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DOBLAN POR LOS MASTINES

Steven Erikson  

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Fragmento

Contenido Dedicatoria Agradecimientos Mapa: Coral Negro y alrededores Dramatis Personae Prólogo LIBRO PRIMERO. Voto al sol Esta criatura de palabras Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 LIBRO SEGUNDO. Virtudes de ojos fríos En sus costillas Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 LIBRO TERCERO. Morir en el presente Empújalo al siguiente momento Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 LIBRO CUARTO. Doblan por los mastines Como pizarra rota Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24 Epílogo Mapa: Darujhistan

Esta novela está dedicada

a la memoria de mi padre,

R. S. Lundin, 1931-2007.

Te echamos de menos.

Agradecimientos

Como siempre, agradezco a los primeros lectores de la obra: Boken, Rick, Mark y Chris, y especialmente a Bill y a Hazel por sus palabras de aliento en lo que resultó un año difícil para mí. Quiero asimismo expresar mi gratitud al personal del Black Stilt Café y el Pacific Union Café por su generosidad al prestarme su espacio.

Y a Clare y Bowen, mi amor, por todo.

Mapa2.jpg 

Dramatis Personae

Cutter: asesino

Scillara: su compañero

Iskaral Pust: mago y sacerdote supremo del templo de Sombra, dios de los bhokarala

Hermana Rencor: soletaken

Mogora: esposa ocasional de Iskaral

Barathol Mekhar: turista

Chaur: hombre amable

Mappo Runt: trell

Rapiña: abrasapuentes retirada y socia del Bar K’rul’s

Mezcla: abrasapuentes retirada y socia del Bar K’rul’s

Azogue: abrasapuentes retirado y socio del Bar K’rul’s

Mazo: abrasapuentes retirado y sanador

Perlazul: abrasapuentes retirado

Pescador: bardo, habitual del Bar K’rul’s

Duiker: Historiador Imperial del imperio malazano

Bellam Nom: joven estudiante de la escuela de esgrima

Rallick Nom: asesino taciturno

Torvald Nom: primo de Rallick

Tiserra: esposa de Torvald

Coll: miembro del Consejo de Darujhistan

Estraysian D’Arle: miembro del Consejo de Darujhistan

Hanut Orr: miembro del Consejo de Darujhistan, sobrino del fallecido Turban Orr

Shardan Lim: miembro del Consejo de Darujhistan

Murillio: consorte

Kruppe: hombre pequeño y rollizo

Meese: propietario de la taberna del Fénix

Irilta: habitual de la taberna del Fénix

Scurve: tabernero de la taberna del Fénix

Sulty: camarero de la taberna del Fénix

Cáliz: esposa de Vidikas, hija de Estraysian D’Arle

Gorlas Vidikas: el más reciente miembro del Consejo de Darujhistan, antiguo Héroe del Festival

Krute de Talient: agente del Gremio de los Asesinos

Gaz: asesino

Thordy: mujer de Gaz

Maese Quell: navegante de la Asociación Comercial de Trygalle y hechicero

Vahído: accionista

Reccanto Índole: accionista

Dulcícima Angustia: accionista

Glanno Tarp: accionista

Amby Tronco: mariscal retirado de los Irregulares de Mott y reciente accionista

Jula Tronco: mariscal retirado de los Irregulares de Mott y reciente accionista

Preciosa Dedal: mariscala retirada de los Irregulares de Mott y reciente accionista

Rezongo: guardia de caravana

Piedra Menackis: dueño de una escuela de esgrima

Harllo: un chico

Bedek: «tío» de Harllo

Myrla: «tía» de Harllo

Snell: chico

Bainisk: trabajador de las minas

Venaz: trabajador de las minas

Chamusquino: nuevo guardaespaldas contratado

Leff: nuevo guardaespaldas contratado

Madrun: nuevo guardia contratado para el complejo

Lazan Puerta: nuevo guardia contratado para el complejo

Estucerrojo (o Estudioso Cerrojo): castellano

Humilde Medida: una presencia misteriosa en el submundo criminal de Darujhistan

Chillbais: demonio

Baruk: miembro de la Cábala T’orrud

Vorcan: Señora del Gremio de Asesinos

Seba Krafar: Maestro del Gremio de Asesinos

Apsal’ara: uno de los caídos en Dragnipur

Kadaspala: uno de los caídos en Dragnipur

Derudan: bruja de Tennes

K’rul: dios ancestral

Draconus: uno de los caídos en Dragnipur

Korlat: tiste andii soletaken

Orfantal: tiste andii soletaken, hermano de Korlat

Kallor: desafiador

Dama Envidia: espectadora

Anomander Rake: Hijo de la Oscuridad, Caballero de la Oscuridad, regente de Coral Negro

