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EL CAMINO DE LOS REYES (EL ARCHIVOS DE LAS TORMENTAS 1)

Brandon Sanderson  

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Fragmento

Título original: The Way of Kings

Traducción: Rafael Marín Trechera

1.ª edición: agosto, 2015

© Dragonsteel Entertainment, LLC

Todos los derechos reservados. Ilustraciones interiores por Isaac Stewart, Ben McSweeney y Greg Call. Editado por Moshe Feder. Diseñado por Greg Collins

© Ediciones B, S. A., 2015

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-177-9

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Para Emily,

que es demasiado paciente,

demasiado amable

y demasiado maravillosa

para expresarlo en palabras.

Pero lo intento de todas formas.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Agradecimientos

Preludio A. El archivo de las tormentas

Libro primero. El camino de los reyes

Prólogo. Matar

Primera parte. Arriba silencio

1. Bendito por la tormenta

2. El honor ha muerto

3. La ciudad de las campanas

4. Las llanuras quebradas

5. Hereje

6. Puente cuatro

7. Cualquier cosa razonable

8. Más cerca de la llama

9. Condenación

10. Historias de cirujanos

11. Gotas

Interludios

I - I. Ishikk

I - 2. Nan Balat

I - 3. La gloria de la ignorancia

Segunda parte. Las tormentas iluminadoras

12. Unidad

13. Diez latidos

14. Día de paga

15. El señuelo

16. Crisálidas

17. Un crepúsculo sangriento y rojo

18. Alto príncipe de la guerra

19. Lluvia de estrellas

20. Escarlata

21. Por qué mienten los hombres

22. ¿Ojos, manos o esferas?

23. Muchos usos

24. La galería de mapas

25. El carnicero

26. Quietud

27. Servicio en el abismo

28. La decisión

Interludios

I - 4. RYSN

I - 5. Axies el coleccionista

I - 6. Una obra de arte

Tercera parte. Morir

29. Errorgancia

30. Oscuridad invisible

31. Bajo la piel

32. Carga lateral

33. Cimática

34. Muralla de tormenta

35. Una luz para ver

36. La lección

37. Lados

38. Protector

39. Marcada a fuego

40. Ojos de rojo y azul

41. De Alds y Milp

42. Mendigos y camareras

43. El despojo

44. El llanto

45. Shadesmar

46. Hijos de Tanavast

47. Benditos por la tormenta

48. Fresa

49. Preocupación

50. Polvo de agotadera

51. Sas Nahn

Interludios

I - 7. Baxil

I - 8. Geranid

I - 9. La muerte viste de blanco

Cuarta parte. La iluminación de la tormenta

52. Un camino hacia el sol

53. Dunny

54. Charlatán

55. Un broam de esmeralda

56. Ese libro de la tormenta

57. Vela errante

58. El viaje

59. Un honor

60. Lo que no podemos tener

61. Bien por mal

62. Tres glifos

63. Miedo

64. Un hombre de extremos

65. La torre

66. Códigos

67. Palabras

68. Eshonai

69. Justicia

Quinta parte. El silencio de arriba

70. Mar de cristal

71. Grabado en sangre

72. Veristitaliana

73. Confianza

74. Espectro de sangre

75. Desde lo alto

Epílogo. De mayor importancia

Nota final

Ars Arcanum

AGRADECIMIENTOS

Terminé el primer borrador de este libro en 2003, pero empecé a trabajar en diversas partes a finales de los noventa. Fragmentos de esta novela se remontan aun más atrás en mi imaginación. Ningún libro mío ha tardado tanto en cuajar: he pasado más de una década dando forma a esta novela. Por eso no debería ser ninguna sorpresa que muchas personas me hayan ayudado con ella. Va a ser imposible mencionarlos a todos: mi memoria, sencillamente, no es tan buena. Sin embargo, hay algunos partícipes importantes a los que me gustaría dar sinceramente las gracias.

En primer lugar está mi esposa, Emily, a quien dedico este libro. Dio mucho de sí para ver como se iba formando la novela. Eso incluye no solo leer y dar consejos sobre el manuscrito, sino renunciar a su marido durante largos periodos de tiempo. Si mis lectores tienen la posibilidad de conocerla, no estaría mal que le diesen las gracias (le gusta el chocolate).

