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CUENTOS ESENCIALES

Guy De Maupassant  

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Fragmento

EL PAPÁ DE SIMON*

Acababan de dar las doce del mediodía. La puerta de la escuela se abrió y los chiquillos se precipitaron, dándose empujones, para salir más deprisa. Pero en vez de dispersarse rápidamente e ir a sus casas a comer, como hacían cada día, se detuvieron a unos pasos, formaron corrillos y se pusieron a cuchichear.

El hecho es que aquella mañana Simon, el hijo de la Blanchotte, había ido a la escuela por primera vez.

Todos habían oído hablar en familia de la Blanchotte; y aunque en público le pusieran buena cara, las madres hablaban de ella entre sí con una especie de actitud compasiva un tanto despectiva que había sido transmitida a los hijos, sin que éstos supieran muy bien por qué.

No conocían siquiera a Simon, porque no salía nunca y no iba con ellos a hacer travesuras por las calles del pueblo o a orillas del río. Por eso no le tenían ninguna simpatía; y habían acogido con una cierta alegría, mezclada de notable asombro, repitiéndosela unos a otros, la frase de un chaval de catorce o quince años, que parecía sabérselas todas por su astuta manera de guiñar el ojo:

Recibe antes que nadie historias como ésta

—¿Sabéis?…, Simon…, no tiene padre.

El hijo de la Blanchotte apareció a su vez en la puerta de la escuela.

Tenía siete u ocho años. Estaba un poco pálido, iba muy aseado y era de aspecto tímido y casi torpe.

Se dirigía de vuelta a casa cuando sus compañeros, que seguían cuchicheando en grupitos y mirándole con ojos maliciosos y crueles de niños que están pensando en gastar una mala pasada, le fueron rodeando poco a poco hasta encerrarle completamente en medio. Él se quedó allí, inmóvil en medio de ellos, sorprendido e incómodo, sin comprender qué pretendían hacerle. El chaval que había dado la noticia, orgulloso del éxito que ya había obtenido, le preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—Simon —respondió.

—¿Simon qué? —preguntó el otro.

El niño, muy confuso, repitió:

—Simon.

El chaval le gritó:

—Uno se llama Simon algo… Simon a secas no es un nombre completo.

Y él, a punto de llorar, respondió por tercera vez:

—Me llamo Simon.

Los zagales se echaron a reír. El chaval, exultante, alzó la voz:

—Como veis, no tiene padre.

Se hizo un gran silencio. Los niños estaban estupefactos por aquel hecho insólito, imposible, monstruoso —un chico sin padre—; lo miraban como si fuera un fenómeno, un ser al margen de la naturaleza, y sentían crecer dentro de sí ese desprecio, hasta ese momento inexplicado, de sus madres hacia la Blanchotte.

Simon se había apoyado en un árbol para no caerse; permanecía como aterrado por un desastre irreparable. Quería explicarse. Pero no sabía qué responder y cómo desmentir aquella cosa tremenda de no tener padre. Finalmente, lívido, les gritó a la buena de Dios:

—¡Sí que lo tengo!

—¿Y dónde está? —preguntó el chaval.

Simon se calló; no lo sabía. Los niños reían, excitadísimos; y aquellos hijos de los campos, tan próximos a los animales, sentían ese instinto cruel que empuja a las gallinas de un corral a acabar con la vida de una de ellas apenas ha sido herida. Simon reparó de repente en un vecino suyo, hijo de viuda, a quien había visto ir siempre solo con su madre, como él.

—Tampoco tú tienes padre —dijo.

—Sí que lo tengo —respondió el otro.

—¿Y dónde está? —preguntó Simon.

—Está muerto —declaró el niño con soberbio orgullo—, mi papá está en el cementerio.

Un murmullo de aprobación corrió entre los pillastres, como si tener al padre muerto en el cementerio hubiera engrandecido a su compañero y aplastado a aquel otro que no lo tenía en absoluto. Y aquellos bribonzuelos, que tenían padres que eran, en su mayoría, unos malos padres, borrachos, ladrones y duros con sus mujeres, se empujaban apretujándose cada vez más, como si ellos, los legítimos, quisieran ahogar con su presión a aquel que estaba fuera de la ley.

De repente, uno de ellos, que se encontraba pegado a Simon, le sacó la lengua con cara burlona y le gritó:

—¡No tiene papá! ¡No tiene papá!

Simon le cogió del pelo con ambas manos y la emprendió a patadas con él, mordiéndole ferozmente una mejilla. Se armó una gran trifulca. Los dos combatientes fueron separados y Simon acabó en el suelo, golpeado, desollado, magullado, en medio del corro de pilluelos que aplaudían. Mientras se incorporaba, limpiándose con gesto maquinal su bota toda sucia de polvo, alguien le gritó:

—Anda a contárselo a tu papá.

Entonces sintió una gran punzada en el pecho. Eran más fuertes que él, le habían pegado y no podía contestarles nada, porque sabía muy bien que era cierto que no tenía papá. Lleno de orgullo, trató durante unos segundos de luchar contra las lágrimas que le ahogaban. Le dio un sofoco y acto seguido rompió a llorar en silencio, con grandes sollozos que le sacudían espasmódicamente.

Entonces estalló entre sus enemigos una feroz alegría y, espontáneamente, como los salvajes en sus terribles manifestaciones de júbilo, se cogieron de la mano y se pusieron a bailar en corro a su alrededor, repitiendo como un estribillo:

—¡No tiene papá! ¡No tiene papá!

Pero Simon dejó de repente de sollozar. Enloqueció de rabia. Había en el suelo, a sus pies, unas piedras; las recogió y, con todas sus fuerzas, las lanzó contra sus verdugos. Dos o tres recibieron su impacto y escaparon dando gritos; tenía un aspecto tan terrible que a los otros les dominó el pánico. Cobardes, como lo es siempre la multitud ante un hombre furioso, huyeron en desbandada.

Al quedarse solo, el niño sin padre echó a correr hacia los campos, porque se había acordado de una cosa que le había hecho tomar una gran decisión. Quería ahogarse en el río.

Le había vuelto a la mente, en efecto, que, ocho días antes, un pobre diablo que se dedicaba a mendigar se había arrojado al agua por haberse quedado sin un real. Simon estaba presente cuando lo sacaron del agua; y el triste pobretón, que normalmente le parecía tan miserable, sucio y feo, le había impresionado entonces por su aire tranquilo, sus mejillas pálidas, su larga barba empapada de agua y sus ojos abiertos, de mirada muy serena. En torno decían: «Está muerto». Alguien había añadido: «Ahora es feliz». Por eso también Simon quería ahogarse porque no tenía padre, como ese miserable que no tenía un real.

Llegó cerquita del agua y la miró correr. Algunos peces traveseaban, veloces, en la corriente clara, y de vez en cuando brincaban fuera atrapando las moscas que revoloteaban sobre la superficie. Dejó de llorar para mirarlos, pues sus jugueteos le despertaban gran interés. Pero a veces, así como en los momentos de calma de una tempestad pasan de improviso grandes ráfagas de viento que hacen gemir los árboles y se pierden en el horizonte, le volvía a la mente con vivísimo dolor este pensamiento: «Voy a ahogarme porque no tengo papá».

Hacía mucho calor, muy buen tiempo. El agradable sol calentaba la hierba. El agua brillaba como un espejo. Y Simon disfrutó de unos momentos de dicha, de esa languidez que sigue a las lágrimas, que le hacía sentir unas grandes ganas de tumbarse para dormir en la hierba, al calor del sol.

Una ranita verde saltó entre sus pies. Trató de cogerla. Se le escapó. La persiguió y por tres veces no pudo echarle el guante. Finalmente la atrapó por el extremo de sus patas traseras y se echó a reír al ver los esfuerzos que hacía el bicho por escapar. Encogía sus grandes patas y, distendiéndose bruscamente, las alargaba de súbito, rígidas como dos barras; al tiempo que, abriendo sus redondos ojos ribeteados de oro, azotaba el aire con sus patas delanteras, agitándolas como manos. Ello le recordó un juguete hecho con unas estrechas tablillas de madera clavadas en zigzag unas sobre otras, que, con parecido movimiento, hacían marchar a unos soldaditos pegados encima. Entonces pensó en su casa, luego en su madre, y, embargado de una gran tristeza, se puso de nuevo a llorar. Unos temblores recorrían sus miembros; se arrodilló y dijo la oración que recitaba antes de dormirse. Pero no pudo terminarla, porque le volvieron los sollozos, tan continuos y tumultuosos que le dominaron por entero. No pensaba en nada ni veía ya nada a su alrededor, tan sólo lloraba.

De pronto, una pesada mano se posó sobre uno de sus hombros y un vozarrón le preguntó:

—¿Qué es lo que tanto te aflige, amigo?

Simon se volvió. Un obrero alto, de barba y pelo negro muy rizados, le miraba con aire bondadoso. Él contestó, con los ojos bañados en lágrimas y un nudo en la garganta:

—Me han pegado… porque… yo…, yo… no tengo… papá…, no tengo papá.

—Pero ¡cómo! —dijo el hombre con una sonrisa—, si todo el mundo tiene uno.

El niño prosiguió no sin esfuerzo en medio de los espasmos de su dolor:

—Yo…, yo, no tengo.

Entonces el obrero se puso serio; había reconocido al hijo de la Blanchotte, y, aunque nuevo en el lugar, conocía vagamente su historia.

—Vamos, chiquillo —dijo—, consuélate, y ven conmigo a casa de tu madre. Ya te daremos… un papá.

Se pusieron en camino, el grande llevando de la mano al pequeño, y el hombre sonreía de nuevo, porque no le desagradaba en absoluto la idea de ver a la Blanchotte, que era, por lo que decían, una de las mujeres más guapas del lugar; y acaso pensaba para sus adentros que quien había cometido un pecado de juventud bien podía tropezar otra vez.

Llegaron ante una casita blanca, muy limpia.

—Es aquí —dijo el niño, y exclamó—: ¡Mamá!

Se asomó una mujer y el obrero dejó bruscamente de sonreír, pues enseguida comprendió que no se bromeaba con aquella pálida mocetona que permanecía erguida y con expresión severa en la puerta, como para impedir que un hombre cruzase el umbral de esa casa donde ya otro hombre la había traicionado. Intimidado y con la gorra en la mano, balbució:

—Aquí le traigo, señora, a su pequeño que andaba perdido por la orilla del río.

Pero Simon saltó al cuello de su madre, y le dijo echándose de nuevo a llorar:

—No, mamá, quería ahogarme porque los otros me han pegado…, me han pegado…, porque no tengo papá.

Las mejillas de la joven se tiñeron de un rubor abrasador y, mortificada hasta lo más hondo de su carne, besó a su hijo con violenta efusión al tiempo que unas prontas lágrimas surcaban su rostro. El hombre, conmovido, se quedó inmóvil, sin saber cómo hacer para irse. Pero Simon de repente corrió hacia él y le dijo:

—¿Quiere usted ser mi papá?

Se hizo un gran silencio. La Blanchotte, muda y muerta de vergüenza, se apoyaba en la pared, con ambas manos sobre el corazón. El niño, al ver que no se le respondía, prosiguió:

—Si no quiere, volveré al río para ahogarme.

El obrero se tomó la cosa a broma y respondió entre risas:

—Pues claro que quiero.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el niño—. Así podré decírselo a los otros cuando quieran saber tu nombre.

—Philippe —respondió el hombre.

Simon permaneció un momento callado para grabar aquel nombre en su mente, luego extendió los brazos, ya consolado, diciendo:

—Bien, Philippe, eres mi papá.

El obrero, levantándolo del suelo, lo besó bruscamente en las dos mejillas, y se marchó acto seguido muy deprisa a grandes zancadas.

Cuando, al día siguiente, el niño entró en la escuela, fue recibido con risas malévolas; y a la salida, cuando el chaval quiso empezar de nuevo, Simon le espetó a la cara estas palabras, como si fueran una piedra:

—Mi papá se llama Philippe.

De todas partes estallaron gritos de alegría:

—¿Philippe qué?… ¿Philippe qué?… ¿Quién es ese Philippe?… ¿De dónde has sacado a tu Philippe?

Simon no contestó nada; e, inquebrantable en su fe, les desafiaba con la mirada, dispuesto a dejarse martirizar antes que huir delante de ellos. El maestro le liberó y él volvió a casa de su madre.

Durante tres meses, el grandullón Philippe pasó a menudo cerca de la casa de la Blanchotte, y a veces se atrevía hasta a dirigirle la palabra cuando la veía coser junto a la ventana. Ella le respondía educadamente, siempre seria, sin reír nunca ni dejarle entrar en su casa. Sin embargo, él, algo presuntuoso como todos los hombres, se imaginaba que ella, cuando le hablaba, se ruborizaba más que de costumbre.

Pero una buena reputación perdida es tan difícil de recuperar, y sigue siendo siempre tan frágil, que, pese a la recelosa reserva de la Blanchotte, ya se empezaba a murmurar en el pueblo.

Por lo que hace a Simon, quería mucho a su nuevo papá y casi cada atardecer se iba de paseo con él. Acudía asiduamente a la escuela y pasaba por entre sus compañeros con mucha dignidad, sin contestarles nunca una palabra.

Sin embargo, un día, el chaval que había sido el primero en atacarle le dijo:

—Eres un embustero, no tienes un padre que se llame Philippe.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Simon muy agitado.

El chaval se frotaba las manos. Prosiguió:

—Porque si tuvieras uno, sería el marido de tu madre.

Simon se turbó ante lo justo del razonamiento, pero respondió no obstante:

—Es mi padre, a pesar de todo.

—Es posible —dijo el chaval, riéndose burlonamente—, pero no por eso es tu padre del todo.

El hijo de la Blanchotte agachó la cabeza y se fue pensativo hacia la herrería del tío Loizon, donde trabajaba Philippe.

Estaba esta fragua como sepultada bajo los árboles. En su interior reinaba una gran oscuridad; sólo el rojo resplandor de un formidable fogón iluminaba con grandes reflejos a cinco forjadores con los brazos desnudos que descargaban golpes en sus yunques con gran estruendo. Estaban de pie, encendidos como demonios, los ojos clavados en el hierro candente que torturaban, mientras sus pesados pensamientos subían y bajaban al ritmo de sus martillos.

Simon entró sin que nadie le viera y fue a dar un ligero tirón de manga a su amigo. Éste se volvió. De pronto el trabajo se interrumpió, y todos los hombres miraron, muy atentos. Entonces, en aquel insólito silencio, se oyó la frágil vocecilla de Simon.

—Oye, Philippe, el hijo de la Michaude me ha dicho hace un momento que no se puede decir que seas mi padre del todo.

—¿Y por qué? —preguntó el operario.

El niño respondió con todo su candor:

—Porque no eres el marido de mi mamá.

Nadie rió. Philippe se quedó inmóvil, con la frente apoyada en el dorso de sus gruesas manos que descansaban en el mango de su martillo plantado sobre el yunque. Pensaba. Sus cuatro compañeros le miraban y, minúsculo entre aquellos gigantes, Simon esperaba ansioso. De repente, uno de los forjadores, interpretando el pensamiento de todos, le dijo a Philippe:

—La verdad es que, pese a su desgracia, la Blanchotte es una buena chica, trabajadora y formal, y sería una digna esposa para un hombre honrado.

—Es cierto —dijeron los otros tres.

El operario continuó:

—¿Fue culpa de la chica si cometió un error? Le dieron promesa de matrimonio, y conozco a más de una que hizo lo mismo y hoy bien que se la respeta.

—También esto es cierto —respondieron al unísono los tres hombres.

Philippe continuó:

—Las que ha tenido que pasar la pobre para criar sola a su hijo, y lo que ha llorado, desde que sale nada más que para ir a la iglesia, sólo Dios lo sabe.

—Ni que lo digas —dijeron los otros.

Entonces se oyó ya sólo el resoplar del fuelle que activaba el fuego del fogón. De golpe Philippe se inclinó hacia Simon:

—Ve a decirle a tu mamá que iré a hablar con ella al caer la tarde.

Y empujó al niño fuera por los hombros.

Volvió a su trabajo y los cinco martillos cayeron, en un solo golpe, sobre los yunques. Y así estuvieron remachando los hierros hasta la noche, fuertes, poderosos, alegres como martillos satisfechos. Pero, así como la campana mayor de una catedral suena los días de fiesta con mayor fuerza que el repicar del resto de campanas, también el martillo de Philippe, dominando el estruendo de los de sus compañeros, caía de segundo en segundo con ensordecedor estrépito. Y, con mirada de fuego, forjaba apasionadamente, de pie entre las chispas.

El cielo estaba tachonado de estrellas cuando fue a llamar a la puerta de la Blanchotte. Llevaba su blusón de los domingos, una camisa limpia y se había afeitado. La joven apareció en el umbral y le dijo con aire apesadumbrado:

—No está bien presentarse en casa de la gente al caer la noche, señor Philippe.

Él quiso responder, balbució y se quedó confuso delante de ella.

Ella prosiguió:

—Supongo que comprenderá usted que no deben correr más habladurías sobre mí.

Entonces, él dijo de repente:

—¡Y qué importa eso, si quiere ser usted mi esposa!

No hubo respuesta, pero le pareció oír en la oscuridad de la habitación el ruido de un cuerpo que se vence. Entró deprisa; y Simon, que estaba acostado en su cama, distinguió el sonido de un beso y algunas palabras que su madre murmuraba muy bajito. Luego, de repente, sintió que las manos de su amigo le aferraban, y éste le gritó, levantándole con sus brazos hercúleos:

—Les dirás a tus compañeros que tu papá es Philippe Remy, el herrero, y que les dará un tirón de orejas a todos los que se atrevan a molestarte.

Al día siguiente, con la escuela llena y a punto de empezar la clase, el pequeño Simon se levantó, muy pálido y con los labios trémulos, y dijo:

—Mi papá es Philippe Remy, el herrero, y me ha prometido que le dará un tirón de orejas a quien se atreva a molestarme.

Esta vez nadie rió, porque todos conocían muy bien al tal Philippe Remy, el herrero, y éste era un papá del que cualquiera hubiera estado orgulloso.

