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DE ADOLF A HITLER

Thomas Weber  

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Fragmento

PRELUDIO

 

 

 

 

El 14 de diciembre de 1918 fue una jornada memorable para el nacionalsocialismo. Aquel apacible día, el candidato de un partido nacionalsocialista entró por primera vez en un Parlamento nacional. Tras el recuento de votos resultó que el 51,6 por ciento de los electores de la circunscripción de Silvertown, un barrio obrero de Essex pegado a Londres, había elegido a John Joseph «Jack» Jones, del Partido Nacionalsocialista, para representarlos en la Cámara de los Comunes británica.[1]

El nacionalsocialismo era el vástago de dos grandes corrientes políticas del siglo XIX. Su padre, el nacionalismo, era un movimiento de carácter emancipador, nacido durante la Ilustración, que aspiraba a transformar los estados dinásticos en estados nacionales, y a echar abajo todos los reinos e imperios durante el siglo y medio posterior a la Revolución francesa. Su madre, el socialismo, emergió cuando la industrialización se adueñó de Europa y generó una clase obrera empobrecida durante el proceso; alcanzó la mayoría de edad tras la gran crisis del liberalismo, desencadenada por el colapso de la Bolsa de Viena en 1873.

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Durante su infancia, el nacionalsocialismo medró sobre todo allí donde la volatilidad económica de finales del siglo XIX y principios del XX vino a coincidir con imperios dinásticos multiétnicos en crisis. No es de extrañar, por tanto, que los primeros partidos nacionalsocialistas se constituyeran en el Imperio austrohúngaro. El Partido Nacionalsocialista Checo se fundó en 1898. Más tarde, en 1903, surgió en Bohemia el Partido Obrero Alemán, que en mayo de 1918 cambió su nombre por el de Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y se dividió en dos ramas, una afincada en Austria y la otra en los Sudetes, los territorios bohemios de habla alemana. Asimismo, algunos sionistas hicieron públicos sus sueños «nacionales sociales».[2] El nacionalsocialismo no fue, por consiguiente, un hijo de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, sí alcanzó la pubertad durante ese conflicto, y creció políticamente cuando los socialistas de toda Europa se plantearon si debían apoyar o no las acciones bélicas de sus respectivos países, y cuando los políticos que se oponían al capitalismo y al internacionalismo rompieron con los partidos en los que militaban. Esos dos factores permitieron al nacionalsocialismo avanzar en Gran Bretaña hasta alcanzar el palacio de Westminster.[3]

Alemania, en cambio, se sumó más tarde a la historia del nacionalsocialismo. Pasaron seis años desde que Jack Jones salió elegido representante en la cámara baja del Parlamento británico hasta que el primer político nacionalsocialista alemán (bajo las siglas de Partido Nacionalsocialista de la Libertad) entró como representante electo en el Reichstag. Y hasta 1928, diez años después de aquel primer diputado nacionalsocialista de Gran Bretaña, los candidatos del partido que dirigía Adolf Hitler no fueron elegidos como miembros del Parlamento de la nación.

Cuando se fundó en Gran Bretaña el Partido Nacionalsocialista, en 1916, Adolf Hitler, el futuro líder del partido nacionalsocialista de Alemania, todavía era un tipo raro y solitario con opiniones políticas volubles. Su transformación en un líder carismático y un político intrigante con ideas nacionalsocialistas firmes y convicciones extremistas y antisemitas no comenzó hasta 1919, y no se completó hasta mediados de la década siguiente. Ocurrió en Múnich, adonde Hitler se mudó en 1913; una ciudad que, a diferencia de Silvertown y de muchas de las ciudades del imperio de los Habsburgo, se mantuvo políticamente estable hasta el fin de la Primera Guerra Mundial.

Aunque el tema central de este libro son los años transcurridos entre 1918 y mediados de la década de los veinte, cruciales en la vida de Hitler, también se relata el éxito tardío del nacionalsocialismo en Alemania. Además, se recoge la historia de la transformación política de Múnich, la capital de Baviera, ciudad donde Hitler se hizo un nombre, un lugar que tan solo unos años antes se habría considerado uno de los más improbables para el súbito estallido y triunfo de la demagogia y de la agitación política.

 

 

Cuando me hice historiador, jamás pensé que acabaría escribiendo tan exhaustivamente sobre Adolf Hitler. Como estudiante de posgrado fue todo un honor, y aún lo es, desempeñar un pequeño papel en la confección del primer volumen de la magistral biografía de Hitler escrita por Ian Kershaw, para el que me encargué de recopilar la bibliografía. Pero, teniendo en cuenta el gran número de excelentes estudios sobre esta figura publicados entre los años treinta y finales de los noventa —cuando apareció la biografía de Kershaw—, dudaba seriamente que pudiera decirse algo nuevo y relevante sobre el líder del Tercer Reich. Como alemán crecido en los años setenta y ochenta me preocupaba, además, al menos de forma inconsciente, que escribir sobre Hitler pareciese una disculpa. Es decir, me inquietaba regresar a mediados de siglo, cuando muchos alemanes intentaron culpar de los numerosos crímenes del Tercer Reich únicamente a Hitler y a un número reducido de personas en su entorno.

Sin embargo, cuando terminé de escribir mi segundo libro, a mediados de la primera década de este siglo, empecé a ser consciente de las taras que había en nuestra comprensión de Hitler. Por ejemplo, ya no estaba tan seguro de que supiéramos realmente cómo se convirtió en un nazi y de que pudiéramos, por tanto, sacar de su metamorfosis alguna lección adecuada para nuestros tiempos. No es que los historiadores precedentes carecieran de talento. Más bien al contrario; algunos de los mejores y más incisivos libros sobre Hitler se escribieron entre los años treinta y los setenta. Pero todas esas obras solo podían ser tan buenas como lo permitían las pruebas y las investigaciones al alcance en esa época, ya que todos estamos, necesariamente, sentados sobre hombros de gigantes.

En la década de los noventa, la idea establecida de que Hitler ya se había radicalizado siendo aún muy joven, en Austria, se reveló como una de sus propias mentiras interesadas. Los investigadores llegaron entonces a la conclusión de que si Hitler no se había radicalizado durante su adolescencia en la frontera entre Austria y Alemania, ni en su juventud en Viena, la metamorfosis política, por tanto, debió de ocurrir después. La nueva teoría sostuvo que Hitler se había convertido en un nazi debido a sus experiencias en la Primera Guerra Mundial, o a la combinación de estas con la revolución que transformó la Alemania imperial en una república. A mediados de la primera década de este siglo, esa teoría ya no tenía mucho sentido para mí, puesto que era incapaz de obviar sus muchos puntos débiles.

Así que me dispuse a escribir un libro sobre los años de Hitler durante la Primera Guerra Mundial y el impacto que tuvieron en el resto de su vida. Mientras me abría camino entre archivos y colecciones privadas en desvanes y sótanos de tres continentes, me di cuenta de que el relato que Hitler y sus propagandistas urdieron sobre sus años en la guerra no solo era una exageración con una base de verdad, sino que esa misma base era perversa. A Hitler no lo admiraron sus camaradas del ejército por su valentía fuera de lo común, ni fue tampoco el resultado típico de las experiencias bélicas que habían vivido los hombres del regimiento en el que servía. No era la personificación del soldado desconocido de Alemania a quien sus experiencias como correo en el frente occidental habían empujado al nacionalsocialismo y cuya única diferencia con sus camaradas eran sus extraordinarias dotes de mando.

El libro que escribí, La primera guerra de Hitler, reveló a alguien muy distinto de aquel que nos resultaba tan familiar. Tras alistarse como voluntario extranjero en el Ejército de Baviera, Hitler pasó toda la guerra en el frente occidental. Como la mayoría de los hombres de su unidad —el Decimosexto Regimiento Bávaro de Infantería de Reserva, conocido como el Regimiento List—, no se radicalizó por sus experiencias en Bélgica y el norte de Francia. Volvió del frente con ideas políticas confusas. Cualesquiera que fueran sus opiniones sobre los judíos por aquel entonces, no las consideró lo suficientemente importantes como para expresarlas. No hay ningún indicio de tensiones entre Hitler y los soldados judíos de su regimiento.[4]

Sus opiniones eran las de un austriaco que odiaba a la monarquía de los Habsburgo con todo su corazón y que soñaba con una Alemania unida. Por lo demás, parece que osciló entre las diferentes ideas colectivistas de izquierdas y de derechas. Contrariamente a lo que afirma en Mi lucha, no hay pruebas de que Hitler ya estuviera en contra de la socialdemocracia y otras ideologías izquierdistas moderadas. En una carta que le escribió en 1915 a un viejo conocido suyo de Múnich, desvelaba algunas de sus convicciones políticas durante la guerra. En ella expresaba, por ejemplo, la esperanza de «que aquellos de nosotros que tengamos la suerte de regresar a la patria encontremos un lugar más puro, menos infestado de influencias extranjeras; de que los sacrificios cotidianos y las penurias de cientos de miles de nosotros y los ríos de sangre que fluyen sin descanso día tras día contra un mundo internacionalista enemigo no solo ayuden a aplastar a los adversarios externos de Alemania, sino que hagan caer también al internacionalismo que habita entre nosotros». Y añadía: «Esto sería mucho más valioso que cualquier anexión territorial».[5]

En su contexto, se ve claro que el rechazo del «internacionalismo interno» de Alemania no debe leerse como dirigido en primer lugar y sobre todo contra los socialdemócratas. Hitler tenía en la cabeza algo más, también menos específico; un rechazo de cualquier idea que cuestionase la fe en la nación como punto de partida de toda interacción humana. Esto incluía la oposición al capitalismo internacional, al socialismo internacional (es decir, a los socialistas que, a diferencia de los socialdemócratas, no permanecieron del lado de su país durante la guerra, llevados por el sueño de un futuro sin estados ni naciones), al catolicismo internacional y a los imperios dinásticos multiétnicos. Sus ideas imprecisas de los tiempos de la guerra sobre una Alemania unida y libre de internacionalismos no apuntaban a ningún futuro político concreto. Por supuesto, su cabeza no era una tabula rasa. Pero los futuros posibles aún contenían un surtido bastante amplio de ideas políticas de izquierdas y de derechas entre las que se incluían ciertos rasgos socialdemócratas. En resumen, al término de la guerra su futuro político estaba aún por determinar.[6]

