. Un sobre de café por persona. El aceite aparecía muy de tarde en tarde. Desaparecieron todas las dietas de aves y carneros. El picadillo de res que te metían en la carnicería era extendido con soya, y esto se conseguía rara vez. Todo lo demás había que conseguirlo en negro. No había combustible ni transporte. Te podías acostar a dormir en la calle tranquilamente. Casi nunca había energía eléctrica, y por eso ya no hablábamos de “apagones”, sino de “alumbrones”. Abundaban los padres de familia que trabajaban por un salario normal y no les alcanzaba para nada. Hambre, hambre, hambre, no, pero con seis libras de arroz y un pancito diario, con eso, si tú tenías un adolescente en la casa y lo veías todo así, el arroz tuyo se lo debías dar a él, hermano, y así comes un poquito menos. Entonces ese padre de familia que no tenía forma de buscarse un extra, iba en bicicleta al trabajo, y hubo mucha gente que se desmayaba en la calle por el esfuerzo físico, a veces sin desayunal. Fue cuando empezó a jodelse este país. Putas ha habido siempre, pero antes eran más reselvadas. Ahí se soltó lo de las jineteras y con ellas la policía. Como debían combatir la prostitución, le cayeron encima a las muchachitas y empezó la corrucción. No habiendo un superior de por medio, todo se arregla con unos cuantos pesos cubanos convertibles.1 En lugar de perseguir la delincuencia, andan jodiendo a las chamacas», me dijo Osvaldo, que en ese tiempo trabajaba de gásfiter, eléctrico y confitero, aunque estudió matemáticas en la Universidad de La Habana.

Eso era lo que acontecía en la ciudad cuando yo, sentado como Hemingway en la parte trasera del lanchón, siento que mi carrete empieza a sonar con fuerza, como un zumbido eléctrico que en lugar de chispas hacía saltar las gotas del nylon mojado que se alejaba de la caña a una velocidad impresionante. Uno de los marineros le gritó al capitán que detuviera los motores y de inmediato la tripulación se agolpó a mi lado. Arimel, que era quien me había invitado a sentarme ahí, se encargó de apretar el embriague del carrete y, en primer lugar, llamarme a la calma. «¡Allá viene, chico!», gritó de pronto, y entonces vi saltar a la distancia un pez enorme, el mismo que en esos instantes encorvaba la caña con la fuerza de un cordero. «No te apures», ordenó Arimel, «solo procura que la línea no pierda tensión». Yo recogía en la medida que me lo permitía el animal, el que todavía en la distancia se dejaba ver unas veces a la derecha y otras a la izquierda, como un cuchillo inmenso que al caer parte el agua de golpe, salpicando gotas que parecían de hielo, mientras yo sudaba otras mucho más pequeñas de aceite hirviendo.

Al cabo de una media hora de avances y retrocesos, porque a veces el pez se rendía dejándose arrastrar hasta que recuperaba las fuerzas y volvía el rugido eléctrico del carrete, lo vimos asomar su cara junto al lanchón. «¡Cuidado!», gritó Arimel, «¡es una barracuda grandota!». Los otros dos tripulantes, cuyos nombres no recuerdo, me escoltaron con unos arpones larguísimos, y cuando la tuvieron a su alcance le clavaron en la boca. «¡Esta bestia, chico, muelde fuelte!», dijo Arimel, «¡de manera que se corren todos de aquí!». Ahora la faena quedaba bajo su mando. Le preguntó a sus marineros si ya lo tenían firme, y cuando le contestaron que sí ordenó que lo sacarían jalando al mismo tiempo a la cuenta de tres. El primer impulso permitió subir a la cubierta solo la mitad del cuerpo de la barracuda, lo suficiente para ver sus dientes largos y afilados. Recién cuando estuvo entero arriba y sus captores lo mantenían con la cabeza firme contra el piso, finalmente conseguimos apreciar su tamaño real. Debía medir un metro y medio y pesar, al menos, veinte kilos. Cada tanto golpeaba con su cola la cubierta, provocando estruendos inquietantes. Arimel al ver que el animal se hallaba suficientemente debilitado, siempre sostenido por sus compañeros con la cabeza en el piso, como un delincuente neutralizado por la policía, se le montó encima y golpeó varias veces su cabeza con un fierro que parecía una ganzúa, hasta que el pescado empezó a sangrar por los ojos, y de las grandes sacudidas pasó a los pequeños tiritones de la agonía. Ya muerto, sus labios se recogieron y, es curioso, solo entonces, ya sin fuerzas, expuso de manera plena la ferocidad que escondió en vida. Sus dientes eran largas y filudas puntas de lanza, anchos en la base y finos como una aguja en el punto de la mordida.

