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DECLARACIóN

Susan Sontag

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Fragmento

PEREGRINACIÓN

Todo lo que rodea mi encuentro con él está teñido por la vergüenza.

Diciembre de 1947. Yo tenía catorce años, y estaba imbuida de vehementes admiraciones e impaciencias por una realidad a la cual viajaría una vez quedara libre de esa larga sentencia en prisión: mi niñez.

Final casi a la vista. Ya en mi penúltimo año, terminaría mis estudios de bachillerato a los quince años. Y entonces, y entonces… todo se abriría. Mientras tanto, esperaba, cumplía mi condena (¡aún tenía catorce años!), recientemente trasladada desde el desierto del sur de Arizona a la costa sur de California. Otro nuevo escenario con flamantes posibilidades de huida; me alegraba de ello. El segundo matrimonio de mi itinerante madre viuda con un as de la aviación de la Fuerza Aérea, bien parecido, con dos condecoraciones y dos metrallazos, que había sido enviado al curativo desierto para completar la hospitalización de un año (había sido derribado cinco días después del día D), parecía haberle puesto a ella los pies en la tierra. Al año siguiente, nuestra nueva familia reunida —madre, padrastro, hermana pequeña, perro, aya irlandesa teóricamente asalariada como una reliquia de tiempos pasados; más la huésped extranjera, yo— había cambiado el bungaló estucado de una calle sin asfaltar a las afueras de Tucson (donde se nos había unido el capitán Sontag) por un acogedor chalé con muchas persianas, setos de rosales y tres abedules a la entrada del valle de San Fernando, donde yo trataba de simular que estaba quieta en el asiento, para un facsímil de la vida familiar y el recuerdo de mi poco convincente infancia. Los fines de semana, mi padrastro, ya sin uniforme, pero aún marcialmente animado, colocaba solomillos y mazorcas pintadas con mantequilla y envueltas apretadamente en papel de aluminio en la barbacoa del patio; yo comía y comía. ¿Cómo podía no hacerlo al observar cómo mi taciturna y esquelética madre jugueteaba nerviosamente con su comida? La vivacidad de él era tan amenazante como la apatía de ella. Ahora no podían empezar a jugar a la familia. ¡Era demasiado tarde! Yo ya me había ido volando, aunque pareciera de pies a cabeza la grandullona hija mayor, con cara de niña que comía golosamente su cuarta mazorca: yo ya me había ido. (En francés se puede decir, mientras nos demoramos en exceso: Je suis moralemant partie.) Solo había que superar esta última pizca de niñez. Por la duración (aquella locución de los tiempos de guerra que me sirvió de primer modelo para condescender al presente en aras de un futuro mejor), por la duración era lícito aparentar que agradaban sus fiestas, evitar los conflictos, devorar la comida. La verdad era que yo temía los conflictos. Y siempre tenía hambre.

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Sentía que me rebajaba, en mi propia vida. Mi misión consistía en mantener a raya la tontería (sentía que me ahogaba en tonterías): la alegre faramalla de mis compañeros de clase y profesores, los exasperantes tópicos que oía en casa. Y los programas de humor semanales, adornados de risas enlatadas, la empalagosa lista de éxitos, los histéricos comentarios de los partidos de béisbol y los combates de boxeo. La radio, cuya bulla llenaba el salón todas las noches entre semana y buena parte del sábado y el domingo, era un tormento interminable. Yo rechinaba los dientes, me enroscaba el cabello con los dedos, me comía las uñas, era educada. Aunque no me tentaban los nuevos placeres tribales de los niños de los barrios residenciales que habían cautivado rápidamente a mi hermana, yo no me creía una inadaptada, pues suponía que mi fachada de afabilidad era aceptada al pie de la letra. (Aquí se filtra el hecho de que era una niña.) Lo que otra gente pensara de mí me importaba muy poco, ya que los demás me parecían sorprendentemente ciegos así como desinteresados; mientras que yo ansiaba aprenderlo todo: la exasperante diferencia entre todos aquellos a quienes había conocido, hasta entonces, y yo. Estaba segura de que en alguna parte había una multitud como yo. Y nunca se me ocurrió que pudieran detenerme.

Si yo no me deprimía o me enfurruñaba, no era solo porque creyera que quejarse no serviría de nada. Era porque el reverso de mi descontento —lo que de hecho a lo largo de mi infancia, me había causado tanto descontento— era el éxtasis. No podía compartirlo y aumentaba sin cesar: desde el último traslado tenía ataques de júbilo casi todas las noches. En las ocho casas y apartamentos de mi vida anterior nunca había tenido un dormitorio para mí. Ahora lo tenía, y sin pedirlo. Una puerta propia. Ahora podía leer durante horas a la luz de la linterna, después de que me enviaran a dormir y me obligaran a apagar la luz, y no bajo una tienda de ropa de cama, sino sobre las mantas.