BOLA DE SEBO*

Durante días y días los jirones del ejército en fuga habían pasado por la ciudad. No eran soldados, sino hordas en desbandada. Los hombres, con la barba larga y sucia, los uniformes hechos pedazos, avanzaban con paso cansino, sin bandera, sin mando. Todos parecían abrumados, derrengados, incapaces de pensar o de decidir nada, siguiendo adelante sólo por inercia, y apenas se detenían se caían del cansancio. Se veían sobre todo soldados movilizados, gente pacífica, rentistas tranquilos, inclinados bajo el peso del fusil; jóvenes marmitones de la Guardia Nacional, avispados, proclives a asustarse y a entusiasmarse, prestos tanto para el ataque como para la fuga; en medio de ellos algunos pantalones rojos, restos de una división destrozada en una gran batalla; sombríos artilleros en fila con soldados de infantería heterogéneos; y, de vez en cuando, el casco reluciente de un dragón de paso pesado que seguía no sin esfuerzo la marcha más ligera de los soldados de infantería.

Pasaban luego legiones de francotiradores de nombres heroicos —los «Vengadores de la Derrota», los «Ciudadanos de la Tumba», los «Consagrados a la Muerte»—, con trazas de bandidos.

Sus jefes, antiguos comerciantes de tejidos o de granos, ex vendedores de sebo o de jabón, guerreros de circunstancias, nombrados oficiales por su dinero o por la largura de sus bigotes, cubiertos de armas, de franela o de galones, hablaban con voz estentórea, discutían planes de campaña y pretendían sostener por sí solos, sobre sus hombros de fanfarrones, a la Francia agonizante; pero a veces también temían a sus propios soldados, gente de horca, a menudo exageradamente valerosos, saqueadores y disolutos.

Corría el rumor de que los prusianos estaban a punto de entrar en Ruán.

La Guardia Nacional, que, desde dos meses antes hacía prudentes reconocimientos en los bosques vecinos, disparando a veces a sus propios centinelas, y preparándose para el combate cuando un gazapo se movía por entre la maleza, había regresado a sus hogares. Sus armas, sus uniformes, todo su mortífero aparato con el que espantaba no hacía mucho en los límites de los caminos nacionales a tres leguas a la redonda, habían desaparecido súbitamente.

Los últimos soldados franceses habían conseguido por fin atravesar el Sena para ganar el Pont-Audemer a través de Saint-Sever y de Bourg-Achard; y a la cola de todos el general, desesperado, sin poder intentar nada con aquel tropel de andrajosos, también él perdido en la gran derrota de un pueblo habituado a vencer y batido desastrosamente a pesar de su bravura legendaria, iba a pie, entre dos oficiales de ordenanza.

Luego una calma profunda, una espera aterrada y silenciosa se había cernido sobre la ciudad. Muchos burgueses panzudos, emasculados por el comercio, esperaban ansiosamente a los vencedores, temblando sólo de pensar que pudieran ser considerados como armas sus asadores y sus grandes cuchillos de cocina.

Parecía que la vida se hubiera detenido, las tiendas estaban cerradas, las calles silenciosas. De vez en cuando un vecino, atemorizado por aquel silencio, se escabullía presuroso pegado a las paredes.

La angustia de la espera hacía desear la llegada del enemigo.

La tarde del día siguiente a la marcha de las tropas francesas, algunos ulanos, salidos de no se sabe dónde, atravesaron raudos la ciudad. Al poco una masa negra bajó por la cuesta de Sainte-Catherine, mientras otras dos oleadas de invasores aparecían por los caminos de Darnetal y de Boisguillaume. Las vanguardias de los tres cuerpos de ejército convergieron en el mismo momento en la plaza del Ayuntamiento; y de todas las calles cercanas llegaba el ejército alemán, desplegando sus batallones que hacían resonar el empedrado con su paso duro y cadencioso.

A lo largo de las casas que parecían muertas y desiertas subían las órdenes gritadas por una voz desconocida y gutural, mientras, detrás de los postigos cerrados, unos ojos acechaban a estos hombres victoriosos, dueños de la ciudad, de las vidas y haciendas por «derecho de conquista». En las habitaciones en penumbra, los vecinos estaban trastornados por el espanto que provocaban los cataclismos, los grandes y mortíferos trastornos telúricos, contra los que resultan vanas toda fuerza y toda prudencia. Porque, cada vez que el orden establecido de las cosas se ve trastornado, cuando no hay ya seguridad, cuando todo lo que estaba protegido por las leyes de los hombres o de la naturaleza se halla a merced de una feroz e inconsciente brutalidad, entonces aflora de nuevo la misma sensación. El terremoto que aplasta debajo de las casas a un pueblo entero; el río que, desbordándose, arrastra a los campesinos ahogados junto con los cadáveres de los bueyes y las vigas rotas de los techos; o el ejército glorioso que masacra a quien trata de defenderse y hace prisioneros a los otros, que saquea en nombre de la espada y da gracias a Dios con el retumbo del cañón, son otros tantos flagelos espantosos que minan cualquier fe en la justicia eterna, cualquier confianza que nos haya sido enseñada en la protección del cielo y en la razón del hombre.

Llamaban a cada puerta pequeños destacamentos de soldados y desaparecían dentro de las casas. Era la ocupación después de la invasión. Empezaba para los vencidos el deber de ser corteses con los vencedores.

Pasado un tiempo y desvanecido el primer miedo, se instauró una nueva calma. En muchas familias el oficial prusiano comía en la mesa. Tratándose a veces de una persona bien educada, éste, por cortesía, expresaba su conmiseración por Francia y manifestaba su repugnancia por tener que tomar parte en semejante guerra. Le estaban agradecidos por estos sentimientos; sin contar que un día u otro podían tener necesidad de su protección. Tratándole bien quizá pudieran conseguir el tener que alimentar a algún soldado menos. Y además, ¿para qué ponerse en contra a alguien de quien se dependía por completo? Semejante comportamiento habría sido más temerario que audaz; y la temeridad no es un defecto de los burgueses de Ruán, como lo fuera en tiempos de las heroicas defensas que hicieron ilustre a su ciudad. Y, por último —motivo esencial fruto de la urbanidad francesa—, se decían que estaba permitido ser gentiles con los soldados extranjeros, en la intimidad, a condición de no mostrar familiaridad en público con ellos. Por la calle no se conocían, pero en casa se charlaba de buen grado, y cada noche el alemán se quedaba más rato, calentándose junto al hogar común.

También la ciudad recuperaba poco a poco su aspecto acostumbrado. Por el momento los franceses salían poco, pero los soldados prusianos pululaban por las calles. Por lo demás, los oficiales de húsares azules que hacían resonar con arrogancia en el empedrado sus grandes instrumentos de muerte, no parecía que tuvieran por los ciudadanos comunes y corrientes un desprecio mayor que el que, el año antes, habían demostrado los oficiales franceses de caballería bebiendo en los mismos cafés.

Sin embargo, había algo en el ambiente, algo sutil y desconocido, una insoportable atmósfera extraña, como una especie de olor difuso, el olor de la invasión. Llenaba las casas y los lugares públicos, cambiaba el gusto de las comidas, dando la impresión de que se estuviera de viaje, muy lejos, entre tribus bárbaras y peligrosas.

Los vencedores exigían dinero, mucho dinero. Los vecinos pagaban siempre; por lo demás, eran ricos. Pero cuanto más crece la opulencia de un negociante normando, más padece éste por cualquier sacrificio, por cualquier miaja de su patrimonio que ve pasar a manos ajenas.

Mientras tanto, a dos o tres leguas de la ciudad, siguiendo el curso del río hacia Croisset, Dieppedalle o Biessart, los marineros y los pescadores sacaban a menudo del fondo del agua el cadáver de algún alemán hinchado en su uniforme, muerto a cuchilladas o a golpes, con la cabeza aplastada por una piedra o empujado al agua desde lo alto de un puente. El cieno del río sepultaba estas venganzas, salvajes y legítimas, heroísmos desconocidos, asaltos silenciosos, más peligrosos que las batallas a la luz del día y sin la resonancia de la gloria.

Pues el odio al extranjero arma siempre la mano de algunos intrépidos dispuestos a morir por un ideal.

Finalmente, dado que los invasores, pese a haber sometido a la ciudad a su inflexible disciplina, no habían perpetrado ninguno de los horrores que tenían fama de cometer en su marcha triunfal, creció el arrojo, y la necesidad de dedicarse a los negocios comenzó a agitar de nuevo los corazones de los comerciantes del lugar. Algunos tenían grandes intereses en Le Havre, que estaba en poder de las tropas francesas, y quisieron tratar de llegar a ese puerto, yendo por vía terrestre a Dieppe, donde se embarcarían.

Recurrieron a la influencia de los oficiales alemanes que habían conocido y obtuvieron una autorización para partir del general en jefe.

Así, alquilada para el viaje una gran diligencia de cuatro caballos, con diez personas que habían reservado su plaza al cochero, se decidió partir un martes por la mañana antes del amanecer, para evitar aglomeraciones.

Desde hacía ya tiempo, las heladas habían endurecido la tierra, y el lunes, a eso de las tres, unos negros nubarrones procedentes del norte trajeron la nieve, que cayó ininterrumpidamente durante toda la tarde y noche.

A las cuatro y media de la madrugada los viajeros se encontraron en el patio del Hôtel de Normandie, de donde saldría la diligencia.

Estaban aún somnolientos y tiritaban de frío bajo sus ropas. Apenas si se veía en la oscuridad, y la acumulación de pesadas ropas de invierno hacía asemejar todos esos cuerpos a los de los curas cebones con sus largas sotanas. Dos hombres se reconocieron, un tercero se acercó, se pusieron a hablar. «Yo me llevo a mi mujer», dijo uno. «También yo.» «Y yo también.» El primero añadió: «No volveremos a Ruán y, si los prusianos se acercan a Le Havre, partiremos para Inglaterra». Todos tenían los mismos planes, siendo de igual naturaleza.

Sin embargo, el coche no estaba todavía enganchado. Un farolillo, que llevaba un mozo de cuadra, salía de vez en cuando por una puerta oscura y desaparecía de inmediato por otra. Se oían del fondo del establo el ruido, amortiguado por el estiércol, de los caballos que piafaban y una voz de hombre que les hablaba a los animales y blasfemaba. Un leve cascabeleo anunció que se había empezado a poner los arneses; este sonido no tardó en convertirse en un estremecimiento claro y continuo, acompasado por los movimientos del animal, interrumpido a veces y reanudado por una brusca sacudida acompañada por el sordo ruido de un casco herrado que golpeaba en el suelo.

La puerta se cerró de improviso. Cesó todo ruido. Los burgueses, helados, ya no hablaban: permanecían inmóviles y rígidos.

Una cortina ininterrumpida de blancos copos espejeaba sin cesar al descender hacia el suelo: anulaba las formas, espolvoreándolo todo de una espuma helada; y en el gran silencio de la ciudad calma y sepultada bajo el invierno se oía tan sólo el indecible, vago y fluctuante roce de la nieve que caía, sensación más que ruido, mezcla de leves átomos que parecían llenar el espacio, recubrir el mundo.

Reapareció el hombre del farolillo, tirando del ronzal de un caballo tristón, que le seguía de mala gana. Lo colocó contra la lanza, enganchó los tiros, les dio varias vueltas para asegurar los arreos, pues no podía usar más que una mano al sostener la luz con la otra. Cuando iba a buscar al segundo animal vio a todos esos viajeros inmóviles, ya blancos de nieve, y dijo:

—¿Por qué no suben al coche? Al menos estarán a cubierto.

Ni se les había ocurrido, y se precipitaron adentro. Los tres hombres hicieron acomodarse al fondo a sus mujeres, luego subieron ellos; a continuación las otras formas vagas y veladas ocuparon a su vez las últimas plazas, sin intercambiar una palabra.

El suelo de la diligencia estaba cubierto de paja, en la que se hundían los pies. Las señoras del fondo, que se habían traído unos pequeños calentadores de cobre con carbón químico, encendieron esos aparatos, y, durante un rato, enumeraron en voz baja sus ventajas, repitiendo cosas sabidas por todas desde hacía tiempo.

Cuando por fin fueron enganchados a la diligencia seis caballos en vez de cuatro, a causa del tiro más fatigoso, una voz del exterior preguntó: «¿Están todos?». Una voz de dentro respondió: «Sí».Y la diligencia partió.

El coche avanzaba lentamente, al paso. Las ruedas se hundían en la nieve; la caja entera gemía entre sordos crujidos; los animales resbalaban, resoplaban, bufaban, y el gigantesco látigo del cochero restallaba sin descanso, hacia todos los lados, anudándose y desanudándose como una fina serpiente, azotando bruscamente las rellenas grupas, que entonces se tensaban en un esfuerzo más violento.

Imperceptiblemente la luz iba en aumento. Los ligeros copos que un viajero, ruanés de pura cepa, había comparado con una lluvia de algodón, no caían ya. Una luz turbia se filtraba a través de unos nubarrones oscuros y pesados que hacían más deslumbrante la blancura de la campiña donde aparecía ora una hilera de grandes árboles cubiertos de escarcha, ora una cabaña encapuchada de nieve.

En el coche los viajeros se miraban con curiosidad, a la triste claridad de aquella aurora.

Al fondo, en las plazas mejores, dormitaban uno enfrente del otro el señor y la señora Loiseau, comerciantes de vinos al por mayor en la rue Grand-Pont.

Antiguo empleado de un comerciante que se había arruinado en los negocios, Loiseau había comprado los fondos y había hecho fortuna. Vendía muy barato pésimos vinos a los pequeños detallistas rurales, y era considerado por conocidos y amigos un pícaro impenitente, un verdadero normando todo astucia y jovialidad.

Su fama de pícaro estaba tan consolidada que una noche, en la prefectura, el señor Tournel, autor de fábulas y de canciones, espíritu fino y mordaz, una gloria local, al ver a las señoras un poco somnolientas, les había propuesto jugar al «Loiseau vole»;1 la chanza voló a través de los salones del prefecto, llegó a oídos de los de la ciudad e hizo reír durante un mes a todas las mandíbulas de la provincia.

Loiseau era también famoso por sus bromas de todo género y por sus chistes buenos o malos, y nadie hablaba de él sin añadir: «Ese Loiseau, no hay otro como él».

De pequeña estatura, tenía una tripa como un globo coronada por un rostro rubicundo entre las patillas entrecanas.

Su mujer, alta, robusta, resuelta, de voz fuerte y rápida en sus decisiones, representaba el orden y la contabilidad de la firma comercial, que él animaba con su alegre dinamismo.

Junto a ellos, más digno por pertenecer a una casta superior, estaba el señor Carré-Lamadon, persona de respeto, bien situado en el campo del algodón, propietario de tres hilaturas, oficial de la Legión de Honor y miembro del Consejo General. Mientras duró el Imperio había sido líder de la oposición moderada, sólo para hacerse pagar más cara su adhesión a la causa que él —para usar su expresión— combatía con armas corteses. La señora Carré-Lamadon, bastante más joven que su marido, era el consuelo de los oficiales de buena familia enviados de guarnición a Ruán.

Estaba de frente a su marido, muy menuda, muy graciosa, muy linda, arrebujada en sus pieles, y miraba con ojos de aflicción el interior desolador de la diligencia.

Sus vecinos, el conde y la condesa Hubert de Bréville, llevaban uno de los apellidos más antiguos y más nobles de Normandía. El conde, viejo gentilhombre de gran porte, trataba de acentuar, mediante los artificios en el vestir, su parecido natural con Enrique IV, el cual, según una gloriosa leyenda de familia, habría dejado embarazada a una señora de Bréville, por cuyo hecho el marido se convirtió en conde y gobernador provincial.

Colega de Carré-Lamadon en el Consejo General, el conde Hubert representaba en el departamento al partido orleanista. La historia de su matrimonio con la hija de un pequeño armador de Nantes había permanecido siempre rodeada de misterio. Pero como la condesa era persona de gran tono, sabía recibir mejor que cualquier otra y se decía que había sido amada también por uno de los hijos de Luis Felipe, toda la nobleza la recibía con los brazos abiertos y su salón era el primero de la región, el único en que había sobrevivido la antigua cortesía y donde era difícil entrar.

La fortuna de los Bréville, toda en bienes inmuebles, se decía que ascendía a quinientas mil libras de renta.

Estas seis personas, que ocupaban el fondo del coche, representaban la parte de la sociedad rica, serena y fuerte, la gente honesta que es religiosa y tiene principios.

Por una extraña casualidad, todas las mujeres se encontraban en el mismo banco; las otras próximas a la condesa eran dos monjas que desgranaban largos rosarios murmurando padrenuestros y avemarías. La una era vieja y tenía la cara picada de viruelas, como si le hubieran disparado a bocajarro una descarga de metralla en pleno rostro. La otra, muy enclenque, tenía una cabecita graciosa y enfermiza sobre un pecho de tísica consumida por esa fe devoradora que genera a los mártires y a los iluminados.

Enfrente de las dos religiosas, un hombre y una mujer atraían todas las miradas.

El hombre, perfectamente conocido, era el demócrata Cornudet, el terror de la gente respetable. Desde hacía veinte años remojaba su barba pelirroja en las jarras de todos los cafés democráticos. Había dilapidado con hermanos y amigos un buen patrimonio heredado de su padre, antiguo pastelero, y esperaba impacientemente la llegada de la República para obtener por fin el puesto al que se había hecho merecedor con tantas consumiciones revolucionarias. El 4 de septiembre,2 quizá por una broma, creyó que había sido nombrado prefecto; pero cuando quiso entrar en funciones, los alguaciles, que habían quedado como únicos árbitros de la situación, se habían negado a reconocerle, obligándole a la retirada. Muy buena persona, por lo demás, inofensivo y servicial, se había encargado con entusiasmo incomparable de organizar la defensa. Había hecho abrir unos hoyos en el llano, talar todos los árboles jóvenes de los bosques vecinos, había sembrado trampas por todos los caminos y, al acercarse el enemigo, satisfecho de sus preparativos, se había replegado deprisa hacia la ciudad. Ahora pensaba que sería más útil en Le Havre, donde serían necesarias nuevas fortificaciones.

Su mujer, una de esas llamadas galantes, era célebre por su precoz abundancia de carnes, que le había hecho ganarse el apodo de Bola de Sebo. Menuda, toda redondita, mantecosa, con unos dedos hinchados, estrangulados en las falanges, parecidos a ristras de cortas salchichas, la piel lustrosa y tensa, un pecho enorme que le hinchaba el vestido, seguía siendo a pesar de todo apetecible y deseable, tan agradable de ver era su lozanía. Su rostro era una manzana roja, un capullo de peonía a punto de florecer, en el que se abrían, arriba, dos espléndidos ojos negros sombreados por unas largas pestañas espesas, y, abajo, una encantadora boquita de piñón, húmeda, para besarla, adornada con unos dientecitos relucientes y microscópicos.

