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DEVOTIO

Massimiliano Colombo  

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Fragmento

I

La toga

—Soy viejo.

El joven criado alzó la mirada hacia Quinto Fabio Máximo Ruliano, iluminado a medias por la luz de la mañana. Estaba habituado a oírlo mascullar y no se preocupaba de comprender el sentido de las palabras del magistrado. Continuó atando las correas de los múleos negros mientras su amo, Rullus, como lo habían apodado los senadores, seguía farfullando.

—El Senado querrá reelegirme, deberé proponer de nuevo mi cargo y no podré negarme.

Tras acabar con el zapato izquierdo, el esclavo empezó a afanarse con el otro, evitando cruzar la mirada grave de Quinto Fabio, marcada por una vida de batallas.

Ruliano era un héroe, había ocupado cuatro veces el cargo de cónsul y las cuatro veces había cumplido con honor los ambiciosos cometidos que la ciudad le había solicitado, hasta convertirse en una especie de monumento viviente.

—Mi cuerpo ya no puede más —dijo con un tono más decidido—. Esta espalda rígida ya ha dado a la República todo lo que podía, y cada día, al despertar, no pierde ocasión de recordármelo con punzadas.

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El sirviente terminó el trabajo, se levantó, hizo una inclinación y se esfumó cruzando el gran atrio con paso ligero. Ruliano miró con una pizca de envidia la figura musculosa y bien proporcionada que se alejaba pisando los mosaicos sin hacer ruido. Se pasó la mano por los riñones, esbozando una mueca de dolor.

—Cuánto vigor desperdiciado en un cuerpo sin animus —dijo, antes de que la silueta del esclavo desapareciera tragada por la luz del peristilo—. Vive en tu simple ignorancia sin darte cuenta de que careces de sustancia. Vive de instintos primarios, conmiserándote de tu existencia hecha de limitaciones y de fatigas, sin imaginar el continuo esfuerzo que requiere la virtud.

El magistrado se alzó de la silla.

—Sin preocuparte de tu ética, tu descendencia, tu estirpe, tu familia o tu tribu de pertenencia. Sin saber qué significa demostrar que se es un hijo devoto y un buen padre, un amo generoso, un cliente leal, un magistrado honesto o un soldado valeroso.

Volvió la mirada hacia el patio, coronado por un rectángulo de cielo azul veteado de cúmulos blanquísimos.

—No, estas son tareas mucho más gravosas y requieren ambiciones superiores que solo hombres de gran valor pueden tener. Valor y civilización van de la mano, cuanto más grande es uno, mayor debe ser la otra. Cuanto más grande es el valor de los hombres, mayor es el esfuerzo que se les exige.

Otro esclavo entró en la habitación con un voluminoso e inmaculado fardo, seguido por un ayudante mucho más joven. Quinto Fabio dejó de hablar y permaneció sumido en sus pensamientos. Su rostro estaba impasible, al igual que su figura, rodeada por los recién llegados, que, después de unos instantes, empezaron a colocarle la larguísima y pesada tela bordada con púrpura. El mayor plegó en toda su longitud la indumentaria y la pasó sobre el hombro izquierdo con un drapeado, el sinus. Sus manos continuaron, silenciosas, pliegue tras pliegue, guiadas por una solemne sacralidad, rota solo por el susurro del tejido. Alargó con sabiduría el paño detrás de la espalda, cuidando de que el drapeado fuera correcto, y luego bajo el brazo derecho para volver sobre el hombro izquierdo, balteus. Quinto Fabio se hizo acomodar el último extremo del tejido sobre el brazo izquierdo, que desde aquel momento ya no movería.

Llevar la toga no era sencillo, ni por lo que representaba ni todavía menos por su volumen. No protegía de la lluvia ni del sol, obligaba a realizar gestos mesurados e impedía moverse con libertad. Quien la llevaba no temía a nadie, estaba protegido por el derecho, la ciudad y su ejército.

Dejaba descubierto solo el brazo derecho y el rostro: ninguna ostentación, ningún exhibicionismo. Quinto Fabio Máximo Ruliano sería desde aquel momento su toga, que identificaba su cargo y su rostro, la única parte de un hombre libre que era digno mostrar. La única mano libre, la derecha, la mano de las buenas acciones, le permitiría jurar frente a sus semejantes.

El criado se alejó un par de pasos y observó con atención su trabajo, mientras la toga pretexta irradiaba su claridad por toda la habitación. Solo un magistrado o un niño podían llevar esa indumentaria. El blanco era símbolo de integridad, de pureza y de civilización, la preciosa púrpura indicaba la inviolabilidad de aquel que la vestía.

Después, el esclavo aprobó con un movimiento de la cabeza.

—Está listo.

—Ahora tendré que estarlo yo —respondió Quinto Fabio, antes de dejar la austera habitación y encaminarse hacia el peristilo para ser embestido por la luz del sol.

Con su figura reflejada en el agua del impluvium, el gran estanque situado en el centro, el excónsul cruzó el jardín interior y luego se adentró por un corredor estrecho dejando a sus espaldas la zona familiar de la casa para entrar en el atrio. Era amplio, pero decididamente poco lujoso. La casa reflejaba en todo y por todo el carácter de su propietario, adecuándose a su estatus y su austeridad.

Pocos pasos más y la puerta de entrada se abrió de par en par. El magistrado observó admirado el espectáculo que desde el Palatino se desplegaba ante sus ojos mientras una bandada de palomas surcaba el cielo. Estaba enceguecido por la luz del sol y la majestuosidad de aquella maravillosa ciudad, que habría podido competir con las más hermosas de Grecia.

—Cuanto más grandes son los hombres, mayor es lo que logran construir.

Un transeúnte reconoció la figura de Ruliano, y con un gesto de la cabeza lo saludó con reverencia. El magistrado respondió esbozando una sonrisa y se encaminó hacia su meta, la Curia Hostilia, donde se reunía el Senado de Roma. Conocía tan bien aquella calle que habría podido recorrerla con los ojos cerrados, pero Rullus jamás lo habría hecho. Aquel itinerario le era tan grato que amaba admirarlo en cada detalle, cambiante según la luz del día y de la estación.