Aunque Hitler, como la mayoría de los integrantes del Regimiento List, no se radicalizó políticamente entre 1914 y 1918, fue, sin embargo, cualquier cosa menos el resultado típico de las experiencias bélicas vividas por los hombres de su unidad. Al contrario de lo que afirmaba la propaganda nazi, los soldados de la primera línea de aquel regimiento no lo ensalzaron por su valentía. En lugar de eso, a él y a los que, como él, prestaban servicio en los cuarteles generales del regimiento los trataban con desdén y los llamaban Etappenschweine (literalmente, «puercos de retaguardia»), porque en apariencia llevaban una vida fácil a varios kilómetros del frente. Pensaban, además, que los hombres como Hitler obtenían sus medallas al valor por besar la mano de los superiores en los cuarteles generales del regimiento.[7]

Objetivamente hablando, Hitler fue un buen soldado, concienzudo y meticuloso. Pero la historia de un hombre al que despreciaba la primera línea de su unidad, con un futuro político sin definir aún, no lo habría beneficiado cuando intentaba utilizar los años de servicio durante la guerra para labrarse una carrera política en la década de los veinte. Lo mismo ocurría con sus superiores, quienes, aunque valoraban su lealtad, no veían en él ningún talento para el mando; para ellos, Hitler era el prototipo de alguien hecho para obedecer, no para dar órdenes. Ciertamente, nunca estuvo al mando de ningún hombre durante toda la guerra, y, de hecho, sus camaradas del personal de apoyo —quienes, a diferencia de los soldados del frente, apreciaban su compañía— lo consideraban poco más que un solitario entrañable, alguien que no acababa de encajar y que no iba con ellos a los bares y burdeles del norte de Francia.

Hitler inventó en los años veinte una versión de sus experiencias durante la Primera Guerra Mundial que no tenía ninguna base real, pero que le permitió asentar un mito fundacional de sí mismo, del partido nazi y del Tercer Reich muy útil políticamente. En los años siguientes reescribiría el relato cada vez que fuera necesario para obtener ventajas políticas. Y asentó esta historia sobre esas supuestas experiencias de guerra tan implacablemente y con tanta eficacia que, durante décadas después de su muerte, se creyó que, en esencia, era verdad.

 

 

Pero, si la guerra no «hizo» a Hitler, cabe entonces preguntarse: ¿cómo fue posible que, en tan solo unos pocos años desde su regreso a Múnich, ese soldado del montón —ese tipo raro y solitario con unas ideas políticas volubles— se convirtiese en un demagogo nacionalsocialista profundamente antisemita? Igual de llamativo es que en cinco años escribiese un libro con la pretensión de resolver todos los problemas políticos y sociales del mundo. Desde la publicación de La primera guerra de Hitler, han aparecido unos cuantos libros que intentaban responder a estas cuestiones. En todos ellos se acepta, más o menos, que no fue la guerra la causante de la radicalización de Hitler y se propone que Hitler se convirtió en Hitler en el Múnich posrevolucionario, cuando absorbió unas ideas que ya eran moneda de uso corriente en la Baviera de posguerra. Se presenta a un Hitler movido por el deseo de venganza, que utilizó su talento oratorio para clamar contra los, a su juicio, responsables de la derrota alemana en la guerra y de la revolución. Por lo demás, no se le toma en serio como pensador y se recoge la idea de que, al menos hasta mediados de los años 1920, no mostró muchas dotes para la intriga política. En resumen, se le representa como alguien con unas ideas más bien inalterables y poca ambición personal, que se dejó llevar tanto por otras personas como por las circunstancias.[8]

Al leer los nuevos libros sobre Hitler de los últimos años, me pareció contrario al sentido común que, tal como afirmaban, absorbiera de pronto todo un conjunto completo de ideas políticas al término de la Primera Guerra Mundial y cargara con ellas el resto de su vida. Pero solo mientras escribía este libro me di cuenta de lo desencaminados que andaban esos autores. Hitler no fue un hombre vengativo con unas ideas políticas fijas, llevado por otros y sin demasiada ambición personal. Por entonces, también empecé a ver lo importantes que son los años de la metamorfosis de Hitler —desde el final de la guerra hasta que escribió Mi lucha— para comprender las dinámicas del Tercer Reich y del Holocausto.

La opinión de que simplemente absorbió unas ideas muy comunes en la Baviera de aquella época me parecía inverosímil porque su relación con Múnich y Baviera durante la guerra ya había sido de amor-odio. Como alguien que soñaba con una Alemania unida, un pangermanista, como se decía en aquellos años, a Hitler le molestaba profundamente el regionalismo bávaro, católico y antiprusiano, que anteponía de forma desmedida los intereses de Baviera y preponderaba en el más meridional de los estados alemanes y entre los soldados de su regimiento. Es importante recordar que Baviera, como entidad política, es bastante más antigua que Alemania y que entró a formar parte de esta cuando se constituyó el Imperio alemán, encabezado por Prusia, en 1871. El nuevo imperio era una federación de reinos y principados alemanes donde Prusia era solo el estado más extenso. Todos ellos conservaron gran parte de su soberanía: Baviera tenía su propio rey, sus Fuerzas Armadas y su Ministerio de Asuntos Exteriores. El emperador Guillermo, a pesar de sus bravuconadas, no era más que el primero entre iguales.

En el invierno de 1916-1917, el sentimiento antiprusiano y el regionalismo bávaro resurgieron con fuerza en Múnich, mientras Hitler se recuperaba de las heridas que había recibido en el muslo durante la batalla del Somme. De ahí que en lo posterior no mostrase el menor interés en visitar Múnich, en las dos ocasiones en que le concedieron un permiso. Prefirió, en ambas oportunidades, quedarse en Berlín, capital de Prusia y del Imperio alemán. Preferirla a Múnich significaba un rechazo doble a esta última. No era solo una decisión contra Múnich y Baviera, sino una a favor de Berlín y de Prusia, en una época en que nadie odiaba tan intensamente a los prusianos en toda Alemania como los bávaros, pues muchos de ellos pensaban que la culpa de que la guerra siguiera en marcha era de Prusia.[9]

Frente a la imagen que a veces se transmite de Baviera como cuna del partido nazi, su desarrollo político aparecía en un principio esperanzador, al menos hasta el fin de la Primera Guerra Mundial. Desde la perspectiva de antes de la guerra, era razonable pensar que, tarde o temprano, Baviera se acabaría democratizando por completo. La opinión, bastante común, de que la democracia alemana nació muerta debido a la revolución fallida e incompleta que tuvo lugar tras la guerra y que, en última instancia, condujo al país hacia el abismo después de 1933 se basa en la suposición errónea de que el cambio revolucionario hacia una república era una condición previa para la democratización de Alemania. Es una consecuencia de la excesiva devoción por el espíritu de las revoluciones americana y francesa de 1776 y 1789 respectivamente. Y una consecuencia, también, de la ignorancia en torno a lo que podría llamarse el espíritu de 1783, el último año de la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Aquel año señaló el comienzo de una era de reformas graduales, cambios progresivos y monarquía constitucional en Gran Bretaña y en el resto de su imperio. A lo largo del siguiente siglo, el espíritu de 1783 tuvo tanto éxito en todo el mundo como lo tuvieron el de 1776 y el de 1789 en la difusión de la libertad, del estado de derecho y de los ideales humanitarios, así como en la promoción de la democracia. Significativamente, la propia tradición democrática de Baviera compartía rasgos fundamentales con el espíritu de 1783, pero no con el de 1776 ni el de 1789.[10]

Antes de la guerra, Baviera se encaminaba hacia la democratización del sistema político. Los socialdemócratas, los liberales y el ala más progresista del Partido Católico de Centro habían aceptado las reformas graduales y la monarquía constitucional. Con sus actos, los miembros de la familia real bávara habían dado el visto bueno también, antes de la guerra, a la transición hacia una democracia parlamentaria. En especial el príncipe heredero, Ruperto, pretendiente de los Estuardo a la corona británica y conocido por sus libros de viajes etnográficos, en los que recogía sus aventuras alrededor del mundo (China, India y Japón incluidos) y sus marchas en caravana, de incógnito, a través de Oriente Medio hasta Damasco, adonde lo llevaron los judíos de la ciudad. Pero también la hermana del rey Luis, la princesa Teresa de Baviera. No solo se convirtió en una zoóloga, botánica y antropóloga de prestigio y exploró los desiertos de Sudamérica, el interior de Rusia y otras partes del mundo, sino que además era conocida, dentro de la familia, como «la tía demócrata».[11]

La princesa Teresa era la personificación, en muchos aspectos, del lugar donde vivía y en el que nacería el partido nazi; Múnich, una vieja ciudad medieval que fue ya en aquella época la cuna de la casa de Wittelsbach, los regentes de Baviera. Sin embargo, como Baviera fue durante mucho tiempo uno de los lugares más aislados de Europa, Múnich no tuvo nunca la importancia de otros grandes centros urbanos del continente. Su transformación en una elegante ciudad, consagrada a las artes, empezó en el siglo XVIII. Cuando Hitler llegó, era famosa por su belleza, su ambiente artístico y su liberalismo, que coexistían con las tradiciones populares bávaras, marcadas por el catolicismo, la cultura de las cervecerías, los Lederhosen (pantalones cortos de cuero) y las bandas de música. Schwabing, el barrio más bohemio de la ciudad, era como el Montmartre parisino; pero solo unas calles más allá, la vida seguía pareciéndose a la de la Baviera rural, debido a la gran afluencia de inmigrantes campesinos que se habían mudado allí desde las zonas rústicas del Estado unas décadas antes. Difícilmente alguien habría podido imaginar en el Múnich de antes de la guerra que aquella ciudad sería la cuna del extremismo político.

