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CUENTOS ESENCIALES

Guy De Maupassant  

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Fragmento

EL PAPÁ DE SIMON*

Acababan de dar las doce del mediodía. La puerta de la escuela se abrió y los chiquillos se precipitaron, dándose empujones, para salir más deprisa. Pero en vez de dispersarse rápidamente e ir a sus casas a comer, como hacían cada día, se detuvieron a unos pasos, formaron corrillos y se pusieron a cuchichear.

El hecho es que aquella mañana Simon, el hijo de la Blanchotte, había ido a la escuela por primera vez.

Todos habían oído hablar en familia de la Blanchotte; y aunque en público le pusieran buena cara, las madres hablaban de ella entre sí con una especie de actitud compasiva un tanto despectiva que había sido transmitida a los hijos, sin que estos supieran muy bien por qué.

No conocían siquiera a Simon, porque no salía nunca y no iba con ellos a hacer travesuras por las calles del pueblo o a orillas del río. Por eso no le tenían ninguna simpatía; y habían acogido con una cierta alegría, mezclada de notable asombro, repitiéndosela unos a otros, la frase de un chaval de catorce o quince años, que parecía sabérselas todas por su astuta manera de guiñar el ojo:

—¿Sabéis?…, Simon…, no tiene padre.

El hijo de la Blanchotte apareció a su vez en la puerta de la escuela.

Tenía siete u ocho años. Estaba un poco pálido, iba muy aseado y era de aspecto tímido y casi torpe.

Se dirigía de vuelta a casa cuando sus compañeros, que seguían cuchicheando en grupitos y mirándole con ojos maliciosos y crueles de niños que están pensando en gastar una mala pasada, le fueron rodeando poco a poco hasta encerrarle completamente en medio. Él se quedó allí, inmóvil en medio de ellos, sorprendido e incómodo, sin comprender qué pretendían hacerle. El chaval que había dado la noticia, orgulloso del éxito que ya había obtenido, le preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—Simon —respondió.

—¿Simon qué? —preguntó el otro.

El niño, muy confuso, repitió:

—Simon.

El chaval le gritó:

—Uno se llama Simon algo… Simon a secas no es un nombre completo.

Y él, a punto de llorar, respondió por tercera vez:

—Me llamo Simon.

Los zagales se echaron a reír. El chaval, exultante, alzó la voz:

—Como veis, no tiene padre.

Se hizo un gran silencio. Los niños estaban estupefactos por aquel hecho insólito, imposible, monstruoso —un chico sin padre—; lo miraban como si fuera un fenómeno, un ser al margen de la naturaleza, y sentían crecer dentro de sí ese desprecio, hasta ese momento inexplicado, de sus madres hacia la Blanchotte.

Simon se había apoyado en un árbol para no caerse; permanecía como aterrado por un desastre irreparable. Quería explicarse. Pero no sabía qué responder y cómo desmentir aquella cosa tremenda de no tener padre. Finalmente, lívido, les gritó a la buena de Dios:

—¡Sí que lo tengo!

—¿Y dónde está? —preguntó el chaval.

Simon se calló; no lo sabía. Los niños reían, excitadísimos; y aquellos hijos de los campos, tan próximos a los animales, sentían ese instinto cruel que empuja a las gallinas de un corral a acabar con la vida de una de ellas apenas ha sido herida. Simon reparó de repente en un vecino suyo, hijo de viuda, a quien había visto ir siempre solo con su madre, como él.

—Tampoco tú tienes padre —dijo.

—Sí que lo tengo —respondió el otro.

—¿Y dónde está? —preguntó Simon.

—Está muerto —declaró el niño con soberbio orgullo—, mi papá está en el cementerio.

Un murmullo de aprobación corrió entre los pillastres, como si tener al padre muerto en el cementerio hubiera engrandecido a su compañero y aplastado a aquel otro que no lo tenía en absoluto. Y aquellos bribonzuelos, que tenían padres que eran, en su mayoría, unos malos padres, borrachos, ladrones y duros con sus mujeres, se empujaban apretujándose cada vez más, como si ellos, los legítimos, quisieran ahogar con su presión a aquel que estaba fuera de la ley.

De repente, uno de ellos, que se encontraba pegado a Simon, le sacó la lengua con cara burlona y le gritó:

—¡No tiene papá! ¡No tiene papá!

Simon le cogió del pelo con ambas manos y la emprendió a patadas con él, mordiéndole ferozmente una mejilla. Se armó una gran trifulca. Los dos combatientes fueron separados y Simon acabó en el suelo, golpeado, desollado, magullado, en medio del corro de pilluelos que aplaudían. Mientras se incorporaba, limpiándose con gesto maquinal su bota toda sucia de polvo, alguien le gritó:

—Anda a contárselo a tu papá.

