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CUMBRES BORRASCOSAS

Emily Brontë  

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Fragmento

1

1801. Vengo de hacer una visita a mi casero, el vecino solitario que me causará desazón. ¡Esta es sin duda una tierra hermosa! No creo que en toda Inglaterra hubiese podido decidirme por un emplazamiento más apartado del mundanal ruido. El Paraíso perfecto de un misántropo, y el señor Heathcliff y yo somos el par idóneo para repartirnos la desolación. ¡Un hombre magnífico! Poco imaginó que me enternecería cuando, según subía a caballo, percibí con qué suspicacia escondía los ojos negros bajo las cejas y cómo, en el momento de anunciar mi nombre, resguardaba los dedos aún más en el chaleco con celosa resolución.

—¿El señor Heathcliff? —dije.

La réplica fue una inclinación de la cabeza.

—Soy el señor Lockwood, su nuevo inquilino, señor. Me permito el honor de hacerle una visita nada más llegar para decirle que espero no haberle importunado con mi insistencia en solicitar la ocupación de la Granja de los Tordos. Ayer oí que estaba usted pensando…

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—La Granja de los Tordos, señor, es mía —interrumpió con impaciencia—. Si pudiese evitarlo no permitiría que nadie me importunara. ¡Pase!

Profirió el «Pase» entre dientes, como queriendo decir «¡Váyase al cuerno!». Ni siquiera la verja contra la que estaba apoyado manifestó el menor movimiento de empatía con sus palabras; y creo que aquella circunstancia me resolvió a aceptar la invitación: sentí interés por un hombre que parecía aún más exageradamente reservado que yo mismo.

Cuando vio que mi caballo empujaba claramente la verja con el pecho sacó la mano para quitar la cadena; después me precedió con indolencia por la calzada y cuando entrábamos en el patio ordenó:

—Joseph, hazte cargo del caballo del señor Lockwood; y sube vino.

«Supongo que la plantilla de empleados domésticos se reduce a uno —pensé al oír aquella orden múltiple—. No es de extrañar que la hierba crezca entre los adoquines y que el ganado sea el único que poda los setos.»

Joseph era un hombre mayor; no, un viejo, quizá muy viejo, aunque fuerte y fibroso.

—¡Que el Señor nos ampare! —dijo para sí, con un trasfondo de irritada displicencia, mientras me desembarazaba de mi caballo.

Me miraba con tal acrimonia que conjeturé caritativamente que precisaba auxilio divino para digerir la comida y que su pía exclamación no guardaba relación alguna con mi inesperada visita.

Cumbres Borrascosas es el nombre de la morada del señor Heathcliff. El elocuente adjetivo regional describe el tumulto atmosférico al que está expuesto el lugar en un clima tormentoso. En efecto, en todo momento han de tener allí una ventilación pura y vigorizante. Es fácil imaginar el poderío con que sopla el viento del norte a juzgar por el excesivo sesgo de unos cuantos abetos atrofiados al final de la casa y una hilera de espinos escuálidos, todos con los miembros estirados en una dirección como si pidieran limosna al sol. Por fortuna, el arquitecto de la casa tuvo la precaución de construirla sólida: las angostas ventanas están profundamente empotradas en la pared y unos grandes guardacantones protegen las esquinas.

Antes de franquear el umbral, me paré un momento a admirar una cantidad de tallas grotescas repartidas por toda la fachada, pero sobre todo alrededor de la puerta principal, sobre la que, entre una desenfrenada profusión de grifos en ruinas y niños desvergonzados, detecté la fecha «1500» y el nombre «Hareton Earnshaw». Me hubiera gustado hacer algún comentario al respecto, además de requerir del hosco dueño una breve historia del lugar, pero su actitud en la puerta parecía exigirme que entrara enseguida o que saliera de allí para siempre, y yo no quería agravar su impaciencia antes de inspeccionar el sanctasanctórum.

Con un paso entramos en la sala de la familia, sin que hubiera un recibidor o un pasillo introductorio. Aquí, por antonomasia, se denomina a esta pieza «la casa». Suele incluir cocina y gabinete, pero creo que en Cumbres Borrascosas la cocina está relegada, por fuerza, a otra dependencia; al menos oí un parloteo de lenguas y un estrépito de utensilios culinarios muy adentro, y no percibí ningún indicio de que estuvieran asando, hirviendo o cociendo nada en torno a la enorme chimenea, ni ningún destello de sartenes de cobre ni de coladores de estaño en las paredes. Un rincón sí que reflejaba de modo espléndido tanto la luz como el calor procedentes de unas inmensas fuentes de peltre, entremezcladas fila tras fila con jarros y jarras de plata amontonados hasta el techo en un vasto aparador de roble. El techo seguía sin enlucir; para un ojo inquisidor toda su anatomía quedaba al desnudo, salvo donde la ocultaba un armazón de madera cargado con tortas de avena y hacinamientos de perniles de vaca, cordero y jamón. Encima de la chimenea había varias escopetas espantosas y viejas, un par de pistolas de arzón y, a modo decorativo, tres botes pintados de colores chillones dispuestos a lo largo de la repisa. El suelo era de piedra blanca y lisa, las sillas, de alto respaldo y estructura rudimentaria, estaban pintadas de verde, y había una o dos, negras y pesadas, escondidas en la sombra. En un arco, debajo del aparador, reposaba una enorme perra de muestra color marrón rojizo rodeada de un enjambre de cachorros chillones; y más perros ocupaban otros escondrijos.

