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CUENTOS COMPLETOS

Edgar Allan Poe  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

POE Y SUS CUENTOS

Los cuentos son la principal aportación de Poe a la literatura universal. Como «El cuervo», un relato en verso, han sido ampliamente traducidos y son conocidos en las lenguas más importantes. No cabe duda de que a Poe le interesaban más sus poemas líricos que su prosa de imaginación. En el prólogo de El cuervo y otros poemas (1845) da a entender que le molestaba haber escrito los cuentos «con vistas a las insignificantes recompensas, o a las aun más insignificantes alabanzas, de la humanidad». Sin embargo, en el prólogo de Cuentos de lo grotesco y lo arabesco (1840) decía lo siguiente: «en conciencia no puedo pedir indulgencia en razón de la premura [...] Estas breves composiciones son [...] el resultado de un propósito madurado y de una elaboración muy esmerada». Al final de su vida da la impresión de considerar que muchos de sus cuentos ya han alcanzado su versión definitiva, y en sus últimos años hizo relativamente pocas revisiones, pero creo que si el autor hubiera vivido más tiempo habría pulido más algunos de ellos. También llegó a valorar más sus relatos, y en el verano de 1849 le dijo a su joven amiga Susan Archer Talley que pensaba que en verso había logrado su plenitud, pero quizá no en prosa.

Recibe antes que nadie historias como ésta

La primera noticia que tenemos del Poe prosista es de 1826, cuando está en la Universidad de Virginia. Poco se sabe de esos relatos, salvo los comentarios jocosos de su compañero Tucker en su relato «Gaffy» cuando Poe se los leyó, a él y a otros condiscípulos. No hay constancia de que escribiera narraciones en prosa en West Point, pero antes de finales de 1831 ya había compuesto varios cuentos cortos y había presentado al menos cinco al concurso del Saturday Courier de Filadelfia. Aunque ninguno se llevó un premio, se imprimieron sin firmar, de manera anónima, cinco de sus relatos en esta publicación, el primero de ellos en enero de 1832. En el verano de ese año Poe se puso en contacto con Lambert A. Wilmer, que en el Baltimore Saturday Visiter del 4 de agosto de 1832 decía haber leído algunos cuentos manuscritos del autor. Wilmer no menciona ningún título, y es probable que Poe empezara a concebir el proyecto de los Cuentos del Club del Folio en 1833. Dio a entender que ya tenía escritos once relatos cuando acabó la introducción, que aún se conserva. Presentó varios —no se sabe cuántos— al concurso del Visiter, cuya fecha límite era el 1 de octubre de 1833. Uno de los cuentos ganó el premio, el «Manuscrito hallado en una botella», que apareció en el número del 19 de octubre, y desde ese momento Poe dejó de ser un desconocido.

La aparición en 1835 del Southern Literary Messenger como medio donde publicar hizo posible que lograra un prestigio nacional y, como redactor, le permitió alcanzar una gran difusión de sus relatos más antiguos y otros nuevos, escritos especialmente para el Messenger. Si bien fueron sus críticas, no sus cuentos, lo que despertó más interés y lo que aumentó la tirada de la revista, Poe descubrió su verdadero oficio como escritor de relatos cortos. Escribió sobre todo para publicaciones periódicas; quizá lo hizo en mayor número cuando las direcciones editoriales del Messenger, Burton’s y Graham’s le solicitaron una pieza mensual, pero colaboró ininterrumpidamente con revistas y anuarios. Cada año aparecía al menos un cuento nuevo, y en ocasiones varios. Como en los poemas, aunque varió su estilo, sus fuerzas nunca flaquearon, y sus mejores obras se distribuyen proporcionalmente en el transcurso de los años.

ESTILO Y MODOS

Los primeros relatos de Poe se caracterizan por una complejidad excesiva, grandiosa y extravagante, y por una mezcla de lo serio y lo ridículo que recuerda al Don Juan de Byron y al Vivian Grey del más joven Disraeli. Al principio Poe escribía a propósito «al modo de» otros escritores, como ya había hecho en sus poemas y como haría más adelante Robert Louis Stevenson. En el relato «El Club del Folio» señala abiertamente algunos de sus modelos, y otros pueden deducirse. Pero no era un imitador servil y ya desde el comienzo se trazó un camino propio. Lo serio y lo cómico acabaron por separarse y su estilo se simplificó. El modo sumamente ornamental de lo arabesco podría derivar de Bulwer y De Quincey, pero es mucho menos digresivo y más grandioso. Puede percibirse a Irving en algunas partes y «El hombre de la multitud» es Dickens. Entre otras influencias destacan la oscura Miss Mercer y el olvidado Joseph C. Neal.

La individualidad de Poe se impuso con fuerza mediada su carrera literaria; de ello dan fe «El hundimiento de la Casa de Usher» y «Ligeia». Es cierto que «William Wilson» deriva de una sugerencia de Irving, pero no se parece demasiado a él. Hacia 1841, una vez recopilados los Cuentos de lo grotesco y lo arabesco, aparece en los relatos de Poe una tendencia a la sencillez, que él menospreciaba hasta entonces,[1] y que fue en aumento cada año. No evitaba la ornamentación, pero, según el consejo de Corina a Píndaro, no la sembraba a sacos, sino a puñados. En los últimos años de su vida, Poe escribía una prosa clara, directa, funcional.

PRINCIPIOS DE LA COMPOSICIÓN

En los cuentos «el objetivo evidente y más destacable del señor Poe es la originalidad, bien de la idea o de la combinación de ideas».[2] «Prefiero comenzar por estudiar el efecto. Teniendo siempre en cuenta la originalidad...»,[3] dijo él mismo. Yo creo que este era su primer principio consciente. Difícilmente se podría sobrevalorar la originalidad de los cuentos de Poe. «La individualidad y la novedad de sus relatos les confieren una cualidad enigmática que no es fácil de analizar [...] su obra no puede reducirse a los materiales de los que parte ni a las pistas que emplea.» Sus relatos consisten en «situaciones como las de la ficción derivada de la narrativa gótica [...] tan popular en Blackwood’s y otras revistas de la década de 1830 [...] Hay préstamos concretos [...] pero Poe decidió tomar prestadas ciertas cosas y no otras, y sus relatos han logrado un éxito duradero, lo cual no es el caso de sus supuestos modelos. Son precisamente estas consideraciones las que dan sentido a la investigación de las fuentes».[4]

El segundo principio es la variedad. En una carta del 30 de abril de 1835 dirigida a T. H. White dice lo siguiente: «Tengo la intención de entregarle todos los meses un cuento [...] ninguno de esos cuentos guardará la menor semejanza con otro en cuanto a contenido y estilo». En otra carta a Charles Anthon, escrita probablemente a finales de octubre de 1844, afirma: «La variedad ha sido uno de mis principales propósitos». Poe se mantuvo fiel a estos principios durante toda su carrera. Naturalmente, utilizó algunas ideas en más de una ocasión, pero siempre en combinaciones innovadoras. Obsérvese la variedad de las cinco narraciones en las que interviene el raciocinio: Dupin investiga un extraño delito, un asesinato real y el robo de una carta, que supone solo un delito menor; en «“Tú has sido”» se captura a un villano que trata de evitar que las sospechas recaigan sobre él; y en «El escarabajo de oro» se resuelve un enigma. Por supuesto, la mayoría de la gente piensa que Poe es un autor que trata sobre todo aventuras peligrosas y que escudriña los rincones más oscuros del alma humana;[5] sin embargo, «La semana de los tres domingos» es una sencilla historia de amor juvenil; «Eleonora» habla de entrega, perdón y un matrimonio feliz, y en «La posesión de Arnheim» queda excluida toda emoción fuerte, pero ni siquiera en estos relatos renuncia a la originalidad. Todos ellos se enmarcan en escenarios singulares.

El tercer principio, el de la unidad, «llegó a ser una doctrina fundamental de la teoría crítica [de Poe]», dice A. H. Quinn,[6] al comentar la referencia de Poe, ya en 1836, a «lo que Schlegel denomina acertadamente la unidad o totalidad de interés».[7] Unos seis meses más tarde Poe declaraba que «la unidad de efecto [...] es indispensable en el “artículo breve”»[8] y, seis años más tarde, exponía lo que se considera su definición del relato corto, formulada en el transcurso de su propia experiencia:[9]

Un artista literario diestro ha construido un cuento. Si es juicioso, no habrá amoldado sus pensamientos a los incidentes, sino que, tras haber concebido con pausa y cuidado cierto efecto único o singular que desea lograr, inventará entonces tales incidentes, combinará entonces tales acontecimientos para que contribuyan de la mejor manera posible a establecer ese efecto preconcebido. Si la frase inicial no tiende a manifestar ya ese efecto, habrá fracasado en el primer paso. No debería haber una sola palabra en toda la composición cuya tendencia, directa o indirecta, no sea hacia el propósito preestablecido. Y con tales medios, con cuidados y destreza tales, se pinta al fin un cuadro que deja en la mente de quien lo contempla un arte de naturaleza afín, una sensación de satisfacción plena. La idea del cuento se ha presentado sin tacha, porque no se ha alterado, y es este un fin inalcanzable mediante la novela.

En sus estudios sobre «la principal contribución [de Poe] al desarrollo del relato corto como género literario», mi amigo Floyd Stovall consiguió resumir la cuestión en una sola frase: «Su creación propia y especial fue dotar a la narración de un solo personaje principal y un solo incidente principal y producir en el ánimo del lector una impresión o efecto únicos».[10]

IMAGINACIÓN, EXTRAVAGANCIA, FANTASÍA Y HUMOR

Con el paso de los años Poe estableció una teoría precisa sobre la imaginación, la extravagancia, la fantasía y el humor. Habría que leer su artículo sobre N. P. Willis publicado en The Broadway Journal del 18 de enero de 1845,[11] pero podemos ofrecer una sinopsis. Poe rechaza la idea de Coleridge de que «la extravagancia combina; la imaginación crea». Nada crea, sostiene Poe, salvo los pensamientos de Dios. Podemos imaginar un grifo, pero «no es más que una recopilación de extremidades... peculiaridades... cualidades conocidas». Añade lo siguiente:

Imaginación, Extravagancia, Fantasía y Humor tienen en común los elementos de Combinación y Novedad. La Imaginación es el artista de los cuatro. En una disposición novedosa de formas viejas [...] selecciona tan solo las que son armoniosas: el resultado, por supuesto, es la belleza [...] [pero] cuando se le añade al elemento de la novedad [...] lo inesperado [...] el resultado entonces corresponde a la Extravagancia [...] Llevando sus errores hasta el exceso [...] la Extravagancia se inmiscuye al cabo en los dominios de la Fantasía. Los adeptos a este último placer [...] en la elusión de la proporción.

Pocos discutirán estas palabras, pero Poe añade:

Cuando [...] la Fantasía busca [...] elementos incongruentes o antagónicos [...] reímos inmediatamente al reconocer el Humor [...] pero cuando se expresa Humor o Extravagancia para lograr un fin [...] se convierte, además, en Gracia o Sarcasmo puros, del mismo modo que el propósito es bienintencionado o malévolo.

Muchos críticos aceptan sus ideas acerca de la imaginación, la extravagancia y la fantasía, pero pocos coinciden con su concepto del humor. Según C. F. Briggs, Poe tenía «una idea extraordinariamente estrafalaria de sus aptitudes de humorista»;[12] pensaba que la combinación de elementos que no guardan relación produce un efecto cómico, de modo que intentaba la comedia baja, la farsa, la parodia, lo burlesco. Brander Matthews dijo que «Poe tenía humor, pero no buen humor»; en su obra hay poco o nada de alta comedia. Poe destaca en ocasiones en la sátira, pero en los libros de texto se tiende a incluir únicamente «Elegancias» en esta sección. En mi opinión, la mejor pieza cómica es «La vida literaria del señor don Thingum Bob», pero para valorarla se necesita un considerable conocimiento del mundo de la edición de revistas entre 1830 y 1840, algo que difícilmente puede pedirse a la mayoría de los lectores actuales.

MATERIALES Y TÉCNICAS

Poe dijo en muchas ocasiones que el escritor de relatos debe inventar o seleccionar acontecimientos y combinarlos para producir el efecto preconcebido que desea.[13] Aunque es posible que no hubiera elaborado filosóficamente este procedimiento antes de llevarlo a la práctica, sí define su experiencia de los últimos años de su vida. Seleccionaba mucho más que inventaba, pero donde su genio se manifiesta de una forma más sorprendente es en el dominio de la combinación.

En primer lugar, Poe empleaba temas que encontraba en la prensa. Probablemente lo más habitual eran los relatos de incidentes y acontecimientos que él tomaba como reales. En segundo lugar, se valía de historias de ficción, evidentemente. Se puede encontrar un buen ejemplo en «El cajón oblongo», combinación de un crimen reciente con una escena dramática de un poema a la manera de Byron de Rufus Dawes. De vez en cuando Poe aceptaba el reto de escribir un relato en respuesta a la narración de otro, como «Manuscrito hallado en una botella», o terminaba una historia que alguien había dejado incompleta, como en «Un descenso dentro del Maelstrom». En algunos casos se inspiró en cuadros: escribió «El alce» para acompañar una ilustración, y un cuadro pintado por un amigo suyo le inspiró «El retrato ovalado».

Varios de sus cuentos parten de experiencias personales, como «La quinta de Landor». Dijo que «Ligeia» estaba basado en un sueño, aunque este relato también tiene fuentes literarias. Cuentan que Poe hablaba de escribir una visión delirante que tuvo en el último verano de su vida,[14] pero no hay prueba alguna de que las drogas le sirvieran de fuente de inspiración. Poco se sabe de los cuentacuentos que pudo haber oído. En el Viejo Sur los niños se metían en la cocina de las casas a escuchar las historias que contaban los criados, y es de suponer que así aprendería el poeta de los entierros prematuros. Sin embargo, es probable que muy poco proceda de fuentes negras, a menos que el demonio ciego de «Bon-Bon» guarde relación con alguna divinidad del vudú. Poe tenía al menos un amigo que podría haberle aportado ideas, un pequeño editor de prensa llamado Jesse E. Dow. En una carta de Poe dirigida a F. W. Thomas con fecha del 4 de mayo de 1845, Thomas escribió lo siguiente: «Era una delicia oírlos hablar juntos y ver a Poe estremecerse con algunas de las extrañas nociones de Dow, como las llamaba Poe».

Podría añadirse algo a la selección de materiales y a los métodos que empleaba el escritor para tratar lo sensacional y lo imposible. En la carta que le escribió a T. W. White el 30 de abril de 1835 encontramos mejor expresado que en ningún otro sitio su propósito en los primeros relatos. White se quejaba de que «Berenice» era demasiado espeluznante. Poe coincidía con él (más adelante eliminó varios párrafos repulsivos), pero matizaba:

La historia de todas las revistas demuestra claramente que quienes han alcanzado la fama están en deuda con piezas de naturaleza semejante... a «Berenice» [...] ¿y en qué consiste esa naturaleza? En lo ridículo elevado a lo grotesco, lo temible coloreado hasta lo espeluznante, lo gracioso exagerado hasta lo burlesco, lo singular transformado en lo extraño y místico [...] Pero no hace mucho al caso que los artículos a los que me refiero sean o no sean de mal gusto. Para que te valoren han de leerte, y estas cosas se buscan invariablemente con avidez. Si te paras a pensarlo, son los artículos los que se abren paso a otras publicaciones, y a otros periódicos, y de este modo, se apoderan del interés del público y aumentan el prestigio de la fuente de origen [...] Por supuesto que la originalidad es esencial en estas cosas... hay que prestar gran atención al estilo y dedicarle mucho trabajo a su composición, o degenerarán en lo ampuloso o lo absurdo.

Muchos relatos de Poe presentan acontecimientos que no creemos que hayan podido suceder. Expuso el tratamiento de «las desviaciones de la naturaleza» en su reseña de la novela de Robert Montgomery Bird Sheppard Lee, publicada anónimamente (SLM, septiembre de 1836). Uno de los métodos que señala «es el tratamiento de toda la narración con un tono jocoso [...] o la solución de los diversos absurdos mediante un sueño o algo parecido». Pero añade que prefería «un segundo método general». Según él, consiste

en diversos puntos... sobre todo en evitar [...] la expresión directa [...] para dejar así mucho espacio a la imaginación... en escribir como si el autor estuviera firmemente convencido de la verdad pero asombrado ante la inmensidad de los portentos que relata y para los cuales supuestamente ni pide ni espera credibilidad... en la minuciosidad del detalle, especialmente en puntos que no guardan una estrecha relación con la historia central [...] en resumen, utilizando la infinidad de artificios que dan verosimilitud a una narración... y dejando el resultado como un portento que no haya que explicar [...] El lector [...] percibe y acepta el humor del escritor y por consiguiente permite que lo influya. Por otro lado, ¿qué dificultad, inconveniente o peligro puede haber en dejarnos en la ignorancia sobre hechos importantes como que cierto personaje no llegó a descubrir el elixir de la vida, no se hizo realmente invisible y no era ni un verdadero fantasma ni un auténtico Judío Errante?

