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DECLARACIóN

Susan Sontag  

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Fragmento

PRÓLOGO

a la edición inglesa

Susan Sontag fue una escritora de cuentos esporádica, más que empedernida, y recurrió al género en la medida en que surgían determinadas necesidades expresivas que de otro modo no podían satisfacerse. En cada uno de las obras aquí incluidas se libra una batalla campal por la sabiduría: a un golpe experiencial le sigue una declaración. Semejantes confesiones no eran cómodas para Sontag. Al leerlas —sobre todo las más personales—, se descubre el motivo. Antón Chéjov, el mayor cuentista, se refirió a su «autobiografifobia», un padecimiento con el que Sontag se identificaba plenamente. En relatos maestros como «Proyecto para un viaje a China», «Declaración», «Viaje sin guía» y otras, burla esa reticencia natural. El peso de la dificultad que dichos cuentos desplazan —la muerte de un padre; el suicidio de una amiga; la amenaza de una enfermedad mortal—, los aleja de su producción ensayística, mucho más extensa y frecuente. Si esta última siempre será más célebre, los cuentos son adonde debemos dirigirnos para conocer a Sontag más íntimamente. En una ocasión confesó a un entrevistador que si bien la sala de estar era perfecta para los ensayos, era preciso que los cuentos se escribieran en el dormitorio. La distinción entre un santuario externo y otro interno parece entonces la manera idónea de acercarse al contenido de este volumen. Los cuentos son su obra más recóndita.

Algunos críticos han señalado que sus cuentos bien podrían llamarse ensayos personales. Pero ello es no entenderlos. Sontag consideraba que los ensayos eran una palestra para llegar a comprender lo que pensaba, para decidirse. Sus cuentos emanan, por el contrario, de la necesidad de permanecer en suspenso, de aferrarse a las contradicciones, aunque también de lograr que dicha perplejidad rinda frutos. «Consentiría gustosamente en permanecer callada —escribe en “Proyecto para un viaje a China”—. Pero entonces, ¡ay!, es difícil saber algo. Para renunciar a la literatura debería estar realmente segura de que podría saber. Certidumbre que demostraría groseramente mi ignorancia.» La voz, a veces gnómica, como en «Baby» o «Espíritus norteamericanos», a veces plañidera, como en «Viaje sin guía», «La manera en que vivimos ahora» y en «Proyecto», siempre es concisa, vigorizante, destilada. «Yo, Sísifo —escribe en “Declaración”—. Me aferro a mi roca, sin necesidad de que me encadenéis. ¡Quietos! La hago rodar hacia arriba… arriba, arriba. Y… allá vamos. Sabía que sucedería esto. Mirad, estoy nuevamente en pie. Mirad, empiezo a hacerla rodar nuevamente hacia arriba. No intentéis disuadirme. Nada, nada podría arrancarme de esta roca.» Por su mayor anhelo de incertidumbre de lo que permitía el ensayo, Sontag recurrió de cuando en cuando a un género en el que solo se necesita perseverar, en el que nada se decide: el cuento, infinitamente flexible, siempre dispuesto.

Los relatos de este libro proceden de Partisan Review, Harper’s Bazaar, American Review, Playboy y The New Yorker, entre otras publicaciones, y se recogen aquí por primera vez. Intuyo que una nueva generación de lectores —menos preocupados por este género que sus mayores—, descubrirá que estos cuentos son absolutamente contemporáneos. Resulta que Sontag, como siempre, iba por delante de la gente.

BENJAMIN TAYLOR, 2017

NOTA A LA EDICIÓN ESPAÑOLA

La primera recopilación de los cuentos de Susan Sontag, publicada con el título de I, etcetera por Farrar Straus & Giroux en 1978, sirvió de base a la reciente edición que, con el título de Debriefing, Benjamin Taylor reordenó y amplió con tres relatos adicionales en 2017 para la misma editorial.

Aquel primer volumen, en traducción española de Eduardo Goligorsky y múltiples veces reimpresa, se publicó originalmente en Seix Barral en 1983 y posteriormente en DeBolsillo en 2008. Los relatos que la integraban son los siguientes (se indica entre paréntesis el título de la revista o libro que los divulgó inicialmente, seguido de la referencia en español, si la hay), en este orden: «Project For a Trip to China» (The Atlantic, 1973), «Debriefing» (American Review, 1973), «American Spirits» (Partisan Review, 1965), «The Dummy» (Harper’s Bazaar, 1963; Revista de Occidente, 1967), «Old Complaints Revisisted» (American Review, 1974), «Baby» (Playboy, 1974), «Doctor Jekyll» (Partisan Review, 1974), «Unguided Tour» (The New Yorker, 1977).

Los relatos que Benjamin Taylor añadió a la referida edición de 2017 son «Pilgrimage» (The New Yorker, 1987; El País Semanal, 1988, en traducción de C. Scavino), «The Letter Scene» (The New Yorker, 1986; Letra Internacional, 1987, en traducción de Miguel Martínez Lage) y «The Way We Live Now» (The New Yorker, 1986; La Nación, 1987, de mano de Eduardo Paz Leston).