Había sido una lectora incansable desde mi temprana infancia (leer era clavar un puñal en sus vidas) y por ello indiscriminada: cuentos de hadas y cómics (mi colección de cómics era enorme), la Enciclopedia Compton, los Bobbsey Twins y otros de la serie de Stratemeyer, libros sobre astronomía, sobre química, sobre China, biografías de científicos, todos los libros de viaje de Richard Halliburton y un número considerable de clásicos de la época victoriana. Un día, mientras deambulaba por una papelería que vendía tarjetas de felicitación, en la aldea que era el centro de Tucson a mediados de los cuarenta, encontré el pozo sin fondo de la Modern Library. Allí había calidad y, detrás de cada libro, mi primera lista. Solo tenía que comprarlos y leerlos (95 centavos los pequeños y 1,25 dólares los volúmenes grandes). Como un metro de carpintero, mi sentido de las posibilidades se iba desplegando con cada libro. Y un mes después de mi llegada a Los Ángeles localicé una verdadera librería, la primera de una vida apasionada por la Pickwick, en Hollywood Boulevard, adonde solía ir al salir del colegio a leer de pie algo más de literatura universal, comprando cuanto podía, robando cuando me atrevía. Todos mis hurtos ocasionales me costaban semanas de autodesprecio y miedo a futuras humillaciones, pero ¿qué podía hacer dada mi diminuta asignación? Es extraño que nunca pensase en acudir a una biblioteca. Tenía que conseguirlos, verlos en hileras a lo largo de la pared de mi pequeña habitación. Mis deidades domésticas. Mis naves espaciales.

Por las tardes salía en busca de tesoros: siempre me desagradó ir a casa directamente después del colegio. Pero en Tucson, a excepción de las visitas a la papelería, el aplazamiento más divertido que se me había ocurrido era un paseo por el antiguo camino español hacia las colinas del Tanque Verde, donde podía ver, en primer plano, implacables saguaros e higos chumbos, escrutar el terreno en busca de puntas de flecha y serpientes, pequeñas piedras llamativas, imaginarme perdida o la única superviviente, desear ser una india. O el Llanero Solitario. Aquí, en California, había un espacio diferente para pasear, y me había convertido en un Llanero Solitario distinto. Casi todos los días, al salir del colegio, subía al tranvía en Chandler Avenue para acercarme a la ciudad y no para alejarme de ella. A unas pocas manzanas del maravilloso cruce de Hollywood Boulevard con Highland Avenue estaba mi pequeña ágora, con edificios de una y dos plantas: la Pickwick; una tienda de discos cuyos propietarios me dejaban pasar muchas horas a la semana en las cabinas de audición, atiborrándome de sus mercancías; un quiosco con prensa internacional, donde me abandonaba a la curiosidad militante hojeando la Partisan Review, Kenyon Review, Sewanee Review, Politics, Accent, Tiger’s Eye, Horizons; y una fachada a través de cuya puerta abierta una tarde seguí muy decidida a dos personas, que me parecieron insólitamente hermosas, creyendo entrar en un gimnasio, pero que resultaron ser las dependencias de ensayo de la compañía de danza de Lester Horton y Bella Lewitzky. ¡Oh, edad de oro! No solo lo era, sino que sabía que lo era. Pronto estaba bebiendo de un centenar de pajitas. En mi cuarto escribía imitaciones de cuentos y llevaba verdaderos diarios; hacía listas de palabras para aumentar mi vocabulario, hacía listas de todo tipo, jugaba a dirigir mis discos; leía todas las noches hasta que me dolían los ojos.

Y pronto también tuve amigos, sorprendentemente no mucho mayores que yo. Amigos con los que podía hablar de lo que me absorbía y cautivaba. No esperaba que hubieran leído tanto como yo; bastaba con que quisieran leer los libros que les prestaba. Y en cuanto a música, aún mejor, yo era la principiante, ¡qué maravilla! Mi deseo de que me enseñaran, el cual aún me frustraba más que mi deseo de compartir, me proporcionó a mis primeros amigos: dos alumnos del último año, cuyo gusto por la música era muy superior al mío. No solo eran diestros instrumentistas —Elaine tocaba la flauta; Mel, el piano—, sino que habían crecido aquí, en el sur de California, donde abundaban los refugiados virtuosos que integraban las enormes orquestas sinfónicas de los grandes estudios cinematográficos, y a los cuales podía escucharse por la noche tocando el repertorio de cámara canónico y contemporáneo para pequeñas reuniones esparcidas en un radio de ciento cincuenta kilómetros. Elaine y Mel eran parte de ese público, cuyo gusto excéntrico y riguroso elevaba la alta cultura musical de Los Ángeles de los años cuarenta: primero estaba la música de cámara, y luego todo lo demás. (La ópera ocupaba un lugar tan bajo en la escala de la calidad musical que no merecía mención alguna.)