Poe empleó dos y quizá los tres temas mencionados en su cuento preferido, «Ligeia». A pesar de la evidente importancia del pasaje citado, la crítica apenas le ha prestado atención.[15] Este nos explica sin duda el ideal primero de Poe de un tipo de relato en el que su maestría está reconocida.

Poe buscaba la verosimilitud —la apariencia de veracidad— con el afán de un Daniel Defoe. Se ciñe a lo real en cuanto a lugares, fechas, vestimenta y escenarios. (Lo anterior no es aplicable a «The Bargain Lost», relato primerizo, pero «los disparates» desaparecen al reescribirlo bajo el título de «Bon-Bon»). A partir de aproximadamente 1835 Poe hace con frecuencia ligeras concesiones a los lectores extremadamente pragmáticos, al dar a entender que las alucinaciones provocadas por el delirio, la verdadera locura o el consumo de opio[16] podrían explicar los prodigios. A partir de 1843 prácticamente abandonó cuanto no podía resultarles creíble a sus lectores. Los dos relatos sobre portentos hipnóticos no son en realidad excepciones: los lectores de Poe estaban dispuestos a creérselos, y muchos lo hicieron.

Como Molière, Poe «hacía suyo [su modelo] allá donde lo encontraba». Adoptaba tramas con un desparpajo shakespeariano. Tenía una gran habilidad para aplicar mal las citas.[17] Algo absurdo puede transformarse en útil para un fin serio (véase el final de «El cajón oblongo»). Y una expresión cargada de Bacon puede llegar a crear belleza en «Ligeia» y algo grotesco en «El hombre que se acabó». Habría que leer «Cómo escribir un artículo al estilo del Blackwood» para ver la explicación satírica del propio método de Poe, que raramente reía, pero que era capaz de reírse de sí mismo. Lo más destacable es la libertad con que trataba sus materiales, combinando hábilmente elementos variados y aislados para conseguir el resultado deseado. Como dice Floyd Stovall en un ensayo tan breve como lúcido, fue siempre un artista consciente.[18] Se le ha calificado con demasiada ligereza de embaucador en algunos relatos cuando en realidad utiliza materiales seleccionados según el proyecto de un artista para crear un efecto.

INFLUENCIAS EXTRANJERAS

Es una opinión muy extendida que Poe recibió la influencia de los escritores alemanes, y numerosos estudiosos han rastreado con entusiasmo sus supuestos préstamos, sobre todo en las obras de E. T. A. Hoffmann. Sin embargo, cuando Poe asegura en el prólogo de Cuentos de lo grotesco y lo arabesco que solo uno de sus primeros veinticinco relatos es germánico dice la verdad, o algo muy parecido a ella. Aprendió alemán de manera autodidacta, con un libro bilingüe de Sarah Austin,[19] y no hay indicios de que avanzara más. Pudo encontrar y copiar un pasaje del Cosmos de Humboldt, con una versión inglesa delante, y probablemente leyó algún texto sencillo en alemán con la ayuda de un diccionario, pero es dudoso que llegara a leer tres páginas seguidas en alemán.[20] Los elementos análogos propuestos suelen guardar menos semejanza que otros que podrían citarse, con una excepción: «Sin aliento» debe su idea original a Peter Schlemihl y su sombra perdida, que se menciona en todas las versiones del cuento de Poe. Pero la historia de Peter Schlemihl escrita por Chamisso era muy popular a través de sus versiones traducidas, y para confirmar cualquier préstamo de un autor alemán hay que acreditar la existencia de alguna traducción.

LOS PERSONAJES DE POE

Todos ellos están inspirados unas veces en personas reales, otras en libros. El autor guarda una estrecha relación con muchos de ellos, algo que han señalado casi todos los críticos, pero los personajes son más independientes de las fuentes que las tramas y los incidentes. El que más claramente se parece a Poe, William Wilson, comparte con él cumpleaños y escuela, pero, aunque se habla en términos sumamente vagos de sus múltiples vicios, solo se presta atención a su antipática costumbre de hacer trampas en los juegos de cartas, que sin duda no habría adquirido de un perdedor tan redomado como Poe.

Ni siquiera cuando el autor pone mucho de sí mismo en uno de sus personajes, como en William Wilson, presenta esa persona gran parecido con él. Como dijo acertadamente Vincent Buranelli: «Poe no es Roderick Usher, sino el creador de Roderick Usher». Como advirtió con agudeza el crítico N. Bryllion Fagin en The Histrionic Mr. Poe (1949), el poeta no vivía en sus protagonistas, sino que los representaba, como un actor interpreta un papel. Aunque observamos los actos de esas personas y a veces sabemos sus intimidades, ni las conocemos ni las conoceremos nunca. Si las conociéramos y pudieran ser amigos nuestros, sufriríamos con ellas. La contención en este sentido forma parte de la maestría artística de Poe.

Hay ciertas excepciones muy evidentes. Dupin es todo lo que Poe deseaba ser y en cierta medida era: pensamos sobre todo en su álter ego, Sherlock Holmes, como un hombre al que conocemos y nos cae bien. El Ellison de «La posesión de Arnheim» tiene «mucho de mi alma», como le dijo Poe a la señora Whitman. Para muchos, el duc de L’Omelette es un personaje simpático, pero estos tres son felices y prósperos.

Se nos presenta a algunas mujeres de un modo muy gráfico. Morella y Ligeia son portentos de cultura y afecto, capaces de enseñar e inspirar a los hombres a los que están entregadas. Salta a la vista que son lo que el poeta ansiaba y no había encontrado en toda su vida. Desde luego, algo hay de la esposa de Poe, como él habría deseado que fuera, en «Eleonora», pero solo la Kate de «La semana de los tres domingos» se parece realmente a Virginia Clemm. Se menciona a Annie (la señora Richmond) en «La quinta de Landor».

LAS REVISIONES DE POE

Poe revisaba constantemente sus relatos, y a veces los reescribió por completo. El que sufrió mayores cambios fue «Bon-Bon», tan distinto de su prototipo, «The Bargain Lost», del cual resulta difícil saber si se trataba de un cuento o dos. «Sin aliento» era al principio un relato breve, después fue ampliado y, por último, reducido. «El paisaje del jardín» llegó tan ampliado a la versión de «La posesión de Arnheim» que Griswold (y Harrison) lo consideraron dos textos distintos. Se hicieron extensos añadidos a «Revelación mesmérica» y a «El arte de timar considerado como una de las ciencias exactas», y muchos recortes en «Berenice» y «El retrato ovalado». En algunos casos, entre los que destacan «Los anteojos» y «El demonio de la perversidad», existen versiones escritas casi al mismo tiempo, pero con una fraseología tan distinta que cabe suponer que el autor los reescribió de memoria. Sin embargo, en la mayoría de los casos Poe envió a la imprenta un texto impreso con los cambios manuscritos para la siguiente versión y a veces hizo más correcciones en las pruebas.

Mucho se ha hablado sobre la destreza y el gusto de Poe en las revisiones, y como observa ingeniosamente un corresponsal discrepante, se podría haber hecho gala de mejor gusto suprimiendo algunas de las partes más desafortunadas: «El rey Peste», por ejemplo, no se merece las minuciosas atenciones que le prodigó su cariñoso progenitor. Sin embargo, sometió «Ligeia» a numerosas revisiones y lo mejoró, y podó con mano maestra «La máscara de la Muerte Roja» y otros relatos. Los objetivos de la revisión cambian. Se corrigen errores, se añaden lemas o se retira un título inexistente de la biblioteca de Usher. Mejora el ritmo. Unas alusiones más pertinentes sustituyen a referencias menos afortunadas, y se transforma la insipidez ocasional con frases ingeniosas. En muy pocos casos se rectifica la trama.

EL USO DE LA ALEGORÍA

Queda por discutir la actitud de Poe ante la alegoría y cómo la emplea en los cuentos. Se trata de un terreno fértil y estimulante para la crítica psicológica e interpretativa, pero aquí lo abordaremos muy brevemente. La mejor muestra de los comentarios de Poe se encuentra en su reseña de los relatos de Hawthorne aparecida en el Godey’s Lady’s Book de noviembre de 1847: «En defensa de la alegoría [...] apenas puede decirse una palabra respetable». Piensa que «siempre se interpondrá en la unidad de efecto que para el artista tiene el valor de toda la alegoría del mundo». Sin embargo, le concede un lugar y dice que se puede aprovechar cuando «el significado sugerido se filtra a través del evidente en una corriente subyacente muy profunda, de modo que no se muestra a menos que se la llame a la superficie». Nadie cree que los cuentos de Poe no tengan una corriente subyacente de significado, y Richard Wilbur expone brillantemente en House of Poe la respuesta de un poeta moderno a lo que considera «un significado alegórico accesible» en la obra de Poe.[21]

Por último, como han destacado Killis Campbell y otros, ya se ha reconocido que Poe como artista no estaba «fuera de lugar y fuera del tiempo». Fue un estadounidense representativo de su época. Los resultados de años de investigación a cargo de muchos estudiosos muestran la consumada habilidad de Edgar Allan Poe para absorber y transformar «las novedades» de su tiempo, de su lugar. Esta habilidad fue la base de la originalidad que creó sus cuentos, sin importar qué tipo de rareza exploren.

THOMAS OLLIVE MABBOT

CRONOLOGÍA

1809 Nace en Boston, hijo de los actores David Poe y Elizabeth Arnold Poe. El padre, nacido en Baltimore, desciende del emigrante irlandés David Poe, intendente del ejército estadounidense durante la guerra de la Independencia. La madre, nacida en Inglaterra, llegó a Estados Unidos en 1796 y se casó con David Poe en 1805. Su hermano mayor, William Henry Leonard Poe, nació en 1807.

1811La madre muere de tuberculosis en Richmond, un año después de dar a luz a Rosalie. El padre había abandonado a la familia poco antes y murió, probablemente también de tuberculosis, en 1811. John Allan, comerciante de Richmond, y su esposa Frances adoptaron a Edgar, mientras los abuelos de Baltimore se encargaban de su hermano, Henry, y la familia Mackenzie, de Richmond, acogía a Rosalie.

1815Edgar acompaña a John y Frances Allan a Inglaterra, donde aquel inaugura la sucursal londinense de su firma comercial, Ellis and Allan. Visita a unos parientes de la familia Allan en Escocia y al año siguiente ingresa en un internado de Londres con el nombre de «Edgar Allan».

1816Muere en Baltimore el abuelo paterno, David Poe.

1818Ingresa en la Manor House School del reverendo Bransby, en Stoke Newington.

1820Los reveses económicos obligan a Allan a cerrar la sucursal de Londres y a regresar con la familia a Richmond, en cuya Richmond Academy se inscribe Poe con el apellido de su familia.

1822Compone una oda al profesor Joseph H. Clarke con ocasión de su jubilación. Nace en Baltimore Virginia Clemm, prima de Poe.

1823Entra en la escuela de William Burke y conoce a Jane Stith Stanard, madre de un amigo.

1824Llora la muerte de la señora Stanard. Recorre a nado seis millas por el río James.

1825Allan hereda una fortuna y adquiere una mansión en Richmond. Poe se promete en matrimonio con Sarah Elmira Royster.

1826Entra en la Universidad de Virginia, donde destaca académicamente pero contrae deudas de juego. Regresa a Richmond, donde la señora Royster prohíbe el matrimonio entre su hija y Poe.

1827Se pelea con Allan y se marcha de casa. Viaja en barco a Boston con otro nombre y se enrola en el ejército estadounidense como Edgar A. Perry. Calvin F. S. Thomas publica Tamerlane and Other Poems. Poe embarca para prestar servicio en Fort Moultrie, en Carolina del Sur.

1828Trata de liberarse de su compromiso con el ejército. Elmira Royster se casa con Alexander Shelton. Poe y su unidad son trasladados a Fortress Monroe, en Virginia.

1829Es ascendido a sargento mayor y se propone solicitar un puesto en West Point. Muere en Richmond su madre adoptiva, Frances Allan. Contrata a un sustituto en el ejército y es licenciado con honores; se traslada a Baltimore, donde se aloja en hoteles y casas de familiares y busca editor para un nuevo libro de poemas. Hatch and Dunning le publica Al Aaraaf, Tamerlane and Minor Poems.

1830Consigue un puesto en la Academia Militar de EE. UU. Destaca en matemáticas y francés. John Allan vuelve a casarse, abandona Nueva York sin ponerse en contacto con Poe e impide toda comunicación entre ellos.

1831Desolado por el rechazo de Allan, descuida sus obligaciones militares, se enfrenta a un tribunal militar y es destituido. Encuentra editor en Nueva York para su tercer libro de poesía; Elam Bliss publica Poems, que adquieren 131 cadetes. Se traslada a Baltimore, se instala con su abuela y su tía y escribe unos relatos para el concurso de un periódico. Su hermano William Henry Leonard muere de tisis. Nace en Richmond John Allan, hijo. Una epidemia de cólera asola Baltimore; padece una larga enfermedad. Delia S. Bacon gana el concurso del Saturday Courier.

1832El Saturday Courier de Filadelfia publica «Metzengerstein» y otros cuatro relatos de Poe. Con la salud quebrantada, John Allan cambia su testamento. Nace el segundo hijo de Allan. Poe da clases a su prima Virginia y busca trabajo.

1833El Saturday Visiter de Baltimore anuncia un concurso literario al que Poe envía varios relatos y poemas nuevos. «Manuscrito hallado en una botella» obtiene el premio de narración dotado con cincuenta dólares. John Pendleton Kennedy ofrece los Cuentos del Club del Folio a una editorial de Filadelfia. Poe trabaja ocasionalmente para Kennedy y el Saturday Visiter.

1834El Godey’s Lady’s Book publica «El visionario« (titulado posteriormente «La cita»). Allan rechaza a Poe en su último encuentro en Richmond y muere seis semanas más tarde, sin dejar ninguna herencia a su hijo adoptivo. Thomas W. White lanza el Southern Literary Messenger. Henry C. Carey rechaza publicar los cuentos de Poe.

1835Kennedy ayuda a Poe, que está sin recursos, y le recomienda a White como posible empleado. Poe entrega «Berenice» y otros relatos al Southern Literary Messenger, además de escribir reseñas y asesorar a White. Muere en Baltimore su abuela paterna, Elizabeth. Poe viaja a Baltimore para solicitar trabajo en la enseñanza; ayuda a White, sufre una crisis suicida y vuelve a Baltimore, quizá para casarse en secreto con Virginia. Regresa a Richmond con Virginia y la señora Clemm, con quienes comparte casa; reanuda su trabajo en el Southern Literary Messenger, publica numerosas reseñas, reedita sus relatos y poemas y aumenta el prestigio nacional de la revista.

1836Se casa con Virginia en una ceremonia pública; recibe elogios como redactor, a pesar de la negativa de White a reconocerlo como tal; publica numerosos ensayos, notas y reseñas. Harper & Brothers rechaza publicar los Cuentos del Club del Folio y recomienda a Poe que escriba una novela. White lo amenaza con despedirlo por su alcoholismo.

1837White despide a Poe. El Messenger publica dos entregas de la novela de Poe La narración de Arthur Gordon Pym. Este se traslada a Nueva York con su esposa y su suegra, termina la novela y firma un contrato con Harper & Brothers. Con el Pánico de 1837 se retrasa la publicación de Pym, y el autor sigue sin trabajo y sin dinero.

1838Traslado a Filadelfia, donde busca empleo sin éxito. Harper & Brothers publica Pym, que recibe críticas encontradas. Poe publica «Ligeia» en The American Museum, de Baltimore. Permite a Thomas Wyatt utilizar su nombre como autor de un manual de conchas marinas.

1839Encuentra trabajo en la Burton’s Gentleman’s Magazine. Conoce a los literati de Filadelfia y publica «William Wilson» en The Gift y «El hundimiento de la Casa de Usher» en Burton’s. Lea & Blanchard publica sus Cuentos de lo grotesco y lo arabesco en diciembre. Se compromete a resolver todos los jeroglíficos que envíen los lectores a The Alexander’s Weekly Messenger.

