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CUENTOS SECRETOS

Aurora Venturini  

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Fragmento

El guardapelo

A Claudia Bernaldo de Quirós

Vestía con elegancia forzada prendas exhumadas de roídos baúles, botines con alta capellada acordonada, harto del lustre desesperado para mejorar desgastes, todo ello en vano intento de actualizarlos.

Con tal atuendo me detuvo a las puertas de la iglesia, en Florencia, aquella dama pobre mas noblemente distinguida. La voz transida de la preciosa difunta dijo: “Atiéndala, es una tía”.

La iglesia era y sigue siéndolo ante el mundo Santa Margherita dei Cerchi, vecina a la residencia de los Alighieri, hoy museo. Adentro de Santa Margherita dei Cerchi, en su tumba, duerme Beatrice, bajo una losa en la que se lee:

“Sotto questo altare

Folco Portinari

costrui la tomba

di famiglia

L’8 giugno 1291

Vi fu sepolta

Beatrice Portinari”.

Junto a la tía anduvimos hasta el puente de la Trinidad; ella creyó anoticiarme, pero yo lo había leído en la Divina Comedia, que ahí mismo aconteció el flechazo del querubín travieso que uniría para toda la eternidad a la pareja dolorosa, imposible en esta tierra; por secula seculorum en el Paraíso.

Recibe antes que nadie historias como ésta

La señora narró situaciones desconocidas de familia; se apellidaba Portinari y tenía un guardapelo de Beatrice en su casita de las afueras, adonde me invitó. Yo acepté.

Margherita Portinari une a la santa con la niña difunta. Acaso la bautizaron a propósito. Causalidad o casualidad. No importa. La apodan Rita. Ella es devota de Santa Rita; visitó el relicario de Casia. Recuerdo el cuerpo intacto de Santa Rita, su gesto de aspirar el último aliento del aire antes de fluir su ánima.

Cada vez que estuve en la ciudad toscana vi todo de color amarillo pálido de limón, próximo al Arno, azul pálido como el color de los ojos de muchos de los habitantes. Así es la mirada de esta señora que trataba de ocultar su pobreza.

No obstante ello, creía vivir una época del siglo XIII en la mansión de los antepasados. Un atardecer de junio, decidí visitarla en la campiña dorada de amarillo sol que se ocultaba. La pequeña casa de doña Margherita significaba una más en un barrio de campesinos laboriosos. Margherita no se sentía labradora ni verdulera y tenía empleada de servicio.

La casa sobresalía de las otras del villorrio porque su dueña la había disfrazado de mínimo palacete pretencioso clavándole las columnas que sostenían la marquesina frontal, con el agregado de dos capiteles estilo corintio recargado que simulaban columna florentina; obreros no muy capacitados hicieron cuanto pudieron, y doña Margherita Portinari estaba orgullosa.

Tenía dos habitaciones, baño bien instalado, cocina y patio luciente de macetas y bancos de cerámica esmaltada, y en el centro, el grupo escultórico que lucía alrededor de una joven difusamente parecida a Beatrice.

Hice gesto admirativo ante el rústico esperpento, logo y sello familiar con ilustre parentela.

Cenamos en el comedorcito canelones, postre schiacciata que festeja las carnestolendas, pero comen siempre, con vino de sabor amarillo, pues los sabores tienen color.

En la sobremesa hablamos de Beatrice y de la tumba en la iglesia de Santa Margherita dei Cerchi.

Ella trajo la antigüedad prometida. Dentro de una cajita de nácar venía el tesoro del siglo XIII. La trajo desde su dormitorio, que yo atisbaba de muebles de madera blanca; acaso fueran de parra, pues despedían aroma de pradera, de zumo que arrebataba el ánima, despertándose el observador en una campiña redorada de las que van en los cuadros de pintores de muro en épocas heroicas. La mano oferente temblaba; la mía, también. Abierto el guardapelo mostró una rara y tibia joya: un anillo de cabello rubio pálido como el ambiente del lugar. Temí que se evaporara…

La dueña cerró el tesoro y anduvo con pasitos lerdos a su dormitorio y en un cajón de cómoda lo guardó.

No me animé al íntimo goce de tocar la alhaja.