 

 

Cuando escribí La primera guerra de Hitler, vi claro que las explicaciones anteriores acerca de cómo Hitler llegó a convertirse en nazi ya no se sostenían. La investigación y la escritura del libro me permitieron comprender el papel que realmente representó la guerra en el desarrollo de Hitler, así como la importancia política que tendría en los años venideros su relato inventado sobre su experiencia bélica. Pero todo esto dio pie a un nuevo enigma: ¿cómo es posible que Hitler se transformara, en tan solo un año, en un consumado propagandista del incipiente partido nazi, y que muy poco después llegara a convertirse no solo en el jefe de ese partido sino también en un político hábil e intrigante?

La respuesta que se ha dado en varias ocasiones y con distintas variantes, desde la publicación de Mi lucha, ha consistido en presentar a Hitler como un hombre que volvió de la guerra con una inclinación derechista radical, si bien imprecisa; alguien que mantuvo la cabeza gacha durante los meses de la revolución de la que fue testigo en Múnich y que, de pronto, en el otoño de 1919, se politizó al empaparse como una esponja y asimilar las ideas de una serie de personas que conoció por entonces en el ejército, en Múnich.[12] Aun respetando al máximo a los historiadores que promueven esa versión de los hechos, las pruebas de que disponemos acerca de cómo Hitler se convirtió en un nazi apuntan, tal como sostengo en este libro, en otra dirección muy diferente.

De Adolf a Hitler también refuta la opinión de que Hitler no era más que un nihilista y un tipo mediocre y vulgar. También rebate el que, hasta la escritura de Mi lucha, actuase solamente como «escudero» de otros. Este libro se opone a la propuesta de que Hitler se comprende mejor si se lo considera alguien «dirigido» por algún otro y de que fue poco más que una superficie casi vacía donde los alemanes pudieron proyectar sus deseos e ideas. Es más, este libro rechaza la creencia de que Mi lucha sea tan solo la recopilación de las ideas que Hitler difundió desde 1919.

Según sus propias declaraciones en Mi lucha, la cuasiautobiografía publicada a mediados de los años veinte, se convirtió en el Hitler que todos conocemos al final de la guerra, en medio de la revolución de izquierdas que estalló a principios de noviembre y que acabó con todas las monarquías alemanas. En aquel tiempo, estaba de vuelta en Alemania tras haber sido víctima de un ataque con gas mostaza en el frente occidental. En Mi lucha describió su reacción cuando el pastor del hospital militar de Pasewalk, cerca del mar Báltico, le transmitió las últimas noticias; que la revolución había estallado, la guerra había terminado y Alemania había perdido. Según dice en Mi lucha, salió corriendo de la sala mientras el pastor estaba hablando aún a los pacientes: «No podía permanecer allí más tiempo. Mientras la negrura cubría de nuevo mis ojos, tropezando, a tientas, llegué a mi dormitorio, me dejé caer en mi catre y enterré mi cabeza enardecida entre las mantas y las almohadas».[13]

La forma en que Hitler describe el retorno de su ceguera, que experimentó por primera vez en el frente occidental tras un ataque con gas de los británicos a mediados de octubre, es el clímax de la dramática conversión que presuntamente haría de él un líder político de derechas. Cuenta cómo, tras conocer las noticias sobre el estallido de la revolución socialista, mientras pasaba las noches y los días padeciendo «todo el dolor de mis ojos», vio claro su futuro: «Fuera como fuese, el caso es que decidí convertirme en político».[14]

Las doscientas sesenta y siete páginas previas de Mi lucha son solo un preámbulo de esta única frase, detalles acerca de cómo la niñez en la Austria rural, la temporada en Viena y, sobre todo, los cuatro años y medio que pasó en el frente occidental como parte del Decimosexto Regimiento Bávaro de Infantería de Reserva hicieron de él un nacionalsocialista; acerca de cómo dejó de ser un soldado desconocido para convertirse en la personificación del soldado desconocido alemán.[15] En resumen, cómo se metamorfoseó, primero, en alguien a quien la sola mención de una revolución socialista podía dejar ciego y, de ahí, en un extremista de derechas, un antisemita y un líder político antisocialista. La forma en que Hitler habla de su vida en Mi lucha sigue el patrón de la Bildungsroman, reconocible de inmediato para casi cualquier lector del momento; se trata de un tipo de novela que cuenta el proceso de maduración y desarrollo, tanto moral como psicológico, durante los años de formación de un personaje, mediante su salida al mundo en busca de aventuras.[16]

Nuestro relato comienza inmediatamente después de que Hitler recibiera el alta en Pasewalk, tras su dramática —y presunta— conversión. Se divide en tres partes y cuenta dos historias paralelas: cómo se convirtió Hitler en un nazi y llegó a ser ese líder que todos enseguida reconocemos, y cómo construyó una versión alternativa, ficticia, de esa metamorfosis. Las dos historias se entrelazan, porque la forma en que Hitler urdió esa versión alternativa sobre aquella metamorfosis es un componente esencial de su intento de hacerse un hueco a su medida en la política y de crear en los demás la conciencia de un vacío que solo él podía llenar. En otras palabras, solo al contar ambas historias se podrán apreciar en su medida el político manipulador e intrigante que fue Hitler.

 

 

 

 

PRIMERA PARTE


Génesis

1

GOLPE DE ESTADO

20 DE NOVIEMBRE DE 1918 - FEBRERO DE 1919

 

 

 

 

El 20 de noviembre de 1918, poco después de su convalecencia en el hospital militar de Pasewalk, Adolf Hitler, con veintinueve años de edad, se vio obligado a elegir. A su llegada a la Stettiner Bahnhof de Berlín, camino de Múnich —donde debía presentarse ante la unidad de desmovilización de su regimiento—, se encontró con varias rutas posibles hacia la Anhalter Bahnhof, la estación de la que partían los trenes a Baviera. Lo más fácil era escoger la más corta, que consistía en cruzar el centro de Berlín por la Friedrichstrasse. Por allí probablemente oyera, a lo lejos, la inmensa manifestación socialista que desfilaba aquel día ante el que había sido hasta la reciente huida del emperador Guillermo II el Palacio Real.[17]

Otra opción era interponer la mayor distancia posible entre él y los socialistas revolucionarios. Hitler podría haberlo hecho fácilmente, sin perder mucho tiempo, si se hubiera dirigido al oeste, hacia la zona desde la que gobernaría el Tercer Reich años después, ya que la Anhalter Bahnhof quedaba al suroeste de donde él se encontraba y la manifestación al este. Una tercera opción consistía en desviarse hacia el este para ver de cerca el homenaje de los socialistas a los obreros asesinados diez días antes, en plena revolución.

Siguiendo la lógica de su relato en Mi lucha, donde narra cómo la semana anterior, mientras aún estaba en Pasewalk, las noticias sobre la revolución le habían hecho politizarse y radicalizarse, las dos primeras opciones eran, en realidad, las únicas posibles, siendo la segunda la más razonable. Si su propio testimonio acerca de cómo llegó a convertirse en un nazi fuese cierto, sin duda debería haber interpuesto la mayor distancia posible entre él y los socialistas revolucionarios. Ese habría sido el mejor modo de no arriesgarse a perder la vista de nuevo y de evitar exponerse a una doctrina que lo repugnaba.

Sin embargo, Hitler no hizo nada para esquivar la concentración socialista. Contradiciendo flagrantemente la descripción que hace en Mi lucha del retorno de su ceguera y de cómo esta lo ayudó a cerrar los ojos a la revolución, buscó la compañía de los radicales de izquierdas para presenciar y experimentar el socialismo en vivo. De hecho, en otro pasaje de Mi lucha, sin darse cuenta, admite que se desvió literalmente de su camino para asistir a la demostración de fuerza que hicieron los socialistas aquel día. «En Berlín, justo después de la guerra, presencié una multitudinaria manifestación marxista frente al Palacio Real y en el Lustgarten —escribió—. Un océano de banderas rojas, pañuelos rojos, flores rojas, le daban a esta manifestación [...] un aspecto imponente, al menos en la superficie. Pude sentir y experimentar personalmente con cuánta facilidad un hombre del pueblo sucumbe al sugestivo encanto de un espectáculo tan grandioso e impactante.»[18]

El comportamiento de Hitler en Berlín, en efecto, no es el de un individuo marcado por una reciente conversión al nacionalsocialismo y profundamente hostil a los socialistas revolucionarios. Así, sentado ya en el tren que lo llevaba de vuelta a Múnich, una ciudad donde la insurrección de la izquierda había sido mucho más radical que en Berlín, estaba por ver cómo afectaría a Hitler la exposición cotidiana a la realidad revolucionaria.