1840Empieza a publicar por entregas El diario de Julius Rodman en Burton’s, resuelve los jeroglíficos de los lectores de Alexander’s y acusa de plagio a Longfellow. Burton le despide por publicar folletos informativos sobre la Penn Magazine, un proyecto que apoyan muchos sectores. Conoce a Frederick W. Thomas y publica «El hombre de la multitud» en la recién creada Graham’s Magazine. Una larga enfermedad retrasa la aparición de la revista Penn.

1841Se retrasa aun más la aparición de Penn por la crisis económica. Entra en la plantilla de Graham’s, publica «Los crímenes de la rue Morgue» y «Un descenso dentro del Maelstrom». Conoce a Rufus Griswold; se propone editar una nueva revista mensual en colaboración con George Graham y solicita obras de destacados autores estadounidenses, pero en secreto busca un puesto de funcionario por mediación de Thomas. Graham’s Magazine publica los artículos de Poe sobre «Escritura secreta» y «Autógrafos».

1842Virginia padece una hemorragia pulmonar, síntoma de tisis. Poe bebe para aliviar la pena. Entrevista a Charles Dickens y deja su empleo en Graham’s. Redobla sus esfuerzos para encontrar trabajo como funcionario bajo el patrocinio del gobierno de Tyler y hace un viaje frustrado a Nueva York en busca de trabajo editorial. No consigue que el gobierno le ofrezca ningún cargo; publica «El misterio de Marie Rogêt», basado en la muerte de Mary Rogers en Nueva York.

1843The Pioneer, revista fundada por James Russell Lowell, publica «El corazón revelador». Poe se asocia con el editor Thomas C. Clarke para un proyecto de revista que se llamará The Stylus. Bebe inmoderadamente durante su desastrosa estancia en Washington para buscar apoyo oficial y ofende al político y escritor Thomas Dunn English. Pierde el apoyo de Clarke, que le encarga a English una novela sobre la templanza, la moderación en el consumo de bebidas alcohólicas. Gana cien dólares en el concurso de The Dollar Newspaper con «El escarabajo de oro», no consigue apoyo de la administración y pronuncia la conferencia «Poesía estadounidense» en varias ciudades. En la novela por entregas The Doom of the Drinker English caricaturiza a Poe.

1844 Inicia su año más productivo como escritor, se traslada a Nueva York y causa sensación con la patraña del viaje transatlántico en globo publicado en el neoyorquino The Sun. Estudia nuevas estrategias para lanzar The Stylus, escribe las cartas «Doings of Gotham» para The Spy de Columbia (Pennsylvania), publica «La carta robada» y entra en la redacción de The Evening Mirror.

1845Entabla relación con el grupo América Joven y con Evert Duyckinck, publica «El cuervo» y se convierte en una celebridad literaria. Entra en la plantilla de The Broadway Journal, del que pasa a ser propietario parcial, y desde allí reanuda los ataques contra Longfellow por plagiario. Graham’s publica una reseña biográfica de Poe escrita por Lowell. Poe acude a los salones literarios, conoce a los literati de Nueva York y se enamora de la poeta Frances S. Osgood. Provoca un escándalo al leer «Al Aaraaf» en el Boston Lyceum. Duyckinck publica dos volúmenes de las obras de Poe en la Library of American Books. Poe se hace con la propiedad completa de The Broadway Journal gracias a varios préstamos. Después de luchar mucho para mantener el periódico a flote lo cierra a final de año.

1846Se ve envuelto en una disputa por unas cartas indiscretas dirigidas a la señora Osgood, se pelea con English y publica por entregas «The Literati of New York City» en Godey’s, donde satiriza a English y otros más. Se muda a una casa de campo en Fordham, la tuberculosis de Virginia empeora y publica «El barril de amontillado»; sigue enfermo y sin dinero. Las traducciones de sus obras en Europa aumentan su prestigio en el extranjero.

1847Muere Virginia. Poe continúa enfermo pero demanda por difamación a English y The Evening Mirror. Se recupera gracias a los cuidados de la señora Shew. Gana los pleitos y recibe una compensación por daños y perjuicios. Viaja a Washington y Filadelfia. Escribe «Ulalume».

1848Resucita los planes para publicar The Stylus, pronuncia conferencias con el título de «The Universe» y comienza Eureka. Intercambia poemas con Sarah Helen Whitman. Da conferencias en Massachusetts y conoce a Annie Richmond. George P. Putnam publica Eureka. Poe viaja a Providence y se declara a la señora Whitman. Va a ver a la señora Richmond y se confía a ella. Toma una sobredosis de láudano, da conferencias en Providence y vuelve a caer en la bebida. La señora Whitman acepta la propuesta de matrimonio y después interrumpe los planes de boda.

1849Se cartea con la señora Richmond, que le inspira «Para Annie», publica «Hop-Frog» y otros relatos en un periódico antiesclavista de Boston, y Edward Patterson le hace una propuesta para publicar The Stylus en Illinois. Poe empieza a recoger suscripciones, bebe con exceso en Filadelfia, sufre delírium trémens y pasa la noche en la cárcel. Vende «Annabel Lee» y «Las campanas» a John Sartain, que lo libera. Reanuda su relación en Richmond con Sarah Elmira Royster Shelton, que ha enviudado recientemente; da conferencias sobre poesía, promete mantenerse sobrio pero recae en la bebida. Propone matrimonio a la señora Shelton, que acepta. Camino de Nueva York se detiene en Baltimore, donde queda inconsciente tras una borrachera y muere el 7 de octubre en el Washington Hospital. Es enterrado el 8 de octubre en Baltimore.

NOTA SOBRE LA EDICIÓN

El criterio de selección de los setenta cuentos aquí incluidos sigue en esencia lo pautado por Thomas Ollive Mabbott (o TOM, como le gustaba firmar) en su edición en dos volúmenes de la narrativa breve de Edgar A. Poe: Tales and Sketches 1831-1842 y Tales and Sketches 1843-1849 (Cambridge, MA y Londres, Harvard Universiy Press, 1978; reimp. en Champaign, IL, Illinois University Press, 2000). Si bien el propio Poe reconocía como cuentos (tales) algunos textos que muchos editores han clasificado entre sus textos periodísticos o ensayísticos, es cierto que su distinción tampoco era nítida: en tres cartas diferentes (28 de mayo de 1844, 4 de enero de 1845 y 24 de febrero de 1845) dejaba dicho que «Revelación mesmérica» era, respectivamente, un cuento, un artículo y un ensayo. La de TOM fue una tarea titánica, empezada en 1920 e interrumpida por la muerte, y contemplaba la edición en varios volúmenes de la obra completa de Poe. Dejó más que esbozados los tres primeros tomos, dedicados el primero a la poesía y los otros dos a la narrativa breve. Con académica precaución incluyó, bajo el concepto laxo «Tales and Sketches», todas las piezas en que hubiera narración y elementos ficcionalizados. Su ordenación es cronológica.

De este modo, presentamos por vez primera en lengua española el cuento primerizo «Un sueño» (1831), la desternillante farsa «Autógrafos» (1836) y el inacabado «El faro» (184?). Quedan fuera —y son excepciones provisionales, pues preferimos dejarlas para un posterior volumen misceláneo, que habrá de contener la poesía de Poe, así como su obra crítica y la marginalia más relevante— algunas de las piezas breves incluidas por TOM en la categoría de sketches o jeux d’esprit: «Cabs» (1840), «A Moving Chapter» (1844), «Desultory Notes on Cats» (1844), «The Swiss Bell-Ringers» (1844), «Byron and Miss Chaworth» (1844), «Some Secrets of the Magazine Prison-House» (1845), «Theatrical Rats» (1845), «A Prediction» (1848), «A Would-Be Crichton» (1849) y «A Reviewer Reviewed» (184?). Asimismo, excluimos cuatro cuentos que, en los procesos de corrección, reelaboración y ampliación típicos en Poe, quedaron transformados en nuevos relatos (que sí incluimos): «A Decided Loss» (1831), «The Bargain Lost» (1832), «The Landscape Garden» (1842) y «A Remarkable Letter» (1848; en este caso, excepcionalmente, el cuento fue reducido y enmarcado en su volumen-conferencia Eureka). Por último, también posponemos a una publicación futura dos historias que tradicionalmente se habían incluido, en lengua española, entre los cuentos: «La aventura sin par de un tal Hans Pfaall» (1835) y «El jugador de ajedrez de Maelzel» (1836). El segundo deberá formar parte de ese volumen misceláneo que englobe poemas y ensayos, y el primero se incluirá en un tomo dedicado a los esfuerzos novelísticos de Poe (junto con Arthur Gordon Pym y Julius Rodman).

Nuestra edición recoge algunas de las traducciones clásicas en nuestro idioma, como las de Julio Gómez de la Serna, Carlos del Pozo o Diego Navarro y Fernando Gutiérrez, junto a trabajos inéditos de Flora Casas. En todos los casos, han sido realizadas o revisadas a la luz de los textos establecidos por Mabbott y sus asistentes, que se recogen de manera quizá más práctica y sin un aparato crítico tan apabullante en Edgar Allan Poe: Poetry and Tales (Patrick F. Quinn, ed., Nueva York, Library of America, 1984). Las notas al pie son del autor, salvo cuando se indica lo contrario. Finalmente, en cada cuento extractamos las informaciones más relevantes sobre la composición, la historia editorial, las fuentes y la relación que mantiene la pieza con otras obras o cuentos del autor.

CUENTOS COMPLETOS

Un sueño

 

 

 

 

 

 

De la existencia de «Un sueño» no se sabía nada hasta que Killis Campbell advirtió a la sazón su autoría probada en 1917. El investigador había estado leyendo escritos de varios periódicos de la época en busca de textos que pudieran pertenecer, bajo la máscara opaca del anonimato, a un joven Edgar Allan Poe, cuya pluma habría firmado la narración con una escueta «P.».

El relato fue publicado por vez primera —y seguramente también última en vida del autor— el 13 de agosto de 1831 en el Saturday Evening Post de Filadelfia. A la luz de este hallazgo, cabría considerarlo como el primerísimo cuento de facto de su autor. Sin embargo, la incógnita, conservada durante años, de la identidad del signatario sitúa «Un sueño» en una insólita coyuntura: a pesar de ser la primera obra original de Poe publicada, no forma parte del conjunto de narraciones que encumbraron al autor estadounidense, encabezadas por «Metzengerstein», aparecida pocos meses después.

Este escrito presenta más que ningún otro la juventud de su autor, aún lejos no solo de alcanzar la madurez narrativa, sino también de empezar a interesarse por los temas que luego se descubrirían recurrentes en su obra. De hecho, la elección de un fondo bíblico, en concreto del Nuevo Testamento, ha supuesto un flanco de ataque para aquellos que no convienen en otorgar la autoría del cuento a Poe, aún hoy un asunto ampliamente discutido.

Su inclusión en este volumen responde, como todas las demás, al criterio de Thomas Ollive Mabbot, que estimaba apreciar en el relato los primeros y titubeantes pasos de un autor extraordinario.

 

Hace unas noches me acosté, disponiéndome para el descanso nocturno. Es una costumbre mía, de años, leer algún pasaje de las Escrituras antes de cerrar los ojos con el sopor de la noche. Así lo hice en la presente ocasión. Di por casualidad con el fragmento en el que la inspiración grabó la agonía del Dios de la Naturaleza. Estos pensamientos, y las escenas que siguen a su entrega al espíritu, me acosaron mientras dormía.

Hay sin duda algo misterioso e incomprensible en la manera en que a veces se disponen los desbocados caprichos de la imaginación, pero la solución de esto más corresponde al fisiólogo que al atolondrado «soñador».

Parecía que yo fuera un fariseo que volvía del escenario de la muerte. Había ayudado a clavar afiladísimos clavos en las palmas de Aquel que colgaba de la cruz, el espectáculo de más amarga congoja que haya sentido jamás un mortal. Oía el gemido que atravesaba su alma cada vez que chirriaba en los huesos el áspero hierro que yo remachaba. Me aparté unos pasos del lugar de la ejecución y me volví para mirar a mi más irreconciliable enemigo. El Nazareno aún no estaba muerto; la vida resistía en el manto de su carne, como si temiera recorrer a solas el valle de la muerte. Creí ver la fría humedad que se posa en la frente de los moribundos, detenida en grandes gotas en la suya. Vi el temblor de cada músculo; el ojo, que empezaba a perder su lustre en la mirada vacía del cadáver. Oí el ronco gorgoteo de su garganta. Un momento más... y la cadena de la existencia se rompió, y un eslabón cayó a la eternidad.

Di media vuelta y anduve despreocupadamente hasta llegar al centro de Jerusalén. A corta distancia se erguían las altivas torres del Templo; su tejado dorado reflejaba unos rayos tan brillantes como la fuente de la que emanaban. Me invadió una sensación de orgullo consciente al mirar los extensos campos y las altivas montañas que rodeaban aquel orgullo del mundo oriental. A mi derecha se alzaba el monte de los Olivos, cubierto de matorrales y viñedos; más allá, demarcando los confines de la vista de los mortales, surgían montañas apiladas unas sobre otras; a la izquierda estaban las espléndidas llanuras de Judea, y pensé que era un luminoso cuadro de la existencia humana al ver el riachuelo Cedrón atravesando raudo los prados de camino hacia el lejano lago. Oí el alegre canto de la hermosa doncella que espigaba en el sembrado lejano y, mezclado con los ecos de la montaña, el agudo silbo de la flauta del pastor, que llamaba al redil al cordero perdido. Sobre la naturaleza animada se había derramado una belleza perfecta.

Sin embargo, «al poco sobrevino un cambio en el espíritu de mi sueño»: sentí un frío súbito, me volví instintivamente hacia el sol y vi una mano que dibujaba con lentitud un manto de inmundicia sobre él. Busqué las estrellas, pero todas habían dejado de titilar, pues la misma mano las había envuelto en el emblema del duelo. La luna no alumbraba con su luz plateada las perezosas olas del mar Muerto, que cantaban el ronco réquiem de las ciudades de la Llanura, pues ocultaba su rostro, como si temiera contemplar lo que ocurría en la tierra. Oí un gemido, un susurro, cuando el espíritu de la oscuridad extendió sus alas sobre un mundo espantado.

Se apoderó de mí una desesperación atroz. Sentía el torrente de la vida retornando lentamente a sus fuentes cuando me invadió el terrible pensamiento de que había llegado el día del Juicio Final.

De repente estaba ante el Templo. El velo, que había ocultado sus secretos a las miradas profanas, estaba ahora rasgado. Miré durante unos momentos: el sacerdote se hallaba junto al altar, ofreciendo el sacrificio expiatorio. El fuego, que había de prender en los miembros cercenados de la víctima, resplandeció unos momentos en los lejanos muros y después se perdió en la oscuridad más absoluta. El sacerdote se volvió para encenderlo de nuevo con la llama viva del candelabro, pero también había desaparecido... Era como la quietud del sepulcro.

Di la vuelta y me precipité hacia la calle. Estaba desierta. Ni un sonido rompía el silencio, salvo el aullido de un perro salvaje, que se deleitaba con el cadáver medio abrasado en el valle de Hinom. Vi una luz que salía de una ventana a lo lejos y me dirigí hacia ella. Me asomé a la puerta, que estaba abierta. Una viuda preparaba el último bocado que había podido conseguir para su bebé moribundo. Había encendido un pequeño fuego, y vi cómo contemplaba, con el corazón encogido de desánimo, la llama que se extinguía a la vez que sus esperanzas.

La oscuridad cubrió el universo. La naturaleza estaba de duelo, pues su creador había muerto. La tierra se había arropado con los atavíos del dolor y los cielos vestían el negro del duelo. Deambulé entonces con desasosiego, sin prestar atención a donde iba. Enseguida apareció una luz por oriente. Una columna de luz sesgó la tiniebla, como el haz que resplandece en la oscuridad del pozo a medianoche, e iluminó la serena lobreguez que me rodeaba. Había una abertura en la vasta bóveda del extenso firmamento. Me volví hacia ella con mirada perpleja.

En la inmensidad del espacio, a una distancia que solo podría medirse con «una línea paralela a la eternidad», y, sin embargo, extremadamente definida y clara, apareció la misma persona a la que yo había revestido de la burlona púrpura de la realeza. Iba ataviado con el manto del Rey de Reyes. Estaba sentado en su trono, pero no era de color blanco. Los cielos estaban de luto, porque mientras los ángeles se arrodillaban uno tras otro ante él, vi que la corona de inmortal amaranto que solía ceñirle la frente había sido reemplazada por otra de ciprés.

