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DIARIOS DE ALEJANDRA PIZARNIK

Alejandra Pizarnik  

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Fragmento

Acerca de esta edición

Han transcurrido doce años desde la publicación de la primera edición de la obra diarística de Alejandra Pizarnik, de cuya selección me hice cargo. Señalé entonces, en la introducción, que había seleccionado el material guiándome por lo que sabía del deseo de Pizarnik de publicarlo un día como un «diario de escritora»,1 así como por determinadas pautas editoriales y el respeto a la intimidad de terceras personas y a la intimidad de la propia diarista y de su familia. Hoy, agotada aquella edición de los Diarios, la editorial Lumen ha tenido la excelente idea de reeditarlos, abriendo así la posibilidad de revisar ciertas pautas no sólo en cuanto al número de páginas, sino también, entre otras cosas, a su presentación. Esta nueva presentación permitirá al lector comprender y apreciar las intervenciones de la autora en sus diarios en un determinado período de su vida.

El corpus de la obra diarística de Alejandra Pizarnik, conservado en la Universidad de Princeton, consta de un total de treinta documentos: diez libretas, o cuadernillos como ella los llamaba, correspondientes a 1954, 1955, 1956, 1961 y 1972; catorce cuadernos, y seis textos mecanografiados: el «Journal de Châtenay-Malabry», de cuarenta y ocho hojas;2 cuatro hojas sueltas de 1961; doce hojas encarpetadas con correcciones a mano;3 diez hojas grapadas con la mención «antes de 1960»; treinta y dos hojas grapadas con la fecha 1961-1962, y ochenta y cuatro hojitas tamaño libreta, que probablemente estuvieron dentro de una carpeta de anillas, divididas por la autora en dos partes con la mención «París 1962» y «1963». En sus diarios, como en su correspondencia con Ostrov, Pizarnik hace referencia a un diario anterior a 1954 y a un cuaderno desaparecido de 1960. En varias oportunidades, menciona que rompió, o que desea romper, ya sea sus poemas o su cuaderno. Ello podría explicar los períodos de escasa o nula escritura de su diario, notorios a partir de 1960, aunque también podría ser que, ocupada con su poesía, no escribiera en su diario con asiduidad y regularidad, como se observa a partir de 1965.

Entre los cuadernos posteriores a 1960, hay uno que lleva por título «Resúmenes de varios diarios, 1962-1964». Es el cuaderno en el cual, a su regreso de París en marzo de 1964, Pizarnik empezó a copiar, reescribiéndolos, los cuadernos que había escrito durante su estancia en esta ciudad. Este cuaderno y los textos mecanografiados correspondientes a este período son muy importantes, pues dan cuenta de su método de escritura y revelan las intenciones predominantemente literarias de Alejandra como diarista. El cuaderno al que nos referimos es, en efecto, un resumen, con escasísima labor de reescritura, de las entradas referentes a sus relaciones amorosas. Las podó mucho, cambió iniciales de nombres y trastocó muchas veces las fechas y los lugares, como si su intención hubiera sido recomponer varias historias en una, que sería la de su experiencia interior de la pasión erótica, o escribir una suerte de «novela sentimental». Los textos mecanografiados, en cambio, son una auténtica reescritura, una extremada síntesis de su puesta en escena interior y la captación de un instante de esa escena, de lo cual resulta un fragmento o apenas una frase próximos en tono e intensidad a los poemas que dará a conocer a partir de Extracción de la piedra de locura, publicado en 1968.

De su período parisino existen entonces tres textos. El primero (los cuadernos de fecha corrida) sería el texto previo al trabajo de copia y reescritura; el segundo, el cuaderno «Resúmenes de varios diarios 1962-1964» más algunas hojas sueltas, y, el tercero, los textos mecanografiados, decididamente concebido para ser publicado y que podríamos considerar la fase final de la labor de reescritura de sus diarios. En esta nueva selección, corregida y aumentada, de los Diarios, presentamos al lector los tres textos de esta época: el previo, es decir las entradas de cada uno de los cuadernos de fecha corrida, y los otros dos, completos, en los apéndices que figuran al final del libro.

