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EL CASTILLO EN LA NUBES

Kerstin Gier  

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Fragmento

1

Mi primer día como niñera amenazaba con convertirse en un auténtico fracaso.

—Eres, sin duda, la peor niñera del mundo, Fanny Funke —ratificó Don cuando pasé corriendo a su lado vociferando:

—¡Chicos! ¡Esto no tiene gracia! ¡Haced el favor de volver ahora mismo!

—«Por favor, por favor —me imitó Don—. De lo contrario me despedirán.»

Pues sí, era muy probable. Y todo por distraerme un solo minuto. Diré en mi defensa que perder niños en la nieve puede suceder más rápido de lo que uno pensaría, especialmente si pretenden escabullirse y, además, visten de blanco de arriba abajo: gorro, abrigo y pantalones. Semejante atuendo debería estar prohibido por ley. No podían haber ido muy lejos, la nieve centelleante de las laderas se veía aún intacta. Pero no necesitaban ir muy lejos porque allí mismo, en el lado oeste del hotel, abundaban los escondites para renacuajos como ellos, avispados y vestidos de camuflaje. No solo podían ocultarse tras los innumerables montones de nieve, sino que también los árboles aislados, las pilas de leña o los salientes de los muros les ofrecían escondrijos perfectos.

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Entrecerré los ojos y miré hacia el sol. Para esa noche y para todas las vacaciones de Navidad la previsión meteorológica había anunciado nevadas, pero el cielo se mantenía aún de un azul intenso y el brillo de la nieve competía con el de las ventanas y los tejados recubiertos de cobre de torres, torrecillas y buhardillas. En cambio, abajo, una densa niebla había inundado el valle ya desde el día anterior. A fenómenos como ese debía el hotel el apodo cariñoso de Castillo en las Nubes.

—Un silencio muy poco usual, ¿verdad? —Don Burkhardt júnior me recordó que no era momento de admirar la belleza de las montañas suizas—. Esperemos que nuestros queridos niños no se hayan congelado...

Subido en el gran trineo con el que se transportaba la leña hasta la entrada del sótano, balanceaba los pies y lamía un helado de cucurucho que seguramente se había servido él mismo en la cocina. Había volcado los troncos ante el cartel que ponía: BIENVENIDOS AL CHÂTEAU JANVIER.

Aquel dulce me dio una idea.

—¡Eh, chicos! ¿No os apetecería un rico helado? —grité.

Pero no se movió ni una mosca.

Don soltó una risilla.

—No debiste dejar que ese empleado temporal checo te distrajera de tus obligaciones, Fanny Funke.

—Más vale que recojas la leña si no quieres meterte en líos —respondí.

A pesar de que era bajito y más bien escuchimizado para sus nueve años, y de que su naricilla respingona y sus vivarachos ojos marrones le daban un aspecto encantador e inofensivo, la verdad es que para mis adentros le tenía miedo. Nada de lo que decía concordaba en absoluto con su edad, y esto resultaba aún más desconcertante debido a su aguda vocecilla infantil, a su adorable acento suizo y a que ceceaba un poco, también de un modo adorable. Su extraña costumbre de dirigirse siempre a las personas por su nombre y apellido, a veces acompañados del lugar de procedencia, la edad o alguna cualidad («Llevas una carrera en la media, Fanny Funke, de diecisiete años, con domicilio en Achim bei Bremen») parecía encerrar alguna amenaza, como cuando en las películas de la mafia alguien murmura «Sé dónde vives», y antes o después acabas encontrándote una cabeza de caballo a la puerta de tu casa. Eso si tienes suerte.