Entonces sintió una gran punzada en el pecho. Eran más fuertes que él, le habían pegado y no podía contestarles nada, porque sabía muy bien que era cierto que no tenía papá. Lleno de orgullo, trató durante unos segundos de luchar contra las lágrimas que le ahogaban. Le dio un sofoco y acto seguido rompió a llorar en silencio, con grandes sollozos que le sacudían espasmódicamente.

Entonces estalló entre sus enemigos una feroz alegría y, espontáneamente, como los salvajes en sus terribles manifestaciones de júbilo, se cogieron de la mano y se pusieron a bailar en corro a su alrededor, repitiendo como un estribillo:

—¡No tiene papá! ¡No tiene papá!

Pero Simon dejó de repente de sollozar. Enloqueció de rabia. Había en el suelo, a sus pies, unas piedras; las recogió y, con todas sus fuerzas, las lanzó contra sus verdugos. Dos o tres recibieron su impacto y escaparon dando gritos; tenía un aspecto tan terrible que a los otros les dominó el pánico. Cobardes, como lo es siempre la multitud ante un hombre furioso, huyeron en desbandada.

Al quedarse solo, el niño sin padre echó a correr hacia los campos, porque se había acordado de una cosa que le había hecho tomar una gran decisión. Quería ahogarse en el río.

Le había vuelto a la mente, en efecto, que, ocho días antes, un pobre diablo que se dedicaba a mendigar se había arrojado al agua por haberse quedado sin un real. Simon estaba presente cuando lo sacaron del agua; y el triste pobretón, que normalmente le parecía tan miserable, sucio y feo, le había impresionado entonces por su aire tranquilo, sus mejillas pálidas, su larga barba empapada de agua y sus ojos abiertos, de mirada muy serena. En torno decían: «Está muerto». Alguien había añadido: «Ahora es feliz». Por eso también Simon quería ahogarse porque no tenía padre, como ese miserable que no tenía un real.

Llegó cerquita del agua y la miró correr. Algunos peces traveseaban, veloces, en la corriente clara, y de vez en cuando brincaban fuera atrapando las moscas que revoloteaban sobre la superficie. Dejó de llorar para mirarlos, pues sus jugueteos le despertaban gran interés. Pero a veces, así como en los momentos de calma de una tempestad pasan de improviso grandes ráfagas de viento que hacen gemir los árboles y se pierden en el horizonte, le volvía a la mente con vivísimo dolor este pensamiento: «Voy a ahogarme porque no tengo papá».

Hacía mucho calor, muy buen tiempo. El agradable sol calentaba la hierba. El agua brillaba como un espejo. Y Simon disfrutó de unos momentos de dicha, de esa languidez que sigue a las lágrimas, que le hacía sentir unas grandes ganas de tumbarse para dormir en la hierba, al calor del sol.

Una ranita verde saltó entre sus pies. Trató de cogerla. Se le escapó. La persiguió y por tres veces no pudo echarle el guante. Finalmente la atrapó por el extremo de sus patas traseras y se echó a reír al ver los esfuerzos que hacía el bicho por escapar. Encogía sus grandes patas y, distendiéndose bruscamente, las alargaba de súbito, rígidas como dos barras; al tiempo que, abriendo sus redondos ojos ribeteados de oro, azotaba el aire con sus patas delanteras, agitándolas como manos. Ello le recordó un juguete hecho con unas estrechas tablillas de madera clavadas en zigzag unas sobre otras, que, con parecido movimiento, hacían marchar a unos soldaditos pegados encima. Entonces pensó en su casa, luego en su madre, y, embargado de una gran tristeza, se puso de nuevo a llorar. Unos temblores recorrían sus miembros; se arrodilló y dijo la oración que recitaba antes de dormirse. Pero no pudo terminarla, porque le volvieron los sollozos, tan continuos y tumultuosos que le dominaron por entero. No pensaba en nada ni veía ya nada a su alrededor, tan solo lloraba.

De pronto, una pesada mano se posó sobre uno de sus hombros y un vozarrón le preguntó:

—¿Qué es lo que tanto te aflige, amigo?

Simon se volvió. Un obrero alto, de barba y pelo negro muy rizados, le miraba con aire bondadoso. Él contestó, con los ojos bañados en lágrimas y un nudo en la garganta:

—Me han pegado… porque… yo…, yo… no tengo… papá…, no tengo papá.

—Pero ¡cómo! —dijo el hombre con una sonrisa—, si todo el mundo tiene uno.

El niño prosiguió no sin esfuerzo en medio de los espasmos de su dolor:

—Yo…, yo, no tengo.

