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EL CAMINO DEL AMOR PROPIO

Rodolfo Neira  

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Fragmento

¿Quién soy?, ¿por qué estoy vivo?, ¿hacia dónde me dirijo? Sé que estas preguntas habitan en nosotros de manera oculta. Palpitan. Y a ratos se incrementan hasta hacernos lidiar con un estado de incomodidad interior. Este impulso puede relacionarse con un nuevo nivel de información que se hace presente en cada uno de nosotros de manera inconsciente. Es como si de pronto un velo se retirara de los ojos y nos sintiéramos empujados de manera discreta —pero sostenida— a vivenciar un cambio: un proceso cerebral donde se pone en tela de juicio y duda genuina lo que se nos ha impuesto desde la tradición, todas aquellas verdades supuestamente indiscutibles.

Cuando eso ocurre, debemos detenernos: cada vez que tengamos la sensación de que «esto ya no me calza», no debemos ceder ante la inercia y huir de esta encrucijada. Aunque la resistencia al cambio sea natural, aunque surjan los temores y las ansiedades; aunque no sepamos qué hay más allá, hay que atreverse a observar los signos que la vida nos está dando.

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Así me sucedió en 2011.

Ya era un médico profesional, con una especialidad e incluso una subespecialidad. Llevaba una vida tranquila dentro de los cánones socialmente validados: era reconocido entre los pares y no tenía dificultades financieras ni de salud. Desde afuera parecía que todo iba sobre ruedas; pero, claro, lentamente se fue instalando en mí un desencanto intraducible. La mente, nuestra compañera eterna, comenzaba a funcionar de otro modo, y me hacía cuestionar los conceptos de seguridad y sobrevivencia.

«Oye, Rodolfo —escuchaba adentro—, ¿por qué sientes insatisfacción?, ¿acaso no te das cuenta de todo lo que tienes y has logrado? Eres un mal agradecido. Debieses tener vergüenza: hay tantos a los que les gustaría estar en tus zapatos...»

Cuando algo así pasa, en general intentas silenciar esa voz, cierras los ojos, te das vuelta y duermes. Pero en mi caso, esos mensajes se repetían con una seguridad escalofriante. Con los días, la sensación de infelicidad iba en aumento. No me soltaba hasta provocarme lágrimas, que omitía o renegaba. Me creí el cuento de la mente: me convencí de que era sencillamente un mal agradecido. Pero no pude sostener ese discurso, porque algo muy profundo se movía en mí. Se había iniciado un proceso que llamo de «disonancia cognitiva», un desacuerdo entre los pensamientos y el estado interior. Y ocurría que el camino convencional de mi vida, que había emprendido hace muchos años, solo me entregaba vacío y sinsabores. El dolor no tardó en llegar y recordé que «crisis» etimológicamente significa «cambio profundo», y claro, si no se generaba un cambio en mi ruta, si no modificaba mi camino, la incomodidad iba a persistir y agudizarse.

¿Pero qué hay que cambiar?

Una de las principales dificultades «del buscador» es entender que debe cambiar sus viejas creencias. Debe «des-aprender» instrucciones dogmáticas que muchas veces ni siquiera nos hacen sentido, pero que forman parte de una suerte de «pack» de ideas al cual estamos expuestos, donde la duda es considerada inadecuada.

El cambio ocurre desde los cimientos: nos golpeará las bases que nos sustentan y, naturalmente, experimentaremos una resistencia inicial. Esta será la primera trampa de la mente: desviará nuestras fuerzas e intentará aferrarnos al status quo. Pero deberemos entregarnos a ese camino que —sin saber qué es— nos llama. Y aquí actuará la fuerza de nuestra sabiduría perenne, la cual actúa lenta pero poderosa a través de la intuición. Y así será cómo esta vieja amiga olvidada —la intuición— será quien nos encamine a una nueva vida.

Personalmente, comencé a procesar las dificultades que este nuevo camino impone a todo aquel que se atreve a seguirlo. Descubrí el nivel de «manipulación» al que nos sometemos y que llevamos arraigado: son emociones impregnadas en la mente subconsciente que están relacionadas con el miedo.

Como en una epifanía, pude observar a su majestad el miedo a la cara. Una emoción que, desde el punto de vista evolutivo, a lo mejor nos ayudó mucho, porque fue una de las maneras más sencillas de mantenernos alerta ante las situaciones reales de riesgo. El problema es que esa emoción se nos quedó impregnada en el cuerpo de forma poco saludable, y nos hizo persistir en una forma de vida basada en la sobrevivencia y la búsqueda de la seguridad.