Don y sus padres eran huéspedes habituales del hotel, que el niño conocía a la perfección. Se pasaba el día pululando arriba y abajo por el edificio, espiando conversaciones y armando jaleo, y se comportaba como si fuera el dueño del establecimiento y de todos sus ocupantes. Ya se tratara de la clientela o del personal, Don lo sabía todo sobre todos. Yo suponía que había leído en secreto las fichas de los empleados, pero, aun así, me parecía espeluznante que fuera capaz de recordar hasta el más mínimo detalle. Montacargas, oficinas, sótanos... le encantaba husmear por los lugares de acceso prohibido a los huéspedes; como era tan pequeñito y mono, casi nunca lo regañaban. Y a quien no lograba embaucar con su inocente mirada de cervatillo lo intimidaba llamándolo por su nombre completo y mencionando como de pasada a su acaudalado padre, Don Burkhardt sénior, y su relación de amistad con los dos hermanos Montfort, dueños del hotel. Al menos eso era lo que hacía conmigo. Y, aunque yo intentaba que no se me notara, sus maniobras mafiosas surtían cierto efecto. Dos días atrás lo había pillado limpiándose ceremoniosamente las manos pringadas de chocolate en los cortinones de terciopelo bordado del pequeño vestíbulo de la segunda planta. Respondió a mi enfado con una sonrisilla de suficiencia y las palabras: «Vaya, vaya, parece que sientes debilidad por las cortinas espantosas, Fanny Funke, residente en Achim bei Bremen y con el instituto sin terminar.»

Aquello me sacó de mis casillas porque las cortinas y cojines de toda la planta estaban hechas del mismo tejido maravilloso, rojo oscuro y bordado con pájaros y cenefas de flores en oro mate. No había que ser un experto para darse cuenta de lo valiosos que eran, aunque con el paso de los años el rojo se hubiera apagado un poco. Al acariciar el terciopelo tenías la sensación de que la tela te devolvía la caricia.

«Y además, Fanny Funke de las pecas raras, ¿acaso no es tu trabajo mantener todo esto limpio? —continuó. Efectivamente, en aquel momento no me ocupaba de los niños, sino de la limpieza—. ¿Has pensado en cuánto dinero se deja mi padre todos los años en este hotel? ¿A quién crees que echarán a la calle, a ti o a mí? Yo en tu lugar me alegraría de que solo sea chocolate y procuraría quitar las manchas rapidito, antes de que la señorita Müller te suelte otra filípica.» ¿De dónde sacaba esas expresiones? Ni mi abuela hablaba así.

«Pues yo en tu lugar desaparecería rapidito antes de que te caliente el culo con el plumero», logré responder, pero Don se marchó sonriendo tan tranquilo y seguramente sabiendo que había ganado. Porque yo temía más a la señorita Müller, la gobernanta del hotel, que a él. Y lo cierto es que mientras limpiaba aquellas manchas realmente sentí alivio de que solo fueran de chocolate.

Ahora, tras una breve pausa y lamiendo su helado, el niño contestó:

—Si alguien se mete en líos serás tú. Has estado flirteando con Yaromir Novak, de treinta y ocho años y bigote, en lugar de vigilar a los críos. Y tengo pruebas.

—No estaba flirteando —corregí al instante—. Simplemente lo he ayudado a desenredar una tira de lucecitas, tarea que responde por completo a mis obligaciones. —No era solo niñera, la descripción de mi empleo me calificaba de «personal en formación y aprendizaje», en calidad de «chica para todo» y «con disponibilidad flexible».

Don negó con la cabeza.

—Has sonreído, te has colocado el pelo detrás de la oreja y le has mostrado el cuello. Ese lenguaje corporal es típico de las hembras en celo.

—¡Tonterías! —respondí furiosa—. Yaromir es muy mayor para mí y tiene en Chequia a su mujer y a sus hijos, a los que quiere mucho. —Aunque fuera veinte años más joven y soltero, jamás flirtearía con él, yo nunca flirteo. La propia palabra «flirtear» me parece espantosa—. Y además... —Me interrumpí.

La expresión de Don reflejaba cuánto se divertía con mi vehemente defensa, que evidenciaba lo en serio que me tomaba sus palabras. Por supuesto, eso era lo último que quería revelarle. Así que le espeté:

—Entonces ¿qué? ¿Has visto a los gemelos o no?

Al instante cambió de táctica.

—No solo eso, sé incluso dónde están. —Me lanzó una mirada adorable que habría sido la envidia de Bambi—. Te lo diré si me lo pides amablemente «por favor, por favor».

—Por favor —dije en contra de mi voluntad.

—¡Dos veces! —exigió.

—Por favor, por favor —repetí a regañadientes.

Complacido, soltó una carcajada.