La estancia y los muebles no habrían tenido nada de extraordinario si su dueño hubiese sido un sencillo granjero del norte, de semblante duro y miembros fornidos, realzados con calzones y polainas. Entre estos montes, en un territorio de ocho o nueve kilómetros, es fácil ver a esta clase de individuo, sentado en su sillón con una jarra de cerveza espumeante sobre una mesa redonda, si uno se deja caer por su casa a la hora adecuada, después de comer. Pero el señor Heathcliff contrasta de forma singular con su morada y su estilo de vida. Su aspecto es el de un gitano de piel oscura, y su atuendo y modales los de un caballero, es decir, todo lo caballero que puede llegar a ser un señor del campo: bastante desaliñado quizá, pero esa negligencia no transmite desorden porque tiene buen porte y es bien parecido, aunque bastante taciturno. Es posible que alguna gente vislumbre en él cierto orgullo de hidalgo, pero una fibra de simpatía en mi fuero interno me dice que no es eso. Sé por instinto que su reserva nace de la aversión a mostrar sus sentimientos y a las manifestaciones de mutua bondad. Amará y odiará de la misma forma encubierta, y estimará que es una suerte de impertinencia ser amado u odiado a su vez. No, voy demasiado rápido, le atribuyo mis propios rasgos con excesiva liberalidad. Es posible que las razones por las que el señor Heathcliff retira la mano cuando se topa con un aspirante a su amistad sean muy distintas de las que me mueven a mí a hacer lo mismo. Quiero creer que mi temperamento es casi único: mi querida madre solía decir que yo nunca tendría un hogar acogedor, y el verano pasado me demostré a mí mismo que era del todo indigno de tenerlo.

Estaba disfrutando de un mes de buen tiempo en la costa cuando de repente me encontré con una criatura de lo más fascinante: una verdadera diosa a mis ojos, siempre que ella no se fijara en mí. «Nunca le descubrí mi amor» de forma verbal, pero si las miradas hablaran el más idiota habría podido advertir que me tenía embelesado. Por fin me entendió y me correspondió con la mirada más dulce que quepa imaginar. ¿Y qué hice yo? Lo confieso avergonzado: me replegué glacialmente como un caracol. A cada mirada me mostraba más frío y distante, hasta que al final la pobre inocente llegó a dudar de sus propios sentidos y, abrumada y confusa por su presunto error, convenció a su madre de que se marcharan.

Esta curiosa disposición cambiante me ha granjeado la fama —solo yo puedo decir cuán poco merecida— de ser deliberadamente despiadado.

Tomé asiento en un extremo del hogar, del lado opuesto al que se dirigía mi casero, y llené un intervalo de silencio con una tentativa de acariciar a la madre canina, que había abandonado a sus cachorros y pasaba de manera furtiva y lobuna por detrás de mis piernas con el hocico fruncido y haciéndosele agua los blancos dientes por un bocado.

Mi caricia provocó un prolongado y gutural gruñido.

—Mejor deje a la perra en paz —bufó el señor Heathcliff al unísono, mientras frenaba demostraciones más feroces con un puntapié—. No está acostumbrada a que la mimen; no la tenemos de mascota.

Luego, dirigiéndose a grandes zancadas hacia una puerta lateral, gritó de nuevo:

—¡Joseph!

Joseph masculló algo confuso en las profundidades de la bodega, pero no dio señales de subir, así que su amo se precipitó escaleras abajo en su busca dejándome frente a frente con la perra rufiana y un par de perros pastores, fieros y peludos, que compartían con ella una celosa vigilancia de todos mis movimientos.

Como no quería entrar en contacto con sus colmillos, permanecí sentado. Pero por desgracia, pensando que aquellos animales no entenderían los insultos tácitos, me di el gusto de hacer guiños y muecas al trío, y algún cambio en mi fisonomía irritó tanto a madame que de repente entró en furia y me saltó a las rodillas. Me la quité de encima y me apresuré a interponer la mesa entre nosotros. Aquel proceder provocó a toda la caterva. Media docena de diablos cuadrúpedos de diversos tamaños y edades salieron de unas guaridas ocultas al centro común; sentí que mis tobillos y los faldones de mi abrigo estaban particularmente sujetos al asalto y, en tanto que trataba de repeler con el hurgón a los combatientes más grandes, me vi obligado a exigir, en voz alta, la asistencia de algún habitante de la casa para restablecer la calma.

El señor Heathcliff y su hombre subieron las escaleras de la bodega con una flema irritante. No creo que se movieran ni un segundo más rápido de lo habitual, y eso que el hogar era una absoluta tormenta de mordiscos y gañidos.

Por fortuna, un ocupante de la cocina se dio más prisa; una dama lozana, con el vestido arremangado, los brazos desnudos y las mejillas encendidas entró a todo correr blandiendo una sartén; y usó aquella arma y la lengua con tal resolución que la tormenta amainó como por arte de magia; cuando su amo entró en escena ya solo quedaba ella, palpitando como el mar tras un ventarrón.

—¿Qué demonios pasa? —preguntó Heathcliff, escudriñándome de forma bastante intolerable después de aquel trato tan poco hospitalario.

—¡En efecto, qué demonios! —murmuré—. Ni un hato de cerdos poseídos estaría habitado por peores espíritus que esos animales suyos, señor. ¡Lo mismo sería dejar a un extraño con una camada de tigres!