Una constante de los diarios de escritores (con notables excepciones como los de André Gide, Léon Bloy, Rosa Chacel o Julio Ramón Ribeyro) es que otros se encarguen de publicarlos póstumamente. Estas publicaciones podrían dar la impresión de ser una violación de la intimidad del diarista, pero no cabe duda de que, al conservarlos, el escritor está indicándonos que es consciente del valor intrínseco que tienen. Esto es aún más evidente en el caso de Alejandra Pizarnik, ya que conservó sus cuadernos, en los que ella misma intervino hasta el último momento generando «fragmentos» de sus diarios que publicó en vida en importantes revistas de la época, a veces como «fragmentos de un diario» y otras veces como textos del más puro estilo «alejandrino».

Por mi parte, para la presente edición, como en la anterior, he tenido en cuenta el respeto a la intimidad de terceras personas citadas, a la intimidad de la autora y de su familia. La transcripción de las entradas se ajusta al original, salvo las fechas, cuya presentación se ha armonizado escribiendo, cuando procede, primero el día y después el mes. Hemos reproducido ciertas faltas de ortografía muy frecuentes en sus años juveniles, corrigiéndolas solamente en los casos en que se trata de errores evidentes debidos a la prisa con que escribía. A partir de 1957, estas faltas van desapareciendo en la medida en que va adquiriendo dominio del idioma. Se han restablecido los signos de interrogación y admiración (Pizarnik los usaba a menudo a la manera francesa, aunque era muy irregular) y eliminado tildes en ciertas palabras, como los monosílabos, que en el español actual no las llevan. Se advierte entre corchetes sobre palabras o frases ilegibles, tachadas o que faltan en el original, y se restablecen las letras o palabras ausentes de obvia deducción.

Antes me he referido a que esta edición de los Diarios de Alejandra Pizarnik es, con respecto a la anterior, una nueva selección corregida y aumentada. Se han corregido erratas y se han incorporado un gran número de entradas, que antes, por razones de espacio, principalmente, no habían podido incluirse. Del período 1960-1964, se transcriben prácticamente todas las entradas de los cuadernos de fecha corrida, mientras que los fragmentos reescritos se encuentran ahora al final del libro, en los apéndices que reproducen cada uno de los textos mecanografiados. El hallazgo del «Journal de Châtenay-Malabry», así como «Les tiroirs de l’hiver», ha permitido completar la falta de entradas de los primeros meses de su llegada a París en 1960 y 1961. Sigue siendo forzosamente una selección pues, como he dicho antes, acepto y asumo el principio de respeto a la intimidad de la autora y de su familia, y de las personas aludidas que aún viven y podrían reconocerse. Por esta razón, el único documento del que no he seleccionado entradas es la libreta-agenda (muy desordenada en las anotaciones y las fechas) que correspondería a algunos meses de 1971 y 1972, todas ellas de carácter muy personal e íntimo: las personas allí aludidas, así como sus familiares, figuran con sus nombres y apellidos.

Por último, deseo expresar mi agradecimiento a quienes me han ayudado con sus consejos y su solvencia profesional. En primer lugar a la doctora Cecilia Rossi, de la Universidad de East Anglia, Inglaterra, quien obtuvo una beca para viajar a Princeton y analizar cada uno de los documentos. Gracias a su lectura in situ de los cuadernos muchos errores de transcripción han sido subsanados y ha podido asesorarme inteligentemente con respecto a mi selección de las entradas. Doy las gracias también a Raúl Manrique Girón y Claudio Pérez Míguez, directores del Centro de Arte Moderno, con sede en Madrid, y a Luisa Futoransky, Leonardo Valencia y Ana María Moix, quienes siguieron con su atenta lectura las distintas etapas del manuscrito. Asimismo, agradezco el respaldo y el interés de Silvia Querini como editora de Lumen por propiciar y concebir esta nueva edición de los Diarios de Alejandra Pizarnik, así como los consejos y el excelente trabajo de edición y producción de Magda Mirabet y su equipo. Por último, mi reconocimiento a Myriam Pizarnik de Nesis, por su constante empeño en la difusión de la obra de su hermana Alejandra y la confianza que ha depositado en mí para realizar esta nueva edición.