—Déjame que te diga por qué eres tan mala niñera: porque no tienes ninguna autoridad. Y eso los niños lo notan.

—Pues yo te diré por qué no tienes ni un amigo: porque no eres nada simpático.

La frase se me escapó antes de que me diera cuenta de su crueldad. Me mordí el labio, avergonzada. Realmente, debía de ser la peor niñera del mundo. Primero lograba perder a dos renacuajos de seis años por darme la vuelta un segundo, y después sentía la urgente necesidad de machacar al mismísimo Bambi. Lo cierto era que había conseguido el puesto en el hotel gracias a tener dos hermanos pequeños, cosa que había creado la falsa impresión de que los niños me gustaban y se me daban bien.

—¡Ay! —exclamé. Don intentó hacerme tropezar poniéndome la zancadilla desde el trineo, aunque logré no caerme y seguir adelante.

¿Que se me daban bien los niños?, ¡ja! ¡Eran una verdadera peste! Pero debía encontrar a los dos fugados, no me quedaba otro remedio. En cuanto al tercero, decidí no hacerle ni caso de ahí en adelante.

—¡Eh! ¡Chicos! —Intenté que mi voz sonara amable y relajada, como si estuviéramos jugando al escondite. Silencio total. Un rato antes no habían cerrado la boca ni un minuto, parloteaban sin parar inventando rimas absurdas. ¡Si al menos recordara cómo se llamaban...! Eran unos nombres ingleses pseudohippies... Probé—: ¡Josh, Ashley! ¿Dónde estáis? ¿No queréis acabar el muñeco de nieve? He conseguido una zanahoria para la nariz.

Don se rio con malicia.

—No te sabes ni sus nombres, Fanny Fracaso. Esa zanahoria te la vas a comer con patatas. ¡Vamos, ríndete!

Fingí no oírlo. No pensaba rendirme, en los últimos tres meses había tenido que enfrentarme a retos mucho más difíciles. En realidad la situación no era tan mala como podía parecer en un primer momento. Me habían encargado entretener al aire libre a los gemelos Bauer (¿Laramy? ¿Jason?) para que sus padres pudieran hacer las maletas y registrar su salida del hotel con tranquilidad. Y eso era exactamente lo que estaba haciendo: seguro que los malditos niños se lo estaban pasando en grande huyendo de mí y escondiéndose. Todo al aire libre.

—¿Alguna vez has oído hablar de la responsabilidad civil, futura exempleada Fanny Funke? —Don dio otro lametón a su helado—. Espero que tengas un buen seguro. Yo en tu lugar rezaría para que no se hayan caído por la grieta de un glaciar. Si se pone a nevar pronto, los perros de rescate no podrán ni localizar su rastro.

Tuve que reprimir el impulso de taparme los oídos. Ese niño era el diablo en persona. Que yo supiera no había glaciares cerca, pero al volver a gritar noté que la voz me salía muy aguda y asustada.

—¿Queréis acariciar una ardilla para despediros?

—No van a caer con eso. —Lanzó a la nieve el cucurucho a medio comer—. Venga, no quiero ser tan malo. Se fueron en esa dirección. —Señaló hacia el antiguo carrusel infantil y hacia la pista de patinaje que el viejo Stucky y Yaromir habían construido de la nada en los últimos días—. Creo que pretendían esconderse en el sótano de las cosas de esquí.

Era tonta, pero no tanto. En lugar de seguir la indicación de su dedo me puse en marcha justo en dirección contraria. Y efectivamente: apenas había avanzado unos pocos metros cuando oí risillas ahogadas y vi moverse una rama del gigantesco Abeto Media Luna, que en noviembre Yaromir y el viejo Stucky habían adornado con luces navideñas en una ascensión temeraria (aunque en realidad el que se subió fue Yaromir; el viejo Stucky se limitó a sujetar la escalera). El nombre de Abeto Media Luna se debía a que las luces solo estaban puestas en el lado que miraba al hotel. Como eran los mismos adornos de hacía treinta años, me explicaron, y los árboles crecen mucho en ese tiempo mientras que las luces no, solo alcanzaban para adornar medio abeto. Por las noches, esa mitad competía en fulgor con las brillantes ventanas del hotel, mientras que el lado que daba al valle se fundía en la oscuridad y silencio nocturnos. Como la media luna. Aquel árbol marcaba la frontera entre los cuidados e iluminados jardines y la naturaleza salvaje. Aunque ahora, bajo la espesa capa de nieve, no se apreciaba ninguna diferencia.