Como siempre, mis excelentes editor y agente (Moshe Feder y Joshua Bilmes) trabajaron muy duro en este libro. Moshe, especialmente, no cobra más cuando sus autores entregan monstruosidades de cuatrocientas mil palabras. Pero editó la novela sin una queja: su ayuda fue incalculable para entregar la novela que ahora tiene usted en la mano. También hizo que F. Paul Wilson repasara las escenas médicas, para mejorarlas.

Gracias también a Harriet McDougal, una de las mejores editoras de nuestro tiempo, quien asumió la corrección por pura bondad. Los fans de La rueda del tiempo la conocerán como la persona que descubrió y editó a Robert Jordan, con quien luego se casó. No se dedica a editar muchos libros hoy en día, y por eso me siento muy honrado y halagado por contar con su colaboración y ayuda. Alan Romanczuk, que trabaja con ella, debe recibir también su agradecimiento por facilitar la publicación de este libro.

En Tor Books, Pauls Stevens ha sido de gran ayuda. Como nuestro contacto editorial, ha hecho un trabajo excelente. Moshe y yo tenemos suerte de contar con su ayuda. Igualmente, Irene Gallo (la directora artística) ha sido una ayuda maravillosa y paciente al tratar con un autor molesto que quería hacer cosas raras con los dibujos de su libro. Muchas gracias a Irene, Justin Golenbock, Greg Collins, Karl Gold, Nathan Weaver, Heather Saunders, Meryl Gross, y todo el equipo de Tor Books. Dot Lin, que fue mi publicista hasta la publicación de este libro (y que ahora trabaja para añadir unas cuantas letras más después de su nombre), fue una ayuda maravillosa no solo en publicidad, sino al darme consejos y acompañarme en una divertida sesión en Nueva York. Gracias a todos.

Y hablando de dibujos, se darán cuenta de que el interior de este libro es mucho más extenso de lo que normalmente se encuentra en una novela de fantasía. Esto se debe a los extraordinarios esfuerzos de Greg Call, Isaac Stewart, y Ben McSweeney. Trabajaron duro, haciendo numerosos bocetos para rematar las cosas. El trabajo de Ben en las páginas de bocetos de Shallan es simplemente maravilloso, una mezcla de lo mejor de mi imaginación y sus interpretaciones artísticas. Isaac, que también hizo los dibujos interiores de las novelas de «Nacidos de la Bruma», fue mucho más allá de lo que habría cabido esperar razonablemente de él. Trabajar hasta tarde y con plazos de entrega exigentes fueron la norma para esta novela. Hay que alabar su trabajo. (Los iconos de los capítulos, mapas, guardas en color y las páginas de notas de Navani son suyas, por si tienen curiosidad.)

Como siempre, mi grupo de escritura ha sido una gran ayuda. Sus miembros se componen de unos cuantos lectores alfa y beta. Sin ningún orden concreto, son: Karen Ahlstrom, Geoff y Rachel Biesinger, Ethan Skarstedt, Nathan Hatfield, Dan Wells, Karylynn ZoBell, Alan y Jeanette Layton, Janci Olds, Kristina Kugler, Steve Diamond, Brian Delambre, Jason Denzel, Michelle Trammel, Josh Walker, Chris King, Austin y Adam Hussey, Brian T. Hill, y el tal Ben, cuyo apellido nunca sé escribir bien. Estoy seguro de que me olvido de algunos. Sois todos gente maravillosa, y os daría hojas esquirladas si pudiera.

Guau. Esto se está convirtiendo en un agradecimiento épico. Pero hay todavía más gente a la que debo mi reconocimiento. La redacción de estas palabras tiene lugar en torno al aniversario de haber contratado al Inevitable Peter Ahlstrom como secretario personal, corrector ayudante y cerebro extra. Si revisan las anteriores páginas de agradecimiento, siempre lo encontrarán allí. Lleva años siendo un querido amigo y un gran defensor de mi obra. Ahora tengo suerte de que trabaje para mí a tiempo completo. Hoy se levantó a las tres de la mañana para leer las últimas pruebas de imprenta del libro. La próxima vez que lo vean en una convención, cómprenle un buen queso.

También sería negligente por mi parte si no le diera las gracias a Tom Doherty por permitirme que me saliera con la mía al escribir este libro. Pudimos conseguir que la novela fuera tan larga porque Tom creía en este proyecto, y una llamada personal suya fue lo que consiguió que Michael Whelan hiciera la portada. Tom ha dado aquí más de lo que probablemente merezco: esta novela (con la extensión de que alardea, con el número de ilustraciones que contiene) es de las que echaría atrás a muchos editores. Este hombre es el motivo por el que Tor lanza tantos libros asombrosos.