Cualquier amigo era el mejor amigo, yo no conocí otra vía. Además de mis mentores musicales, que ingresaron en la UCLA el otoño siguiente, había un condiscípulo, mi romántico compañero durante los dos restantes años de bachillerato, que habría de seguirme a la facultad que ya había elegido como mi destino a los trece años: la universidad de Chicago. Peter, huérfano de padre y refugiado (medio húngaro y medio francés), había tenido una vida aún más marcada por los desplazamientos que la mía. Su padre había sido detenido por la Gestapo, y él y su madre habían huido de París al sur de Francia, y de allí a Nueva York vía Lisboa en 1941; tras una temporada en un internado de Connecticut, se había reencontrado con la supersoltera, bronceada y pelirroja Henya (la cual me parecía tan joven, aunque no tan hermosa como mi madre). Nuestra amistad comenzó en la cafetería del colegio con un jactancioso intercambio de anécdotas sobre nuestros glamurosos padres muertos. Peter era el amigo con el que debatía sobre socialismo y Henry Wallace, al que cogía de la mano y lloraba en Roma, ciudad abierta, Sinfonía pastoral, Los niños del paraíso, Muchachas de uniforme, El pan y el perdón, Breve encuentro y La bella y la bestia, en la sala Laurel, donde descubrimos que se proyectaban películas extranjeras. Íbamos en bicicleta por los desfiladeros y por el parque Griffith, y nos revolcábamos, abrazados, en la hierba: los grandes amores de Peter, que yo recuerde, eran su madre, yo y su bicicleta de carreras. Tenía el cabello oscuro, era flaco, nervioso, alto. Aunque siempre la más joven, yo era invariablemente la chica más alta de la clase, y más alta que la mayoría de los chicos, y, pese a toda mi insólita libertad de opinión en asuntos olímpicos, en el tema de la altura tenía una visión convencional abyecta. Un novio no solo debía ser el mejor amigo, sino más alto, y solo Peter reunía las condiciones.

El otro mejor amigo que hice, también estudiante de segundo año, aunque de otro instituto, y que ingresaría conmigo a la universidad de Chicago, era Merrill. Tranquilo y robusto, rubio, seductor, tenía todos los atributos de «mono», «guapetón», pero yo, con mi ojo infalible para detectar solitarios (bajo mil disfraces), había visto enseguida que también era listo. Muy listo. Por lo tanto, capaz de ser independiente. Tenía una voz suave y baja, una sonrisa tímida y ojos que a veces sonreían sin la boca. Merrill era el único de mis amigos al que adoraba. Me gustaba mirarlo. Quería fundirme con él o que él se fundiera conmigo, pero debía respetar la barrera insuperable: era unos milímetros más bajo que yo. Las otras barreras eran más difíciles de considerar. Podía ser reservado, calculador (incluso literalmente: a menudo los números surgían en su conversación) aunque a veces, en mi opinión, no le emocionaba bastante lo que yo juzgaba emocionante. Me impresionaba lo sensato que era, y lo tranquilo que se quedaba cuando yo me ponía nerviosa. Yo no alcanzaba a saber qué sentía realmente sobre la muy razonable familia con la que contaba: madre, padre verdadero, hermano menor (una suerte de prodigio de las matemáticas), e incluso abuelos. A Merrill no le gustaba hablar de sentimientos, mientras yo bullía en deseos de expresar los míos, dirigiéndolos preferentemente al exterior, hacia algo que admirara o me indignara.