El abeto era el escondite perfecto para cualquiera que midiera un metro veinte. Las ramas más bajas se abrían ampliamente casi a ras de suelo y debajo el terreno se mantenía blandito y seco, cubierto por una alfombra de musgo y agujas de abeto que la nieve aún no había alcanzado.

Para no asustar a los niños no fui directa hacia ellos, sino que me aproximé con disimulo dibujando un arco.

—¡Hay que ver lo bien que se esconden estos gemelos tan listos! —exclamé teatralmente—. ¡Qué lástima que no pueda encontrarlos para enseñarles la sorpresa gigante que les tengo preparada! Y no tiene nada que ver con ardillas...

Oí cuchicheos debajo de las ramas y sonreí satisfecha.

Sin embargo, mi alegría no duró mucho.

—¡No os dejéis engañar, Jayden Bauer y Ash Bauer, residentes en Limburgo del Lahn! —gritó Don justo detrás de mí. Se había bajado del trineo con la intención de complicarme la vida—. ¡No hay ninguna sorpresa! ¡Ni una triste ardilla! Solo quiere pillaros para que volváis a casa con vuestros padres y entonces ¡se acabó la diversión! ¡Escapad!

—Jayden y Ash son demasiado listos para hacer caso a las tonterías de Don —contraataqué a voces, rezando para que funcionara. Pero en ese mismo momento los niños salieron gateando de debajo del árbol y galoparon por el aparcamiento entre gritos y risas. Don aplaudió y a mí no me quedó más remedio que lanzarme a perseguirlos. Por desgracia mis protegidos corrían en la peor dirección, no hacia el hotel sino hacia la carretera. Con gran agilidad saltaron la barrera de hielo y nieve sucia que dejaba a su paso la máquina quitanieves, cruzaron la carretera y se encaramaron por el montón del otro lado.

—¡Parad! ¡Es peligroso! —chillé mientras trepaba tras ellos. Realmente era muy arriesgado. La calzada no tenía mucho tráfico porque moría en el hotel, pero era como una cinta negra y brillante que bajaba serpenteando hasta el valle en cerradísimas curvas de pendiente muy pronunciada. Aún más inclinada era la ladera cubierta de abetos por la que discurría, y por la que los niños descendían en ese momento entre fuertes risotadas. Como pequeños monitos se agarraban de las ramas bajas y se propulsaban a toda velocidad hasta las siguientes. En cuanto a mí, la capa de nieve varias veces derretida y vuelta a congelar no soportaba mi peso, de manera que a cada paso me hundía al menos hasta la rodilla. Era como caminar por la crujiente capa de caramelo de un cuenco de crema catalana.

—¡Por favor, parad! —gritaba desesperada.

—Por favor, favorcito, pito, pito gorgorito —vocearon los gemelos alegremente. Don tenía razón, me faltaba la más mínima autoridad.

Los niños llegaron a la siguiente curva y volvieron a encaramarse al montón de nieve para cruzar la calzada.

—¡Volved! ¡De verdad, tenéis que volver! —Precipitadamente saqué el pie de un agujero muy profundo e intenté dar zancadas más largas—. Aquí hay... ¡Osos!

—Osos sosos y ositos, pito, pito gorgo... ¡Ay!

Uno se cayó de espaldas y fue resbalando sobre el trasero hasta chocar fuertemente contra un árbol, donde se partió de risa. Su hermano lo encontró tan divertido que se tiró de culo en la nieve e intentó imitarlo.