Tenía, además, por lo que se decía, muchísimas e inestimables cualidades.

Apenas fue reconocida, unos indignados cuchicheos corrieron entre las mujeres honestas, y las palabras «prostituta» y «vergüenza pública» fueron bisbiseadas tan fuerte que ella levantó la cabeza y paseó por sus vecinos una mirada tan atrevida y provocativa que enseguida se hizo un gran silencio y bajaron todos los ojos, a excepción de Loiseau, quien la miraba excitado.

Pero poco después las tres señoras reanudaron la conversación, vueltas de improviso amigas, casi íntimas, debido a la presencia de la muchacha. Les parecía que debían reunir en un haz sus dignidades de esposas ante aquella desvergonzada perdida; pues el amor legal mira siempre por encima del hombro a su libre hermano.

También los tres hombres, unidos por un instinto de conservadores a la vista de Cornudet, hablaban de dinero, con un cierto tono desdeñoso para con los pobres. El conde Hubert enumeraba los perjuicios que había sufrido por culpa de los prusianos, el ganado robado, las cosechas perdidas, con la desenvoltura del gran señor diez veces millonario que al cabo de un año habría superado toda aquella ruina. El señor Carré-Lamadon, muy afectado en sus negocios de algodón, había tenido la precaución de mandar seiscientos mil francos a Inglaterra, una nimiedad que tenía en reserva para cualquier eventualidad. Loiseau, por su parte, se las había arreglado para vender a la Intendencia francesa todo el vino común que le había quedado en la bodega, por lo que el Estado le debía una suma enorme que esperaba cobrar en Le Havre.

Los tres se lanzaban rápidas y amistosas miradas. Por más que fuesen de distinta condición, se sentían hermanados por el dinero, formando parte de la gran francmasonería de quienes lo poseen, de quienes hacen tintinear el oro metiéndose la mano en el bolsillo.

La diligencia iba tan lenta que a las diez de la mañana apenas si había recorrido cuatro leguas. Los hombres bajaron tres veces para subir a pie las cuestas. Comenzó a despertarse una cierta inquietud porque estaba previsto comer en Tôtes y ya había pocas esperanzas de llegar allí antes del anochecer. Mientras todos miraban al camino por si asomaba alguna posada, la diligencia se encalló en un montón de nieve y llevó dos horas liberarla.

El apetito iba en aumento nublando las mentes; y no se veía ninguna taberna, ningún comercio de vinos, porque la llegada de los prusianos y el paso de las famélicas tropas francesas habían desalentado cualquier negocio.

Los hombres fueron en busca de provisiones a las alquerías que había a lo largo del camino, pero no encontraron siquiera un poco de pan, pues los campesinos, desconfiados, escondían sus reservas por temor a los soldados, que, al no tener nada que llevarse a la boca, tomaban por la fuerza lo que encontraban.

Hacia la una Loiseau declaró que sentía un gran hueco en el estómago. Pero ya todos, desde hacía un buen rato, estaban como él; y la imperiosa necesidad de comer, que no dejaba de aumentar, había matado la conversación.

De vez en cuando alguno bostezaba, imitado casi enseguida por otro; a su vez cada uno, según su carácter, educación y posición social, abría ruidosamente o con modestia la boca, tapando enseguida con la mano el agujero abierto de par en par por el que salía vaho.

Bola de Sebo se había inclinado varias veces, como para buscar algo debajo de sus enaguas. Permanecía unos instantes dubitativa, miraba a sus vecinos, y acto seguido se incorporaba con calma. Los semblantes de los viajeros estaban pálidos y crispados. Loiseau declaró que habría pagado mil francos por un codillo de jamón. Su mujer esbozó un gesto de protesta, pero luego se calmó. Oír hablar de dinero malgastado siempre la hacía sufrir y era incapaz de comprender cómo se podía bromear sobre el particular.

—El hecho es que no me siento bien —dijo el conde—. Quién sabe por qué no he pensado en traer algo de comer.

Todos se hacían el mismo reproche.

Sin embargo, Cornudet tenía una petaca llena de ron; la ofreció, pero los otros rehusaron con frialdad, excepto Loiseau, que aceptó un traguito y al devolverla le dio las gracias diciendo:

—Sienta bien de todas formas, calienta y engaña el apetito.

El alcohol le puso de buen humor y propuso hacer como en el pequeño navío de la canción: comerse al más gordo de los viajeros. La indirecta alusión a Bola de Sebo disgustó a las personas respetables. Nadie respondió, sólo Cornudet sonrió. Las dos monjas habían dejado de mascullar avemarías y con las manos metidas en las grandes mangas estaban inmóviles, con los ojos obstinadamente gachos, sin duda ofreciendo al cielo, que se los mandaba, sus sufrimientos.

Finalmente, a las tres, cuando se encontraban en medio de una llanura interminable sin un pueblo siquiera a la vista, Bola de Sebo se inclinó con presteza y sacó de debajo del asiento un ancho cesto cubierto con un paño blanco.

Sacó primero un platito de loza, un delicado cubilete de plata, luego una gran marmita que contenía dos pollos enteros en gelatina, ya troceados; y se veían en el cesto todavía más cosas sabrosas envueltas: varios pasteles de carne, fruta, dulces, todas las provisiones para un viaje de tres días, para no tener que recurrir a la cocina de las posadas. Los golletes de cuatro botellas despuntaban por entre los envoltorios. La muchacha cogió un ala de pollo y empezó a comérsela resueltamente, con uno de esos panecillos que en Normandía reciben el nombre de «Regencia».

Todas las miradas estaban vueltas hacia ella. Luego el olor se expandió, hizo dilatarse las ventanillas de las narices y las bocas agua, provocó una dolorosa contracción en la juntura de las mandíbulas. El desprecio de las señoras por la muchacha se volvió feroz, casi en unas ganas de matarla y arrojarla fuera de la diligencia, a la nieve, a ella, a su cubilete, a su cesto y todo cuanto contenía.

Loiseau devoraba con los ojos la marmita del pollo. Dijo:

—La señora ha sido más prudente que nosotros. Hay personas que piensan en todo.

Ella alzó la cabeza hacia él:

—¿Gusta, señor? Es poco agradable estar en ayunas desde la mañana.

Él se levantó el sombrero:

—Francamente, no digo que no, no puedo más. Hay que hacer de necesidad virtud, ¿verdad, señora? —Y, mirando en derredor, añadió—: En momentos como éste, es grato encontrar a alguien que le hace un favor a uno.

Para no ensuciarse los pantalones desplegó un periódico que llevaba siempre en el bolsillo, clavó la punta de una navaja en un muslo recubierto de gelatina, le hincó los dientes y se puso a comer, masticando con un placer tan visible que se oyó en el coche un gran suspiro de angustia.

Entonces Bola de Sebo, con voz humilde y dulce, propuso a las monjas compartir su colación. Aceptaron inmediatamente las dos y, sin alzar los ojos, comenzaron a comer muy deprisa tras haber balbuceado un agradecimiento. Tampoco Cornudet rehusó el ofrecimiento de su vecina y, junto con las religiosas, desplegando unos periódicos sobre las rodillas, se formó una especie de mesa.

Las bocas se abrían y cerraban sin descanso, tragaban, masticaban, engullían ferozmente. Loiseau, en su rincón, trabajaba duro y exhortaba en voz baja a su mujer a hacer lo propio. Ésta se resistió largo rato, pero un calambre que le recorrió las tripas la hizo ceder. Entonces su marido, redondeando su frase, preguntó a su «encantadora compañera» si le permitía ofrecer un trocito a la señora Loiseau. Ella respondió: «No faltaría más, señor», con una graciosa sonrisa, y alargó la marmita.

Hubo un momento de incomodidad cuando se descorchó la primera botella de burdeos, porque había un solo cubilete. Los viajeros se lo pasaron tras haberlo secado. Sólo Cornudet, sin duda por galantería, posó sus labios en el punto donde había quedado la húmeda huella de los labios de su vecina.

Entonces, rodeados de personas que comían, ahogados por las emanaciones de la comida, el conde y la condesa de Bréville, así como el señor y la señora Carré-Lamadon sufrieron el odioso suplicio que ha recibido el nombre de Tántalo. De repente la joven mujer del industrial soltó un suspiro que hizo volverse todas las cabezas; estaba blanca como la nieve del exterior; cerró los ojos, su frente se abatió: se había desmayado. Su marido, fuera de sí, imploró la ayuda de todos. Nadie sabía qué hacer, cuando la monja de más edad, sosteniendo la cabeza de la indispuesta, le deslizó entre los labios el cubilete de Bola de Sebo, haciéndole tragar un poco de vino. La joven se rebulló, abrió los ojos, sonrió y declaró con voz moribunda que ahora se sentía muy bien. Pero, para que ello no se repitiera, la religiosa la obligó a tomarse un vaso lleno de burdeos, y agregó:

—Es el hambre, y nada más.

Entonces Bola de Sebo, ruborizada e incómoda, balbució mirando a los cuatro viajeros que se habían quedado en ayunas:

—Dios mío, si los señores y las señoras tienen el gusto…

Y se calló, temiendo ofenderles. Intervino Loiseau:

—Pues claro, en estos casos todos somos hermanos y tenemos que ayudarnos. Vamos, señoras, déjense de ceremonias: acepten, ¡qué diablos! Ni siquiera estamos seguros de poder encontrar un sitio donde pasar la noche. A este paso no llegaremos a Tôtes antes de mañana al mediodía.

Los otros dudaban aún; nadie se sentía con ánimos de asumir la responsabilidad de un «sí». Pero el conde cortó por lo sano. Volviéndose hacia la gorda muchacha intimidada le dijo con sus aires de gran señor:

—Aceptamos agradecidos, señora.

El primer paso era el más difícil. Una vez pasado el Rubicón, todo fue como una seda. El cesto fue vaciado. Contenía aún un pastel de hígado y otro de alondras, un pedazo de lengua ahumada, unas peras de Crassane, un queso de Pont-l’Évêque, pastelillos y una taza llena de pepinillos y cebollitas en vinagre, que a Bola de Sebo, como a todas las mujeres, la volvían loca.

No era posible comerse las provisiones de esta muchacha sin dirigirle la palabra. Por eso comenzaron a hablar, primero con reserva, luego, como se comportaba muy bien, con mayor cordialidad. Las señoras de Bréville y Carré-Lamadon, que tenían un gran tacto, se mostraban delicadamente corteses. Sobre todo la condesa hizo gala de la amable condescendencia propia de las nobilísimas damas a las que ningún contacto puede contaminar, y fue encantadora. La robusta señora Loiseau, que tenía alma de gendarme, siguió mostrándose arisca, hablando poco y comiendo mucho.

Naturalmente, se habló de la guerra. Se contaron hechos horribles de los prusianos, episodios de valor de los franceses; y toda aquella gente que huía rindió homenaje al valor ajeno. Pronto se pasó a las historias personales y Bola de Sebo, con ese calor que tienen a veces las mujeres para expresar sus emociones verdaderas, contó en qué circunstancias se había ido de Ruán.

—Al principio creí que podría quedarme —dijo—. Mi casa estaba bien provista y prefería dar de comer a algunos soldados que escapar quién sabe dónde. ¡Pero el ver a los prusianos me superó! La rabia me hizo rebullir la sangre, y lloré de vergüenza durante todo el día. ¡Ah, si hubiera sido hombre! Les miraba por la ventana, a esos grandes cerdos con el casco en punta, y mi criada me aferraba de las manos para impedir que les arrojara encima los muebles. Luego vinieron algunos a quedarse en mi casa; le salté a la garganta al primero. ¡No es tan difícil estrangularlos! Hubiera acabado con ése si no me hubieran cogido por los pelos para retenerme. Tras lo cual, tuve que esconderme. A la primera oportunidad me he marchado, y aquí me tienen.

Recibió muchas felicitaciones. La estima de sus compañeros por ella crecía al escucharla, los cuales no habían sido tan resueltos como ella; y Cornudet, al oírla, sonreía con la benevolencia y la aprobación de un apóstol, como un sacerdote que oye a un fiel alabar a Dios, dado que los demócratas de luenga barba tienen el monopolio del patriotismo, como los hombres con sotana tienen el de la religión. A su vez habló, con tono doctrinal, con el énfasis aprendido de las proclamas pegadas a diario en las paredes, y concluyó con un fragmento de elocuencia en el que despellejaba magistralmente a ese «crápula de Badinguet».3

Pero Bola de Sebo se molestó enseguida porque era bonapartista. Se puso roja como la grana y, balbuceando de la indignación, dijo:

—Ya me hubiera gustado verles a ustedes en su lugar. ¡Hubiera sido bonito, oh, sí! ¡Fueron ustedes quienes traicionaron a ese hombre! ¡Mejor irse de Francia que ser gobernados por una gentuza como ustedes!

Cornudet permaneció impasible, con una sonrisa desdeñosa y de superioridad, pero se mascaba que iban a saltar las palabras gruesas, cuando el conde se interpuso y consiguió, no sin esfuerzo, calmar a la enfurecida muchacha, afirmando con autoridad que todas las opiniones sinceras eran respetables. Sin embargo, la condesa y el industrial, que alimentaban en su corazón el odio irracional de la gente respetable contra la República y el instintivo afecto que todas las mujeres sienten por los gobiernos empenachados y despóticos, se sentían a su pesar atraídos por aquella prostituta llena de dignidad, que pensaba de modo muy parecido a ellos.

El cesto estaba vacío. Entre diez habían dado buena cuenta de él, lamentando que no fuera más grande. La conversación se prolongó un rato más, aunque languideciendo ahora que no había ya nada que comer.

Caía la noche, poco a poco la oscuridad se hizo más honda, y el frío, más sensible durante la digestión, hacía estremecerse a Bola de Sebo, a pesar de su gordura. Entonces la señora de Bréville le ofreció su calientapiés, cuyo carbón había sido cambiado varias veces desde la mañana, y la otra no se hizo de rogar, pues sentía los pies helados. Las señoras Carré-Lamadon y Loiseau ofrecieron los suyos a las dos monjas.

El cochero había encendido los faroles, que iluminaron con un vivo resplandor una nube de vapor que subía de las sudorosas grupas de los caballos de tronco, y, a ambos lados del camino, la nieve que parecía desplegarse bajo los cambiantes reflejos de las luces.

Dentro del coche no se veía ya nada; pero de improviso se produjo un ligero movimiento entre Bola de Sebo y Cornudet; y Loiseau, que escrutaba en la oscuridad con la mirada, creyó ver al hombre barbudo apartarse rápidamente, como si hubiera recibido un buen sopapo propinado sin ruido.

Unos puntitos luminosos aparecieron en el fondo del camino. Era Tôtes. Llevaban once horas de trayecto, lo que, con las dos horas de descanso concedidas a los caballos, en cuatro ocasiones, para darles avena y que recuperaran el aliento, sumaban catorce. El coche entró en el pueblo y fue a detenerse delante del Hôtel du Commerce.

La portezuela se abrió. Un ruido bien conocido hizo estremecerse a todos los viajeros: era la funda de un sable que golpeaba contra el suelo. Al punto la voz de un alemán exclamó algo.

La diligencia estaba parada, pero nadie bajaba, como si esperasen, si salían, ser masacrados. Se asomó el postillón sosteniendo uno de los faroles que iluminó de improviso, hasta el fondo del coche, las dos hileras de cabezas aterradas, con la boca abierta y los ojos fuera de las órbitas de la sorpresa y del espanto.

A plena luz, al lado del cochero, había un oficial alemán, un joven alto, extremadamente delgado y rubio, embutido en su uniforme como una muchacha en su corsé, con su gorra de plato encerada, ladeada que le hacía asemejarse al botones de un hotel inglés. Sus bigotes desmedidos, con pelos largos y rectos que se adelgazaban indefinidamente a ambos lados para terminar en un solo pelo rubio tan largo que no se veía el final, parecía que le pesasen en las comisuras de la boca y, atirantando la mejilla, imprimiesen a los labios un pliegue caído.

En un francés de alsaciano invitó a los viajeros a salir, diciendo con un tono rígido:

—¿Quiegen bagar, señoges y señogas?

Las dos monjas fueron las primeras en obedecer con una docilidad de santas mujeres habituadas a todo tipo de sumisiones. Detrás de ellas aparecieron el conde y la condesa, seguidos del industrial y de su mujer, y luego de Loiseau, que empujaba delante de él a su media naranja. Éste, poniendo pie a tierra, dijo al oficial: «Buenos días, señor», más por un sentido de la prudencia que por cortesía. El otro, insolente como todas las personas omnipotentes, le miró sin responder.

Bola de Sebo y Cornudet, por más que se encontrasen cerca de la portezuela, bajaron los últimos, serios y altivos delante del enemigo. La gorda muchacha trataba de dominarse y de no perder la calma: el demócrata, con mano trágica y un tanto temblorosa, torturaba su larga barba pelirroja. Querían mantener la dignidad, habiendo comprendido que en tales circunstancias cada uno representa un poco a su propio país; disgustados los dos por la docilidad de sus compañeros, ella trataba de parecer más fiera que sus vecinas las mujeres honestas, mientras que él, perfectamente consciente de que tenía que dar ejemplo, seguía manteniendo con su actitud la misión de resistencia iniciada abriendo hoyos en los caminos.

Entraron en la amplia cocina del hotel, y el alemán, tras haber pedido la autorización de viaje firmada por el general en jefe, en la que venían relacionados los nombres, la descripción y la profesión de cada viajero, examinó largamente a cada uno, comparando a cada persona con la información escrita.

Luego dijo bruscamente: «Está bien», y desapareció.

Entonces todos respiraron. Tenían aún hambre y pidieron les fuera servida la cena. Llevaría media hora prepararla; y, mientras dos camareras parecía que se ocupasen de ello, fueron a ver las habitaciones. Estaban todas en un mismo largo pasillo que terminaba en una puerta vidriera marcada con un número elocuente.

Estaban a punto de sentarse a la mesa, cuando apareció el dueño del hotel. Era un antiguo tratante de caballos, un hombretón asmático que no paraba de emitir silbidos, gorgoteos y carraspeos. Su padre le había transmitido el nombre de Follenvie.4

Preguntó:

—¿La señorita Élisabeth Rousset?

Bola de Sebo se estremeció, se volvió:

—Soy yo.

—Señorita, el oficial prusiano desea hablar con usted inmediatamente.

—¿Conmigo?

—Sí, si es usted la señorita Élisabeth Rousset.