Entonces el obrero se puso serio; había reconocido al hijo de la Blanchotte, y, aunque nuevo en el lugar, conocía vagamente su historia.

—Vamos, chiquillo —dijo—, consuélate, y ven conmigo a casa de tu madre. Ya te daremos… un papá.

Se pusieron en camino, el grande llevando de la mano al pequeño, y el hombre sonreía de nuevo, porque no le desagradaba en absoluto la idea de ver a la Blanchotte, que era, por lo que decían, una de las mujeres más guapas del lugar; y acaso pensaba para sus adentros que quien había cometido un pecado de juventud bien podía tropezar otra vez.

Llegaron ante una casita blanca, muy limpia.

—Es aquí —dijo el niño, y exclamó—: ¡Mamá!

Se asomó una mujer y el obrero dejó bruscamente de sonreír, pues enseguida comprendió que no se bromeaba con aquella pálida mocetona que permanecía erguida y con expresión severa en la puerta, como para impedir que un hombre cruzase el umbral de esa casa donde ya otro hombre la había traicionado. Intimidado y con la gorra en la mano, balbució:

—Aquí le traigo, señora, a su pequeño que andaba perdido por la orilla del río.

Pero Simon saltó al cuello de su madre, y le dijo echándose de nuevo a llorar:

—No, mamá, quería ahogarme porque los otros me han pegado…, me han pegado…, porque no tengo papá.

Las mejillas de la joven se tiñeron de un rubor abrasador y, mortificada hasta lo más hondo de su carne, besó a su hijo con violenta efusión al tiempo que unas prontas lágrimas surcaban su rostro. El hombre, conmovido, se quedó inmóvil, sin saber cómo hacer para irse. Pero Simon de repente corrió hacia él y le dijo:

—¿Quiere usted ser mi papá?

Se hizo un gran silencio. La Blanchotte, muda y muerta de vergüenza, se apoyaba en la pared, con ambas manos sobre el corazón. El niño, al ver que no se le respondía, prosiguió:

—Si no quiere, volveré al río para ahogarme.

El obrero se tomó la cosa a broma y respondió entre risas:

—Pues claro que quiero.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el niño—. Así podré decírselo a los otros cuando quieran saber tu nombre.

—Philippe —respondió el hombre.

Simon permaneció un momento callado para grabar aquel nombre en su mente, luego extendió los brazos, ya consolado, diciendo:

—Bien, Philippe, eres mi papá.

El obrero, levantándolo del suelo, lo besó bruscamente en las dos mejillas, y se marchó acto seguido muy deprisa a grandes zancadas.

Cuando, al día siguiente, el niño entró en la escuela, fue recibido con risas malévolas; y a la salida, cuando el chaval quiso empezar de nuevo, Simon le espetó a la cara estas palabras, como si fueran una piedra:

—Mi papá se llama Philippe.

De todas partes estallaron gritos de alegría:

—¿Philippe qué?… ¿Philippe qué?… ¿Quién es ese Philippe?… ¿De dónde has sacado a tu Philippe?

Simon no contestó nada; e, inquebrantable en su fe, les desafiaba con la mirada, dispuesto a dejarse martirizar antes que huir delante de ellos. El maestro le liberó y él volvió a casa de su madre.

Durante tres meses, el grandullón Philippe pasó a menudo cerca de la casa de la Blanchotte, y a veces se atrevía hasta a dirigirle la palabra cuando la veía coser junto a la ventana. Ella le respondía educadamente, siempre seria, sin reír nunca ni dejarle entrar en su casa. Sin embargo, él, algo presuntuoso como todos los hombres, se imaginaba que ella, cuando le hablaba, se ruborizaba más que de costumbre.

Pero una buena reputación perdida es tan difícil de recuperar, y sigue siendo siempre tan frágil, que, pese a la recelosa reserva de la Blanchotte, ya se empezaba a murmurar en el pueblo.

Por lo que hace a Simon, quería mucho a su nuevo papá y casi cada atardecer se iba de paseo con él. Acudía asiduamente a la escuela y pasaba por entre sus compañeros con mucha dignidad, sin contestarles nunca una palabra.

Sin embargo, un día, el chaval que había sido el primero en atacarle le dijo:

—Eres un embustero, no tienes un padre que se llame Philippe.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Simon muy agitado.

El chaval se frotaba las manos. Prosiguió:

—Porque si tuvieras uno, sería el marido de tu madre.

Simon se turbó ante lo justo del razonamiento, pero respondió no obstante:

—Es mi padre, a pesar de todo.

—Es posible —dijo el chaval, riéndose burlonamente—, pero no por eso es tu padre del todo.

El hijo de la Blanchotte agachó la cabeza y se fue pensativo hacia la herrería del tío Loizon, donde trabajaba Philippe.