Un par de horas más tarde —habíamos zarpado poco después de amanecer—, llegamos a un punto desde el que se podía ver con nitidez la costa norteamericana. Por ese mar en que ahora nos divertíamos, avanzaban remando con las manos balsas llenas de cubanos que intentaban alcanzar esas costas de Florida. Algunos perdían la vida o alguna de sus extremidades en la boca de los escualos que abundan por la zona. Me pregunté si las barracudas también comerían carne humana.

Fue más cerca de la isla que, al aproximarse la hora de almuerzo, Arimel y sus dos compañeros se pusieron mascarillas de buceo y gualetas y, sin advertirnos, se lanzaron al agua. Uno tras otro fueron asomando la cabeza al cabo de un minuto sumergidos, e inmediatamente a continuación de la cabeza, sus manos cargadas de dos langostas cada una, las que lanzaron a la cubierta sin tardanza antes de sumergirse nuevamente para volver con más, y mientras dos de ellos continuaban la cacería, Arimel puso a calentar una olla en la cocina del lanchón y fue sacando las que ya estaban cocidas para que las comiéramos, mientras sus compañeros se hundían y volvían con más. A un cierto punto, Arimel vio que yo intentaba trabajosamente sacar la carne de las patas de una de la langostas y me dijo: «Chico, no pierdas el tiempo; la cola y nada más».

Maryori

Mis tíos y mis primos se fueron, y volví de golpe a ser el mochilero de antes. Conseguí alojamiento en el municipio de Centro Habana, en un departamento ubicado en San Rafael con Espada. Era el segundo piso de una casa que se encontraba partida en dos, pero con los muros tan altos que, en su interior, habían construido un altillo de madera con otro par de habitaciones. Todo el inmueble era austero, aunque las columnas de la fachada aún dejaban ver, si no lujo, un pasado mejor. Por la calle Espada muy rara vez pasaba un auto y los niños jugaban fútbol todo el tiempo. La mayoría de los habitantes en esa zona eran negros o mulatos. La dueña de casa, de tez café y pelo blanco, tenía dos hijas, un hijo y una nieta. La hija mayor, con la piel del mismo café aunque con una melena crespa y viva del color de la paja mojada, tenía dieciocho años y era madre de una hija de dos. Se llamaba Maryori, «justamente porque soy la mayor», me explicó más tarde, mientras caminábamos por el Malecón. Con Maryori salimos a pasear la misma tarde que llegué. Salvo en los hoteles, donde los cubanos no podían entrar, no había bares disponibles. El Coppelia tenía una larga cola de gente esperando para comprarse un helado, y de no ser porque la calle L estaba entremedio, esa fila se habría perdido entre la de quienes esperaban entrar al cine Yara, donde proyectaban la película El siglo de las luces, basada en la novela de Carpentier.