Spinnock Durav: tiste andii

Endest Silann: hechicero tiste andii

Caladan Brood: señor de la guerra

El Embozado: Dios de la Guerra

Fosa: uno de los caídos en Dragnipur

Samar Dev: bruja

Karsa Orlong: guerrero teblor toblakai

Viajero: extranjero

Tronosombrío: Dios de Sombra

Cotillion, La Cuerda: dios de los Asesinos

El Profeta, sumo sacerdote del Caído, en otro tiempo un artista mediocre llamado Munug

Silanah: una eleint

Arpía, Gran Córvida

Raest: tirano jaghut (retirado)

Clip, Espada Mortal

Nimander Golit: tiste andii

Garrapata de piel: tiste andii

Nenanda: tiste andii

Aranatha: tiste andii

Kedeviss: tiste andii

Desra: tiste andii

Sordiko Reparo: suma sacerdotisa

Salind: sumo sacerdote

Vidente: habitante de Coral Negro

Gradithan: matón

Ratamonje: mago

Baran: Mastín de Sombra

Yunque: Mastín de Sombra

Ciega: Mastín de Sombra

Cruz: Mastín de Sombra

Shan: Mastín de Sombra

Pálido: Mastín de Sombra

Cerrojo: Mastín de Sombra

Caminante del Filo: viajero

Paseadoras de perros: dos testigos

Prólogo

Di la verdad, permanece quieto, hasta que el agua entre nosotros fluya clara.

Meditaciones del tiste andii

No tengo un nombre para este pueblo —dijo el hombre harapiento, tirando con las manos de los dobladillos deshilachados de lo que había sido una vez una opulenta capa. Enroscada y metida en su cinturón trenzado había una correa de cuero, podrida y hecha jirones—. Necesita un nombre, creo —continuó, levantando la voz por encima de la feroz lucha de los perros—, pero ando un poco falto de imaginación y nadie parece muy interesado.

La mujer que estaba de pie a su lado, a quien ofrecía en tono amigable esos comentarios, apenas acababa de llegar. De su vida en un tiempo anterior muy poco quedaba.

Jamás había tenido un perro, pero se había encontrado tambaleándose por la calle principal de este decrépito y extraño pueblo agarrando una correa de la cual tiraba una bestia de infame carácter que arremetía contra todo el que pasaba. El cuero podrido acabó rompiéndose y dejó suelta a la bestia que se había lanzado como un rayo a atacar al perro de ese hombre.

Los dos animales estaban ahora tratando de matarse en medio de la calle, sin más espectadores que sus supuestos dueños. El polvo había dado paso a la sangre y a desgarrones de pellejo.

—Hubo una guarnición antes, tres soldados que no se conocían entre sí —dijo el hombre—. Pero uno a uno se marcharon.

—Jamás había tenido un perro antes —contestó, y fue con un sobresalto que se dio cuenta de que estas eran las primeras palabras que había pronunciado desde..., bueno, desde antes.

—Tampoco yo —admitió el hombre—. Y hasta ahora el mío era el único perro de la ciudad. Por extraño que parezca, jamás me encariñé de esta miserable bestia.

—¿Cuánto tiempo lleva..., bueno, aquí?

—No tengo ni idea, pero parece una eternidad.

La mujer miró a su alrededor, después asintió.

—Igual que yo.

—Ay, ¡creo que su mascota ha muerto!

—Vaya. Así es. —Miró con el ceño fruncido la correa rota de su mano—. Supongo entonces que ya no necesitaré una nueva.

—No esté tan segura de eso —dijo el hombre—. Parece que aquí somos dados a repetir las cosas. Día tras día. Pero, escuche, puede quedarse la mía. Nunca la uso, como ve.

La mujer aceptó la correa enroscada.

—Gracias.

La llevó hasta donde yacía su perro muerto, prácticamente despedazado. El vencedor se estaba arrastrando hacia su amo e iba dejando un reguero de sangre a su paso.

Todo tenía un aspecto extraño y retorcido, incluyendo, pensó, sus propios impulsos. Se agachó y levantó con delicadeza la cabeza machacada de su perro, le puso la correa alrededor del cuello desgarrado. Después volvió a dejar en el suelo la cabeza cubierta de sangre y babas y se irguió, con la raída correa colgando de su mano derecha.