Nos apasionábamos en tándem. Primero, la música: llevaba años tocando el piano. (Su hermano tocaba el violín, lo que me dio igualmente envidia, porque años antes le había implorado —más bien le había dejado de implorar— a mi madre que me dejara tomar lecciones de piano.) Me enseñó a entrar gratis en los conciertos haciendo de acomodadora (en el Hollywood Bowl, en verano), y yo lo convertí en un asiduo a las «Noches en la Terraza» de música de cámara los lunes, a las cuales me habían llevado Elaine y Mel. Estábamos acumulando nuestras colecciones ideales, casi idénticas, de discos (de 78 rpm, felizmente ignorantes de que aquel era el último año antes de los elepés), y uníamos a menudo fuerzas en las frescas y oscuras cabinas de audición de la tienda Highland Records. A veces venía a casa, aunque estuvieran mis padres. O yo iba a la suya; recuerdo que el nombre de su madre, desaliñada y acogedora, me resultaba bochornoso: se llamaba Honey (Miel).

Nuestra intimidad se reservaba a los coches. Merrill tenía un permiso de conducir de verdad, mientras que el mío, provisional, se podía obtener entonces en California de los catorce a los dieciséis años y me autorizaba solo a conducir el coche de mis padres. Como los únicos disponibles eran los coches de nuestros padres, la diferencia era irrelevante. Tanto en el Chevy azul de sus padres como en el Pontiac verde de mi madre nos deteníamos de noche al borde de Mulholland Drive; abajo, la gran planicie de luces titilaba como un interminable aeropuerto, y ajenos a las parejas de enamorados en los coches que nos rodeaban, buscábamos nuestros propios placeres. Nos lanzábamos preguntas con imprecisa voz de tiple: «Bien. Escucha. ¿Qué es esto?». Nos interrogábamos sobre la numeración Köchel, pues sabíamos de memoria extensas partes de las seiscientas veintiséis. Debatíamos los méritos del cuarteto Busch y del cuarteto de Budapest (me había convertido en una intransigente partidaria del de Budapest); discutíamos si sería inmoral comprar las grabaciones de Debussy por Giseking, ya que Elaine y Mel me habían hablado de su pasado nazi; tratábamos de convencernos de que nos habían gustado las obras para piano preparado de John Cage en el concierto de «Noches en la Terraza» del lunes anterior, y hablábamos de cuántos años le dábamos a Stravinski.

Este último era uno de nuestros problemas recurrentes. Éramos deferentes con los graznidos y aporreos de John Cage, sabíamos que debíamos apreciar la música fea; y escuchábamos devotamente a los Toch, Krenek, Hindemith, Webern, Schoenberg, lo que fuera (teníamos un gran apetito y estómagos resistentes). Pero la música de Stravinski era la que nos gustaba sinceramente. Y como Stravinski parecía grotescamente viejo (lo habíamos visto dos lunes en el pequeño auditorio del Wilshire Ebell, cuando Ingolf Dahl dirigió algunas de sus obras), nuestros temores por su vida habían dado pie a una emocionante fantasía à deux en la que moríamos por nuestro ídolo. La cuestión, una cuestión que debatíamos a menudo era: ¿cuáles serían las condiciones del sacrificio que tanto nos deleitaba contemplar?, ¿cuántos años más de vida para Stravinski justificarían que muriésemos en ese instante, allí mismo?

¿Veinte años? Obviamente. Pero eso era fácil, y coincidimos que era demasiado bueno para ser posible. Veinte años concedidos al afable anciano que Stravinski nos parecía entonces era una cifra inimaginablemente grande para mí, una chica de catorce años, y para Merrill, un chico de dieciséis, en 1947. (Qué estupendo que I. S. viviera aún más tiempo.) Insistir en darle a Stravinski veinte años más de vida a cambio de las nuestras apenas hacía justicia a nuestro fervor.

¿Quince años más? Naturalmente.

¿Diez? Sin duda.

¿Cinco? Empezamos a dudar. Pero no estar de acuerdo parecía una falta de respeto, de amor. ¿Qué era mi vida o la de Merrill —no nuestras miserables vidas como estudiantes de bachillerato en California, sino las vidas útiles salpicadas de logros que supuestamente nos esperaban— comparadas con el hecho de que el mundo pudiera disfrutar otros cinco años de las creaciones de Stravinski? Cinco años, muy bien.

¿Cuatro? Suspiré. Merrill, adelante.

¿Tres? ¿Morir por solo tres años adicionales?

Habitualmente acordábamos cuatro. Sí, por darle a Stravinski otros cuatro años, cualquiera de nosotros estaba dispuesto a morir allí y en ese preciso momento.

Leer y escuchar música: los triunfos de no ser yo misma. Parecía inevitable para mí que casi todo lo que admiraba había sido producido por gente que había muerto (o era muy vieja) o provenía de otra parte, idealmente de Europa.