—No se meten con las personas que no tocan nada —observó poniéndome la botella delante y volviendo a colocar la mesa en su sitio—. Los perros hacen bien en vigilar. ¿Un vaso de vino?

—No, gracias.

—Mordido no, ¿verdad?

—De haberlo hecho, hubiese marcado al animal con mi sello.

Heathcliff relajó el rostro hasta esbozar una amplia sonrisa.

—Vamos, vamos, señor Lockwood —dijo—, está usted agitado. Tome un poco de vino. Las visitas son tan sumamente raras en esta casa que mis perros y yo, estoy dispuesto a reconocerlo, casi no sabemos cómo recibirlas. ¡A su salud, señor!

Me incliné y devolví el brindis. Empezaba a percibir que sería estúpido seguir enfurruñado por la mala conducta de una jauría de perros de mala raza; además, no estaba dispuesto a proporcionar mayor diversión a aquel tipo a mi costa, ya que por lo visto su humor había tomado ese giro.

Él, movido seguramente por consideraciones prudenciales acerca de la insensatez de ofender a un buen inquilino, relajó un tanto su estilo lacónico de omitir los pronombres y verbos auxiliares y, suponiendo que sería un tema de interés para mí, inició un discurso sobre las ventajas y desventajas de mi actual lugar de retiro.

Por los asuntos que tocamos me pareció un hombre muy inteligente, y antes de marcharme a casa estaba yo tan animado que ofrecí hacerle otra visita al día siguiente.

Era evidente que no quería que repitiera la intrusión. Iré de todos modos. Es pasmoso lo sociable que me siento comparado con él.

2

La tarde de ayer empezó neblinosa y fría. Tuve la tentación de pasarla junto al fuego de mi despacho en lugar de caminar entre brezos y lodo hasta Cumbres Borrascosas.

Con todo, después de comer (lo hago entre las doce y la una; el ama de llaves, una matrona que vino con el mobiliario de la casa, no puede o no quiere entender mi petición de que me sirva a las cinco), al subir las escaleras con aquel indolente designio y entrar en la estancia, vi a una joven sirvienta de hinojos, rodeada de cepillos y carboneras, que levantaba un polvo infernal al echar montones de ceniza sobre las llamas para extinguirlas. Aquel espectáculo me echó hacia atrás en el acto. Agarré mi sombrero y, tras una caminata de más de seis kilómetros, llegué a la verja del jardín de Heathcliff justo antes de que empezaran a caer los primeros copos plumosos de una nevada.

En la cima inhóspita de aquella montaña la tierra estaba endurecida por una escarcha negra y el aire me hacía tiritar de pies a cabeza. Al verme incapaz de retirar la cadena, salté la verja. Eché a correr por el empinado camino bordeado por desordenadas matas de grosella espinosa y llamé en vano a la puerta para que me abriesen, hasta que los nudillos me escocieron y los perros se pusieron a aullar.

—¡Malditos! —exclamé mentalmente—. Merecéis el aislamiento perpetuo de vuestra especie por tan arisca falta de hospitalidad. Al menos yo no tendría las puertas atrancadas de día. ¡No me importa, entraré igual!

Agarré resueltamente el picaporte y lo sacudí con vehemencia. Joseph asomó la cabeza de rostro avinagrado por una ventana redonda del granero.

—¿Qué busca por aquí? —gritó—. El amo está en el corral. Si quiere hablar con él, dé la vuelta por detrás del granero.

—¿No hay nadie dentro que me abra la puerta? —grité a mi vez.

—Dentro no hay nadie más que la señora, y no va a abrir por más que arme una bulla terrible hasta la noche.

—¿Por qué? ¿No puede usted decirle quién soy, eh, Joseph?

—No seré yo quien lo haga. No quiero tener nada que ver con eso —murmuró la cabeza al desaparecer.

La nieve empezó a azotar con fuerza. Acababa de asir el picaporte para hacer un nuevo intento cuando de pronto apareció en el patio trasero un joven sin abrigo y con una horca al hombro. Me gritó que le siguiera y, después de atravesar a paso castrense un lavadero y una zona adoquinada donde había una carbonera, una bomba y un palomar, llegamos por fin a la amplia, cálida y alegre estancia donde había sido recibido la primera vez.

La habitación resplandecía deliciosamente con el fulgor de un inmenso fuego de carbón, turba y leña: y tuve el placer de contemplar, cerca de la mesa dispuesta para una cena abundante, a la «señora», una individua de cuya existencia no tenía la más remota idea.

Hice una reverencia y esperé, pensando que me invitaría a tomar asiento. Ella se me quedó mirando reclinada en su asiento, inmóvil y muda.

—¡Menuda borrasca! —observé—. Me temo, señora Heathcliff, que el suelo tendrá que pagar por la indolente acogida de sus sirvientes: ¡me ha costado horrores hacerme oír!

La mujer seguía sin abrir la boca. Yo clavaba los ojos en ella y ella en mí. Sin embargo, su mirada expresaba tal frialdad e indiferencia que se me hizo sobremanera embarazosa y desagradable.

—Siéntese —dijo el joven con brusquedad—. No tardará en llegar.

Obedecí. Luego carraspeé y llamé a la malvada Juno, que, en este segundo encuentro, se dignó menear la punta de la cola para indicar que me reconocía.

