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EL CHICO QUE NUNCA LLAMó

Rosie Walsh  

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Fragmento

2

Día siete: cuando los dos lo supimos

La hierba estaba húmeda. Mojada, oscura, laboriosa. Se extendía hasta la ennegrecida loma del bosque, temblando al paso de batallones de hormigas, caracoles torpes y arañas diminutas que tejían sus sutiles redes. Bajo nuestros pies, la tierra absorbía el último residuo de calor, guardándolo para sí.

Eddie, tumbado junto a mí, tarareaba el tema de Star Wars. Me acariciaba el pulgar con el suyo. Poco a poco, con suavidad, como las nubes que se deslizaban sobre la fina rodaja de luna en lo alto.

—Intentemos avistar alienígenas —había propuesto él antes, mientras el color violáceo del cielo cobraba intensidad hasta volverse morado. Allí seguíamos.

Oí el suspiro lejano del último tren que se internaba en el túnel, arriba en la ladera, y sonreí al recordar cuando Hannah y yo acampábamos de niñas, en un prado pequeño de ese pequeño valle, ocultas a los ojos de lo que aún nos parecía un mundo pequeño.

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Al primer indicio de la llegada del verano, Hannah suplicaba a nuestros padres que montaran la tienda de campaña.

—Claro —respondían ellos—. Siempre y cuando acampéis en el jardín.

El jardín era llano. Se encontraba frente a nuestra casa, y se dominaba desde casi todas las ventanas. Pero Hannah no se conformaba con eso, pues su espíritu aventurero —aunque era cinco años menor que yo— siempre había superado al mío. Ella quería acampar en el prado. Este ascendía por la empinada pendiente de la colina situada detrás de casa, hasta finalizar en una meseta justo lo bastante grande para alojar una tienda de campaña. Nada la dominaba salvo el cielo. Estaba salpicada de boñigas en forma de discos voladores y se hallaba a tal altura que desde allí casi alcanzábamos a ver el fondo de nuestra chimenea.

A nuestros padres no les entusiasmaba la idea de que acampáramos en el prado.

—Pero si no me pasará nada —insistía Hannah con su voz de marimandona (cuánto echaba de menos esa voz)—. Estaré con Alex. —Se refería a su mejor amiga, que se pasaba casi todo el día en nuestra casa—. Y con Sarah. Ella nos protegerá si aparece algún asesino —añadió, como si yo fuera un hombretón fornido con un gancho de derecha demoledor—. Además, si vamos de acampada no tendrás que prepararnos la cena. Ni el desayuno…

Hannah era como un buldócer en miniatura —nunca se quedaba sin contraargumentos—, así que nuestros padres acababan por ceder. Al principio acampaban en el prado con nosotras, pero con el tiempo, mientras me abría paso por la enmarañada jungla de la adolescencia, dejaron que Hannah y Alex durmieran allí arriba solas, siempre y cuando yo les hiciera de guardaespaldas.

Nos tumbábamos en la vieja tienda que papá se llevaba a los festivales —un pesado armatoste de lona naranja del tamaño de un bungalow pequeño— a escuchar la sinfonía de sonidos procedentes de la hierba de fuera. A menudo me quedaba despierta mucho rato después de que mi hermana pequeña y su amiga sucumbieran al sueño, preguntándome qué clase de protección podría ofrecerles en realidad si alguien irrumpiera de pronto. La necesidad de proteger a Hannah —no solo mientras dormía en aquella tienda, sino siempre— me ardía como lava fundida en el estómago, como un volcán que en cualquier momento podía entrar en erupción. Pero ¿qué les haría a unos malhechores de verdad? ¿Arrearles un golpe de kárate con mi muñeca de adolescente? ¿Apuñalarlos con un palo para asar nubes de azúcar?

«Se muestra indecisa con frecuencia, poco segura de sí misma», había escrito mi tutora en mi boletín de notas.

—Qué información tan jodidamente útil —había espetado mamá en el tono que solía reservar para echar bronca a nuestro padre—. Tú ni caso, Sarah. ¡Sé tan insegura como te dé la gana! ¡Para eso está la adolescencia!

Al final, agotada por la lucha interior entre el instinto protector y la sensación de impotencia, me quedaba dormida y me levantaba temprano para reunir la repugnante combinación de ingredientes que Hannah y Alex hubieran metido en sus mochilas para preparar su «sándwich mañanero».

Me posé la mano en el pecho; atenué la fuerza de los recuerdos. No era una noche para estar triste; era una noche para vivir el presente. Para disfrutar de la compañía de Eddie y de aquello tan intenso que había entre nosotros y cuya intensidad seguía aumentando.