Coleccionaba dioses. Lo que Stravinski era para la música, Thomas Mann lo llegó a ser para la literatura. En mi cueva de Aladino, en la Pickwick, el 11 de noviembre de 1947 —cojo el libro del estante ahora mismo, veo en la guarda la fecha en la letra bastarda que practicaba entonces—: compré La montaña mágica.

La empecé aquella misma tarde, y durante las primeras noches me fue difícil respirar mientras leía. Pues este no era un libro más que habría de gustarme, sino un libro que me transformaría, una fuente de descubrimientos y reconocimientos. Toda Europa cayó sobre mi cabeza: a condición, sin embargo, de que comenzara a afligirme por ella. Y la tuberculosis —la enfermedad levemente vergonzosa (así me lo había dado a entender mi madre) por la que mi padre verdadero, aunque, casi inimaginable, había muerto hacía tanto tiempo y en un lugar exótico, pero que pareció, cuando nos trasladamos a Tucson, un infortunio común—, ¡la tuberculosis se reveló como el arquetipo de un interés patético y espiritual! La comunidad de inválidos con pulmones enfermos en la alta montaña era una versión —una versión exaltada— de aquella pintoresca ciudad turística en el desierto, consciente de su clima, con su treintena de hospitales y sanatorios, donde mi madre fue obligada a establecerse por el asma que padecía una de sus hijas: yo. Allá en la montaña, los personajes eran ideas, y las ideas, pasiones, exactamente como yo siempre lo había sentido. Pero las propias ideas tanto me ensanchaban como me encogían: el ímpetu humanitario de Settembrini, pero también la melancolía y el desprecio de Naphta. Y el dulce, bueno y casto Hans Castorp, el huérfano protagonista de Mann, era, para mi desprotegido corazón, un héroe, no porque fuera un huérfano sino por la castidad de mi propia imaginación. Me fascinaba la ternura algo diluida por la condescendencia con la que Mann lo retrata como simple, ultraformal, dócil, mediocre (como yo misma me consideraba a juzgar por criterios reales). La ternura. ¿Y si Hans Castorp era un mojigato (abominable acusación que una vez me lanzó mi madre)? Lo cual no lo asemejaba sino que lo diferenciaba de los demás. Reconocía su vocación por la piedad; su soledad portátil vivía respetuosamente entre los otros; su vida, llena de molestas rutinas (que los guardas juzgaban buenas para uno), intercalada con conversaciones libres y apasionadas: una perfecta transposición de mis propias intenciones del momento.

Durante un mes el libro fue el lugar donde viví. Lo leí casi de un tirón: mi excitación vencía mi deseo de ir despacio y saborearlo. Sin embargo, sí tuve que ir más lentamente desde la página 334 a la 343, cuando Hans Castorp y Claudia Chauchat finalmente hablan de amor, pero en francés, idioma que nunca había estudiado: poco dispuesta a saltarme nada, compré un diccionario bilingüe y busqué cada palabra de su conversación. Al terminar la última página era tan reacia a separarme del libro que empecé de nuevo desde el principio y, para mantener el ritmo que el libro merecía, lo releí en voz alta, a razón de un capítulo por noche.

El paso siguiente era prestárselo a un amigo para sentir el placer del libro en otro: amarlo con alguien más y poder hablar sobre él. A comienzos de diciembre le presté La montaña mágica a Merrill. Y a Merrill, que leía inmediatamente cualquier cosa cuando yo insistía, también lo fascinó. Bien.

—¿Por qué no vamos a visitarlo? —me dijo Merrill entonces. Y entonces mi alegría se convirtió en vergüenza.

Naturalmente que yo sabía que él vivía aquí. El sur de California en los años cuarenta hervía con la presencia de celebridades para todos los gustos, y mis amigos y yo sabíamos no solo que estaban Stravinski y Schoenberg, sino Mann, Brecht (había visto recientemente Galileo, con Charles Laughton, en un teatro de Beverly Hills); y también Isherwood y Huxley. Pero era tan inconcebible que yo pudiera estar en contacto con cualquiera de ellos como podía ser entablar una conversación con Ingrid Bergman o Gary Cooper, que también vivían en los alrededores. De hecho, era todavía menos posible. Las estrellas bajaban de sus limusinas a las aceras de Hollywood Boulevard iluminadas por reflectores para una gala en una sala cinematográfica, desafiando la multitud de arrebatados fanáticos cercados por los caballetes de la policía: vi noticiarios cinematográficos de estas apariciones. Los dioses de la alta cultura habían desembarcado de Europa para residir, casi de incógnito, entre los limoneros, los jóvenes asiduos a la playa, la arquitectura neo-Bauhaus y las hamburguesas de fantasía. Estaba segura de que no debían de tener seguidores que intentaran inmiscuirse en su intimidad. Naturalmente, Mann, a diferencia de otros exiliados, tenía una presencia pública. El hecho de haber recibido en Estados Unidos tantos reconocimientos oficiales a finales de los treinta y comienzos de los cuarenta era tal vez más improbable que haber sido el escritor más famoso del mundo. Huésped de la Casa Blanca, presentado por el vicepresidente cuando dio un discurso en la biblioteca del Congreso, durante años infatigable en el circuito habitual de conferencias, Mann tenía la talla de un profeta en los Estados Unidos bien-pensant de Roosevelt al proclamar la perversidad de la Alemania de Hitler y la inminente victoria de las democracias. La emigración no había amortiguado ni su gusto ni su talento por ser una figura representativa. Si había una suerte de Alemania buena, ahora podía hallarse en este país (prueba de la bondad de Estados Unidos), personificada en su persona; si había un Gran Escritor, ajeno al concepto estadounidense del escritor, lo encarnaba él.