La ciudad estaba completamente desabastecida. Las vitrinas de las pocas tiendas que permanecían abiertas se hallaban vacías. En una esquina vimos un puñado de gente con sus platos y ollas en alto, esperando el reparto de «moros y cristianos», como llaman a los frijoles negros con arroz. Nadie parecía trabajar en la ciudad: hombres y mujeres conversaban de pie, desde adentro de las ventanas hacia la calle o apoyados en el umbral de sus casas. Tipos barrigones jugaban dominó con sus poleras colgando de los hombros en mesitas de madera instaladas en las veredas. Ya de noche, próximos a la calle Neptuno, Maryori me dijo: «si queremos tomar algo, yo puedo encontrar celvezas y agualdiente, pero agualdiente hecha en casa, y no te la recomiendo. Esa es metralla. Y el ron de contrabando está carísimo, así que mejor celvezas». Ella tenía un amigo que las vendía. Era ahí mismo. Golpeó la puerta de una casa cualquiera y un anciano flaquísimo pero todavía ágil, que andaba a pies pelados, nos hizo pasar. Caminamos por un oscuro pasillo de baldosas hasta un patio que había al fondo, donde Maryori me presentó a sus amigos. Les dijo que queríamos cervezas y el que parecía ser de la casa me preguntó si tenía pesos o fulas. Le contesté que ambas cosas y me dijo que prefería dólares, «para gualdarlos». Salimos de ahí con una caja de cartón con seis cervezas nacionales. Maryori propuso que las lleváramos a su casa, para ponerlas en la nevera, y en lo que tardamos en llegar allá me contó cómo funcionaba el negocio de la venta clandestina de cervezas.

—Resulta —me dijo— que acá si tú te casas te dan una cuota de celveza y comidas para la fiesta, y como andan de mal las cosas son muchos los que prefieren venderlas en lugar de celebralse. O sea, chico, tomaremos unas celvezas matrimoniales.

En ese momento le di el primer beso. Nunca había dado un beso que fuera recibido con tanta liviandad, con la distracción con que se escucha una palabra en medio de un diálogo cualquiera. Busqué seguir adelante por ese camino y ella me respondió afectuosamente, pero sin pasión ni urgencia de su parte. Cuando ya nos habíamos tomado todas las cervezas y fumado entero un paquete de H. Upmann, le dije que estaba cansado.

—¿Y quieres dolmil solo? —me preguntó.

Debe haber sido cerca de la medianoche y fue Maryori la que me tomó de la mano y condujo por la escalera que arrancaba justo al lado de donde dormía su hija, apenas cubierta por unos calzones. La luz del dormitorio de su madre todavía estaba encendida y en la pieza de su hermano, contigua a la mía, sonaba un televisor. Cerró la puerta y se desvistió.

El hambre

Al día siguiente desperté antes que ella y escuché el comienzo de la vida en el hogar. Los llantos de la niña y los reclamos de la hermana menor cuando le encargaron prepararle la leche en polvo para el biberón, los pasos del otro hermano al salir de su pieza, sus gritos para que desocuparan la ducha y el «¡pol favol, no prendan candela, que tenemos visitas!» de la dueña de casa. Recién entonces ella abrió el primer ojo. Estaba completamente desnuda sobre mi cama y lo primero que hizo fue pasarse las manos por el rostro y sacudirse la cabellera. Acto seguido, sin mirarme, preguntó: «¿cómo dolmiste, mi amol?» y sin esperar respuesta se abalanzó sobre mí para morderme la oreja. «Yo dolmí mejol que una muelta», dijo mientras se ponía de pie y dejaba caer su vestido por los brazos levantados como rieles. Abrió la puerta y sin el menor disimulo me invitó a que bajáramos a desayunar. «¿¡Hay café?!», le gritó a quien estuviera para escucharla, y fue su madre la que respondió: «En el telmo».

La mesa estaba servida con un solo puesto. Había pan, dulce de guayaba y frutas, todo preparado para mí. Con la señora Idania —que era como se llamaba la madre de Maryori— habíamos acordado un precio adicional por el desayuno. En cuanto me senté se acercó a preguntar si quería huevos revueltos, y cuando ella desapareció en la cocina para prepararlos, regresó Maryori con su hija en brazos. De su cabeza salían unos pocos pelos con forma de resorte. En lugar de chupete mascaba un pedazo de goma que debe haber pertenecido a algún aparato descompuesto. La criatura me miraba fijamente cuando llegó Idania con los huevos revueltos y con toda naturalidad sentenció: «parece, chico, que a ella también le gustas».

Aunque la invité para que compartiéramos el desayuno, Maryori se limitó a tomar una taza pequeña de café y a comer unas galletas duras que habían quedado abandonadas sobre el arrimo en que estaba el teléfono. Ahí sentados me contó que su padre había muerto combatiendo en Angola y que el padre de la niña —que seguía mordiendo la goma— le había pegado los tarros con una prima suya, a la que también había preñado, y ahora estaban viviendo juntos a un par de cuadras. «La veldá, es que mejol así, polque ese descarado no sirve para nada salvo para la juma. Si lo llegas a ver sobrio, avísame… lo que es yo, no he tenido el gusto», me dijo.