Me concentré en los sonidos nocturnos de un claro en medio del bosque. Los chirridos de los invertebrados, el correteo de los mamíferos. El verde susurro de las hojas, el plácido sube y baja de la respiración de Eddie. Escuchaba los latidos de su corazón a través de su jersey y me maravillaba su regularidad. «Ya irá mostrando su forma de ser —decía mi padre sobre las personas—. Tendrás que observar y esperar, Sarah.» Pero llevaba una semana observando a ese hombre y no había percibido el menor signo de intranquilidad. Me recordaba en muchos aspectos a la persona que yo había aprendido a ser en el trabajo: responsable, racional, impasible ante los avatares del sector no lucrativo. Sin embargo, yo me había pasado años entrenándome, mientras que Eddie parecía ser así por naturaleza.

Me pregunté si él era capaz de oír la emoción que me bullía en el pecho. Hacía solo unos días yo estaba separada, a punto de divorciarme y de cumplir los cuarenta. Y entonces, había sucedido. Había aparecido él.

—¡Oh! ¡Un tejón! —exclamé cuando una figura pequeña atravesó el oscuro borde de mi campo de visión—. Me pregunto si será Cedric.

—¿Cedric?

—Sí. Aunque supongo que no será él. ¿Cuánto tiempo viven los tejones?

—Creo que alrededor de diez años. —Eddie estaba sonriendo; se lo notaba en la voz.

—Entonces seguro que no es Cedric. Aunque podría ser su hijo. O a lo mejor su nieto. —Después de unos instantes añadí—: Queríamos a Cedric.

La vibración de una carcajada le recorrió el cuerpo hasta transmitirse al mío.

—¿Tú y quién más?

—Mi hermana pequeña. Acampábamos muy cerca de aquí.

Se tendió de costado, acercando su rostro al mío, y entonces lo vi en sus ojos.

—Cedric el tejón. Tú… yo —dijo en voz baja. Me deslizó un dedo por el nacimiento del pelo—. Me gustas. Me gusta el concepto de tú y yo. De hecho, me gusta mucho.

Sonreí sin dejar de mirar aquellos ojos afables y sinceros. Aquellas líneas de expresión, el ángulo pronunciado de su barbilla. Lo tomé de la mano y le besé las yemas de los dedos, ásperas y con marcas de astillas tras dos décadas dedicadas a la ebanistería. Ya tenía la sensación de que lo conocía desde hacía años. De toda la vida. Era como si alguien nos hubiera emparejado, tal vez al nacer, y después hubiera estado empujando, encauzando, planeando y maquinando hasta que, por fin, hace seis días, nos conocimos.

—Acabo de tener unos pensamientos de lo más cursis —comenté después de una larga pausa.

—Y yo. —Suspiró—. Siento como si toda esta semana nos hubiera acompañado una música romántica de violines.

Me reí y me dio un beso en la nariz. Me maravillaba que, después de pasarme semanas, meses, incluso años, tirando adelante, sin que nada cambiara en realidad, el guion de mi vida había quedado reescrito de arriba abajo en cuestión de horas. Si ese día hubiera salido más tarde habría tomado directamente el autobús, por lo que no me habría topado con él, y esa nueva certeza que me llenaba no habría sido más que un susurro mudo de oportunidades perdidas y mala sincronización.

—Cuéntame más cosas de ti —me pidió—. Aún no sé lo suficiente. Quiero saberlo todo. La historia de la vida de Sarah Evelyn Mackey en versión íntegra, partes malas incluidas.

Contuve la respiración.

No era que no supiera que aquel momento llegaría tarde o temprano, sino que todavía no había decidido cómo reaccionar cuando llegara. «La historia de la vida de Sarah Evelyn Mackey en versión íntegra, partes malas incluidas.» Él sería capaz de soportarlo, seguramente. Ese hombre poseía una coraza, una fuerza interior serena que me hacía pensar en un viejo rompeolas, tal vez en un roble.

Estaba acariciándome la curva entre la cadera y la caja torácica.

—Me encanta esa curva —dijo.

A un hombre que se sentía tan a gusto en su pellejo sin duda podía endilgársele cualquier secreto, cualquier revelación, sin que sufriera daños estructurales.

Claro que podía decírselo.

—Tengo una idea —salté—. Acampemos aquí esta noche. Como si fuéramos unos críos. Podemos encender una hoguera, asar salchichas, contarnos historias. Siempre y cuando tengas una tienda, claro. Eres un hombre con pinta de tener una tienda.

—Soy un hombre que tiene una tienda —confirmó.

—¡Genial! Pues entonces hagámoslo, y te lo contaré todo. Yo… —Me di la vuelta y miré alrededor, escrutando la noche. Los velones aromáticos que aún no se habían apagado brillaban con luz tenue sobre el castaño de Indias que crecía a la orilla del bosque. Un botón de oro se mecía en la oscuridad, cerca de nuestros rostros. Por motivos que nunca se dignó compartir, Hannah siempre había detestado los botones de oro.

Sentí que algo se me removía en el pecho.

—Es fabuloso estar aquí fuera. Me trae tantos recuerdos…

—De acuerdo —accedió Eddie—. Acamparemos. Pero antes ven aquí un momento, por favor. —Me besó en la boca y por un instante el resto del mundo quedó en silencio, como si alguien hubiera pulsado un botón o bajado el volumen—. No quiero que mañana sea nuestro último día —dijo cuando el beso terminó. Me estrechó con más fuerza entre sus brazos y noté la animada calidez de su pecho y su abdomen, el suave cosquilleo de su pelo muy corto bajo mis manos.