ANA BECCIÚ

Cuaderno de septiembre de 19541

23 de septiembre

un nuevo día llegó

pleno de sol y de sombras

un nuevo día llegó

a enquistarse en mi hondo caudal señero

el nuevo día es torneado

e insulso

día sin soplo ni dicha

es un sábado verde molido

en la nada

es un sábado deshecho en la vertiente del vacío.

Conversación en una mesa del Jockey Club entre un pintor famoso, un pintor principiante, un poeta maduro, un poeta principiante y un estudioso del psicoanálisis. Tema: la bombacha obsesiva.

Poeta maduro: Sé de un sádico que se relamía de placer al sacarle las bombachas a su mujer.

Aficionado al ps[icoanálisis]: Es un caso aparte. Yo sé que a las mujeres les encanta que les rasguen esta prenda, siempre que no se emplee la fuerza bruta, siempre que se proceda suavemente.

Poeta maduro: Sea como fuere, lo cierto es que las bombachas me obsesionan.

Af. al ps.: Seguramente, usted debe guardar las bombachas de sus sucesivas amantes.

Pintor famoso: Sí, pero antes las lava y las plancha, y apila en varios grupos según sea su color: rosa, azul, blanco, etc.

(Risa general, el estudioso del ps[icoanálisis] se levanta presuroso y se va con rostro ceremonioso.)

Poeta maduro: Se debe de haber excitado.

Pintor famoso: Sí, porque para él la palabra «bombacha» es sinónimo de «ir a orinar». Bueno, lo lamento por las baldosas, pues dicen que orina con piedras desde que se las descubrieron en el hígado.

(Risa general.)

Vuelve el estudioso del ps[icoanálisis]: el pintor famoso le pregunta palmeándole la espalda: Y, ¿qué tal?

El e[studioso] del p[sicoanálisis] no contesta.

El tema sigue girando.

Pero nos imaginamos el porvenir como un reflejo del presente proyectado en un espacio vacío, mientras que es el resultado a menudo muy próximo de causas que en su mayor parte se nos escapan.

La prisionera

Comprobación súbita de la imposibilidad de fijar cualquier cosa.

Proust describe las odiosas maquinaciones del matrimonio Verdurin para separar al barón de Charlus de Morel. En ese momento, no era posible asociar el menor atisbo de bondad a esos seres terribles en sus mentiras y complots. Pero de pronto ¡oh vida! Aparece la desgracia de Saniette, su descenso a la completa miseria material. Veo entonces (como si se hubiesen dado vuelta sus almas) a dos personas que meditan desinteresadamente la mejor forma de ayudar a su desgraciado amigo. ¿Puedo pensar entonces que son bondadosos? No, pues recuerdo la maldad e injusticia de su acto anterior (la ofensa al b. de Charlus). ¿Puedo pensar que son completamente perversos por esa maldad? No, pues el discreto auxilio a Saniette revela su generosidad… ¡Y así ocurre con todo y con todos!

¡Oh, ángeles que nos concibieron!

¡Oh, demonios que nos parieron!

que quiso arrancarse los ojos y venderlos por un maloliente trozo de tinta reseca. Soy el candor despabilado que se acuerda de ser triste en medio de la risa, auténticamente extraída con mil cuchillos crueles.