—¡Un animal hermoso! —proseguí—. ¿Tiene intención de desprenderse de los pequeños, señora?

—No son míos —dijo la amable anfitriona en un tono aún más repelente del que podría haber empleado el propio Heathcliff.

—¡Ah! ¡Sus preferidos son estos otros! —proseguí, volviéndome hacia un oscuro almohadón cubierto con algo que parecían gatos.

—Una extraña predilección —observó con desdén.

Por desgracia, se trataba de un montón de conejos muertos. Volví a carraspear, me acerqué a la chimenea y repetí mi comentario sobre la tarde tormentosa.

—No haber venido —dijo ella, al tiempo que se levantaba y tomaba de la repisa dos de los botes pintados.

En la anterior posición la mujer quedaba protegida de la luz. Ahora yo podía apreciar con nitidez su figura y su semblante. Era delgada y me pareció que hacía muy poco que había dejado atrás la niñez; tenía un cuerpo admirable y la carita más delicada que he tenido el placer de contemplar jamás: sus facciones eran menudas y muy bonitas; unos pequeños bucles muy rubios, o mejor dicho dorados, colgaban sueltos sobre su esbelto cuello, y sus ojos, de haber tenido una expresión agradable, habrían resultado irresistibles. Afortunadamente para mi vulnerable corazón, manifestaban un único sentimiento que oscilaba entre el desdén y una suerte de desesperación que en aquel rostro resultaba singularmente chocante.

Casi no llegaba a los botes. Hice ademán de ayudarla: se volvió hacia mí como hubiese hecho un avaro al que ofrecieran ayuda para contar su oro.

—No quiero su ayuda —saltó—, puedo cogerlos yo sola.

—Disculpe —me apresuré a contestar.

—¿Le han invitado a tomar el té? —preguntó atándose un delantal sobre el pulcro vestido negro y apoyando en el bote una cuchara llena de hojas de té.

—Tomaré una taza con mucho gusto —respondí.

—¿Le han invitado? —repitió ella.

—No —dije con una media sonrisa—. Usted es la persona indicada para invitarme.

Arrojó el té dentro del bote con cuchara incluida y, enfurruñada, volvió a sentarse con la frente fruncida y sacando hacia fuera el rojo labio inferior como una niña a punto de llorar.

A todo esto, el joven había colocado en la parte superior de su persona una prenda de vestir decididamente andrajosa e, irguiéndose delante del fuego, me miraba con el rabillo del ojo como si se interpusiese entre nosotros una afrenta mortal aún no dirimida. Empecé a dudar de que fuera un sirviente. Tanto su atuendo como su lenguaje eran groseros y estaban del todo desprovistos de la superioridad observable en el señor y la señora Heathcliff: sus gruesos rizos castaños eran ásperos y asilvestrados, las patillas le cruzaban las mejillas como un oso y tenía las manos curtidas de un bracero común. Su porte, en cambio, era relajado, casi altanero, y no daba muestras de la menor diligencia en servir a la señora de la casa.

A falta de pruebas claras de su condición, estimé que lo mejor era abstenerme de prestar atención a su curiosa conducta, y cinco minutos más tarde la entrada de Heathcliff vino a sacarme, en cierta medida, de aquella incómoda situación.

—Ya ve usted, señor, que he venido tal como prometí —exclamé, adoptando un aire alegre—. Y me temo que voy a quedarme bloqueado aquí una media hora, si puede ofrecerme cobijo durante ese tiempo.

—¿Media hora? —dijo mientras se sacudía de la ropa los blancos copos—. Me extraña que haya elegido el punto álgido de una tormenta de nieve para darse un paseo. ¿Sabe que corre el peligro de perderse en las ciénagas? Incluso la gente que está familiarizada con estos páramos se pierde más de una vez en tardes como esta, y le puedo asegurar que no hay posibilidad de que el tiempo mejore por el momento.

—Tal vez alguno de sus mozos podría hacerme de guía; puede quedarse a dormir en la granja y volver mañana por la mañana. ¿Qué me dice?

—No.

—¡Ah, conque esas tenemos! Bien, entonces tendré que confiar en mi propia sagacidad.

—¡Bah!

—¿Vas a hacer el té o no? —exigió al del abrigo raído, apartando de mí su feroz mirada y desviándola hacia la joven.

—¿Tomará él? —preguntó ella, dirigiéndose a Heathcliff.

—Prepáralo de una vez.

Mi casero pronunció la respuesta con tal violencia que me estremecí. El tono de aquellas palabras revelaba una genuina maldad. Ya no me inclinaba a calificar a Heathcliff de hombre magnífico.

—Ahora, señor, acerque su silla —me invitó cuando hubieron concluido los preparativos.

Todos nosotros, incluido el joven rústico, nos agrupamos en torno a la mesa y se hizo un silencio sepulcral mientras saboreábamos la bebida.

Pensé que si yo era el causante de aquella nube mi deber era esforzarme por disiparla. No era posible que un día tras otro se sentaran a la mesa tan severos y taciturnos ni que, por muy malhumorados que fueran, aquel ceño universal que traían fuese su semblante a diario.