Me volví para ver a dónde me había llevado mi deambular. Había llegado al sepulcro del monarca de Israel. Me eché a temblar al ver que empezaban a moverse los terrones que cubrían los huesos enmohecidos de algún tirano. Miré hacia donde yacía el último monarca, con todo el esplendor y la magnificencia de la muerte, y aquel monumento esculpido empezó a temblar. Al poco se volcó, y salió el inquilino de la tumba. Era una cosa abominable, de otro mundo, que ni siquiera Dante, en los más delirantes vuelos de su imaginación, hubiera podido conjurar. No era capaz de moverme, pues el terror había amarrado mi voluntad. Vi cómo el gusano de la tumba se retorcía entre los mechones enredados que cubrían parte de aquel cráneo putrefacto. Los huesos crujían al moverse en las articulaciones, pues la carne había desaparecido. Oí su horrenda música, que acompañaba aquella parodia de la miserable mortalidad. Él se acercó a mí y, al pasar a mi lado, me echó en plena cara el aliento de la fría humedad de aquella estrecha y solitaria casa. Se cerró la sima de los cielos y, con un convulso estremecimiento, me desperté.

[Trad. de Flora Casas]

Metzengerstein

 

 

 

 

 

 

La publicación de los mundialmente conocidos cuentos de este incomparable autor empezó días antes de su vigesimotercer aniversario: un 14 de enero del año 1832 aparecía en el Saturday Courier de Filadelfia, y bajo la firma de Edgar Allan Poe, «Metzengerstein». En este relato se intuyen las trazas de lo que sería, a la postre, uno de los mayores genios creativos del siglo XIX: la unidad del tono y la expresión, el suspense mantenido, el emocionante desenlace.

El relato nace como un romance gótico al más puro estilo germánico: de hecho, en un principio, al título lo acompañaba una línea explicativa: «A Tale in Imitation of the German». Sin embargo, no es cierto que el autor se inspirase únicamente en la literatura alemana. Muchos críticos han señalado la historia fantasmagórica del poeta estadounidense Richard Henry Dana, «The Buccaneer» (1828), como una más que posible influencia. También la novela de Horace Walpole El castillo de Otranto (1764), editada por sir Walter Scott en 1811, se cita con asiduidad como fuente de «Metzengerstein», mientras que el Vivian Grey de Benjamin Disraeli (1826) ha sido revisado a este respecto en alguna ocasión. La personalidad literaria de Poe, aunque todavía bisoña, consigue imprimir un acento muy particular que se aleja del romance gótico clásico.

Aunque se trate del primer cuento que Poe publicó con su nombre completo, el primero por el cual se le conoció, resulta impensable creer que fuese también el primero de ellos en ser redactado. Algunas investigaciones apuntan al hecho de que fue probablemente «The Bargain Lost», el embrión literario de «Bon-Bon», la narración con la que dio comienzo a su intachable, breve e irrepetible trayectoria.

 

 

 

 

 

Pestis eram vivus, moriens tua mors ero.[1]

MARTÍN LUTERO

El horror y la fatalidad han aparecido libremente en público en todas las edades. ¿Para qué señalar una fecha a la historia que voy a contar? Basta con decir que en la época de que hablo existía en el interior de Hungría una arraigada, aunque oculta, creencia en las doctrinas de la metempsicosis. De esas doctrinas mismas —esto es, de su falsedad o de su probabilidad— no diré nada. Afirmo, sin embargo, que gran parte de nuestra incredulidad (como dice La Bruyère de toda nuestra infelicidad) vient de ne pouvoir être seuls.[2]

Pero había algunos puntos en la superstición húngara que tendían por completo a lo absurdo. Ellos —los húngaros— diferían muy esencialmente de sus autoridades de Oriente. Por ejemplo, el alma —dicen aquellos y cito las palabras de un agudo e inteligente parisino—: ne demeure qu’une seule fois dans un corps sensible: au reste, un cheval, un chien, un homme même, n’est que la ressemblance peu tangible de ces animaux.[3]

Las familias Berlifitzing y Metzengerstein habían estado desavenidas durante siglos. No hubo nunca antes dos casas tan ilustres agriadas mutuamente por una hostilidad tan mortal. El origen de esta enemistad parece hallarse en las palabras de una antigua profecía: «Un elevado nombre caerá con espantosa caída cuando, como el jinete sobre su caballo, la mortalidad de Metzengerstein triunfe de la inmortalidad de Berlifitzing».

Es probable que estas palabras en sí tuvieran escaso o nulo significado. Pero causas más triviales han dado origen —y esto sin remontarse mucho— a consecuencias igual de memorables. Además, los estados contiguos habían ejercido largo tiempo una influencia rival en los asuntos de un gobierno bullicioso. Por otra parte, vecinos tan cercanos son rara vez amigos; y los moradores del castillo de Berlifitzing podían ver desde sus elevados contrafuertes hasta por dentro de las ventanas del palacio de Metzengerstein. Y no era en absoluto la magnificencia más que feudal así ostentada la que intentaba apaciguar los irritables sentimientos de los Berlifitzing, menos antiguos y menos ricos. ¿Cómo extrañarse, entonces, de que las palabras, aunque necias, de aquella predicción pudieran haber creado y mantenido la discordia entre dos familias ya predispuestas a las contiendas por todas las instigaciones de una envidia hereditaria? La profecía parecía entrañar —si es que entrañaba algo en realidad— un triunfo final del lado de la casa más poderosa en esos momentos, y que, naturalmente, vivía en la memoria de la más débil y menos influyente, con la más amarga animosidad.

Wilhelm, conde de Berlifitzing, aunque de altísima estirpe, era en el tiempo de esta narración un viejo chocho y achacoso, notable tan solo por una loca e inveterada antipatía personal hacia la familia de su rival, y con una pasión tan loca por los caballos y la caza que ni aquella debilidad corporal ni su incapacidad mental le impedían tomar parte a diario en los peligros de la montería.

Por otro lado, Frederick, barón de Metzengerstein, no era aún mayor de edad. Su padre, el ministro G., había muerto joven. Su madre, lady Mary, le siguió muy pronto. Frederick tenía a la sazón dieciocho años. En una ciudad, dieciocho años no son mucho tiempo; pero en una soledad, y en una soledad tan magnífica como la de aquella vieja soberanía, el péndulo vibra con más hondo significado.

A consecuencia de algunas circunstancias especiales derivadas de la administración de su padre, el joven barón entró de inmediato en posesión de sus vastos dominios. Rara vez se había visto antes gozar de un patrimonio tal a un noble húngaro. Sus castillos eran innumerables. El primero en cuanto a magnificencia y extensión era el palacio de Metzengerstein. La línea fronteriza de sus dominios estaba claramente definida, pero su parque principal abarcaba un circuito de cincuenta millas.

Sobre la herencia de un propietario tan joven y de un carácter muy bien conocido, de una fortuna tan incomparable, circulaban pocos rumores en relación con su probable línea de conducta. Y realmente, en el espacio de tres días, la conducta del heredero excedió la de Herodes y superó con justicia la expectación de sus más entusiastas admiradores. Vergonzosos libertinajes, flagrantes felonías, atrocidades inauditas, hicieron comprender enseguida a sus temblorosos vasallos que ni la servil sumisión por parte de estos ni los escrúpulos de conciencia por la de él, les garantizarían de allí en adelante la menor seguridad contra las garras sin remordimientos de aquel pequeño Calígula. La noche del cuarto día se descubrió que había estallado un incendio en las cuadras del castillo de Berlifitzing, y la opinión unánime del vecindario añadió el crimen del incendiario a la ya horrenda lista de delitos y enormidades del barón.

Pero durante el tumulto ocasionado por aquel accidente, el joven noble ocupaba —sumido, al parecer, en meditación— una amplia y solitaria estancia enclavada en la parte alta del palacio familiar de Metzengerstein. Los tapices ricos, aunque ajados, que colgaban de los muros con languidez, representaban las vagas y majestuosas figuras de mil ilustres antecesores. Allí, sacerdotes revestidos de rico armiño, dignatarios pontificales, se sentaban familiarmente con el autócrata y el soberano, ponían el veto a los deseos de un rey temporal o contenían con el fiat de la supremacía papal el cetro rebelde del Enemigo Malo. Allí las oscuras y altas figuras de los príncipes de Metzengerstein —sus musculosos caballos de guerra pisoteando los cadáveres de los enemigos caídos— sobrecogían los nervios más firmes con su vigorosa expresión, y allí también, las figuras voluptuosas y blancas como cisnes de las damas de los pasados días flotaban lejos, en los laberintos de una danza irreal, a los sones de una melodía imaginaria.

Pero mientras el barón escuchaba o fingía escuchar el alboroto que aumentaba gradualmente en las cuadras de Berlifitzing —o meditaba quizá algún acto de audacia más nuevo o más decidido—, sus ojos se volvieron, sin querer, hacia la figura de un enorme caballo de color innatural, representado en el tapiz como perteneciente a un sarraceno, antepasado de la familia de su rival. El caballo aparecía en el primer plano del cuadro, inmóvil como una estatua, mientras detrás, más allá, su jinete derrotado perecía bajo el puñal de un Metzengerstein.

Sobre los labios de Frederick surgió una expresión diabólica, como si se diera cuenta de la dirección que había tomado su mirada inconscientemente. Con todo, no la apartó. Por el contrario, no podía dominar la ansiedad abrumadora que parecía caer sobre sus sentidos como un paño mortuorio. Conciliaba a duras penas sus sueños y sus sentimientos incoherentes con la certeza de hallarse despierto. Cuanto más lo contemplaba, más absorbente era el hechizo, más imposible le parecía el poder arrancar su mirada de la fascinación del tapiz. Pero el tumulto del exterior se hizo de repente más violento, y con un esfuerzo forzado dirigió su atención hacia una explosión de luz rojiza proyectada de lleno desde las cuadras llameantes sobre las ventanas de la estancia.

El acto, empero, solo fue momentáneo; su mirada se volvió maquinalmente hacia el muro. Ante su extremado horror y su gran asombro, la cabeza del gigantesco corcel había cambiado de posición durante aquel intervalo. El cuello del animal, al principio curvado como compasivamente sobre el abatido cuerpo de su señor, estaba ahora estirado con toda su largura en dirección al barón. Los ojos, antes invisibles, mostraban ahora una expresión enérgica y humana, y brillaban con un rojo ardiente y desusado, y los belfos separados del caballo, furioso en apariencia, dejaban ver por completo sus dientes sepulcrales y repulsivos.

Estupefacto de terror, el joven noble se dirigió, tambaleante, hacia la puerta. Cuando iba a abrirla, un relámpago de luz roja flameó dentro de la habitación, proyectando su sombra con un claro contorno sobre el agitado tapiz, y mientras vacilaba él un instante en el umbral, se estremeció al ver que la sombra tomaba la postura exacta y llenaba exactamente el contorno del implacable y triunfador matador del Berlifitzing sarraceno.

Para aliviar la depresión de su ánimo, el barón salió, presuroso, al aire libre. En la puerta principal del palacio se encontró a tres caballerizos. Con gran dificultad y un inminente peligro de sus vidas, contenían ellos los saltos convulsivos de un caballo gigantesco color de fuego.

—¿De quién es este caballo? ¿Dónde lo habéis encontrado? —preguntó el joven en tono pendenciero y ronco, reconociendo de inmediato que el misterioso corcel del tapiz era la copia exacta del furioso animal que tenía ante los ojos.

—Es de vuestra pertenencia, señor —replicó uno de los caballerizos—; al menos, no ha sido reclamado por ningún otro dueño. Lo hemos cogido cuando huía, todo humeante, espumeando de rabia, de las cuadras incendiadas del castillo de Berlifitzing. Suponiendo que pertenecía a las cuadras de caballos extranjeros del viejo conde, lo hemos traído aquí como descarriado. Pero los mozos niegan toda propiedad sobre este ejemplar, lo cual es extraño, puesto que muestra señales evidentes del fuego, que prueban que se ha librado de él de milagro.

—Las iniciales W. V. B. están también marcadas muy claras sobre su frente —interrumpió el segundo caballerizo—. He supuesto, por eso, que eran las iniciales de Wilhelm von Berlifitzing; pero todos en el castillo niegan terminantemente conocer este caballo.

—¡Es muy raro! —dijo el joven barón, con aire meditabundo, y al parecer inconsciente del sentido de sus palabras—. Como decís, se trata de un caballo notable, ¡de un caballo prodigioso!, aunque, según has hecho notar con certeza, tiene un carácter receloso e indomable. Bien, accedo a que sea mío —y añadió después—: quizá un jinete como Frederick von Metzengerstein podrá domar al mismísimo diablo de las cuadras de Berlifitzing.

—Estáis en un error, señor; el caballo, como creo haber indicado, no pertenece a las cuadras del conde. Ya que en tal caso, sabemos muy bien cuál sería nuestro deber, para traerlo a presencia de una noble persona de vuestra familia.

—¡Es cierto! —observó el barón secamente.

En aquel momento un ayuda de cámara llegó del palacio, todo sofocado y presuroso. Musitó al oído de su señor la noticia de la repentina desaparición de un pequeño trozo del tapiz, en una pieza que señaló con el dedo, entrando al mismo tiempo en detalles de un orden minucioso y circunstancial; pero como le comunicó todo aquello en un tono de voz muy bajo, no se escapó nada que pudiera satisfacer la excitada curiosidad de los caballerizos.

El joven Frederick, durante la conversación, parecía agitado por muy diversas emociones. No obstante, pronto recobró la calma, y una expresión de resuelta perversidad se fijaba ya en su rostro cuando dio órdenes perentorias para que la estancia en cuestión fuese al punto cerrada, quedando la llave en su poder.

—¿Habéis sabido la muerte desgraciada del viejo cazador Berlifitzing? —dijo uno de sus vasallos al barón cuando, después de marcharse el ayuda de cámara, el enorme corcel que el noble había adoptado como suyo saltaba, haciendo corvetas con redoblado furor, mientras bajaba la larga avenida que se extendía del palacio a las cuadras de Metzengerstein.

—¡No! —dijo el barón, volviéndose bruscamente hacia el que hablaba—. ¿Que ha muerto, dices?

—Es la pura verdad, señor, y deseo, imagino que para un noble de vuestro nombre no sea esta una mala noticia.

Una rápida sonrisa surgió sobre el rostro del oyente.

—¿Cómo ha muerto?

—En sus esfuerzos imprudentes por salvar la parte favorita de sus caballos de caza, ha perecido de un modo miserable entre las llamas.

—¿In... du... da... ble... mente? —exclamó el barón como impresionado de una manera lenta y premeditada por la verdad de alguna idea estremecedora.

—Indudablemente —repitió el vasallo.

—¡Espantoso! —dijo el joven, con calma, y volvió tan tranquilo al palacio.

Desde aquella fecha una marcada alteración tuvo lugar en la conducta exterior del disoluto joven barón Frederick von Metzengerstein. Realmente, aquella conducta defraudaba todas las esperanzas, y estaba poco en consonancia con los manejos de más de una madre, conforme sus hábitos y maneras mostraban menos todavía que antes una analogía con los de la aristocracia de la vecindad. No se le veía nunca allende los límites de su dominio, y en su vasto mundo social carecía en absoluto de compañero, a menos que aquel innatural e impetuoso caballo color de fuego, que montaba continuamente desde el suceso, tuviese algún derecho al título de amigo del joven.

A pesar de lo cual, le llegaban periódicamente numerosas invitaciones por parte de la vecindad. «¿Querría el barón honrar nuestra fiesta con su presencia?» «¿Querría el barón unirse a nosotros para una cacería de jabalíes?» «Metzengerstein no caza.» «Metzengerstein no asistirá», eran las altivas y lacónicas respuestas.

Estos insultos repetidos no podían ser tolerados por una nobleza arrogante. Las invitaciones se hicieron menos cordiales, menos frecuentes, y, con el tiempo, cesaron por completo. Se oyó a la viuda del infortunado conde de Berlifitzing expresar su esperanza de «que el barón estuviese en su casa cuando no quisiera estar en ella, puesto que desdeñaba la compañía de sus iguales, y que estuviese montado a caballo cuando no quisiera estarlo, puesto que prefería la compañía de un caballo a la de aquellos». Esto era, con seguridad, la necia explosión de una rencilla hereditaria, y probaba simplemente cuán faltas de sentido llegan a ser nuestras palabras cuando deseamos darles una energía inusitada.