¿Tarde? ¿Es ya muy tarde para recuperar las lágrimas? Y las que recién cayeron ¿no fueron acaso el zumo de mi reivindicación angustiosa? ¡No! ¡Mentiras! ¡Mentiras! Mi roñosa sensibilidad respira rostros repugnantes y calcula las posibilidades de no soledad que obtendrá por ellos. ¡Caer! ¡Estoy cayendo! Mientras me río, no sé por qué, me siento impura. Cuando lloro, no sé por qué, me siento yo y me purifico. ¡Cómo sufro! Mi alma es un trozo amorfo, blanquecino y lloroso…

¡Me rebelo! Contemplo mi habitación y me rebelo y tengo miedo. ¡Miedo de mí! ¡Miedo de mí! Me hablo suavemente. Siento que la vida (¡mi vida, óyelo, mi vida!) se va.

24 de septiembre

Un nuevo día lleno de sol. Despego mi ventana y la luminosidad cae en la habitación. Luz amarilla y vital. Me da miedo por sus ansias fugitivas. No me acompaña en las horas de estudio, no me sonríe en mi encierro benéfico; todo lo contrario; me llama junto a sí, al paseo matinal, lleno de árboles y seres que caminan.

NADA

Recostada sobre tres almohadas rojas y verdes, calculaba la menor cantidad de probabilidades que tendría para poder evitar los arquetipos que acechan a todo ser humano. La radio se inclinaba gentilmente hacia su oreja izquierda enzarzándole en gemidos de Tristán e Isolda. Se preguntó adónde quería llegar. No lo sabía. Con la pluma en la mano se lanzaba en un paracaídas mental hacia las hojas blancas y vacías. Las posibilidades de lograr alguna grafía coherente eran infinitesimales, pero se dijo sonriendo que no le importaba. La soprano clamaba ¡Isoooolda! Desdibujó la palabra en su frente, mientras la voz enfilaba hacia una frase llena de erres que le herían las fibras auditivas. Parecían una rueda basta que aprisionara su sensibilidad. Un troquel platinado vertido en el escafandro inhallable pero necesario para encontrar el centro de su ser, el yo fugitivo.

De lejos, de muy lejos, venían los latidos de un perro. Se le ocurrió ubicar a ese perro en la cima de un planeta, Saturno, rodeado de los anillos de fuego (amarillo). Los aullidos se acercaban, lo que motivaba el alejamiento del planeta fantaseado. A medida que se acerca lo comúnmente llamado real, se aleja (o se expulsa) la fantasía. En verdad no sabía qué preferir: si lo real o lo irreal. En cualquiera de ambos, se hallaba triste. Dejó correr el hilo esperanzado de su imaginación, mientras suspiraba inquisitiva y semirresignada. Se preguntaba el valor de ese instante, de esa fotografía de su estar echada en la cama a las 14 h de un 24 de septiembre de 1955. Oh, apresar, agarrar infaliblemente el momento y encerrarlo, esconderlo, tocarlo, decirle ¡«eres mío»!

La visión de un ave grisácea contoneándose humanamente sobre una frente roja, despabiló su doliente deseo. El ave es mi alma. El ave no se siente fuerte, teme caerse, no puede echarse a volar. ¡Ayúdala! ¿Cómo? Y ¿por qué? Porque es tu ave. Elevó los ojos y sonrió al dibujo que, pegado en la pared, representaba lo que ella quería: el ave inaugurando el vuelo.

La soprano emitía gritos pseudosalvajes. La imaginó perdida en un laberinto asfixiante y sus gritos, llamadas de auxilio. Llegó el tenor. Sonrió. No. La mujer estaba a salvo. El laberinto solo estaba en su mente.

Varias horas más tarde, se encontró sentada en una silla. Encendió un cigarrillo, contemplando inerme el humo que huía de sus labios. El cuarto se hundía lentamente en una gris penumbra equilibrada por la luz breve del velador. Oía voces y sonidos. Niños que gritaban. Hombres que reían y ella, ¿qué hacía?, ¿dónde estaba? ¡Oh, sensación de vacío intrínsecamente amorfo!