Durante esos años, debido a la escasez de petróleo, prácticamente desapareció el transporte público. La gente esperaba en las esquinas de las principales arterias —Carlos III, Boyeros, Línea, 23— a que pasara el autobús, que a veces era un camión con banquetas en la parte trasera y otras veces un largo remolque —los «Camellos»— en el que la gente viajaba como ganado. Se formaban grandes aglomeraciones donde los que aguardaban conversaban entre sí, reclamaban, se quejaban de la falta de todo. Que debían usar en el baño el mismo jabón de lavar ropa para las manos, el culo, el pelo y hasta los dientes si se había acabado el bicarbonato, porque la pasta dentífrica había desaparecido de los almacenes. En lugar de desodorante también se usaba el agua con bicarbonato. Las mujeres se arreglaban el pelo con jugo de limón y agua de romero para que no se les muriera. «Como no hay toallas higiénicas —me contó Maryori—, para la menstruación recortamos las sábanas viejas y las doblamos como servilletas, pero lo peor es lavarlas después para reusarlas, porque no te creas que sobran las sábanas viejas». No había papel higiénico y en su lugar se usaban los periódicos, las revistas y los libros. Era imposible encontrar pollo, carne o pescado. Durante el Período Especial era tanta la falta de alimentos que hasta los ratones desaparecieron. A los gatos los pescaban con anzuelos y carnada, y como por lo general se les hallaba en los techos, este oficio fue bautizado como «pesca de altura». Apareció el jamón de perro. Adentro de los departamentos, en las tinas de los baños, la gente criaba animales para comérselos. A la hermana menor de Maryori le habían regalado un pollo meses antes. Le puso nombre y hasta lo sacaba de paseo con un cordel amarrado al cuello. Un día regresó del colegio y lo primero que vio al entrar en la cocina fue a su pollo, que ya tenía una gran cresta sanguinolenta y las plumas de colores, muerto adentro del lavaplatos. «Se puso a grital como una loca», me contó Maryori, «abrazó al pollo y se lo llevó a su pieza. No sabes lo que costó quitálselo. Desde entonces que no le habla a mi mamá y nos considera a todos criminales».

Durante el Período Especial muchos cubanos sufrieron de neuritis óptica, una enfermedad a la vista producto de la debilidad; otros se enfermaron de «beriberi» por la falta de vitamina B. Como medida de contingencia, el gobierno puso a sus laboratorios a trabajar sustitutos alimenticios. Allí nació la masa cárnica, el picadillo de soya y la pasta de oca, que servían para engañar al estómago. Se instaló la creencia, porque cuesta creerlo, que a falta de queso, derretían condones sobre la masa de las pizzas. Los apagones eran de doce horas diarias. Entonces la desesperación llevó a muchos a lanzarse al mar en balsas improvisadas. En medio de la calle, en todos los barrios, se reunían familias y amigos a construir balsas con lo que tuvieran a mano. Las había de todo tipo y tamaño: con gomas, troncos, sábanas como velas y palas como remos. «La Habana —escribió alguien por ahí— parecía una ciudad de fragatas». Pero echarse al mar y escaparse estaba prohibido, y el día 13 de julio de 1994, según algunos para escarmiento de los que intentaban huir, y según otros por error, un barco oficial embistió a un viejo remolcador con setenta y dos personas adentro que intentaban emigrar, de las que murieron treinta y siete, diez niños entre ellos. El día 5 de agosto de ese mismo año, fueron interceptadas cuatro embarcaciones enviadas desde Miami para rescatar a quienes quisieran irse, y este hecho fue el detonante que faltaba para que la gente saliera a las calles a gritar, a romper vitrinas, a robar comida y ropa. Hubo carros de la policía destruidos a pedradas. Fue la primera vez que se escuchó a alguien en la calle gritar «¡Abajo Fidel!», y fue el mismísimo Fidel quien se encargó de enfrentarlos en pleno Malecón, a la altura del Paseo del Prado. Descendió de un jeep —de los alrededores llegaron defensores del régimen— y adentrándose entre los manifestantes discurseó a capela, los llamó a resistir el Período Especial, a sacar fuerzas de flaqueza para salir adelante, y levantando su brazo como quien le llama la atención a un grupo de niños, les recordó que era la dignidad de la Revolución la que se hallaba en juego: «Les puedo asegurar que la política que ha seguido la Revolución de una manera inflexible es, en todo lo que sea posible, repartir los sacrificios, de modo que no se quede un solo ciudadano sin sustento. ¿Cómo un país capitalista podría hacer eso?», les dijo. Y de pronto, los mismos que minutos antes lo insultaban, empezaron a gritar «¡Viva Fidel!».