Aun así, las gentes caritativas atribuían la alteración en la conducta del joven noble al natural dolor de un hijo que ha perdido prematuramente a sus padres; pero olvidaban su atroz y despreocupada conducta durante el breve período que siguió de cerca a aquella sensible pérdida. Algunos insinuaron que tenía realmente una idea exagerada de su importancia y de su dignidad. Otros a su vez (entre los cuales habría que mencionar al médico de la familia) hablaron sin vacilación de una melancolía morbosa y de un mal hereditario, mientras corrían entre la multitud unas insinuaciones más tenebrosas.

En verdad, el cariño perverso del barón por su caballo de reciente adquisición —un cariño que parecía cobrar nueva fuerza a cada nueva muestra que daba el animal de sus feroces y demoníacas inclinaciones— llegó a ser a la larga, a los ojos de los hombres sensatos, un fervor horrible y contra natura. En el deslumbramiento del mediodía, en las horas muertas de la noche, enfermo o saludable, en la calma o en la borrasca, el joven Metzengerstein parecía estar clavado a la silla de aquel caballo colosal, cuyas indomables audacias armonizaban tan bien con su propio espíritu.

Había, por añadidura, circunstancias que, unidas a los últimos acontecimientos, daban un carácter sobrenatural y portentoso a la manía del jinete y a las capacidades del corcel. El espacio que franqueaba este de un solo salto había sido cuidadosamente medido, resultando que superaba con una diferencia asombrosa los cálculos más amplios y fantásticos. El barón, además, no usaba ningún nombre especial para llamar al animal, aunque el resto de su caballeriza se distinguiera por denominaciones características. Su cuadra estaba situada también a cierta distancia de las otras, y respecto a la limpieza y a todos los servicios necesarios, nadie, excepto el propietario en persona, se hubiera arriesgado a cuidarlo o a entrar siquiera en el recinto donde se encontraba su cuadra especial. Se observó asimismo que, aunque los tres mozos que lo habían cogido cuando huía del incendio de Berlifitzing hubiesen logrado detener su carrera por medio de una cadena y de un lazo, ninguno de los tres podía afirmar con certeza que durante aquella peligrosa lucha o en otro momento cualquiera desde entonces, hubiesen puesto luego sus manos sobre el cuerpo del animal. Esas pruebas de una inteligencia especial en la conducta de un noble caballo lleno de ardor no habrían bastado, con seguridad, para excitar una atención tan irrazonable; pero había ciertas circunstancias que hubiesen forzado los espíritus más escépticos y flemáticos, y se decía que a veces, cuando el animal hacía retroceder de horror a la multitud curiosa ante la profunda e impresionante significación de su terrible pateo, a veces el joven Metzengerstein palidecía y escapaba ante la expresión repentina y penetrante de aquella mirada casi humana de su corcel.

Entre todo el séquito del barón, nadie dudó, sin embargo, del ardiente y extraordinario afecto que sentía el joven noble por las fogosas cualidades de su caballo; nadie, excepto tan solo un insignificante y desdichado pajecillo, cuyas deformidades eran absolutas y cuyas opiniones poseían muy poca importancia. Tenía él (si es que sus ideas merecen la pena de ser mencionadas) el descaro de afirmar que su señor no había saltado nunca a la silla sin un inexplicable y casi imperceptible estremecimiento, y que, al volver de cada una de sus interminables y habituales correrías a caballo, una expresión de maldad triunfante deformaba todos los músculos de su rostro.

Una noche tempestuosa, Metzengerstein, despertándose de un pesado sueño, bajó de su estancia como un loco, y montando a caballo a toda prisa, se lanzó a brincos en el laberinto de la selva. Un hecho tan corriente no llamó en particular la atención; pero su regreso fue esperado con una intensa ansiedad por parte de sus criados, cuando, después de algunas horas de ausencia, los estupendos y magníficos muros del palacio de Metzengerstein empezaron a crujir y a oscilar hasta sus cimientos bajo la acción de una masa densa y lívida de indomable fuego.

Como las llamas, cuando fueron vistas por primera vez, habían hecho ya tan terribles progresos, que todos los esfuerzos por salvar una parte cualquiera del edificio eran evidentemente inútiles, la atónita vecindad permanecía ociosa alrededor, con una estupefacción silenciosa, si no patética. Pero un nuevo y pavoroso objeto atrajo la atención de la multitud y demostró hasta qué punto es más intensa la excitación producida en los sentimientos de una multitud por la contemplación de una agonía humana que la causada por los más aterradores espectáculos de la materia inanimada.

En la larga avenida de añosos robles que formaba el comienzo de la selva, y que conducía a la entrada del palacio de Metzengerstein, apareció un corcel, llevando sobre la silla a un jinete destocado y todo trastornado, con un ímpetu que superaba al del propio Demonio de la Tempestad.

No dominaba el jinete, indiscutiblemente, aquella carrera desenfrenada. La angustia de su cara, los esfuerzos convulsivos de todo su ser, patentizaban una lucha sobrehumana; pero ningún sonido, excepto un solo grito, se escapaba de sus labios desgarrados, que se mordía de cuando en cuando entre la magnitud de su terror. Por un momento resonó el golpeteo de los cascos, agudo y penetrante, sobresaliendo del mugido de las llamas y del aullido del viento; un instante después, franqueado de un solo salto el portón y el foso, el corcel se precipitó escaleras arriba del palacio y desapareció con su jinete entre el torbellino del caótico fuego.

Cesó la furia de la tempestad acto seguido, y la sucedió una calma mortal de sombrío aspecto. Una llamarada blanca envolvía aún el edificio, como un sudario, y relampagueando a lo lejos en la atmósfera tranquila, brotó cierta luz de un brillo sobrenatural, mientras caía pesadamente sobre los muros una nube de humo bajo la forma colosal de un caballo.

[Trad. de Julio Gómez de la Serna]

El duc de L’Omelette

En «El duc de L’Omelette», Poe demuestra de qué modo su genio puede también manar en obras de tono humorístico. La narración blande con armonía los elementos de lo grotesco y lo meramente ornamental, que entremezcla con el componente aventurero que mueve sus páginas.

Parece algo imposible ganar una partida al mismísimo diablo. Sin embargo, son muchos los personajes del folclore y la literatura que lo han conseguido. De este modo, Poe tuvo un amplio abanico de material sobre el que sentar las bases de su cuento. Extrajo informaciones y datos concretos de la bibliografía más variada. Así, las nociones de fisonomía del pintor francés Charles Le Brun (1619-1690) y las circunstancias de la muerte del actor galo Zacharie Jacob, más conocido como Montfleury, fallecido en 1667 durante la representación del papel de Orestes en Andrómaca, se recogen en el libro de Isaac D’Israeli Curiosities of Literature. Por otra parte, la imagen del infierno podría corresponderse con la dada por el poeta inglés John Milton (1608-1674) en referencia al Pandemónium de El paraíso perdido (1667).

Poe habría redactado esta pieza en 1831, el mismo año en que enviaría el manuscrito de la obra al Saturday Courier de Filadelfia, que la publicaría meses más tarde, ya en 1832. Para su reedición en el Southern Literary Messenger cuatro años después, el autor añadió varias modificaciones que se mantuvieron en publicaciones posteriores, en las cuales los cambios fueron escasos y poco significativos.

Y pasó enseguida a un clima más fresco.

COWPER

Keats cayó a causa de la crítica. ¿Quién murió de Andrómaca?[4] ¡Almas innobles...! De L’Omelette falleció de un verderón. L’histoire en est brève. ¡Socórreme, Espíritu de Apicio![5]

Una jaula de oro albergó al pequeño y alado viajero, enamorado, derretido, indolente, desde su hogar en el lejano Perú a la Chaussée d’Antin. Desde su regia poseedora, La Bellissima, al duc de L’Omelette, seis pares del imperio transportaron al feliz pájaro.

Aquella noche el duque iba a cenar solo. En la intimidad de su despacho se apoyaba lánguidamente sobre una otomana por la cual había sacrificado su lealtad con el rey al pujar más que él en la subasta..., la famosa otomana de Cadêt.

El duque sepulta su rostro en el almohadón. ¡El reloj da las horas! Incapaz de reprimir sus sentimientos, Su Excelencia se traga una aceituna. En ese momento, la puerta se abre con suavidad al son de una dulce música y, ¡oh, cielos!, el más delicado de los pájaros se halla ante el más enamorado de los hombres. Pero ¿qué inexpresable desmayo oscurece ahora el semblante del duque? Horreur...! Chien...! Baptiste...! L’oiseau! Ah, bon Dieu! Cet oiseau modeste que tu as déshabillé de ses plumes, et que tu as servi sans papier![6] Resultaría superfluo añadir nada: el duque expiró en un paroxismo de repugnancia.

—¡Ja, ja, ja! —exclamó Su Excelencia tres días después de su defunción.

—¡Je, je, je! —replicó el diablo sin esfuerzo alguno, enderezándose con aire de hauteur.[7]

—Vamos, supongo que no hablaréis en serio —se opuso De L’Omelette—. He pecado, c’est vrai, pero, mi buen señor, reflexionad. No tendréis realmente la intención de llevar tales..., tales bárbaras amenazas a la práctica.

—¿Tales qué? —dijo Su Majestad—. ¡Ea, señor, desnudaos!

—¿Desnudarme? ¡Muy bonito, a fe mía! ¡No, señor, no me desnudaré! ¿Quién sois vos, decidme, para que yo, el duc de L’Omelette, príncipe de Foie-Gras, recién llegado a la mayoría de edad, autor de la «Mazurquíada» y miembro de la Academia, deba despojarme ante vuestra petición de los mejores pantalones que jamás haya confeccionado Bourdon, de la más exquisita robe de chambre que jamás haya cosido Rombêrt..., por no hablar de quitarme mis papillotes... y por no mencionar las molestias que me ocasionaría sacarme los guantes?

—¿Que quién soy yo? ¡Ah, cierto! Soy Belcebú, príncipe de las Moscas. Os he sacado ahora mismo de un ataúd de palo de rosa con incrustaciones de marfil. Estabais curiosamente perfumado y etiquetado como si os fueran a facturar. Os envió Belial,[8] mi inspector de cementerios. Los pantalones que, según decís, han sido confeccionados por Bourdon son unos excelentes calzoncillos de lino y vuestra robe de chambre es una mortaja de no escasas dimensiones.

—¡Señor —replicó el duque—, no toleraré que se me insulte impunemente! ¡Señor, aprovecharé la primera oportunidad para vengar este insulto! ¡Caballero, sabréis de mí! Entretanto, au revoir.

El duque ya se alejaba tras hacer una reverencia a la presencia satánica cuando fue interrumpido y obligado a retroceder por un gentilhombre de cámara. Visto lo cual, Su Excelencia se frotó los ojos, bostezó, se encogió de hombros y reflexionó. Cuando se quedó satisfecho de su identidad, echó una ojeada a su paradero.

La estancia era soberbia. Incluso De L’Omelette la consideró bien comme il faut.[9] No era su longitud ni su anchura..., sino su altura... ¡Era aterradora! No había techo..., sin lugar a dudas, solo una densa masa arremolinada de nubes del color del fuego. A Su Excelencia le daba vueltas la cabeza cuando miraba hacia arriba. En lo alto colgaba una cadena de un desconocido metal de color rojo sangre: su extremo superior se perdía, como la ciudad de Boston, parmi les nues.[10] En el otro extremo oscilaba un gran farol. El duque sabía que era un rubí, pero de él emanaba una luz tan intensa, tan fija, tan terrible como jamás Persia adoró..., como Geber[11] nunca imaginó..., como ningún musulmán pudo soñar nunca cuando, drogado de opio, va tambaleándose a tumbarse sobre un lecho de adormideras, de espaldas a las flores y de cara al dios Apolo. El duque musitó un juramento decididamente aprobatorio.

Los rincones de la sala eran redondeados y formaban nichos. Tres de estos se hallaban llenos de estatuas de gigantescas proporciones. Su belleza era griega, su deformidad egipcia, su tout ensemble, francés. En el cuarto nicho la estatua tenía puesto un velo y no era colosal. Mas luego se veía allí un tobillo de delicada configuración, un pie calzado con una sandalia. De L’Omelette se puso la mano sobre el corazón, cerró los ojos, los abrió y sorprendió a Su Satánica Majestad ruborizándose.

Pero ¡las pinturas...! ¡Cuprá! ¡Astarté! ¡Astaroth...! Y así un millar. ¡Y Rafael las había contemplado! Sí, Rafael había estado allí. Pues ¿no pintó él la...? ¿Y no fue condenado por ello? ¡Las pinturas...! ¡Las pinturas! ¡Oh, lujuria, oh, amor! ¿Quién, al contemplar aquellas prohibidas bellezas, tendría ojos para los exquisitos dibujos de los marcos de oro que salpicaban como estrellas los muros de jacinto y porfirio?

Pero el corazón del duque desfallece en su pecho. No está, sin embargo, como pudiera suponerse, aturdido por la magnificencia, ni embriagado con el extático aliento de los innumerables incensarios. C’est vrai que de toutes ces choses il a pensé beaucoup..., mais![12] El duque De L’Omelette está aterrorizado por la rojiza perspectiva que le ofrece una sola ventana sin cortinas. ¡Ved!: ¡allí resplandece el más fantasmal de todos los fuegos!

Le pauvre Duc! Imaginaba todo el rato que las gloriosas, las voluptuosas, las inmortales melodías que invadían la sala, al pasar filtradas por la alquimia de los cristales encantados de la ventana, eran los gemidos y aullidos de los desesperanzados y de los condenados. ¡Y ahí también..., ahí..., sobre la otomana...! ¿Quién podía ser..., él, el petit-maître..., no, la deidad..., que estaba sentada como esculpida en marfil et qui sourit,[13] con su pálido semblante, si amèrement?[14]

Mais il faut agir...,[15] es decir, un francés nunca desfallece del todo. Además, Su Excelencia odia las escenas... De L’Omelette es nuevamente dueño de sí mismo. Había algunos floretes sobre una mesa..., algunos puñales también. El duque había estudiado con B.; il avait tué les six hommes.[16] Así pues, il peut s’échapper.[17] Compara dos aceros y, con una gracia inimitable, le da a elegir a Su Majestad. Horreur! ¡Su Majestad no practica la esgrima!

Mais il joue![18] ¡Qué feliz pensamiento! Pero es que Su Excelencia siempre tuvo una memoria excelente. Había leído por encima el «Diable» del abbé Gualtier. En él se decía «que le diable n’ose pas refuser un jeu d’écarté».[19]

Pero ¡las probabilidades..., las probabilidades! Cierto..., desesperadas, pero apenas más desesperadas que el duque mismo. Además, ¿no estaba él en el secreto...? ¿No había hojeado al père Le Brun...? ¿No era miembro del Club Vingt-un? «Si je perds —se dijo—, je serai deux fois perdu..., estaré condenado por partida doble... voilà tout! —Aquí Su Excelencia se encogió de hombros—. Si je gagne, je reviendrai à mes ortolans... que les cartes soient préparées.»[20]

Su Excelencia era todo cuidado, todo atención..., Su Majestad todo confianza. Un espectador habría pensado en Francisco y Carlos. Su Excelencia pensaba en su juego; Su Majestad no pensaba, barajaba. El duque cortó.

Se reparten las cartas. Se descubre el triunfo... es... es... ¡el rey! No..., era la reina. Su Majestad maldijo la indumentaria masculina de ella. De L’Omelette se puso la mano en el corazón.

Juegan. El duque cuenta. Habían terminado aquella mano. Su Majestad cuenta lentamente, sonríe y toma vino. El duque escamotea una carta.

—C’est à vous à faire[21] —dijo Su Majestad, cortando.

Su Excelencia hizo una reverencia, dio y se levantó de la mesa en presentant le Roi.

Su Majestad parecía mortificado.

Si Alejandro no hubiese sido Alejandro habría sido Diógenes. Y el duque aseguró a su antagonista al despedirse «que s’il n’eût été De L’Omelette, il n’aurait point d’objection d’être le diable».[22]

LITTLETON BARRY

[Trad. de Carlos del Pozo]

Una narración de Jerusalén

Aparecido en el Saturday Courier de Filadelfia el 9 de junio de 1832, «Una narración de Jerusalén» toma un viejo y trillado tema para convertirlo en una bufonería amena e inofensiva. Y es que la actitud de la comunidad judía hacia el cerdo ha sido observada durante mucho tiempo con ojos risueños por quienes no comparten su creencia.

