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EL AUTODIDACTA

Hernán Rivera Letelier  

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Fragmento

I

En la única librería del campamento lo único que no había eran libros. Rumbo a la función de cine de las dos de la tarde —daban una de Marilyn Monroe—, miré hacía la vidriera por inercia: entre carpetas, cuadernos y sobres de cartas, como un pez de color en un acuario de sardinas, relumbraba la portada de un libro. Si no es un recetario de cocina, me dije, es un cancionero de la Nueva Ola, de esos que traen posturas para rasguear los temas en guitarra.

Yo no cocinaba ni tocaba guitarra.

Me acerqué al vidrio: Antología de la poesía chilena contemporánea, de Alfonso Calderón. No podía creerlo. A mis diecinueve años, nunca había tenido un libro de poesía en mis manos. Lo más intelectual que conocía hasta entonces, aparte de la Biblia, el solo libro que hubo siempre en casa, eran algunos números viejos de las Selecciones del Reader´s Digest que me prestaba un amigo.

Había empezado a escribir poemas en el campamento donde me criara, y estaba en la etapa del primer amor, en donde hasta lo más banal y pedestre adquiere, a los ojos de pájaro del poeta nuevo, un unto de lirismo, un vértigo de descubrimiento. Sin embargo, toda mi noción de poesía eran esos versos leídos en los textos escolares: canciones de piratas, romances de trompos de siete colores y esos largos poemas patrios declamados de memoria en los actos matinales por la elogiada alumna de lentes.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Desde que aprendiera mis primeras letras me urgió una necesidad casi fisiológica de leer, leer cualquier cosa, leer lo que tuviera al alcance de la mano. Leer. Leer como un adicto. Después, al empezar a escribir, esta necesidad se intensificó hasta adquirir la menesterosa costumbre de recoger en la calle y leer, sentado en el suelo, cualquier trozo de papel impreso arrastrado por el viento.

A poco de llegar a la salitrera donde ahora trabajo, descubrí que una revista de mujeres traía una página dedicada a la poesía, un breve florilegio de poemas junto a una brevísima biografía del autor. Era una revista en papel satinado, para mí muy cara de comprar, casi un lujo. De modo que cada quince días, cuando la prendían de una cuerda a la entrada del local, con perros de colgar ropa, me apersonaba a la hora de más concurrencia y, vigilando de reojo a la dueña, comenzaba a hojearla hasta dar con la página deseada. Cuidando de no abrirla mucho para no ajarla, ansioso hasta la taquicardia, me ponía a leer los versos, a veces ni siquiera tan buenos, con la avidez con que un empampado lamería gotas de rocío en el cuenco de una piedra.

Olvidándome de Marilyn —el dinero solo me alcanzaba para una cosa, cine o libro—, entré a la librería como desesperado, antes de que algún otro lector se me adelantara. Intuía, como luego lo comprobé, que el de la vitrina era el único ejemplar disponible. Salí con el libro bajo el brazo y el corazón convertido en un bombo. Salí rapidito. No fuera a ser que la señora se acordara a última hora de que el volumen estaba encargado y pagado. Creo que cualquiera que hubiese visto la expresión de mi cara mientras me alejaba, y la forma en que lo oprimía bajo el brazo, hubiera pensado que acababa de robármelo. Al doblar la esquina respiré con calma. El libro, de tapa en azul y rojo, ya era todo mío.

Mientras caminaba por el medio de la calle, como caminan los pampinos, comencé a hojearlo. Me detenía, leía una estrofa, avanzaba, volvía a detenerme. De ese modo, como pisando en el aire, llegué a la plaza. Como siempre, a esas horas de siesta solo se veían algunos quiltros echados, aturdidos por la canícula (hacía poco había descubierto con alborozo que canícula significaba calor de perros) y el Abuelo de Cartón sentado hondamente en el escaño mejor sombreado de la pequeña plaza de piedra. La gente decía que el anciano tenía más de cien años; su piel en verdad parecía de cartón corrugado.

Saltándome el prólogo olímpicamente, deslumbrado por el primer poema —La procesión de San Pedro y bendición del mar en Talcahuano, de Diego Dublé Urrutia—, me senté, sin darme cuenta, en el escaño al que todos hacían el quite: no tenía espaldar y el algarrobo a su vera, seco y crispado, no daba un carajo de sombra. Por los parlantes del cine, frente a la plaza, ya se oía la canción de Marcha sobre el río Kwai: sus silbidos anunciaban el comienzo de la función y hacían entrar en manada a la gente que charlaba en el foyer.

Aunque yo era un cinéfilo empedernido, y esperaba hacía tiempo esa película, Los caballeros las prefieren rubias, no me importó nada: en esos instantes cada página de mi libro era un telón de cine; cada verso, un fotograma; cada estrofa, una escena; cada poema, una película nueva, magnífica, emocionante.

Continué leyendo más tarde en la pensión, mientras tomaba el té de las cinco y la hija de la dueña se desplazaba entre las mesas con giros de bailarina y una sonrisa de dientes blancos como el salitre. Era mi día de descanso, así que seguí leyendo al atardecer, sentado en una banca en el patio de los buques, mientras algunos mineros lavaban y colgaban su ropa de trabajo entre tallas y bromas de alto calibre. Por la noche, en lo alto de la litera de fierro, a la exigua luz de la ampolleta de 40 watts, ya con el cerebro obnubilado de metáforas, seguí leyendo pese a los reclamos de mis compañeros de camarote para que apagara la luz de una vez por todas, que en un rato más había que madrugar, carajo.

Era una suerte que solo fuéramos tres los ocupantes del camarote, y que mis compañeros laboraran en turnos diferentes al mío, de ese modo pasaba más tiempo solo y podía escribir y leer sin ser importunado. Lo negativo era que los domingos —cuando tenía el día completo para escribir y leer— sintonizaban sus radios a todo volumen para oír el fútbol, y comentaban a gritos con los de los camarotes de enfrente los cobros del árbitro o las jugadas con «perfume de gol» narradas por el inefable Darío Verdugo, el relator más rápido y delirante del país.

Al día siguiente, a las seis de la mañana, forrad ...