¡Oh languidez de domingo primaveral! Recordó que era el primer domingo primaveral. ¿Me afecta este conocimiento? Sí. Un domingo de primavera era un abstracción equivalente a la nada vestida con flores angustiadas, perfumes dolorosos, sol malvado; todo ese conjunto de colores y perfumes que, durante los días de la semana, llegaban danzando románticamente a su percepción, sufrían una cruel metamorfosis. ¿Cómo y desde cuándo odiaba ese día? No lo sabía. Recordaba que Dios lo utilizó para descansar. Este dato arrastraba una arcaica cadena de gritos segmentados que la anulaban: Dios, domingo-descanso, seres adorando a Dios desde los orígenes, cavernas prehistóricas, devenir del tiempo, angustias al leer a Hegel, sensación de no ser más que un corpúsculo rebelde en el cosmos descomunal. ¡Domingo! Su habitación se había introducido en las penumbras mientras ella estuvo elucubrando su fobia dominical. Se irritó. Nunca podía palpar realmente el cambio de luces y sombras de los días. Era como contemplar un reloj para comprobar empíricamente la velocidad del tiempo. Y también como las forzosas vigilias a que se obligaba de noche, para recibir el sueño estando despierta y sentir personalmente qué era eso que llaman dormir. Suspiró impotente, ante la conciencia de no poder descifrar esos misterios cercados por tremendos límites. Viró su rostro hacia el descenso de la noche, sin inquirirse nada, sin averiguar lo que ocurría en su demoníaca alma. La imagen del hombre que imaginaba amar se adhirió a las cortinas de la ventana. La visión era cinematográfica. Los dibujos de la tela recordaban los frisos de Matisse tan frescos, tan fogosos, y en el centro el rostro tenso y vibrante de él, que se le venía encima como una mascarilla oriental antiquísima, plena de poderes mágicos y amenazas terribles; el rostro del hombre que creía amar, pleno de palidez estatuaria, de esa concentración de rectas que lo asemejaban más a un dibujo que a una estructura humana en relieve. Cerró los ojos fuertemente y cuando volvió a abrirlos, la ilusión inventada por ella había desaparecido.

La belleza estival de sus visiones la entretenían mientras fumaba en la soledad de su cuarto semioscuro. Bebió un poco de aire para musitar un poema que la atragantaba. Era «La rueda del hambriento» de César Vallejo. Su ser se revestía de lágrimas mientras recitaba a su amado poeta triste. Lo adoraba. Ni ella misma sabía cuán grande era su pasión por este hombre terrible y sufrido.

y ya no tengo nada

esto es horrendo

Los últimos versos se pegaban a sus labios, temerosos de salir al exterior, al aire indiferente del mundo. Los acarició emocionada. Los queridos versos se apretujaban en su alma y le rogaban amor, cuidado y, ¡sobre todo!, nada de contaminaciones viles. Sonrió largamente enternecida. Veía un camino terso y coloreado lleno de libros, de cuadros, de pentagramas con formas de alas de pájaros. Sintió que su cuerpo no era más que un servicio destinado a vestirla y a encenderle cigarrillos. Se tocó las manos. Pero no le importaban sino en la medida de su utilidad, en este caso, sostener la pluma. Absorbió la rigidez de la noche. ¡Qué solemne estaba! Sintió deseos de incendiar la ciudad, sólo por el placer de recitar a Vallejo en un fuego inmenso y decir entre las casas ardientes y los hombres asfixiados que éste es el fin de los que se creen eternos, de los que constituyen sus intereses esenciales a partir de las uñas pintadas y las plumas del sombrero; gritarles a todos los que ya no podrían oírle que la vida los expulsa por haberla degenerado, corrompido, que… Se detuvo ante la presencia del recuerdo de Nerón. Rió enfurecida. ¡Arquetipos! ¿No habría tomado ella, inconscientemente, la acción de Nerón para fundirse en su mito, para despersonalizarse e introducirse en otro, perdiendo de esta manera su fin primordial, crear? Su rostro esbozó un infantil gesto de malhumor. ¡Nerón! ¡Qué tontería! Sin embargo, algo se removía en ella, algo que moldeaba una llave para abrir algún negro trasfondo telúrico e introducirla en él, presa en las redes del monstruo más incógnito y terrible que haya existido nunca. Se asustó.