Pero cuando fui llevada a lo alto por La montaña mágica no pensaba que también él estuviera literalmente «aquí». Afirmar que en ese momento yo residía en el sur de California y Thomas Mann residía en el sur de California era darle un sentido diferente a «residía» y a «en». Dondequiera que él estuviera, era donde yo no estaba. En Europa. O en el mundo más allá de mi infancia, el mundo de la seriedad. No, ni siquiera eso. Para mí, él era un libro. Mejor dicho, libros: ya estaba sumida en Cuentos de tres décadas. Cuando tenía nueve años, que en efecto consideraba mi infancia, viví meses de pena y suspenso con Los miserables. (El capítulo en que Fantine es obligada a vender su cabello hizo de mí una socialista consciente.) En lo que a mí respectaba, Thomas Mann —al ser sencillamente inmortal— estaba tan muerto como Victor Hugo.

¿Por qué querría conocerlo? Tenía sus libros.

No quería conocerlo. Merrill estaba en mi casa, era domingo, mis padres habían salido y estábamos en su dormitorio tendidos sobre el cubrecama de satén blanco. A pesar de mis ruegos, había traído la guía telefónica y buscaba en la M.

—¿Ves? Está en la guía telefónica.

—¡No quiero mirar!

—¡Mira! —Me obligó a mirar.

Horrorizada, vi: San Remo Drive, 1550, Pacific Palisades.

—Esto es absurdo. Vamos, ¡basta ya! —Bajé de la cama.

No podía creer que Merrill estuviera haciendo aquello, pero así era.

—Voy a llamar.

El teléfono estaba en la mesita de noche del lado de mi madre.

—Por favor, Merrill.

Levantó el auricular. Eché a correr por la casa, salí por la puerta, siempre abierta, crucé el césped más allá del bordillo, al otro lado del Pontiac estacionado con las llaves puestas (¿en qué otro sitio podían guardarse las llaves de un coche?), para situarme en medio de la calle y taparme las orejas con las manos, como si desde allí hubiera oído a Merrill hacer la mortificante, inconcebible llamada telefónica.

Soy una cobarde, pensé, difícilmente por primera o última vez en mi vida; pero me demoré unos instantes, respirando aceleradamente, tratando de recobrar la calma, antes de destaparme las orejas y volver sobre mis pasos. Despacio.

La puerta de entrada daba directamente a la pequeña sala de estar, adornada con «piezas» coloniales norteamericanas, como las llamaba mi madre, y que entonces coleccionaba. Silencio. Atravesé el salón hasta el comedor, giré por un pasillo corto junto a mi habitación y la puerta del baño de mis padres hasta llegar a su dormitorio.

El auricular estaba en su sitio. Merrill sonreía sentado en el borde de la cama.

—Oye, no tiene ninguna gracia —dije—. He creído que realmente ibas a llamar.

Sacudió su mano:

—Lo he hecho.

—¿El qué?

—Lo he hecho. —Aún sonreía.

—¿Has llamado?

—Nos espera a tomar el té el próximo domingo a las cuatro.

—Realmente no has llamado…

—¿Y por qué no? —dijo—. Todo ha ido muy bien.

—¿Y has hablado con él? —Estaba a punto de llorar—. ¿Cómo has podido?

—No —dijo—, ha contestado su mujer.

Me hice una imagen mental de Katia Mann a partir de las fotografías que había visto de Mann con su familia. ¿Ella también existía? Si Merrill no había realmente hablado con Thomas Mann tal vez las cosas no estaban tan mal.