Llevaré más allá de mis ruinas terrenales su visión delicada; denunciada inocencia contenida en la cajuela de nácar que soportó siglos.

Madame Portinari era viuda de Petrelli; hacía veinte años fallecido, empleado de escribanía, escribano él mismo, le dejó pensión y un auto. Comodidad, nada de lujo. Ella mantenía una cuestión de familia con los Portinari.

Dijo: “Pensé someterme a prueba de ADN”.

Tercié: “¿Cómo? No puede ser, ¿con quién?”.

Ella: “Con los restos de Beatrice”.

“Imposible.”

“Ahí están… los vi…”

Los vio y tocó; en un descuido de los circundantes se apoderó del relicario del anillo de rubia crencha. Ahora sentía haberlo hecho.

“Robar a una difunta…” (lloriqueó).

Consolé su desolación: “No fue robo, fue devoción”, comenté.

Yo tenía para mí, basándome en palabras del cura, que después de la inundación levantaron la lápida y comprobaron que el desborde llevó cuanto pudiera contener, después colocaron la lápida de la inscripción.

Insistí preguntando a la afligida señora sobre el contenido tumbal.

Ella narró que el ataúd de madera dura resistió el atropello de todos los elementos sin perturbar sus molduras y todo apareció intacto, aunque tuvieron que cavar tierra colorada y arenosa. Extrajeron el cajón muy despacio, con dos sogas. Lo llevaron al baptisterio, ahí lo abrieron. El cura de la parroquia, el sacristán, el podestà de la ciudad, la parentela copetuda y ella, la poverella.

Cuando todos se fueron a encargar Misa de Ánima, ella tocó a la difunta que pareció ofrecerle el bello objeto que resbaló desde una prenda raída; lo agarró rápidamente, lo guardó en su corpiño.

Descansa en su dormitorio de madera blanca un sueño que variará cuando vencida por los años la dueña devolverá el tesoro a la iglesia de Santa Margherita dei Cerchi.

Los parientes ignoran sobre el posible robo o hurto. Suponen que la prima pobre lo heredó de los antiguos Portinari en el correr de las generaciones.

Salí al callejón dorado. Dejé a esa dama rubia, leve cual recuerdo para mí.

Iba por la vereda de la casa de Dante Alighieri el güelfo blanco, las campanas de la cappella dei Cerchi cantaban “Beatrice, Beatrice, Beatrice”.

Antes de partir a Roma, volví a la iglesia para hablar con el párroco. Era joven el cura y de reciente permanencia, pero sabía sobre el tema por oír a las viejas, a las comadres y el runrún de boca a boca. Carecíase de noticia seria o columna en diarios. Nada de nada al fin. Parolas de solteronas para vestir santos. Para vestir santos llamó mi atención y me contó este curita, lindo cual querubín en coro, que las inundaciones fluviales han arrasado lo que hallaron arriba y abajo. La última limpió los muros de Santa Margherita dei Cerchi de esmalte gastado, dejando a la vista los cuadros que luce ahora el templo. “El lagrimario” es pintura anticipada a los renacentistas. Muestra a Dante recogiendo sus propias lágrimas en un pequeño recipiente de vidrio. No fue necesario retocar esos llamativos cuadros, cuyos colores funden, de pronto, en amarillo pálido. El sacerdote me mostró ese objeto que la devoción al güelfo blanco de los tercetos ha conservado.

“Tóquelo, profesora.”

Así me llamó, porque él informó ser profesor de Filosofía.

Le dije que yo también; el curita conocía al doctor Coriolano Alberini. Insiste en que toque ese vaso, porque las antigüedades traen suerte (los italianos son supersticiosos).

Dentro de mi pecho pesan lágrimas, usaría el lagrimario. Dejo pasar la invitación. Esa cosa macilenta no querrá ser manipulada por extraños extranjeros. A Duino, nombre del oferente, por florentino le corresponde. Tan encantador es Duino que imagino los suspiros de las niñas rubias de las misas.

“Gracias”, replico.

Este joven ensotanado desea mostrarme otro tesoro de Santa Margherita dei Cerchi; no me equivoco porque me invita a ver el baúl de una santa y su contenido.