Hitler subió al tren en la Anhalter Bahnhof no porque profesara un afecto especial a esa ciudad y a sus habitantes, sino por dos razones bien distintas. La primera era que no tenía elección. La unidad de desmovilización del Regimiento List se encontraba en esa ciudad y le habían ordenado que regresase a la capital bávara. La segunda era que la mejor manera de retomar el anhelado contacto con sus compañeros de batalla, con los que había servido en el cuartel general del regimiento, consistía en dirigirse a Múnich.[19]

Aunque lo trataron siempre como a un bicho raro, Hitler sentía un gran apego por sus hermanos de armas, los auxiliares del cuartel general; al contrario de lo que sentía por los hombres de las trincheras. Como prácticamente había perdido el contacto con sus conocidos de antes de la guerra y, tras quedar huérfano a los dieciocho, había roto relaciones con su hermana, su hermanastra, su hermanastro y el resto de su parentela, el personal auxiliar del cuartel general de su regimiento se había convertido casi en su nueva familia adoptiva. Durante la guerra, había preferido siempre la compañía de sus colegas de cuartel a cualquier otra. En el mismo instante en que Hitler se dirigía al sur desde Berlín, los hombres del Regimiento List se estaban desplegando en Bélgica, pero era solo cuestión de tiempo que los miembros del cuartel general del regimiento volvieran a Múnich. Mientras el tren de Hitler resoplaba por las llanuras y valles del centro y del sur de Alemania, él estaría, a buen seguro, muriéndose de ganas de reunirse pronto con sus compañeros, a quienes tanto quería.[20]

Ya en Múnich, se encaminó a los barracones de la unidad de desmovilización del regimiento en Oberwiesenfeld, al noroeste de la capital bávara. En el trayecto, se topó con una ciudad desfigurada por más de cuatro años de guerra y dos semanas de revolución. Dejó a su espalda fachadas derruidas y calles repletas de socavones; una ciudad despellejada y gris donde la vegetación crecía sin control y los parques no se distinguían del baldío.

Un panorama desalentador para quien se concebía a sí mismo, a pesar de ser súbdito del Imperio austrohúngaro, como un austroalemán entre alemanes bávaros. Las banderas blanquiazules de Baviera se habían desplegado en todas partes para dar la bienvenida a los guerreros retornados, mientras que aquí y allá, unas cuantas banderas de Alemania testimoniaban la supremacía que la ciudad otorgaba a la identidad bávara sobre la alemana, hecho que disgustó profundamente a Hitler la última vez que pisó Múnich, en el invierno de 1916-1917. Para mucha gente, la «cuestión alemana» —es decir, si todos los territorios germanoparlantes debían vivir unidos bajo un mismo techo— aún no estaba zanjada.[21]

En las calles de Múnich conoció una variante del poder socialista que, a tenor de sus declaraciones posteriores, debería haber repudiado con más vehemencia incluso que la que experimentó en Berlín. Aunque la tradición política de Baviera se había caracterizado siempre por ser más moderada que la de Prusia, mientras que la revolución berlinesa la había encabezado el Partido Socialdemócrata Moderado (SPD), en Múnich fue el ala más radical de la izquierda, escindida en el Partido Socialdemócrata Independiente (USPD), la que tomó el control de la situación. A pesar de que solo una ínfima base popular simpatizaba con los izquierdistas radicales, estos actuaron con mayor decisión y lograron imponerse en Baviera.

Sin comprender las peculiaridades que distinguieron la revolución bávara de las del resto de Alemania, es imposible entender por qué, más adelante, Baviera facilitó a Hitler una plataforma para lanzar su carrera política. Los sucesos de finales de 1918 y principios de 1919 destruyeron la estructura que sustentaba la tradición moderada de Baviera y crearon, por tanto, las condiciones apropiadas para que Hitler emergiera como nacionalsocialista.[22]

La falta de un líder experimentado —tras la renuncia del que fuera durante tanto tiempo presidente, el débil y achacoso Georg von Vollmar— y la pérdida de fe en las reformas graduales y en los pactos con sus oponentes, impidieron a los socialdemócratas moderados de Baviera capitalizar el repentino brote de agitación política de noviembre de 1918. En los últimos días de la guerra, estallaron protestas por toda Alemania, con las que se exigía más democracia y el fin inmediato de las hostilidades. La ineptitud de los «socialdemócratas del rey de Baviera» —como se los llamaba jocosamente—, para lidiar con la situación, quedó en evidencia la soleada tarde del 7 de noviembre, durante la manifestación masiva que colapsó Theresienwiese, sede de la más famosa fiesta popular de Múnich, el Oktoberfest. La marcha se había convocado para exigir tanto la paz inmediata como la abdicación de Guillermo II, el emperador alemán, más que para embarcarse en aventuras revolucionarias o reclamar el fin de la monarquía como institución.[23]

Entre los asistentes, los moderados eran mucho más numerosos que los radicales. Sin embargo, cuando el acto acabó, los primeros carecían de líderes indiscutibles, así que el cabecilla de los socialdemócratas independientes, Kurt Eisner, aprovechó la ocasión. Eisner y sus camaradas afluyeron hacia los barracones militares de Múnich para invitar a los soldados a unírseles en su acción revolucionaria directa, mientras que los socialdemócratas moderados y la mayoría de los presentes en el acto se iban a su casa a cenar y a dormir.[24]

Cuando Eisner y los suyos alcanzaron las instalaciones militares, las instituciones estatales bávaras se mostraron incapaces de responder al movimiento revolucionario que estaba tomando la ciudad. Viéndolo retrospectivamente, la causa de que aquella noche el viejo orden colapsara fue la suma de las acciones individuales. Sin embargo, no era lo que pretendían quienes secundaron la acción del USPD ni sucedió como se lo habían planteado.

La gente respondió, en muchos casos de un modo perfectamente racional, a hechos determinados sin pararse a observar, ni mucho menos a analizar, el conjunto, y sin anticipar, por tanto, las consecuencias de sus actos. Por ejemplo, oponer resistencia a las acciones de Eisner y su grupo, que no representaban un peligro inminente para la integridad del rey de Baviera, habría parecido absurdo entrada ya la noche del 7 de noviembre por una razón muy sencilla; por la tarde, el rey Luis III, sin otro equipaje que la caja de cigarros que llevaba encima, había abandonado Múnich, según él por poco tiempo, para capear el temporal.[25]

Con el rey fuera de la ciudad y los miembros del Gobierno en sus casas, ni uno ni otros habían corrido un peligro inmediato. Cuando los revolucionarios del USPD llegaron a los primeros barracones militares, los oficiales al mando decidieron que no había necesidad de entablar una lucha, así que permitieron a los soldados abandonar sus puestos y unirse a los revolucionarios por las calles de Múnich si lo deseaban. Con una sola excepción, escenas parecidas ocurrieron en los cuarteles de toda la ciudad, incluido el regimiento de Hitler. En el trance, se efectuaron algunos disparos.[26]

Antes de la tarde del 7 de noviembre, pocos signos había de que el pueblo de Múnich desease un cambio revolucionario. La fotógrafa Renée Schwarzenbach-Wille, que había visitado a su amiga y amante Emmy Krüger los días previos a la revuelta, abandonó Múnich para volver a su Suiza natal sin haber percibido el más mínimo indicio de que una revolución fuese a estallar horas después. La madre de Renée escribió en su diario, tras el regreso de su hija: «No notó nada y, sin embargo, ¡aquella noche teníamos una república en Baviera!».[27]

Solo unos pocos líderes decisivos e idealistas de la izquierda radical, algunos de ellos soñadores en el mejor sentido de la palabra —o al menos no en el sentido literal, como los socialdemócratas moderados—, participaron en los hechos aquella noche. Según Rahel Straus, médico y militante sionista que asistió a la manifestación vespertina: «Un puñado de gente —al parecer, desnuda y hambrienta— aprovechó la ocasión y prendió la mecha revolucionaria».[28]

Alrededor de la medianoche, cuando casi todo el mundo en Múnich dormía a pierna suelta, Eisner declaró Baviera un Freistaat, una república libre —textualmente, un Estado libre— y conminó a los redactores de los periódicos a que contribuyeran para hacer más firme la proclama en las ediciones matutinas. La revolución bávara fue en realidad un golpe de Estado del ala radical de la izquierda que poca gente esperaba y aún menos había visto venir. No fue una oleada popular de protestas, encabezada por Eisner, que desembocó en una revolución; lo que ocurrió más bien fue que Eisner esperó a que la masa y sus cabecillas se fueran a dormir para usurpar el poder. Tal como la oficina de prensa del recién establecido Consejo de Obreros, Soldados y Campesinos telegrafió al Neue Zürcher Zeitung de Suiza: «Literalmente con nocturnidad, en la noche del jueves al viernes, el golpe, dirigido con maestría, fue consumado después de una enorme manifestación».[29]

La mañana del 8 de noviembre, cuando Múnich se despertó, mucha gente tardó en darse cuenta de que aquel no iba a ser un día como los demás. Por ejemplo, Ernst Müller-Meiningen, uno de los líderes de los liberales bávaros, le dijo a la mujer, que le transmitió las graves noticias sobre lo ocurrido esa noche, que aquel no era el día de los Santos Inocentes. Luis III, que se había trasladado a un castillo en las afueras de Múnich, no se enteró hasta por la tarde de que era un rey sin reino.[30]

Como escribió en su diario Josef Hofmiller, profesor de secundaria de un instituto de Múnich y ensayista de corte conservador moderado: «Múnich se fue a dormir como la capital del reino de Baviera pero amaneció como la capital de un “Estado popular” bávaro».[31] Y uno añadiría incluso que cuando el tren de Hitler llegó a Múnich, a mediados de ese mismo mes, el futuro dictador puso el pie en una ciudad que contaba con una impecable tradición política moderada, una ciudad que, a pesar de haber sufrido hacía muy poco una drástica toma del poder por parte de una minoría sectaria, era una candidata improbable para dar a luz un movimiento político que traería al mundo una violencia y una destrucción sin precedentes.