Finalmente, un momento para la maravillosa portada de Michael Whelan. Para los que no han oído la historia, empecé a escribir novelas de fantasía (de hecho, empecé siendo lector de ellas) cuando era adolescente gracias a una hermosa portada de Michael. Tiene una capacidad única para capturar el alma verdadera de un libro en sus pinturas; siempre supe que podría confiar en una novela con una de sus portadas. He soñado con que algún día hiciera la portada de uno de mis libros. Parecía algo imposible de conseguir. Que haya sucedido por fin, y en la novela de mi corazón en la que he trabajado tanto tiempo, es un honor sorprendente.

Preludio A

EL ARCHIVO DE LAS TORMENTAS

Kalak rodeó un promontorio rocoso y se detuvo agotado ante el cuerpo de un tronador moribundo. La enorme bestia de piedra yacía de costado; las protuberancias de su pecho, parecidas a costillas, estaban rotas y agrietadas. La monstruosidad era de forma vagamente esquelética y sus miembros anormalmente largos brotaban de unos hombros de granito. Los ojos eran manchas de un rojo oscuro en la cara afilada, como creados por un fuego que ardiera en las profundidades de la piedra. Perdían su brillo por momentos.

Incluso después de tantos siglos, ver de cerca un tronador hizo que Kalak se estremeciera. La mano de la bestia tenía casi su misma altura. Manos como esa lo habían matado antes, y no había sido agradable.

Naturalmente, morir rara vez lo era.

Rodeó a la criatura, escogiendo con cuidado su camino por el campo de batalla. La llanura estaba cubierta de piedras y rocas deformes, columnas naturales que se alzaban a su alrededor, cadáveres que regaban el terreno. Pocas plantas crecían allí.

Los riscos y montículos rocosos presentaban numerosas cicatrices. Algunos eran secciones arrasadas donde habían combatido los potenciadores. Con menos frecuencia, pasó ante huecos resquebrajados de extraña forma donde los tronadores se habían soltado de la roca para unirse a la batalla.

Muchos de los cuerpos que yacían alrededor de él eran humanos; otros muchos, no. Sangres diversas. Roja, anaranjada, violeta. Aunque ninguno de los cadáveres se movía, una confusa neblina de sonidos flotaba en el aire. Gemidos de dolor, alaridos de pena. No parecían los sonidos de una victoria. El humo surgía de los pocos arbustos o de los montones de cadáveres ardientes. Incluso algunas secciones de roca humeaban. Los Portadores del Polvo habían hecho bien su trabajo.

«Pero yo he sobrevivido, he logrado sobrevivir esta vez», pensó Kalak, con la mano en el pecho mientras se apresuraba hacia el lugar de encuentro.

Eso era peligroso. Cuando moría, era enviado de vuelta, sin remisión. Cuando sobreviviera a la Desolación, se suponía que debía volver también. De vuelta al lugar que temía. De vuelta a aquel daño de dolor y fuego. ¿Y si decidía..., no ir?

Pensamientos comprometidos, quizá pensamientos traicioneros. Avivó el paso.

El lugar de encuentro estaba a la sombra de una gran formación rocosa, una torre que se alzaba hacia el cielo. Como siempre, ellos diez lo habían decidido antes de la batalla. Los supervivientes llegarían hasta aquí. Extrañamente, solo uno de los demás lo estaba esperando. Jezrien. ¿Habían muerto los otros ocho? Era posible. La batalla había sido demasiado cruenta esta vez, una de las peores. El enemigo se volvía cada vez más tenaz.

Pero no. Kalak frunció el ceño mientras se acercaba a la base de la torre. Allí había siete magníficas espadas, clavadas en el suelo de piedra. Cada una de ellas era una obra de arte, elegante en su diseño, grabada con glifos y patrones. Las reconoció todas. Si sus amos hubieran muerto, las espadas se habrían desvanecido.

Estas espadas eran armas de poder superior incluso a las hojas esquirladas. Eran únicas. Preciosas. Jezrien permanecía apartado del círculo de espadas, mirando hacia el este.

—¿Jezrien?

La figura de blanco y azul se volvió a mirarlo. Incluso después de tantos siglos, Jezrien parecía joven, como si apenas estuviera en la treintena. Su barba negra estaba bien recortada, aunque su ropa, antaño elegante, estaba chamuscada y manchada de sangre. Cruzó las manos a su espalda mientras se volvía hacia Kalak.