Esa clase de intimidad se había convertido en un recuerdo lejano para mí, pensé mientras aspiraba la fragancia limpia de su piel ligeramente tostada. Cuando Reuben y yo decidimos dejarlo, dormíamos como sujetalibros en extremos opuestos de la cama, y la porción intacta de las sábanas que se extendía entre nosotros constituía un homenaje a nuestro fracaso.

«Hasta que el colchón nos separe», había bromeado yo una noche, pero Reuben no se había reído.

Eddie se apartó para que pudiera verle la cara.

—Yo… Oye, de verdad que me planteé si debíamos anular nuestros respectivos planes. Mis vacaciones y tu viaje a Londres. Para que pudiéramos retozar en los prados durante una semana más.

Me apoyé en un codo. «Lo deseo más de lo que puedes llegar a imaginarte —pensé—. Estuve casada diecisiete años, y durante todo ese tiempo no hubo un solo momento en que me sintiera como ahora, cuando estoy contigo.»

—Otra semana como esta sería ideal —le dije—. Pero no canceles tus vacaciones. Yo seguiré aquí cuando regreses.

—Pero no estarás aquí, sino en Londres.

—¿Estás haciéndome pucheritos?

—Sí. —Me dio un beso en el hueco de la clavícula.

—Pues no sigas. Volveré aquí, a Gloucestershire, poco después de que regreses.

Eso no pareció aplacarlo.

—Si dejas de hacerme pucheritos, a lo mejor incluso voy a recibirte al aeropuerto —añadí—. Sería una de esas personas con un nombre en un cartelito y un coche en el aparcamiento de corta estancia.

Reflexionó un momento al respecto.

—Eso estaría bien —comentó—. Muy, muy bien.

—Pues dalo por hecho.

—Y… —Se quedó callado por unos instantes, como si de pronto lo hubiera asaltado una duda—. Sé que tal vez sea un poco pronto, pero después de que me hayas contado la historia de tu vida y de que yo ase unas salchichas que tal vez queden comestibles y tal vez no, quiero mantener una conversación seria sobre el hecho de que tú vivas en California y yo en Inglaterra. Esta visita tuya ha sido muy corta.

—Lo sé.

Tiró con suavidad de las briznas de hierba oscura.

—Cuando vuelva de mis vacaciones, ¿podemos pasar… no sé, una semana juntos antes de que tengas que regresar a Estados Unidos?

Asentí. Ese había sido el único nubarrón que se había cernido sobre nosotros durante toda la semana: la inevitabilidad de la separación.

—Vale, entonces creo que deberíamos… No sé. Hacer algo. Tomar una decisión. No puedo renunciar a esto sin más. No puedo vivir sabiendo que estás en algún lugar del mundo y que yo no estoy contigo. Creo que deberíamos intentar hacer que esto funcione.

—Sí —murmuré—. Sí, yo también lo creo. —Deslicé una mano en el interior de su manga—. He estado pensando lo mismo, pero cada vez que intentaba tocar el tema me acobardaba.

—¿En serio? —La voz se le tiñó de risa y alivio, y comprendí que había tenido que echarle algo de valor para entablar esa conversación—. Sarah, eres una de las mujeres más seguras de sí mismas que he conocido.

—Mmm.

—De verdad. Es una de las cosas que me gustan de ti. Una de las muchas cosas que me gustan mucho de ti.

Hacía un montón de años que yo había tenido que empezar a cubrirme con una vistosa fachada de seguridad en mí misma. Sin embargo, aunque ya era algo que me salía de manera natural —daba conferencias en congresos médicos de todo el mundo, concedía entrevistas a programas informativos, dirigía un equipo—, me sentía incómoda cuando alguien hacía algún comentario al respecto. Incómoda o tal vez expuesta, como una persona en lo alto de una colina durante una tormenta eléctrica.

Entonces Eddie me besó de nuevo y noté que todo se disipaba. La tristeza por el pasado, la incertidumbre respecto al futuro. Eso era lo que estaba escrito que ocurriera a continuación. Justo eso.

3

Quince días después

Le ha pasado alguna desgracia.

—¿Como qué?

—Como la muerte. O tal vez la muerte no. Aunque ¿por qué no? Mi abuela se murió de repente con cuarenta y cuatro años.

Jo se volvió hacia mí en el asiento del pasajero.

—Sarah.

Le rehuí la mirada.

En vez de ello, posó la vista en Tommy, que iba al volante, conduciendo por la M4 en dirección oeste.

—¿Has oído eso? —preguntó ella.

Él no respondió. Tenía la mandíbula apretada, y la pálida piel de la sien le palpitaba como si hubiera alguien dentro, luchando por salir.