La mayor parte de los estudiosos coinciden en citar como fuente de inspiración la novela del poeta y escritor inglés Horatio Smith (1779-1849), Zillah, a Tale of the Holy City, que se publicó cuatro años antes que el relato del autor estadounidense. Parece ciertamente plausible —para algunos hasta obvio— que Poe tomara de él la trama, la mayoría de las referencias históricas y hasta el altisonante lenguaje de los personajes, pues, además de las coincidencias expuestas, el de Boston había reconocido en más de una ocasión su admiración por Smith, a quien llamó en su reseña de The Moneyed Man «el más erudito de todos los novelistas ingleses».

Varios investigadores han advertido en el cuento, además, la probable influencia del Talmud, concretamente del tratado de Sotah.

Intensos rigidam in frontem ascendere canos Passus erat...

LUCANO, De Catone

... un pelma horripilante.

Traducción

—Vayamos presurosos hacia las murallas —dijo Abel-Phittim, a Buzi-Ben-Leví y a Simeón el Fariseo, el décimo día del mes Thammuz, en el año del mundo tres mil novecientos cuarenta y uno—, marchemos presurosos hacia las murallas lindantes con la puerta de Benjamín, que está en la ciudad de David, y que dominan el campamento de los incircuncisos. Porque es la última hora de la cuarta vela y ha salido el sol, y los idólatras, en cumplimiento de la promesa de Pompeyo, deben esperarnos con los corderos para los sacrificios.

Simeón, Abel-Phittim y Buzi-Ben-Leví eran los gizbarim o subrecaudadores de las ofrendas en la ciudad santa de Jerusalén.

—En verdad —contestó el Fariseo—, hemos de apresurarnos, pues esta generosidad en los gentiles es inusitada, y la inconstancia ha sido siempre un atributo de los adoradores de Baal.

—Que sean inconstantes y traidores es tan cierto como el Pentateuco —dijo Buzi-Ben-Leví—; pero eso es únicamente con el pueblo de Adonai. ¿Cuándo se ha visto que los amonistas fuesen contra sus propios intereses? ¡Me parece que no es un gran rasgo de generosidad concedernos corderos para el altar del Señor, ofreciendo a cambio treinta siclos de plata por cabeza!

—Olvidas, sin embargo, Ben-Leví —replicó Abel-Phittim—, que el romano Pompeyo, que asedia ahora impío la ciudad del Altísimo, no tiene la seguridad de que no apliquemos los corderos comprados para el altar al sustento del cuerpo más bien que al del espíritu.

—¡Vamos, por las cinco puntas de mi barba —exclamó el Fariseo, que pertenecía a la secta llamada de los Magulladores (un pequeño grupo de santos cuya manera de magullarse y de desgarrarse los pies contra el empedrado era desde hacía largo tiempo una espina y un reproche para los devotos menos celosos, un obstáculo para los viandantes menos iluminados)—, por las cinco puntas de esta barba que, como sacerdote, me está prohibido afeitarme! ¿Hemos vivido para ver que llegará un día en que el advenedizo blasfemador e idólatra de Roma nos acusará de aplicar a los apetitos de la carne los más santos y consagrados elementos? ¿Hemos vivido para ver que llegará un día en que...?

—Dejemos de inquirir los motivos del filisteo —interrumpió Abel-Phittim—, pues hoy día nos aprovechamos por vez primera de su avaricia y de su generosidad; será mejor que nos apresuremos a ir a las murallas, por temor a que os falten las ofrendas para el altar, cuyo fuego no pueden extinguir las lluvias del cielo y cuyos pilares de humo no puede derribar ninguna tempestad.

La parte de la ciudad hacia la cual se aceleraban nuestros dignos gizbarim, y que llevaba el nombre de su arquitecto, el rey David, estaba considerada como el barrio mejor fortificado de Jerusalén, y se hallaba situada sobre la abrupta y alta colina de Zeón. Allí, una zanja ancha, profunda, circular, abierta en la sólida roca, estaba defendida por una muralla de gran reciedumbre, levantada sobre su borde interior. Decoraban esta muralla, a trechos regulares, unas torres cuadradas de mármol blanco; la más baja tenía sesenta y la más alta ciento veinte codos de altura. Pero en la proximidad de la puerta de Benjamín dejaba de levantarse la muralla al borde del foso. Por el contrario, entre el nivel de la zanja y la base de aquella se alzaba perpendicularmente una roca de doscientos cincuenta codos de altura, formando parte del escarpado monte Moriah. De modo que cuando Simeón y sus compañeros llegaron a la cúspide, a la torre llamada Adoni-Bezel —la más alta de todas las que circundan Jerusalén y lugar acostumbrado para parlamentar con el ejército sitiador—, vieron debajo el campamento enemigo a una altura que superaba en muchos pies la de la pirámide de Keops, y en algunos, la del templo de Belus.

—En verdad —suspiró el Fariseo, mientras miraba con vértigo al precipicio—, los incircuncisos son como las arenas a la orilla del mar, como las langostas en el desierto. El valle del Rey se ha convertido en el valle de Adomin.

—Y con todo —añadió Ben-Leví—, no puedes señalarme un filisteo; no, ni uno solo, desde Aleph a Tau, desde el desierto hasta el almenaje, que parezca mayor que la letra jod.

—¡Bajad la cesta con los siclos de plata! —gritó entonces un soldado romano, con voz áspera y ronca que parecía salir de los dominios de Plutón—; ¡bajad la cesta con esa moneda maldita cuyo nombre destroza la boca de un noble romano si lo pronuncia! ¿Es así como demostráis vuestra gratitud a Pompeyo, nuestro dueño, quien, con su indulgencia, ha consentido en escuchar vuestras inoportunidades idólatras? El dios Febo, que es un verdadero dios, está en marcha en su carro desde hace una hora, ¿y no deberíais hallaros sobre las murallas al salir el sol? ¡Ædepol!, ¿crees tú que nosotros, los conquistadores del mundo, no tenemos nada mejor que hacer que estar de vigilancia en las murallas de cada perrera para traficar con los perros de la tierra? ¡Bajad el cesto, os digo, y mirad bien que vuestro fraude sea de brillante color y de peso exacto!

—¡El Elohim! —exclamó el Fariseo, mientras los discordantes acentos del centurión retumbaban entre las escabrosidades del precipicio y venían a desvanecerse contra el templo—. ¡El Elohim!, ¿quién es el dios Febo? ¿A quién invoca el blasfemador? ¡Tú, Buzi-Ben-Leví, que eres experto en las leyes de los gentiles, y que has residido entre los que se mancillan con los teraphims! ¿Es de Nergal de quien habla el idólatra, o de Ashimah, o de Nibhaz, o de Tartak, o de Adrama-lech, o de Succoth-Benith, o de Dagon, o de Baal-Perith, o de Baal-Peor, o de Baal-Zebub?

—No es de ninguno de esos, por cierto; pero ten cuidado y no dejes escurrir demasiado velozmente la cuerda entre tus dedos, pues podría el mimbre engancharse en aquel saliente del despeñadero de allí abajo, y volcarías de un modo calamitoso las cosas sagradas del santuario.

Con ayuda de algún mecanismo toscamente construido, fue entonces descendido con cuidado el pesado cesto entre la multitud, y desde su pináculo vertiginoso podían ver a los romanos apretarse confusos alrededor; pero, a causa de la gran altura y de la niebla predominante, no podían distinguir con claridad sus operaciones.

Había transcurrido ya media hora.

—¡Llegaremos con retraso! —suspiró el Fariseo, mirando hacia el abismo, al expirar aquel tiempo—. ¡Llegaremos con retraso! Seremos expulsados de nuestro empleo por los katholim.

—Nunca más —repuso Abel-Phittim—, nunca más nos festejaremos con la grasa de la tierra; nunca más serán perfumadas nuestras barcas con incienso, ni estarán ceñidos nuestros riñones con el finísimo lino del Templo.

—¡Raca! —juró Ben-Leví—. ¡Raca! ¡Tienen intención de robarnos el dinero del mercado! ¡Oh, santo Moisés!, ¿están pesando los siclos del tabernáculo?

—¡Al fin han hecho la señal! —gritó el Fariseo—. ¡Al fin han hecho la señal! ¡Tira, Abel-Phittim! ¡Y tú, Buzi-Ben-Leví, tira también! Pues, por lo visto, los filisteos retienen aún el cesto, ¡o si no, el Señor ha ablandado sus corazones y los ha hecho colocar en él un animal de buen peso!

Y los gizbarim tiraban, mientras se balanceaba el fardo pesadamente al subir entre la niebla que seguía aumentando.

—¡Maldito sea, maldito sea! —Tal fue la exclamación que brotó de los labios de Ben-Leví cuando, al cabo de una hora, se hizo confusamente visible un objeto en el extremo de la cuerda—. ¡Maldito sea! ¡Es un carnero padre de los sotos de Engedi, tan rugoso como el valle de Josafat!

—Es el primer parido del rebaño —dijo Abel-Phittim—. ¡Lo conozco por el balido de su boca y por la curva inocente de sus miembros! Sus ojos son más bellos que las joyas del Pectoral, y su carne es como la miel del Hebrón.

—Es un ternero cebado en los pastos de Bashan —dijo el Fariseo—. ¡Los gentiles se han portado admirablemente con nosotros! ¡Elevemos nuestras voces en un salmo! ¡Demos gracias con el sistro y el salterio, con el arpa y la trompeta, con la cítara y el sacabuche!

Solo cuando hubo llegado el cesto a pocos pies de los gizbarim un sordo gruñido traicionó a sus oídos un cerdo de un tamaño musitado.

—¡Vamos, El Emanu! —exclamó lentamente el trío, con los ojos levantados hacia el cielo; y como soltaron su presa, el puerco liberado, al caer, escapó corriendo entre los filisteos—. ¡El Emanu! ¡Dios sea con nosotros! ¡Esta es la carne innombrable!

[Trad. de Julio Gómez de la Serna]

Sin aliento

Un cuento ni dentro ni fuera
del Blackwood

El germen de esta historia, publicada en el Southern Literary Messenger en septiembre de 1835, se encuentra en un relato más breve aparecido tres años antes en el Saturday Courier de Filadelfia y titulado «A Decided Loss». En él se pretende parodiar y satirizar las extravagancias propias del Blackwood sin el acierto con el que tiempo después ridiculizaría los métodos de los autores de la revista en «Cómo escribir un artículo al estilo del Blackwood» (1838).

Indudablemente, una de las fuentes empleadas por el autor es La maravillosa historia de Peter Schlemihl (1814), de Adelbert von Chamisso, cuyo protagonista es mencionado en todas las versiones del cuento, mientras que algunos estudiosos incluyen también entre las obras que lo influyeron de forma directa el Cándido (1759), de Voltaire. Otros, en cambio, ven en «Sin aliento» una sátira de la obsesiva angustia que le producía a Poe la mera idea del entierro prematuro, y que fue rescatada a la sazón para otros proyectos.

Oh, no alientes, etc.

 

THOMAS MOORE, Melodías

El más notorio infortunio debe finalmente rendirse ante el incansable valor de la filosofía como la más irreductible plaza a la incesante vigilancia del enemigo. Salmanasar, como se puede leer en las Sagradas Escrituras, permaneció tres años ante Samaria: y esta cayó. Sardanápalo —véase Diodoro— aguantó siete frente a Nínive, pero sin ningún resultado. Troya expiró en las postrimerías del segundo lustro, y Azoth, como declara Aristeo por su honor de caballero, abrió al fin sus puertas a Psamético, después de haberlas mantenido atrancadas durante la quinta parte de un siglo entero.

—¡Tú, miserable, esperpento, arpía! —dije a mi esposa a la mañana siguiente de nuestra boda—. ¡Tú, bruja, tarasca, estafermo, vertedero de iniquidad, quintaesencia de todo lo abominable, tú, tú!

Aquí, me puse de puntillas y, teniéndola agarrada por la garganta y con mi boca junto a su oído, me disponía a lanzar un nuevo y más decidido epíteto de oprobio que, al pronunciarlo, la convencería por completo de su insignificancia, cuando, con asombro y horror extremos, descubrí que me había quedado sin aliento.

Las expresiones «me falta el aliento», «me he quedado sin aliento», etcétera, etcétera, se repiten con bastante frecuencia en las conversaciones del día a día, pero ¡nunca se me había ocurrido que el terrible accidente del que hablo pudiera suceder bona fide[23] y realmente! Imaginad, si os place, por supuesto, imaginad, repito, mi asombro, mi consternación, mi desesperación.

Sin embargo, existe un genio bueno que nunca me ha abandonado por completo. En mis más ingobernables accesos de mal humor aún conservo un sentido de la propiedad et le chemin des passions me conduit —como lord Edouard dice en Julie que le aconteció— à la philosophie véritable.[24]

Aunque al principio no podía precisar con exactitud hasta qué punto me había afectado el percance, decidí ocultar por todos los medios el asunto a mi esposa hasta que la experiencia posterior me ayudase a conocer el grado de mi inaudita calamidad. Por consiguiente, en un momento cambié mi semblante de su agitado y descompuesto aspecto a una expresión de pícara y coqueta benignidad, le di a mi esposa una palmadita en una mejilla y un beso en la otra y, sin decir una sola sílaba (¡maldición, si no era capaz de emitirla!), la dejé atónita ante mi bufonada, mientras yo salía de la estancia haciendo piruetas con un paso de zéphyr.

Contempladme luego a salvo, escondido en mi boudoir privado, como un pavoroso ejemplo de las nefastas consecuencias que acarrea la irascibilidad: vivo, con las limitaciones de un muerto; muerto, con las inclinaciones del vivo —una anomalía sobre la faz de la tierra—; muy tranquilo ya, pero sin aliento.

¡Sí, sin aliento! Hablo en serio al afirmar que mi respiración había cesado por completo. Con ella no hubiese podido agitar una pluma, ni tan siquiera, aunque mi vida hubiese estado en juego, empañar el brillo de un espejo. ¡Qué despiadado destino! Sin embargo, existía algún alivio de mi primer y abrumador paroxismo de tristeza. Comprobé, después de una prueba, que la facultad de hablar, que yo había creído totalmente destruida ante mi incapacidad para proseguir la conversación con mi esposa, se hallaba en realidad parcialmente paralizada, y descubrí que si en aquella interesante crisis hubiese bajado la voz a un tono lo bastante profundo y gutural, habría logrado continuar comunicándole mis sentimientos; pues aquel tono de voz (el gutural) dependía, según advertí, no del paso del aliento, sino de una cierta acción espasmódica de los músculos de la garganta.

Me dejé caer en una silla y permanecí un rato absorto en la meditación. Mis reflexiones, sin duda, no eran consoladoras. Mil vagas y lacrimosas fantasías se adueñaron de mi alma e incluso la idea del suicidio aleteó en mi cerebro. Pero es una característica de la perversidad de la naturaleza humana rechazar lo fácil e inmediato por lo distante y equívoco. Por eso me estremecí al considerar el asesinato de uno mismo como la mayor de las atrocidades, mientras el gato atigrado ronroneaba con fuerza sobre la alfombra y hasta el perro de aguas jadeaba constantemente debajo de la mesa, vanagloriándose ambos de la fuerza de sus pulmones y haciendo todo aquello evidentemente para burlarse de mi propia incapacidad pulmonar.

Oprimido por un tumulto de vagas esperanzas y temores, oí por fin los pasos de mi esposa, que bajaba por la escalera. Seguro ahora de su ausencia, volví con el corazón palpitante al escenario de mi desastre.

Cerré cuidadosamente la puerta por dentro y emprendí una enérgica búsqueda. Era posible, pensé, que, oculto en algún oscuro rincón o escondido en algún armario o cajón, hallase el objeto de mis pesquisas. Puede que tuviera una forma vaporosa, puede que la tuviera tangible. La mayoría de los filósofos no resultan, con respecto a muchos de los temas filosóficos, nada filosóficos. William Godwin, sin embargo, dice en su Mandeville que «las cosas invisibles son las únicas realidades» y el mío, reconózcanlo, era un buen ejemplo de esto. Quisiera que el lector juicioso se detuviera antes de culpar a semejantes afirmaciones de contener una exagerada cantidad de absurdos. Anaxágoras, como recordarán ustedes, sostenía que la nieve es negra y yo he descubierto hace tiempo que tenía razón.