Turbada, reflexionó un momento, luego dijo con decisión:

—Es posible, pero no iré.

Se produjo un rebullicio en torno a ella; todos discutían, preguntándose el porqué de aquella orden. El conde se acercó:

—Comete un error, señora, pues su negativa puede acarrear graves molestias, no sólo a usted misma, sino también a todos sus compañeros. Nunca hay que resistirse a quien es más fuerte que uno. Esta llamada seguro que no es peligrosa; será sin duda por alguna formalidad olvidada.

Todos se unieron a él, le rogaron, la presionaron, la sermonearon y terminaron por convencerla; pues todos temían las complicaciones que pudieran derivarse de una cabezonería. Finalmente ella dijo:

—Estén seguros de que sólo lo hago por ustedes.

La condesa le tomó la mano:

—Y nosotros le estamos agradecidos por ello.

Bola de Sebo salió. Los otros la esperaron para sentarse a la mesa. Todos se lamentaban de no haber sido elegidos en vez de aquella muchacha impetuosa e irascible, y preparaban mentalmente algunas bellaquerías por si se les llamaba.

Al cabo de diez minutos reapareció resoplando, congestionada, fuera de sí. Balbuceaba:

—¡Oh, el muy canalla, el muy canalla!

Todos estaban ansiosos por saber, pero ella no abrió la boca; y ante las insistencias del conde respondió, con mucha dignidad:

—Son cosas que no le incumben, no puedo decírselo.

Entonces se sentaron en torno a una gran sopera de la que salía un olor a col. A pesar del incidente, la cena fue alegre. La sidra era buena y tomaron de ella, para ahorrar, el matrimonio Loiseau y las monjas. El resto pidió vino; Cornudet tomó cerveza. Tenía éste una manera particular de descorchar la botella, de hacer espumar el líquido, de observarlo inclinando el vaso y alzándolo luego a contraluz entre la lámpara y el ojo para apreciar bien el color. Mientras bebía, su gran barba, que había conservado el matiz de su bebida favorita, parecía estremecerse de ternura; torcía sus ojos para no perder de vista el vaso y parecía cumplir la única función para la que había nacido. Se hubiera dicho que dentro de sí hacía un cotejo y que encontraba una especie de afinidad entre las dos grandes pasiones que dominaban su vida: la cerveza y la revolución; seguramente no podía probar la primera sin pensar en la segunda.

El matrimonio Follenvie comía en un extremo de la mesa. El hombre, que emitía un estertor como de locomotora escacharrada, sentía el pecho demasiado oprimido para poder hablar mientras comía; pero la mujer no se estaba callada un momento. Contó todas sus impresiones sobre la llegada de los prusianos, sobre lo que hacían y decían, expresando su odio primero porque le costaban dinero y luego porque tenía dos hijos en el frente. Se dirigía sobre todo a la condesa, halagada de poder hablar con una verdadera señora.

Bajaba la voz cuando tenía que decir ciertas cosas delicadas y de vez en cuando su marido la interrumpía: «Mejor sería que te callaras, señora Follenvie». Pero ella hacía caso omiso y continuaba:

—Sí, señora, esa gente no hace más que comer patatas y cerdo, cerdo y patatas. Y no vaya a creer que son limpios. ¡Oh, no! Defecan por todas partes, con perdón. Y tendría que verles cuando hacen instrucción, durante horas y días seguidos; se reúnen en un campo: y de frente, media vuelta, vuelta aquí y vuelta allá. ¡Si al menos cultivasen la tierra, o trabajasen en los caminos de su país! Pero no, señora, esos militares no son de provecho para nadie. ¡El pueblo llano debe mantenerlos para que aprendan sólo a masacrar! Yo no soy más que una vieja sin instrucción, es cierto, pero cuando les veo derrengarse haciendo ejercicio de la mañana a la noche, me digo: «¡Y pensar que hay gente que para ser útil se dedica a hacer descubrimientos, mientras que únicamente se esfuerza en hacer daño! La verdad, ¿no es algo abominable matar gente, ya sean prusianos, ingleses, polacos o franceses? Si uno se venga de quien le ha hecho un daño comete un error y de hecho se le condena; pero cuando exterminan a nuestros chicos como si fueran piezas de caza, con fusiles, entonces se ve que está bien, pues incluso dan una medalla a quien se carga más. ¡Esto no conseguiré comprenderlo nunca!».

Cornudet alzó la voz:

—La guerra es una barbarie cuando se arremete contra un vecino pacífico; es un deber sagrado cuando se defiende a la patria.

La vieja bajó la cabeza:

—Sí, cuando uno se defiende es otra cosa; pero, entonces, ¿no sería mejor matar a todos los reyes que hacen la guerra por simple gusto?

La mirada de Cornudet se encendió:

—Bravo, ciudadana —dijo.

Carré-Lamadon estaba reflexionando profundamente. No obstante su fanatismo por los grandes capitanes, el buen sentido de aquella campesina le había hecho pensar en el bienestar que habrían traído al país tantos brazos inactivos, y por consiguiente ruinosos, tantas fuerzas que se mantienen improductivas, si se las empleara en los grandes trabajos industriales que requerirán siglos en ser terminados.

En cambio, Loiseau, levantándose de su sitio, fue a hablar bajito con el hotelero. El hombretón reía, tosía, escupía; su enorme vientre brincaba de gozo con las gracias de su interlocutor, y le compró seis tonelillos de burdeos para la primavera, cuando los prusianos se hubieran ido.

Recién acabada la cena, muertos de cansancio, se fueron a dormir.

Sin embargo, Loiseau, que había estado al tanto de todo, hizo meterse en la cama a su mujer, luego pegó ya el oído, ya el ojo al ojo de la cerradura, para tratar de descubrir lo que él llamaba «los misterios del pasillo».

Al cabo aproximadamente de una hora, oyó un frufrú, miró enseguida y vio a Bola de Sebo, que parecía más rellenita aún debajo de una bata de casimir azul, ribeteada de puntillas blancas. Sostenía en la mano una bujía y se dirigía hacia la puerta con el número elocuente al fondo del pasillo. Pero una puerta, justo al lado, se entreabrió y cuando, al cabo de algunos minutos, volvió, Cornudet la siguió en mangas de camisa. Hablaban bajito, luego se detuvieron. Bola de Sebo parecía defender la entrada de su habitación enérgicamente. Por desgracia, Loiseau no conseguía captar las palabras, pero finalmente, dado que los dos alzaban la voz, percibió algo. Cornudet insistía vivamente. Decía:

—Vamos, no sea tonta, ¿qué más le da?

Ella parecía indignada, y respondió:

—No, querido, hay momentos en que esas cosas no se hacen; y además, aquí, sería una vergüenza.

Indudablemente el otro no comprendía, y preguntó el porqué. Ella entonces se enojó, levantando más el tono de voz:

—¿Que por qué? ¿No comprende por qué? ¿Cuando hay prusianos en el hotel y tal vez en la habitación de al lado?

Se calló. Ese pudor patriótico de pelandusca que negaba sus favores carnales cerca del enemigo debió de despertarle en el corazón la vacilante dignidad, porque, limitándose a darle un beso, volvió de puntillas a su habitación.

Loiseau, bastante excitado, dejó la cerradura, dio unos pasos de baile por la habitación, se puso el gorro de dormir, levantó la sábana debajo de la cual yacía la dura carcasa de su compañera y la despertó con un beso, susurrando:

—¿Me quieres, tesoro?

Entonces toda la casa quedó en silencio. Pero he aquí que, en alguna parte, en una dirección indeterminada que podía ser tanto el sótano como el desván, no tardó en alzarse un ronquido poderoso, uniforme, regular, un ruido sordo y prolongado, con borbotones de caldera a presión. El señor Follenvie dormía.

Como habían decidido partir a las ocho del día siguiente, se encontraron todos en la cocina; pero el coche, con la baca cubierta de nieve, se alzaba solitario en medio del patio, sin caballos ni cochero. Buscaron en vano a éste en la cuadra, en el almacén, en la cochera. Todos los hombres salieron, decididos a explorar el lugar. Se encontraron en la plaza, con la iglesia en el fondo y a ambos lados casas bajas donde se veían soldados prusianos. El primero que vieron estaba pelando patatas. El segundo, más lejos, fregaba la barbería. Otro, barbudo hasta los ojos, llevaba en brazos a un crío llorón y le acunaba sobre sus rodillas para tratar de apaciguarlo; y las gordas campesinas que tenían a sus maridos en el frente indicaban con gestos a los obedientes vencedores el trabajo que había que hacer: cortar leña, echar más caldo a las sopas, moler café; había uno que hasta lavaba la ropa de su anfitriona, una vieja desvalida.

El conde, asombrado, le preguntó al sacristán que salía en ese momento de la rectoría. El viejo chupacirios le respondió:

—Oh, ésos no son malos; no son prusianos, por lo que se dice. Son de más lejos, no sé de dónde. Todos han dejado a una mujer e hijos en su país; no les divierte hacer la guerra, créame. Y estoy seguro de que también a ellos se les añora en su país y que tanta miseria habrá para ellos como para nosotros. Aquí, por el momento, no somos tan desgraciados porque no hacen daño y trabajan como si estuvieran en su casa. Entre gente pobre, señor, hay que ayudarse… La guerra la hacen los peces gordos.

Cornudet, indignado por las cordiales relaciones establecidas entre vencedores y vencidos, se fue, prefiriendo encerrarse en el hotel. Loiseau dijo una frase ingeniosa: «Están repoblando el lugar». El señor Carré-Lamadon sólo una agudeza seria: «Lo arreglan». Pero seguían sin encontrar al cochero. Por fin lo descubrieron en el café del pueblo, fraternalmente sentado a la misma mesa con el ordenanza del oficial. El conde le interpeló:

—¿No tenía órdenes de enganchar los caballos para las ocho?

—Sí, pero luego recibí otra orden.

—¿Cuál?

—No engancharlos.

—¿Quién le ha dado esa orden?

—El comandante prusiano, por supuesto.

—¿Por qué?

—Yo no sé nada. Vaya a preguntárselo a él. Me prohíben enganchar y yo no engancho. Eso es todo.

—¿Se lo ha dicho él en persona?

—No, señor, el hotelero me lo ha pedido de su parte.

—¿Y cuándo ha sido eso?

—Ayer por la noche, cuando me iba a dormir.

Los tres hombres volvieron muy inquietos al hotel.

Preguntaron por el señor Follenvie, pero la camarera respondió que el amo, debido al asma, no se levantaba nunca antes de las diez. Tenía categóricamente prohibido que le despertasen antes, salvo en caso de incendio.

Trataron de ver al oficial, pero era absolutamente imposible, aunque residiera en el hotel. Solamente el señor Follenvie estaba autorizado a hablar con él, cuando se trataba de asuntos civiles. Entonces esperaron. Las mujeres subieron de nuevo a sus habitaciones, ocupándose de cosas fútiles.

Cornudet se instaló en la cocina debajo de la alta chimenea, donde ardía un gran fuego. Se hizo traer una de las mesitas del café, una jarra de cerveza y se sacó la pipa, que entre demócratas gozaba de una consideración casi como la suya, como si, sirviendo a Cornudet, sirviese a la patria también ella. Era una magnífica pipa de espuma admirablemente quemada, tan negra como los dientes de su propietario, pero olorosa, bien curvada, reluciente, que le era familiar a la mano y completaba su fisonomía. Se quedó inmóvil, fijando la mirada ya en las llamas, ya en la espuma que coronaba la jarra, y cada vez que bebía se pasaba con aire satisfecho los largos y delgados dedos por entre el cabello pringoso, mientras se olía los bigotes ribeteados de espuma.

Loiseau, con la excusa de desentumecer las piernas, se fue a vender su vino a los taberneros del lugar. El conde y el industrial se pusieron a charlar de política. Hacían previsiones sobre el futuro de Francia. Uno creía en los Orleans, el otro en un salvador desconocido, un héroe que se revelaría en el momento más desesperado: ¿quizá un Du Guesclin, una Juana de Arco? ¿U otro Napoleón I? ¡Ah, si el príncipe imperial no hubiera sido tan joven! Cornudet sonreía, al escucharles, como hombre que sabe lo que puede deparar el destino. El olor de su pipa llenaba la cocina.

Dieron las diez cuando apareció el señor Follenvie. Inmediatamente le preguntaron, pero él sólo pudo repetir dos o tres veces y sin variantes estas palabras: «El oficial me dijo: Señor Follenvie, mañana debe impedir que se enganche el coche de esos viajeros. No deben partir sin una orden mía. ¿Entendido? Esto es todo».

Entonces quisieron hablar con el oficial. El conde le hizo llegar su tarjeta de visita, en la que Carré-Lamadon añadió su nombre y todos sus títulos. El prusiano mandó responder que admitiría a estos dos hombres para hablar con él una vez que hubiera almorzado, es decir, hacia la una.

Reaparecieron las señoras y, no obstante la preocupación, todos comieron algo. Bola de Sebo parecía sentirse mal y estaba extraordinariamente alterada.

Estaban terminando de tomarse el café cuando el ordenanza fue a llamar a los señores.

Loiseau se unió a los dos primeros; trataron de llevar también a Cornudet, para dar más solemnidad a su gestión, pero él declaró orgullosamente que no quería tener relación alguna con los alemanes, y volvió junto a la chimenea, pidiendo otra jarra.

Los tres hombres subieron y se les hizo entrar en la más bonita habitación del hotel, donde el oficial los recibió arrellanado en un sillón, con los pies sobre el bordillo de la chimenea, fumando una larga pipa de porcelana y envuelto en un florido batín, sustraído sin duda en la casa abandonada de algún burgués de mal gusto. No se levantó, ni les saludó ni miró. Era un magnífico exponente de la grosería propia del militar victorioso.

Finalmente, al cabo de unos instantes, dijo:

—¿Qué quieguen ustedes?

El conde tomó la palabra:

—Deseamos partir, señor.

—No.

—¿Podría saber la causa de esta negativa?

—Pogque no quiego.

—Quisiera hacerle observar, con todos mis respetos, señor, que su general en jefe nos proporcionó una autorización de salida para llegar a Dieppe; y no creo que hayamos hecho nada para hacernos merecedores de su rigor.

—No quiego…, eso es todo… Fueden igse.

Los tres hicieron una reverencia y se retiraron.

La tarde fue desastrosa. No conseguían comprender el antojo de aquel alemán; y las suposiciones más estrambóticas turbaban sus mentes. Estaban todos en la cocina, discutiendo sin descanso, imaginando cosas inverosímiles. ¿Acaso querían retenerles como rehenes? Pero ¿con qué fin? ¿O bien hacerles prisioneros? ¿O más bien pedirles un gran rescate? Esta última posibilidad les aterró. Los más asustados eran los más ricos, que ya se veían obligados, para salvar su vida, a entregar sacos llenos de monedas de oro a ese insolente militar. Se devanaban los sesos para ingeniarse unos embustes aceptables, disimular sus riquezas, hacerse pasar por pobres, muy pobres. Loiseau se quitó la cadena del reloj y la escondió en el bolsillo. La llegada de la noche no hizo sino aumentar sus aprensiones. Se encendió la lámpara y, como faltaban dos horas para la cena, la señora Loiseau propuso jugar una partida a la treinta y una. Sería una distracción. Los otros aceptaron. Hasta Cornudet tomó parte en el juego, tras haber apagado la pipa por educación.

El conde barajó las cartas, las repartió. Bola de Sebo hizo enseguida treinta y una, y pronto el interés del juego aplacó los temores que asaltaban las mentes. Pero Cornudet se dio cuenta de que el matrimonio Loiseau estaba conchabado para trampear.

Al ir a sentarse a la mesa reapareció el señor Follenvie, que dijo, con su voz catarrosa:

—El oficial prusiano manda preguntar a la señorita Élisabeth Rousset si no ha cambiado aún de idea.

Bola de Sebo permaneció de pie, palidísima; luego, poniéndose roja como un tomate, tuvo un ataque tal de rabia que no conseguía siquiera articular palabra. Al final estalló:

—Dígale a ese crápula, a ese cerdo, a ese buitre carroñero de prusiano, que no querré en la vida; que le quede absolutamente claro, en la vida.

El gordo hotelero salió. Entonces rodearon todos a Bola de Sebo, preguntándole, invitándola a revelar el misterio de aquella visita. Primero ella trató de resistirse; luego, llevada por la exasperación, exclamó: «¿Qué quiere…? ¿Qué quiere? ¡Quiere acostarse conmigo!». La indignación fue tan viva que la expresión no escandalizó a nadie. Cornudet rompió la jarra, golpeándola con fuerza contra la mesa. Se alzó un vocerío de reprobación contra aquel innoble militarote, un viento de cólera, una unión de todos para resistir, como si a cada uno le hubiera sido pedida una parte del sacrificio que se pretendía de la muchacha. El conde declaró con asco que aquella gente se comportaba como los antiguos bárbaros. Las mujeres, especialmente, testimoniaron a Bola de Sebo una conmiseración enérgica y afectuosa. Las monjas, que sólo aparecían a la hora de las comidas, habían agachado la cabeza y no decían esta boca es mía.

Aplacado el primer furor, cenaron; pero hablaron poco, reflexionaban.

Las señoras se retiraron temprano; y los hombres, mientras fumaban, organizaron una partida de écarté, a la que fue invitado también el señor Follenvie para poder sondearle hábilmente sobre los medios que convenía emplear para vencer la resistencia del oficial. Pero él no pensaba más que en las cartas, no escuchaba ni respondía y repetía sin cesar: «Atentos al juego, señores, atentos al juego». Tan concentrado estaba que se olvidaba de lanzar gargajos; y ello provocaba que le saliese, a veces, un sonido de órgano del pecho. Sus silbantes pulmones recorrían toda la gama del asma, desde las notas graves y profundas hasta el agudo gorjeo de los jóvenes gallos intentando cantar.

Se negó incluso a subir cuando su mujer, que se caía de sueño, fue a buscarle. Se fue sola, porque ella era «diurna», siempre de pie con la luz, mientras que su hombre era «un ave nocturna», siempre dispuesto a pasar la noche con amigos. Él le gritó: «¡Déjame la yema batida delante del fuego!», y volvió a su partida. Cuando quedó claro que no había nada que sonsacarle, los otros dijeron que era hora de dejarlo y todo el mundo se fue a la cama.

También al día siguiente se levantaron bastante temprano, con una vaga esperanza, unas mayores ganas de irse, y el terror a tener que pasar otro día en aquel horrendo hotelito.

