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CUENTOS COMPLETOS MANUEL ROJAS

Manuel Rojas  

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Fragmento

La danza de lo silvestre

Marcelo Mellado

LUGAR OCUPADO

Manuel Rojas sale al camino casi como un «croto» argentino —individuos desarrapados a los que se les permitía viajar en tren sin pagar, en general desposeídos y mendicantes— y se convierte en un «buscavidas», en un aventurero que hace de su experiencia de desplazamiento su clave como escritor. Su lugar en el campo literario chileno podría ser el de quien hizo de puente entre dos mundos que entraron en conflicto o que se instalaron —y definieron— como estrategias culturales diferentes y contradictorias. Estamos aludiendo a una época en que la condición social de los autores determinaba poéticas y formas de comparecencia, incluyendo las posturas ideológicas ineludibles.

En los cuentos de Rojas están los rasgos fundamentales de toda su narrativa, partiendo por la experiencia territorial, sobre todo con esa obsesión por la montaña cordillerana y la urbe del litoral portuario. También está la perspectiva de lucha anarco sindicalista, incluida su severa moral ciudadana en un mundo en proceso de transformación social. Rojas mantiene siempre una profunda vocación pedagógica, con un narrador que adquiere una función hegemónica como instalador de las tesis que explican el mundo y el orden social. Todo dentro de un esquema en que el signo biográfico es clave, como un verosímil asentado en la experiencia del sujeto que asume un oficio, el de la escritura, que se emparenta con otros en el campo del trabajo: zapateros, wachimanes, tipógrafos, hombres de mar, contrabandistas, etcétera.

Cierta academia con obsesiones clasificatorias lo ubica en la generación superrealista, los nacidos entre 1890 y 1904. Ese grupo habría ajustado cuentas con el pintoresquismo y el nacionalismo imperante, buscando un carácter más universal dado por un contexto literario europeo y norteamericano que imponía nuevas miradas y que había que tomar en cuenta como una necesidad. Faulkner, Hemingway, Dos Pasos, por mencionar a algunos, serían una matriz en la que Rojas se debía mirar. Se supone que de esas nuevas prácticas narrativas el autor habría adquirido técnicas que caracterizarían su escritura, lo que implicaba dar cuenta de otros niveles de conciencia, es decir, surgía en sus textos una nueva subjetividad, nuevos modos del relato y sobre todo nuevos tópicos existencialistas que le imprimían otro sello a la experiencia literaria.

Lo concreto es que a Rojas lo vemos circulando entre las generaciones del 27 y del 38, en donde el criollismo, por un lado, y el realismo social, por otro, son dominantes, aunque la voluntad de vanguardia irrumpía fuerte en el campo literario. La generación del cincuenta, la que vino a continuación de Rojas (con José Donoso y Jorge Edwards a la cabeza), se encargó de tomar distancia o ajustar cuentas con lo local territorial. Optó, estratégicamente, por el universalismo moderno, tomando distancia con la literatura chilena previa, sin distinciones, por lo que Manuel Rojas quedaría relegado o sancionado como tradicional.

El narrador de Rojas, esa conciencia crítica que opera en la zona composicional del relato, tiene como corolario de su subjetividad la tesis utópica de un nuevo sujeto, constructor de un nuevo mundo. Y los personajes que están destinados a esa tarea son, precisamente, los que están al margen del orden social, los bandidos de buena cepa, los mendigos, los desarrapados, los que están liberados de las ataduras de un sistema esclavizador. Se lee la posibilidad de un nuevo sujeto salvador o, al menos, de condiciones abiertas. En sus relatos no hay ese nihilismo europeo propio de la ruina de la guerra y la posguerra. Está, más bien, la afirmación de un mundo por hacerse. Su narrador representaría esa sabiduría o la potencial irrupción de la misma en el acto de contar, sobre todo historias que enuncian una buena nueva, en concreto este nuevo habitante que surge de los sectores más desposeídos, incluso del lumpen proletario o de aquellos anónimos del sur que luchan por sobrevivir en las montañas: mapuches, arrieros o bandidos cordilleranos.