«Jo y yo no deberíamos haber venido», pensé una vez más. Estábamos convencidas de que Tommy querría el apoyo de sus dos amigas de toda la vida —al fin y al cabo, no todos los días tenía que posar para las cámaras de la prensa al lado del abusón que lo había atormentado en el colegio—, pero con cada kilómetro lluvioso y gris que recorríamos resultaba más evidente que no hacíamos más que contribuir a su ansiedad.

Lo que Tommy necesitaba ese día era la libertad para rezumar una seguridad sintética sin tener delante a quienes mejor lo conocíamos. Fingir que todo era agua pasada. «¡Miradme: me he convertido en un asesor deportivo de éxito y voy a impartir un curso en mi antiguo colegio! ¡Fijaos en lo ilusionado que estoy por trabajar junto al jefe del departamento de Educación Física…, el mismo tipo que me dio un puñetazo en el estómago y se rio cuando hundí la cara en el césped llorando!

Para colmo, Rudi, el hijo de siete años de Jo, iba a mi lado en el asiento trasero. Su padre tenía una entrevista de trabajo y a Jo no le había dado tiempo de conseguir una canguro. Había estado escuchando con atención nuestra discusión sobre la desaparición de Eddie.

—Así que Sarah cree que su novio se ha muerto y mamá se mosquea —aventuró Rudi. Estaba atravesando una fase en la que sintetizaba conversaciones adultas en una frase, y se le daba muy bien.

—No es su novio —replicó Jo—. Estuvieron juntos siete días.

Volvió a hacerse el silencio en el coche.

—Sarah pensar que su novio de siete días muerto —dijo Rudi imitando el acento ruso. Tenía un nuevo amigo en el colegio, Aleksandr, que había llegado hacía poco a Londres de algún lugar cercano a la frontera de Ucrania—. Asesinado por servicio secreto. Mamá no estar de acuerdo. Mamá se mosquea con Sarah.

—No me mosqueo —repuso Jo, mosqueada—. Solo me preocupo.

Rudi meditó sobre eso durante unos instantes.

—Yo creer tú mentir.

Como Jo no podía negarlo, optó por quedarse callada. Y, como yo no quería irritarla aún más, me quedé callada también. Tommy, que no había dicho una palabra desde hacía dos horas, siguió sin hablar. Rudi perdió el interés en nosotros y se puso a jugar de nuevo con el iPad. Los adultos siempre estaban agobiados con problemas desconcertantes y absurdos.

Observé a Rudi mientras desintegraba algo que parecía una col, y de repente me invadió una profunda añoranza por aquella inocencia, por aquella visión del mundo de un niño de siete años. Me imaginé Rudilandia, un mundo en el que los teléfonos móviles eran consolas de juegos en vez de instrumentos de tortura psicológica, y la fe en el amor de su madre era tan firme como los latidos del corazón.

Si convertirse en adulto tenía algún sentido, ese día se me escapaba por completo. ¿Quién no habría preferido estar matando coles y hablando con acento ruso? ¿Quién no habría preferido que le prepararan el desayuno y le escogieran la ropa, cuando la alternativa era la desesperación brutal por un hombre que lo parecía todo y que de algún modo había acabado reducido a nada? Y no se trataba del hombre con quien había estado casada durante diecisiete años, sino de un hombre con el que solo había estado siete días. No era de extrañar que en ese coche todos me tomaran por loca.

—Mirad, ya sé que suena como una novela rosa para adolescentes —dije al fin—. Y me imagino que estáis cabreados conmigo. Pero algo le ha pasado, estoy segura.

Jo abrió la guantera de Tommy para sacar una tableta de chocolate que partió con cierto esfuerzo.

—Mamá —dijo Rudi—, ¿qué es eso?

Él sabía muy bien qué era. Jo entregó a su hijo un cuadradito sin decir una palabra. Rudi le dedicó su sonrisa más ancha y dentuda y —a pesar de la impaciencia creciente— Jo le sonrió a su vez.

—No me pidas más —le advirtió— o te sentará mal.

Rudi guardó silencio, convencido de que ella acabaría por ceder.

Jo se volvió de nuevo hacia mí.

—Oye, Sarah. No quiero ser cruel, pero creo que tienes que asumir que Eddie no está muerto. Tampoco está herido, ni se le ha roto el teléfono ni lucha por su vida contra una enfermedad.

—¿De verdad? ¿Has llamado a los hospitales para confirmarlo? ¿Has hablado con el forense local?

—Madre mía —exclamó sin apartar los ojos de mí—. ¡Dime que no has hecho ninguna de esas cosas, Sarah! ¡Hostia santa!

—Hostia santa —susurró Rudi.

—Esa boca —lo reprendió Jo.

—Has empezado tú.

Jo le dio más chocolate a Rudi, que volvió a concentrarse en su iPad. Era el regalo que yo le había traído de Estados Unidos, y un día él me había asegurado que le gustaba más que nada en el mundo. Me había reído y luego, para su desconcierto, había llorado un poco, porque sabía que había aprendido esa frase de Jo. Había resultado ser una madre extraordinaria, Joanna Monk, a pesar de la educación que había recibido.

—¿Y bien?