Se dirigió lentamente al Foro Boario, pasando por los templos gemelos de las diosas de la Aurora y la Fortuna, esta última particularmente querida por él. Bordeó las dos construcciones, reanudando su marcha habitual y dobló a la izquierda para tomar el vicus lugarius. Hizo el camino más largo, no tenía ganas de encontrarse frente a la puerta Carmentalia, tan funesta para la familia Fabia. Muchísimos años antes trescientos seis miembros de su gens habían cruzado aquel pasaje antes de morir en batalla contra los etruscos.

Llegó a la altura de las taberne y dirigió la mirada a la derecha. Las tiendas junto al foro de los cambistas habían colgado los escudos de los samnitas, fausto trofeo de la última victoria. Echó un vistazo a la izquierda, al templo de Saturno, y luego alcanzó el foro, donde las estatuas de Pitágoras y Alcibíades lo acogieron con sus vacuas miradas.

—No tienes igual, ciudad de héroes —dijo, observando el santuario consagrado a Vulcano, donde ardía un fuego perenne—. Yo te he dedicado gran parte de mi vida y tú me has concedido mucho también.

Se detuvo, apretó con la izquierda el extremo de la toga. Alzó los ojos. Estaba frente al monumental portón de bronce de la Curia Hostilia.

—Ahora no me pidas más —dijo antes de desaparecer devorado por la sombra de la sala interior.

El interior de la antigua curia romana era monumental, pero sencillo al mismo tiempo. Los senadores estaban sentados en bancos de madera y, en aquel tiempo, las paredes aún no habían sido pintadas al fresco. Ruliano alcanzó su puesto entre el vocerío confuso que resonaba en las bóvedas de la sala. Pronto llegarían los resultados de las votaciones de los dos cónsules que se habrían de repartir la carga del difícil año que afrontaría Roma. Trató de leer, por tanto, los comportamientos y las miradas de los presentes, intentando mantener un disimulado distanciamiento, como si en el fondo se sintiera exonerado de aquello que estaba a punto de ocurrir.

Saludó con un gesto de la cabeza a aquellos que cruzaban su mirada. Algunos sonrieron a su paso, otros farfullaron algo al colega que tenían al lado. Quinto Fabio los ignoró e intercambió un apretón de manos con un antiguo senador que desde hacía tiempo lo apoyaba, antes de percatarse de que en la sala el vocerío estaba disminuyendo. Todos prestaron atención a los pasos más allá del portón de entrada. Ruliano aprovechó la ocasión para estudiar aún algunos rostros, antes de dirigir la mirada hacia la figura que estaba a punto de cruzar el umbral, después de haber dejado a sus espaldas, en el resplandor áureo de la luz, las sombras de los lictores, que lo habían escoltado hasta allí.

El cónsul vigente, Lucio Volumnio Flamma Violens, entró en la Curia Hostilia acogido por miradas cargadas de aprobación. Avanzó en medio de los poderosos que lo habían elegido el año anterior con sus múleos rojos y el paso decidido de quien gobierna su propio destino. Solo pocos días antes, en vez de la toga inmaculada y los zapatos consulares, llevaba caligae enfangadas y una coraza, con la cual había conducido su expedición en el agro campano contra los samnitas, pueblo en guerra contra la Urbe desde hacía años. Los había detenido conjurando un gran peligro, pero, por desgracia, los samnitas no eran los únicos enemigos, puesto que una amenaza igualmente grave se estaba concentrando en los confines de Etruria como una nube oscura sobre el futuro de Roma, y era precisamente por este motivo que el cónsul Volumnio había sido reclamado a la ciudad para presidir las elecciones. A él correspondía llamar a las centurias a la votación y convocar la asamblea general que se disponía a dirigir.

Aquel que había cruzado la sala y había ocupado su sitio en el sillón de madera que descollaba en el centro era un hombre maduro pero aún pleno de vigor. El rostro recién rasurado, como esculpido en piedra, tenía el pelo cortísimo y plateado sobre las sienes y los ojos oscuros, circundados por las marcas del consulado que no le había ahorrado fatigas, día y noche, durante un año entero.

Las grandes puertas de la curia se cerraron. Se hizo el silencio. Su mirada recorrió toda la sala antes de que su voz la llenase.

—Sé que teníais una gran ansiedad por conocer el desarrollo de la guerra —dijo con voz profunda—. Me he enterado de la encomiable iniciativa del Senado de suspender las actividades públicas para convocar un reclutamiento general de los hombres de cualquier clase social. Sé que se han formado cohortes de veteranos para defender la ciudad, que hasta los libertos han sido encuadrados en centurias, como si fueran ciudadanos, y que los habéis equipado con las antiguas armas de nuestros enemigos retiradas de los templos.

Hizo una pausa y dirigió un pequeño gesto de la cabeza hacia los senadores, como para agradecerles aquellas decisiones.

—También me he enterado de que se han decretado agradecimientos públicos a los dioses por mi victoria sobre los samnitas en Campania y os lo agradezco —dijo antes de levantarse del sillón—. Pero os ruego que no penséis que con esta victoria el peligro ha pasado —continuó—, porque no es únicamente del Samnio de quien debemos preocuparnos, la Campania es solo una de las regiones en conflicto y hasta este momento, es decir, hasta donde yo la he comandado, junto con mi colega, el cónsul Apio Claudio Ciego, la guerra ha sido tan dura que para sostenerla no han sido suficientes un único comandante y un único ejército. No descuidéis, por tanto, los movimientos que llegan también de Etruria y de los pueblos de la cercana Umbría, que están uniendo sus fuerzas con los enemigos de siempre para marchar contra nosotros.

Un leve murmullo se alzó entre la multitud de los senadores.

—No es todo.

Se hizo tal silencio que se hubiera podido escuchar el vuelo de una mosca.

—Sé, por informadores, que los etruscos están poniendo de su parte a los galos senones.

En el techo de la curia reverberaron centenares de voces.

—No es posible —atronó uno de los ediles, más para convencerse a sí mismo que a los otros—. ¡Galos y etruscos siempre han sido enemigos entre sí!