—¿Qué ocurre, Jezrien? —preguntó Kalak—. ¿Dónde están los demás?

—Han partido —la voz de Jezrien era tranquila, grave, regia. Aunque hacía siglos que no llevaba corona, conservaba sus modales reales. Siempre parecía saber qué hacer—. Podríamos decir que fue un milagro. Solo uno de nosotros murió esta vez.

—Talanel —dijo Kalak. La suya era la única espada que faltaba.

—Sí. Murió defendiendo ese pasaje junto al río norte.

Kalak asintió. Talanel tenía tendencia a elegir luchas desesperadas y ganarlas. También tenía tendencia a morir en el proceso. Ya estaría de vuelta en el lugar adonde iban entre Desolaciones. El lugar de las pesadillas.

Kalak descubrió que estaba temblando. ¿Cuándo se había vuelto tan débil?

—Jezrien, no puedo regresar esta vez —Kalak susurró las palabras, se acercó y agarró al otro hombre por el brazo—. No puedo.

Kalak sintió que algo en su interior se quebraba con aquella admisión. ¿Cuánto tiempo había sido? Siglos, tal vez milenios de tortura. Era tan difícil seguir la cuenta... Aquellos fuegos, aquellos garfios clavándose en su carne cada nuevo día. Arrancándole la piel del brazo, quemando luego la grasa, buscando después el hueso. Podía olerlo. ¡Todopoderoso, podía olerlo!

—Deja tu espada —dijo Jezrien.

—¿Qué?

Jezrien indicó con un gesto el círculo de armas.

—Me eligieron para que te esperase. No estábamos seguros de que hubieras sobrevivido. Se ha..., se ha tomado una decisión. Es hora de que el Juramento llegue a su fin.

Kalak sintió una aguda punzada de terror.

—¿De qué servirá eso?

—Ishar cree que basta con que uno de nosotros siga unido al Juramento. Existe la posibilidad de que pongamos fin al ciclo de Desolaciones.

Kalak miró al rey inmortal a los ojos. De un pequeño montículo a su izquierda brotaba una negra columna de humo. Los gemidos de los moribundos los acosaban desde atrás. En los ojos de Jezrien, Kalak vio angustia y pesar. Acaso incluso cobardía. Era un hombre que pendía de un hilo sobre un acantilado.

«Todopoderoso —pensó Kalak—. Tú también has llegado al límite, ¿verdad?» Les había sucedido a todos.

Kalak dio media vuelta y se dirigió a un pequeño risco que se alzaba sobre una parte del campo de batalla.

Había muchísimos cadáveres, y entre ellos caminaban los vivos. Hombres con atuendos primitivos, con lanzas rematadas por puntas de bronce. Entre ellos, había otros con brillantes armaduras plateadas. Un grupo pasó de largo, cuatro hombres con pieles curtidas o cuero gastado que se unieron a una poderosa figura con una hermosa armadura plateada, sorprendentemente intrincada. Qué contraste.

Jezrien se detuvo junto a él.

—Nos ven como divinidades —susurró Kalak—. Confían en nosotros, Jezrien. Somos todo lo que tienen.

—Tienen a los Radiantes. Eso será suficiente.

Kalak negó con la cabeza.

—Esto no detendrá al enemigo. Encontrará un modo de superarlo. Sabes que lo hará.

—Tal vez —el rey de los Heraldos no ofreció ninguna otra explicación.

—¿Y Taln? —preguntó Kalak. «La sangre ardiendo. Los fuegos. El dolor una y otra vez...»

—Mejor que sufra un hombre y no diez —susurró Jezrien. Parecía tan frío. Como una sombra causada por el calor y la luz que cayeran sobre alguien honorable y sincero, y proyectara detrás esta negra imitación.

Jezrien regresó al círculo de espadas. Su propia hoja se formó en sus manos, apareciendo de entre la bruma, húmeda de condensación.

—Ha sido decidido, Kalak. Seguiremos nuestros caminos, y no nos buscaremos unos a otros. Nuestras hojas deben quedarse. El Juramento termina ahora.

Alzó su espada y la clavó en la piedra junto con las otras siete.

Jezrien vaciló, mirando la espada, y luego inclinó la cabeza y dio media vuelta. Como avergonzado.

—Escogimos voluntariamente esta carga. Bueno, podemos decidir dejarla si queremos.