Ay, los caballos seguían en la caballeriza, y el cochero permanecía invisible. A fin de matar el tiempo en algo, se pusieron a dar vueltas en torno a la diligencia.

El desayuno fue muy triste; y se había producido una cierta frialdad respecto a Bola de Sebo, porque la noche, que es buena consejera, había cambiado un poco las opiniones. Casi estaban resentidos con ella, por no haber ido a escondidas a hacer una visita al prusiano para dar así una grata sorpresa a sus compañeros al despertar. ¡Habría sido tan simple! Y, por otra parte, ¿quién se hubiera enterado? Habría podido salvar las apariencias haciendo decir al oficial que lo hacía por compasión a la angustia de sus compañeros. ¡Para ella eso tenía tan poca importancia!

Pero nadie confesaba por el momento estos pensamientos.

Por la tarde, dado que se aburrían mortalmente, el conde propuso dar un paseo por los alrededores del pueblo. Se abrigaron bien y se fueron todos, excepto Cornudet, que prefería quedarse al amor del fuego, y las dos hermanas, que se pasaban todo el día en la iglesia o en la parroquia.

El frío, más intenso de día en día, atería cruelmente narices y orejas; y los pies dolían hasta el punto de que cada paso era un sufrimiento; apenas tuvieron los campos a la vista, éstos les parecieron tan espantosamente lúgubres que volvieron sobre sus pasos, con el alma helada y el corazón encogido.

Las cuatro mujeres caminaban delante, los tres hombres las seguían, a cierta distancia.

Loiseau, que se hacía cargo de la situación, preguntó de repente si «aquella pelandusca» les haría quedarse por mucho tiempo aún en semejante lugar. El conde, siempre cortés, dijo que no se podía pretender de una mujer tan penoso sacrificio, que éste debía ser espontáneo. El señor Carré-Lamadon observó que si los franceses, según lo que se decía, tenían intención de lanzar una contraofensiva desde Dieppe, el choque debía de producirse por fuerza en Tôtes. Esta posibilidad preocupó a los otros dos. «¿Y si tratásemos de escapar a pie?», preguntó Loiseau. El conde se encogió de hombros: «¿Con toda esta nieve? ¿Y con nuestras mujeres? Además, seríamos perseguidos enseguida, apresados al cabo de diez minutos y hechos prisioneros, a merced de los soldados». Era cierto. Callaron todos.

Las señoras hablaban de trapos; pero un cierto malestar parecía desunirlas.

De repente, en el fondo de la calle, apareció el oficial. Sobre la nieve que cerraba el horizonte se dibujaba su alta figura de avispa en uniforme que caminaba, con las rodillas abiertas, con el andar típico de los militares que se esfuerzan en no manchar sus botas cuidadosamente lustradas.

Al pasar por el lado de las señoras hizo una inclinación, y miró despectivamente a los hombres, que, por lo demás, mostraron la suficiente dignidad de no quitarse el sombrero, por más que Loiseau hubiera hecho un amago.

Bola de Sebo había enrojecido hasta las cejas; y las tres mujeres casadas sentían una gran humillación de ser vistas por ese militar en compañía de la muchacha tratada por él con tanta insolencia.

Comenzaron a hablar de él, de su aspecto, de su rostro. La señora Carré-Lamadon, que había conocido a muchos oficiales y podía juzgarlos competentemente, dijo que no estaba nada mal; incluso lamentaba que no fuera francés, porque sin duda habría sido un apuesto húsar, capaz de hacer perder la cabeza a todas las mujeres.

Tras haber vuelto al hotel, no supieron ya qué hacer. Incluso se cruzaron agrias palabras por naderías. La cena, silenciosa, duró poco y todos se fueron a la cama esperando dormir para matar el tiempo.

A la mañana siguiente bajaron con cara de cansancio y los ánimos exasperados. Las mujeres apenas si dirigían la palabra a Bola de Sebo.

Sonó una campana. Era por un bautismo. La gorda muchacha tenía un hijo que era criado por unos campesinos de Yvetot. No le veía más que una vez al año y no se acordaba nunca de él; pero pensar en aquel que iban a bautizar despertó en ella una repentina y violenta ternura por el suyo, y quiso asistir sin falta a la ceremonia.

Apenas hubo salido, los otros se miraron y acercaron sus sillas, pues sentían que era aquél el momento de tomar una decisión. Loiseau tuvo una inspiración: según él había que proponer al oficial que retuviera sólo a Bola de Sebo y dejara marcharse a los demás.

El señor Follenvie se encargó una vez más de cumplir el encargo, pero bajó casi enseguida. El alemán, que conocía la naturaleza humana, le había cerrado la puerta en las narices. Su intención era retener a todo el mundo mientras su deseo no se viera satisfecho.

Entonces estalló la naturaleza plebeya de la señora Loiseau:

—Me niego a que nos muramos de viejos aquí. Ya que el oficio de esta mujerzuela es ir con todos los hombres, me parece a mí que no tiene derecho a rechazar a uno o a otro. Se lo digo yo, ha pillado todo lo que ha encontrado en Ruán, ¡hasta cocheros!, ¡sí, señora, el cochero de la prefectura! Lo sé porque él nos compra el vino a nosotros. ¡Y hoy que debería sacarnos de este apuro se hace la estrecha, la mocosa esta! Yo creo que el oficial se comporta correctamente. Tal vez está en ayunas desde hace algún tiempo, y es a nosotras tres a las que hubiera preferido. En cambio no, se contenta con la que va con todo el mundo. Respeta a las mujeres casadas. Piénsenlo por un momento, es el amo. Le bastaría con decir: «Quiero», y podría hacernos suyas a la fuerza con sus soldados.

Las otras dos mujeres tuvieron un pequeño estremecimiento. Los ojos de la graciosa señora Carré-Lamadon brillaban, y estaba algo pálida, como si ya se sintiese poseída a la fuerza por el oficial.

Los hombres, que discutían aparte, se acercaron. Loiseau, furibundo, quería entregar a «aquella miserable» al enemigo, atada de pies y manos. Pero el conde, que descendía de tres generaciones de embajadores, y tenía aspecto físico de diplomático, era partidario de la astucia:

—Hay que convencerla —dijo.

Entonces se pusieron a conspirar.

Las mujeres hicieron un corrillo, bajaron el tono de voz y la conversación se generalizó porque todos querían dar su parecer. Por lo demás, fue algo bastante correcto. Las señoras sobre todo usaron delicados giros de frase, expresiones de admirable sutileza, para decir las cosas más escabrosas. Un extraño no habría comprendido nada, tantas eran las precauciones al hablar. Pero, como el ligero barniz de pudor que recubre a toda mujer de mundo es sólo superficial, disfrutaban con aquella aventura licenciosa, en lo más profundo de sí mismas se divertían locamente, se sentían en su elemento, procediendo en el amor con la sensualidad de un cocinero sibarita que prepara la comida a otro.

La alegría volvía por sí sola, tan divertida les parecía después de todo la historia. Al conde se le ocurrieron unas gracias un tanto subidas de tono, pero tan bien dichas que hacían sonreír. A su vez Loiseau soltó algunas bromas más gruesas, que no ofendieron a nadie; y la frase brutalmente expresada por su mujer era lo que todos pensaban: «Dado que el oficio de esta muchacha es el que es, ¿por qué hacer discriminaciones entre uno u otro?». La gentil señora Carré-Lamadon parecía pensar incluso que, en su lugar, rechazaría menos a éste que a otro.

Prepararon largamente el cerco, como para el sitio de una fortaleza. Se pusieron de acuerdo sobre el papel que desempeñaría cada uno, los argumentos en que se apoyaría, las maniobras que debería ejecutar. Establecieron el plan de ataque, las astucias que se debían emplear y las sorpresas del asalto, para obligar a aquella ciudadela viviente a recibir al enemigo en la plaza fuerte.

Cornudet, sin embargo, permanecía al margen, completamente ajeno al asunto.

Estaban tan profundamente pendientes que no oyeron volver a Bola de Sebo. Pero el conde dijo un ligero «chitón» y todos alzaron la vista. Allí estaba. Callaron de golpe y un cierto embarazo impidió de entrada que le dirigiesen la palabra. La condesa, más hecha que las otras a la hipocresía de los salones, le preguntó:

—¿Ha estado bien el bautismo?

La gorda muchacha, todavía emocionada, lo contó todo, habló de las caras y de las actitudes, y del aspecto mismo de la iglesia. Y añadió:

—A veces sienta tan bien rezar.

Hasta la hora del almuerzo, las señoras se limitaron a mostrarse amables con ella, para aumentar su confianza y su docilidad a sus consejos.

En cuanto estuvieron en la mesa, empezaron las primeras maniobras de aproximación. Al principio fueron vagos discursos sobre la abnegación. Se citaron antiguos ejemplos: Judit y Holofernes, luego, sin que viniera a cuento, Lucrecia y Sexto, Cleopatra, que hacía pasar por su lecho a todos los generales enemigos reduciéndolos a un servilismo de esclavos. Se expuso entonces una historia fantasiosa, alumbrada por la mente de esos millonarios ignorantes, en que las ciudadanas de Roma iban a Capua para adormecer a Aníbal entre sus brazos y, con él, a sus lugartenientes y a las falanges de los mercenarios. Se citó a todas las mujeres que han detenido el avance de los conquistadores, haciendo de su cuerpo un campo de batalla, un medio para dominar, un arma, que han vencido con sus heroicas caricias a seres repulsivos u odiados, sacrificando su castidad por venganza y abnegación.

Hablaron, con medias palabras, hasta de esa inglesa de gran alcurnia, que se había dejado inocular una horrible y contagiosa enfermedad para transmitírsela a Bonaparte, salvado de puro milagro, por una debilidad súbita, a la hora de la cita fatal.

Todo esto era contado de forma conveniente y moderada, pero a veces con un vibrante entusiasmo capaz de suscitar emulación.

En fin, se hubiera podido creer que la tarea de la mujer, en esta guerra, era un continuo sacrificio de sí misma, un perpetuo abandonarse a los caprichos de la soldadesca.

Las dos monjas, inmersas en profundos pensamientos, parecía que no oyesen nada. Bola de Sebo no abría la boca.

La dejaron reflexionar durante toda la tarde. Pero, en vez de llamarla «señora» como habían hecho hasta ese momento, la llamaban «señorita», y nadie sabía muy bien por qué, como si hubieran querido rebajarla un grado en la estima que había alcanzado, hacerle sentir la vergüenza de su situación.

En el momento en que se servía la sopa, reapareció el señor Follenvie, repitiendo la frase de la víspera:

—El oficial prusiano manda preguntar a la señorita Élisabeth Rousset si no ha cambiado aún de idea.

Bola de Sebo respondió a secas:

—No, señor.

Durante la cena la coalición se debilitó. Loiseau dejó escapar tres frases desafortunadas. Cada uno se estrujaba los sesos para encontrar nuevos ejemplos, sin dar con nada, cuando la condesa, tal vez inopinadamente, por la vaga necesidad de rendir homenaje a la religión, preguntó a la religiosa de más edad sobre los grandes hechos de la vida de los santos. Muchos de ellos habían llevado a cabo actos que a nuestros ojos se dirían delitos, pero la Iglesia absuelve sin dificultad tales fechorías, cuando se llevan a cabo para mayor gloria de Dios o por el bien del prójimo. Era un argumento poderoso y la condesa lo aprovechó. Así, ya fuese a causa de aquel tácito entendimiento o a esas veladas complacencias en que descuella cualquiera que lleve un hábito eclesiástico, ya simplemente debido a una feliz incomprensión o a una favorable estupidez, lo cierto es que la anciana monja prestó una grandísima ayuda a la conspiración. Creían que era tímida y se reveló atrevida, parlanchina, vehemente. No se sentía en absoluto cohibida por las vacilaciones de la casuística; su doctrina parecía una barra de hierro; su fe no vacilaba jamás; su conciencia carecía de escrúpulos. El sacrificio de Abraham le parecía algo natural, porque habría dado muerte inmediatamente a su padre y a su madre si la orden hubiera venido de arriba; según ella, nada podía desagradar al Señor cuando la intención era loable. La condesa, aprovechando la autoridad sagrada de su inesperada cómplice, le hizo hacer una especie de edificante paráfrasis de este axioma moral: «El fin justifica los medios».

Ella le preguntaba:

—Así que, hermana, ¿cree usted que Dios acepta todos los caminos y perdona cualquier acción, cuando el motivo es puro?

—¿Quién podría dudarlo, señora? Una acción reprobable en sí se vuelve a menudo meritoria por el pensamiento que la inspira.

Y continuaron así, poniendo en claro la voluntad de Dios, previendo sus decisiones, haciéndole interesarse en cosas que, a decir verdad, no le atañían en absoluto.

Todos estos discursos eran algo encubierto, hábil, discreto. Y, sin embargo, cada palabra de la santa mujer con toca hacía mella en la resistencia indignada de la cortesana. Luego la conversación se desvió un poco y la mujer del rosario habló de las casas de su Orden, de su superiora, de sí misma y de su graciosa acompañante, la querida sor San Nicéfora. Las habían llamado a Le Havre para atender en los hospitales a cientos de soldados afectados de viruelas. Describió a esos pobres miserables, explicó su enfermedad. Así, mientras estaban paradas en el camino a causa de un capricho de aquel prusiano, podían morir muchísimos franceses que tal vez ellas hubieran podido salvar. Su especialidad era precisamente cuidar soldados: había estado en Crimea, en Italia, en Austria, y al contar sus campañas se reveló de repente como una de esas religiosas batalladoras que parecen hechas que ni pintadas para seguir a las tropas acampadas, para recoger heridos en medio de la refriega de las batallas, y, mejor que un jefe, para poner freno con una simple palabra a los viejos soldados indisciplinados. Una auténtica hermana Rataplán cuyo rostro devastado, acribillado de innumerables hoyuelos, parecía representar las devastaciones de la guerra.

Nadie añadió una palabra a cuanto ella había dicho, a tal punto pareció el efecto excelente.

Una vez terminada la cena subieron todos enseguida a sus habitaciones, bajando, al día siguiente, bastante tarde.

El almuerzo fue tranquilo. Se daba tiempo a la simiente plantada la víspera para que germinase y diera sus frutos.

La condesa propuso ir a dar un paseo por la tarde; y el conde, tal como había sido establecido, tomó del bracete a Bola de Sebo, y se quedó con ella detrás de los demás.

Le habló con ese tono familiar, paternal, algo desdeñoso, que los hombres situados emplean con las muchachas, llamándola «mi querida niña», tratándola desde la altura de su posición social, de su indiscutida honorabilidad. Fue enseguida al grano:

—Entonces, ¿prefiere dejarnos aquí, expuestos, como usted misma por lo demás, a todas las violencias subsiguientes a una derrota del ejército prusiano, que consentir a uno de esos favores que en su vida ha concedido tan a menudo?

Bola de Sebo no respondió nada.

Él intentó ganársela mediante la dulzura, el razonamiento, los sentimientos. Supo seguir siendo «el señor conde» al tiempo que se mostraba galante cuando era preciso, cumplimentero, en fin, amable. Exaltó el favor que ella les haría, habló de su gratitud; luego, de repente, tuteándola alegremente, agregó:

—Querida mía, y así él podría enorgullecerse de haber disfrutado de una bonita muchacha como no encontrará muchas otras en su país.

Bola de Sebo no respondió y se unió al grupo.

En cuanto regresaron al hotel, subió a su habitación y no volvió a aparecer. La inquietud era mayúscula. ¿Qué haría? ¡Si se seguía resistiendo, bonito embrollo!

Sonó la hora de la cena; la esperaron en vano. El señor Follenvie, que entraba en aquel momento, anunció que la señorita Rousset se sentía indispuesta y que podían sentarse a la mesa. Todos aguzaron los oídos. El conde se acercó al hotelero y, en voz baja, le dijo: «¿Ya está?» «Sí.» Por corrección, no dijo nada a sus compañeros, limitándose sólo a hacer un ligero signo con la cabeza dirigido a ellos. Inmediatamente todos los pechos exhalaron un gran suspiro de alivio, los rostros se volvieron alegres. Loiseau exclamó: «¡Recórcholis! Pago el champán si lo hay en este establecimiento»; y la señora Loiseau se sintió presa de la angustia cuando el patrón regresó con cuatro botellas en las manos. Todos se habían vuelto súbitamente comunicativos y ruidosos; una alegría chocarrera dominaba los corazones. El conde pareció caer en la cuenta de que la señora Carré-Lamadon era encantadora, el industrial dijo unos cumplidos a la condesa. La conversación fue animada, festiva, ingeniosa.

De pronto, Loiseau, con expresión ansiosa, levantó los brazos y gritó:

—¡Silencio!

Todos se callaron, sorprendidos, ya casi espantados. Entonces aguzó el oído rogando silencio con las dos manos, alzó los ojos hacia el techo, escuchó de nuevo, y prosiguió, con su voz natural:

—No teman, todo va bien.

En un primer momento no comprendieron, luego sonrieron.

Al cabo de un cuarto de hora volvió a empezar la misma broma y la repitió a menudo durante la velada; fingía llamar a alguien en el piso de arriba, le daba consejos de doble sentido, germinados en su fantasía de vendedor de comercio. De vez en cuando adoptaba un aire triste para suspirar: «Pobre muchacha!» o bien murmuraba entre dientes con aire rabioso: «¡Prusiano canalla!». O bien, cuando ya nadie pensaba en ello, exclamaba varias veces con voz vibrante: «¡Basta, basta!», añadiendo, como hablando para sí: «Con tal de que podamos volver a verla; no quisiera que ese miserable la hiciese morir…».

A pesar de que estas chanzas fuesen de un gusto deplorable, divertían y no ofendían a nadie, pues la indignación depende de los ambientes como todo, y el ambiente que poco a poco se había creado entre ellos estaba cargado de pensamientos licenciosos.

A los postres, también las mujeres hicieron alusiones ingeniosas y discretas. Los ojos estaban relucientes; se había bebido mucho. El conde, que, incluso cuando se pasaba de la raya, sabía mantener su continente de seriedad, estableció un parangón que fue muy apreciado sobre el final de las invernadas en el polo y la alegría de los náufragos que ven abrirse camino hacia el Sur.

Loiseau, ya lanzado, se levantó con una copa de champán en la mano: «¡Bebo por nuestra liberación!». Todos se alzaron aclamándole. Hasta las dos monjas, incitadas por las señoras, aceptaron mojarse los labios con aquel vino espumante que no habían probado nunca. Declararon que se parecía a la limonada gaseosa, pero que era sin embargo más fino.