—Los etruscos disponen de inmensas riquezas, y no hay nada tan sagrado que el dinero no pueda violar ni nada tan fuerte que no pueda doblegar —dijo el cónsul, recuperando la atención de los presentes—. Ya en el pasado han resuelto las disputas territoriales con sus incómodos vecinos senones gracias al oro. Hace dos años un gran contingente de galos superó los Apeninos y recibió una enorme suma a cambio de no saquear los territorios etruscos. Sé con seguridad, por algunos informadores, que en aquella circunstancia se hicieron negociaciones para invitar a los galos a tomar parte en la guerra contra Roma, acuerdos que han llegado a buen puerto. Además del pago de los gastos para el mantenimiento del ejército y de las recompensas, los senones han solicitado también territorios etruscos a cambio de esta alianza; tierras en las cuales establecerse una vez terminado el conflicto.

El murmullo de incredulidad de los senadores invadió la sala.

—Sé que se han organizado numerosas asambleas en Etruria para discutir la propuesta, pero no se ha llegado a ninguna conclusión, no tanto por la renuncia de parte del territorio, sino porque los etruscos mismos se horrorizan ante el pensamiento de tener unos vecinos tan feroces y salvajes a las puertas de sus ciudades. Por lo menos, esto es lo que han pensado hasta la llegada de Gelio Ignacio.

Aquel nombre fue como una mordedura en el ánimo de todos los presentes. Ignacio era el mal personificado, suscitaba odio y miedo; era el comandante de la liga samnita, una figura tan alabada por los suyos como temida y detestada por los romanos.

—Ha sido precisamente él quien primero ha soliviantado a los umbros y, después de haberles prometido el rico botín que les espera en nuestra ciudad, ha atacado sin medias tintas el comportamiento de los etruscos, por no haber estado aún en condiciones de arrastrar a los galos en esta guerra, sosteniendo que hay tanto para recoger aquí que basta para una inmensa multitud de hombres. Sabinos, petrucios, vestinos y marsios están esperando el momento oportuno para decidir con quién alinearse, pero sabemos que prefieren una alianza con los samnitas antes que con nosotros.

El horror ante semejante escenario enmudeció a los trescientos senadores presentes.

—Hemos respondido a este cerco con todo nuestro arte diplomático y hemos puesto a pelignos, marucinos y frentanos de nuestra parte, rodeando el Samnio al norte y al este. También hemos establecido un pacto antigalo con los picenos, pero ni siquiera esto ha bastado para frenar las miras de los samnitas.

Volumnio se levantó y extendió la mano derecha hacia el público silencioso:

—Quirites —continuó con tono decidido—, representantes de los ciudadanos libres del pueblo romano, estamos a punto de elegir a dos de nosotros para afrontar esta amenaza; a dos de nosotros que deberán llevarnos a la victoria o la muerte. Estamos a punto de elegir quién deberá afrontar a cuatro pueblos unidos en un ejército tan inmenso que ni siquiera nuestros antepasados han visto jamás. Esta coalición dispone de un ejército superior a nosotros en número y puede golpear desde el norte con los etruscos, desde el sur con los samnitas y desde el este con los galos senones y los umbros. Os pido, por tanto, que designéis para el consulado al hombre que en este momento es el mejor general de que disponemos, y nosotros deberemos darle todo nuestro apoyo, tanto que personalmente, visto el momento de excepcional peligro, conferiría al escogido plenos poderes políticos y militares, designándolo dictador.

Quinto Fabio Máximo Ruliano sintió una nueva punzada en los riñones cuando vio que la mirada de la casi totalidad de los presentes se deslizaba sobre él. Sabía que su pasado lo designaba como el más experto en aquella curia para afrontar la cuestión, pero en vez de sentirse honrado por aquel cargo, acusaba solamente la obligación. Tenía una edad avanzada y estaba cansado, pero al contrario de todos los demás en aquella sala era el único que dudaba de sí mismo. Decidió que recurriría a lo que desde hacía días rumiaba; apelaría a una ley en vigor, que impedía que cualquiera fuera reelegido por el consulado anterior antes de los plazos establecidos. Sostuvo, por consiguiente, indiferente aquella silenciosa demanda y se dispuso a presidir junto a los demás el recuento de los votos que continuó durante toda la mañana.

Desde las urnas su nombre llenó decenas de veces la sala con el mismo fastidioso golpeteo metálico de un martillo sobre el yunque, clavándolo en el escaño bajo un diluvio de miradas y comentarios a media voz hasta que se puso de pie.

—¿Por qué? —atronó imperiosamente haciendo callar a todos—. ¿Por qué continuáis dirigiéndoos a mí?

Los miró embutido en la toga y con el rostro decidido.

—¡Soy viejo! —sentenció, señalando con la mano su rostro demacrado—. Cada una de estas arrugas es testigo de una prueba llevada a cabo por la ciudad. He hecho lo que se me ha pedido y ya no estoy en condiciones de asumir semejante tarea. Estamos hablando de dirigir cuatro o cinco ejércitos en diversos frentes. En Etruria y en Umbría, donde a los enemigos se han sumado los galos; en el Samnio y en Lucania. ¿Cómo podéis pensar que soy el hombre indicado para hacerme cargo de esta tarea?

—Roma no está pidiendo tu fuerza física, Rullus —intervino Volumnio—, necesita tu finura de pensamiento.

Una oleada de aprobaciones entusiastas hizo eco a las palabras del cónsul.

—¿Qué decís? —aulló Quinto Fabio, tratando de superar el estruendo—. Tampoco mi mente es tan rápida como antes.

La sala ya no escuchaba al magistrado, tanto que este tuvo que pedir silencio antes de poder hablar de nuevo.

—Estoy halagado, de verdad. Me siento honrado por este encargo, pero al mismo tiempo temo que a algún dios comience a parecerle excesiva la fortuna que he tenido. Tengo a mis espaldas cuatro consulados y aún estoy aquí siendo llamado a ocupar un cargo. Es demasiado para un hombre. Yo he hecho mucho, he alcanzado la gloria de nuestros más ilustres antepasados, pero ahora no pido más que asistir a la gloria de otros.

Con la mano se enjugó la comisura de los labios, salpicada de saliva por haber hablado con vehemencia.

—A Roma no le faltan, desde luego, altos reconocimientos para hombres de valor ni hombres de valor a la altura de semejantes reconocimientos.

Su autorizado público volvió a alabarlo con un aplauso sin fin.

