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CUENTOS ESCOGIDOS

Marta Brunet  

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Fragmento

El misterio de la visión

Marta, es tal mi deseo de conversar con usted que voy a obviar que en la muerte, ni una escritora puede leer. Hace casi un año entré a una oficina, por otro motivo, y salí de allí con su obra completa en edición crítica: dos tomos,1 1925 páginas, 2 mil 285 gramos. Eso pesa su obra. Sépalo para los fines que estime convenientes.

Necesito contarle lo que omití decir en esa oficina: únicamente leí Montaña adentro en el ramo de Castellano. ¿Recuerda las intenciones del estado de Chile de enseñarnos a hablar y a escribir correctamente? Esta materia ahora se llama Lenguaje, comunicación y literatura, suena tan abierto en comparación a la anterior. Por esa época ya estaba convertida en una lectora y sacaba dos o tres libros a la semana de la biblioteca municipal, pero a usted la pusieron del lado de la corrección y, por rebelde, me la perdí.

Pasaron más de cuarenta años.

Ahora que la leo me parece como si ya hubiese estado en esa noche de nubarrones, luego de un día de calor sofocante y de viento arremolinado. Aunque nunca me paseé con mis hermanas por la plaza del cuento, alguna vez que volví de la de mi barrio a la casa de mis padres, también busqué el rincón más recoleto en la pieza de los trastos, entre la caja del piano y una ruma de colchones, y allí largó su pena, abrió el corazón, dejándola salir y envolverla en su peligroso manto, adherida a ella como nueva piel, humedecida y dolorosa.2

El recuerdo es engañoso, hace aparecer como vivencias propias las que únicamente leía en la biblioteca. Debe ser porque, aunque usted y yo recién nos conocemos, presiento que leímos —yo en mi adolescencia, usted ya escritora— a las mismas autoras. El único dato iluminador que encuentro es que a usted le gustaba Nada de Carmen Laforet, igual que a mí. Pero ¿y Katherine Mansfield, Djuna Barnes, Jean Rhys, Vita Sackville-West, Virginia Woolf?

Si cierro mis oídos a las voces de las mujeres que transitan por los decorados vivos pintados por usted en sus cuentos, escucho la respiración de esas otras escritoras. ¿Será que un rocío venido de muy lejos humedeció la hoja en blanco que dejaba en el rodillo de la máquina una jovencita que en su interior se sentía distinta a su entorno? La ciudad de Talca del 1900 no debió prever que la literatura iba a afectar a una lectora de una forma tan real como el poder patriarcal, el judicial, el eclesiástico, el político, el militar. Si no hubiese sido por la lectura, yo también habría encajado en los deseos que los otros tenían para mí. Qué insatisfacción se siente al estar de cuerpo presente en una vida que no es la que se desea, y la que se desea vivirla solo en el interior como hacen las mujeres de sus cuentos.

¿El amor? ¿Es que el amor hablará alguna vez por boca de su festejante? ¿Cómo lograra este abrir el banal aro de su frase para que en ella entren las palabras obscurecidas por la pasión? ¿Cómo irá a decir las dulces palabras de terneza? ¿Qué sentirá ella entonces?

La madre asegura entre tanto:

—Es un excelente partido. Serás muy feliz.3

Junto a la impresión de que usted leyó a Virginia, Katherine, Djuna… hay una parte de ese exterior/interior que estas escritoras lograron desmontar y que en las ilusiones que se hacen sus personajes atrapados en los decorados vivos que usted les pinta, no aparecen. Me pregunto cómo leyó a estas escritoras europeas, contemporáneas suyas, bohemias, bisexuales, rupturistas; dónde estaba usted, qué veían sus ojos miopes al levantar la cabeza del libro en un salón en Talca. Seguro que para una mujer en el Chile de esa época existían mínimas posibilidades de romper las norm

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