La presente edición española se amplía de nuevo con cuatro relatos no recogidos en libro —a excepción del tercero que se indica— en ningún idioma. Se ha optado por reproducirlos al final, en orden cronológico de publicación y a manera de coda, a fin de no desvirtuar el orden y propósito que Taylor imprime a su propia selección. Se trata de «Description (Of a Description)» (Antaeus, 1984; Vuelta, 1984, en traducción de Margarita de Orellana), «The Very Comical Lament of Pyramus and Thisbe (An Interlude)» (Die Endlichkeit der Freiheit Berlin, 1990; Cuestión de énfasis, 2007, a cargo de Aurelio Major), «A Parsifal» (Robert Wilson’s Vision, 1991; inédito, en traducción de Carlos Mayor) y «The View From the Ark» (Violent Legacies: Three Cantos, 1992; Granta en español, 2004, en versión de Aurelio Major).

Todas las traducciones han sido revisadas por quien firma estas líneas.

AURELIO MAJOR

DECLARACIÓN

CUENTOS REUNIDOS

PEREGRINACIÓN

Todo lo que rodea mi encuentro con él está teñido por la vergüenza.

Diciembre de 1947. Yo tenía catorce años, y estaba imbuida de vehementes admiraciones e impaciencias por una realidad a la cual viajaría una vez quedara libre de esa larga sentencia en prisión: mi niñez.

Final casi a la vista. Ya en mi penúltimo año, terminaría mis estudios de bachillerato a los quince años. Y entonces, y entonces… todo se abriría. Mientras tanto, esperaba, cumplía mi condena (¡aún tenía catorce años!), recientemente trasladada desde el desierto del sur de Arizona a la costa sur de California. Otro nuevo escenario con flamantes posibilidades de huida; me alegraba de ello. El segundo matrimonio de mi itinerante madre viuda con un as de la aviación de la Fuerza Aérea, bien parecido, con dos condecoraciones y dos metrallazos, que había sido enviado al curativo desierto para completar la hospitalización de un año (había sido derribado cinco días después del día D), parecía haberle puesto a ella los pies en la tierra. Al año siguiente, nuestra nueva familia reunida —madre, padrastro, hermana pequeña, perro, aya irlandesa teóricamente asalariada como una reliquia de tiempos pasados; más la huésped extranjera, yo— había cambiado el bungaló estucado de una calle sin asfaltar a las afueras de Tucson (donde se nos había unido el capitán Sontag) por un acogedor chalé con muchas persianas, setos de rosales y tres abedules a la entrada del valle de San Fernando, donde yo trataba de simular que estaba quieta en el asiento, para un facsímil de la vida familiar y el recuerdo de mi poco convincente infancia. Los fines de semana, mi padrastro, ya sin uniforme, pero aún marcialmente animado, colocaba solomillos y mazorcas pintadas con mantequilla y envueltas apretadamente en papel de aluminio en la barbacoa del patio; yo comía y comía. ¿Cómo podía no hacerlo al observar cómo mi taciturna y esquelética madre jugueteaba nerviosamente con su comida? La vivacidad de él era tan amenazante como la apatía de ella. Ahora no podían empezar a jugar a la familia. ¡Era demasiado tarde! Yo ya me había ido volando, aunque pareciera de pies a cabeza la grandullona hija mayor, con cara de niña que comía golosamente su cuarta mazorca: yo ya me había ido. (En francés se puede decir, mientras nos demoramos en exceso: Je suis moralemant partie.) Solo había que superar esta última pizca de niñez. Por la duración (aquella locución de los tiempos de guerra que me sirvió de primer modelo para condescender al presente en aras de un futuro mejor), por la duración era lícito aparentar que agradaban sus fiestas, evitar los conflictos, devorar la comida. La verdad era que yo temía los conflictos. Y siempre tenía hambre.

Sentía que me rebajaba, en mi propia vida. Mi misión consistía en mantener a raya la tontería (sentía que me ahogaba en tonterías): la alegre faramalla de mis compañeros de clase y profesores, los exasperantes tópicos que oía en casa. Y los programas de humor semanales, adornados de risas enlatadas, la empalagosa lista de éxitos, los histéricos comentarios de los partidos de béisbol y los combates de boxeo. La radio, cuya bulla llenaba el salón todas las noches entre semana y buena parte del sábado y el domingo, era un tormento interminable. Yo rechinaba los dientes, me enroscaba el cabello con los dedos, me comía las uñas, era educada. Aunque no me tentaban los nuevos placeres tribales de los niños de los barrios residenciales que habían cautivado rápidamente a mi hermana, yo no me creía una inadaptada, pues suponía que mi fachada de afabilidad era aceptada al pie de la letra. (Aquí se filtra el hecho de que era una niña.) Lo que otra gente pensara de mí me importaba muy poco, ya que los demás me parecían sorprendentemente ciegos así como desinteresados; mientras que yo ansiaba aprenderl

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