Estaba esta fragua como sepultada bajo los árboles. En su interior reinaba una gran oscuridad; solo el rojo resplandor de un formidable fogón iluminaba con grandes reflejos a cinco forjadores con los brazos desnudos que descargaban golpes en sus yunques con gran estruendo. Estaban de pie, encendidos como demonios, los ojos clavados en el hierro candente que torturaban, mientras sus pesados pensamientos subían y bajaban al ritmo de sus martillos.

Simon entró sin que nadie le viera y fue a dar un ligero tirón de manga a su amigo. Este se volvió. De pronto el trabajo se interrumpió, y todos los hombres miraron, muy atentos. Entonces, en aquel insólito silencio, se oyó la frágil vocecilla de Simon.

—Oye, Philippe, el hijo de la Michaude me ha dicho hace un momento que no se puede decir que seas mi padre del todo.

—¿Y por qué? —preguntó el operario.

El niño respondió con todo su candor:

—Porque no eres el marido de mi mamá.

Nadie rió. Philippe se quedó inmóvil, con la frente apoyada en el dorso de sus gruesas manos que descansaban en el mango de su martillo plantado sobre el yunque. Pensaba. Sus cuatro compañeros le miraban y, minúsculo entre aquellos gigantes, Simon esperaba ansioso. De repente, uno de los forjadores, interpretando el pensamiento de todos, le dijo a Philippe:

—La verdad es que, pese a su desgracia, la Blanchotte es una buena chica, trabajadora y formal, y sería una digna esposa para un hombre honrado.

—Es cierto —dijeron los otros tres.

El operario continuó:

—¿Fue culpa de la chica si cometió un error? Le dieron promesa de matrimonio, y conozco a más de una que hizo lo mismo y hoy bien que se la respeta.

—También esto es cierto —respondieron al unísono los tres hombres.

Philippe continuó:

—Las que ha tenido que pasar la pobre para criar sola a su hijo, y lo que ha llorado, desde que sale nada más que para ir a la iglesia, solo Dios lo sabe.

—Ni que lo digas —dijeron los otros.

Entonces se oyó ya solo el resoplar del fuelle que activaba el fuego del fogón. De golpe Philippe se inclinó hacia Simon:

—Ve a decirle a tu mamá que iré a hablar con ella al caer la tarde.

Y empujó al niño fuera por los hombros.

Volvió a su trabajo y los cinco martillos cayeron, en un solo golpe, sobre los yunques. Y así estuvieron remachando los hierros hasta la noche, fuertes, poderosos, alegres como martillos satisfechos. Pero, así como la campana mayor de una catedral suena los días de fiesta con mayor fuerza que el repicar del resto de campanas, también el martillo de Philippe, dominando el estruendo de los de sus compañeros, caía de segundo en segundo con ensordecedor estrépito. Y, con mirada de fuego, forjaba apasionadamente, de pie entre las chispas.

El cielo estaba tachonado de estrellas cuando fue a llamar a la puerta de la Blanchotte. Llevaba su blusón de los domingos, una camisa limpia y se había afeitado. La joven apareció en el umbral y le dijo con aire apesadumbrado:

—No está bien presentarse en casa de la gente al caer la noche, señor Philippe.

Él quiso responder, balbució y se quedó confuso delante de ella.

Ella prosiguió:

—Supongo que comprenderá usted que no deben correr más habladurías sobre mí.

Entonces, él dijo de repente:

—¡Y qué importa eso, si quiere ser usted mi esposa!

No hubo respuesta, pero le pareció oír en la oscuridad de la habitación el ruido de un cuerpo que se vence. Entró deprisa; y Simon, que estaba acostado en su cama, distinguió el sonido de un beso y algunas palabras que su madre murmuraba muy bajito. Luego, de repente, sintió que las manos de su amigo le aferraban, y este le gritó, levantándole con sus brazos hercúleos:

—Les dirás a tus compañeros que tu papá es Philippe Remy, el herrero, y que les dará un tirón de orejas a todos los que se atrevan a molestarte.

Al día siguiente, con la escuela llena y a punto de empezar la clase, el pequeño Simon se levantó, muy pálido y con los labios trémulos, y dijo:

—Mi papá es Philippe Remy, el herrero, y me ha prometido que le dará un tirón de orejas a quien se atreva a molestarme.

Esta vez nadie rió, porque todos conocían muy bien al tal Philippe Remy, el herrero, y este era un papá del que cualquiera hubiera estado orgulloso.