Loiseau resumió la situación.

—Es una lástima que no tengamos piano porque podríamos trenzar una cuadrilla.

Cornudet no había abierto la boca, ni había hecho un gesto; parecía incluso sumido en muy serios pensamientos y de vez en cuando se mesaba, con gesto furioso, su gran barba que parecía querer alargar aún más. Finalmente, hacia medianoche, cuando iban a separarse, Loiseau, que se tambaleaba un poco, le dio una palmadita en el estómago y le dijo farfullando:

—No está usted para bromas esta noche; ¿no dice nada, ciudadano?

Pero Cornudet alzó bruscamente la cabeza y, paseando por el grupo una mirada refulgente y terrible, manifestó:

—¡Les digo a todos ustedes que acaban de cometer una infamia!

Se levantó, ganó la puerta y repitió una vez más: «¡Una infamia!» y desapareció.

Primero esta frase les dejó a todos helados. Loiseau, desconcertado, estaba como alelado; pero, tras recobrar su aplomo, de improviso repitió, desternillándose de risa:

—Esa uva está demasiado verde, amigo, está demasiado verde.

Y, como los otros no comprendían, contó «los misterios del pasillo». Entonces hubo de nuevo un estallido de alegría. Las señoras se divertían como locas. El conde y el señor Carré-Lamadon lloraban de las carcajadas. No se lo podían creer.

—¿De veras? ¿Está seguro? Quería…

—Le digo que lo vi.

—Y ella se negó…

—Porque el prusiano estaba en la habitación de al lado.

—No me lo puedo creer.

—Se lo juro.

El conde se ahogaba. El industrial se sujetaba la tripa con ambas manos de la risa. Loiseau continuaba:

—Y, como ustedes comprenderán, esta noche no le hace ninguna gracia, pero ninguna.

Y los otros tres reanudaron sus risas hasta sentirse mal, ahogándose y tosiendo.

Se separaron aún entre risas. Pero la señora Loiseau, que era como las ortigas, hizo observar a su marido, mientras estaban a punto de meterse en la cama, que «aquella arpía» de Carré-Lamadon tenía una risa amarga durante toda la velada:

—Las mujeres, ya sabes, cuando tienen debilidad por los uniformes, les importa poco que se trate de franceses o de prusianos. ¡Es algo repugnante, Dios mío!

Durante toda la noche la oscuridad del pasillo se vio recorrida como por vibraciones, leves ruidos apenas perceptibles semejantes a alientos, roces de pies desnudos, crujidos imperceptibles. Y seguramente todos se durmieron muy tarde porque por debajo de las puertas se vieron durante mucho rato hilos de luz. El champán produce este efecto; dicen que altera el sueño.

Al día siguiente, un sol claro de invierno hacía resplandecer la nieve. La diligencia, enganchada por fin, esperaba delante de la puerta, mientras un ejército de blancos palomos, engallados bajo su espeso plumaje, con los ojos de color rosa manchados en el centro por un punto negro, paseaban con aire grave por entre las patas de los seis caballos y buscaban su alimento en el estiércol humeante que dispersaban.

El cochero, envuelto en su pelliza de piel de cordero, se estaba fumando una pipa en el pescante, mientras los viajeros, radiantes, hacían empaquetar provisiones para el resto del viaje.

Sólo faltaba Bola de Sebo. Apareció.

Parecía un poco agitada, avergonzada; avanzó tímidamente hacia sus compañeros, los cuales, todos, con un mismo movimiento, se dieron la vuelta como si no la hubieran visto. El conde tomó con dignidad el brazo de su mujer y la alejó de aquel contacto impuro.

La gorda muchacha se detuvo, estupefacta; entonces, haciendo acopio de valor, abordó a la mujer del industrial con un «buenos días, señora» humildemente susurrado. La otra se limitó a hacer con la cabeza un ligero saludo impertinente que acompañó con una mirada de virtud ultrajada. Todo el mundo parecía atareado y se mantenía alejado de ella como si sus faldas estuvieran infectadas. Luego se precipitaron dentro del coche y ella entró sola, la última, volviendo a ocupar en silencio el sitio que había ocupado en la primera parte del viaje.

Parecía que no la viesen, que no la conocieran; pero la señora Loiseau, mirándola distante con indignación, dijo en voz baja a su marido:

—Por suerte no estoy cerca de ella.

El pesado vehículo se puso en movimiento y se reanudó el viaje.

Primero nadie habló. Bola de Sebo no se atrevía a alzar los ojos. Estaba furiosa contra sus compañeros de viaje y al mismo tiempo humillada por haber cedido, mancillada por los besos de aquel prusiano entre cuyos brazos la habían arrojado hipócritamente.

Pero, la condesa, volviéndose hacia la señora Carré-Lamadon, rompió el embarazoso silencio.

—Creo que conoce usted a la señora de Etrelles.

—Sí, es una de mis amigas.

—¡Qué mujer más encantadora!

—¡Fascinante! Un espíritu superior, muy culta por lo demás, y artista hasta los tuétanos; canta como los ángeles y dibuja a la perfección.

El industrial charlaba con el conde, y en medio del tintineo de los cristales destacaba de vez en cuando una frase: «Cupón…, vencimiento…, prima…, plazo».

Loiseau, que había birlado el viejo mazo de cartas del hotel, pringoso por los cinco años de roce sobre las mesas mal limpiadas, se puso a jugar una báciga con su mujer.

Las monjas cogieron el largo rosario que colgaba de sus cinturas, hicieron al mismo tiempo la señal de la cruz y de repente sus labios empezaron a moverse con gran rapidez, acelerándose cada vez más, apresurando su vago murmullo, como para una competición de oremus; de vez en cuando besaban una medalla, se santiguaban de nuevo y recomenzaban su barboteo rápido y continuo.

Cornudet, inmóvil, pensaba.

Al cabo de tres horas de camino, Loiseau recogió las cartas diciendo:

—Tengo hambre.

Su mujer cogió un paquete atado con un cordel y sacó un pedazo de ternera fría. La cortó perfectamente en finas y sólidas lonchas, y los dos se pusieron a comer.

—Podríamos hacer lo mismo nosotros —dijo la condesa.

Los otros se mostraron de acuerdo y ella desenvolvió las provisiones preparadas para las dos parejas. En uno de esos recipientes ovalados con una liebre de loza sobre la tapa para indicar que contienen un pastel de liebre, había unos suculentos embutidos, en los que blancas tiras de tocino mechaban la carne oscura de la caza, mezclada con otras carnes en picadillo. Un buen trozo de gruyère, envuelto en un periódico, conservaba impreso en su pasta untuosa: «Sucesos».

Las dos hermanas desenvolvieron una rodaja de salchichón que olía a ajo; y Cornudet, hundiendo sus dos manos en los bolsillos de su abrigo, sacó de uno cuatro huevos duros y del otro un mendrugo de pan. Descascaró los huevos, echando la cáscara a sus pies entre la paja, y se los comió a mordiscos, haciendo caer sobre su barbaza unos trocitos de yema que parecían estrellas perdidas allí en medio.

Bola de Sebo, que se había levantado deprisa y corriendo, muy agitada, no había pensado en llevarse nada; y miraba exasperada, conteniendo su rabia, a toda esa gente que comía tan tranquila. Primero la dominó una ira tumultuosa y abrió la boca para cantarles las cuarenta con un torrente de injurias que le subía a los labios; pero era tal su exasperación que no le salía ni una palabra.

Nadie la miraba ni pensaba en ella. Se sentía ahogada en el desprecio de aquellos honestos miserables que primero la habían sacrificado y luego rechazado como a una cosa sucia e inútil. Entonces pensó en su cesto lleno hasta los topes de cosas buenas que habían devorado con gula, en sus dos pollos relucientes de gelatina, en sus pasteles de carne, en sus peras, en sus cuatro botellas de burdeos; y su furor se desvaneció de repente como una cuerda demasiado tensa que se rompe y sintió que estaba al borde de las lágrimas. Hizo esfuerzos terribles, se puso tiesa, se tragó los sollozos como hacen los niños, pero el llanto subía, relucía al borde de sus párpados y pronto dos lagrimones rodaron lentamente de sus ojos por las mejillas. Siguieron otros más rápidos, que fluían como las gotas de agua que se filtran de una roca y que caían regularmente sobre la curva redondeada de su pecho. Ella permanecía derecha, la mirada fija, la cara rígida y pálida, confiando en que no la vieran.

Pero la condesa se dio cuenta y avisó a su marido con una seña. Éste se encogió de hombros como diciendo: «¿Qué quieres? No es culpa mía». La señora Loiseau mostró una sonrisa muda de triunfo y murmuró:

—Llora su vergüenza.

Las dos monjas habían vuelto de nuevo a sus rezos tras haber enrollado en un papel el resto de su salchichón.

Entonces Cornudet, que estaba digiriendo los huevos, extendió sus largas piernas debajo del banco de enfrente, dejó caer la cabeza, se cruzó de brazos, sonrió como un hombre que acaba de acordarse de una buena broma y se puso a silbar La Marsellesa.

Todos los semblantes se ensombrecieron. Aquel canto popular no era, seguramente, del agrado de sus compañeros de viaje. Se pusieron nerviosos, irritados, y parecían a punto de gritar como perros que oyen un organillo.

Él no lo advirtió y no paró ya. De vez en cuando canturriaba las palabras:

¡Amor sagrado de la patria,

conduce y sostén nuestros brazos vengadores,

libertad, libertad querida,

lucha junto a tus defensores!

El coche iba más deprisa al estar la nieve más dura; y hasta Dieppe, durante las largas horas mortecinas del viaje, en medio del traqueteo del camino, en el crepúsculo y luego en la profunda oscuridad del coche, continuó, con feroz obstinación, su silbido vengativo y monótono, obligando a los ánimos cansados y exasperados a seguir el canto de principio a fin, a recordar cada palabra aplicándola a cada compás.

Bola de Sebo seguía llorando; y a veces un sollozo que no había logrado contener se perdía, entre una estrofa y otra, en las tinieblas.

EN FAMILIA*

El tranvía de Neuilly acababa de pasar por la puerta Maillot y enfilaba ahora la gran avenida que va a dar al Sena. La pequeña máquina, con el vagón enganchado atrás, pitaba para sortear los obstáculos, expulsaba vapor, jadeaba como una persona que corre sofocada; y sus pistones hacían un ruido precipitado de piernas de hierro en movimiento. El calor bochornoso de un final de día de verano se dejaba sentir en la calzada de la que se alzaba, sin que soplase la menor brisa, un polvo blanco, cretáceo, opaco, sofocante y cálido, que se pegaba a la piel húmeda, se metía en los ojos, penetraba en los pulmones.

Algunos se asomaban a las puertas, en busca de aire.

Los cristales del vehículo estaban bajados, y todas las cortinillas flotaban, agitadas por la veloz carrera. Iba poca gente en el interior, porque en los días calurosos se prefería el imperial o las plataformas. Eran señoras gordas con divertidos atuendos, esas burguesas de la periferia que, en vez de la distinción que no poseen, hacen gala de una dignidad fuera de lugar; y hombres cansados de la oficina, de semblante amarillento, cargados de espaldas y un hombro más alto que el otro por las largas horas de trabajo inclinados sobre la mesa. Sus caras inquietas y tristes reflejaban también las preocupaciones domésticas, la continua necesidad de dinero, las antiguas esperanzas definitivamente defraudadas; pues todos pertenecían a ese ejército de pobres diablos agotados que vegetan parcamente en sus miserables casitas de yeso, donde un arriate hace las veces de jardín, en medio de los terrenos convertidos en vertederos que rodean París.

Muy cerca de la puerta, un hombre bajito y gordo, de rostro abotargado, el vientre caído entre las piernas abiertas, vestido todo de negro y luciendo una condecoración, estaba charlando con un hombre alto y flaco, de aspecto desaliñado, que llevaba un traje de tela blanca muy sucio e iba tocado con un viejo panamá. El primero hablaba despacio, con titubeos que le hacían parecer a veces tartamudo; era el señor Caravan, archivero jefe en el Ministerio de la Marina. El otro, ex oficial de sanidad a bordo de un buque mercante, había acabado por instalarse en la rotonda de Courbevoie, donde ponía en práctica con la mísera población del lugar los vagos conocimientos médicos que le quedaban de su vida aventurera. Se apellidaba Chenet, y se hacía llamar doctor. Corrían rumores sobre su moralidad.

El señor Caravan había llevado siempre la vida normal del burócrata. Desde hacía treinta años iba invariablemente a la oficina cada mañana, haciendo siempre el mismo trayecto, encontrando siempre, a la misma hora y en los mismos lugares, a las mismas personas que se dirigían a sus quehaceres; y volvía a casa, cada tarde, haciendo el mismo camino donde reencontraba las mismas caras, que había visto envejecer.

Todos los días, tras haber comprado su diario de perra chica1 en la esquina del faubourg Saint-Honoré, iba a buscar sus dos panecillos y entraba en el Ministerio como un culpable que se entrega a la autoridad; llegaba a toda prisa a su despacho, lleno de inquietud, esperando siempre recibir una reprimenda por alguna negligencia que hubiera podido cometer.

Nada había cambiado nunca el orden monótono de su existencia, pues ningún acontecimiento le interesaba fuera de las cosas de la oficina, de los ascensos y de las gratificaciones. Tanto en el Ministerio como en casa (se había casado, sin dote, con la hija de un colega), hablaba solamente del trabajo. Nunca en su mente atrofiada por el embrutecedor trabajo cotidiano había otros pensamientos, otras esperanzas, otros sueños que los relativos a su función. Pero su satisfacción de empleado se veía siempre empañada por una amargura: el acceso de los comisarios de Marina, los hojalateros, como los llamaban por los galones plateados, a los puestos de subjefes y de jefes; y cada noche, a la hora de la cena, argumentaba acaloradamente con su mujer, que compartía su odio, para demostrar que era injusto, desde todo punto de vista, conceder empleos en París a gente destinada a la navegación.

Se había hecho ya viejo, sin darse cuenta de que se le había pasado la vida, porque la oficina había sido la prolongación de la escuela y los celadores que le hacían temblar en el pasado habían sido sustituidos por unos jefes, por los que sentía un gran espanto. La puerta de esos déspotas de café le hacía estremecer de los pies a la cabeza; y aquel continuo temor hacía que tuviese una torpe manera de presentarse, una actitud humilde y una especie de balbuceo nervioso.

Conocía París como puede conocerlo un ciego llevado cada día por su perro a la misma puerta; y cuando leía en su diario de perra chica los sucesos y escándalos, se le antojaban como cuentos fantásticos inventados expresamente para distracción de los empleados de medio pelo. Persona de orden, reaccionario sin un partido concreto, pero enemigo de las novedades, se saltaba siempre las noticias políticas, que su gaceta, por lo demás, tergiversaba siempre en favor de determinados intereses; y todas las tardes, al subir por la avenida de los Campos Elíseos, miraba a la multitud agitada de paseantes y a la incesante marea de coches como hace el viajero desorientado que recorre regiones lejanas.

Al cumplirse, precisamente ese año, el treintenio obligatorio de servicio, le habían conferido el 1 de enero la cruz de la Legión de Honor, con la que, en las administraciones militarizadas, se recompensa la larga y miserable servidumbre (se dice: leales servicios) de esos tristes forzados encadenados al papelorio. Aquella inesperada dignidad, que le había dado una nueva y elevada idea de sus capacidades, cambió por completo sus costumbres. A partir de entonces no llevó ya pantalones de color y chaquetas de fantasía, sino solamente pantalones negros y largas levitas en las que su cinta, muy larga, destacaba mejor; se afeitaba a diario, se limpiaba las uñas con más esmero, se cambiaba de ropa interior un día sí y otro no por un legítimo sentido de las conveniencias y de respeto por el Orden nacional del que formaba parte: se había convertido, en definitiva, de la noche a la mañana en otro Caravan, pulcro, majestuoso y altanero.

En casa se refería a «mi cruz» cada dos por tres. Era tal el orgullo que sentía que no podía soportar que otros llevasen en el ojal cintas de ningún tipo. Sobre todo se exasperaba al ver condecoraciones extranjeras —«en Francia no debería estar permitido llevarlas»— y la tenía tomada en particular con el doctor Chenet, a quien se encontraba todas las tardes en el tranvía con una cinta distinta: blanca, azul, naranja o verde.

Por lo demás, la conversación de los dos hombres, desde el Arco de Triunfo hasta Neuilly, era siempre la misma; y aquel día, como los anteriores, hablaron primero de los diferentes abusos locales que disgustaban a ambos, porque el alcalde de Neuilly hacía su real gana. Luego, como sucede infaliblemente en compañía de un médico, Caravan tocó el tema de las enfermedades, esperando obtener así algún pequeño consejo gratuito o incluso un diagnóstico, si sabía arreglárselas bien, sin que se le viera el plumero. Desde hacía un tiempo estaba preocupado por su madre. Sufría síncopes frecuentes y prolongados y, pese a tener noventa años cumplidos, no quería ni oír hablar de seguir un tratamiento.

Caravan se enternecía por la avanzada edad de su madre y le repetía continuamente al doctor Chenet:

—¿Ve llegar a muchos a esa edad? —Y se frotaba las manos del contento, no porque le importase mucho ver perpetuarse a la anciana en este mundo, sino porque la larga duración de la vida materna era como un buen augurio para él. Prosiguió—: ¡Ah, sí! En mi familia somos muy longevos; en cuanto a mí, estoy seguro de que, si no me ocurre algún percance, moriré de muy viejo.

El oficial sanitario le miró con aire compasivo; observó durante unos instantes el rostro rubicundo de su compañero, el cuello adiposo, el vientre que le caía entre las piernas fláccidas y rollizas, toda aquella rotundidad apoplética de viejo empleado de cerebro reblandecido; y, levantando con gesto rápido el panamá grisáceo que cubría su cabeza, respondió sardónico:

—No esté tan seguro, amigo mío; su madre es un palillo, mientras que usted es un barrigudo.

Caravan, turbado, no respondió.

El tranvía estaba llegando a la parada. Los dos amigos bajaron y el señor Chenet le invitó a tomar un vermú en el Café du Globe, justo enfrente, que uno y otro solían frecuentar. El dueño, un amigo, les alargó dos dedos que ellos estrecharon por encima de las botellas del mostrador; luego fueron a reunirse con tres aficionados al dominó que llevaban jugando desde el mediodía. Se intercambiaron saludos cordiales, con el «¿Qué hay de nuevo?» de rigor. Luego los jugadores reanudaron la partida; al cabo de un rato Chenet y Caravan les dieron las buenas noches. Ellos alargaron las manos sin alzar la cabeza; y cada uno se fue a cenar.