(En una iglesia española de Ávila, me animé a tocar el antebrazo de un Cristo yacente semejante a cualquier difunto en la primera hora de su descanso final. Carne fresca palpé.) “No cuente esto a nadie, no hay que divulgarlo, vendrían a registrarlo con curiosidad periodística”, ordenó el frate.

Frente al altarcito interior, Duino presenta la imagen de una santa a cuyo pie él mismo ha escrito “Lamentación”.

Cuenta que la encontró tirada en un granero en Praga, donde viven sus padres, y la bautizó “Lamentación”, “por haberse hundido en la maraña le inventé el nombre no incluido en el Santoral. Atrevido, ¿no?”.

Contesto que los ángeles habrán asistido a ese bello festival de dos: “Lamentación y Duino”.

Había en el pajar un pequeño baúl; lo abrió descubriendo antiguas ropas monacales que fue mostrándome: camisa y un calzón que usan las monjas hasta cuando se bañan, para no mirarse el cuerpo; enagua entera y otra de cintura de las que hay siete; un cinturón de alambre empuado, el suplicio que usan cuando los pensamientos pecaminosos los atosigan. Entregó a su mamá la imagen y el baúl para que las lavara. La piadosa doña cumplió. Santa Lamentación viajó a Florencia junto a Duino. Llegué a otra conclusión. Siempre lo hago, luego de dos premisas que me planteo de mayor a menor: “Duino leyó a Rilke”, y se lo dije. Nos abrazamos elegíacamente (ella sobre el hombro de él, él sobre el de ella; no pudieron sofrenar una lamentación única que habrá sobresaltado a los ángeles del baptisterio y del púlpito de Santa Margherita dei Cerchi).

Rainer Maria era nuestra idolatría… Duino sabía que la belleza es insoportable y que llegar aunque fuese a su orilla significaría principio de lo terrible. Aplauden los ángeles. Los ángeles son terribles, son machos barbados y viriles. Son insoportables. Hay que soportar la vida, flecha que resiste al arco para ir más lejos. Vemos caer a los alrededores trozos de cuanto hemos vivido, hasta vemos desintegrado nuestro propio nombre, juguete roto…

Le digo: “Duino, ¿acaso ése sería El castillo de Kafka?”.

Hace años que llego a tal conclusión, después de analizar y ordenar premisas. He conocido un ángel de Reni, imberbe con música y costurero.

Me fui de Florencia. Supe que no volvería a Florencia.

Pero valió la pena.

El humano, la planta y el animal

El campo tiene la virtud de la confidencia entre vecinos lugareños; dócil es su ambiente, como una almohada de pluma incita al reposo siestero y la meditación. No me refiero al campo rudo y precario de ranchos y villorrios, sino a City Bell, por ejemplo; esto no dicho con menosprecio del antes mencionado, en el que no se podría oír el ruido leve de la trizadura de una maceta de cerámica arrojada desde el balcón de un chalet alto que se estrellara en una vereda de lajas.

El dueño ha resuelto cambiar los muebles de madera por otros de caña.

Salí a ver a la calzada y justo en ese momento un ciclista infernal aplastó la rama de la planta accidentada. Levanté maceta y contenido, dije a la planta que le solucionaría su lastimadura con cintita elástica.

Quedó bien, suturó.

Separé los pedazos de cerámica del montón de tierra apelmazado que aprisionaba las raíces y un estremecimiento de liberadas raicitas presas suspiró estirándose; percibí la leve aspiración.

Una vida se aliviaba y con ella hablé.

En otra maceta cómoda la planta regué. Arreglé la mezquina cabellera amojonada de hojas y talluelos, y la planta, hora por hora, día por día, daba golpecitos en mi ventana horizontal y baja.

Recordé a Jean Paul Sartre durante aquellos meses de ausencia de Simone de Beauvoir, viajera en Norteamérica. Jean Paul, en uno de los puentes del Sena, se apoyaba. Era agradable su monólogo viendo la vegetación de los parterres, al pie de los castaños.