—Es extraño —empecé a decir, mientras terminaba una taza de té y me servían otra—, es extraño hasta qué punto la costumbre puede llegar a conformar nuestros gustos y pensamientos; muchos no podrían ni imaginar que exista la felicidad en una vida tan completamente aislada del mundo como la que usted lleva, señor Heathcliff; sin embargo, me atrevería a decir que, rodeado de su familia y teniendo a su amable señora de duende protector de su hogar y su corazón…

—¡Mi amable señora! —interrumpió él con una expresión de burla casi diabólica—. ¿Dónde está mi amable señora?

—Me refiero a la señora Heathcliff, su esposa.

—Ah, sí. ¡Oh! Usted sugiere que su espíritu, aun habiendo dejado el cuerpo, se ha asignado el puesto de ángel guardián y vela por los destinos de Cumbres Borrascosas. ¿Es así?

Al darme cuenta de mi error, intenté corregirlo. Debí haberme fijado en que había una diferencia de edad demasiado grande entre ambos para que pudiesen ser marido y mujer. Él rondaba los cuarenta, una etapa de vigor mental en que los hombres no suelen albergar la ilusión de que una joven se case con ellos por amor —ese sueño está reservado para solaz de nuestros últimos años—, y ella no aparentaba más de diecisiete.

Luego, de repente, se me hizo la luz. «A lo mejor su esposo es el fantoche que tengo a mi lado, el que sorbe el té de un cuenco y come pan sin haberse lavado las manos. Heathcliff hijo, claro. He aquí la consecuencia de haberse enterrado en vida: ¡la pobre se ha echado a perder poniéndose en manos de ese palurdo por pura ignorancia de que existían individuos mejores! Una verdadera lástima. A ver si logro que se arrepienta de su elección.»

Esta última reflexión podría parecer jactanciosa, pero no lo era. Mi vecino me resultaba casi asqueroso, y yo sé por experiencia que soy bastante atractivo.

—La señora Heathcliff es mi nuera —dijo Heathcliff corroborando mi suposición.

Al decir aquello, dirigió una mirada peculiar a la joven, una mirada de odio, a menos que tenga un conjunto de músculos faciales de lo más perverso que se niegue a interpretar como los de las demás personas el lenguaje de su alma.

—Ah, claro, ahora entiendo. Usted es el afortunado dueño del hada benéfica —observé, volviéndome hacia mi vecino.

Aquello empeoró las cosas. El joven fue poniéndose carmesí y apretó el puño con todo el aspecto de estar premeditando una embestida. Pero pronto pareció cobrar dominio de sí y vadeó el temporal mascullando una brutal maldición en mi contra, que me cuidé de ignorar.

—¡Se equivoca en sus conjeturas, señor! —observó mi anfitrión—; ninguno de los dos tenemos el privilegio de ser el amo de su hada madrina. Su compañero murió. Dije que era mi nuera, por tanto tiene que haberse casado con mi hijo.

—¿Y este joven es…?

—¡No es hijo mío, desde luego!

Heathcliff volvió a sonreír, como si fuera una broma demasiado atrevida que le atribuyesen a él la paternidad de aquel oso.

—¡Mi nombre es Hareton Earnshaw —gruñó el otro—, y le aconsejo que lo respete!

—No le he faltado al respeto —respondí, riéndome para mis adentros por la dignidad con que se había presentado.

Me clavó la mirada más tiempo del que yo quería sostenérsela, por miedo a acabar dándole un guantazo o haciendo audible mi hilaridad. Empezaba a sentirme inequívocamente incómodo en aquel ameno círculo familiar. La tétrica atmósfera espiritual superaba, más que neutralizaba, las resplandecientes comodidades físicas del entorno; así que resolví ser cauteloso cuando me aventurase bajo aquellas vigas por tercera vez.

Como vi que el asunto del refrigerio había concluido y que nadie pronunciaba una palabra sociable, me acerqué a una ventana para examinar el tiempo.

Vi un panorama penoso: la oscura noche caía prematuramente, y el cielo y las montañas se confundían en un mismo remolino de viento gélido y nieve asfixiante.

—No creo que me sea posible llegar a casa sin un guía —no pude evitar exclamar—. Los caminos estarán sepultados y, aunque no lo estuvieran, no veré más allá de mi nariz.

—Hareton, mete a esa docena de ovejas en el cobertizo. Si las dejas en el redil toda la noche se cubrirán de nieve. Y colócales una tabla delante —dijo Heathcliff.

—¿Cómo haré? —proseguí con creciente irritación.

No hubo respuesta a mi pregunta. Busqué a mi casero con la mirada, pero solo vi a Joseph, que traía un balde de avena para los perros, y a la señora Heathcliff, inclinada sobre el fuego y entretenida en quemar un pequeño fajo de cerillas que se había caído de la repisa de la chimenea cuando volvía a colocar en su sitio el bote de té.

Joseph, una vez que depositó su carga, hizo un crítico repaso a la habitación y rechinó con su voz cascada:

—Ay, no entiendo cómo puedes quedarte ahí, y más ahora que salieron todos. Pero eres tan inútil que no vale de nada hablar contigo. Nunca vas a cambiar tus malas costumbres, ¡vas a ir al infierno, como tu madre antes que tú!

Imaginé por un momento que aquella muestra de elocuencia iba dirigida a mí; y, sintiéndome lo bastante rabioso, avancé hacia el viejo granuja con toda la intención de sacarle de allí a patadas.

Pero la señora Heathcliff me frenó con su respuesta.