Caravan vivía, cerca de la rotonda de Courbevoie, en una casita de dos pisos cuya planta baja ocupaba un peluquero.

Dos habitaciones, un comedor y una cocina con unas sillas desvencijadas que iban de una estancia a otra según las necesidades, constituían todo el piso, que la señora Caravan limpiaba de la mañana a la noche, mientras su hija Marie-Louise, de doce años, y su hijo Philippe-Auguste, de nueve, hacían de las suyas en las cunetas de la avenida, con todos los pilluelos del barrio.

En el piso de arriba, Caravan había instalado a su madre, famosa en los alrededores por su avaricia y tan flaca que hacía decir que Dios había empleado con ella sus propios principios de cicatería. Siempre de mal humor, no pasaba día sin disputas y furiosos ataques de ira. Desde la ventana apostrofaba a los vecinos en sus puertas, a las verduleras ambulantes, a los barrenderos y también a los chiquillos que, para vengarse, cuando salía la seguían y desde lejos le gritaban: «¡Mala bruja!».

Una joven criada normanda, increíblemente atolondrada, hacía las labores de la casa y se acostaba en el segundo piso cerca de la anciana, por temor a que le pasara algo.

Cuando Caravan volvió a casa, su mujer, que tenía la enfermedad crónica de la limpieza, estaba sacando brillo con un trapo de franela a las sillas de caoba perdidas en la soledad de las habitaciones. Llevaba siempre unos guantes de hilo, adornaba su cabeza con una pequeña cofia de cintas multicolores vencida siempre sobre un ojo y repetía, cada vez que la encontraban encerando, barriendo, abrillantando o lavando: «No soy rica, en mi casa todo es de escaso valor, pero la limpieza es mi lujo, y en el fondo un lujo siempre es un lujo».

Dotada de un terco sentido práctico, era en todo la guía de su marido. Todas las noches, en la mesa, y luego en la cama, discutían largo rato de las cosas de la oficina y, aunque veinte años mayor que su mujer, Caravan confiaba en ella como en un director espiritual y seguía en todo y para todo sus consejos.

Guapa no lo había sido nunca; pero ahora era precisamente fea, baja de estatura y flacucha. Su falta de gusto en el vestir había ocultado siempre sus escasos atributos femeninos, que hubieran tenido que verse realzados con las ropas adecuadas. Sus faldas parecían siempre de medio lado; y se rascaba a menudo, dondequiera que fuese, sin preocuparle quien se hallase delante, por una especie de manía que era casi un tic. La única gala que se permitía era una profusión de cintajos de seda, entrelazados sobre las pretenciosas cofias que solía llevar en casa.

Apenas vio al marido se levantó y, besándole en las patillas, le preguntó:

—Querido, ¿te has acordado de Potin?

Era un encargo que le había prometido hacer.

Pero él se dejó caer espantado en una silla; se había olvidado por cuarta vez:

—Es una fatalidad —decía—, una verdadera fatalidad; pienso en ello durante todo el día y por la tarde siempre me olvido.

Parecía tan apesadumbrado que ella le consoló:

—No importa, ya lo harás mañana. ¿Alguna novedad en el Ministerio?

—Sí, una noticia importante: otro hojalatero nombrado subjefe.

Ella se puso muy seria:

—¿En qué negociado?

—En el de Comercio Exterior.

Ella se enojó:

—O sea, en el puesto de Ramon, justo el que yo quería para ti; y Ramon, ¿qué?, ¿se jubila?

Él balbució:

—Se jubila.

Ella se puso rabiosa, la cofia se ladeó sobre un hombro:

—Se acabó, ¿comprendes? Asunto concluido. ¿Y cómo se llama tu interventor?

—Bonassot.

Ella cogió el anuario de la Marina, que tenía siempre al alcance de la mano, y buscó: «Bonassot —Toulouse—. Nacido en 1851. —Aspirante a interventor en 1871, subinterventor en 1875».

—¿Se ha embarcado alguna vez?

A esta pregunta, Caravan se tranquilizó. Le embargó una alegría que le sacudía el vientre:

—Como Balin, exactamente como Balin, su jefe. —Y contó, riendo más fuerte, una vieja historieta que hacía las delicias de todo el Ministerio—: Habrá que procurar no enviarles por mar a inspeccionar la estación naval de Point-du-Jour, porque se marearían como una sopa en las golondrinas.

Ella seguía seria como si no le hubiera oído, luego susurró rascándose lentamente la barbilla:

—¡Si pudiéramos meternos a algún diputado en el bolsillo! Cuando sepan en la Cámara todo lo que pasa allí dentro, el ministro saltará de inmediato…

La interrumpieron unos gritos procedentes de la escalera. Marie-Louise y Philippe-Auguste, de vuelta de la calle, se intercambiaban bofetones y patadas a cada escalón. La madre acudió corriendo, furiosa, y, cogiendo a cada uno de un brazo, los metió de malos modos en casa, sacudiéndoles de lo lindo.

Apenas vieron a su padre, se le echaron encima y él les besó cariñosa, largamente; luego se sentó, les tomó sobre sus rodillas y se puso a charlar con ellos.

Philippe-Auguste era un niño feo, despeinado, sucio de pies a cabeza, con cara de bobo. Marie-Louise se parecía a su madre, hablaba como ella, repetía sus mismas palabras, imitaba incluso sus ademanes. También ella preguntó:

—¿Ninguna novedad en el Ministerio?

Caravan le respondió con regocijo:

—Tu amigo Ramon, que viene a cenar todos los meses, está a punto de dejarnos, hijita. Hay un nuevo subjefe en su lugar.

Ella alzó los ojos hacia su padre, y, con una conmiseración de niña precoz, dijo:

—Otro más que se te ha adelantado.

Él dejó de reír y no respondió; luego, para cambiar de tema, se dirigió a su mujer, que estaba ahora limpiando los cristales:

—¿Cómo anda mamá, arriba?

La señora Caravan dejó de frotar, se dio la vuelta, se enderezó la cofia que se le había desplazado hacia la espalda y contestó con los labios trémulos:

—¡Ah, sí, hablemos de tu madre! ¡Buena me la ha hecho! Figúrate que la señora Lebaudin, la mujer del barbero, subió hace rato a pedirme prestado un paquete de almidón, y como yo había salido, tu madre la ha echado con cajas destempladas llamándola «pordiosera». Por lo que le he cantado las cuarenta. Ella ha fingido no oír, como cada vez que se le dicen cuatro verdades…, pero es tan sorda como yo; no son más que pamemas, y la prueba de ello es que se ha vuelto enseguida a su cuarto, sin decir esta boca es mía.

Caravan, desconcertado, callaba, cuando entró a toda prisa la criada anunciando la cena. Entonces, para avisar a la madre, cogió un mango de escoba que siempre había guardado en un rincón y dio tres golpes en el cielo raso. Luego pasaron al comedor y la señora Caravan, la joven, sirvió la sopa, mientras esperaban a la anciana. Pero ésta no aparecía y la sopa se enfriaba. Por eso se pusieron a comer despacito y, cuando los platos estuvieron vacíos, esperaron un poco más. La señora Caravan, furiosa, la emprendía con el marido:

—Lo hace aposta, ¿sabes?, y tú te pones siempre de su parte.

Él, muy perplejo, atrapado entre las dos, mandó a Marie-Louise a buscar a la abuela, y se quedó inmóvil, con la mirada baja, mientras su mujer golpeaba con la punta del cuchillo rabiosamente en el culo del vaso.

La puerta se abrió de par en par de improviso y reapareció la niña, sola, palidísima y sin aliento; dijo atropelladamente:

—La abuela se ha caído al suelo.

Caravan se puso en pie de un salto, y, tirando la servilleta sobre la mesa, se lanzó escalera arriba, donde resonó su paso pesado y precipitado, mientras su mujer, creyendo que se trataba de una malévola argucia de su suegra, subía más despacio, encogiéndose de hombros con desprecio.

La anciana yacía cuan larga era boca abajo en medio de la habitación y, cuando su hijo le hubo dado la vuelta, apareció, inmóvil y seca, con su piel amarillenta, arrugada y curtida, los ojos cerrados, los dientes apretados y su flaco cuerpo rígido.

Caravan, de rodillas cerca de ella, gemía:

—¡Pobre mamá, pobre mamá!

Pero la otra señora Caravan, tras haberla mirado un instante, declaró:

—Bah, le ha dado otro síncope, eso es todo; lo hace para no dejarnos cenar, no te quepa la menor duda.

Trasladaron el cuerpo a la cama, lo desvistieron por completo; y todos, Caravan, su mujer, la criada, se pusieron a hacerle fricciones. A pesar de sus esfuerzos, no recuperó el conocimiento. Entonces mandaron a Rosalie a buscar al doctor Chenet. Vivía en el muelle, hacia Suresnes. Estaba lejos, la espera fue larga. Por fin llegó y, tras haber observado, palpado, auscultado a la anciana, dijo:

—Es el fin.

Sacudido por continuos sollozos, Caravan se arrojó sobre el cuerpo; y besaba con frenesí el rostro rígido de su madre llorando tan exageradamente que sus lagrimones caían como gotas de agua sobre el rostro de la difunta.

La señora Caravan, la joven, tuvo una oportuna crisis de dolor, y, de pie detrás de su marido, gemía débilmente frotándose los ojos con obstinación.

Caravan, con el rostro abotargado, los cuatro pelos alborotados, feísimo en su sincero dolor, se incorporó de repente:

—Pero… ¿está seguro, doctor…, está seguro?…

El oficial sanitario se acercó rápidamente, y manejando el cadáver con destreza profesional, como un negociante que hace valer su artículo, manifestó:

—Mire, amigo, los ojos.

Levantó el párpado, y debajo de su dedo reapareció la mirada de la anciana, inmutable, y quizá con la pupila un tanto agrandada. Caravan sintió una punzada en el corazón y un escalofrío le recorrió el espinazo. El señor Chenet aferró el brazo agarrotado, forzó los dedos para abrirlos e, irritado como ante alguien que le llevara la contraria, dijo:

—Mire esta mano, mire; yo no me equivoco nunca, esté seguro de ello.

Caravan se dejó caer de nuevo sobre la cama retorciéndose, casi mugiendo, mientras su mujer, que seguía lloriqueando, comenzó a hacer lo que había que hacer. Acercó la mesilla de noche, extendió un paño, colocó encima cuatro velas y las encendió, cogió un manojo de boj, que estaba colgado detrás del espejo de la chimenea, y lo puso entre las velas, sobre un platillo que llenó de agua fresca, a falta de la bendita. Luego, tras reflexionar unos momentos, echó en el agua un pellizco de sal, imaginando sin duda que con ello realizaba una especie de consagración.

Cuando hubo acabado la representación que debe acompañar a la Muerte, se quedó inmóvil, de pie. El oficial sanitario, que la había ayudado a colocar los objetos, le dijo al oído:

—Hay que llevarse a Caravan.

Ella hizo un gesto de asentimiento y, acercándose a su marido, que seguía sollozando de rodillas, lo levantó agarrándole por un brazo, mientras el señor Chenet le cogía por el otro.

Primero le hicieron sentarse en una silla y su mujer, besándole en la frente, comenzó a hablarle. El oficial sanitario apoyaba sus razonamientos, aconsejando entereza, valor, resignación, todo cuanto es imposible tener cuando ocurren desgracias fulminantes. Luego los dos le cogieron de nuevo por los brazos y se lo llevaron.

Él lloriqueaba como un niño mayor, con hipidos convulsos, hecho polvo, con los brazos colgándole, las piernas flojas, y bajó la escalera sin saber lo que se hacía, moviendo los pies maquinalmente.

Le dejaron en el sillón que ocupaba siempre en la mesa, delante de su plato casi vacío donde su cuchara seguía todavía inmersa en un resto de sopa. Y allí se quedó, sin un movimiento, la mirada fija en su vaso, tan atontado que ni siquiera pensaba en nada.

La señora Caravan, en un rincón, hablaba con el doctor, se informaba sobre las formalidades con las que había que cumplir, preguntaba por todos los requisitos de orden práctico. Finalmente, el señor Chenet, que parecía esperar algo, cogió su sombrero y, declarando que no había cenado, hizo un saludo y ademán de irse. Ella exclamó:

—Pero ¡cómo!, ¿no ha cenado usted? Pues ¡quédese, doctor, quédese! Se le servirá de lo que hay, pues comprenderá que nosotros no estamos para comer gran cosa.

Él rehusó, excusándose; ella insistió:

—Pero ¡cómo!, quédese. En momentos como éste, se agradece la compañía de los amigos; y tal vez consiga que mi marido se reconforte un poco; necesita recobrar fuerzas.

El doctor se inclinó, y, dejando su sombrero sobre un mueble, dijo:

—En tal caso, acepto, señora.

Ella le dio unas órdenes a Rosalie, que estaba como enloquecida, luego se sentó también ella a la mesa, «para aparentar que comía», decía, «y hacerle compañía al doctor».

Volvieron a tomar sopa fría. El señor Chenet repitió. Luego llegó una bandeja de callos a la lionesa olorosos a cebolla y la señora Caravan decidió probarlos.

—Buenísimos —dijo el doctor.

Ella sonrió:

—¿De veras? —Y, volviéndose hacia su marido, añadió—: Prueba unos pocos, mi pobre Alfred, para que no te quedes con el estómago vacío; ¡piensa que va a ser una noche larga!

Él alargó su plato dócilmente, como se habría ido a la cama si se lo hubiera mandado, obedeciendo a todo sin resistencia y sin reflexión. Y comió.

El doctor, sirviéndose él mismo, repitió tres veces, mientras la señora Caravan, de vez en cuando, picaba un trocito con los dientes del tenedor y se lo tragaba con una especie de estudiada distracción.

Cuando apareció una fuente llena de macarrones, el doctor murmuró:

—¡Caramba, esto si que es bueno!

Y esta vez la señora Caravan sirvió a todos. Llenó incluso los platillos en los que marraneaban los niños, quienes, sin vigilancia, bebían vino puro y empezaban ya a propinarse puntapiés por debajo de la mesa.

El señor Chenet recordó el amor de Rossini por ese manjar italiano; luego de repente dijo:

—Pero vaya, si hasta rima; podría ser el comienzo de una composición poética.

Le maestro Rossini

aimait le macaroni…

Nadie le prestaba oídos. La señora Caravan, que se había quedado de repente pensativa, reflexionaba sobre las probables consecuencias de lo sucedido, mientras su marido hacía bolitas de miga de pan y las ponía en fila sobre el mantel, mirándolas con aire de lelo. Como le devoraba una sed insaciable, se llevaba sin cesar a la boca su vaso lleno hasta los topes de vino; y su razón, ya trastornada por la impresión y el dolor, comenzaba a fluctuar, pareciéndole que le bailase en la súbita modorra de la digestión, iniciada fatigosamente.

Por su parte, el doctor bebía como una esponja, emborrachándose a ojos vista; y hasta la señora Caravan sufría la reacción subsiguiente a toda conmoción nerviosa, estaba agitada y se sentía turbada incluso, pese a no beber más que agua, y con la cabeza nublada.

El señor Chenet se había puesto a contar anécdotas de fallecimientos que juzgaba chuscas. Pues en aquel suburbio parisino, donde abundaba la gente procedente de provincias, se daba la misma indiferencia de los campesinos hacia la muerte, ya se trate de un padre o de una madre, esa falta de respeto, esa inconsciente ferocidad tan comunes en el campo y tan raras en París. Decía:

—La semana pasada, por ejemplo, me llaman urgentemente a la rue de Puteaux: me voy para allí corriendo, encuentro al enfermo ya muerto y, en torno a la cama, la familia que estaba tan tranquila acabándose una botella de anisete comprada la víspera para satisfacer un capricho del moribundo.

Pero la señora Caravan no le escuchaba, pensando en todo momento en la herencia; y Caravan, con la cabeza a pájaros, no comprendía nada.

Se sirvió el café, muy cargado para sostener la moral. Cada tacita, regada con coñac, hizo súbitamente enrojecer las mejillas, confundiendo aún más las pocas ideas de aquellas mentes ya vacilantes.

De repente el doctor echó mano a la botella de aguardiente y sirvió a todos la copita de después del café. Sin decir nada, embotados por el dulce calor de la digestión, presos a su pesar del bienestar animal causado por el alcohol después de haber cenado, se enjuagaron la boca lentamente con el coñac azucarado que formaba un jarabe amarillento en el fondo de las tacitas.

Los niños se habían dormido y Rosalie los llevó a la cama.

Entonces Caravan, obedeciendo maquinalmente a la necesidad de aturdirse que empuja a todos los desventurados, repitió varias veces de aguardiente; y le relucían los ojos de pasmarote.

Finalmente el doctor se levantó para irse y, tras coger por el brazo a su amigo, le dijo:

—Vamos, venga conmigo; un poco de aire le sentará bien; no hay que estarse quieto cuando se sufre.

El otro obedeció dócilmente, se caló el sombrero, tomó el bastón y salió; y los dos, cogidos del brazo, bajaron hacia el Sena, a la clara luz de las estrellas.

Flotaba en la cálida noche un airecillo embalsamado, porque todos los jardines de alrededor estaban en aquella estación llenos de flores cuyas fragancias, adormecidas de día, parecían despertarse ante la cercanía de la noche y se esparcían, mezcladas con las leves brisas que corren por la oscuridad.

La amplia avenida estaba desierta y silenciosa con sus dos filas de mecheros de gas que llegaban hasta el Arco de Triunfo. Allá lejos, envuelto en una roja neblina, se oía el bullicio de París. Era una especie de rodar continuo, al que parecía que a veces respondiese, en lontananza, el pitido de un tren que llegaba a todo vapor o que huía, a través de la provincia, hacia el océano.

El aire libre sorprendió a los dos hombres golpeándoles en pleno rostro, trastornó el equilibrio del doctor y aumentó los vértigos que se habían apoderado de Caravan desde el momento de la cena. Éste caminaba como en sueños, con la mente aletargada, paralizada, sin dolor agudo, presa de una especie de embotamiento moral que le impedía sufrir, es más, sintiendo incluso un alivio acrecido por las tibias exhalaciones expandidas en la noche.