—¡No hagáis eso! —vociferé alarmada. Ya los veía deslizándose sin freno ladera abajo y abriéndose la crisma contra una rama, o bien en medio de la carretera atropellados por un coche. De hecho, me pareció oír un motor y redoblé mis esfuerzos por avanzar, pero solo logré perder el equilibrio y caerme de cara en la nieve, con lo que me convertí instantáneamente en un trineo humano. La distribución uniforme del peso y el tejido liso del abrigo me lanzaron como un rayo por la ladera, y ni estirar los brazos ni gritar algo tan poco ocurrente como «¡noooooo!» sirvió para frenarme. Pasé zumbando junto a los niños, ascendí por la barrera de nieve y aterricé en medio de la calzada. Todo sucedió tan deprisa que ni siquiera dio tiempo a que la vida me pasara ante los ojos.

Los gemelos también volaron sobre el montón de nieve y me cayeron literalmente encima. A juzgar por sus carcajadas no se habían hecho ningún daño. En cuanto a mí, no estaba tan segura. Sin embargo, antes de poder comprobar si estaba entera oí el chirrido de unos frenos y poco después, una voz furiosa que decía:

—Pero ¿estáis locos? ¡No os he atropellado de milagro!

Me aparté de la cara a uno de los niños y levanté la cabeza a duras penas. A poco más de un metro de nosotros vi un parachoques. Pertenecía a un coche pequeño, gris oscuro y con matrícula de Zúrich. Tenía la puerta abierta y el conductor, un chico no mucho mayor que yo, se encontraba ya a nuestro lado. Tenía un susto de muerte, cosa que no me extrañó nada.

Entonces me invadió tal pánico que comenzaron a castañetearme los dientes. Había faltado realmente muy poco.

—¿Estáis heridos? —preguntó.

Hice un esfuerzo por levantarme y me sorprendió conseguirlo. Me había llevado un buen batacazo, pero el abrigo acolchado y los guantes gruesos me protegieron de magulladuras o cosas peores.

—Creo que no —respondí mientras inspeccionaba rápidamente a los gemelos. No había rastro de sangre, las extremidades parecían en su sitio y el hueco de los dientes lo traían ya de antes. Tan solo tenían los ojos brillantes y las mejillas encendidas: eran la viva imagen de la felicidad.

—¡Otra vez! —gritaron a la vez—. ¡Ha sido guay!

Por precaución los agarré con firmeza de la capucha de los abrigos, que a pesar de todo permanecían inmaculadamente blancos.

—¡Es una absoluta temeridad! —recriminó el joven—. ¡Podríais estar muertos!

Madre mía, tenía toda la razón.

—Es cierto —logré decir entre el castañeteo de dientes—. Lo siento muchísimo. Pero si te resbalas allá arriba es completamente imposible...

—¡Y sería culpa mía! —interrumpió el chico. No me prestaba atención, en realidad hablaba para sí mismo. Tenía la mirada sombría y clavada en el vacío—. Sería un juicio sin testigos porque estaríais todos muertos, y me meterían en la cárcel, y me quitarían el carnet y mi padre... —Se calló con un escalofrío.

Carraspeé tímidamente.

—¡Bueno, pues entonces debemos alegrarnos de estar todos vivos!

Como ya no me castañeteaban los dientes me atreví a sonreír. Me habría gustado ponerle la mano en el brazo para sacarlo de aquella terrible realidad paralela, pero no me atrevía a soltar a los gemelos. Añadí:

—De verdad que siento muchísimo este susto espantoso. ¿Serías tan amable de subirnos al hotel? Era allí adonde ibas, ¿verdad?

Pues claro que iba al hotel, allá arriba no había nada más. Seguramente, era uno de los seis empleados contratados como refuerzo para el restaurante durante los días de Navidad.

—Sois huéspedes alemanes, ¿no?

—Sí, sí, tararí, tarariro, rintintín —canturreó Ash. O quizá Jayden, porque eran completamente iguales.

El joven asintió como si eso lo explicara todo. Abrió la puerta trasera para que montaran los niños. Precavidamente, solo solté las capuchas cuando se abrocharon el cinturón.

—¡Buf! ¡Por fin! —Cerré aliviada y sonreí al joven con agradecimiento—. ¡Bloqueo de puertas, el mejor invento desde la imprenta!

—A tus hermanos les encanta escaparse, ¿eh?

—Oh, no son mis hermanos. Y no soy una huésped, trabajo en el hotel con un contrato anual de formación y aprendizaje. Hoy es mi primer día como niñera. —Me reí—. No ha sido mi mejor primer día, como ya habrás notado. Los niños y yo somos una mala combinación. Para ser sincera, hasta prefiero la lavandería, y eso que nada más empezar me quemé con la planchadora industrial y estropeé una servilleta con monograma...