—Os ruego —gritó, levantando la mano—, os ruego que leáis en voz alta la normativa en virtud de la cual nadie puede ser reelegido cónsul antes de los plazos que marca la ley.

Un pontífice de la plebe se levantó de uno de los escaños.

—Prepararemos un escrito que presentar al pueblo para dispensarte de esa normativa.

Otra vez se produjo un revuelo y Ruliano pidió de nuevo leer la norma, que no se oyó a causa del estruendo.

—¡Qué sentido tiene! —aulló, desgañitándose—, ¿qué sentido tiene promulgar leyes, si luego quien debe hacerlas respetar es el primero en no aplicarlas?

Fue su última e inútil réplica; tampoco esta vez resultó convincente, porque al final se decidió dar a las centurias el voto para la dispensa de la ley con lo que Quinto Fabio Máximo Ruliano y Lucio Volumnio fueron elegidos con el consenso de toda la ciudad en medio de la exultación general.

El silencio solo se produjo terminada la votación, con la luz del atardecer, que se filtraba en la sala. Todos esperaban las palabras de los nuevos cónsules, que deberían aceptar el cargo querido por el pueblo.

Las miradas una vez más se posaron en el viejo Rullus, que alcanzó con paso firme y expresión grave el centro de la curia.

—Que los dioses aprueben lo que habéis hecho hoy, quirites —dijo, desconsolado, observando por enésima vez a los senadores—, pero visto que habéis decidido hacer lo que habéis querido, os pido que al menos me escuchéis para el nombramiento de aquel que deberá compartir el mando conmigo.

Quinto Fabio solía tener estas ocurrencias, pero los magistrados presentes acusaron la incomodidad de Lucio Volumnio, apenas nombrado junto a él, que lo escuchó con evidente sorpresa.

—Dada mi edad y la gravedad de la situación, debo tener a mi lado a alguien que me apoye y con el cual poder planificar, en brevísimo tiempo, la estrategia de guerra. Soy un viejo huraño y no voy a crear una relación de total confianza con mi compañero de mando; por lo tanto, necesito poder disponer de un colega que ya conozco, alguien con quien sé que puedo ser un solo corazón y una sola mente.

La mirada del magistrado serpenteó en medio de la multitud de los senadores, adentrándose entre las filas hasta alcanzar el rostro de un hombre de ojos penetrantes y pelo castaño cortísimo, que sobre las sienes devolvía resplandores plateados a la luz de aquella hora. Ruliano lo señaló.

—Pido que Publio Decio Mure, hombre digno de vosotros y de su padre, sea elegido cónsul junto a mí.

Hubo algunas expresiones de perplejidad, pero eran tan pocas que se podían contar con los dedos de una mano. Todos conocían a Publio Decio Mure y sabían que era un hombre nacido para la vida militar, poco propenso a las palabras e inclinado a la acción. Era un valiente y ya había sido cónsul nada menos que tres veces, una de las cuales, dos años antes, precisamente con Quinto Fabio Máximo Ruliano, con el cual había combatido a los etruscos y los samnitas. Su padre, además, que se llamaba del mismo modo, había muerto inmolándose por la causa de la ciudad contra los latinos; sacrificio con el cual había salvado a la ciudad, que ahora lo contaba entre sus héroes más ilustres.

—Los dioses no podrán estar más que complacidos ante semejante elección —continuó Quinto Fabio dirigiéndose a Lucio Volumnio—, después de que Júpiter Óptimo Máximo ha aceptado el sacrificio de su padre.

Volumnio lanzó una mirada a Publio Decio Mure. En aquella sala había al menos una decena de hombres valientes que habrían cumplido el papel de defender a la ciudad, pero la ley que los antepasados habían impuesto preveía elegir a dos. Volumnio asintió, afirmando que la recomendación de Ruliano era legítima, y pensó que, quizá, los mejores entre los mejores eran precisamente ellos. Aplazó, por tanto, al día siguiente la decisión mediante voto, sabiendo que ninguno de los tres se habría presentado en el Senado.

II

Hijo de Roma

—¡He derrotado a los samnitas y ahora quiero mi triunfo! —aulló el pequeño, alzando su espada de madera al cielo bajo los ojos divertidos de su padre—. Volverás vencedor también esta vez, ¿verdad, padre?

La sonrisa en el rostro del hombre se ensanchó.

—Volveré vencedor, Publio —dijo antes de levantarlo a peso y abrazarlo—. Y cuando vuelva, cogeremos los dos caballos más hermosos de Roma e iremos a cabalgar juntos.

—¿De verdad, padre?

—Claro que sí; es una promesa, y una promesa de los Decii es sagrada.

Padre e hijo llevaban el mismo nombre, que era el del abuelo. Tres generaciones diversas, un solo nombre, una sola estirpe, un solo pensamiento: ampliar la gloria del predecesor. Para el pequeño Publio aún era pronto, pero dentro de algún tiempo también en él se abriría camino el pensamiento de combatir para mantener la posición en que el nacimiento lo había colocado y hacer lo posible por avanzar más allá. No sería una vida fácil, porque el abuelo había dado más que cualquier otro, cuarenta y cinco años antes, inmolándose por la gloria de la ciudad, cuando esta combatía contra los latinos. Durante una batalla que iba a peor, vista la situación desesperada, Publio Decio Mure, entonces cónsul en ejercicio, se había dirigido a los dioses con el rito de la devotio, para atraer sobre él todas las cóleras divinas y liberar de ellas a sus hombres, dejándoles la victoria a cambio de su vida. Por tanto, había montado a caballo, empuñando las armas, y se había lanzado solo en medio de los enemigos, matando a varios antes de caer heroicamente atravesado por una nube de flechas.

El gesto dio a los suyos tal confianza y vigor que los romanos se arrojaron con gran ímpetu a la batalla, mientras que los enemigos, confundidos, comenzaron a retroceder bajo el impulso de las legiones reanimadas por el sacrificio de su comandante.

Se había inmolado por la ciudad y la ciudad le había atribuido un sitio entre sus héroes inmortales, pero este reconocimiento no se renovaría de generación en generación. Había que mantenerlo. Cuanto más altos eran los honores adquiridos, mayores eran las cargas que sostener, y Publio padre, el hijo del héroe, era perfectamente consciente de ello, mientras dejaba a su niño en el suelo.