Luego un espacio vacío lleno de rostros y pantallas. Se vio transformada por un vaho celeste que acumulaba sus huesos en forma sorprendente. Estaba acostada y era muy tarde. Percibía un sonido flojo y agudo procedente de la bañera. La figura humana recibiendo con cara estúpida el agua bienhechora, el agua que lava, el agua que higieniza, el agua que remedia el sinfín de los daños cometidos por el no-agua, el agua del agua. ¡Qué falta haría un nuevo diluvio! ¡Un torrente que arrebatase las eternas cantinelas domésticas! ¡Y el eterno girar de las palabras muertas! ¡Y los rostros sorprendidos! ¿Y saben quién murió?… ¡Mmmmm! ¡No me digas! No. ¡No puede ser! Si justamente ayer… Estrechó su mirada en un lamentable gesto de olvido. ¡Oh, poseer una palanca mágica que impida escuchar esas voces, esas palabras! En el sueño de su noche, aspiraba con dificultad el aire con gusto a tabaco que la rodeaba. Venció su malestar prometiéndose pensar en un país lejano, en la luna, en el ensueño de los seres que amaba, seres inexistente e irreales como ella misma. Soy un trozo de humo solidificado. Soy un residuo que alguien olvidó en el Olimpo. Se veía tan universal a fuerza de no verse. Un globo color verde la llenó de sueños rosados, pero su cuerpo no quería saber nada con la intangibilidad. Sus párpados caían, lentos y aburguesados.

Algo la despertó. Supo después que se había levantado y alguien (seguramente, su madre) la acarició al pasar diciéndole «buenos días». El espejo refulgía de ojos cansados y pelos revueltos Se rió divertida contando los ojos. Eran dos. ¡Eran sus ojos! Tocó su rostro proveniente de allá, de la región desconocida plena de sueños que ahora no recordaba. Intentó atraer alguna señal que le permitiese el acceso consciente a ese mundillo nocturno del que acababa de surgir tan pálida como un habitante imaginario de la luna, cansada como una guerrillera valerosa; aspiró fuertemente sintiendo que su cuerpo se llenaba de un olor vivificante, olor de las mañanas, olor de café y de sol. Poco a poco sus ojos se abrían hacia el extraño arco iris matinal. Sus ojos eran el verde que faltaba para completar el prisma cotidiano.

Rió al pensar que para eso estaba ella, para dar el tono necesario, para impedir la acumulación de colores inexactos. El sol se vio lanzado en un formidable cohete que realizó la trayectoria de la mañana a la noche en el tiempo que ella empleaba para bostezar. Se extrañó, por supuesto, al no ver el sol ni la luminosidad diurna. Se extrañó al encontrarse sentada frente a su mesa, a la luz artificial, al florero lleno de pinceles humedecidos. ¡Claro! Había estado pintando, dando formas a esos rostros que caminaban por su alma. Sus manos parecían sangrar, magníficas en sus manchas rojas. Sus manos estaban cansadas, muy cansadas. ¿Cuántas horas estuvo pintando? Cinco, seis. El día pronto finalizaría. Un día más. Como un soplo negro, sintió un dolor agudo que apuntaba hacia su corazón. Se sentía angustiada por su paseo. Había caminado erguida e incómoda en su traje demasiado elegante para su gusto, mirando rostros y casas.

La angustia siguió caminando, solitaria y desdeñosa. Se sintió liberada, pero una sensación sombría la despegaba del tiempo, algo nauseabundo y extraño lleno de olor a féretro y flores putrefactas. Abrió los labios recordando que hacía dos días que no pronunciaba una sola palabra. Oyó un chasquido como una queja endeble, que provenía de su boca hermetizada. Con gran esfuerzo y desesperanza dijo: «Es el fin».

Sensación fuertísima y premonitoria. Algo está por venir: un gran dolor o una tremenda alegría.