—Claro que no me ha dado por llamar a los hospitales. —Suspiré—. Vamos, Jo. —Contemplé una hilera de cuervos que echaban a volar en distintas direcciones desde un cable de teléfono.

—¿Estás segura?

—Claro que lo estoy. Lo que quería decir es que sabes tan poco como yo sobre lo que le haya podido pasar a Eddie.

—¡Pero así es como se comportan los hombres! —estalló—. ¡Ya lo sabes!

—No sé nada sobre ligues. Acabo de salir de un matrimonio de diecisiete años.

—Pues hazme caso: nada ha cambiado —aseveró Jo con amargura—. Siguen sin llamar.

Miró a Tommy, pero este no reaccionó. Los restos de la seguridad que había fingido respecto al gran acto del día se habían evaporado como la bruma matinal, y apenas había abierto la boca desde que habíamos iniciado el viaje. Había tenido un breve arranque de fanfarronería en la estación de servicio, cuando había recibido el mensaje de que tres periódicos locales habían confirmado su presencia, pero unos minutos más tarde me había llamado «Sarah» en la cola de la tienda de conveniencia, y Tommy solo me llamaba por mi nombre cuando estaba hecho un manojo de nervios (yo era «Harrington» para él desde que habíamos cumplido trece años y él había empezado a hacer flexiones y a ponerse loción para después del afeitado).

El silencio se hizo más denso, y perdí la batalla que había estado librando desde que habíamos salido de Londres.

Voy de regreso hacia Gloucestershire —escribí a Eddie en un abrir y cerrar de ojos—. A apoyar a mi amigo Tommy; va a presentar un importante proyecto deportivo en nuestro antiguo cole. Si te apetece quedar, puedo alojarme en casa de mis padres. Me haría ilusión charlar un rato. Sarah x

Ni orgullo ni vergüenza. Estaba por encima de eso. Le daba un toque a la pantalla del móvil cada pocos segundos para comprobar el estado del mensaje.

Recibido, rezaba con desparpajo.

Me quedé mirando la pantalla, esperando que apareciera una burbuja de texto. Eso indicaría que él estaba escribiendo una respuesta.

La burbuja de texto no aparecía.

Eché otro vistazo. No había burbuja de texto.

Miré una vez más. La burbuja de texto seguía sin aparecer. Me guardé el móvil en el bolso para no tenerlo más a la vista. Es lo que hacían las chicas que todavía sufrían los tiernos tormentos de la adolescencia, pensé. Chicas que aún no habían aprendido del todo a quererse a sí mismas y que, presas de una ligera histeria, aguardaban noticias del chico con el que se habían besado en un tórrido rincón el viernes anterior. No era una actitud propia de una mujer de treinta y siete años. Una mujer que había corrido mundo, sobrevivido a la tragedia, dirigido una organización benéfica.

Empezaba a escampar. A través de la pequeña rendija de la ventanilla me llegaba el olor a asfalto mojado y a tierra ahumada y húmeda. «Estoy sufriendo de verdad.» Contemplé con expresión ausente un campo repleto de balas de heno embutidas en un plástico negro reluciente, como piernas rechonchas en unas medias. Estaba a punto de desmoronarme. Me vendría abajo y entraría en caída libre si no averiguaba pronto qué había sucedido.

Consulté mi teléfono. Habían transcurrido veinticuatro horas desde que había sacado la tarjeta SIM y lo había reiniciado. Había llegado el momento de probarlo de nuevo.

Media hora después seguíamos en la autovía de dos carriles, a la altura de Cirencester, y Rudi preguntaba a su madre por qué todas las nubes se movían en direcciones distintas.

Nos encontrábamos a solo unos kilómetros de donde yo lo había conocido. Cerré los ojos para intentar recordar el paseo que había salido a dar esa calurosa mañana. Esas horas en que mi vida era mucho más sencilla, antes de que Eddie existiera. El aroma dulzón a leche agria de la flor de saúco. Sí, y la hierba chamuscada. El vuelo sin rumbo de las mariposas atontadas por el calor. Había pasado junto a un campo de cebada, un tapiz liviano color verde vaina que jadeaba y se abombaba a causa del aire caliente. El correteo ocasional de un conejo asustado. Y la extraña sensación de expectación que flotaba sobre el pueblo ese día, la quietud efervescente, los secretos desperdigados.

Mi memoria saltó unos minutos hacia delante hasta el momento en que me topé con Eddie —un hombre llano y simpático de mirada afectuosa y rostro franco, que recibía en audiencia a una oveja descarriada—, y la angustia y el desconcierto se enmarañaron como hierbajos sobre todo lo demás.

—Diréis que he entrado en estado de negación —comenté rompiendo el silencio del coche—, pero no fue un rollo pasajero. Fue… Lo fue todo. Los dos lo sabíamos. Por eso estoy segura de que le ha pasado algo.

Solo de pensarlo, el aliento se me quedó atascado en la garganta.

—Di algo —pidió Jo a Tommy—. Dile algo, por favor.