El hombre se puso junto a ella.

—Ay, todo es bastante complicado, ¿no es cierto?

—Sí.

—Y pensábamos que la vida era complicada.

Ella le lanzó una mirada.

—Entonces, ¿estamos muertos?

—Eso creo.

—Pues si es así, no entiendo. A mí debían enterrarme en una cripta. Una elegante y sólida cripta; la vi con mis propios ojos. Con suntuosos muebles y a prueba de ladrones, con toneles de vino y carnes sazonadas y fruta para el viaje... —Señaló los harapos que vestía—. Habían de vestirme con mis mejores ropas y ponerme todas mis joyas.

El hombre la estaba mirando.

—Rica, entonces.

—Sí. —Miró de nuevo al perro muerto al final de la correa.

—Ya no.

Ella le lanzó una mirada furiosa, después se dio cuenta de que esa rabia era, en fin, inútil.

—Nunca había visto esta ciudad antes. Parece que se esté cayendo a pedazos.

—Sí, toda ella se está cayendo a pedazos. Eso sí lo ha entendido.

—No sé dónde vivo... Vaya, eso suena extraño, ¿verdad? —Volvió a mirar a su alrededor—. Todo es polvo y podredumbre y ¿eso que se acerca es una tormenta? —Señaló a la calle principal hacia el horizonte, donde unas nubes cargadas de una luminosidad extraña se amontonaban ahora sobre colinas desnudas.

Ambos se las quedaron mirando un tiempo. Las nubes parecían estar llorando lágrimas de jade.

—En otro tiempo fui sacerdote —dijo el hombre, mientras su perro se acercaba a sus pies y se quedaba allí, jadeante, con sangre goteándole de la boca—. Cada vez que veíamos llegar una tormenta, cerrábamos los ojos y cantábamos más alto.

Ella lo observó un tanto sorprendida.

—¿Fue sacerdote? Entonces... ¿por qué no está con su dios?

El hombre se encogió de hombros.

—Si supiera la respuesta a eso, ese espejismo que me guio una vez, el de la iluminación, sería de verdad mío. —Se enderezó de pronto—. Mire, tenemos visita.

Acercándose con andares torpes llegaba una alta figura, tan reseca que sus miembros no parecían más que raíces de árbol, el rostro poco más que podrido, piel ajada extendida sobre hueso. El pelo largo y gris flotaba suelto sobre un pálido y despellejado cráneo.

—Supongo —murmuró la mujer— que tengo que acostumbrarme a ver este tipo de cosas.

Su compañero no dijo nada, y los dos observaron a la demacrada, renqueante criatura pasar de largo entre tambaleos, y cuando se giraron para seguir su avance vieron otra más extraña, cubierta con una capa raída de color gris oscuro, encapuchada, de altura parecida a la anterior.

Ninguna pareció reparar en su público, pues la encapuchada dijo: «Caminante del Filo.»

—Tú me has llamado a este lugar —dijo el llamado Caminante del Filo— para... mitigar.

—Así es.

—Se ha hecho esperar.

—Puedes pensarlo así, Caminante del Filo.

—¿Por qué ahora? —preguntó el hombre de pelo gris, que claramente llevaba mucho tiempo muerto, después de ladear la cabeza.

La figura encapuchada se giró apenas y la mujer pensó que podría estar mirando al perro muerto.

—Por asco —dijo.

Una suave y áspera risa de Caminante del Filo.

—¿Qué abominable lugar es este? —siseó una nueva voz, y la mujer vio una forma, apenas una emborronada mancha de sombras, susurrar desde un callejón, aunque parecía renquear con la ayuda de un bastón, y de repente había enormes bestias, dos, cuatro, cinco, amontonándose silenciosas alrededor del recién llegado.

Un gruñido del sacerdote alrededor de la mujer.

—Mastines de sombra. ¡Si mi dios pudiese presenciar esto!

—Quizá lo hace, a través de tus ojos.

—Oh, lo dudo.

Caminante del Filo y su encapuchado acompañante observaron cómo se acercaba aquella forma imprecisa de baja estatura; vacilante, después se fue haciendo más sólida. El palo negro a modo de bastón golpeaba la calle de tierra, levantando pequeñas nubes de polvo. Los perros se dispersaron, con las cabezas bajas para olisquear el suelo. Ninguno se acercó al cadáver del perro de la mujer, tampoco a la bestia jadeante a los pies de su recién descubierto amigo.