BOLA DE SEBO*

Durante días y días los jirones del ejército en fuga habían pasado por la ciudad. No eran soldados, sino hordas en desbandada. Los hombres, con la barba larga y sucia, los uniformes hechos pedazos, avanzaban con paso cansino, sin bandera, sin mando. Todos parecían abrumados, derrengados, incapaces de pensar o de decidir nada, siguiendo adelante solo por inercia, y apenas se detenían se caían del cansancio. Se veían sobre todo soldados movilizados, gente pacífica, rentistas tranquilos, inclinados bajo el peso del fusil; jóvenes marmitones de la Guardia Nacional, avispados, proclives a asustarse y a entusiasmarse, prestos tanto para el ataque como para la fuga; en medio de ellos algunos pantalones rojos, restos de una división destrozada en una gran batalla; sombríos artilleros en fila con soldados de infantería heterogéneos; y, de vez en cuando, el casco reluciente de un dragón de paso pesado que seguía no sin esfuerzo la marcha más ligera de los soldados de infantería.

Pasaban luego legiones de francotiradores de nombres heroicos —los «Vengadores de la Derrota», los «Ciudadanos de la Tumba», los «Consagrados a la Muerte»—, con trazas de bandidos.

Sus jefes, antiguos comerciantes de tejidos o de granos, ex vendedores de sebo o de jabón, guerreros de circunstancias, nombrados oficiales por su dinero o por la largura de sus bigotes, cubiertos de armas, de franela o de galones, hablaban con voz estentórea, discutían planes de campaña y pretendían sostener por sí solos, sobre sus hombros de fanfarrones, a la Francia agonizante; pero a veces también temían a sus propios soldados, gente de horca, a menudo exageradamente valerosos, saqueadores y disolutos.

Corría el rumor de que los prusianos estaban a punto de entrar en Ruán.

La Guardia Nacional, que, desde dos meses antes hacía prudentes reconocimientos en los bosques vecinos, disparando a veces a sus propios centinelas, y preparándose para el combate cuando un gazapo se movía por entre la maleza, había regresado a sus hogares. Sus armas, sus uniformes, todo su mortífero aparato con el que espantaba no hacía mucho en los límites de los caminos nacionales a tres leguas a la redonda, habían desaparecido súbitamente.

Los últimos soldados franceses habían conseguido por fin atravesar el Sena para ganar el Pont-Audemer a través de Saint-Sever y de Bourg-Achard; y a la cola de todos el general, desesperado, sin poder intentar nada con aquel tropel de andrajosos, también él perdido en la gran derrota de un pueblo habituado a vencer y batido desastrosamente a pesar de su bravura legendaria, iba a pie, entre dos oficiales de ordenanza.

Luego una calma profunda, una espera aterrada y silenciosa se había cernido sobre la ciudad. Muchos burgueses panzudos, emasculados por el comercio, esperaban ansiosamente a los vencedores, temblando solo de pensar que pudieran ser considerados como armas sus asadores y sus grandes cuchillos de cocina.

Parecía que la vida se hubiera detenido, las tiendas estaban cerradas, las calles silenciosas. De vez en cuando un vecino, atemorizado por aquel silencio, se escabullía presuroso pegado a las paredes.

La angustia de la espera hacía desear la llegada del enemigo.

La tarde del día siguiente a la marcha de las tropas francesas, algunos ulanos, salidos de no se sabe dónde, atravesaron raudos la ciudad. Al poco una masa negra bajó por la cuesta de Sainte-Catherine, mientras otras dos oleadas de invasores aparecían por los caminos de Darnetal y de Boisguillaume. Las vanguardias de los tres cuerpos de ejército convergieron en el mismo momento en la plaza del Ayuntamiento; y de todas las calles cercanas llegaba el ejército alemán, desplegando sus batallones que hacían resonar el empedrado con su paso duro y cadencioso.

A lo largo de las casas que parecían muertas y desiertas subían las órdenes gritadas por una voz desconocida y gutural, mientras, detrás de los postigos cerrados, unos ojos acechaban a estos hombres victoriosos, dueños de la ciudad, de las vidas y haciendas por «derecho de conquista». En las habitaciones en penumbra, los vecinos estaban trastornados por el espanto que provocaban los cataclismos, los grandes y mortíferos trastornos telúricos, contra los que resultan vanas toda fuerza y toda prudencia. Porque, cada vez que el orden establecido de las cosas se ve trastornado, cuando no hay ya seguridad, cuando todo lo que estaba protegido por las leyes de los hombres o de la naturaleza se halla a merced de una feroz e inconsciente brutalidad, entonces aflora de nuevo la misma sensación. El terremoto que aplasta debajo de las casas a un pueblo entero; el río que, desbordándose, arrastra a los campesinos ahogados junto con los cadáveres de los bueyes y las vigas rotas de los techos; o el ejército glorioso que masacra a quien trata de defenderse y hace prisioneros a los otros, que saquea en nombre de la espada y da gracias a Dios con el retumbo del cañón, son otros tantos flagelos espantosos que minan cualquier fe en la justicia eterna, cualquier confianza que nos haya sido enseñada en la protección del cielo y en la razón del hombre.