Durante un largo rato continué minuciosamente mi exploración, pero mi laboriosidad y perseverancia no encontraron otra despreciable recompensa que el hallazgo de una dentadura postiza, dos pares de caderas postizas, un ojo y un fajo de billets-doux[25] dirigidos a mi esposa por parte del señor Airedesobra. Diré aquí de paso que esta preferencia de mi señora por el señor Airedesobra me causó poca inquietud. Que la señora Sinaliento admirase a cualquier persona tan distinta de mí era un mal natural y necesario. Soy, como es bien conocido, de aspecto robusto y corpulento y, al mismo tiempo, algo bajo de estatura. ¿Por qué extrañarse, pues, de que la delgadez como la de una tabla de mi amigo y su altura, que se ha hecho proverbial, encontrasen toda su debida estimación a los ojos de la señora Sinaliento? Pero volvamos al asunto.

Mis esfuerzos, como ya he dicho, resultaron infructuosos. Armario tras armario, cajón tras cajón, rincón tras rincón, fueron examinados sin ningún resultado. En una ocasión, sin embargo, creí seguro mi triunfo cuando, al revolver un estuche de tocador, hice añicos un frasco de Aceite de Arcángeles Grandjean, que me tomo aquí la libertad de recomendar como un perfume agradable.

Con un peso en el corazón regresé a mi boudoir para discurrir allí algún medio de eludir la suspicacia de mi esposa hasta que pudiera ultimar los preparativos para abandonar el país, lo que ya tenía decidido hacer. En un ambiente extranjero y siendo un completo desconocido podía intentar ocultar, con alguna probabilidad de éxito, mi desdichada calamidad, una calamidad adecuada, aun más que la miseria, para perder el afecto de la gente y atraer sobre mí la bien merecida indignación de los virtuosos y los dichosos. No vacilé mucho rato. Al ser diligente por naturaleza, me aprendí de memoria toda la tragedia de Metamora. Tuve la buena suerte de recordar que para declamar este drama, o al menos la parte que le corresponde al héroe, los tonos de voz que ahora me faltaban eran totalmente innecesarios, y que el tono profundo y gutural debe dominar de principio a fin.

Practiqué durante algún tiempo a las orillas de un pantano muy frecuentado sin intentar, no obstante, ningún procedimiento similar al de Demóstenes, sino con un plan y un sistema peculiares y conscientemente propios. De esta forma, preparado en todos los aspectos, decidí hacer creer a mi esposa que me había entrado de repente la pasión por las tablas. En esto, alcancé un éxito milagroso; ante cada una de sus preguntas o sugerencias me encontraba libre de responder en mi tono más sepulcral con algún pasaje de la tragedia; cualquier fragmento de esta, como advertí pronto con complacencia, cuadraba perfectamente con toda clase de asuntos. No debe suponerse, sin embargo, que mientras yo recitaba tales pasajes prescindiese en absoluto de mirar de soslayo, chirriar los dientes, arrastrar los pies o cualquiera de esas innombrables gracias que ahora se consideran precisamente como características de un actor popular. Desde luego, se habló de ponerme una camisa de fuerza..., pero, ¡buen Dios!, nadie sospechó que yo hubiese perdido el aliento.

Finalmente, tras haber puesto mis asuntos en orden, tomé de madrugada un asiento en el coche de posta con destino a..., y di a entender a mis conocidos que unos asuntos de la mayor importancia requerían mi inmediata presencia en aquella ciudad.

La diligencia iba repleta a más no poder, pero a la incierta luz del amanecer no podían distinguirse los rasgos de mis compañeros. No logré oponer una resistencia eficaz y hube de soportar que me colocaran entre dos caballeros de dimensiones colosales, mientras un tercero de mayor tamaño me pidió perdón por las libertades que iba a tomarse, se dejó caer cuan voluminoso era sobre mi cuerpo y se quedó dormido al instante, ahogando todas mis guturales exclamaciones de auxilio con un ronquido que hubiese avergonzado a los bramidos del toro de Falaris. Felizmente, el estado de mis facultades respiratorias hacía que la asfixia fuese un accidente totalmente descartado.

Sin embargo, cuando el día apuntó con más claridad en las cercanías de la ciudad, mi atormentador se levantó, se arregló el cuello de la camisa y me dio las gracias amablemente por mi cortesía. Al ver que yo permanecía inmóvil —todos mis miembros estaban dislocados y mi cabeza torcida hacia un lado— comenzó a sentir ciertas aprensiones, por lo que despertó al resto de los pasajeros y les comunicó de manera muy decidida su opinión de que, durante la noche, les habían endilgado un muerto en vez de un compañero de viaje vivo y responsable; y para demostrar la verdad de su sugerencia me dio un golpe en el ojo derecho.

Entonces, uno tras otro (había nueve en total), todos los pasajeros creyeron que su deber era tirarme de las orejas. Además, como un joven médico aún en prácticas me aplicó un espejo de bolsillo a la boca y no descubrió señal de aliento en mí, la afirmación de mi acusador fue declarada artículo de fe y todos los presentes expresaron su determinación de no soportar dócilmente semejantes imposiciones en el futuro ni de tolerar por más tiempo semejantes cadáveres en el presente.

Por consiguiente, fui lanzado contra el cartel del Cuervo —taberna frente a la cual acertaba a pasar en aquel momento la diligencia— sin sufrir más accidente que la rotura de ambos brazos bajo la rueda trasera izquierda del vehículo. Debo, además, ser justo con el conductor y manifestar que no se olvidó arrojar tras de mí el mayor de mis baúles, el cual, desgraciadamente, me cayó sobre la cabeza, y me fracturó el cráneo de una manera interesante y extraordinaria a la vez.

El propietario del Cuervo, que es un hombre hospitalario, al ver que mi baúl contenía lo suficiente para indemnizarle de cualquier pequeña molestia que pudiera sufrir por mi causa, mandó a buscar enseguida a un cirujano que era conocido suyo y me entregó a su cuidado con una factura y un recibo por valor de diez dólares.

El comprador me trasladó a su casa y comenzó inmediatamente sus operaciones. Sin embargo, tras haberme cortado las orejas, descubrió señales de vida. Entonces tocó el timbre y mandó a buscar a un boticario de la vecindad con quien consultar en aquella emergencia. Y por si acaso sus sospechas con respecto a mi existencia resultaban al fin fundadas, hizo, mientras tanto, una incisión en mi estómago y me extrajo varias vísceras para realizar una disección en privado.

El boticario albergaba la idea de que yo estaba bien muerto, idea que me esforcé en refutar pateando y revolviéndome con todas mis fuerzas y contorsionándome con furia, pues las operaciones del cirujano me habían devuelto en cierta medida la posesión de mis facultades. Todo ello, sin embargo, se atribuyó a los efectos de una nueva batería galvánica con la que el boticario, que era realmente un hombre informado, llevó a cabo varios curiosos experimentos sobre los cuales, desde el punto de vista de mi participación personal en ellos, me sentí profundamente interesado. No obstante, fue para mí un motivo de mortificación ver que, aunque hice varios intentos por iniciar una conversación, mi facultad de hablar estaba tan por completo en suspenso que ni siquiera podía abrir la boca y mucho menos, por lo tanto, replicar a algunas ingeniosas pero quiméricas teorías que, en otras circunstancias, mi minucioso conocimiento de la patología hipocrática me hubiese permitido refutar con facilidad.

Al no conseguir llegar a ninguna conclusión, los dos profesionales me encerraron hasta realizar un examen posterior. Me llevaron a un desván y después de que la señora del cirujano me hubo puesto unos calzoncillos y unos calcetines, el cirujano en persona me ató las manos y me sujetó las mandíbulas con un pañuelo de bolsillo. Luego echó por fuera el cerrojo a la puerta y se marchó a toda prisa a comer, dejándome solo y abandonado al silencio y la meditación.

Descubrí entonces con extremo deleite que hubiese podido hablar de no haber tenido la boca amordazada con el pañuelo de bolsillo. Me consolé con esta reflexión y estaba repitiendo mentalmente algunos pasajes de la Omnipresencia de la Deidad, como tengo por costumbre antes de entregarme al sueño, cuando dos gatos de aspecto voraz y repugnante penetraron en el desván por un agujero de la pared, saltaron con una pirueta à la Catalani,[26] se colocaron el uno frente al otro sobre mi cara y se entregaron a una indecorosa contienda por la fútil consideración de mi nariz.

Pero así como la pérdida de sus orejas resultó ser el medio de ascender al trono de Ciro el Mago o Mige-Gush de Persia, y así como la amputación de su nariz le dio a Zópiro la posesión de Babilonia, de esta manera la pérdida de unas pocas onzas de mi rostro resultó ser la salvación de mi cuerpo. Despertado por el dolor y ardiendo de indignación, hice saltar con un solo esfuerzo las ligaduras y el vendaje. Atravesé con arrogancia el cuarto, lancé una mirada de desprecio a los beligerantes, abrí hasta lo más alto la ventana de guillotina y, ante el extremo horror y la decepción de ambos, me precipité muy hábilmente por ella.

En aquel momento, el ladrón de correos W., con quien yo guardaba un singular parecido, era trasladado de la cárcel de la ciudad al cadalso erigido para su ejecución en los suburbios. Su extrema debilidad y persistente mala salud le habían valido el privilegio de ir sin esposas y, ataviado con sus ropas patibularias, muy semejantes a las mías, se hallaba tendido cuan largo era en el fondo de la carreta del verdugo —la cual acertó a pasar bajo la ventana del cirujano en el mismo momento que yo me precipitaba desde ella— sin otra vigilancia que el conductor, que iba dormido, y dos reclutas del sexto de infantería, que estaban borrachos.

La desgracia quiso que fuera a caer de pie dentro del vehículo. W., que era un tipo muy listo, vio al instante su oportunidad. Se levantó de inmediato, saltó como un rayo por la parte de atrás y, torciendo por una callejuela, desapareció de la vista en un abrir y cerrar de ojos. Los reclutas, despertados por el ruido, no alcanzaron a comprender exactamente la transacción que acababa de producirse. Tenían a la vista, sin embargo, a un hombre que era la viva imagen del bandido de pie en el carro y pensaron que el bellaco —se referían a W.— pretendía largarse —así se lo explicaron a sí mismos— y, tras comunicarse esta opinión el uno al otro, tomaron cada uno un trago de aguardiente y me derribaron con las culatas de sus mosquetes.

No tardamos mucho rato en llegar al lugar de destino. Por supuesto, nada podía decir en mi defensa. La horca era mi destino inevitable y a él me resigné con un sentimiento mitad de estupidez, mitad de sarcasmo. Como tengo poco de cínico, experimentaba todos los sentimientos de un perro. El verdugo, sin embargo, ajustó el lazo corredizo alrededor de mi cuello. La trampilla se abrió.

Me abstengo de describir mis sensaciones en el patíbulo, aunque aquí podría hablar atinadamente de este asunto sobre el que, por cierto, no se ha dicho nada sustancioso. En realidad, para escribir sobre un tema semejante es necesario haber sido ahorcado. Todos los autores deberían limitarse a escribir sobre aquello que hayan experimentado. Así es como Marco Antonio compuso un tratado sobre la embriaguez.

Sin embargo, puedo afirmar con toda justicia que no morí. Mi cuerpo estaba ahorcado, pero yo no tenía aliento para estarlo y, salvo por el nudo que tenía debajo de mi oreja izquierda —que era igual de áspero que un corbatín militar—, diría que había experimentado muy pocas molestias. En cuanto al tirón que recibió mi cuello al abrirse la trampilla resultó ser simplemente un correctivo al dislocamiento que me había producido el obeso caballero de la diligencia.

Por muy buenas razones, sin embargo, hice cuanto pude para recompensar a la muchedumbre todas sus molestias. Mis convulsiones, según dijeron, fueron extraordinarias. Mis espasmos, insuperables. El populacho pidió que lo repitieran. Varios caballeros se desmayaron y hubo que llevar a una multitud de damas a sus casas con ataques de histeria. Pinxit aprovechó la oportunidad para retocar, a partir de un boceto hecho allí mismo, su admirable pintura titulada Marsias desollado vivo.

Cuando hube ofrecido suficiente diversión, consideraron conveniente retirar mi cuerpo del patíbulo, sobre todo porque, mientras tanto, habían descubierto y apresado al verdadero reo, un hecho del cual, por desgracia, no me enteré.

Naturalmente, todas las simpatías se desplazaron hacia mí y, como nadie reclamó mi cuerpo, se ordenó que me sepultaran en una fosa común

Y allí fui depositado a su debido tiempo. El enterrador se marchó y me quedé solo. Un verso del Malcontent de Marston, «La muerte es un buen amigo y tiene la casa abierta», me vino a la mente en aquel momento como una mentira patente.

Sin embargo, hice saltar de golpe la tapa de mi ataúd y salí de él. El lugar era horriblemente lúgubre y húmedo y me sentí embargado de ennui.[27] Para entretenerme anduve a tientas entre los numerosos ataúdes colocados de pie en una ordenada fila. Los fui poniendo en el suelo, uno a uno, y, mientras abría las tapas, me sumí en especulaciones relativas a la naturaleza mortal de su interior.

—Este —monologué volcando un cadáver hinchado, abotagado y rotundo—, este ha sido sin duda un hombre infeliz en todos los sentidos de la palabra. Su terrible destino ha sido no el de andar, sino el de caminar como un pato, el de pasar por la vida no como un ser humano sino como un elefante, no como un hombre sino como un rinoceronte.

»Sus intentos de avanzar fueron meros abortos y sus vueltas, absolutos fracasos. Al dar un paso hacia delante su desgracia consistía en dar dos hacia la derecha y tres hacia la izquierda. Sus estudios quedaron limitados a la poesía de Crabbe. No ha podido entender la maravilla de una pirouette. Para él un pas de papillon ha sido un concepto abstracto. Nunca subió a la cumbre de una montaña. Nunca vio desde un campanario las glorias de una metrópoli. El calor ha sido su mortal enemigo. En los días de mayor bochorno su vida era terrible. Durante ellos soñó con llamas y asfixia, con montañas sobre montañas, con Pelión sobre Osa. Andaba corto de aliento, por resumirlo en una frase, andaba corto de aliento. Consideraba extravagante tocar instrumentos de viento. Era el inventor de los abanicos automáticos, de los tubos de ventilación, de los ventiladores. Patrocinó a Du Pont, el fabricante de fuelles, y murió miserablemente al intentar fumar un cigarro. El suyo fue un caso por el que siento un profundo interés, un destino con el cual simpatizo de forma sincera.

»Pero aquí —dije—, aquí —y, a rastras y con despecho, saqué de su receptáculo a una forma descarnada, alta y de apariencia peculiar, cuyo notable aspecto despertó en mí una sensación de desagradable familiaridad—, aquí hay un canalla que no merece ninguna conmiseración terrena.

Mientras yo continuaba hablando, y para ver con más claridad el objeto de mis palabras, apliqué el pulgar y el índice a su nariz, le obligué a quedarse sentado en el suelo y lo mantuve así, separado de mí por la distancia de mi brazo, mientras yo continuaba mi soliloquio.

—Que no merece —repetí— ninguna conmiseración terrena. ¿Quién cree que hay que compadecerse de una sombra? Además, ¿no ha tenido una participación plena en las bendiciones de la mortalidad? Fue el creador de los monumentos elevados, de las torres, de los pararrayos y de los álamos de Lombardía. Su tratado sobre Matices y sombras le ha hecho ganar la inmortalidad. Publicó con gran talento la última edición de Hacia el sur de los huesos. Ingresó pronto en la universidad y estudió neumática. Luego volvió a casa, y hablaba sin parar y tocaba la trompa. Apoyó las gaitas. El capitán Barclay, que luchaba contra el Tiempo, no quiso ir contra él. Ventolera y Todoaliento fueron sus escritores favoritos; su artista preferido, Puf. Murió gloriosamente inhalando gas: levique flatu corrupitur, como la fama pudicitiae de san Jerónimo.[28] Fue indudablemente...