26 de septiembre

Quebrada en el diván, asisto inquieta y divertida a la ilógica ansiedad que salta dentro de mí. El temor al futuro me previene sigiloso: ¿qué será de mí?

El presente truhán y bohemio no admite amonestaciones verdosas y macilentas. Los anhelos vierten su sed infinita en mi cáustica, desconcertada interioridad.

Entro en una librería desconocida. Me dirijo a los anaqueles coloreados, llena de curiosidad y tensa de emoción. La esperanza de hallar «algo nuevo» es quebrada por la voz del empleado que me pregunta qué títulos busco. No sé qué decirle. Al fin, recuerdo uno. No está. Hubiese querido seguir mirando, pero sentía sobre mí el peso de esa mirada comerciante, tan estrecha y desaprobadora ante alguien que «no sabe» lo que quiere. ¡Siempre lo mismo!

¡Siempre hay que aparentar la posesión de un fin! ¡Siempre el camino rectamente marcado!

ANSIAS

Pienso en ÉL. En todo lo que tocan sus manos plasmadas de esmeraldas, y digo:

Feliz tú, libro, que sientes la calidez de su piel. Tú que no lo deseas. Libro, señor libro, hermano libro, feliz tú, feliz usted, que recibe la inmarcesible tersura de sus dedos. Feliz tú, papel blanco lleno de dibujitos indelebles. Tú que no lo amas.

Tú, que con solo mostrar tu desnudo perfil recibes el abrazo de su mirada. ¡Feliz tú, hoja de papel en blanco! ¿Y usted, señor suelo? ¿Qué decir de usted, usted que tiene el honor de recibir su paso, usted que lo sostiene, usted que es marcado por su maravilloso ritmo? ¡¡Feliz de usted, señor suelo, feliz de usted, usted que no lo desea!! ¡Oh escaleras brillosas, vasos inertes, cubiertos indiferentes, trajes irreflexivos, sillones insulsos, útiles impersonales, felices de ustedes, que lo ven, que lo sienten!, ¡y no lo anhelan!

Estoy exaltada. Coordinemos.

¡Oh brújulas vencidas, venid a mi alma! Es la primavera: los cantos de los pájaros, el aroma del polen, las amapolas sonrientes. Es la primavera que atenta contra mi invernal y dolorosa celda. La estufa se muere de hastío. ¡Serenidad! ¡Serenidad! El yo huye de mí hacia las plazas, a atraer marineros, a comprar flores de maíz quemado y caminar cantando «je t’endrai» [sic]. Mi garganta ríe deshojando el cadáver de una violeta muerta. Mi amplia frente de intelectual venida a menos, mira al cielo y al libro de gramática y dice: Merde!

Lunes

Un calor longitudinal y fatigoso mece mi cuerpo sepulto en los edredones voluminosos. El sueño cae misteriosamente a mi cuerpo y lo toma suavemente. Acá, entre el cansancio y el humo, entre el Miedo y las ansias inmortales, me digo: he de escribir o morir. He de llenar cuadernillos o morir.

8 y 1/2 h. Mi cuerpo no quiere levantarse, sino seguir durmiendo. Entreabro los ojos, aspirando los objetos de la habitación. Los cierro de nuevo, suspirando. ¡Cuántas cosas pierdo! ¡Cuántas sensaciones, vivencias, aprendizajes! ¡Todo por morir un poco más! ¡Todo por vivir menos, en ésta, mi dolorosa e irreal realidad!

Y esa voz que te grita vives y no te veo vivir.

VICENTE HUIDOBRO

Son las cuatro de la tarde. ¡Oh, sol! ¡Oh, árboles humildes

plenos de verde! La primavera se me presenta como una epopeya

popular que extrae todo hacia un exterior horroroso

porque yo no pedí nacer en forma de signo de interrogación

porque yo, mujer crisálida, no tuve la fuerza de nacer cadáver

porque yo, en fin, llevo un alma rociada por diez y nueve primaveras angustiosas

por eso me quejo en diez y nueve arpegios delirantes

mi frente enloquece de amargura

mi garganta co

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