—¿Qué le diremos a la gente, Jezrien? —preguntó Kalak—. ¿Qué dirán de este día?

—Es sencillo —respondió Jezrien, alejándose—. Les diremos que finalmente han ganado. Es una mentira fácil. ¿Quién sabe? Quizás acabe convirtiéndose en verdad.

Kalak vio que Jezrien se marchaba a través del paisaje calcinado. Finalmente, convocó a su propia hoja y la clavó en la piedra junto con las otras ocho. Dio media vuelta y echó a andar en la dirección opuesta a Jezrien.

Y sin embargo, no pudo dejar de volverse a mirar de nuevo el círculo de espadas y el único hueco que quedaba. El lugar donde tendría que haber estado la décima espada.

Aquel de ellos que se había perdido. Aquel al que habían abandonado.

«Perdónanos», pensó Kalak, y luego se marchó.

«El amor de los hombres es frío, un arroyo de las montañas cercano al hielo. Somos suyos. Oh, Padre Tormenta..., somos suyos. Solo faltan mil días y la Eterna Tormenta viene.»

Recogido el primer día de la semana Palah del mes Shash del año 1171, treinta y un segundos antes de la muerte. El sujeto era una mujer de ojos oscuros, embarazada, de mediana edad. Su hijo no sobrevivió.

Szeth-hijo-hijo-Vallano, Sinverdad de Shinovar, vestía de blanco el día que iba a matar a un rey. Las ropas blancas eran una tradición parshendi, extraña para él. Pero hacía lo que sus amos exigían y no pedía explicaciones.

Estaba sentado en un gran salón de piedra, caldeado por numerosas hogueras que proyectaban una luz brillante sobre los juerguistas, haciendo que en su piel se formaran perlas de sudor mientras bailaban y bebían y chillaban y cantaban y aplaudían. Algunos caían al suelo con la cara enrojecida; la fiesta era demasiado desenfrenada para ellos, los estómagos demostraban no estar a la altura de los odres de vino trasegados. Parecía como si estuvieran muertos, al menos hasta que sus amigos los sacaron del salón donde se celebraba la fiesta y los llevaron a las camas que los esperaban.

Szeth no seguía el ritmo de los tambores, ni bebía el vino de color zafiro, ni se levantaba a bailar. Estaba sentado en un taburete al fondo, un criado silencioso vestido de blanco. Pocos en la celebración por la firma del tratado reparaban en él. Era solo un sirviente, y los shin eran fáciles de ignorar. La mayoría de la gente del este creía que la raza de Szeth era dócil e inofensiva. Generalmente tenía razón.

Los tambores iniciaron un nuevo ritmo. El compás sacudió a Szeth como un cuarteto de corazones latientes, bombeando por toda la sala oleadas de sangre invisible. Los amos de Szeth, despreciados como salvajes en los reinos más civilizados, estaban sentados ante sus propias mesas. Eran hombres de piel negra moteada de rojo. Parshendi, se llamaban, primos de los pueblos de servidores más dóciles conocidos como parshmenios en la mayor parte del mundo. Una rareza. Ellos no se llamaban a sí mismos así: parshendi era el nombre que les daban los alezi. Significaba, más o menos, «parshmenios que saben pensar». Nadie parecía considerarlo un insulto.

Los parshendi habían traído a los músicos. Al principio, los alezi de ojos claros se mostraron reticentes. Para ellos, los tambores eran instrumentos de la gente corriente de los ojos oscuros. Pero el vino fue el gran asesino tanto de la tradición como de la propiedad, y ahora la élite de los alezi bailaba con abandono.

Szeth se levantó y empezó a abrirse paso por la sala. La fiesta había durado mucho: incluso el rey se había retirado hacía horas. Pero muchos seguían celebrando. Mientras caminaba, Szeth se vio obligado a evitar a Dalinar Kholin, el hermano del mismísimo rey, que se había desplomado borracho en una mesita. El hombre, mayor pero fornido, había rechazado a aquellos que trataron de convencerlo para que se fuera a la cama. ¿Dónde estaba Jasnah, la hija del rey? Elhokar, el hijo varón y heredero, estaba sentado ante la alta mesa, dirigiendo la fiesta en ausencia de su padre. Conversaba con dos hombres, un azish de piel oscura que tenía una extraña marca de piel clara en la mejilla, y un alezi más joven que no dejaba de mirar por encima del hombro.