—Soy asesor deportivo —murmuró él. Se le ruborizó el cuello—. Trabajo con los cuerpos, no con las cabezas.

—¿Quién trabaja con cabezas? —preguntó Rudi, que seguía prestando oído a nuestra conversación.

—Los psiquiatras trabajan con cabezas —respondió Jo en tono cansino—. Los psiquiatras y yo.

«Sequiatras.» Lo pronunció como «sequiatras». Jo, nacida y criada en Bow, era una chica sencilla y digna de clase obrera del este de Londres. Y yo la adoraba: adoraba su forma de hablar sin tapujos y su carácter voluble, adoraba su audacia (o su imprudencia) y, sobre todo, adoraba el amor salvaje que profesaba a su hijo. Aunque lo adoraba todo de Jo, ese día habría preferido no estar con ella en un coche.

Rudi me preguntó si faltaba mucho para llegar. Le contesté que no.

—¿Ese es vuestro cole? —inquirió señalando un polígono industrial.

—No, aunque guarda con él cierto parecido arquitectónico.

—¿Y eso de allí es vuestro cole?

—No, eso es un hipermercado.

—¿Cuánto falta?

—No mucho.

—¿Cuántos minutos?

—¿Unos veinte?

Rudi se desplomó en el asiento, poniendo de manifiesto su desesperación.

—Eso es una eternidad —masculló—. Mamá, necesito juegos nuevos. ¿Puedo comprar juegos nuevos?

Jo le dijo que no, y Rudi procedió a comprarlos de todos modos. Observé atónita como el crío introducía con toda naturalidad el nombre de usuario de Apple y la contraseña de Jo.

—Oye…, disculpa —susurré. Alzó la vista hacia mí, con el peinado estilo afro rubio brillando como una aureola y revolviendo con picardía los ojos almendrados. Hizo el gesto de cerrarse la boca con una cremallera y me apuntó con un dedo amenazador. Como amaba a ese niño mucho más de lo que habría querido, obedecí.

Su madre dirigió su atención a la otra criatura que viajaba en el asiento de atrás.

—Vamos a ver —dijo posándome una mano regordeta en la pierna. Ese día se había pintado las uñas de un color llamado Escombros—. Creo que tienes que afrontar los hechos. Conociste a un tío, pasaste una semana con él, y luego se fue de vacaciones y no volvió a llamarte.

Los hechos me resultaban demasiado dolorosos por el momento; prefería las conjeturas.

—Ha tenido quince días para ponerse en contacto, Sarah. Has estado enviándole mensajes, llamándolo y haciendo toda clase de cosas que, para serte sincera, nunca habría esperado de ti, y aun así… no has recibido respuesta. Yo también he pasado por eso, cielo, y sé que duele. Pero no dejará de dolerte hasta que asumas la verdad y sigas adelante con tu vida.

—Lo haría si tuviera la certeza de que simplemente ha pasado de mí. Pero no la tengo.

—Tommy… —Jo suspiró—. Por favor, échame un cable.

Se produjo un silencio prolongado. Me pregunté si existía alguna humillación peor que aquella. ¿De verdad estaba manteniendo una conversación como esa, con casi cuarenta años? Tres semanas atrás yo era una adulta funcional. Había presidido una reunión del consejo ejecutivo. Había escrito un informe sobre un hospital pediátrico con el que mi organización planeaba colaborar. Ese día me había arreglado y alimentado yo sola, había bromeado, atendido llamadas, respondido a correos electrónicos. Y ahora ahí estaba, con menos control sobre mis emociones que el mocoso de siete años que iba sentado a mi lado.

Eché una ojeada a las cejas de Tommy por el retrovisor para ver si tenía alguna intención de meter baza. Cuando a los veintitantos había perdido el pelo, sus cejas habían cobrado vida propia, y últimamente se habían convertido en barómetros más fiables de lo que pensaba que su boca.

En aquel momento estaban casi juntas, con solo una arruga en medio.

—Lo cierto… —dijo. Hizo otra pausa, y percibí el esfuerzo que estaba costándole abstraerse de sus preocupaciones—. Lo cierto, Jo, es que das por sentado que comparto tu opinión respecto a Sarah. Pero no estoy seguro de que la comparta. —Hablaba con voz suave y medida, como un gato bordeando el peligro.

—¿Perdona?

—Aquí va a haber jaleo —susurró Rudi.

Las cejas de Tommy hilvanaron su siguiente frase.

—Estoy seguro de que la razón por la que la mayoría de los hombres no llama es la falta de interés, pero me da la impresión de que en este caso hay algo más. A ver, acabaron pasando una semana juntos. Es mucho tiempo, ¿no crees? Si el único objetivo de Eddie hubiera sido lo que tú ya sabes, habría desaparecido después de la primera noche.

Jo soltó un resoplido.

—¿Por qué iba a marcharse después de la primera noche si podía pasarse siete días dale que te pego con lo que tú ya sabes?

—¡Anda ya, Jo! ¡Eso es cosa de chicos de veinte años, no de hombres casi cuarentones!