HEGEMONÍA DE LO RURAL

Un elemento fundamental en el discurso narrativo de Rojas es la afirmación fervorosa del paisaje, más aun, la celebración de cómo el hombre lo habita y se inserta en él, sobre todo el desposeído, el lumpen proletario o el gañán del mundo rural, el trabajador ocasional del sector marítimo portuario; en general todos aquellos que están fuera del acotado orden social. Y aquí, entonces, el relato se transforma en un dispositivo de observación, objetivo y subjetivo, en donde la función del narrador es clave, volviéndose un estratega descriptor del paisaje social y natural que lo determina.

En el caso de uno de los cuentos más célebres del autor, «El vaso de leche», comprobamos que la potencia del relato está en la apuesta ética del personaje o en el manejo del orgullo, más que en el hambre que lo invade. Todo esto en el contexto de la ciudad portuaria, entorno clave en el diseño narrativo de Rojas. Es necesario, en este punto, dar cuenta de la recurrencia del espacio marítimo portuario, más que el de la imagen del mar en su sentido oceánico: se trata, sobre todo, de la primacía de un área orillera, achurada por la tierra firme y por una porción de mar, en donde una tipología especial de hombres ejercen el oficio de la sobrevivencia.

Recuerdo una emotiva lectura de «El vaso de leche» en un curso de adultos en la ciudad puerto de San Antonio. Los alumnos eran trabajadores que debían terminar la enseñanza media y algunas empleadas domésticas que querían emparejarse con sus hijas, aliadas en el proceso de sobrevivencia, y que ya entraban a la educación superior. A ellos, alumnas y alumnos, les fue muy claro determinar que el sentimiento dominante en el protagonista era el orgullo. El hambre era un motivo secundario. El vaso de leche como encarnación y mediación de una acogedora maternidad. Se notaba que la suerte del personaje no les era extraña, la memoria del hambre sigue presente en algunos grupos generacionales.

Desde el Colectivo Pueblos Abandonados al que pertenezco como escritor, constituido por narradores y poetas de provincia, hemos descrito que este modo antropológico de construir territorio es casi una norma canónica en cierta literatura chilena de antes de los cincuenta. Y en ese registro territorial —que tratamos de convertir en modo de trabajo— está en primera línea Manuel Rojas, junto a otros escritores que llamamos «territoriales» como Francisco Coloane, Carlos Droguett y el mismísimo Pablo De Rokha, por nombrar a algunos autores en donde la travesía es clave, tanto geográfica como hacia el interior de la conciencia de los personajes. En su libro de crónicas A pie por Chile, Manuel Rojas da cuenta de esa necesidad constante de ruta. De Rokha la hace con su Epopeya de las comidas y bebidas de Chile, pero en una clave sensual y reinvirtiendo poéticamente el territorio, demostrando un saber otro, gastronómico. El narrador de Rojas, por su parte, construye un paisaje a partir de un saber peatonal frente al saber navegante de un Coloane, lanchero insular de bahías chilotas y conocedor de canales australes.

El saber del territorio se describe en Rojas en el marco de una trashumancia continua, aquí no hay paseante ni flâneur urbano, aquí está la hegemonía de lo rural, de una flora y una fauna omnipresente, junto a los accidentes geográficos, los ríos, lagos y quiebres abruptos del paisaje, piques mineros y faenas al aire libre y, en general, junto a la danza de lo silvestre. Lo más cercano a la urbe en la narrativa de Rojas es el puerto y las actividades que lo constituyen; un área especial de lo humano en que la ciudad se sumerge, surgiendo otro modo de convivencia. Esa locación portuaria tiene una toponimia precisa en estos relatos, Valparaíso, espacio en que se verifica su propia biografía de sujeto situado. Es allí donde surge el discurso libertario y la cuestión social se hace propuesta política, la huelga como sistema de resistencia.

EL TIEMPO DE LA LECTURA

Hubo un periodo intelectual en el siglo XX —al que algunos tributamos todavía— en que a las obras literarias se les aplicaba una misma matriz analítica. Toda obra debía dar cuenta del estado de la lucha de clases o al menos de las situaciones de poder o un mapa del mismo; modo de lectura entretenido, algo uniforme y unidimensional, pero que en ese instante se enfrentaba al sentido común dominado por la derecha o al canon conservador, ideológicamente determinado.