—Están llegando.

Publio se volvió hacia Julilla, madre y esposa de aquellos dos decii destinados a competir con la fama del abuelo. La sonrisa del hombre se debilitó ante la mirada preocupada de la mujer. Detrás de aquella seguridad se ocultaba la angustia de verlo partir hacia las peligrosas tierras del Samnio o para atravesar la floresta Cimina y enfrentarse a los etruscos o los umbros, o peor aún, superar los impracticables Apeninos para combatir a los monstruosos galos. Sabía que Roma estaba en peligro y que el hombre con el que se había casado sería uno de los que habrían hecho lo que fuera para detener aquel peligro. Poco importaba que lo hiciera como cónsul o pontífice. Publio Decio era un combatiente y un líder, uno de los mejores comandantes de que disponía la ciudad y se marcharía con cualquier encargo. A ella, Julilla, no le quedaba más que representar el papel de mujer de un magistrado romano, secundando su partida para esperarlo en silencio. Su estatus le negaba lágrimas o debilidades, nunca podría preguntar qué sucedía con su marido, debía esperar la noticia de la victoria o de la derrota de la ciudad; no de la vida o de la muerte de su hombre.

Mure no se había dirigido al Senado aquel día. Había permanecido en casa con su esposa y su hijo, a la espera de la votación de las curias. Si el pueblo lo había elegido como cónsul al lado de Quinto Fabio Máximo Ruliano, pronto llegarían a su puerta los lictores para traerle la noticia. Si, en cambio, el pueblo se había decidido por Lucio Volumnio, sería convocado en los próximos días en el Campo de Marte, el enorme espacio fuera de los muros de la ciudad en el que se reclutaban a las legiones que conducir a la guerra.

Publio Decio miró a su esposa, la pequeña y grácil Julia, Julilla como le agradaba llamarla, que lo observaba con aprensión. Veinte años más joven que él, venía de una familia acomodada que se había esforzado por darla como esposa al hijo del héroe de Roma. Había entrado en aquella casa como una chiquilla espantada y él se había sentido de inmediato afortunado por aquel don fresco y puro.

Al principio, Julilla le había dado ternura y luego lo había conquistado, día tras día, durante nueve largos años, suspendida entre las palpitaciones de la emoción y las del miedo, porque de aquellos nueve años, siete habían sido de esperas, de guerras y de angustias.

Ahora, aunque impecable matrona, Publio sabía que, detrás de aquella forzada ostentación de dignidad, latía un corazón espantado como el de un petirrojo apenas capturado. No continuó la frase de la mujer y se acercó a ella con una sonrisa.

—Los dioses saben lo que hacen, verás como todo irá bien —le dijo.

Julilla permaneció inmóvil frente a él, con sus ojos clavados en los del hombre, mientras a lo lejos comenzaba a advertirse el vocerío confuso de la gente. Los feciales, que representaban a la ciudad en las relaciones con otros pueblos, encargados de las mediaciones y las declaraciones de guerra, eran también los que traían la noticia de los resultados de las elecciones a los electos y generalmente los acompañaba una especie de séquito de curiosos, intrigantes y políticos que querían ser los primeros en cumplimentarse con el nuevo poderoso.

La domus Decia de los Mure estaba sobre el Palatino, al igual que las residencias de casi todos los otros candidatos, por tanto, aquel cortejo que se aproximaba, de hecho, podía dirigirse donde Ruliano, o donde Volumnio o quién sabe quién más. Solo se podía esperar ostentando calma, casi indiferencia ante el hecho de que, si aquella gente se detenía frente a su casa, Publio Decio entraría en la Historia por su cuarto consulado.

Ella le cogió la mano, acarició los nudillos y luego abriéndole la palma la llevó sobre el vientre y parpadeó con ojos brillantes.

—Espero otro hijo, Publio.

El rostro del hombre se iluminó:

—Mi amor.

Sacudió la cabeza incrédulo, deslizando la mano con delicadeza sobre el tejido de la túnica, rozándole el vientre, totalmente desprevenido para aquella noticia que lo hacía feliz.

—Yo, yo espero que sea una niña, lo espero por ti, pero también por mí.

La abrazó.

—Soy un hombre envidiable y envidiado.

Ella se aferró a los brazos fuertes de él y no pudo contener las lágrimas.

—No llores, Julilla, es un momento bellísimo.

—Sí —dijo ella, asintiendo y secándose el rostro.

—Tú llevas la vida, es una señal, es una bellísima señal, Julilla.

Lo abrazó con fuerza, de nuevo, con los ojos cerrados, los labios apretados y las lágrimas que descendían mientras el vocerío afuera se hacía más cercano.

—Volverás para su nacimiento, ¿verdad?

—Volveré.

—Prométemelo, Publio.

El cortejo se detuvo en la casa Decia.

—Cuídate, verás que el tiempo pasa rápido.

—Sin ti, no sé si podré afrontar esto.

—La fuerza está dentro de ti, mira al pequeño Publio, él sabe cómo llenar esta casa de todo el afecto que necesitas. El bueno de Eutidemo te ayudará y tú, tú atesora esta vida dentro de ti y siéntete orgullosa de llevar en el vientre otro hijo de Roma.

—Un hijo nuestro, Publio.

Golpearon a la puerta.

—Un hijo nuestro, Publio —repitió viendo que la mirada de él seguía a Eutidemo, el viejo esclavo griego, preceptor del pequeño Publio, que iba hacia la entrada.

—Es un Mure, Julilla —rebatió él, soltándose del abrazo.

Eutidemo volvió.

—Un fecial te espera en la puerta, domine. Está acompañado por doce lictores.

Publio Decio Mure se sintió invadido por un calor profundo. Era cónsul por cuarta vez. Había superado a su padre. Miró a Julilla.

—Es hijo de Roma.

III

Honor

Los pasos decididos de Publio Decio Mure resonaron entre los mosaicos del atrio de la casa de Quinto Fabio Máximo Ruliano. El esclavo que le abría paso se detuvo poco antes de la columnata del jardín interior y con ademán obsequioso lo invitó a continuar solo, indicándole con la mano abierta la figura del dueño de la casa que lo esperaba más allá del estanque rectangular.