—¿Estáis hablando de sexo? —preguntó Rudi.

—Eh… No —titubeó Jo perpleja—. ¡Qué sabrás tú del sexo!

Rudi, aterrorizado, reanudó sus actividades con el iPad.

Jo lo observó durante un rato, pero él permanecía diligentemente inclinado sobre la pantalla, farfullando con acento ruso.

Respiré hondo.

—Lo que no consigo sacarme de la cabeza es que se ofreció a cancelar sus vacaciones. ¿Por qué habría de…?

—Tengo pipí —anunció Rudi de pronto—. Creo que me queda menos de un minuto —añadió antes de que Jo tuviera la oportunidad de preguntárselo.

Nos detuvimos delante de la facultad de Agronomía, situada enfrente del colegio público donde Eddie había estudiado. Una bruma grisácea de tristeza me envolvió mientras me quedaba mirando el rótulo, intentando imaginar a un Eddie de doce años atravesando las puertas a brincos con su carita redonda y esa sonrisa que al cabo de los años acabaría por marcarle líneas de expresión en la piel.

Estamos pasando por delante de tu cole —le escribí sin darme tiempo a contenerme—. Ojalá supiera qué ha sido de ti.

Jo estaba sospechosamente animada cuando Rudi y ella subieron de nuevo al coche. Comentó que el día estaba poniéndose espléndido y que se alegraba mucho de visitar la campiña con nosotros.

—Le he dicho que estaba pasándose contigo —me susurró Rudi—. ¿Te apetece un poco de queso? —Dio unas palmaditas a un táper con las rebanadas de queso que le había quitado a los sándwiches que Jo le había dado antes.

Le alboroté el pelo.

—No —musité—. Pero te quiero. Gracias.

Jo fingió no haber oído el diálogo.

—Decías que Eddie se ofreció a cancelar sus vacaciones —comentó en tono jovial.

Noté que las grietas en mi corazón se ensanchaban, pues, naturalmente, sabía por qué a Jo le costaba tanto tenerme paciencia. Sabía que, de los numerosos hombres a los que había entregado el alma y el corazón (y a menudo el cuerpo) durante los años anteriores al nacimiento de Rudi, casi ninguno la había llamado. Y los que llamaban siempre resultaban tener una colección de amantes. Y siempre se dejaba embaucar, porque no era capaz de renunciar a la esperanza de ser querida. Un día Shawn O’Keefe había entrado en escena, la había dejado embarazada y se había mudado a su casa, pues sabía que Jo le proporcionaría comida y techo. Desde entonces Shawn no había tenido un solo empleo. Desaparecía durante noches enteras sin decirle adónde iba. Su «entrevista de trabajo» de aquel día era un puro invento.

Pero Jo llevaba siete años aguantando esa situación, porque de alguna manera se había autoconvencido de que el amor surgiría si Shawn y ella se esforzaban un poquito más, si ella esperaba un poquito más a que él madurara. Se había autoconvencido de que podrían formar la familia que ella nunca había tenido.

Sí, Jo lo sabía todo acerca de la negación.

Sin embargo, mi situación debía de haberla sobrepasado. Había intentado seguirme la corriente desde que Eddie se había esfumado de la faz de la tierra, se había obligado a escuchar mis conjeturas, me había dicho que a lo mejor él llamaría al día siguiente. Pero no se había creído una sola palabra, y ahora se había desmoronado. «No dejes que te utilicen como me han utilizado a mí —estaba diciendo en el fondo—. Aléjate, Sarah, huye mientras puedas.»

El problema era que no podía.

Había rumiado la posibilidad de que Eddie simplemente no estuviera interesado en mí. Durante todos y cada uno de los quince días que mi teléfono había permanecido en silencio. Había repasado en mi mente cada uno de los luminosos momentos que había compartido con él intentando detectar alguna fisura, algún pequeño signo de advertencia de que tal vez él no estaba tan convencido como yo, pero no había encontrado nada.

Aunque apenas entraba en Facebook por aquella época, de repente me pasaba el día allí metida, escudriñando su perfil en busca de señales de vida. O, peor aún, de otra persona.

Nada.

Lo telefoneaba y le mandaba mensajes; incluso le escribí un patético y exiguo tuit. Me descargué el Facebook Messenger y el WhatsApp, y los consultaba a lo largo del día para comprobar si él había reaparecido. Pero me daban invariablemente la misma información: Eddie David se había conectado por última vez hacía poco más de dos semanas, el día que me había marchado de su casa a fin de que él pudiera hacer las maletas para su viaje a España.

Embargada tanto por la desesperación como por la vergüenza, incluso me había bajado unas cuantas aplicaciones de citas para averiguar si él estaba registrado.

No lo estaba.

Ansiaba controlar aquella situación incontrolable. No podía dormir; solo de pensar en comer se me revolvían las tripas. No conseguía concentrarme en nada, y cada vez que sonaba mi teléfono me abalanzaba sobre él como un animal hambriento. El cansancio me agobiaba durante toda la jornada —como un fardo pesado y fibroso, a veces sofocante—, y aun así me pasaba casi toda la noche en vela, contemplando la densa oscuridad en la habitación de invitados de Tommy, en el oeste de Londres.