Debido a la falta de combustible, el comandante concluyó que Cuba debía entrar en la era del pedaleo y le compró a China setecientas mil bicicletas. «Tenemos diez escuelas tecnológicas armando bicicletas», dijo. «Cualquiera se imagina que armar una bicicleta es fácil y les puedo asegurar que es más fácil armar un reloj suizo que una bicicleta; es algo complicado, cualquiera la ve rodando por ahí… Creo que lleva 347 piezas diferentes, hay que poner rayito por rayito para cada una de las ruedas de la bicicleta, deben tener una tensión igual, porque si no se desbalancea la rueda, y aquellos muchachos tienen que poner las tuerquitas y los tornillitos, apretarlos y aflojarlos para lograr las presiones exactas. Es realmente serio, serio».

El asunto es que dos de esas setecientas mil bicicletas estaban en la casa de Maryori —una la había dejado el padre de su hija— y esa mañana, después de desayunar, salimos en ellas a dar vueltas por La Habana. De no ser por los hoyos que debían sortearse, uno podría haber andado por el medio de la calle sin mayor preocupación, porque automóviles casi no había. En el puerto, mirando al Cristo de Casablanca, se encontraban muchísimos hombres pescando. Unos tiraban nylons delgados con anzuelos pequeños cubiertos por un gusano o migas de pan para atrapar sardinas, y otros enganchaban esas sardinas en sus anzuelos mayores y las lanzaban lo más lejos posible con unas cañas larguísimas. Los de las cañas largas iban tras los meros, los bonitos, los cazones, las sierras, las lisas, los pámpanos y los róbalos, y cuando alguno conseguía coger uno grande, los primeros que llegaban corriendo eran los niños sin camiseta y, detrasito suyo, los compradores que se apuraban en hacer ofertas para cerrar el trato antes de que llegaran otros a subir el precio. Según me explicaron, le vendían el pescado fresco a los hoteles para turistas, porque prácticamente no había cubano que se pudiera permitir eso.

Recorrimos el Malecón hasta el otro lado del río Almendares, y en la playa sucia, donde termina la Primera Avenida y desemboca el río, cerca del teatro Karl Marx, en esa orilla desde la que muy pronto comenzarían a zarpar las balsas mal hechas a Miami, conmigo completamente sudado y con ella lo bastante húmeda como para facilitarle el camino a mis manos, nos tendimos para besarnos en el único rincón sin piedras de la playa. Ahí esperamos el atardecer. Me sentía completamente enamorado de Maryori. A los veinte años esto se consigue fácilmente. Los dos días que llevábamos juntos se habían vuelto en mi cabeza un pedazo de vida, y a mí me costaba creer que al día siguiente partiría para no verla nunca más. A un cierto punto le dije:

—Ándate conmigo.

En esos años una cubana solo podía salir de la isla casada con un extranjero y, de hecho, además de las balsas, era ese el principal instrumento que utilizaban. En Chile yo todavía vivía en la casa de mis padres, acababa de entrar a la carrera de literatura luego de abandonar mis estudios de derecho, y aunque era poco o nada lo que podía ofrecerle, cuando me respondió que se iría encantada, le aseguré:

—En cuanto llegue a mi país, veré cómo podemos hacerlo.