Llamaban a cada puerta pequeños destacamentos de soldados y desaparecían dentro de las casas. Era la ocupación después de la invasión. Empezaba para los vencidos el deber de ser corteses con los vencedores.

Pasado un tiempo y desvanecido el primer miedo, se instauró una nueva calma. En muchas familias el oficial prusiano comía en la mesa. Tratándose a veces de una persona bien educada, este, por cortesía, expresaba su conmiseración por Francia y manifestaba su repugnancia por tener que tomar parte en semejante guerra. Le estaban agradecidos por estos sentimientos; sin contar que un día u otro podían tener necesidad de su protección. Tratándole bien quizá pudieran conseguir el tener que alimentar a algún soldado menos. Y además, ¿para qué ponerse en contra a alguien de quien se dependía por completo? Semejante comportamiento habría sido más temerario que audaz; y la temeridad no es un defecto de los burgueses de Ruán, como lo fuera en tiempos de las heroicas defensas que hicieron ilustre a su ciudad. Y, por último —motivo esencial fruto de la urbanidad francesa—, se decían que estaba permitido ser gentiles con los soldados extranjeros, en la intimidad, a condición de no mostrar familiaridad en público con ellos. Por la calle no se conocían, pero en casa se charlaba de buen grado, y cada noche el alemán se quedaba más rato, calentándose junto al hogar común.

También la ciudad recuperaba poco a poco su aspecto acostumbrado. Por el momento los franceses salían poco, pero los soldados prusianos pululaban por las calles. Por lo demás, los oficiales de húsares azules que hacían resonar con arrogancia en el empedrado sus grandes instrumentos de muerte, no parecía que tuvieran por los ciudadanos comunes y corrientes un desprecio mayor que el que, el año antes, habían demostrado los oficiales franceses de caballería bebiendo en los mismos cafés.

Sin embargo, había algo en el ambiente, algo sutil y desconocido, una insoportable atmósfera extraña, como una especie de olor difuso, el olor de la invasión. Llenaba las casas y los lugares públicos, cambiaba el gusto de las comidas, dando la impresión de que se estuviera de viaje, muy lejos, entre tribus bárbaras y peligrosas.

Los vencedores exigían dinero, mucho dinero. Los vecinos pagaban siempre; por lo demás, eran ricos. Pero cuanto más crece la opulencia de un negociante normando, más padece este por cualquier sacrificio, por cualquier miaja de su patrimonio que ve pasar a manos ajenas.

Mientras tanto, a dos o tres leguas de la ciudad, siguiendo el curso del río hacia Croisset, Dieppedalle o Biessart, los marineros y los pescadores sacaban a menudo del fondo del agua el cadáver de algún alemán hinchado en su uniforme, muerto a cuchilladas o a golpes, con la cabeza aplastada por una piedra o empujado al agua desde lo alto de un puente. El cieno del río sepultaba estas venganzas, salvajes y legítimas, heroísmos desconocidos, asaltos silenciosos, más peligrosos que las batallas a la luz del día y sin la resonancia de la gloria.

Pues el odio al extranjero arma siempre la mano de algunos intrépidos dispuestos a morir por un ideal.

Finalmente, dado que los invasores, pese a haber sometido a la ciudad a su inflexible disciplina, no habían perpetrado ninguno de los horrores que tenían fama de cometer en su marcha triunfal, creció el arrojo, y la necesidad de dedicarse a los negocios comenzó a agitar de nuevo los corazones de los comerciantes del lugar. Algunos tenían grandes intereses en Le Havre, que estaba en poder de las tropas francesas, y quisieron tratar de llegar a ese puerto, yendo por vía terrestre a Dieppe, donde se embarcarían.

Recurrieron a la influencia de los oficiales alemanes que habían conocido y obtuvieron una autorización para partir del general en jefe.

Así, alquilada para el viaje una gran diligencia de cuatro caballos, con diez personas que habían reservado su plaza al cochero, se decidió partir un martes por la mañana antes del amanecer, para evitar aglomeraciones.

Desde hacía ya tiempo, las heladas habían endurecido la tierra, y el lunes, a eso de las tres, unos negros nubarrones procedentes del norte trajeron la nieve, que cayó ininterrumpidamente durante toda la tarde y noche.

A las cuatro y media de la madrugada los viajeros se encontraron en el patio del Hôtel de Normandie, de donde saldría la diligencia.