—¡Eres un viejo sinvergüenza y un hipócrita! —repuso—. ¿No tienes miedo de que el diablo se te lleve si pronuncias su nombre? Te advierto que te abstengas de provocarme o le pediré que te rapte como favor especial. Basta ya. Mira, Joseph —prosiguió, a la vez que tomaba de un estante un libro grueso y oscuro—, te voy a enseñar cuánto he progresado en la Magia Negra. Pronto estaré en condiciones de hacer uso de ella para dejar limpia esta casa. La vaquilla no murió por casualidad; ¡y no puedes achacar tu reumatismo a un castigo providencial!

—¡Ah, malvada! —dijo el anciano con voz entrecortada—. ¡Que el señor nos libre de todo mal!

—¡No, réprobo! Eres un paria. ¡Márchate o te haré daño de verdad! Os modelaré a todos en cera y arcilla, y al primero que traspase los límites que yo fije, le… No diré lo que le pasará, pero ¡ya lo veréis! ¡Vete, que te tengo puesto el ojo!

La brujita, que los tenía muy hermosos, puso en ellos una expresión de simulada malicia, y Joseph, temblando de auténtico terror, salió a toda prisa rezando y profiriendo «malvada».

Pensé que quizá la conducta de la joven respondiera a una suerte de broma macabra y aproveché que estábamos solos para procurar despertar su interés por mi situación.

—Señora Heathcliff —dije muy serio—, perdóneme si la molesto, pero me atrevo a hacerlo porque estoy seguro de que, con esa cara, no puede menos de tener buen corazón. Deme algunas indicaciones para que logre encontrar el camino de regreso. ¡Tan poca idea tengo de cómo llegar a mi casa como la que usted pueda tener de cómo llegar a Londres!

—Desande el mismo camino que hizo al venir —contestó, acomodándose en una silla con una vela y aquel libro largo abierto en el regazo—. Es un consejo sucinto, pero el más sensato que le puedo dar.

—¿No le remorderá la conciencia si oye decir que me han encontrado muerto en una ciénaga o en un foso cubierto de nieve? ¿No se sentirá algo culpable?

—¿De qué?Yo no puedo acompañarle. No me dejarían llegar ni al final de la tapia.

—No hablo de que me acompañe usted. Nunca se me ocurriría pedirle que para mi conveniencia saliera de casa en una noche como esta —exclamé—. Quiero que me indique el camino, no que me lo muestre. O, si no, que persuada al señor Heathcliff para que me facilite un guía.

—¿A quién? Aquí solo estamos él, Earnshaw, Zillah, Joseph y yo. ¿A cuál quiere?

—¿No hay mozos en la finca?

—No, hay los que le he dicho.

—Entonces, por lo que veo, no tendré más remedio que quedarme aquí.

—Eso debe acordarlo con su anfitrión. Yo no tengo nada que ver.

—Espero que esto le sirva de escarmiento para no volver a hacer excursiones temerarias por estos montes —gritó la severa voz de Heathcliff desde la entrada de la cocina—. En cuanto a quedarse aquí, no tengo cuarto de huéspedes, así que si se queda deberá compartir la cama con Hareton o con Joseph.

—Puedo dormir en una silla de esta habitación —repuse.

—¡No, no! Sea rico o pobre, un extraño es un extraño. ¡No permitiré que nadie se enseñoree de la casa cuando bajo la guardia! —dijo el miserable grosero.

Aquel insulto acabó con mi paciencia. Proferí entre dientes mi indignación, le aparté para salir al patio y, en mi apresuramiento, tropecé contra Earnshaw. La oscuridad era tal que no encontraba la salida y, al volver sobre mis pasos, oí otro ejemplo de la cortés conducta que observaban entre ellos.

Al principio el joven parecía dispuesto a ayudarme.

—Le acompañaré hasta el parque —dijo.

—¡Le acompañarás al infierno! —prorrumpió su amo o lo que fuera de él—. ¿Y quién se encargará de los caballos, eh?

—La vida de un hombre es más importante que dejar de atender a los caballos por una noche. Alguien tiene que ir —murmuró la señora Heathcliff con mayor amabilidad de la que me esperaba.

—¡No bajo tus órdenes! —repuso Hareton—. Si tanto te importa la suerte de este señor, será mejor que no abras la boca.

—¡En ese caso, espero que su espíritu te persiga y que el señor Heathcliff no vuelva a encontrar otro inquilino hasta que la granja sea una ruina! —respondió ella con brusquedad.

—¡Cuidado, cuidado, está echándoles el mal de ojo! —murmuró Joseph al ver que me dirigía hacia él.

Estaba sentado cerca, ordeñando las vacas a la luz de un candil. Se lo arranqué sin ceremonias y, gritando que se lo haría llegar al día siguiente, me precipité hacia el postigo más cercano.

—Amo, amo, está robando el quinqué —gritó el anciano persiguiéndome—. ¡Eh, Gruñón! ¡Eh, perro! ¡Eh, Lobo! ¡A por él, a por él!

Fue abrir la portezuela y dos monstruos peludos se me tiraron al cuello, dieron con mis huesos al suelo y apagaron la luz, mientras unas carcajadas conjuntas de Heathcliff y Hareton ponían techo a mi rabia y humillación.