Normalmente, no hablaba tanto con desconocidos. Sin duda, se debía a que, una vez pasado el susto, me alegraba muchísimo de contarme entre los vivos. Además, la cara de aquel chico inspiraba confianza.

—Por favor, no le cuentes a nadie que los niños casi mueren atropellados estando bajo mi supervisión. Si se enteran me despedirán. —Me quité el guante y le tendí la mano—. Por cierto, me llamo Fanny, Fanny Funke. —Por poco se me escapó la coletilla: «Residente en Achim bei Bremen y con el instituto sin terminar.» Don Burkhardt júnior me estaba dejando huella.

—Yo soy Ben —se presentó, estrechándome la mano. Se ve que mi palabrería lo había relajado un poco, porque sonreía—. Ben Montfort.

—Anda, qué casualidad. Los dueños del hotel también se apellidan así. Se llaman Roman y Rudolf Montfort. Son hermanos y... —¡Ay, Dios, ay, Dios! Lo miré espantada—. Por favor, dime que no son familia tuya.

Ben se encogió de hombros con gesto de disculpa.

—Ya lo siento... —dijo.

2

Yo también lo sentía. Mejor dicho: lo sentía por mí. Y mucho. No bastaba con que los dos niños bajo mi custodia acabaran tirados en medio de la carretera, claro que no. Además, tenía que ser precisamente el hijo del dueño quien estuviera a punto de atropellarnos.

Mientras rodeaba preocupada el coche y me subía en el asiento del copiloto revisé mi torrente de palabras. Efectivamente, le había servido en bandeja de plata dos motivos de despido enfundados en abrigos blancos, a los que había que sumar la destrucción de una servilleta con monograma. Aunque podría haber sido aún peor si, por ejemplo, le hubiera dicho: «Montfort... ¿igual que los dueños del hotel? Rudolf y Roman o, como yo los llamo, el Retraído Rudi y el Rabioso Roman.»

En el asiento había una bolsa de papel llena de zanahorias que me coloqué en el regazo.

Ben debía de ser el hijo del Rabioso Roman, el mayor de los dos hermanos. Me constaba que tenía un hijo de su primer matrimonio y que el chico vivía con su madre en Zúrich, pero me lo había imaginado mucho más pequeño, no convertido casi en un hombre. El Retraído Rudi no tenía familia, vivía solo en un pequeño apartamento situado en la buhardilla de la quinta planta del hotel. Denise, la de recepción, me había contado lo que todos sabían: que en su juventud había perdido al amor de su vida en circunstancias trágicas y que desde entonces vivía como un ermitaño. Por desgracia, Denise desconocía esas circunstancias trágicas, pero la historia encajaba con la postura afligida y encorvada de Rudolf, y también con su mirada pesarosa. Aun así, siempre saludaba amablemente cuando se cruzaba con alguien, y regalaba a todo el mundo una sonrisa melancólica.

Por el contrario, su hermano Roman se reservaba la sonrisa exclusivamente para los huéspedes. A los empleados los ignoraba por completo en el mejor de los casos, y en el peor los machacaba sin piedad por los motivos más nimios. Hasta ese momento había hecho caso omiso de mi presencia, pero yo llevaba desde septiembre temiendo el día en que me convirtiera en blanco de sus ataques de ira.

Pues bien, seguramente ese día había llegado. Si Roman Montfort era capaz de abroncar a alguien durante quince minutos por una mancha de pasta de dientes en el uniforme, o de despedir a un empleado por tirar una colilla ante la puerta trasera, ¿qué no me haría a mí, que había arrojado a los niños de unos huéspedes ante el coche de su hijo?

Mientras Ben arrancaba lo miré de reojo. El aire de familia era innegable: ojos azules, frente despejada, nariz prominente, barbilla enérgica, pelo abundante y castaño... Todo como su padre, pero en versión joven. Y agradable. Incluso de perfil, su cara inspiraba confianza.

A pesar de eso, o quizá precisamente por eso, ...