El miedo quedó anclado así, de generación en generación, en la memoria colectiva. Sin darnos cuenta, permitimos que nuestra vida transcurriera en un estado de perpetua ansiedad, sostenida como si siempre algo «malo» pudiese ocurrir. Esta cosmovisión ha sido uno de los factores que ha perpetuado el sufrimiento de nuestra humanidad. Dejamos pasar de largo aquellas situaciones cotidianas lindas de retener y agradecer, que pasan por el lado nuestro sin ser advertidas.

Cuando logramos modificar ese formato de pensamiento —sesgado por el miedo— sentimos felicidad. Entendemos que nuestra mente trabajaba en un estado muy superficial y que tenemos la posibilidad de profundizar. Dejar el miedo de lado como un motor de la vida es muy liberador.

En ese periodo de mi vida, las sincronías de eventos se manifestaban en forma abierta y recurrente. Sentía que debía estar muy atento a las señales. La búsqueda, desde la incomodidad, no me daba tregua: los viajes fuera y dentro del país se convirtieron en conversatorios internos, donde intentaba aplacar la culpa que sentía por los cambios bruscos que debía enfrentar, virajes vitales dictados por el conocimiento intuitivo y no tanto por la razón.

Ya no había vuelta a atrás.

Era yo y mi noche oscura del alma.

Debía atravesarla con lágrimas en los ojos, pero con la certeza de que, después de tanto esfuerzo, el miedo se iba a difuminar.

DOS TIPOS DE CEREBROS

Nuestro cerebro está entrenado para reconocer constantemente las situaciones más peligrosas, inciertas y amenazantes que podrían infringirnos dolor. Estas evaluaciones —ocurridas en milésimas de segundos— son las que predominan en el «cerebro miedo». Un mecanismo que aparta las presuntas situaciones de menor riesgo porque, simplemente, son vivencias agradables o neutras que no implican riesgo. Una vez censadas y cotejadas las circunstancias externas —reales o imaginadas— por nuestros sistemas neurales, se genera un tipo de respuesta emocional casi automática, reactiva.

A lo que voy es que si en algún momento de nuestra vida el miedo como impulso omnipresente sí fue necesario —por ejemplo para escaparnos de los depredadores—, en el mundo actual ya no es imperioso, y mantener esas respuestas de terror con tal intensidad no nos hace bien. El miedo provoca un estrés crónico, una ansiedad persistente, una insatisfacción en los roles familiares, sentimentales y laborales. Hay que tener presente que en el camino de la superación de esa emoción, uno de los principales problemas que tendremos será la inercia con la cual conducimos nuestras vidas: como el cerebro miedo funciona en modo copia e imitación, todo cambio que consideremos necesario y que no esté alineado a lo normativo o lo naturalizado, será considerado un riesgo y, muchas veces, rápidamente descartado. Es ahí donde deberemos detenernos, crear un nuevo marco de decisiones y guiarnos por nuestro cerebro intuitivo: nuestro «cerebro amor».

¿CÓMO FUNCIONA EL CEREBRO AMOR?

En el cerebro intuitivo, la ecuanimidad y la satisfacción no dependen de la búsqueda externa —de su intermitencia—, sino de la tranquilidad y paz de nuestra mente.

Ahora bien, el estado mental de felicidad y plenitud —lo que entendemos como el «cerebro amor»— no tiene que ver solamente con alcanzar estados de ánimos positivos o vivencias placenteras. Tal como lo describe el doctor Kringelbach, psiquiatra de la Universidad de Oxford, la satisfacción profunda —conocida como eudaimonia— no llegará solo mediante momentos gratos, sino aceptando cada eventualidad. Y es que si nos dedicamos frenéticamente a buscar la felicidad, es probable que una vez alcanzada una etapa así, se perciba un vacío. Es por eso que lo que debemos hacer es buscar otro tipo de bienestar, aquel que fortalezca nuestro estado mayor de consciencia para —neuro-anatómicamente— activar nuestro cerebro amor.

Según la neurociencia —como lo muestra el doctor Engelhardt, de la Universidad de Heidelberg—, la plasticidad neuronal que activaría un nivel mayor de consciencia requiere de mucha participación nuestra: es decir, debemos ser conscientes para experimentar la consciencia. No basta con querer o desear: alcanzar este estado ecuánime se da mediante una práctica paulatina. Aquí podemos establecer una relación entre el fortalecimiento del cerebro amor y lo postulado por muchas tradiciones místicas desde hace miles de años. Las prácticas contemplativas o meditativas son entonces perentorias, si no obligatorias, para poder conectar plásticamente los circuitos cerebrales de la mente y, a la vez, poder disminuir en forma progresiva la fuerza acumulada en nuestras respuestas primitivas del cerebro miedo.

¿Pero de qué herramientas disponemos y cuáles son los primeros pasos para suscitar ese vínculo y entrenar el cerebro amor?

La primera condición será experimentar la incomodidad —que a ratos se presenta sutil y otras veces muy brusca— que aparece en momentos de baja o nula activ ...