—¿Abominable? Supongo que lo es. Una suerte de necrópolis, Tronosombrío —dijo el encapuchado—. El pueblo de los desechos. Atemporal y, sí, inútil. Esta clase de lugares es omnipresente.

—Habla por ti —dijo Tronosombrío—. Míranos, esperando. ¡Esperando! Ah, si me importaran el decoro y la propiedad. —Una súbita risita—. ¡Si nos importaran a alguno de nosotros!

Los perros regresaron todos a la vez, con los pelos del pescuezo erizados, las miradas atentas a algo lejano, en la calle principal.

—Uno más —susurró el sacerdote—. Uno más y el último, sí.

—¿Esto volverá a ocurrir? —le preguntó la mujer cuando un miedo repentino la sobrecogió. Alguien viene. Dioses, alguien viene—. ¿Mañana? ¡Dígamelo!

—Diría que no —dijo el sacerdote después de un momento. Giró su mirada al cadáver del perro que yacía en el polvo—. No —repitió—. Diría que no.

De las colinas, el trueno y la lluvia de jade caían como flechas de diez mil batallas. Calle abajo retumbaba el ruido repentino de las ruedas de un carruaje.

La mujer se volvió al oír esto último y sonrió.

—Vaya —dijo aliviada—, aquí llega mi transporte.

En otro tiempo había sido mago en Pale, empujado a la traición por desesperanza. Pero Anomander Rake no había hallado interés alguno en la desesperanza, ni en cualquier otra excusa que Fosa y sus camaradas pudieran haberle dado. Los traidores al Hijo de la Oscuridad besaban la espada Dragnipur, y en algún lugar de esta región, bregando en la penumbra perpetua, había rostros que reconocía, ojos que podían encontrar los suyos. ¿Y qué podía él ver en ellos?

Solo lo que él devolvía. La desesperanza no bastaba.

Aquellos eran pensamientos infrecuentes, ni más ni menos inoportunos que otros, que se burlaban de él con esa forma de ir y venir a su antojo; y cuando no andaban cerca, bueno, quizá flotaban por extraños cielos, cabalgando templados vientos suaves como la risa. El que no podía escapar era el propio Fosa y lo que veía por todas partes. El aceitoso barro y sus afiladas piedras negras que le atravesaban las corroídas suelas de las botas; el terrible aire húmedo que dejaba sobre la piel una película mugrienta, como si hasta el mundo estuviera febril y bañado de sudor. Los débiles gritos —por extraño que fuera, siempre lejanos a oídos de Fosa— y, mucho más cerca, el gemido y crujido de la enorme máquina de madera y bronce, el apagado chillido de las cadenas.

Hacia delante, hacia delante, a pesar de que tras ellos acechaba la tormenta, nube amontonada sobre nube, plateada y turbia y atravesada por retorcidas lanzas de hierro. Había empezado a lloverles ceniza encima, de forma incesante ahora, cada mota tan fría como la nieve, aunque este era un lodo que no se fundía, sino que más bien se mezclaba con el barro hasta que parecía que caminaban por un campo de escoria y residuos.

Aunque mago, Fosa no era ni pequeño ni frágil. Había en él una dureza que evocaba en los demás la imagen de matones y asaltantes de callejón, allá en la vida anterior. Tenía unas facciones duras, angulosas y, sí, animales. Había sido un hombre fuerte, pero esto no era ninguna recompensa, no aquí, no encadenado a la Carga. No en el interior del alma oscura de Dragnipur.

La presión era insoportable, pero la soportaba. El camino que tenía por delante era infinito, apestaba a locura, pero se aferraba a su cordura como el ahogado se aferraría a una raída cuerda, y se arrastraba hacia el frente, paso a paso. Los grilletes de hierro le hacían sangrar las extremidades sin esperanza de alivio. Unas figuras embarradas avanzaban pesadamente a cada lado y, a lo lejos, apenas un contorno borroso en la penumbra, otro sinfín más.

¿Había consuelo en ese destino compartido? Ya solo la pregunta suscitaba una risa histérica, un desplomarse en el preciado olvido de la locura. No, claro que no había semejante consuelo, más allá del reconocimiento mutuo del disparate, la mala suerte y la obstinada estupidez, y esos rasgos en nada ayudaban a la camaradería. Además, los compañeros que iban a cada a lado tenían por costumbre cambiarse sin previo aviso, un desventurado idiota ocupando el lugar de otro en un remolino granuloso y emborronado.