 

 

Cuando el 21 de noviembre de 1918 se presentó por fin ante el Batallón de Reserva del Segundo Regimiento de Infantería, la unidad de desmovilización del Regimiento List, en el que había servido, Hitler se vio de nuevo obligado a elegir. Podía optar por la desmovilización y regresar a casa, el procedimiento habitual de los que no eran soldados profesionales, ahora que la guerra había terminado. Tanto era así, que a los hombres que se presentaban ante las unidades de desmovilización les pasaban los papeles de la licencia preimpresos. También podía aceptar la desmovilización y unirse a uno de los derechistas Freikorps, como se conocía a las milicias que luchaban en los territorios fronterizos del este de Alemania contra nacionalistas polacos y bolcheviques rusos o protegían de la desintegración la frontera sur del país. Esta última era la opción que cabría esperar de alguien tan políticamente hostil al brote revolucionario socialista.[32]

Pero Hitler dio el inusual paso de rechazar la desmovilización y, en consecuencia, servir al nuevo régimen revolucionario, enrolándose en la Séptima Compañía del Primer Batallón Ertsazt del Segundo Regimiento de Infantería. En palabras de Hofmiller, fueron sobre todo «los adolescentes, los patanes y los amigos de no dar golpe» quienes tomaron la misma decisión que Hitler y se quedaron en el ejército; en cambio, los soldados «buenos, maduros y trabajadores volvieron a sus casas». La mayoría de ellos, anota, «volvieron a casa. La larga guerra los había extenuado. Nuestro pueblo anhelaba profundamente la paz».[33]

En el Múnich posrevolucionario, los hombres como Hitler, que se habían resistido a la desmovilización, se dedicaban a vagar por las calles. Su llamativa apariencia no tenía nada que ver con el disciplinado atavío que habían lucido en la retaguardia durante la guerra. «Llevaban las gorras de campo ladeadas de un modo atrevido, desafiante. En hombros y pechos lucían adornos rojos y azules, lazos, galones y florecillas», observaba Victor Klemperer, académico y periodista de origen judío, en una visita a Múnich en diciembre de 1918. Klemperer añadía: «Pero todos evitaban cuidadosamente la combinación de rojo, blanco y negro [los colores de la Alemania Imperial] y en sus gorras no se veía ni rastro de la escarapela imperial, aunque conservaban la de Baviera».[34] Había muy poco de contrarrevolucionario en el comportamiento de los soldados por las calles de Múnich. En una ocasión, los integrantes de uno de los grupos entonaron por turnos marchas militares bávaras y la «marsellesa» alemana de los trabajadores, una canción socialista que se cantaba con la melodía del himno nacional francés y cuya letra decía: «¡Permanezcamos juntos y luchemos! ¡Sin temer al enemigo! ¡Marchemos, marchemos, marchemos, marchemos! ¡Sobre el dolor, si es preciso, y la penuria, por la libertad, el pan y la justicia!».[35]

La reputación de la unidad Ersatz, de la que Hitler formaba parte, y de sus unidades hermanas de Múnich, no se cifraba simplemente en que ayudaban a sostener la revolución, sino en que, como vanguardias del cambio radical, habían colocado la revolución en primer término. Algunos incluso se referían a los militares desplegados por la ciudad como «soldadesca bolchevique».[36] De hecho, en los días posteriores a la revolución, se vio a pandillas de soldados del Segundo Regimiento de Infantería que marchaban por Múnich con banderas rojas.[37]

La decisión de Hitler de permanecer en el ejército no obedeció necesariamente a consideraciones políticas. Como su única red social era el personal auxiliar del cuartel general del regimiento, rehusar la desmovilización sin duda fue una consecuencia, al menos en parte, de la toma de conciencia de carecer de familiares o amigos a los que volver. No es, desde luego, inconcebible que los motivos puramente crematísticos jugaran un papel determinante en su decisión de no abandonar el ejército. Había vuelto de la guerra pobre de solemnidad. Sus ahorros al término de la contienda ascendían a quince marcos con treinta peniques, aproximadamente un 1 por ciento del salario anual de un obrero. Si hubiera optado por la desmovilización habría tenido que enfrentarse a la perspectiva de vivir en la calle, a menos que hubiese encontrado un trabajo inmediatamente, lo cual no solo no era fácil, sino casi una hazaña en tiempos de posguerra. Dirigirse al consulado austriaco habría resultado completamente inútil, puesto que Múnich estaba atestada de austriacos. Según el consulado, se suponía que la misión diplomática de Austria en Múnich debía prestar asistencia a doce mil familias austriacas, para lo cual sencillamente carecía de recursos.[38]

Quedarse en la milicia, por el contrario, proveía a Hitler de alojamiento gratis, comida y un sueldo mensual de unos cuarenta marcos. Más tarde, confirmaría en privado cuán importantes habían sido para él los suministros que recibió del ejército: «Solo ha habido un tiempo en el que estuve libre de preocupaciones; los seis años que pasé en las fuerzas armadas», afirmó el 13 de octubre de 1941, en uno de sus monólogos. En el cuartel general «nada se tomaba demasiado en serio; me dieron ropas —si no de muy buena calidad, sí dignas— y alimento; también un techo, y permiso, además, para sestear donde quiera que me apeteciese».[39]

Su principal motivo para no acogerse a la desmovilización bien pudo ser meramente oportunista. Pero como quiera que fuese, con su activa y poco común decisión de no dejar el ejército, Hitler demostró que le traía sin cuidado servir al nuevo régimen socialista si eso le permitía librarse de la pobreza, de la falta de hogar y de la soledad. En resumen, cuando menos, el oportunismo había triunfado sobre la política.

La labor de Hitler no le permitió pasar desapercibido, pues a los soldados de Múnich se les había encomendado sostener y defender el nuevo orden. Como un creciente número de personas estaba dispuesto a desafiar al nuevo régimen, Kurt Eisner tuvo que renunciar a sus convicciones pacifistas y resignarse al apoyo prestado por aquellos soldados de Múnich que, al igual que Hitler, habían optado por no desmovilizarse. Josef Hofmiller anotó en su diario el 2 de diciembre: «La multitud se encaminó al Ministerio de Asuntos Exteriores para exigirle a Eisner que diese la cara y que presentase su dimisión. Pero de inmediato apareció un vehículo militar. Sus armas apuntaron directamente a la multitud, que se dispersó enseguida. Los soldados ocuparon el [cercano] [hotel] Bayerischer Hof».[40]

Una de las tareas de Hitler y sus compañeros de filas en Múnich consistía en proteger al régimen de los brotes antisemitas, que habían proliferado y cuya causa no era, de ningún modo, que los judíos implicados en la revolución no fuesen de Baviera —ni Eisner ni su asesor principal, Felix Fechenbach, eran bávaros—. Rahel Straus y algunos de sus amigos de la comunidad judía de Múnich se habían sentido preocupados desde que Eisner se hiciera con el Gobierno, por cómo pudiera afectar la revolución a las actitudes frente a los judíos. «Encontrábamos preocupante que tantos judíos hubieran llegado de pronto a ser ministros —recordaría Straus muchos años después—. Las cosas estaban probablemente peor en Múnich, no porque hubiera un gran número de judíos entre los líderes, sino porque incluso el personal y los trabajadores de los edificios oficiales lo eran [...]. Aquello fue una gran desgracia, el principio de la catástrofe judía [...]. Y no es que nos hayamos dado cuenta ahora. Lo sabíamos entonces, y bien que lo dijimos.»[41]

Efectivamente, pocas horas después del desmoronamiento del viejo orden, se alzaron voces en Múnich que denunciaban que el nuevo régimen estaba en manos de judíos. Por ejemplo, la cantante de ópera Emmy Krüger, la amiga y amante de Renée Schwarzenbach-Wille, registró el 8 de noviembre en su diario: «Soldados andrajosos con banderas rojas, ametralladoras “para guardar el orden”, gritan y disparan a diestro y siniestro; la revolución en su pleno apogeo [...] ¿Y quién está en el poder? ¡Kurt Eisner, el judío! ¡Santo cielo!».[42] Y ese mismo día, Hofmiller escribía también en su diario: «Nuestros compatriotas judíos parecían inquietos por si la furia de la masa se volvía contra ellos». Además, se pegaron octavillas que atacaban a Eisner y a los judíos en general en los muros del Feldherrnhalle, el monumento que conmemoraba las pasadas victorias militares de Baviera y la sede de muchas asambleas públicas.[43]

 

 

Una semana después de llegar a Múnich, la decisión de Hitler de quedarse en el ejército dio sus frutos. Le permitió volver a contactar con el miembro más querido de su «familia adoptiva» del frente, Ernst Schmidt, pintor e integrante de un gremio afiliado al Partido Socialdemócrata. Al igual que Hitler, Schmidt había elegido quedarse en el ejército cuando, el 28 de noviembre, se presentó ante la unidad de desmovilización del Regimiento List. Schmidt había regresado a Múnich antes de que los otros miembros del regimiento empezaran a llegar a la capital bávara, ya que se había licenciado a primeros de octubre. Debido al colapso del frente occidental, no le habían requerido para volver al norte de Francia y a Bélgica.

Durante la guerra, Schmidt sirvió, al igual que Hitler, como enlace para el cuartel general en el frente occidental. Este no era, ni mucho menos, el único rasgo que ambos compartían. No eran bávaros; habían nacido el mismo año, a unas millas de la frontera bávara —Schmidt procedía de Würzbach, en Turingia, mientras que Hitler vino al mundo en la frontera sur de Baviera, en Brannau am Inn, en Alta Austria—. Los dos se habían criado en la Austria de antes de la guerra y su mutua pasión era pintar; Hitler postales, Schmidt ornamentos. Incluso se parecían bastante físicamente; ambos eran delgados, aunque Hitler era ligeramente más alto y Schmidt tenía el pelo rubio. Schmidt, como Hitler, era soltero, y como aquel, no mostraba en apariencia ningún interés por las mujeres más allá de lo superficial; también al igual que Hitler, carecía de una familia y un hogar al que volver. La única diferencia real entre ambos estribaba en su educación religiosa, ya que Hitler era, al menos nominalmente, católico, mientras que, como muchos de los futuros nacionalsocialistas, Schmidt era protestante. Aparte de esto, los dos amigos se mostraban y actuaban casi como gemelos.[44]

Con el retorno de Schmidt a Múnich, Hitler podía aferrarse a la esperanza de continuar con la vida que había llevado durante la guerra en el cuartel general del regimiento, tan satisfactoria para él desde el punto de vista emocional. Si el ulterior testimonio de Schmidt es digno de confianza, tras su reencuentro, los dos amigos pasaban el tiempo clasificando uniformes militares, y Hitler mantenía las distancias con todo el mundo menos con él. Se puede asegurar, sin temor a equivocarse, que los dos amigos esperaban ansiosamente el retorno de sus colegas del cuartel general del regimiento.[45]

En resumen, durante las dos semanas que pasó en la capital bávara, tras su regreso de la guerra, Hitler se comportó de una forma muy diferente a la del relato que la propaganda nacionalsocialista difundió sobre cómo había llegado a convertirse en el líder del nacionalsocialismo. No era más que un vagabundo y un oportunista que muy pronto se acomodó a la nueva realidad política. No había nada de antirrevolucionario en su comportamiento.