Los compañeros de farra del heredero no tenían importancia. Szeth se mantuvo alejado de él, quedándose en los lados de la sala, y pasó junto a los músicos que tocaban los tambores. Los musispren flotaban en el aire a su alrededor, los diminutos espíritus tomaban la forma de lazos transparentes que giraban. Los músicos repararon en Szeth cuando pasó por su lado. Se retirarían pronto, al igual que los demás parshendi.

No parecían ofendidos. No parecían furiosos. Y sin embargo, en apenas unas horas iban a romper el tratado. No tenía ningún sentido. Pero Szeth no hacía preguntas.

En el fondo de la sala, pasó ante hileras de luces azules que brotaban donde la pared se encontraba con el suelo. Contenían zafiros imbuidos de luz tormentosa. Profanos. ¿Cómo podían los hombres de esas tierras usar algo tan sagrado solo para iluminarse? Peor, se decía que los sabios alezi estaban a punto de crear nuevas hojas esquirladas. Szeth esperaba que solo fueran exageraciones. Porque si llegaba a ocurrir eso, el mundo cambiaría. Probablemente de un modo que acabaría con la gente de todos aquellos países, de la lejana Thaylenah a la alta Jah Keved, donde se hablaba alezi.

Eran un gran pueblo, estos alezi. Incluso borrachos, tenían una nobleza natural. Altos y bien proporcionados, los hombres vestidos con atuendos de seda oscura que se abotonaban a los lados del pecho y tenían elaborados bordados de plata o de oro. Cada uno parecía un general en el campo de batalla.

Las mujeres eran aún más espléndidas. Llevaban elegantes vestidos de seda muy ajustados, cuyos brillantes colores contrastaban con los tonos oscuros que preferían los hombres. La manga izquierda de cada vestido era más larga que la derecha y cubría la mano. Los alezi tenía un extraño sentido del decoro. Llevaban la negra cabellera recogida en lo alto de la cabeza, a veces en intrincados rodetes. A menudo los remataban con lazos o adornos dorados, junto con joyas que brillaban con la luz tormentosa. Precioso. Profano, pero precioso.

Szeth dejó atrás el salón. Nada más salir, pasó ante la puerta tras la que se celebraba la Fiesta de los Mendigos. Era una tradición alezi, una sala donde se ofrecía a algunos de los hombres y mujeres más pobres de la ciudad un festín que aunaba al del rey y sus invitados. Había un hombre de larga barba canosa desplomado junto a la puerta, sonriendo como un necio, aunque Szeth no supo si era por el vino o porque era débil mental.

—¿Me has visto? —preguntó el hombre con habla pastosa.

Se echó a reír, y entonces empezó a hablar en un extraño galimatías, mientras echaba mano a un frasco de vino. Así que era la bebida, después de todo. Szeth pasó de largo, dejando atrás una fila de estatuas que mostraba a los Diez Heraldos de la antigua teología vorin. Jezerezeh, Ishi, Kelek, Talenelat... Fue contándolos uno a uno y advirtió que solo había nueve. Resultaba muy sospechoso. ¿Por qué habían quitado la estatua de Shalash? Se decía que el rey Gavilar era muy devoto del culto vorin. Demasiado devoto, para algunos.

El pasillo giraba a la derecha, siguiendo el perímetro del palacio. Se hallaban en la planta del rey, en la segunda planta del edificio abovedado, rodeados de paredes de roca, techos y suelos. Eso era profano. No se podía hollar la piedra. ¿Pero qué podía hacer él? Era un Sinverdad. Hacía lo que sus amos exigían.

Hoy, eso incluía vestir de blanco. Pantalones blancos anchos atados a la cintura con una cuerda, y sobre ellos una fina camisa de mangas largas, abierta por delante. Las ropas blancas para los asesinos eran una tradición entre los parshendi. Aunque Szeth no lo había preguntado, sus amos le habían explicado el porqué.

Blanco para ser osado. Blanco para no mezclarse con la noche. Blanco para advertir.

Pues si ibas a asesinar a un hombre, tenía derecho a verte venir.

Szeth giró a la derecha, siguiendo el pasillo directamente hacia los aposentos del rey. Las antorchas ardían en las paredes, su luz insatisfactoria para él, un ligero guiso tras un largo ayuno. Diminutos llamaspren bailaban a su alrededor, semejantes a insectos hechos de luz solidificada. Las antorchas eran inútiles para él. Echó mano a su bolsa y las esferas que contenía, pero vaciló al ver más luces azules por delante: un par de lámparas de luz tormentosa flotaban en la pared, con brillantes zafiros resplandeciendo en sus corazones. Szeth se acercó a una y tendió la mano para envolver la gema recubierta por el cristal.