Estaban aún somnolientos y tiritaban de frío bajo sus ropas. Apenas si se veía en la oscuridad, y la acumulación de pesadas ropas de invierno hacía asemejar todos esos cuerpos a los de los curas cebones con sus largas sotanas. Dos hombres se reconocieron, un tercero se acercó, se pusieron a hablar. «Yo me llevo a mi mujer», dijo uno. «También yo.» «Y yo también.» El primero añadió: «No volveremos a Ruán y, si los prusianos se acercan a Le Havre, partiremos para Inglaterra». Todos tenían los mismos planes, siendo de igual naturaleza.

Sin embargo, el coche no estaba todavía enganchado. Un farolillo, que llevaba un mozo de cuadra, salía de vez en cuando por una puerta oscura y desaparecía de inmediato por otra. Se oían del fondo del establo el ruido, amortiguado por el estiércol, de los caballos que piafaban y una voz de hombre que les hablaba a los animales y blasfemaba. Un leve cascabeleo anunció que se había empezado a poner los arneses; este sonido no tardó en convertirse en un estremecimiento claro y continuo, acompasado por los movimientos del animal, interrumpido a veces y reanudado por una brusca sacudida acompañada por el sordo ruido de un casco herrado que golpeaba en el suelo.

La puerta se cerró de improviso. Cesó todo ruido. Los burgueses, helados, ya no hablaban: permanecían inmóviles y rígidos.

Una cortina ininterrumpida de blancos copos espejeaba sin cesar al descender hacia el suelo: anulaba las formas, espolvoreándolo todo de una espuma helada; y en el gran silencio de la ciudad calma y sepultada bajo el invierno se oía tan solo el indecible, vago y fluctuante roce de la nieve que caía, sensación más que ruido, mezcla de leves átomos que parecían llenar el espacio, recubrir el mundo.

Reapareció el hombre del farolillo, tirando del ronzal de un caballo tristón, que le seguía de mala gana. Lo colocó contra la lanza, enganchó los tiros, les dio varias vueltas para asegurar los arreos, pues no podía usar más que una mano al sostener la luz con la otra. Cuando iba a buscar al segundo animal vio a todos esos viajeros inmóviles, ya blancos de nieve, y dijo:

—¿Por qué no suben al coche? Al menos estarán a cubierto.

Ni se les había ocurrido, y se precipitaron adentro. Los tres hombres hicieron acomodarse al fondo a sus mujeres, luego subieron ellos; a continuación las otras formas vagas y veladas ocuparon a su vez las últimas plazas, sin intercambiar una palabra.

El suelo de la diligencia estaba cubierto de paja, en la que se hundían los pies. Las señoras del fondo, que se habían traído unos pequeños calentadores de cobre con carbón químico, encendieron esos aparatos, y, durante un rato, enumeraron en voz baja sus ventajas, repitiendo cosas sabidas por todas desde hacía tiempo.

Cuando por fin fueron enganchados a la diligencia seis caballos en vez de cuatro, a causa del tiro más fatigoso, una voz del exterior preguntó: «¿Están todos?». Una voz de dentro respondió: «Sí». Y la diligencia partió.

El coche avanzaba lentamente, al paso. Las ruedas se hundían en la nieve; la caja entera gemía entre sordos crujidos; los animales resbalaban, resoplaban, bufaban, y el gigantesco látigo del cochero restallaba sin descanso, hacia todos los lados, anudándose y desanudándose como una fina serpiente, azotando bruscamente las rellenas grupas, que entonces se tensaban en un esfuerzo más violento.

Imperceptiblemente la luz iba en aumento. Los ligeros copos que un viajero, ruanés de pura cepa, había comparado con una lluvia de algodón, no caían ya. Una luz turbia se filtraba a través de unos nubarrones oscuros y pesados que hacían más deslumbrante la blancura de la campiña donde aparecía ora una hilera de grandes árboles cubiertos de escarcha, ora una cabaña encapuchada de nieve.

En el coche los viajeros se miraban con curiosidad, a la triste claridad de aquella aurora.

Al fondo, en las plazas mejores, dormitaban uno enfrente del otro el señor y la señora Loiseau, comerciantes de vinos al por mayor en la rue Grand-Pont.

Antiguo empleado de un comerciante que se había arruinado en los negocios, Loiseau había comprado los fondos y había hecho fortuna. Vendía muy barato pésimos vinos a los pequeños detallistas rurales, y era considerado por conocidos y amigos un pícaro impenitente, un verdadero normando todo astucia y jovialidad.

Su fama de pícaro estaba tan consolidada que una noche, en la prefectura, el señor Tournel, autor de fábulas y de canciones, espíritu fino y mordaz, una gloria local, al ver a las señoras un poco somnolientas, les había propuesto jugar al «Loiseau vole»;1 la chanza voló a través de los salones del prefecto, llegó a oídos de los de la ciudad e hizo reír durante un mes a todas las mandíbulas de la provincia.