Esa era mi última noche en La Habana y le ofrecí a Maryori hacer lo que ella más quisiera. Me dijo que nunca había ido a la discoteca del Comodoro —que junto con la del Habana Libre eran las que congregaban más turistas y jineteras en la ciudad— donde todo se pagaba en dólares, que para ellos era delito poseer y a la que no podía ingresar si no era con un extranjero. Maryori le pidió prestados a la vecina unos zapatos de taco alto que parecían de juguete, dorados, con tres o cuatro hebillas de las cuales solamente una funcionaba como tal. Se puso una minifalda diminuta y una blusa sin mangas con los tres botones superiores desabrochados. No usaba sostenes. Fue su madre quien le hizo el peinado: recogió su pelo largo, crespo y trigueño en un moño que se empinaba como un ramo y que sumado a los cuatro o cinco centímetros de los tacos la convirtieron en una hembra de gran prestancia. Antes de salir, se lució frente a Idania y sus hermanos como una modelo de pasarela. Su madre la aplaudió, su hermana la miró sonriendo y el hermano se la quedó contemplando sin el menor gesto en la cara, como quien prefiere aparentar que no está viendo lo que ve. Maryori le dio un beso a su hija, que seguía mordiendo el mismo pedazo de goma, y tomó mi mano para salir.

La vereda frente a la entrada del hotel estaba llena de mujeres tanto o más exuberantes que Maryori. Más, en realidad, porque ella no llevaba aros ni collares, mientras aquellas jineteras estaban colmadas de alhajas de bisutería. Noté que mi acompañante se sentía bien al pasar entre las prostitutas que aguardaban ansiosas junto a la puerta de entrada, y su cara pareció encenderse cuando, ya adentro, dejamos la Cuba de las miserias para incorporarnos a ese ambiente fresco, amplio y de olores asépticos tan propio de esos sitios «internacionales».

Cenamos en el comedor del hotel, junto a un ventanal que daba al mar, atendidos por una cubana de uniforme blanco y negro con una corbata humita en el cuello. «¿Van a querer menú o buffet?», nos preguntó, y Maryori esperó que yo respondiera. Era nuestra cena de despedida y no correspondía hacer ahorros ahí, de modo que dije que optaríamos por el buffet. A Maryori se le iluminaron los ojos cuando llegamos con nuestros platos al borde del banquete: fuentes con todo tipo de ensaladas, recipientes metálicos calentados con un mechero en los que había carnes deshilachadas —le llaman «ropa vieja»—, langosta con salsa de tomate, pollo, bistecs, puré, paella, arroces blancos y condimentados con curry o verduras, pastas rellenas, y ya no recuerdo cuántas cosas más. Recargamos nuestros platos una y otra vez, hasta que ya no pudimos seguir. «Mi amol, yo nunca había comido así», me dijo ella, y entre beso y beso le confesé que yo tampoco, aunque claramente no estábamos diciendo lo mismo.

Después entramos a la discoteque y bailamos hasta empaparnos. La única vez que la dejé sola en la barra para ir al baño, al regresar la encontré rodeada de españoles. Ella, lejos de hacerles asco, les sonreía con la boca abierta, y en el minuto justo en que llegué a su lado estaba probándose el reloj de uno de ellos. «Mi novio», fue lo que les dijo entonces. Devolvió el reloj y se despidió de cada español con dos besos.

Se la veía fascinada en ese ambiente oscuro atravesado de luces de colores, donde nada recordaba las carencias del exterior. Deben haber sido las tres o las cuatro de la madrugada cuando le propuse que nos fuéramos. Mi avión despegaba al día siguiente a media mañana, de modo que debía partir temprano al aeropuerto. Regresamos a su casa en un taxi descapotable, uno de los pocos almendrones refaccionados que había por esos días —más tarde se multiplicaron a medida que aumentó el turismo—. A las siete en punto sonó la alarma de mi reloj, un Casio digital de esos que hacían furor por aquellos años. Me duché antes de que despertara y cuando estuve listo le di un abrazo que terminó por despabilarla a medias. En ese estado de duermevelas fue que le dije: «Me voy, pero te volveré a buscar». Ya iba saliendo del dormitorio con la espalda cargada cuando repentinamente se puso de pie, me dio un beso y dijo: «No te olvides de mí». Entonces me saqué el reloj de la pulsera y se lo di. «Para que calcules cuánto tardo en regresar», le dije. Y no creo estar mintiendo si aseguro que al cerrar la puerta la escuché llorar, aunque ahora que conozco mejor a las cubanas, de haber sido así, estoy seguro de que ese llanto duró poco.