Por fortuna, los animales parecían más dispuestos a estirar las patas, bostezar y menear la cola que a devorarme vivo. Pero no iban a admitir ninguna resurrección, así que me vi obligado a seguir tumbado en el suelo hasta que a sus malvados dueños les viniera en gana liberarme. Cuando me soltaron, sin sombrero y temblando de ira, ordené a aquellos sinvergüenzas que me dejasen salir. Les advertí con diversas y confusas amenazas que, si me retenían un minuto más, corrían el riesgo de sufrir tan virulentas represalias que, por su indefinida profundidad, olían a Rey Lear.

La vehemencia de mi agitación me provocó un copioso sangrado de nariz y, aun así, Heathcliff no dejaba de reír ni yo de regañarle. No sé qué hubiese puesto fin a la escena si no llega a estar allí otra persona bastante más sensata que yo mismo y más benévola que mi anfitrión. Era Zillah, la corpulenta ama de llaves, que acabó saliendo para saber la causa de aquel tumulto. Pensó que alguno de ellos me había agredido y, no atreviéndose a atacar al amo, dirigió su artillería vocal hacia el granuja más joven.

—Muy bien, señor Earnshaw —exclamó—. ¿Qué tramará después, me pregunto? ¿Es que vamos a asesinar a la gente en nuestro propio umbral? Ya veo que esta casa no es para mí. ¡Miren a ese pobre tipo! ¡Se está ahogando! ¡Vamos, vamos! No puede continuar así, entre que le cure. Y ahora, estese quieto.

Habiendo dicho aquellas palabras, me echó de repente una pinta de agua helada por la nuca y me metió en la cocina de un empujón. El señor Heathcliff, cuyo involuntario regocijo se había disipado por completo, entró detrás de nosotros con su habitual desabrimiento.

Yo me sentía muy enfermo, mareado y débil, por lo que no me quedó más remedio que aceptar hospedaje bajo su techo. Heathcliff dijo a Zillah que me sirviese una copa de coñac y luego se fue a la habitación interior. Ella, compadecida de mi lamentable situación y habiendo obedecido las órdenes de su amo (por lo que me sentí revivir un tanto), me acompañó a la cama.

3

Mientras me guiaba escaleras arriba, la mujer me recomendó que escondiese la vela y que no hiciese el menor ruido, porque el amo tenía una idea peregrina sobre el aposento donde ella iba a instalarme. Heathcliff nunca accedía de buen grado a que nadie durmiera allí.

Pregunté cuál era el motivo.

Contestó que no lo sabía. No llevaba en la casa más que un año o dos, y sucedían tantas cosas extrañas que no había tenido tiempo ni de sentir curiosidad.

Demasiado aturdido como para sentir curiosidad a mi vez, cerré la puerta con llave y recorrí el aposento con la mirada buscando la cama. El mobiliario se reducía a una silla, una cómoda y un gran cajón de madera de roble que, cerca de la parte superior, tenía unas aberturas cuadradas que parecían las ventanillas de una diligencia.

Me acerqué a aquella estructura, miré dentro y me percaté de que era una suerte de cama anticuada muy extraña, convenientemente diseñada para obviar la necesidad de que cada miembro de la familia tuviera su propio cuarto. Formaba una pequeña alcoba e incluía una ventana, cuyo alféizar hacía de mesa.

Descorrí los paneles laterales, me metí dentro con la vela, los cerré, y me sentí a salvo de la vigilancia de Heathcliff y de todos los demás.

En una esquina del alféizar en el que deposité la vela había un rimero de libros mohosos y el resto estaba lleno de inscripciones rayadas en la pintura. Pero no eran sino un mismo nombre repetido con toda clase de letras, grandes y pequeñas: Catherine Earnshaw, que adoptaba aquí y allá la variante de Catherine Heathcliff, y aun de Catherine Linton.

Presa de una languidez apática, apoyé la cabeza contra la ventana y seguí deletreando una y otra vez Catherine Earnshaw… Heathcliff… Linton… hasta que se me cerraron los ojos. Pero no los habría descansado ni cinco minutos cuando surgió de la oscuridad un destello de letras blancas, vívidas como espectros. El aire estaba preñado de Catherines y, levantándome para disipar aquel molesto nombre, descubrí que el pabilo de mi vela estaba apoyado sobre uno de los antiguos tomos y perfumaba el lugar con un olor a piel de becerro chamuscada.

Apagué la vela y, sintiéndome muy incómodo debido a una náusea fría y persistente, me incorporé y abrí el dañado tomo sobre mi regazo. Era un Testamento impreso con letra fina y despedía un terrible olor a humedad. Una guarda llevaba la inscripción «Catherine Earnshaw, su libro» y una fecha de un cuarto de siglo atrás.

Lo cerré y cogí otro, y luego otro, hasta que los hube examinado todos. La biblioteca de Catherine era selecta y su estado de deterioro era la prueba de que se le había dado un buen uso, aunque con un fin no del todo legítimo. Tan solo un capítulo se había librado de los comentarios escritos a pluma y tinta —al menos tenían aspecto de comentarios— que cubrían todos los espacios en blanco dejados por el impresor.

Algunos eran frases sueltas; en otras partes tomaban forma de diario, todo ello garabateado con una mano infantil, inmadura. En la parte superior de una página en blanco (cuyo hallazgo debió de suponer un buen tesoro) me divirtió mucho contemplar una excelente caricatura de mi amigo Joseph, dibujada con trazos toscos pero poderosos.

Ello me despertó un inmediato interés por aquella desconocida Catherine, y en el acto me puse a descifrar sus desdibujados jeroglíficos.