El Múnich que había conocido estaba ahora a merced de los socialistas revolucionarios, quienes, a diferencia de los líderes bolcheviques, evitaron el uso de la fuerza durante su rebelión. Su revolución fue, en gran medida, incruenta, y su líder, Kurt Eisner, trató de tender puentes hacia los socialdemócratas más centristas y los conservadores moderados. Pero como se comprobó en las semanas y meses posteriores, el futuro de Baviera no dependía de que Eisner cumpliera o no sus objetivos políticos, sino del hecho de que su golpe de Estado había destruido las instituciones y las tradiciones políticas bávaras sin reemplazarlas por otras nuevas y sostenibles. Mientras tanto, Hitler mostraba pocos signos de que estos hechos lo afectasen. Sin embargo, el futuro dictador del Tercer Reich no era un apolítico, sino, como ya se ha dicho, un oportunista, cuya urgente necesidad de no quedarse solo en el mundo triunfó sobre cualquier otra motivación.

 

 

El sueño de Hitler de reunirse con sus colegas de la guerra no se hizo realidad. La semana previa al regreso a Múnich de sus hermanos de armas del Regimiento List, el 5 de diciembre, por la mañana temprano, él y Schmidt hicieron las maletas en Luisenschule, un colegio que se alzaba al norte de la Estación Central de Múnich. Allí estaba alojada la unidad, y allí fue donde Hitler se había estado recuperando en el invierno de 1916-1917 de las heridas que había recibido en el Somme. Se pusieron ropa de montaña y emprendieron un breve viaje que les llevaría a Traunstein, una pequeña y pintoresca ciudad al sureste de Múnich, próxima a los Alpes, donde prestarían servicio en un campo de prisioneros de guerra y reclusos civiles.[46]

En el tren, los dos amigos formaban parte de los ciento cuarenta reclutas y dos oficiales del batallón Ersatz del regimiento destinados a dicha ciudad en la frontera sur con Austria. En total, se escogió a quince hombres de la compañía de Hitler para trabajar en el campo de prisioneros. Su estado de salud podría muy bien haber contribuido a que los seleccionaran para esa misión, pues los paisanos de Traunstein calificaron a la unidad en la que prestaba servicio de «escuadrón de convalecientes».[47]

Hitler y Schmidt sostendrían después, por puro ventajismo político, que habían ido a Traunstein como voluntarios, para reforzar así el relato de que el futuro líder del partido nazi regresó de la guerra convertido en un boyante nacionalsocialista, y que, por tanto, el Múnich revolucionario no le había provocado sino repulsión. En Mi lucha, Hitler asegura que el servicio en «el batallón de reserva de mi regimiento, que estaba en manos de los consejos de “soldados” [...] me repugnaba en tal grado que decidí enseguida poner tierra de por medio en la medida de lo posible. Junto a mi leal camarada Ernst Schmiedt, me fui a Traunstein y de allí no me moví hasta que el campo fue desmantelado».[48] Schmidt, por su parte, declararía después que, cuando pidieron voluntarios para ir Traunstein, «Hitler me dijo: “Anda, Schmidt, vamos a apuntarnos, tú y yo. No puedo soportar esto”. ¡Ni yo tampoco podía! Así que dimos un paso al frente».[49]

Las declaraciones de Hitler y de Schmidt son incongruentes. Aunque se hubieran ofrecido como voluntarios para cumplir con su deber en el campo de prisioneros, su acción no habría estado dirigida contra el nuevo Gobierno revolucionario, puesto que los dos hombres siguieron sirviendo al mismo régimen en Traunstein. Los consejos de soldados existían en otras partes de Baviera igual que en Múnich, pues los consejos revolucionarios se habían constituido en unidades militares por todo el Estado, en las fábricas, en las zonas agrarias, convencidos de que, más aún que el parlamento, ellos representaban ahora la voluntad popular y tenían poder para dirigir los cambios políticos. Solo uniéndose a los Freikorps o aceptando ser desmovilizado, podría Hitler haber evitado colaborar con el régimen de Ëisner.

Cuando Hitler y Schmidt llegaron a Traunstein, una ciudad casi exclusivamente católica de poco más de ocho mil habitantes, los recibió un paisaje deslumbrante, sobre todo para quienes habían experimentado la devastación provocada por el frente occidental durante más de cuatro años. En los días invernales, fríos y despejados, la majestuosa cadena de los Alpes bávaros, visible a corta distancia desde Traunstein, parece casi irreal.[50]

Hitler y Schmidt pertenecían ahora a una unidad de la guardia que, como la Grenzschutz (la patrulla fronteriza), acuartelada junto a ellos, era un sostén del nuevo Gobierno revolucionario. El día de la sublevación, los soldados de Traunstein habían aclamado la nueva república. En el amanecer de la revolución, los miembros de la guardia y de las unidades Grenzschutz habían elegido un comité de soldados y dado su firme respaldo al nuevo orden.[51]

El campo al que destinaron a Hitler y a Schmidt se ubicaba en unas antiguas salinas a los pies del elevado centro histórico de la ciudad. Al principio de la guerra, se habían cercado con grandes planchas de madera los edificios de planta cruciforme, coronados por grandes chimeneas. Aunque antes el campo había albergado tanto prisioneros de guerra como civiles, los presos comunes fueron trasladados justo cuando Hitler llegó. Quedaban solo los prisioneros de guerra, que ya no se veían a sí mismos como cautivos, dado que el conflicto había terminado. Ahora pasaban el tiempo dando vueltas, entrando y saliendo del campo, explorando la región, visitando las granjas y talleres donde no hacía mucho se los había usado como mano de obra.[52]

Contrariamente a lo que afirma la propaganda nazi de que la tarea de Hitler consistía en controlar las entradas y salidas en las puertas del campo de prisioneros —una afirmación que pretende respaldar el relato de cómo él, un digno y contrarrevolucionario futuro nazi, escapó de la locura de Múnich para ser fiel a sus principios— parece que trabajó en el centro de distribución de ropa, desempeñando cometidos similares a los que le estaban asignados en Múnich. Dicho de otro modo, Hitler sirvió al régimen revolucionario en Traunstein en uno de los puestos más bajos del escalafón del campo.[53]

Cuando él llegó, el campo estaba ya bastante vacío. Solo sesenta y cinco prisioneros de guerra franceses y aproximadamente seiscientos prisioneros de guerra rusos quedaban todavía en él. Es casi seguro que aquella fue la primera vez en su vida que Hitler vio tantos rusos juntos de cerca. También se expuso al trato con un grupo de judíos a quienes habían reunido por motivos étnicos, pues las autoridades del campo esperaban que se repatriase a los prisioneros de guerra rusos según su etnia, tras la desintegración del imperio zarista.

Es frustrante, pero no queda claro el impacto que produjeron en él los cautivos de un país que posteriormente llegaría a ser tan determinante en su ideología, ni el que le produjeron los de una comunidad religiosa que pronto llegaría a convertirse para él en una obsesión. Cuando llegó al campo, aún había tensiones residuales entre los prisioneros rusos y sus captores. Los prisioneros de guerra, apenas vigilados, se sentían políticamente cercanos al líder de Baviera, Kurt Eisner. Además, Alemania y Rusia habían estado en paz la una con la otra desde principios de 1918.[54] Es, por tanto, improbable que los encuentros cotidianos de Hitler con los rusos en Traunstein tuvieran un inmediato impacto negativo en él. Fue solo después de convertirse en un derechista radical cuando se convirtió también en un rusófobo.[55]

 

 

En sus horas libres, tras subir a pie las peñas de Traunstein, Hitler podía ver ante sí una ciudad cuyos habitantes carecían de resentimiento y deseos de venganza, por la sencilla razón de que la conciencia de la derrota alemana no los había sugestionado aún. Esto se hizo evidente con el desfile que la ciudad organizó a principios de enero de 1919 para recibir a los veteranos, que volvían a casa tras la guerra.

Según lo previsto, un soleado día de invierno, veteranos y miembros de clubes y asociaciones locales marcharon juntos por la ciudad, en cuyas casas particulares ondeaban la bandera bávara y la de Traunstein. Solo los edificios públicos izaron la bandera imperial alemana. Todo el tiempo sonaron las campanas de las iglesias, se tocaron marchas militares y se dispararon cañones entre el entusiasmo de la gente. En su discurso oficial, Georg Vonficht, alcalde de Traunstein, aclamó a los retornados como «vencedores».[56]

Indudablemente, los lugareños eran conscientes de que Francia e Inglaterra se consideraban a sí mismas las vencedoras de la guerra, tal como se reflejaba en las exigencias recogidas en el tratado de paz. Pero Hitler y otros lectores de los periódicos de Traunstein no creían que los británicos y los franceses pudieran salirse con la suya, es decir, creían que la guerra había terminado en tablas. La comprensión por parte del pueblo de la realidad de la derrota alemana, que tan importante llegaría a ser para la génesis de Hitler como nacionalsocialista, todavía reposa en el futuro.