“Reverdecen enamorados los pensamientos y las margaritas. Al ritmo de unos movimientos de éxtasis que yo siento y también siento náuseas: se enamoran las raíces. No sólo la polinización recupera, no sólo el factor exógeno actúa; siento dolor de víscera. ¿Dónde está el límite radicalmente divisorio, vegetalmente animal? Las plantas poseen las cualidades que da la naturaleza a un ritmo único, y el todo cabal está en el dinosaurio.”

Monologaba sin aceptar interrupción. Enfrente, el río Sena deslizábase verde azulado titilando la imagen de la torre Eiffel.

Rondé en torno a los genios franceses cinco años de vida itinerante y aprendí demasiado.

Mi planta silabeaba.

Las arañas vinieron a leer poesía.

Las arañas son flores extrañas en sus manifestaciones defensivas; mejor no tocarlas, que vayan y vuelvan con novedades órficas. Ya regresarán los pájaros con noticias de Capistrano. No es tan difícil superar los silencios que nos dedica la edad provecta porque todo tiene esencia de comunicación.

Los canes ya conversan sin ser dueños del comercio de la palabra.

No padezco zoofilia. Amo a los animales como a los niños. Y mi última compañía fue Odine, un perro de pelo lacio. Cuando me acostaba, le decía: “Espalducha”.

Y él colocaba su gran lomo contra mi espalda, largo a largo.

Yo miraba el extenso campo y las plantas.

Odine murió de parvovirus, peste que vino de Brasil.

Mantuve diálogos con mis perros.

Los medios técnicos son creaciones magníficas de los humanos. Los admiro, pero no comparto. Cuando escucho rumoroso el jardín y las voces de mis hermanitos menores sepultados ahí, me digo: “¿Dónde está tu imperio?”.

El patio

El patio era enorme. Si en lugar de baldosa fuera de agua, sólo un río podría comparársele o una gran laguna. En mi infancia ya estaba vacío. Aun a principios del siglo XX había seis sillas de madera, dos bancos de plaza y una mesa que se apoyaba en patas terminadas en garra. Macetones de plantas florecidas se arrinconaban en las esquinas del rectángulo; cuatro esquinas, cuatro macetones. Ahí se reunían personas invitadas a la tarde, conversaban, bebían y picaban de una bandeja con palitos chinos. Yo me escurría por la rampa que acababa en un terreno con árboles frutales y alguno de sombra. Un granado daba el fruto prodigioso que al abrirlo descubría rubíes tan divinos que daba lástima comerlos y pintaban las manos, oscureciéndolas.

Casi en otoño, la higuera tiraba brevas. Yo le temía a ese árbol. Su fauna me impresionaba porque trepé y confundí con ramita al horrendo bicho palo, cuyo sólo recuerdo me eriza.

Construí un habitáculo. Lo bauticé iglú con hojas. Puse dos alambres para facilitar el trepado de las madreselvas. Ubiqué varios ladrillos improvisando asiento y otros, mesa. Traía cuaderno y lápiz Faber, sacapuntas, goma de borrar y mis ideas.

Mi amigo Bebe saltaba el cerco de cinacina y cicuta; antes de invadir el iglú, gritaba: “Ave María Purísima”. Yo: “Sin pecado concebida”. Solíamos beber sidra en la botellita enfriada en la heladera de hielo de mi casa; comíamos tortitas de azúcar y visitábamos el campo buscando un nene en los repollos. Dijimos que si lo encontrábamos deberíamos casarnos, porque no había nada más triste que un huérfano. Creíamos que nacíamos de un repollo aunque ambos nos negáramos a declarar que algo más sabíamos del asunto, pero no deseábamos salir de la infancia. Al rebasar la edad, el Bebe dejó de venir porque lo mandaron a la Escuela Anexa, al internado del Colegio Nacional. Algo cambió. Todo nos caemos de la infancia. Algunos nos rompemos.