—He llegado en cuanto he podido, Rullus.

—Te lo agradezco —respondió el cónsul yendo a su encuentro—, sé que estás muy atareado con los preparativos; es más, te pido excusas por haberte apremiado.

—No te preocupes, desde que hemos aceptado debemos estar siempre listos, ¿no es cierto?

—Muy cierto, ¡ay! Pero ante todo: ¿cómo está la querida Julia?

—Bien —respondió Mure, esbozando una sonrisa—, de salud bien, pero desanimada por mi partida.

—Es una característica de las esposas de los cónsules, querido. Nosotros nos adaptamos al presente y ellas se lanzan hacia el futuro con el pensamiento, imaginando lo peor.

—Debe de ser como dices, pero esta vez está más angustiada de lo normal, quizá porque está en la dulce espera.

Ruliano extendió los brazos.

—Esa sí que es una noticia, así me gusta, hijo, llena esta ciudad de tu virtuosa descendencia.

—Se necesita tiempo también para tener hijos y es difícil si estoy siempre en guerra. Así que de momento Roma deberá conformarse.

—Sí —respondió el viejo cónsul, invitando a su colega a sentarse—. El Hado nos quiere siempre listos para combatir; quizás estemos destinados a salvar a los hijos de Roma, en vez de engendrarlos, y esto, además de privarnos de placer, hace que salvemos también a alguien que luego no lo merece.

Publio Decio rio.

—Pero ahora pasemos al motivo por el que te he convocado deprisa y en sordina, amigo mío —dijo el viejo cónsul después de haber alejado con un gesto expeditivo al esclavo que les había traído dos copas de vino dulce—. Ya hemos trabajado mucho tiempo juntos, entre nosotros siempre ha habido una gran complicidad y tú sabes qué pienso de nuestros senadores. Algunos son excelentes elementos, otros buenos, algunos otros mediocres y así sucesivamente. Yo creo, mejor dicho, estoy seguro de que este consulado será aún más difícil que los otros, porque además de combatir a nuestros enemigos, deberemos guardarnos de los amigos. Los que actúan en la sombra de la curia.

Quinto Fabio lanzó una mirada hacia la columnata, estaban solos, pero se acercó y bajó la voz.

—Apio Claudio, nuestro procónsul, que ha conducido las operaciones hasta ahora con Lucio Volumnio, ha exagerado la gravedad del conflicto en Etruria en sus informes llegados al Senado.

—¿Cómo puedes decir que son exagerados?

—Porque lo conozco, le gusta enfatizar y no tomar las necesarias contramedidas. No es un buen soldado, sino un hábil político. Apostaría mi patrimonio a que se ha fortificado en campamentos inexpugnables, permitiendo que el enemigo se organice y actúe. Esto es lo peor tanto para los nuestros como para nuestros enemigos. Los hombres deben estar en constante movimiento, de modo que no tengan mucho tiempo para pensar y volverse apáticos. Del mismo modo, también el enemigo debe temer la llegada de una legión de un momento a otro para no tomar la iniciativa.

—Es por eso que el Senado y el pueblo te han votado; todos confían en Quinto Fabio para afrontar este peligro.

—No todos, Publio, una parte del Senado me acusa de haber ido demasiado lejos cuando me enfrenté a los etruscos en las pendientes de los montes Ciminos.

—¿Demasiado lejos?

—Así es. Si hubiera evitado penetrar en esa selva, entrando en las tierras de los umbros, quizás ahora esos montañeses aún estarían entre sus colinas boscosas y no se habrían aliado con los etruscos.

Decio Mure sacudió la cabeza con una sonrisa.

—No puedo creer que el viejo Ruliano reciba presiones de un reducido grupo de senadores después de lo que ha hecho por Roma.

—Sin embargo, es así. Si reflexionamos sobre ello, obtuve una victoria efímera en la selva Cimina, porque en realidad, entrando en las tierras de los umbros y haciendo tierra quemada para obligar a los etruscos a la rendición, amplié el conflicto. Varias ciudades umbras se han puesto del lado de los etruscos, otras son por el momento neutrales, pero más propensas a cerrarnos las puertas que a abrírnoslas. Roma tiene un enemigo más. Yo he dejado que las brasas anidaran bajo las cenizas y ahora se necesitará sangre romana para apagar este incendio.

—Dudo de que todos los umbros se pasen del lado de los etruscos si estos se han aliado con los senones. Umbros y senones son enemigos.

—Los etruscos están en la base de todo este extraño revoltijo de aliados reunidos para la ocasión. Son desleales y condenadamente ricos, solo a ellos podía ocurrírseles pagar a sus más acérrimos enemigos para volverlos contra nosotros. Además, pagando a los galos, evitarán de momento que estos ataquen a los umbros para poner de su parte a la mayor cantidad de fuerzas posibles. Debo admitir que el movimiento es terriblemente astuto.

Mure bebió un sorbo de vino.

—Si marchamos directamente hacia las tierras de los etruscos quizá todos los acuerdos entre estas gentes quedarán anulados. El suyo es el ejército clave, al que derrotar primero.

—Y es por eso que estás aquí, amigo mío. Es esencial que yo pueda marchar de inmediato hacia el norte.

—Pero eso —dijo Mure, con una sonrisa incómoda—, no depende de nosotros, los dioses tendrán su papel, dado que los caminos se asignarán por sorteo.

Fabio se aclaró la voz.

—Debemos mantener a los dioses fuera de esto, Publio Decio.

Al joven cónsul le costó entender aquellas palabras.

—No... no podemos evitar el sorteo, no has sido nombrado dictador.

—Publio, debo enmendar aquel error. Concédemelo —rebatió Rullus, nervioso—. Conozco esos lugares, he conducido a las legiones a través de aquellos inaccesibles barrancos, he abierto el paso en aquella selva y estoy en condiciones de atravesarla de nuevo. Cortando por la floresta puedo caer sobre los etruscos y aislarlos de los otros.

Decio Mure, enmudecido, miró a su colega, que continuó:

—Pediré una provisión extraordinaria que me asigne el mando de las operaciones en Etruria.

—No puedo creer lo que oigo, tú has recibido presiones del partido de los patricios para que yo sea relegado a un papel secundario.