—¡Eh, tú! —exclamó una voz en alezi. Había dos guardias en la intersección. Guardias dobles, pues había salvajes en Kholinar esta noche. Cierto, se suponía que esos salvajes eran ahora aliados. Pero las alianzas podían ser endebles.

Esta no duraría una hora.

Szeth vio acercarse a los dos guardias. Llevaban lanzas: no eran ojos claros, y por tanto tenían prohibida la espada. Sin embargo, sus petos pintados de rojo eran ornamentados, igual que sus yelmos. Puede que fueran ojos oscuros, pero se trataba de ciudadanos de alto rango con puestos honorables en la guardia real.

Tras detenerse a unos pocos pasos de distancia, el primer guardia hizo un gesto con la lanza.

—Márchate. Este no es sitio para ti. —Tenía la piel bronceada y llevaba una perilla recortada.

Szeth no se movió.

—¿Bien? —dijo el guardia—. ¿A qué estás esperando?

Szeth inspiró profundamente, atrayendo la luz tormentosa, que fluyó hacia su interior, absorbida por las lámparas de zafiro gemelas de las paredes, como si su aliento las hubiera convocado. La luz tormentosa rugió en su interior, y el pasillo de pronto se volvió más oscuro, sumiéndose en las sombras como la cima de una colina que pierde la luz del sol por el paso de una nube.

Szeth pudo sentir el calor de la luz, su furia, como una tempestad que hubieran inyectado directamente en sus venas. Su poder era vigorizante pero peligroso. Lo impulsaba a actuar. A moverse. A golpear.

Conteniendo la respiración, se aferró a la luz tormentosa. Podía sentirla brotando de él. Solo era posible contenerla unos pocos instantes como máximo. Se filtraba, pues el cuerpo humano constituía un contenedor demasiado poroso. Szeth había oído que los Portadores del Vacío podían contenerla perfectamente. Pero claro, ¿existían todavía? Su castigo declaraba que no. Su honor exigía que existieran.

Ardiendo de energía sagrada, Szeth se volvió hacia los guardias. Estos pudieron ver que filtraba luz tormentosa, y que arabescos de luz brotaban de su piel como humo luminiscente. El primer guardia entornó los ojos, frunciendo el ceño. Szeth estaba seguro de que el hombre nunca había visto antes nada así. Por lo que recordaba, Szeth había matado a todos los caminopiedras que habían llegado a ver lo que podía hacer.

—¿Qué..., qué eres? —la voz del guardia había perdido su seguridad—. ¿Espíritu u hombre?

—¿Qué soy? —susurró Szeth, y un poco de luz manó de sus labios mientras miraba más allá del hombre al fondo del largo pasillo—. Yo..., lo siento.

Szeth parpadeó, lanzándose a aquel lejano punto del pasillo. La luz tormentosa surgió de su ser con un destello, helando su piel, y el suelo dejó inmediatamente de tirar de él hacia abajo. En cambio, fue empujado hacia aquel lejano punto: como si, para él, esa dirección se hubiera convertido de repente en su abajo.

Era un lanzamiento básico, el primero de sus tres tipos de lanzamientos. Le proporcionaba la habilidad de manipular cualquier fuerza, spren o dios que sujetara a los hombres al suelo. Con la sacudida de este lanzamiento, podía sujetar a las personas o los objetos a distintas superficies o enviarlas en distintas direcciones.

Desde la perspectiva de Szeth, el pasillo era ahora un pozo profundo por el que caía, y los dos guardias estaban de pie en uno de los lados. Se sorprendieron cuando los pies de Szeth los golpearon en la cara, derribándolos. Szeth cambió su punto de vista y se arrojó al suelo. La luz brotó de él. El suelo del pasillo se convirtió de nuevo en su abajo, y aterrizó entre los dos guardias, con las ropas crujiendo y dejando caer copos de escarcha. Se levantó, y comenzó el proceso de invocar a su hoja esquirlada.

Uno de los guardias trató de echar mano a su lanza. Szeth tocó al soldado en el hombro y alzó la cabeza. Se concentró en un punto sobre él mientras dejaba la luz salir de su cuerpo y entrar en el guardia, lanzando al pobre hombre hacia el techo.