—Pero ¿qué le has dicho?

—Dije que éramos dos estudiantes de bachillerato que habíamos leído los libros de Thomas Mann y que nos gustaría conocerlo.

No, esto era mucho peor de lo que imaginaba. Pero ¿qué me había imaginado?

—¡Eso es tan… es una tontería!

—¿Qué tiene de tonto? Todo me pareció bien.

—Ay, Merrill… —Ya ni siquiera podía protestar—. ¿Qué dijo?

—Dijo: «Un momento, llamaré a mi hija» —Merrill continuó, orgulloso—: Entonces se puso la hija y yo repetí…

—Más despacio —interrumpí—. Su mujer dejó el teléfono. Entonces hubo una pausa. Entonces escuchaste otra voz…

—Sí, otra voz de mujer (ambas con acento) que me dijo: «Soy la señorita Man, ¿qué desea?».

—¿Eso dijo? Es como si estuviera enfadada.

—No, no, no parecía enfadada. Tal vez dijera: «Habla la señorita Mann». No lo recuerdo, pero, francamente, no parecía enfadada. Después dijo: «¿Qué desea?». No, espera, fue: «¿Qué es lo que desea?»

—Y entonces ¿qué?

—Y entonces le dije… ya sabes, que somos dos estudiantes de bachillerato, hemos leído los libros de Thomas Mann y queremos conocerlo…

—¡Pero yo no quiero conocerlo! —gemí.

—Y dijo —prosiguió obstinadamente—: «Un momento, le preguntaré a mi padre». Tal vez fue: «Espere, preguntaré a mi padre». No tardó mucho… luego volvió al teléfono y dijo, con estas palabras exactas: «Mi padre los espera para el té el próximo domingo a las cuatro».

—¿Y después?

—Me preguntó si conocía la dirección.

—¿Y después?

—Eso fue todo. Ah…, y dijo adiós.

Reflexioné un momento sobre la conversación antes de decir una vez más:

—Oh, Merrill, ¿cómo has podido?

—Te dije que lo haría.

Pasé una semana llena de vergüenza y temor. Parecía una enorme impertinencia que me obligaran a conocer a Thomas Mann. Y grotesco que él perdiera el tiempo en conocerme.

Podía negarme, por supuesto. Pero me preocupaba que este temerario Calibán que había confundido con un Ariel pudiera ir a ver al mago sin mí. A pesar de la deferencia habitual con que me trataba Merrill, ahora parecía considerarse mi igual en la veneración a Thomas Mann. No podía permitir que Merrill impusiera su presencia a mi ídolo sin mediación. Si lo acompañaba al menos limitaría el daño, desviaría los comentarios más inmaduros de Merrill. Tenía la impresión (y esta es la parte más conmovedora de mi recuerdo) de que Thomas Mann podía resultar herido por la estupidez de Merrill o la mía…, que la estupidez hería siempre y, como yo veneraba a Mann, era mi deber protegerlo de ese daño.

Merrill y yo nos encontramos después del colegio dos veces esa semana. Había dejado de reprenderlo. Estaba menos enfadada: me sentía cada vez más abatida. En una trampa. Como tenía que ir, necesitaba sentirme más próxima a él, hacer causa común para no hacer el ridículo.

Llegó el domingo. Fue Merrill quien, exactamente a la una, me recogió en el Chevy en la acera frente a mi casa (no le había hablado a mi madre ni a nadie de esta invitación a tomar el té en Pacific Palisades), y a las dos estábamos en el amplio y vacío San Remo Drive, con vistas al océano y a la distante isla Catalina, estacionados unos sesenta metros más arriba (y fuera de la vista) de la casa del 1550.

Ya habíamos acordado cómo empezaríamos. Yo hablaría primero, sobre La montaña mágica, después Merrill preguntaría sobre lo que Thomas Mann estaba escribiendo en ese momento. El resto lo idearíamos ahora, en las dos horas que habíamos destinado para ensayar. Pero, transcurridos unos minutos, incapaces de tener idea alguna de qué podría responder a lo que habíamos pensado decirle, se nos acabó la inspiración. ¿Qué dice un dios? Es imposible imaginarlo.

Entonces comparamos dos grabaciones de La muerte y la doncella y luego nos desviamos hacia la teoría de Merrill sobre el modo en que Schnabel tocaba el Hammerklavier, una teoría que encontré maravillosamente original. Merrill no parecía en absoluto ansioso. Parecía creer que teníamos pleno derecho a molestar a Thomas Mann. Pensaba que éramos interesantes: dos chicos precoces, prodigios de segunda categoría (sabíamos que ninguno de los dos era realmente un prodigio, como el joven Menuhin; éramos prodigios en apetito, en respeto, no en logros); que podíamos resultar interesantes para Thomas Mann. Yo creía lo contrario. Pensaba que éramos… pura potencialidad. Con criterios reales, apenas existíamos.