En diciembre de 1918, los periódicos de Traunstein informaron reiteradamente de que el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, se reafirmaba en sus Catorce Puntos, su proyecto para un nuevo orden mundial y un acuerdo de paz que excluyese medidas de castigo. Hitler pudo leer en los periódicos locales que Wilson no creía en la anexiones y pensaba que Alemania debía conservar sus territorios. Es más, la prensa se hizo eco también de que los oficiales estadounidenses recién llegados a París para preparar las conversaciones de paz estaban de acuerdo con que hubiera miembros alemanes en la fundación de la Sociedad de Naciones y opinaban que los intereses alemanes debían estar representados en el acuerdo de paz. La cobertura que los medios locales hicieron de las noticias internacionales explica, por tanto, por qué los habitantes de Traunstein pensaban que sus veteranos de guerra habían vuelto a casa como «vencedores» o, cuando menos, no como vencidos.[57]

Al final del discurso pronunciado por el alcalde de Traunstein, todos los presentes cantaron el Deutschlandlied («Canto de Alemania»), con su famosa frase, Deutschland über alles («Alemania por encima de todo»), lo cual, se supone, fue la guinda de los actos del día. Pero entonces, algo le recordó a Hitler que Traunstein, insospechadamente, no era un lugar para que él se sintiera como en casa.

Puesto que lo habían invitado a hacerlo, el teniente Joseph Schlager —un veterano local de veintiséis años de edad que participó en la campaña de los U-Boote— subió al escenario y empezó a amonestar a tres grupos de personas que se encontraban entre los asistentes; ¡los buscavidas, «las muchachas y mujeres sin honor» (esto es, las que supuestamente se habían acostado con prisioneros de guerra) y «los opresores de los prisioneros [de guerra]»! La mención de este último colectivo era una clara referencia a los oficiales y guardias del campo en el que estaba destinado Hitler y al rumor de que en dicho campo se maltrataba a los prisioneros. La diatriba de Schlager contra Hitler y sus colegas no representaba una opinión aislada. Un súbito aplauso de la multitud la secundó.[58] No pretendo afirmar que Hitler en persona maltrató a los prisioneros, más que nada porque llegó a Traunstein al final de la guerra. Pero con independencia de cómo él, personalmente, tratara a los prisioneros, el comportamiento de los guardias del campo durante la guerra influyó en cómo recibieron los lugareños a los nuevos guardias y, por tanto, son una prueba clara de que tanto Hitler como Schmidt no debían de sentirse especialmente bienvenidos en Traunstein.

 

 

Mientras estuvo allí, Hitler tuvo que fiarse de los periódicos y del boca a oreja para estar al día de cómo el nuevo régimen se desplegaba por la ciudad a la que pronto iba a regresar. Las noticias procedentes de Múnich insinuaban que, aunque la revolución en Baviera había sido solo una expresión más radical de lo que estaba ocurriendo en casi todo el resto de Alemania, el futuro todavía se antojaba esperanzador. Especialmente el día de Año Nuevo, cuando la mayoría de los muniqueses quería disfrutar de la vida después de tantos años de guerra. Como Melanie Lehmann, la esposa del editor nacionalista Julius Friedrich Lehmann, reseñó con desaprobación en su diario el 6 de enero: «Múnich ha empezado el año con un enorme bullicio en sus calles, con un montón de disparos al aire y con bailes de lo más animosos. Parece que nuestra gente no ha emprendido aún una reflexión seria. Después de cuatro años de privaciones, los soldados solo quieren divertirse a sus anchas, y también la juventud de la ciudad».[59]

El invierno de 1918-1919, la incertidumbre, más que la desesperación, fue la protagonista del día a día en Múnich. En ocasiones, la gente se sentía esperanzada y cautelosamente optimista en cuanto al futuro, otras veces se mostraba ansiosa, preocupada, llena de dudas. El mundo en el que aquellas personas habían crecido ya no existía y muchos estaban aún intentando descifrar por sí mismos el futuro en el que querían vivir. Según parece, pasaban el tiempo reuniéndose con amigos y conocidos para tratar de encontrarle un sentido a lo ocurrido, a lo que aún pasaba a su alrededor, y para hablar de sus perspectivas y esperanzas para el porvenir.[60]

Pese a que el viejo orden se había desintegrado en un «batiburrillo de fragmentos anónimos», como dijo el poeta Rainer Maria Rilke, aún estaba por ver cómo se ensamblarían dichos fragmentos para conformar algo nuevo. Sin embargo, el 15 de diciembre de 1918, Rilke pensaba que la Navidad que estaba a la vuelta de la esquina sería mucho más feliz que la del año anterior. Tal como se ve en una de las cartas que escribió a su madre, él creía que las cosas no serían tan malas en comparación no con la idea de un mundo perfecto, sino con el pasado: «Si comparamos, querida madre, estas Navidades con las cuatro anteriores, se me antojan infinitamente más esperanzadoras. Aunque las opiniones y los empeños diverjan, ahora, por lo menos, son libres».[61]

Incluso políticamente, el panorama parecía esperanzador, a pesar de que, debido al golpe de Estado de Eisner y a las directrices marcadas por Estados Unidos, Baviera había dejado escapar ya su gran oportunidad para democratizarse —una oportunidad que descansaba sobre las tradiciones regionales gradualistas y reformistas, más próximas a las tradiciones constitucionales británicas que al espíritu revolucionario de 1776 y 1789—. Como escribió Josef Hofmiller en su diario el 13 de noviembre: «Creo que el sentimiento general es que haber sufrido una revolución no es una mala cosa; sin embargo, la gente de Múnich habría preferido una revolución liderada por Von Dandl [primer ministro de la Baviera prerrevolucionaria] [...] y, quizá, por el rey Luis o, mejor aún, por el querido viejo regente». Y concluía: «Hay mucho de servilismo en esta postura, pero también un instinto natural para apreciar las ventajas prácticas de la monarquía, incluso desde una perspectiva socialdemócrata».[62]

Cuando se sintió apremiado, el príncipe Ruperto dio un claro respaldo al proceso democratizador de Baviera. El 15 de diciembre, envió un telegrama al Consejo de Ministros, para solicitar la creación de una «asamblea nacional constituyente». Aunque el resentimiento hacia su padre no había dejado de crecer durante la guerra y, a ojos de muchos bávaros, Luis III se había convertido en el caniche de los prusianos, en la mayoría de los casos eso no desembocó en el cuestionamiento de la monarquía como institución, ni de la casa de Wittelsbach, que había regido el destino de Baviera durante los últimos setecientos años. De hecho, muchos bávaros veían en el príncipe Ruperto un anti-Luis. Muchos habían celebrado su negativa a doblegarse ante los prusianos tanto como su bien conocida enemistad con los generales Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff, que habían instaurado una dictadura militar de facto en los últimos tiempos de la guerra. Incluso se había difundido ampliamente en Baviera el rumor de que, hacia el final de la contienda, el príncipe Ruperto se había negado a seguir sacrificando a las tropas en un conflicto que estaba ya perdido y de que había matado a Hinderburg en un duelo con pistolas por esta razón.[63]

En noviembre de 1918, el triunfo del espíritu revolucionario republicano de 1776 y 1789 sobre el espíritu reformista gradual —próximo a las tradiciones británicas— apartó sin querer a las fuerzas moderadas del centro de la vida política. Por consiguiente, el riesgo de que, en última instancia, grupos extremistas de derechas o de izquierdas pudieran hacer descarrilar el proceso de democratización de Baviera se multiplicó.

Evidentemente, la revolución bávara no fue un hecho aislado. No solo formaba parte de los desórdenes fundamentales que sufrió al mismo tiempo toda Alemania, sino también de una gran fase global de trastorno, agitación y transición, que abarcaba un periodo comprendido desde la época de los regicidios y del terrorismo anarquista de la década de 1880, hasta mediados de los años veinte, pasando por la década revolucionaria anterior a la guerra.[64] Pero lo cierto es que, precisamente, los sistemas de gobierno que sobrevivieron a este periodo de agitación mundial —aquellos que no se vieron mermados por las luchas internas— se sumaron a la senda de las reformas graduales y a la monarquía constitucional. Pienso en Gran Bretaña y su imperio, en los países escandinavos, en Holanda y Bélgica. Y aunque estos países pertenecían al grupo de los vencedores o bien al de los neutrales, las monarquías del lado perdedor no dieron muestras de ser inviables. Después de todo, la monarquía búlgara sobrevivió a su derrota militar.

En Alemania, la monarquía podría muy bien haber sobrevivido en su vertiente constitucional si Guillermo II y sus hijos hubieran escuchado al cuñado del emperador y a muchos otros, y hubieran abdicado. La creencia de los reformistas durante la guerra —que el cambio político se llevaría a cabo con más éxito bajo el paraguas de una monarquía constitucional— no la compartían solo los reformistas socialdemócratas, los liberales o los conservadores alemanes favorables a la reforma; Finlandia, por ejemplo, vivió un intento de instauración de una monarquía constitucional en 1918, que las potencias vencedoras de la guerra, sin embargo, aniquilaron. De igual modo, durante la guerra, Tomás Masaryk, el líder del movimiento nacionalista checoslovaco, que llegaría a convertirse en el primer presidente de Checoslovaquia, intentó convencer a los ingleses de que el nuevo Estado independiente surgido tras la guerra «solo podía ser un reino, no una república». La polémica convicción de Masaryk era que solo una monarquía —una, además, que no representara únicamente a uno de los grupos étnicos de Chequia y Eslovaquia— podría mantener a raya las tensiones étnicas e impedir, así, que el país se hiciera añicos.[65]

Si sus propias tradiciones e instituciones políticas apuntaban hacia un futuro marcado por la moderación, ¿por qué Baviera dejó escapar su gran oportunidad para democratizarse, un hecho que, en última instancia, proporcionó a Hitler un escenario propicio?