Agitándose en las cadenas, para mantener la Carga en movimiento, aquella pesadillesca huida no dejaba ni fuerzas ni tiempo para la conversación. Y por eso Fosa hizo caso omiso una primera vez de la mano que le zarandeó un hombro, también una segunda. A la tercera, en cambio, el zarandeo fue lo bastante fuerte como para desequilibrar al mago, que se tambaleó a un lado. Entre juramentos, se volvió para lanzar una mirada furiosa al que ahora caminaba a su lado.

Una vez, hace mucho, quizá se habría estremecido al ver una aparición como esta. El corazón le habría dado un vuelco por el espanto.

El demonio era inmenso, masivo. Su otrora sangre real no le otorgaba privilegio alguno, aquí, en Dragnipur. Fosa vio que la criatura estaba acarreando a los caídos, los fracasados, reuniendo sobre sí una veintena o más de cuerpos junto a las cadenas que los ataban. Músculos tensos, arracimados y retorcidos mientras el demonio se impulsaba hacia delante. Cuerpos escuálidos que colgaban inertes, apiñados como haces de leña bajo cada brazo. Una, aún consciente, aunque le colgaba la cabeza, trepó por la enorme espalda como una cría de simio, con la mirada vidriosa deslizándose por la cara del mago.

—Eh, tú, idiota —gruñó Fosa—. ¡Échalos ahí dentro!

—No hay sitio —gorjeó el demonio con la voz aguda y aniñada.

Pero al mago se le había acabado la compasión. El demonio debería haber dejado a los caídos atrás por su propio bien; claro que, por supuesto, todos sentirían el peso añadido, la patética resistencia de las cadenas. Aun así, ¿y si este cayese? ¿Y si cediesen esta extraordinaria fuerza física y voluntad?

—¡Maldito sea el necio! —rugió Fosa—. ¿Por qué no mata a unos pocos dragones más, el condenado?

—Estamos fracasando —dijo el demonio.

A Fosa le entraron ganas de aullar al oírlo. ¿Acaso no resultaba obvio para todos? Pero la voz trémula sonaba a un tiempo divertida y desolada, y eso lo conmovió.

—Lo sé, amigo. Ya no queda mucho.

—¿Y después?

Fosa sacudió la cabeza.

—No lo sé.

—¿Quién lo sabe?

De nuevo el mago no tenía respuesta.

El demonio insistió.

—Debemos encontrar a alguien que lo sepa. Ahora me marcho, pero regresaré. No me compadezcas, por favor.

Un súbito remolino, gris y negro, y ahora una bestia parecida a un oso estaba a su lado, demasiado cansada, demasiado aturdida como para lanzarse sobre él, como seguían haciendo algunas criaturas.

—Llevas aquí demasiado tiempo, amigo —le dijo Fosa.

¿Quién lo sabe?

Una pregunta interesante. ¿Sabía alguien lo que ocurriría cuando el caos los atrapara? ¿Alguien aquí, en Dragnipur?

Al poco de besar la espada, entre sus frenéticos intentos de escapar, sus gritos de desesperación, había lanzado preguntas a todo el mundo; más aún, incluso había intentado abordar a un Mastín, pero había estado demasiado ocupado arremetiendo contra sus propias cadenas, con la espuma burbujeante cayendo de sus inmensas mandíbulas, y casi lo había pisoteado, y él no lo había vuelto a ver.

Pero alguien había respondido, alguien le había hablado. Sobre algo... vaya, no recordaba más que un nombre. Un único nombre.

Draconus.

Había presenciado muchas cosas en el interminable interludio de su carrera, pero ninguna más frustrante que la de la huida de dos Mastines de Sombra. Para alguien como Apsal’ara, Señora de los Ladrones, aquella laboriosa indignidad de tirar de una cadena por toda la eternidad era mancillar su existencia. Los grilletes habían de ser arrancados, las cargas habían de ser arteramente evitadas.

Desde el momento de su tambaleante llegada, se había propuesto romper las cadenas que la ataban a ese espantoso reino, pero era una tarea casi del todo imposible cuando una estaba condenada a tirar de la maldita carreta por toda la eternidad. Y ella no tenía el más mínimo deseo de presenciar de nuevo el horrible séquito que había justo al final de las cadenas, los corroídos pedazos de carne aún con vida que se arrastraban por el terreno fangoso lleno de brechas, el destello de un ojo abierto, el coleteante muñón de un miembro estirándose hacia ella, un terrible ejército de fracasados, los que se rendían y los que veían flaquear sus fuerzas.