Curiosamente, yo sabía que esa no era yo. Sabía que aquel no era un comportamiento saludable y que, lejos de mejorar, iba a peor, pero me faltaban la fuerza de voluntad y la energía para someterme a mí misma a una intervención psicológica.

«¿Por qué no me ha llamado?», había introducido un día en el cuadro de búsqueda de Google. La respuesta me había golpeado como un huracán virtual. En aras de la cordura que me quedara, había cerrado la página.

En vez de ello, había tecleado el nombre de Eddie otra vez, y había explorado su web de carpintería, en busca de… Llegada a ese punto, ni siquiera sabía qué estaba buscando. Y, por supuesto, no había encontrado nada de nada.

—¿Crees que te lo contó todo sobre sí mismo? —preguntó Tommy—. ¿Estás segura de que no está con otra mujer, por ejemplo?

La carretera descendía hacia una pequeña hondonada de terreno forestal, donde unos robles majestuosos se apiñaban como caballeros en un salón para fumadores.

—No está con otra mujer —aseveré.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé porque… lo sé. Estaba soltero, sin compromiso. No solo en sentido literal, sino también emocional.

Capté la imagen fugaz de un ciervo que se internaba en un bosque de hayas.

—Vale. Pero ¿qué hay de los demás signos de advertencia? —insistió Tommy—. ¿Detectaste alguna contradicción? ¿Te dio la impresión de que te ocultaba algo?

—No. —Hice una pausa—. Aunque supongo que…

Jo se dio la vuelta.

—¿Qué?

Exhalé un suspiro.

—El día que nos conocimos rechazó varias llamadas entrantes. Pero solo ocurrió en esa ocasión —me apresuré a añadir—. Después respondía cada vez que el móvil le sonaba. Además, no recibía llamadas sospechosas; solo de amigos, de su madre, de gente relacionada con su trabajo… —«Y de Derek», pensé de pronto. No había conseguido averiguar del todo quién era Derek.

Las cejas de Tommy estaban inmersas en alguna complicada triangulación.

—¿Qué pasa? —le pregunté—. ¿Qué estás pensando? Fue solo el primer día, Tommy. Después de eso habló con todos los que lo llamaron.

—Te creo. Lo que ocurre es que… —Su voz se apagó.

Jo guardaba un silencio estridente, pero opté por ignorarla.

—Lo que ocurre es que eso de las webs de contactos siempre me ha parecido arriesgado —dijo Tommy al fin—. Sé que no lo conociste en internet, pero es una situación parecida… No tenéis amigos en común ni una historia compartida. El hombre podía estar haciéndose pasar por alguien que no era.

Fruncí el ceño.

—Pero me añadió como amiga en Facebook. ¿Por qué iba a hacer eso si tenía algo que ocultar? Está en Twitter y en Instagram por trabajo, y tiene una web comercial. En la que aparece una foto suya. Y me quedé una semana en su casa, ¿recuerdas? La correspondencia que recibía tenía a Eddie David como destinatario. Si no fuera Eddie David, ebanista, yo lo habría descubierto.

Nos encontrábamos en lo más profundo del viejo bosque que se extendía por Cirencester Park. Círculos de luz se deslizaban por los muslos desnudos de Jo, que miraba por la ventana, aparentemente sin saber qué decir. No tardaríamos mucho en emerger de la espesura, y poco después llegaríamos a la curva de la carretera donde se había producido el accidente.

Al pensar en ello noté que se me alteraba la respiración, como si se hubiera reducido el oxígeno en el interior del coche.

Unos minutos más tarde salimos a la claridad que inundaba los campos después de la lluvia. Cerré los ojos, aún incapaz, después de tantos años, de mirar la hierba del arcén donde me dijeron que el equipo de la ambulancia la había tumbado para intentar evitar lo inevitable.

La mano de Jo se acercó hasta posarse en mi rodilla.

—¿Por qué haces eso? —Rudi tenía la antena puesta—. ¿Eh, mamá? ¿Por qué le has puesto la mano en la pierna a Sarah? ¿Por qué hay flores atadas a ese árbol? ¿Por qué estáis todos tan…?

—Rudi —dijo Jo—. Rudi, ¿qué tal si jugamos al veo, veo? Veo, veo una cosita que empieza por la letra T.

Se hizo un silencio.

—Ya soy mayor para eso —protestó Rudi, enfurruñado. No le gustaba que lo excluyéramos de la conversación.

Yo seguía con los párpados apretados, aunque sabía que ya habíamos dejado atrás el lugar.

—Un tiburón —comenzó Rudi de mala gana—. Un tiesto. Un teléfono móvil.

—¿Todo bien, Harrington? —preguntó Tommy tras una pausa respetuosa.

—Sí. —Abrí los ojos. Trigales, tapias de piedra seca medio derruidas, senderos que zigzagueaban como relámpagos entre l ...