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DOS HERMANAS

David Foenkinos  

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Fragmento

 

1

Al principio del todo, Mathilde le notó a Étienne algo raro en la cara. Así fue como empezó la cosa, de forma casi anodina; ¿no es eso lo propio de todas las tragedias?

2

Si le hubieran pedido que concretase ese «algo», Mathilde habría mencionado que Étienne tenía una nube en la cara, aunque sin saber muy bien en realidad qué quería decir con eso. Hay muchos tipos de nubes: la imagen resulta imprecisa. ¿Qué es lo que le nota a Étienne? ¿Tan solo un mal humor pasajero o el preludio de una fuerte tormenta? Más vale preguntárselo.

—¿Estás bien, amor mío?

—No, ahora mismo no me siento bien.

Lo conocía desde hacía cinco años, los mismos que llevaba locamente enamorada de él. Nunca lo había oído hablar así, expresar con tanta frialdad que se encontraba mal. Se quedó desconcertada, sin saber qué responderle. Mathilde había hecho la pregunta sin pensar, de esa forma intrascendente en que siempre les estamos preguntando a los demás qué tal están, casi sin esperar respuesta. Así que no andaba desencaminada. Llevaba días notando a Étienne raro, como ausente de sí mismo. Sabía que el trabajo lo tenía agobiado, que había un jefe nuevo que lo estaba presionando de forma intolerable; pero, bueno, estaba acostumbrado al maltrato laboral. Había vivido situaciones violentas y nunca se las había llevado, al terminar la jornada, a la vida conyugal. Tanto es así que Mathilde siempre había admirado esa increíble capacidad suya para desconectar. Cómo le pegaba esa expresión. A Étienne le encantaba segmentar su vida. Por primera vez, Mathilde se preguntó dónde encajaba ella. ¿En qué segmento? Tenía como un mal pálpito. El de haber caído en una zona no afectiva; algo así como un erial que anticipa el rechazo.

3

Étienne estuvo taciturno casi todo el tiempo después de cenar, sin querer dar detalles del porqué. Un suplicio para Mathilde. Se decía que lo correcto era respetar su decisión; que a veces también ella se sentía mal y sin ganas de hablar. De hecho, esa era una de las cosas que tenían en común: el silencio les cicatrizaba las heridas.

Debía hacer un esfuerzo para dejarlo a su aire, rumiando lo que lo tenía tan preocupado u obsesionado, y limitarse a ser una presencia benigna. Entregarse a fondo para que él pudiese leerle en la mirada: «Aquí me tienes para lo que necesites». Pero Étienne acababa de apagar la luz del dormitorio; aunque le pasó a Mathilde la mano por la espalda antes de darse la vuelta en la cama. A ella aquel gesto le resultó desapasionado, por no decir platónico. Quiso volver a encender la luz, decirle que no conseguiría de ninguna manera conciliar el sueño después de semejante sobremesa, pero le fue imposible articular palabra. Para tranquilizarse, decidió viajar hacia los recuerdos de ambos. Se encaminó mentalmente a las imágenes del último verano. Habían pasado dos semanas en Croacia, incluidos varios días en una isla casi desierta. En pleno paraíso, habían contemplado la posibilidad de casarse pronto. Étienne estaba listo para tener hijos. Todo era muy hermoso y muy intenso; como el amago de algo eterno.

4

A la mañana siguiente, Étienne seguía sin ganas de hablar. Se marchó a trabajar un poco antes que de costumbre, y antes de salir del piso volvió a pasarle a Mathilde la mano por la espalda. Otra vez ese gesto automático; y a ella le pareció ahora que se lo hacía como por pena. Mathilde le había dedicado una sonrisa que esperaba que resultase radiante, pero ¡él había vuelto tan deprisa la cabeza! Cuando se quedó sola, le apeteció un cigarrillo, pero no tenía. Estuvo un momento quieta, delante de la mesa del desayuno que había dispuesto con esmero. Le había añadido unos toques de discreta belleza, pensando que si hermoseaba las cosas todo iría mejor quizá. Los ojos de Étienne no lo notaron, no se fijó en esos pocos pétalos de rosa que salpicaban la mesa. Ese era un rasgo recurre

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