«Un domingo horrible —empezaba el párrafo al pie de la caricatura—. Ojalá mi padre estuviera aquí. Hindley es un sustituto detestable, su comportamiento con Heathcliff es atroz. H. y yo vamos a rebelarnos: dimos el primer paso esta tarde.

»Ha estado lloviendo a cántaros todo el día. No pudimos ir a la iglesia, así que Joseph tuvo que congregar a los fieles en el desván y, mientras Hindley y su esposa disfrutaban del calor de un cómodo fuego en el piso de abajo —no precisamente ocupados en leer sus Biblias, puedo dar fe de ello—, nos ordenó a Heathcliff, a mí y al infeliz gañán que cogiéramos nuestros devocionarios y subiésemos al piso de arriba. Nos sentamos en fila sobre un saco de trigo, gimiendo y tiritando, y deseando que Joseph también tiritara para que abreviara su homilía por su propia conveniencia. ¡Vano pensamiento! El oficio duró tres horas exactas, y encima mi hermano tuvo la desfachatez de decir cuando nos vio bajar:

»—¿Cómo, ya habéis terminado?

»Los domingos por la tarde se nos solía permitir jugar si no hacíamos demasiado ruido. ¡Ahora basta una risita para que nos manden de cara a la pared!

»—Olvidáis que aquí hay un patrón —dijo el tirano—. ¡Al primero que me saque de mis casillas lo hago pedazos! ¡Insisto en una seriedad y un silencio absolutos! ¡Ay, niño! ¿Has sido tú? Frances, querida, tírale del pelo cuando pases por su lado. Le he oído chasquear los dedos.

»Frances tiró a Heathcliff del pelo con ganas y luego fue a sentarse en el regazo de su esposo; y allí se quedaron como dos criaturas durante varias horas, besándose y diciendo tonterías por los codos, una verborrea estúpida y vergonzosa.

»Nos acomodamos lo mejor que pudimos en el arco del aparador. Yo acababa de atar uno con otro nuestros delantales y los había colgado a modo de cortina cuando entró Joseph, que venía de la cuadra con un recado. Me derribó el invento, me dio un guantazo y gruñó:

»—No hace nada que el amo está bajo tierra y el Sabbath aún no terminó. ¿Tenéis el valor de enredar cuando aún tenéis el sonido del evangelio en los oídos? ¡Desgraciados! ¡Sentaos, sinvergüenzas! Ahí tenéis libros morales para leer; ¡sentaos y pensad en vuestras almas!

»Y diciendo aquello, nos obligó a colocarnos de manera que pudiésemos recibir del lejano fuego un tenue rayo que iluminara el texto de los legajos que nos arrojó.

»Aquella ocupación me resultaba insoportable. Agarré el pringoso libro por el lomo y lo lancé a la caseta del perro, jurando que odiaba los libros morales.

»Heathcliff lanzó el suyo al mismo lugar de una patada.

»¡Entonces se armó la gorda!

»—¡Señor Hindley! —gritó nuestro capellán—. ¡Señor, venga aquí! ¡La señora Cathy arrancó la solapa de Timón de salvación y Heathcliff pisoteó la primera parte de Ancho camino de destrucción! Es terrible que los deje seguir así. ¡Ech! ¡El viejo os daría vuestro merecido, pero ya no está entre nosotros!

»Hindley dejó precipitadamente su paraíso junto al hogar y, agarrándonos a él por el cogote y a mí por el brazo, nos empujó a la trascocina. Allí, como aseveró Joseph, “el diablo” vendría a buscarnos con toda certeza; así que, tranquilizados por aquello, cada uno buscó un escondrijo en espera de su advenimiento.

»Cogí de un estante este libro y un tintero, entorné la puerta de casa para que entrara un poco de luz y ahora llevo veinte minutos escribiendo. Pero mi compañero está impaciente y propone que nos apropiemos de la capa de la lechera y que, con ese abrigo, hagamos una escapada por los páramos. Una sugerencia agradable. Además, si al viejo malhumorado le da por entrar, pensará que se ha cumplido su profecía; no sentiremos más humedad ni más frío bajo la lluvia que aquí.»

Es de suponer que Catherine llevó a cabo su proyecto, porque en la frase siguiente cambiaba de tema y se ponía llorosa. «¡Nunca me cupo en la imaginación que Hindley me haría llorar de esta manera! Me duele tanto la cabeza que no puedo apoyarla en la almohada, pero no puedo parar. ¡Pobre Heathcliff! Hindley le tilda de vagabundo y ya no le deja sentarse a comer con nosotros. Dice que él y yo no podemos jugar juntos y amenaza con echarle de casa si desobedecemos sus órdenes.

Echa la culpa a nuestro padre (¡cómo se atreve!) por tratar a H. con demasiada liberalidad, y jura que le pondrá en su sitio…».

Empezaba a cabecear sobre la página borrosa y mis ojos vagaban del manuscrito a la página impresa. Vi un título rojo y ornamentado que decía: «Setenta veces siete y el primero de los setenta y uno. Un pío discurso pronunciado por el reverendo Jabes Branderham en el templo de Gimmerden Sough». Y mientras me devanaba los sesos, de forma medio inconsciente, para adivinar cómo desarrollaría Jabes Branderham su tema, me desplomé sobre la cama y me dormí.

¡Ay de los efectos de un té malo y la mala sangre! ¿Qué más pudo ...