—Los patricios esperan que su hombre conduzca esta guerra, Publio.

—Los tribunos de la plebe se opondrán firmemente.

—No podrán hacer frente a los patricios, lo sabes.

—Me estás pidiendo que eluda el voto del pueblo, Fabio.

—Te estoy pidiendo que salves a este pueblo de una derrota —rugió el otro.

Mure se quedó en silencio.

—Si estás pensando en tu honor, Publio —continuó Ruliano, volviendo a la calma—, he pensado también en esto. Te opondrás teatralmente a esta decisión, hazte apoyar también por los tuyos, si es necesario, pero no por todos, no podemos arriesgarnos demasiado. Al fin, me elegirán a mí.

—Cuando alguien se encuentra ante una guerra dura y difícil como la que deberemos afrontar y se la confía a uno solo de los dos comandantes, sin un sorteo normal, ¿a quién no puede ocurrírsele que el otro cónsul sea considerado inútil o de sobra?

—¡A mí! —dijo Quinto Fabio, tajante—. Los senadores pensarán que han hecho lo correcto, dándome el mando; los patricios creerán que han ganado una vez más a los plebeyos, pero yo, yo sabré que hay un hombre que, más que ningún otro, se ha inmolado por la causa. Tú —dijo señalándolo—. Confía en mí, tendrás ocasión de hacer resplandecer tu honor y el de tu ilustre familia en esta guerra, Publio, solo te pido que me des la posibilidad de alcanzar con la velocidad del rayo las avanzadas de ese inepto de Apio y devolverlo a Roma. Tú irás al Samnio durante el invierno y pondrás a raya a Gelio Ignacio, luego uniremos nuestras fuerzas para interceptar a los galos y los umbros.

De nuevo se hizo un instante de silencio.

—Espero que los dioses secunden tu voluntad, Fabio —dijo luego Publio—; en cuanto a mí, estaré listo para partir, hacia cualquier frente. Listo para alcanzar tanto el Samnio como la Etruria. Listo para hacer lo que me digas.

Ruliano puso la mano sobre el hombro de Publio Decio Mure.

—Rogaré a Júpiter Óptimo Máximo y a los dioses inmortales que te concedan la oportunidad de demostrar cómo un cónsul romano está en condiciones de guiar a los suyos en el peligro. Tendrás tu parte de gloria en esta guerra. Los dioses siempre están del lado de los más fuertes.

La silueta de Julilla se materializó desde la oscuridad en el umbral de la estancia iluminada por las lámparas. Publio alzó la mirada de los papeles, observándola avanzar con pequeños y silenciosos pasos.

—No hablas desde ayer, desde que regresaste de casa de Ruliano.

El cónsul no respondió.

—Es viejo y poderoso —continuó la mujer—, tiene la autoridad de un anciano, pero los defectos de un niño. Sabes que los viejos se vuelven caprichosos como los niños.

Publio la miró, no podía revelar la verdad de aquella intriga, ni siquiera a ella.

—Se ha prestado al juego de los patricios; lo habría entendido en otro momento, pero no hoy. Ahora lo más importante para el bien común es afrontar juntos el peligro que viene de afuera, no luchar entre nosotros.

—Los patricios te temen. Eres el valiente Publio Decio Mure, el cónsul plebeyo que puede echar sombra sobre su monumento viviente.

—Sí, pero él me conoce, sabe que lo respeto y que no haría nada que pudiera perjudicarlo; en cambio, pidiendo el mando sin sorteo afecta a mi honorabilidad.

Julilla se apoyó con gracia sobre el escritorio, desplazando los papeles que su marido había consultado hacía pocos instantes.

—Nadie puede ni podrá nunca quitarte tu honor, Publio. Ya has brillado en el pasado por tus empresas y estoy segura de que —dijo con una pausa cargada de preocupación— no te echarás atrás tampoco esta vez. Todos lo saben.

—Todos lo saben, pero la gente hará lo que Ruliano le pida. Él es demasiado fuerte. A él le darán el mando del frente septentrional y a mí me dejarán un papel de gregario.

Julilla lo acarició.

—Tú no eres ni serás nunca como ellos, Publio; tú buscas en el aprecio del Senado el sentido de tu existencia. Tú eres más noble que ellos, que son espléndidos por fuera e innobles por dentro. Tú sabes lo que es bueno para Roma y honrarás tu tarea por el bien de todos.

Publio apoyó la cabeza sobre el vientre de su mujer, abrazándola por la cintura.

—Siempre encuentras las palabras adecuadas que decir.

—Porque te amo y sé que para demostrártelo también esta vez deberé dejarte marchar.

El hombre alzó la mirada hacia ella.

—Aunque mi corazón me pide que te arranque esa coraza —continuó Julilla—. Mi corazón te querría a mi lado cada día, porque después de nueve años juntos, de los que he pasado siete sola mirando esa puerta con la angustia de ver llegar a un pontífice con tu yelmo, un poco me lo merezco. Mi corazón querría borrar por arte de magia de tu mente la estirpe que debes honrar. Al mismo tiempo, mi corazón sabe que eres un Decio, que no tienes otra vida y aspiración que hacer ilustre este nombre.

Él la observó, iluminada por la luz amarillenta, con esa mirada a medias entre la rabia y la resignación.

—Cada vez que sucede, cada vez que partes —dijo ella, con voz temblorosa—, me encuentro sola por la noche en mi habitación y pienso. ¿Sabes qué pienso?

El hombre sacudió la cabeza mientras ella echaba un vistazo distraído a los incomprensibles mapas esparcidos sobre la mesa.

—Pienso en cuando te vi por primera vez.

Publio esbozó una sonrisa.

—Era una hermosa mañana de abril. Recuerdo que mi padre daba las últimas órdenes a los criados y luego se ponía la toga de las grandes ocasiones. Recuerdo que el sol aún no estaba en lo alto cuando salimos de casa. El aire penetrante rozaba mi rostro y yo no sabía si estar triste o feliz. Era el día de mi compromiso con un hombre al que nunca había visto, un hombre del que todos hablaban como de una grande y estimada persona. Seguían repitiéndome que debía estar feliz por aquello que me estaba ocurriendo. El padre de mi futuro marido había sido un gran cónsul y había muerto con una devotio, para salvar a Roma de una gran calamidad. Había sido precisamente él quien un año antes me había elegido como tu esposa y, en su ausencia, su hermano, tu tío, lo sustituía en la ceremonia de esta promesa.