Tras llegar al puente, tomaron a la derecha y el río les embistió con su fresco aliento. Corría, melancólico y tranquilo, delante de una cortina de altos álamos; y parecía que las estrellas nadasen en el agua, movidas por la corriente. Una neblina blancuzca que ondeaba en la orilla opuesta traía a los pulmones húmedos efluvios; y de improviso Caravan se detuvo, turbado por aquel olor a río que removía en su corazón recuerdos viejísimos.

De repente volvió a ver a su madre en los lejanos tiempos de la infancia, arrodillada delante de la puerta de casa, allá en Picardía, en el arroyuelo que atravesaba el jardín, lavando la ropa amontonada junto a ella. Volvía a oír el ruido de la paleta en el plácido silencio del campo y su voz que llamaba: «Alfred, tráeme el jabón». Y sentía ese mismo olor a agua que corre, esa misma niebla que se alza de la tierra empapada, ese vaho de aguazal, cuyo inolvidable sabor había guardado, dentro de sí, y que ahora reencontraba, precisamente la noche de la muerte de su madre.

Se detuvo, rígido ante un nuevo asalto impetuoso de la desesperación. Fue como si un relámpago de luz hubiera iluminado de improviso toda la magnitud de su desgracia; y el encuentro de ese soplo errante le arrojó al negro abismo de los dolores sin consuelo. Sintió su corazón destrozado por el pensamiento de la separación sin fin. Su vida estaba partida en dos y su entera juventud desaparecía, tragada por aquella muerte. Se había terminado el pasado; los recuerdos de la adolescencia se esfumaban; nadie podría ya hablarle de viejas cosas, de gente conocida antaño, de su tierra, de sí mismo, de la intimidad de su vida pasada: una parte de su ser había terminado de existir, ahora le tocaba morir a la otra.

Comenzó el desfile de los recuerdos. Volvía a ver a «mamá» más joven, con unos vestidos que se habían estropeado de tanto usarlos, llevados tanto tiempo que parecían inseparables de su persona; la volvía a ver en mil circunstancias olvidadas: expresiones desvanecidas, sus gestos, sus entonaciones, sus costumbres, sus manías, sus momentos de ira, las arrugas de su rostro, los movimientos de sus dedos enjutos, todas las actitudes familiares que no tendría más.

Se puso a gemir, agarrándose al doctor. Las fláccidas piernas le temblaban, todo su grueso cuerpo se veía sacudido por los sollozos y balbuceaba:

—¡Mi mamá, mi pobre mamá, mi pobre mamá!

Pero su compañero, todavía ebrio y deseoso de terminar la velada en los lugares que frecuentaba a escondidas, se impacientó por aquella aguda crisis de dolor, le hizo sentarse en la hierba de la orilla y casi enseguida le dejó con la excusa de ir a ver a un enfermo.

Caravan lloró largo rato; luego, cuando no le quedaron ya lágrimas, cuando su sufrimiento, por así decir, se hubo agotado, sintió de nuevo un alivio, un descanso, una tranquilidad repentina.

Había asomado la luna y bañaba el horizonte con su plácida luz. Los altos álamos se erguían con reflejos de plata y, en la llanura, la niebla se hubiera dicho nieve flotante; y el río, no surcado ya por las estrellas que nadaban en él, parecía cubierto de nácar y fluía, rizado por brillantes temblores. El aire era suave y olorosa la brisa. Una especie de abandono embargaba el sueño de la tierra, y Caravan bebía esta dulzura de la noche; respiraba hondo, teniendo la sensación de que un frescor, una paz, un sosiego sobrehumano penetraba hasta la raíz de sus miembros.

Sin embargo, se resistía a aquel bienestar que le invadía, repitiéndose: «Mamá, mi pobre mamá», esforzándose en llorar por una especie de sentido del deber de persona de bien; pero ya no lo conseguía; y ya no despertaban ninguna tristeza en él los pensamientos que poco antes le habían provocado tan grandes sollozos.

Entonces se levantó para volver a casa y empezó a caminar a pequeños pasos, envuelto por la calma indiferencia de la naturaleza serena, y el corazón aplacado a su pesar.

Al llegar al puente, vio el farol del último tranvía a punto de arrancar y, detrás, los escaparates iluminados del Café du Globe.

Entonces sintió la necesidad de contarle a alguien la catástrofe, de despertar conmiseración, de hacerse el interesante. Puso cara de lástima, empujó la puerta del café y fue hacia el mostrador donde el dueño destacaba como siempre. Esperaba producir un efecto, que todo el mundo se levantaría, irían a su encuentro dándole la mano: «¿Qué le ha pasado?». Pero nadie reparó en la desolación de su semblante. Entonces se acodó en el mostrador y, cogiéndose la frente entre las manos, susurró:

—¡Dios mío, Dios mío!

El dueño le miró:

—¿Se siente usted mal, señor Caravan?

Él respondió:

—No, querido amigo; pero acaba de fallecer mi madre.

El otro dejó caer un «¡Ah!» distraído; y como en ese momento un parroquiano pedía en voz alta desde el fondo de la sala: «¡Otra cerveza, por favor!», respondió enseguida con voz tonante: «¡Enseguida, marchando!», y corrió a servirle, dejando a Caravan atónito.

En la misma mesa de antes los tres apasionados del dominó seguían, absortos e inmóviles, jugando. Caravan se les acercó, en busca de compasión. Dado que parecía que no reparaban en su presencia, se decidió a hablar él.

—Desde que nos vimos —dijo—, me ha ocurrido una gran desgracia.

Apenas si levantaron la cabeza los tres al mismo tiempo, pero siempre con un ojo en el juego que tenían entre manos.

—¿Qué ha pasado?

—Ha fallecido mi madre.

Uno de ellos murmuró un «¡ah, diablos!» con ese tono falsamente apesadumbrado de los indiferentes. Otro, no sabiendo qué decir, meneó la cabeza emitiendo una especie de silbido de tristeza. El tercero volvió a ponerse a jugar, como si hubiera pensado: «¿Eso es todo?».

Caravan esperaba una de esas frases que se dicen «salidas del corazón». Viéndose acogido de ese modo, se marchó, indignado por la indiferencia ante el dolor de un amigo, aun cuando ese dolor, en ese momento, se había adormecido tanto que casi ya no lo sentía.

Salió.

Su mujer le esperaba en camisón, sentada en una silla baja junto a la ventana abierta, sin dejar de pensar en la herencia.

—Quítate la ropa —le dijo—, hablaremos cuando estemos en la cama.

Él levantó la cabeza e, indicando el techo con la mirada, dijo:

—Pero… arriba… no hay nadie.

—Disculpa, está con ella Rosalie y tú irás a sustituirla a las tres, después de que hayas echado una cabezadita.

Se quedó, no obstante, en paños menores para estar listo para cualquier eventualidad, se anudó un pañuelo en la cabeza y se reunió con su mujer, que se había metido en la cama.

Permanecieron un rato sentados uno al lado del otro. Ella pensaba.

Incluso a esas horas, su tocado estaba adornado con un lazo rosa y algo ladeado sobre una oreja, como por una invencible costumbre de todas las cofias que llevaba.

De improviso, volviendo la cabeza hacia él, dijo:

—¿Sabes si tu madre ha hecho testamento?

Él dudó:

—Yo…, yo… no creo… No, sin duda, no lo ha hecho.

La señora Caravan miró a su marido a los ojos, y, en voz baja y rabiosa, añadió:

—Pues es una indignidad, ¿sabes? ¡Porque llevamos diez años desviviéndonos por cuidarla y dándole casa y sustento! ¡No hubiera hecho tanto tu hermana por ella, y tampoco yo de haber sabido que iba a recibir semejante recompensa! Sí, es una vergüenza para su memoria. Me dirás que nos paga el hospedaje; es cierto, pero los cuidados de los hijos no se pagan con dinero; deben reconocerse en el testamento, tras la muerte. Eso es lo que hace la gente como Dios manda. ¡Así me veo pagada por todos mis esfuerzos y desvelos! ¡Ah, buena la he hecho, buena la he hecho!

Caravan, desconcertado, repetía:

—Querida, querida, te lo ruego, te lo suplico.

Al final ella se calmó y prosiguió, con su tono acostumbrado:

—Mañana por la mañana habrá que avisar a tu hermana.

Él se sobresaltó:

—Es cierto, no había pensado en ello; le mandaré un telegrama apenas se haga de día.

Pero ella le interrumpió, como persona que ha pensado en todo:

—No, mándaselo entre las diez y las once, así tendremos tiempo de respirar antes de que llegue. De Charenton hasta aquí habrá como mucho dos horas. Diremos que perdiste la cabeza. ¡Mandándole aviso por la mañana no nos comprometemos!

Pero Caravan se dio un cachete en la frente y, con el tono tímido que siempre tenía hablando de su superior, que le hacía temblar sólo de pensar en él, dijo:

—Tengo que avisar también en el Ministerio.

Ella repuso:

—¿Avisar para qué? En casos semejantes siempre es excusable un olvido. No avises, hazme caso; tu jefe no podrá decir nada y le pondrás en un buen aprieto.

—Sí, sí —dijo él—, se pondrá furioso si no me ve llegar. Tienes razón, es una magnífica idea. Cuando le diga que ha fallecido mi madre, tendrá que callarse la boca.

Y el empleado, encantado de la broma, se frotaba las manos pensando en la cara que pondría su jefe, mientras arriba el cuerpo de la anciana yacía junto a la criada dormida.

La señora Caravan parecía inquieta, como obsesionada por una preocupación difícil de expresar. Finalmente se decidió:

—¿No te había regalado tu madre su reloj de pared, ese con la muchacha y el boliche?2

Él hizo memoria y respondió:

—Sí, sí, me dijo, aunque hace ya mucho de ello, cuando vino a quedarse con nosotros, me dijo: «El reloj de pared será para ti, si me cuidas como es debido».

La señora Caravan se serenó, ya más tranquila:

—Pues entonces habrá que ir a buscarlo, porque si viene tu hermana nos lo impedirá.

Él vacilaba:

—¿Tú crees?

Ella se puso rabiosa:

—Claro que lo creo: si está en nuestra casa, nos pertenece a nosotros. Y lo mismo ocurre con la cómoda de su habitación, la que tiene el tablero de mármol; me la regaló un día que estaba de buenas. La bajaremos junto con el reloj.

Caravan parecía incrédulo:

—¡Pero, querida, es una gran responsabilidad!

Ella se volvió hacia él, furiosa:

—¡Ah!, ¿de veras? ¡Nunca cambiarás! Dejarías morir de hambre a tus hijos antes que mover un dedo. Esa cómoda, en vista de que me la regaló, es nuestra, ¿no crees? ¡Y si a tu hermana no le parece bien, que venga a decírmelo a mí! Mucho me importa lo que diga tu hermana. Vamos, levántate, que nos llevaremos enseguida lo que tu madre nos dio.

Tembloroso y derrotado, salió de la cama, y, cuando hizo ademán de ponerse los pantalones, ella se lo impidió:

—No vale la pena que te vistas, vamos, quédate en calzón, estás bien así; yo iré tal como voy.

Y los dos salieron, en paños menores, subieron la escalera sin hacer ruido, abrieron la puerta con precaución y entraron en el cuarto donde las cuatro velas encendidas en torno al platillo con el boj bendecido parecían ser las únicas en velar a la anciana en su rígido descanso; pues Rosalie, arrellanada en el sillón con las piernas extendidas, las manos cruzadas sobre la falda, la cabeza reclinada hacia un lado, también inmóvil y boquiabierta, dormía con un leve ronquido.

Caravan cogió el reloj. Era uno de esos objetos grotescos, como ha producido tantos el arte Imperio. Una jovencita de bronce sobredorado, con la cabeza adornada con varias flores, sostenía en una mano un boliche, cuya bola hacía de péndola.

—Dámelo a mí —dijo su mujer— y tú coge el tablero de mármol de la cómoda.

Él obedeció resoplando, y con un gran esfuerzo cargó con el mármol.

Salieron. Caravan tuvo que agacharse al pasar por la puerta y comenzó a bajar haciendo temblar la escalera, mientras su mujer, andando de espaldas, le alumbraba con una mano, al tener el péndulo debajo del otro brazo.

Una vez dentro de su casa, ella soltó un gran suspiro:

—Lo peor está hecho —dijo—. Ahora vamos a por el resto.

Pero los cajones de la cómoda estaban repletos de trapos viejos de la anciana: había, pues, que esconderlos en algún sitio.

La señora Caravan tuvo una idea:

—Vamos, ve a por el arcón que hay en el vestíbulo; es de pino y no vale ni cuatro chavos, se puede poner allí.

Y cuando hubo llegado el arcón, comenzaron el traslado.

Sacaron, uno tras otro, los manguitos, los cuellos de encaje, las camisas, los gorros, todos los pobres trapos viejos de la buena mujer allí tendida, detrás de ellos, y los disponían metódicamente dentro del arcón de manera que engañase a la señora Braux, a la hija de la difunta, que vendría a la mañana siguiente.

Terminado esto, bajaron primero los cajones, y luego el cuerpo del mueble agarrándolo cada uno de un extremo del mismo; y durante un buen rato los dos buscaron el lugar donde quedaría mejor. Se decidieron por la habitación, enfrente de la cama, entre las dos ventanas.

Una vez la cómoda en su sitio, la señora Caravan la llenó con su propia ropa interior. El reloj fue a parar a la repisa de la chimenea de la sala; y la pareja se puso a contemplar el efecto que hacía. Enseguida quedaron muy satisfechos.

—Queda muy bien, la verdad.

Él respondió:

—Sí, muy bien.

Y entonces se fueron a la cama. Ella apagó de un soplo la vela; y no tardaron todos en dormir en los dos pisos de la casa.

Era ya pleno día cuando Caravan volvió a abrir los ojos. Se despertó con una gran confusión mental, y necesitó varios minutos antes de acordarse de lo sucedido. El recuerdo le produjo un gran impacto en el pecho; y saltó de la cama, muy emocionado de nuevo, al borde de las lágrimas.

Subió a toda prisa a la habitación de arriba, donde Rosalie seguía durmiendo, en la misma postura de la víspera, sin despertarse en toda la noche. La mandó a sus labores, sustituyó las velas que se habían consumido y observó a su madre, mientras rumiaba esos aparentes pensamientos profundos, esas banalidades religiosas y filosóficas que atormentan los intelectos mediocres frente a la muerte.

Pero, como su mujer le llamaba, bajó. Había preparado una lista de lo que había que hacer aquella mañana y se la alargó, espantándole.

Leyó:

1. Informar al Ayuntamiento.

2. Llamar al médico forense.

3. Encargar el ataúd.

4. Pasarse por la iglesia.

5. Por las pompas fúnebres.

6. Por la imprenta para las esquelas.

7. Por el notario.

8. Por telégrafos para avisar a la familia.

Amén de un montón de pequeños encargos. Cogió el sombrero y salió.

Había corrido la noticia y las vecinas comenzaban a llegar pidiendo ver a la difunta.

A este respecto, había tenido lugar en la peluquería de la planta baja una escena entre marido y mujer, mientras aquél estaba afeitando a un cliente.

La mujer, que hacía calceta, murmuró: «Una menos, pero ésta era una avara como hay pocas. Aunque es cierto que no me caía simpática, tendré que ir a verla igualmente».

El marido rezongó, mientras seguía enjabonando la barbilla del cliente: «¡Qué ocurrencias! ¡Hay que ser mujer para eso! No les basta con fastidiarte en vida, ni aun después de muertas te dejan tranquilo». Su mujer, sin inmutarse, continuó: «Es algo que me supera, pero no puedo dejar de ir. Llevo dándole vueltas toda la mañana. Si no fuera a verla, creo que no podría dejar de pensar en ella en toda mi vida. Pero una vez que la haya observado bien para quedarme con su cara, me daré por satisfecha».

El hombre con la navaja se encogió de hombros y le confesó al cliente cuya mejilla rasuraba: «¡Para que vea usted las ideas que se les ocurren a estas condenadas mujeres! ¡A mí no me hace ninguna gracia ver un muerto!». Pero como su mujer le había oído, sin inmutarse, le respondió: «Las cosas son así, son así». Y, tras dejar la calceta sobre la caja, subió al primer piso.

Habían llegado otras dos vecinas y estaban hablando de lo sucedido con la señora Caravan, la cual suministraba todos los detalles.

Se dirigieron hacia la cámara mortuoria. Las cuatro mujeres entraron de puntillas, una tras otra asperjaron la sábana con el agua salada, se arrodillaron, se santiguaron murmurando una oración, por último se incorporaron y, con los ojos desorbitados y la boca abierta, observaron largamente el cadáver, mientras la nuera de la muerta se ponía un pañuelo sobre el rostro para simular un sollozo desesperado.

Cuando se volvió para salir, vio a Marie-Louise y a Philippe-Auguste de pie cerca de la muerta, ambos en camisa de noche, que miraban llenos de curiosidad. Entonces olvidó su fingido dolor y cayó sobre ellos con la mano levantada, exclamando rabiosa:

—¡Fuera de aquí, sinvergüenzas!

Volvió a subir diez minutos después con otra hornada de vecinas y, tras haber vuelto a sacudir el boj sobre la cama de la suegra y haber rezado, lagrimeado y cumplido con todos sus deberes, al darse la vuelta vio de nuevo a sus dos hijos, que habían regresado detrás de ella. Les dio un capón por deber de conciencia; pero la vez siguiente no se preocupó más de ellos; y, a cada nuevo grupo de visitantes, los dos críos iban detrás, arrodillándose también en un rincón y repitiendo invariablemente todo cuanto veían hacer a su madre.

A primera hora de la tarde, la afluencia de curiosos disminuyó. Pronto no vino ya nadie. La señora Caravan, vuelta abajo, se ocupaba de preparar la ceremonia fúnebre; y la muerta se quedó sola.

La ventana del aposento estaba abierta. Entraba un tórrido calor con nubes de polvo; las llamas de las cuatro velas se agitaban junto al cuerpo inmóvil; y sobre la sábana, sobre la cara con los ojos cerrados, sobre las dos manos extendidas, unas pequeñas moscas trepaban, iban y venían, se paseaban sin cesar, visitaban a la anciana, esperando su hora próxima.

Marie-Louise y Philippe-Auguste se habían ido a zanganear por la avenida. No tardaron en verse rodeados de compañeros, niñas sobre todo, más despiertas y predispuestas a presentir los misterios de la vida. Hacían preguntas como las personas mayores: «¿Ha muerto tu abuela?». «Sí, ayer por la ...