—¿Cómo puede usted..., cómo puede usted? —interrumpió el objeto de mi animadversión jadeando y arrancándose con un esfuerzo desesperado el vendaje que tenía alrededor de sus mandíbulas—. ¿Cómo puede usted, señor Sinaliento, ser tan infernalmente cruel para apretarme de esa manera la nariz? ¿No vio usted cómo me habían amordazado? Debería usted conocer, si es que sabe algo, la gran cantidad de aliento de la que dispongo. Pero si no es así, siéntese y verá. En mi situación representa un gran alivio poder abrir la boca, poder desahogarme, poder comunicarme con una persona como usted, que no se cree llamado cada momento a interrumpir el hilo del discurso de un caballero. Las interrupciones son molestas e indudablemente deberían abolirse, ¿no le parece? No me replique, se lo ruego...; basta con que hable una sola persona... Yo acabaré pronto y entonces puede usted empezar a hacerlo... ¿Cómo diablos ha venido a parar a este lugar, señor? ¡Ni una palabra, se lo suplico! Yo llevo aquí ya algún tiempo, ¡qué terrible accidente!, habrá oído hablar de él, supongo. ¡Qué espantosa calamidad! Pasaba debajo de su ventana (no hará mucho) durante aquella época en que a usted le dio por el teatro, ¡qué horrible percance! Habrá oído la expresión «tomar aliento», ¿verdad? ¡Cállese, le digo! Pues ¡yo tomé el de alguna otra persona! Siempre me ha sobrado parte del mío. Me encontré con Chismoso a la vuelta de la esquina y no me dio ocasión de decir una palabra, ni siquiera pude meter una sílaba de canto. En consecuencia, sufrí un ataque de epilepsia. Chismoso se dio a la fuga. ¡Malditos imbéciles! Me dieron por muerto y me metieron en este lugar. ¡Vaya hatajo de idiotas!... He oído todo lo que ha dicho de mí. Cada palabra es una mentira... ¡Horrible, pasmosa, ultrajante, odiosa, incomprensible, etc., etc., etc.!

Resulta imposible concebir mi asombro ante un discurso tan inesperado o la alegría con la que fui convenciéndome gradualmente de que el aliento cogido tan afortunadamente por el caballero (a quien pronto reconocí como mi vecino Airedesobra) era, en realidad, la misma espiración que yo había extraviado durante la conversación con mi esposa. El tiempo, el lugar y la circunstancia no dejaban lugar a dudas. No obstante, no solté la probóscide del señor A., al menos no durante el largo rato en que el inventor de los álamos de Lombardía continuó concediéndome el favor de darme sus explicaciones.

A este respecto actué con esa prudencia habitual que ha sido siempre mi rasgo predominante. Consideré que en el camino de mi recuperación aún podría tropezar con muchas dificultades que solo un esfuerzo extremo por mi parte podría superar. Pensé que muchas personas son propensas a apreciar las cosas que poseen —por muy fútiles que les resulten o incluso molestas y penosas— en proporción directa a las ventajas que representarían para otras personas conseguirlas o a ellos mismos abandonarlas. ¿No podría ser ese el caso del señor Airedesobra? Si yo me mostraba ansioso por recuperar el aliento del que parecía tan dispuesto a desprenderse, ¿no podría exponerme yo a las exigencias de su avaricia? En este mundo hay granujas, recordé con un suspiro, que no tienen escrúpulos en aprovecharse incluso de su vecino de al lado y (esta observación es de Epicteto) es precisamente en los momentos en que los hombres se muestran más deseosos de descargarse del peso de sus propias calamidades, cuando se sienten menos dispuestos a aliviar las desgracias de otros.

Después de consideraciones como esta y reteniendo aún entre mis dedos la nariz del señor Airedesobra, pensé en dar una forma apropiada a mi réplica.

—¡Monstruo! —comencé en un tono de profunda indignación—. ¡Monstruo idiota de doble resuello! ¿Cómo es que tú, a quien por tus iniquidades se ha complacido el cielo en castigarte con una respiración doble, cómo te atreves a dirigirte a mí en el lenguaje familiar de un viejo conocido? ¡Que miento!, ¿eh?, y que me calle. ¿Acaso no es verdad? ¡Bonita conversación para mantener con un caballero de un solo aliento! Y todo ello, además, cuando resulta que está en mi mano aliviar la calamidad que está sufriendo tan merecidamente..., disminuir lo superfluo de tu desdichada respiración.

Al igual que Bruto, me detuve en espera de respuesta, con la cual me abrumó inmediatamente el señor Airedesobra como un tornado. Las protestas siguieron a las protestas, las disculpas a las disculpas. No hubo condiciones que él no estuviera dispuesto a cumplir y no hubo ninguna de la cual no sacara yo el mayor provecho.

Tras alcanzar un acuerdo con respecto a los preliminares, mi conocido me entregó la respiración y, a cambio de ella —tras haberla examinado cuidadosamente—, le entregué acto seguido un recibo.

Estoy seguro de que muchos me censurarán por hablar tan someramente de una transacción tan impalpable. Pensarán que yo debería haber entrado más minuciosamente en los detalles de un suceso en virtud del cual —y esto es muy cierto— podría iluminar considerablemente una rama sumamente interesante de la filosofía física.

Lamento no poder contestar a todo esto. Un leve indicio es la única respuesta que se me permite dar. Hay circunstancias..., pero me parece mucho más seguro, pensándolo bien, decir lo menos posible de un asunto delicado..., tan delicado, repito, y que a la vez afecta a los intereses de una tercera parte cuyo sulfuroso resentimiento no tengo el menor deseo de suscitar en estos momentos.

No nos llevó mucho tiempo, tras ese necesario acuerdo, llevar a cabo la huida de aquel calabozo que era el sepulcro. La fuerza combinada de nuestras resucitadas voces pronto fue lo bastante manifiesta. Tijeras, el director de un periódico whig,[29] reeditó un tratado sobre La naturaleza y origen de los ruidos subterráneos. A este le siguió una réplica, refutación y justificación en las columnas de una gaceta demócrata. No fue hasta la apertura del panteón para decidir la controversia cuando la aparición del señor Airedesobra y la mía probaron que ambas partes habían estado decididamente equivocadas.

No puedo concluir estos detalles de algunos singularísimos pasajes de una vida, que en todo momento ha sido bastante memorable, sin volver a llamar la atención del lector hacia los méritos de esa aleatoria filosofía que es un escudo seguro, capaz de protegernos contra esos dardos de calamidad que no pueden verse, sentirse ni comprenderse por completo. Dentro del espíritu de esa sabiduría, los antiguos hebreos creyeron que las puertas del Cielo se abrirían inevitablemente al pecador o al santo que, con buenos pulmones y plena confianza, vociferase la palabra «¡Amén!». Y con ese mismo espíritu, cuando una terrible peste hizo estragos en Atenas y se hubieron probado en vano todos los medios para alejarla, Epiménides, como relata Laercio en su segundo libro sobre ese filósofo, aconsejó la erección de un altar y un templo «al Dios apropiado».

LITTLETON BARRY

[Trad. de Carlos del Pozo]

Bon-Bon

Este relato, publicado en el Southern Literary Messenger en agosto de 1835, es una de las mejores historias cómicas del autor, así como la reformulación (y expansión) de un texto anterior, «The Bargain Lost», aparecido en el Saturday Courier de Filadelfia en diciembre de 1832. De este modo, el carácter más bien experimental de la primera versión queda atenuado en la segunda y definitiva, que conserva los rasgos esenciales pero presenta diferencias significativas. Ambos textos refieren casi de forma anecdótica el caso de un filósofo que derrota a un visitante de los infiernos, pero algunos de los aspectos burlescos del manuscrito original, absurdos y sin sentido ni incidencia argumental alguna, fueron omitidos por el mismo Poe en la revisión del relato, dotándolo así de mayor consistencia. Igualmente, cabe hacer notar los cambios que presenta el personaje principal, el filósofo: italiano en primera instancia y francés a la postre, cuando, además, se le describe como un cocinero. Esta última modificación podría tener su origen en un comentario del barón de Bielfeld, quien reparó en la idolatría que los gourmets profesan hacia los cocineros, cuyo arte consideran de mayor intelecto y sagacidad que la misma metafísica. Poe hace un uso irónico de tal observación, reuniendo en una sola persona las figuras altísimas y doctas del filósofo y el cocinero.

Quand un bon vin meuble mon estomac

je suis plus savant que Balzac,

plus sage que Pibrac;

mon bras seul faisant l’attaque

de la nation cossaque,

la mettroit au sac

en dormant dans son bac;

j’irois au fier Eac,

sans que mon coeur fit tic ni tac,

présenter du tabac.[30]

Vodevil francés

Que Pierre Bon-Bon era un restaurateur de calidad excepcional, nadie que durante el reinado de... frecuentase el pequeño café del cul-de-sac Le Febvre, en Ruán, se creerá, me imagino, con derecho a dudarlo. Que Pierre Bon-Bon era, en igual grado, versado en la filosofía de esa época es, supongo, aun más innegable. Sus pâtés à la foie eran, sin ningún género de dudas, irreprochables; pero ¿qué pluma podrá hacer justicia a sus ensayos sur la Nature, a sus pensamientos sur l’Âme, a sus observaciones sur l’Esprit? Si sus omelettes, si sus fricandeaux, eran inestimables, ¿qué littérateur de entonces no habría dado el doble por una Idée de Bon-Bon que por toda la hojarasca de todas las Idées de todo el resto de los savants?[31] Bon-Bon había explorado bibliotecas que ningún otro hombre había explorado, había leído más de lo que cualquier otro hubiese pensado leer, había asimilado más de lo que cualquier otro hubiese creído posible asimilar. Y aunque, mientras floreció, en Ruán no faltaron autores que afirmasen «que sus agudezas no mostraban ni la pureza de la Academia ni la profundidad del Liceo»; y aunque, ténganlo en cuenta, por lo general sus doctrinas no fueron ni mucho menos comprendidas, esto no significaba que fueran difíciles de comprender. Creo más bien que, precisamente por su palmaria claridad, muchas personas se inclinaban a considerarlas abstrusas. Es con Bon-Bon, y acabemos ya con esto, es con Bon-Bon, repito, con quien el propio Kant está particularmente en deuda por su metafísica. El primero no fue, en realidad, un platónico ni, estrictamente hablando, un aristotélico, ni malgastó, como el más moderno Leibniz, tantas horas preciosas que podían haberse empleado en inventar un fricassée[32] o, facili gradu, en analizar una sensación, en hacer frívolos intentos de reconciliar los obstinados aceites y aguas de la discusión ética. En absoluto. Bon-Bon era jónico y asimismo itálico. Razonaba a priori y razonaba también a posteriori. Sus ideas eran innatas... o todo lo contrario. Creía en Jorge de Trebisonda. Creía en Besarión. Bon-Bon era categóricamente un... «bon-bonista».

He hablado del filósofo en calidad de restaurateur. No quisiera, sin embargo, que ningún amigo mío imaginase que, por cumplir sus deberes hereditarios en ese aspecto, se rebajaba en nuestro héroe la apropiada apreciación de su dignidad e importancia. Lejos de ello. Era imposible decir por cuál de las ramas de su profesión sentía él un mayor orgullo. En su opinión, la capacidad del intelecto se hallaba íntimamente vinculada con la facultad del estómago. No estoy seguro, en realidad, de que discrepase mucho de los chinos, los cuales sostienen que el alma se encuentra en el estómago. En todo caso, pensaba él, tenían razón los griegos, que empleaban la misma palabra para designar la mente y el diafragma.[33] Con ello no pretendo insinuar una acusación de glotonería o cualquier otra verdaderamente grave en perjuicio del metafísico. Si Pierre Bon-Bon tenía sus flaquezas —¿y qué gran hombre no tiene un millar?—, si Pierre Bon-Bon tenía, repito, sus flaquezas, eran estas de poca monta, defectos que, al fin y al cabo, en otros temperamentos han sido considerados con frecuencia más bien como virtudes. En cuanto a una de estas debilidades, ni siquiera la mencionaría en esta historia, si no fuese por la notable preeminencia —por el extraordinario altorrelieve— con que sobresalía del plano de su carácter: nunca dejaba escapar la ocasión de hacer un negocio.

No es que fuese avaricioso, no. No era de ningún modo necesario para la satisfacción del filósofo que el negocio redundase en su propio beneficio. Con tal de hacer un negocio, un negocio de cualquier tipo, bajo cualquier condición y en cualquier circunstancia, se advertía que una sonrisa de triunfo iluminaba su semblante durante muchos días y un guiño de inteligencia en su ojo daba prueba de su sagacidad.

En cualquier época no extrañaría mucho que un humor tan peculiar como el que acabo de mencionar suscitara la atención y el comentario. En la época de nuestro relato, si esta peculiaridad no hubiese atraído la atención, habrían existido realmente motivos para extrañarse por ello. Pronto se rumoreó que, en todas las ocasiones de ese género, la sonrisa de Bon-Bon difería bastante de aquella otra campechana con la que celebraba sus propias bromas o daba la bienvenida a un conocido. Se aludía a una naturaleza excitable, se contaba que hacía negocios arriesgados a la ligera y que luego se arrepentía de ellos, y se citaron ejemplos de misteriosos poderes, inciertas apetencias e inclinaciones antinaturales inculcados por el ángel del mal para la consecución de sus sabios propósitos.

El filósofo tenía otras debilidades, pero no merece la pena tomarlas en serio. Por ejemplo, pocos son los hombres de inteligencia extraordinaria que no sientan inclinación a empinar el codo. Que esta inclinación sea causa de la excitabilidad o, más bien, una prueba evidente de su inteligencia es algo difícil de decir. Bon-Bon, por lo que sé, no pensaba que el asunto se prestara a un análisis minucioso, ni yo tampoco. Sin embargo, por el hecho de ceder a una propensión tan verdaderamente clásica, no debe suponerse que el restaurateur perdiese de vista aquella distinción intuitiva que solía caracterizar a un mismo tiempo sus essais y sus omelettes. En sus períodos de retiro, el vin de Bourgogne tenía sus horas señaladas y había momentos apropiados para el Côtes du Rhône. Para él el Sauternes era al Médoc lo que Catulo a Homero. Bromearía a cuenta de un silogismo dando un sorbo a un St. Peray, pero plantearía una discusión acerca de Clos de Vougeot o haría trizas una teoría entre un torrente de Chambertin. Habría estado bien que aquel mismo sentido de la conveniencia le acompañase en aquella propensión al trapicheo a la que he aludido antes. Pero ese no era el caso en absoluto. A decir verdad, aquel rasgo temperamental en el filósofo Bon-Bon comenzó con el tiempo a asumir un carácter de extraña intensidad y misticismo, y apareció profundamente teñido de la diablerie de sus estudios alemanes preferidos.

Entrar en el pequeño café del cul-de-sac Le Febvre era, en la época de nuestro relato, entrar en el sanctasanctórum de un genio. Bon-Bon era un genio. No había en todo Ruán un sous-cuisinier que no dijese que Bon-Bon era un genio. Su misma gata lo sabía y se abstenía de mover la cola en presencia del genio. Su enorme perro de aguas tenía también conocimiento de este hecho y, ante la proximidad de su dueño, revelaba su inferioridad con una santidad de conducta, una humillación de orejas y una caída del maxilar inferior totalmente indignas de un perro. Es verdad, no obstante, que buena parte de aquel habitual respeto podía atribuirse a la apariencia personal del metafísico. Debo decir que un aspecto distinguido ejerce su influencia hasta sobre un animal y quiero conceder que, en gran medida, se debe a la parte material del restaurateur, capaz de impresionar la imaginación del cuadrúpedo. Hay una peculiar majestad en la atmósfera de lo grande-pequeño —si se me permite una expresión tan equívoca—, cuyo volumen físico resulta por sí solo en todo momento insuficiente para crear. Aunque Bon-Bon medía escasamente tres pies de estatura y su cabeza era diminuta, resultaba imposible contemplar la redondez de su estómago sin experimentar un sentimiento de magnificencia que rayaba casi en lo sublime. En el tamaño de aquel estómago, tanto los hombres como los perros deben de haber visto el símbolo de los conocimientos del metafísico en su inmensidad, una morada adecuada para su alma inmortal.

Podría aquí —si quisiera— explayarme sobre el tema de la indumentaria y otras meras circunstancias del exterior del metafísico. Podría señalar que nuestro héroe llevaba el pelo corto, que se lo peinaba aplastado sobre la frente y llevaba un gorro cónico de franela blanca con borlas; que su jubón verde guisante no seguía la moda de los que usaban habitualmente los restaurateurs de aquel entonces; que las mangas eran algo más anchas de lo que permitía la costumbre imperante; que llevaba puños vueltos, no como era habitual en aquella bárbara época, hechos con tela del mismo género y color que el resto de la prenda, sino forrados de modo caprichoso con terciopelo de Génova; que los zapatos eran de un púrpura refulgente con curiosas filigranas y podrían haber sido confeccionados en el Japón, por la exquisita forma de la punte ...