Cuando el patio anochecía yo iba a la cocina, me sentaba en la silla de paja, apoyada la cabeza en los brazos, dormía. No sufría hambre. Había llenado la panza con frutos de los árboles y agua de la bomba, despertaba al amanecer. Cruzaba el patio luego de bajar la rampa. Iba a ver a Za-Za a la huerta. Za-Za, la chiva, con la cual sostenía charlas interesantes, me dijo que ya sentía dolores. Yo le acaricié la pelambre entre la cornamenta. Rumiaba. Los ojos claros reflejaban la salida del sol. Me aconsejó que volviera a la cocina a desayunar, si no me retarían. Subí la rampa a la carrera. Nicha servía el café con leche. Mostraba buena disposición y me contó lo siguiente, relacionado con Za-Za: “A la medianoche vendrá el chivo de don Epicier trayendo en los cuernos una bolsa con el hijito de Za-Za. Don Epicier, nuestro almacenero, crió un chivo; maduró este animal y en ocasiones estuvo junto a Za-Za. Concluí que “es lógico que sean esposos” y dejé abierta la expresión. A la medianoche cantó el cucú, bajé la rampa yendo a la huerta. Miraba el cerco con fijeza, el cerco de cinacina y cicuta, y vi al chivo de don Epicier pegar el salto paternal pues traía a su bebé embolsado. Al minuto, escuché a Za-Za que se quejaba y un vagido tenue cruzó el aire que templaba el paisaje. Espié el establo. Za-Za alimentaba a su criaturita, los ojos pálidos observaban la luna llena. El chivo no estaba. Antes de volver a mi cama, arranqué una ramita de cicuta y la mordí, tragué saliva amarga, olor a rata. Antes de salir de la escena, siempre hice lo mismo y nunca me morí. Había leído sobre Sócrates y su trágico fallecimiento. Saqué en conclusión que el tecito preparado por Jantipa sería de otra yerba tóxica.

Al día siguiente conté a Nicha sobre el salto del chivo. Ella estuvo a punto de retarme, pero no. Una semana después dijo que las nenas mentirosas iban al infierno. No entendí por qué dijo eso…

Nicha es solterona. No aguanta a los jóvenes, pero no tiene derecho a acusarme de embustera… En realidad, a los mayores no los entiendo demasiado. Nicha, a pesar de su edad, no ha leído a Sócrates. Mis idas y venidas por el patio fueron muchas. El carácter de Za-Za varió a consecuencia de su maternidad. Antes me permitía que le acariciara el peluche suave entre sus cuernos duros, ahora no. Dedicada exclusivamente a Pipi, lo ponía a la teta, lo arrumacaba. No me dejaba tenerlo ni un minuto. Las madres son algo distinto. Respeté su conducta. Dejé de acercarme al establo. Además, temía un desenlace atroz con respecto a Pipi, el chivato.

La gente es voraz. No quería sufrir ausencia de juguetes de peluche. Cerré la puertecita del lugar de Za-Za y Pipi.

Los perdí de vista. Ojos que no ven…

Iba al iglú de madreselva a espiar la cabaña o rancho cómodo de la vereda de enfrente de don Terranera. El vecindario tejía novelas en torno al lugar. Lo rotulaban “casa de la ahorcada”.

Esa cabaña, rancho cómodo o casita, era una construcción de madera, chapa y tejas negras, lindísimo puzzle creativo.

En las ciudades bonaerenses desde las fundaciones aparecieron. Descubría, fija mi atención sostenida en la vivienda de don Terranera, un pasillo de césped, suave, como la piel de Za-Za. Basta de añoranzas.

Por el pasillo caminaba el dueño, solitario ciudadano que saludaba, nada más. El hijo, un muchacho raro, cursaba tercer año en el Colegio Nacional al que iba a pie, huraño y bien trajeado, a paso militar. Nunca oí la voz del joven mayor que yo, aparentemente doblaba mis años; yo entonces cumplí nueve y estudiaba en la escuela del barrio tercer grado, escribía versos, recitaba los 25 de Mayo y 9 de Julio en otro patio, el escolar.

Años después, me contó Pedrito Catella, escritor y periodista que estudió en el colegio de Terranera, que era un estudiante muy callado.

Lo conoció en el mismo curso, pero no llegaron a contactar nada más que un saludo. Terranera evitaba dialogar con los compañeros, que oyeron su voz por primera vez cuando llegó tarde a clase y se disculpó: “Me equivoqué y fui para otro lado”. En los recreos leía. Cuando un profesor lo llamaba a exponer, con esfuerzo emitía un vozarrón gangoso, memorizando absolutamente el texto cual si estuviera leyendo, recitaba lo estudiado lacónicam ...