No, Apsal’ara se había abierto camino hasta acercarse a la enorme carreta, y al fin consiguió caminar con el paso pesado junto a una de las enormes ruedas de madera. Después se había rezagado hasta quedar justo detrás de esa rueda. Desde allí fue colándose hacia el interior, escurriéndose debajo del chirriante fondo de la carreta, con su incesante lluvia de agua marrón, sangre y despojos de carne putrefacta pero viva. Arrastrando la cadena tras ella se había conseguido meter bajo un saliente de la parte inferior, justo encima del eje frontal, donde se encajó con las piernas levantadas y la espalda pegada a la viscosa madera.

El fuego había sido el regalo, el regalo robado, pero en este anegado inframundo no podía haber llama alguna. Cuando eso falla queda la... fricción. Había empezado a frotar un tramo de cadena contra otro.

¿Cuántos años habían pasado? No tenía ni idea. No había hambre, ni sed. La cadena serraba adelante y atrás. Hubo un indicio de calor, que ascendió eslabón a eslabón hasta sus manos. ¿Se había ablandado el hierro? ¿Había unas nuevas muescas plateadas como indicio de que el metal se desgastaba? Ya hacía mucho que no lo comprobaba. El esfuerzo bastaba. Había bastado durante mucho tiempo.

Hasta que aparecieron aquellos malditos Mastines.

Aquello y la ineludible verdad de que la carreta iba más despacio, de que ahora había tantos yaciendo en el fondo como fuera en la penumbra, tirando desesperadamente de sus cadenas. Pudo oír los lastimosos gemidos, filtrándose desde el fondo que quedaba justo encima de ella, de los atrapados por el peso de un sinfín más.

Los Mastines se habían abalanzado contra los flancos de la carreta. Los Mastines se habían zambullido en las fauces de la oscuridad que había justo en el centro. Había habido un extraño, un extraño sin cadenas. Provocando a los Mastines... ¡Los Mastines! Recordó su rostro, ay, sí, su rostro. Incluso después de que hubiese desaparecido...

Tras todo aquello, Apsal’ara había intentado seguir a las bestias, pero el inclemente frío de aquel portal la hizo retroceder; un frío tan intenso que podía destruir la carne, más frío incluso que Omtose Phellack. El frío de la negación. El rechazo.

No hay mayor maldición que la esperanza. Una criatura inferior habría llorado entonces, se habría rendido, arrojándose ella misma bajo las ruedas, solo una pieza más de restos de hueso machacado y carne retorcida, arañando y dando vueltas en el barro pedregoso. En cambio ella había regresado a su saliente privado y había retomado su lucha con las cadenas.

Había robado la luna una vez.

Había robado el fuego.

Había recorrido en silencio los salones abovedados de la ciudad que había en el interior de Engendro de Luna.

Ella era la Señora de los Ladrones.

Y una espada le había arrebatado la vida.

Esto no bastará. Esto no bastará.

Tumbado en su lugar habitual sobre la roca plana junto al arroyo, el perro sarnoso levantó la cabeza y el movimiento agitó los insectos que echaron a volar entre zumbidos. Un segundo después la bestia se levantó. Tenía el lomo cosido a cicatrices, algunas lo bastante profundas para retorcer los músculos de debajo. El perro vivía en la aldea pero no era oriundo de ella. Tampoco pertenecía a la jauría de la aldea. No dormía fuera de la entrada de ninguna cabaña; no permitía que nadie se acercase. Ni siquiera los caballos de la tribu lo hacían.

Todos convenían en que en sus ojos había una profunda amargura, incluso un dolor si cabe más profundo. Tocado por el dios, decían los ancianos uryd, y esa afirmación garantizaba que el perro jamás se moriría de hambre y que jamás sería expulsado. Lo tolerarían, de igual modo que a todas las cosas tocadas por el dios.

Con una agilidad sorprendente a pesar de la cadera maltrecha, el perro atravesó trotando la aldea, descendiendo a lo largo de la avenida principal. Cuando llegó al extremo sur continuó, cuesta abajo, serpenteando entre los peñascos cubiertos de musgo y las pilas de huesos que señalaban los despojos de los uryd.

Su marcha fue advertida por dos niñas a las que aún les quedaba un

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