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DIARIO DE ANDRéS FAVA

Julio Cortázar  

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Fragmento

Me revientan estos mocos mentales. También los japoneses se suenan en papeles. “Diario de vida”, vida de diario. Pobre alma, acabarás hablando journalese. Ya lo hacés a ratos.

Un tanguito alentador:

“Seguí no te parés,

Sabé disimular —”

Y este verso de Eduardo Lozano:

Mi corazón, copia de musgo.

Lo que se da en llamar “clásico” es siempre cierto producto logrado con el sacrificio de la verdad a la belleza.

Esperando un ómnibus en Chacarita. Tormenta, cielo bajo sobre el cementerio. Cumpliendo la cola me quedo largo rato mirando la copa de los árboles que preceden el peristilo. Una línea continua de copas (el cielo gris la ahonda y purifica), ondulando graciosa como al borde de las nubes. En lo alto del peristilo el ángel enorme se cierne entre los perfiles de árbol; parece como si apoyara el pie sobre las hojas. Un segundo de belleza perfecta, luego gritos, trepar al ómnibus, córranse más atrás, de quince o de diez, la vida. Adiós, hermosos, un día descansaré ceñido por ese encaje delicado que me protegerá por siempre de los ómnibus.

(La tierna idiotez de algunas frases. Suspiros verbales.)

Sólo me interesan los primitivos y mis contemporáneos, Simone Martini y Gischia, Guillaume de Machault y Alban Berg. Del siglo XVI al XIX tengo la impresión de que el arte no está bastante vivo ni bastante muerto.

Rimbaud, poeta “ambu

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