El sol era intenso y la calle estaba desierta. En dos horas solo pasaron unos pocos coches. Entonces, a las cuatro menos cinco, Merrill soltó el freno y nos deslizamos suavemente colina abajo y nos detuvimos frente al número 1550. Salimos, estiramos las piernas, nos gruñimos burlonamente el uno al otro para animarnos, cerramos las puertas del coche sin hacer ruido, subimos por la senda y tocamos el timbre. Bonito sonido de campanas. Oh.

Un señora muy anciana de cabello blanco recogido en rodete nos abrió la puerta, no pareció sorprendida de vernos, nos invitó a pasar, y en la penumbra de la entrada nos pidió que esperáramos un momento —había una sala de estar a la derecha— y desapareció por un largo corredor.

—Katia Mann —susurré.

—Me pregunto si veremos a Erika —me susurró a su vez Merrill.

Había un absoluto silencio en la casa. Ahora volvía la anciana.

—Acompáñenme, si son tan amables. Mi marido los recibirá en su estudio.

La seguimos casi hasta el final del estrecho y oscuro pasillo, un poco antes de la escalera. A la izquierda había una puerta, que abrió. La seguimos y giramos nuevamente a la izquierda antes de estar realmente dentro. En el estudio de Thomas Mann.

Miré la habitación —parecía grande, con amplias ventanas y un amplio panorama— antes de darme cuenta de que era él, sentado tras una mesa enorme, ornamentada y oscura. Katia Mann nos presentó. Aquí están los dos alumnos, le dijo, dirigiéndose a él como el doctor Thomas Mann: este saludó con la cabeza y pronunció algunas palabras de bienvenida. Lucía una corbata de lazo y un traje beis, como en la portada de Ensayos de tres décadas, y ese fue el primer impacto: que se parecía mucho a la pose formal de la fotografía. La semejanza resultaba misteriosa, una maravilla. No era, pienso ahora, solo porque esta fuera la primera vez que conocía a alguien de cuyo aspecto me había formado una clara idea por las fotografías. Nunca había visto a nadie que no fingiera estar relajado. Su semejanza con la fotografía parecía una proeza, como si ahora estuviera posando. Pero la fotografía de cuerpo entero no me había permitido ver el ralo bigote, la blancura de la piel, las manchas de las manos, las desagradables venas superficiales, la pequeñez de sus ojos ambarinos detrás de las gafas. Estaba sentado, muy erguido y parecía muy, muy viejo. Tenía en efecto, setenta y dos años.

Oí que la puerta se cerraba detrás de nosotros. Thomas Mann nos indicó que nos sentáramos en las dos sillas de respaldo recto delante de la mesa. Encendió un cigarrillo y se echó hacia atrás en su silla.

Y empezamos.

Hablaba sin moverse. Recuerdo su solemnidad, su acento, su hablar pausado: nunca había oído a nadie hablar tan lentamente.

Dije cuánto me había gustado La montaña mágica.

Dijo que era un libro muy europeo, que describía los problemas principales de la civilización europea.

Dije que eso lo había comprendido.

Merrill preguntó qué estaba escribiendo.

—Acabo de terminar una novela que en parte está basada en la vida de Nietzsche —dijo con largas e inquietantes pausas entre cada palabra—. Sin embargo, mi protagonista no es un filósofo. Es un gran compositor.

—Sé que la música es muy importante para usted —me aventuré a decir, esperando que la conversación se animara durante un buen rato.

—Tanto las cimas como los abismos del alma alemana se reflejan en su música —dijo.

—Wagner —dije, preocupada por cometer una pifia, ya que nunca había escuchado una ópera de Wagner, aunque sí había leído el ensayo de Thomas Mann al respecto.

—Sí —dijo, alzando un libro que estaba sobre la mesa de trabajo, cerrándolo (con el pulgar entre las páginas), dejándolo, abriéndolo nuevamente—. Como veis, en este momento estoy consultando el tomo IV de la excelente biografía de Wagner de Ernest Newman.

Estiré el cuello para ver bien el título y el nombre del autor. Había visto la biografía de Newman en Pickwick.

—Sin embargo, la música de mi compositor no es como la música de Wagner. Tiene que ver con el sistema dodecafónico o lineal de Schoenberg ...