Lo cierto es que nunca volví a saber de ella. A los veinte años la memoria es corta y los acontecimientos se suceden con mucha intensidad. Es fácil prometer a esa edad. Lo difícil es cumplir. Fueron años en que me dediqué a recorrer el mundo, y después de cada lugar nuevo, supongo, yo era otro. No sacaba fotografías. Cuando alguien me preguntaba por qué no llevaba una cámara, con esa facilidad para las sentencias que otorga la falta de experiencia, respondía: «si me olvido, vuelvo». No tenía entonces ninguna conciencia de que el tiempo escasea. Me hubiera encantado tener una foto de Maryori, de Idania, de la niña mordiendo la goma, pero principalmente de Maryori. Solo guardo de ella detalles intrascendentes. Recuerdo mejor los zapatos que usó esa noche que su rostro. Si la volviera a ver, difícilmente la reconocería.

«A MÍ LO QUE MÁS ME GUSTA ES BAILAR»

Diecisiete años más tarde, en febrero del año 2009, la presidenta Michelle Bachelet fue invitada a realizar la primera visita de Estado de un mandatario chileno a las tierras de la Revolución desde que lo hiciera Salvador Allende en 1972. Yo estaba pronto a cumplir cuarenta años, había publicado un par de libros y fundado la revista The Clinic, donde no hablábamos desde la izquierda clásica y disfrutábamos burlándonos de toda moralina ideológica, cualquiera fuese el lugar de donde viniera. Fue en calidad de tal que la presidenta Bachelet me invitó a formar parte de la comitiva cultural de ese viaje, donde también iban Álvaro Henríquez, Angelito Parra —nieto de Violeta— y Titae Lindl, integrantes del grupo de rock Los Tres, además de los pintores Bororo y Samy Benmayor, todos amigos con los que solíamos beber más de lo recomendable. No viene al caso calcular cuánto ron bebimos desde el minuto en que llegamos hasta el fin de la visita oficial, pero la verdad es que no recuerdo muchos momentos con la boca seca. Cundía entre nosotros una excitación extraña. Cuba provoca eso, la sensación de hallarse en un mundo aparte, donde las leyes habituales se suspenden y todo resulta nuevo. Diría que es una sensación parecida a la de los adolescentes cuando se quedan solos en la casa de los padres y la usan a su amaño, sin obedecer las reglas de respeto que ellos imponen cuando están presentes. Las casas de La Habana, una de las ciudades más hermosas de América Latina, no están habitadas por sus propietarios originales. Tiene algo de ciudad tomada, lo que sumado al sol y a una total ausencia de energías productivas origina una atmósfera extremadamente placentera para quien llega de visita.

Nosotros, para mayor disfrute todavía, alojábamos en el hotel Nacional, donde el aroma de un pasado glamoroso convive a la perfección con el grado de abandono necesario para sentirse libre de toda obligación. De hecho, nuestro rol en la visita no era otro que participar de actividades protocolares y tener encuentros bastante relajados con artistas y creadores cubanos. Los pintores, para ser justo, tuvieron una jornada de trabajo con estudiantes de arte, y Los Tres dieron un concierto en la Fundación Salvador Allende y otro abierto al público el último día. Las reuniones agotadoras le correspondían a la presidenta y a sus ministros y, en menor medida, tanto a los parlamentarios que quisieran explorar relaciones políticas como a los empresarios dispuestos a arriesgar negocios con un país que por décadas se declaró enemigo de ellos. Yo, salvo observar, no era mucho lo que tenía que hacer. La libertad de expresión no estaba entre las cosas que el gobierno cubano quisiera promover.

Para una parte del arco político chileno, de la extrema derecha hasta la Democracia Cristiana, Fidel Castro era simplemen ...