Julilla inclinó la cabeza.

—El corazón me latía con fuerza, Publio, tenía el estómago revuelto mientras nos acercábamos a la domus Decia, la casa de los Decios, la casa del héroe.

El hombre asintió complacido y curioso mientras ella continuaba.

—Este sitio aún no me era familiar. Recuerdo que llegamos precedidos por dos esclavos, como una especie de pequeño cortejo, y nos detuvimos frente a la puerta. Un criado nos invitó a entrar. Di un paso y superé el umbral rogando a los dioses que me dieran fuerza. Vinieron a nuestro encuentro tu tío y los demás parientes; por último, vi a una de las mujeres de la casa, vestida con ropas finísimas y flanqueada por esclavos bien ordenados.

Julilla tragó saliva y un brillo apareció en sus pupilas oscuras.

—Aún puedo ver sus rasgos nobles, su mirada triste y, al mismo tiempo, serena. Era la madre de aquel con el que me habían prometido. La viuda Mure, tu madre.

Julilla pasó su mano entre el cabello corto de Publio.

—Los hombres se dirigieron a otra habitación, dejándome a solas con ella. Su figura avanzó entre los resplandores plateados que el sol reflejaba en el estanque del impluvium. En aquella mañana de ansiedad me dio una sensación de sosiego que me reconfortó. Sonrió y me acercó a ella antes de conducirme al salón donde las mujeres se reunían para charlar y tejer. Estuve tan a gusto que ni siquiera recuerdo cuánto tiempo pasamos allí. Me preguntó sobre mí, me habló de ella y habló de ti con el orgullo que solo una madre puede tener. Luego cogió un cofre que tenía al lado y con amabilidad me dio su regalo, que desde aquel día nunca me he quitado —dijo, llevando la mano a sus pendientes de perlas—. Una esclava entró en la habitación justo cuando ella acababa de ayudarme a ponérmelos, contándome que aquellos pendientes eran un presente que la familia se transmitía desde hacía generaciones. Ella ya no los necesitaba, dado que el mejor ornamento que podía tener eras tú.

Publio esbozó una sonrisa, sacudiendo la cabeza.

—Luego, con la elegancia de un gesto, me dio a entender que había llegado el momento de reunirme con aquel al que sería ligada. Fui presa de un malestar irrefrenable y me levanté obligada solo por la educación y la costumbre, porque en aquel instante habría querido huir. Me indicó el lugar hacia el que debía encaminarme, y con el corazón que me estallaba cogí esa dirección seguida como una sombra por mi doncella.

»La casa me parecía inmensa con los mosaicos de las habitaciones que reproducían escenas mitológicas. Al cruzarlas, era como si los mismos muros me escrutaran. En el hortus la doncella se marchó y me dejó sola. Estaba petrificada, titubeante, con la respiración entrecortada y el ánimo agitado. Allí te vi por primera vez, junto al gran muro perimetral de la casa. «Julilla», me llamaste, viniendo a mi encuentro y entrando en mi vida con tu paso desenvuelto y seguro. Permanecí con la cabeza inclinada, sin atreverme a alzarla por miedo a encontrarme frente un rostro horrible, hasta que tú estuviste tan cerca que me cogiste las manos.

»Julilla. Miré tu mano, vi el anillo de la familia de los Decii, luego alcé el rostro y tus ojos se encontraron con los míos. El corazón me dio un vuelco. Me observabas divertido con tu sonrisa cautivadora en el rostro. Tu fuerza magnética que nadie puede vencer.

—Eras tan hermosa que dejabas sin aliento —la interrumpió él.

Julilla sonrió complacida. Le pasó de nuevo la mano por el pelo mientras derramaba lágrimas.

—Y yo no debo de ser gran cosa si ante aquel recuerdo te dan ganas de llorar.

—Oh, tú no eras solo guapo, eras fuerte, noble e invencible. Me sonreíste con tus ojos, que me miraban encendidos, y con aquella sonrisa me hiciste tuya. Habías dicho solo mi nombre y, sin embargo, tu voz profunda me había desarmado; aún debías hablarme y ya me habías vencido.

Publio se puso de pie y la abrazó.

—Aquella época fue mágica. Duró hasta la primera vez que partiste, dejándome sola aquí, embarazada del pequeño Publio.

El hombre bajó la mirada, como si se sintiera culpable.

—Durante aquellas tardes de soledad, solía sentarme en el jardín interior con tu madre, que me contaba que lo que me ocurría era del todo normal. También ella te había criado sola, porque su marido se había pasado la vida lejos de casa, en la guerra. No conseguía entender si alguna vez lo había amado, porque hablaba de él de una manera distante, como si fuera un personaje ilustre ajeno a la familia. Sin embargo, me dijo que lo echaba en falta y, una vez viuda, había debido ocuparse sola de tu educación. Contó que te había criado de manera austera, con severidad. No lo había hecho porque no sintiera por ti la ternura de una madre, al contrario, lo había hecho para que estuvieras dispuesto a llevar la vida de esfuerzos que inevitablemente, siendo alguien de la gens plebea Decia, hijo del héroe muerto en guerra, te había caído encima. Cuando nació el pequeño Publio, me aconsejó que ejercitara mi tutela de manera igualmente inflexible sobre él. Solo así crecería fuerte y resistiría los embates del destino.

—Has estado a la altura de la situación, Julilla. Siempre lo has estado y siempre lo estarás. Ya antes, cuando eras la muchacha espantada y confusa que me tomó por marido sin conocerme. Lo has estado después, cuando has sabido administrar esta propiedad y a la servidumbre en mi ausencia durante siete largos años. Lo estarás ahora aún más, pues eres la respetada domina del cónsul.

La mujer sacudió la cabeza.

—No me abandones al mismo destino, Publio, te lo ruego. No quiero ser la matrona que deambula por la casa con esa mirada triste que ha tenido tu madre hasta el último día de su vida.

—Me cuidaré de ello, te lo prometo.

—Piensa también en nosotros, no solo en el honor, te lo imploro.

—Lo haré.

...