Las condiciones que propiciaron el súbito colapso de las monarquías germanas fueron el resultado de un sentimiento generalizado de hartazgo y del deseo de restaurar la paz casi a cualquier precio. La revolución no tenía un carácter social. Fue, más bien, una rebelión contra la guerra. Melanie Lehmann anotó en su diario, cuatro días antes del estallido revolucionario en Baviera: «La inmensa mayoría del ejército y de la gente solo quiere la paz, de modo que debemos aceptar una paz deshonrosa; no porque hayamos sido derrotados por nuestros enemigos —no lo hemos sido— sino porque nos hemos dado por vencidos, porque nos faltan las fuerzas para seguir».[66] Además, la gente creía que el requisito previo para lograr un acuerdo de paz fiable y seguro —basado en los Catorce Puntos del presidente Wilson y en la posterior declaración estadounidense— era la abolición de la monarquía. La combinación de estos sentimientos y opiniones debilitaron el sistema inmunitario de Baviera y la dejaron indefensa frente al golpe fatal.

No importa si Wilson tenía la intención de abolir la monarquía o simplemente la autocracia, el caso es que la gran mayoría de los alemanes interpretó lo primero.[67]

Por tanto, el comportamiento de las potencias vencedoras fue más determinante para el fin de la monarquía en muchos territorios europeos al este del Rin que las pérdidas de dichas regiones en la guerra. En Baviera, esto facilitó el alzamiento izquierdista y condicionó en gran medida la respuesta del pueblo ante el golpe. Al hacerlo, privó del poder a una institución que en el pasado había sido, con frecuencia, moderada y moderadora. En los territorios regidos por la casa de Wittelsbach, un sentimiento de cansancio colectivo provocó una bajada de las defensas y fue, presumiblemente, la principal razón para que la mayoría de la gente aceptara tanto el colapso del viejo orden como el golpe de Estado de Eisner. El anhelo de paz a casi cualquier precio se expresaba alto y claro en los mítines y las asambleas celebradas en Múnich durante las semanas y los días que condujeron a la revolución.[68]

A pesar de que la mejor ocasión para el éxito del proceso democrático en Baviera, basado en las tradiciones gradualistas y reformistas bávaras, había sido suprimida por la revolución de Eisner y las exigencias de los países vencedores, el proceso de transición hacia un futuro más democrático no nació muerto. Puesto que la propia transformación política de Hitler —como se fue viendo conforme avanzaba el tiempo— dependió de las condiciones políticas de su entorno, su futuro también estaba todavía por determinar.

Una de las razones por las que el proceso democrático à la bavaroise no estaba condenado desde el principio se debía a la buena voluntad de los socialdemócratas moderados para formar Gobierno junto a los radicales de Eisner. Aunque los líderes del SPD bávaro habrían preferido llevar a cabo otra clase de revolución, se mostraron más que dispuestos a gobernar con Eisner para mantener, de esta forma, a los radicales de la izquierda a raya. Durante un breve periodo de tiempo, la estrategia del SPD funcionó sorprendentemente bien, ayudada por el espíritu conciliador de Eisner, por su concepción elevada e idealista de la política y por su habilidad, al menos al principio, para no cruzar ciertos límites, para no llevar las cosas demasiado lejos. Aunque encabezaba el USPD, Eisner no compartía los objetivos de la izquierda revolucionaria; se veía a sí mismo como un socialista moderado más en la estela del gran filósofo de la Ilustración Immanuel Kant, que en la de aquellos que habían dado origen a los bolcheviques, los revolucionarios de Rusia.[69]

Otra razón igualmente importante para que la democratización «a la bávara» contase aún con una oportunidad descansaba en la inclinación pragmática de muchos miembros de la vieja elite y de los leales al régimen a cooperar con el nuevo Gobierno, incluso aunque sus preferencias apuntaran claramente hacia un orden político muy distinto. A la conducta de los leales al régimen anterior se debía el que la revolución hubiera transcurrido sin sobresaltos desde el principio. Cuando se despertaron como súbditos de la república, el 8 de noviembre, prefirieron aceptar la nueva realidad antes que sublevarse contra ella.

Por supuesto, los leales al régimen habrían preferido el camino de la reforma antes que el de la abolición del viejo orden. Pero aceptaron el nuevo. Incluso Otto Ritter von Dandl, el último primer ministro del rey, rogó a Luis que abdicara, añadiendo que él también había perdido su empleo. De igual modo, Franz Xaver Schweger, un oficial de alto rango del rey y monárquico acérrimo, prestaría, sin embargo, leal servicio a la república, primero como oficial en Berlín y después como ministro del Interior del Gobierno de Baviera. Max von Speidel, un antiguo comandante de Hitler durante la guerra y, al igual que Schweger, devoto partidario de la casa real, también apoyó al nuevo régimen. Tres días después del golpe, visitó a Luis con la intención de persuadirle para que exonerara a los oficiales de su juramento de lealtad al rey. Como no lo encontró por ninguna parte, Speidel decidió, por su cuenta y riesgo, publicar un decreto en el que instaba a los soldados y oficiales a cooperar con el nuevo Gobierno. Hasta Michael von Faulhaber, el arzobispo de Múnich, que opinaba que la revolución no traería «el fin de la miseria» sino «la miseria sin fin», pidió a los sacerdotes de su diócesis que ayudaran a proteger el orden público. También les dio instrucciones para reemplazar la tradicional plegaria por el rey en los servicios litúrgicos, «tan discretamente como pudieran», por otra distinta, para mantener «las relaciones oficiales con el Gobierno».[70]

La razón más importante para que el futuro de Baviera pareciera prometedor fue el resultado de dos elecciones que tuvieron lugar el 12 de enero. Ambas revelaron que Eisner y sus compañeros del Partido Socialdemócrata Independiente, caudillos de la revolución bávara, artífices del golpe de Estado, habían dejado de contar muy pronto con el respaldo popular y, por tanto, con la legitimidad necesaria. El partido de Eisner obtuvo tres magros escaños de los ciento ochenta que conformaban el Parlamento, lo cual indicaba o un abrumador apoyo a la democracia parlamentaria o, cuando menos, su aceptación. Más aún, el voto combinado de los socialdemócratas, los liberales de izquierdas y los integrantes del Partido Popular Bávaro (BVP) proporcionó ciento cincuenta y dos asientos en el nuevo Parlamento. Los organismos políticos de estos tres partidos habían cooperado entre sí a escala nacional ya durante la guerra, cuando presionaron en favor de la paz tanto como de la reforma constitucional. Ahora, después de la guerra, se alzaban como las tres principales fuerzas políticas de la República de Weimar, tal como se la bautizó, en honor de la ciudad donde se iba a reunir la asamblea constituyente del país.[71]

Los resultados de las elecciones a la Asamblea Nacional, que se celebraron una semana después, el 19 de enero, revelaron la existencia de una línea de continuidad, en favor de los partidos reformistas, durante el periodo clave en el que transcurrió la Primera Guerra Mundial. El desenlace de aquellas elecciones demostró que ni la guerra ni la revolución habían modificado sustancialmente las posturas políticas ni las preferencias de los bávaros. El voto conjunto del SPD, los liberales de izquierdas y el ala política del catolicismo en Alta Baviera arrojó prácticamente el mismo resultado que en las últimas elecciones celebradas antes de la guerra, las elecciones al Reichstag de 1912; en ellas, el 82,7 por ciento de los votos fue para los tres partidos, con el 82 por ciento en las elecciones de 1919.[72] Si a una persona completamente ignorante de la historia del siglo XX se le pidiera que, sin ninguna ayuda salvo los resultados de las elecciones bávaras a lo largo del siglo, fechara un cataclismo bélico que habría de cambiarlo todo, él o ella ciertamente no escogería el periodo comprendido entre 1912 y 1919.

De hecho, los resultados de las elecciones bávaras ponen en tela de juicio el lugar común de que, al menos para la región que vio nacer el nacionalsocialismo, la Primera Guerra Mundial fue «la catástrofe seminal» de los desastres posteriores del siglo XX.[73] Las perspectivas de democracia en Baviera o, cuando menos, de un futuro político marcado por la moderación, eran aún prometedoras en enero de 1919, no a pesar de, sino a causa de una falta de ruptura con el pasado. La guerra había afectado sorprendentemente poco a las ideas y preferencias políticas de los bávaros; el mismo número de votos que impulsó el orden político reformista en la Baviera de antes de la guerra sostenía ahora el nuevo orden parlamentario liberal de Alemania.

 

 

Volviendo a Traunstein, se avecinaban cambios drásticos, ya que según Hans Weber, uno de los oficiales del campo de prisioneros, los hombres de la unidad de Hitler eran individuos «que parecían considerar sus empleos militares tras el armisticio y la revolución un simple medio de continuar con su vida despreocupada a expensas del Estado [...]. Eran las criaturas más indignas que habían visitado nunca la ciudad; gandules, indisciplinados, avasalladores e insolentes. Abandonaban a menudo sus puestos, descuidaban el cumplimiento del deber y salían de las instalaciones sin permiso». Debido a su negligente comportamiento, el presidente del Consejo de Soldados solicitó que fueran enviados de vuelta a Múnich cuando terminase la repatriación de la mayoría de los prisioneros de guerra, a finales de diciembre. Se le garantizó que así se haría. Pero los oficiales al mando del campo excluyeron a Hitler y a Schmidt de la lista de los que debían dejar Traunstein.[74] La decisión de seguir contando con Hitler tras despachar a tantos otros guardias indicaba que, a ojos de sus superiores, este seguía siendo el soldado meticuloso y el solícito receptor de órdenes que fue durante la guerra. Es decir, que a diferencia de muchos otros soldados destinados en Traunstein, no era ni indisciplinado ni subversivo. Aún no se apreciaba ningún signo de transformación en la persona de Hitler, al menos aparente.

Así que Hitler y Schmidt se quedaron en Traunstein después de la repatriación de la mayoría de los prisioneros de guerra. No está del todo claro cuándo regresaron a Múnich. El mismo Hitler afirma falsamente en Mi lucha que permanecieron en el campo hasta su desm ...