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DESIGUALDAD

Nicolás Eyzaguirre  

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Fragmento

Prólogo

Para quienes cruzábamos la adolescencia a comienzos de la década de los setenta, el golpe de Estado de 1973 remeció nuestras vidas para siempre —como la de todos—, quizás de un modo particular. El país estaba tan polarizado que, mientras para algunos el orden autoritario que emergió significó que se alejaran sus temores, para otros marcó el inicio de sus pesadillas. Pocos fueron indiferentes a los acontecimientos de ese año y los diecisiete que le seguirían.

Como una prueba más de la polarización de la época, la Escuela de Economía de la Universidad de Chile se había dividido durante el gobierno de la Unidad Popular en dos Facultades. En una se continuó enseñando la ciencia económica en su forma tradicional, con un cierto acento hacia la formación neoclásica, mientras en la otra se enseñaba solo economía política marxista. Dos mundos difíciles de conciliar.

Seducido por el sueño de justicia social que caracterizaba a esos tiempos, opté por esa segunda Facultad, la que fue cerrada con el golpe militar. Tras un período de suspensión, algunos pudimos retomar nuestros estudios en una única nueva Facultad de orientación neoclásica. Otros fueron expulsados, muchos partieron exiliados y algunos perdieron la vida. La dictadura marcó así nuestra adolescencia, transformando lo que debía ser una etapa de cuestionamientos, sueños y esperanzas en un intento contra naturam del gobierno autoritario por imponer verdades reveladas.

Quienes nos oponíamos al régimen militar soñábamos con que este tendría un pronto fin y añorábamos la vuelta de la libertad. Pero esta no llegaba. No obstante nuestros anhelos, esfuerzos y acciones, la dictadura parecía no tener fin.

Los años pasaban y continuaba nuestra formación, por lo que debíamos tomar decisiones sobre nuestro futuro laboral. Algunos decidimos profundizar nuestros conocimientos y realizar posgrados en el extranjero, lo que también nos permitiría ampliar nuestra perspectiva y respirar un poco de aire puro. Eso también nos marcó a muchos.

A comienzos de los ochenta el país entró en una gravísima crisis económica, fruto, en importante medida, de la sobreideologización del régimen, así como de su necesidad de legitimación política en una coyuntura internacional que invitaba al endeudamiento y que se detuvo bruscamente. La ciudadanía comenzó a levantarse con decisión contra el régimen militar.

Ante aquel escenario, la recuperación de la libertad volvió a estar en el horizonte corto. Quienes teníamos vocación por las políticas públicas nos sentimos convocados nuevamente a soñar. Múltiples grupos se formaron para trabajar y reflexionar sobre qué debía hacerse cuando la democracia volviera a ser realidad, lo que finalmente ocurriría al concluir la década.

La crisis económica de los ochenta copaba el escenario, por lo que gran parte de nuestra reflexión se concentraba en las medidas de naturaleza macroeconómica que el país debía tomar para salir adelante. Si bien la oposición al dictador había realizado, muchas veces en el exilio, una profunda reflexión sobre la importancia y centralidad de la democracia —que había sido en ocasiones desvalorizada por algunos sectores de la izquierda—, la crisis económica postergó por algún tiempo nuestro debate sobre un eventual nuevo modelo de desarrollo.

Así, recuperada la democracia, la política económica se orientó preferentemente a profundizar el crecimiento, que fue muy elevado, mientras lentamente se rehacía la política social y el control regulatorio que la dictadura había restringido y dejado en casi total laissez faire, respectivamente. En general, predominaba una aproximación más bien pragmática, en importante medida por el temor a que un eventual desorden significara una regresión autoritaria, pero también porque la dictadura se había encargado de dejar muy poco margen de libertad a la política pública para redirigir el rumbo del país.

Pero, y quizás lo más importante, sucedía también que el mundo había cambiado de forma considerable en esos largos años. Nuestra mirada se había hecho crítica respecto de las orientaciones económicas previas al golpe militar y nuestras viejas certezas habían entrado en una profunda crisis. La Unión Soviética estaba colapsando y, en los ochenta, América Latina, no solo Chile, en medio de la crisis de la deuda, había comenzado a replantear radicalmente la estrategia de sustitución de importaciones que la había caracterizado por más de medio siglo.

Sin las seguridades doctrinarias que antes nos había dado la utopía del socialismo de Estado y cuestionada la industrialización sustitutiva, la orientación económica buscó —más bien de manera intuitiva que fruto de una visión de largo plazo— fortalecer el orden macroeconómico, atender parcialmente la deuda social y fomentar las exportaciones, cuyo escaso dinamismo había estado en la base del estrangulamiento externo que nos había impedido crecer en las últimas décadas republicanas.

La verdad es que estábamos bastante lejos de contar con esa visión de largo plazo sobre cómo superar la desigualdad y la falta de desarrollo.

En el plano productivo, por ejemplo, se debatía sobre cuánto y cómo debía involucrarse el Estado en la selección de nuevos sectores potencialmente dinámicos,lo que se conoce como «política industrial». En el plano social, en tanto, se discutía cómo reconfigurar el Estado de bienestar, que había sido intervenido por la dictadura, confinándolo a solo algunos programas de apoyo a la extrema pobreza, mientras la previsión y parte de la educación y la salud eran privatizadas. Pero tampoco el modelo de seguridad social previo parecía ofrecer una respuesta alentadora. Porque, si bien desde los años veinte se había construido un cierto sistema de bienestar, sus bases diferían de los modelos europeos de la posguerra al padecer severas carencias en términos de universalidad y presentar una elevada segmentación y captura. Esta era la consecuencia de una seguridad social que había sido más bien reactiva a las demandas de lo que se llamara la «cuestión social», con diferencias ostensibles en función de la capacidad de presión de distintos grupos, careciendo de una mirada ciudadana y de inversión social.

No obstante no haber resuelto estas disyuntivas, el crecimiento en los primeros años de la nueva democracia era dinámico, el gasto social crecía y la pobreza se reducía de manera muy significativa. En cualquier caso, el manejo macroeconómico —el tema al cual me dediqué en los años noventa desde el Banco Central— continuaba copando gran parte de la atención, pues, a pesar de los enormes avances, las turbulencias externas seguían teniendo efectos de primer orden en el acontecer económico, como ocurriera hacia fines de los noventa con la crisis asiática.

Al comenzar el nuevo siglo, Ricardo Lagos Escobar, un socialista, fue elegido Presidente de la República, casi tres décadas después de la muerte del también socialista Salvador Allende Gossens. Tuve el honor de ser convocado a integrar su equipo económico. Debíamos con urgencia reactivar la economía tras la secuela de la crisis asiática, pero subía ya entonces la demanda por plantear mayores cambios en el plano productivo y social.

En ese último empeño, durante los primeros años de gobierno visitamos Dinamarca, así como otros países medianos y pequeños que habían logrado su desarrollo basados en sus recursos naturales. Íbamos en busca de inspiración, con el propósito de entender cómo lo ha

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