Loiseau era también famoso por sus bromas de todo género y por sus chistes buenos o malos, y nadie hablaba de él sin añadir: «Ese Loiseau, no hay otro como él».

De pequeña estatura, tenía una tripa como un globo coronada por un rostro rubicundo entre las patillas entrecanas.

Su mujer, alta, robusta, resuelta, de voz fuerte y rápida en sus decisiones, representaba el orden y la contabilidad de la firma comercial, que él animaba con su alegre dinamismo.

Junto a ellos, más digno por pertenecer a una casta superior, estaba el señor Carré-Lamadon, persona de respeto, bien situado en el campo del algodón, propietario de tres hilaturas, oficial de la Legión de Honor y miembro del Consejo General. Mientras duró el Imperio había sido líder de la oposición moderada, solo para hacerse pagar más cara su adhesión a la causa que él —para usar su expresión— combatía con armas corteses. La señora Carré-Lamadon, bastante más joven que su marido, era el consuelo de los oficiales de buena familia enviados de guarnición a Ruán.

Estaba de frente a su marido, muy menuda, muy graciosa, muy linda, arrebujada en sus pieles, y miraba con ojos de aflicción el interior desolador de la diligencia.

Sus vecinos, el conde y la condesa Hubert de Bréville, llevaban uno de los apellidos más antiguos y más nobles de Normandía. El conde, viejo gentilhombre de gran porte, trataba de acentuar, mediante los artificios en el vestir, su parecido natural con Enrique IV, el cual, según una gloriosa leyenda de familia, habría dejado embarazada a una señora de Bréville, por cuyo hecho el marido se convirtió en conde y gobernador provincial.

Colega de Carré-Lamadon en el Consejo General, el conde Hubert representaba en el departamento al partido orleanista. La historia de su matrimonio con la hija de un pequeño armador de Nantes había permanecido siempre rodeada de misterio. Pero como la condesa era persona de gran tono, sabía recibir mejor que cualquier otra y se decía que había sido amada también por uno de los hijos de Luis Felipe, toda la nobleza la recibía con los brazos abiertos y su salón era el primero de la región, el único en que había sobrevivido la antigua cortesía y donde era difícil entrar.

La fortuna de los Bréville, toda en bienes inmuebles, se decía que ascendía a quinientas mil libras de renta.

Estas seis personas, que ocupaban el fondo del coche, representaban la parte de la sociedad rica, serena y fuerte, la gente honesta que es religiosa y tiene principios.

Por una extraña casualidad, todas las mujeres se encontraban en el mismo banco; las otras próximas a la condesa eran dos monjas que desgranaban largos rosarios murmurando padrenuestros y avemarías. La una era vieja y tenía la cara picada de viruelas, como si le hubieran disparado a bocajarro una descarga de metralla en pleno rostro. La otra, muy enclenque, tenía una cabecita graciosa y enfermiza sobre un pecho de tísica consumida por esa fe devoradora que genera a los mártires y a los iluminados.

Enfrente de las dos religiosas, un hombre y una mujer atraían todas las miradas.

El hombre, perfectamente conocido, era el demócrata Cornudet, el terror de la gente respetable. Desde hacía veinte años remojaba su barba pelirroja en las jarras de todos los cafés democráticos. Había dilapidado con hermanos y amigos un buen patrimonio heredado de su padre, antiguo pastelero, y esperaba impacientemente la llegada de la República para obtener por fin el puesto al que se había hecho merecedor con tantas consumiciones revolucionarias. El 4 de septiembre,2 quizá por una broma, creyó que había sido nombrado prefecto; pero cuando quiso entrar en funciones, los alguaciles, que habían quedado como únicos árbitros de la situación, se habían negado a reconocerle, obligándole a la retirada. Muy buena persona, por lo demás, inofensivo y servicial, se había encargado con entusiasmo incomparable de organizar la defensa. Había hecho abrir unos hoyos en el llano, talar todos los árboles jóvenes de los bosques vecinos, había sembrado trampas por todos los caminos y, al acercarse el enemigo, satisfecho de sus preparativos, se había replegado deprisa hacia la ciudad. Ahora pensaba que sería más útil en Le Havre, donde serían necesarias nuevas fortificaciones.

Su mujer, una de esas llamadas galantes, era célebre por su precoz abundancia de carnes, que le había hecho ganarse el apodo de Bola de Sebo. Menuda, toda redondita, mantecosa, con unos dedos hinchados, estrangulados en las falanges, parecidos a ristras de cortas salchichas, la piel lustrosa y tensa, un pecho enorme que le hinchaba e

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