Hoy pasa algo parecido con las lecturas de género o con los estudios culturales, sin negar el necesario surgimiento de herramientas analíticas surgidas del pensamiento europeo, como la perspectiva semiológica que a algunos de mi generación nos fue muy útil para combatir, en tiempos de dictadura, el conservadurismo académico que reinaba en las aulas. En esa misma filiación, imagino, irrumpió la perspectiva de género, abierta por ciertas prácticas de escritura que han enriquecido la productividad textual a pesar del emprendimiento académico implicado que supone nichos particulares de gestión cultural.

El problema surge cuando, por presiones del campo cultural y político, se pretende imponer una lectura moral, castigadora, utilizando criterios anacrónicos por parte de una policía cultural literalitosa. Ese revisionismo histórico que somete a juicio modelos autorales y de producción, tiende a contaminar lecturas, sin negar, insistimos, el valor de la creación de nuevos modelos de lectura. La perspectiva de género posibilitó, eso sí, enaltecer la obra de la Mistral y empequeñeció a Neruda, que sin lugar a duda siempre le tributó a una institucionalidad literalitosa muy determinante en el periodo de regencia de la cultura del Partido Comunista. Era el periodo en que dominaba una especie de voluntad poética o metafórica en relación a la construcción de una «nueva sociedad».

En ese contexto el trabajo narrativo de autores como Manuel Rojas se diluía irremediablemente.

Decimos esto con algo de paranoia crítica. Es un tema que hemos trabajado en distintas instancias reflexivas en el Colectivo Pueblos Abandonados. El contexto de práctica crítica lo hemos llamado «el martinrivismo endémico» de nuestra literatura —noción desarrollada por el autor magallánico Óscar Barrientos, uno de nuestros socios—: alude no solo al centralismo cultural, sino a un modelo de jerarquización, territorial y socialmente definida, que determinó que toda una generación de escritores que desarrollaron su producción fuera del ámbito del gran centro urbano decisional quedara fuera del canon o fuera sancionado como de color local.

En tiempos de Manuel Rojas, del escritor maduro, la cuestión social estaba en su apogeo. La estrategia cultural del Partido Comunista supuso incluso un diseño y una voluntad épica que determinó a la cultura de izquierda chilena y latinoamericana. Este modo coincidió y convivió con varias formas del realismo y también de un modernismo literario, a pesar del surgimiento tibio de la voluntad de vanguardia en algunas élites universitarias.

Para Rojas y otros escritores no debe haber sido fácil trabajar en tiempos de la primacía de lo nerudiano y su exacerbada poeticidad en el mundo literario vernáculo. El Partido Comunista logró instalarse como registro dominante de la cultura —gran logro, por lo demás—, lo que incluyó un diseño centrado en la recuperación de lo popular y de las culturas originarias como parte de su catecismo revolucionario y de reivindicación simbólica. Tampoco la estrategia del boom alcanza a Rojas, quien permanece en una especie de lugar autónomo que, si bien no lo aísla, lo pone en un acotado límite que hoy consagramos. Su matriz política no urbana contrasta con los modos pequeño burgueses que se imponían en el diseño cultural de época.

Además, con la omnipresencia de la poesía épico emancipadora y todo lo asociado a ella en el imaginario nacional e internacional, me imagino que debió haber sido un periodo muy difícil para el ejercicio narrativo.

Cuando consultamos en internet sobre Manuel Rojas leemos: «Fue un escritor autodidacta que revolucionó la forma narrativa...». Lo del autodidactismo es un dato maldito, sobre todo hoy cuando casi todos los aspirantes a escritores son doctores en literatura y tienen el espacio académico como eje de su trabajo, de su visibilidad y legitimidad. En la época de Rojas los escritores se permitían ser aventureros, no eran «escritores de escritorio» rodeados de anaqueles librescos. Eran escritores todoterreno o a campo traviesa, como diríamos los militantes de Pueblos Abandonados. Lo del autodidactismo es un dato humillatorio y secundarizador (o romántico), ya que responde a la barbarie academicoide aspiracional, totalizante, que desconoce otros paradigmas experienciales. De más está constatar que la ideología académica es hegemónica hoy en nuestro campo cultural y literario, y contamina con su banalidad y soberbia el trabajo int

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