El guardia soltó un grito de sorpresa cuando el arriba se convirtió en el abajo para él. Sacudiéndose con la luz, chocó contra el techo y soltó la lanza, que no había sido sacudida directamente y que cayó al suelo cerca de Szeth.

Matar. Era el mayor de los pecados. Y sin embargo, allí estaba Szeth, Sinverdad, caminando profanamente sobre piedras usadas para construir. Y no terminaría. Como Sinverdad, solo había una vida que tenía prohibido tomar.

Y era la suya propia.

Al décimo latido de su corazón, su hoja esquirlada cayó en su mano, que permanecía a la espera. Se formó como si se condensara a partir de la bruma, el agua perlada a lo largo de la hoja. Era una espada larga y fina, de doble filo, más pequeña que la mayoría de las espadas. Szeth la blandió, trazó una línea en el suelo de piedra y atravesó el cuello del segundo guardia.

Como siempre, la hoja esquirlada mataba de manera extraña: aunque cortaba con facilidad la piedra, el acero o todo lo que fuera inanimado, se difuminaba nada más tocar piel viva. Viajó a través del cuello del guardia sin dejar una marca, pero una vez terminado su trayecto, los ojos del hombre humearon y ardieron. Se volvieron negros, marchitándose en su cabeza, y el hombre se desplomó, muerto. Una hoja esquirlada no cortaba la carne viva: cortaba el alma.

Arriba, el primer guardia jadeó. Había conseguido ponerse en pie, aunque estos estuvieran plantados en el techo del pasillo.

—¡Un portador de esquirlada! —gritó—. ¡Un portador de esquirlada ataca el salón del rey! ¡A las armas!

«Por fin», pensó Szeth. Los guardias desconocían su uso de la luz tormentosa, pero conocían una hoja esquirlada en cuanto veían una.

Szeth se arrodilló y recogió la lanza que había caído de arriba. Al hacerlo, liberó el aliento que había estado conteniendo desde que atrajo la luz tormentosa. Lo retenía mientras la empuñaba, pero aquellas dos linternas no contenían mucha cantidad, de modo que pronto necesitaría respirar. En cuanto dejó de contener el aliento, la luz empezó a vaciarse cada vez más rápido.

Szeth apoyó la culata de la lanza en el suelo de piedra, y luego miró hacia arriba. El guardia dejó de gritar, abriendo mucho los ojos cuando los faldones de su camisa empezaron a resbalar hacia abajo, y la tierra empezaba a recuperar su dominio. La luz que brotaba de su cuerpo menguó.

Miró a Szeth. Observó la punta de la lanza que señalaba directamente a su corazón. Miedospren violetas brotaron del techo de piedra en torno a él.

La luz se apagó. El guardia cayó.

Gritó cuando alcanzó la lanza que le atravesó el pecho. Szeth dejó caer el arma, que golpeó el suelo con un golpe sordo a causa del cuerpo que se retorcía en su extremo. Con la hoja esquirlada en la mano, se volvió hacia un pasillo lateral, siguiendo el plano que había memorizado. Dobló una esquina y se pegó a la pared justo cuando un pelotón de guardias llegaba al lugar donde yacían los soldados muertos. Los recién llegados empezaron a gritar de inmediato, en señal de alarma.

Las instrucciones de Szeth eran claras. Debía matar al rey, pero tenían que verlo haciéndolo. Que los alezi supiesen lo que era capaz de hacer. ¿Por qué? ¿Por qué habían accedido los parshendi a este tratado, si habían enviado a un asesino la misma noche de su firma?

Más gemas brillaban en las paredes del pasillo. Al rey Gavilar le gustaba la ostentación, y no podía decirse que dejaba fuentes de poder para que Szeth las usara en sus lanzamientos. Las cosas que Szeth hacía no se veían desde hacía milenios. Las historias de aquellos tiempos casi se habían extinguido, y las leyendas eran horriblemente inadecuadas.

Szeth se asomó al pasillo. Uno de los guardias de la intersección lo vio y, señalándolo, soltó un grito. Szeth se aseguró de que lo vieran bien, luego se escabulló. Inspiró profundamente mientras corría, atrayendo luz tormentosa de las linternas. Su cuerpo se llenó de vida con ella, y su velocidad aumentó, los músculos rebosantes de energía. Dentro de él, la luz se convirtió en una tormenta; la sangre le tronó en los oídos. Era algo terrible y maravilloso al mismo tiempo.

Dos pasillos por delante, uno a cada lado. Abrió la puerta de una habit

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