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EL CONGRESO DE LITERATURA

César Aira  

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Fragmento

PRIMERA PARTE

EL HILO DE MACUTO

En un viaje que hice recientemente a Venezuela tuve la ocasión de admirar el famoso «Hilo de Macuto», una de las maravillas del Nuevo Mundo, legado de anónimos piratas, atracción del turismo y enigma sin respuesta. Un extraño monumento de ingenio que atravesó los siglos indescifrado y en el proceso se volvió parte de una Naturaleza que en esas latitudes es tan rica como todas las renovaciones que promueve. Macuto es una de las localidades costeras que se suceden a los pies de Caracas, vecina de Maiquetía, donde está el aeropuerto al que yo había llegado. Me alojaron provisoriamente en Las Quince Letras, el moderno hotel levantado frente al parador y restaurante del mismo nombre, sobre la costa misma. Mi habitación daba al mar, el Caribe enorme y a la vez íntimo, azul y brillante. El «Hilo» pasaba a cien metros del hotel; lo descubrí desde la ventana y fui a verlo.

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En mi infancia, como todo niño americano, yo me había empapado en vanas especulaciones sobre el Hilo de Macuto, en el que se hacía real, tangible, vestigio vivo, el mundo novelesco de los piratas. Las enciclopedias (la mía era El Tesoro de la Juventud, que nunca como en esas páginas merecía su nombre) traían esquemas y fotografías, que yo reproducía en mis cuadernos. Y en mis juegos desataba los nudos, descubría el secreto… Más tarde vi documentales sobre el Hilo en la televisión, compré algún libro sobre el tema, y tropecé con él muchas veces en mis estudios de la literatura venezolana y caribeña, donde es un leit motiv. También seguí, como todos (aunque sin un interés especial), las noticias que traían los diarios sobre nuevas teorías, nuevos intentos de descifrar el enigma… El hecho de que siempre fueran nuevos era indicio suficiente de que los anteriores habían fracasado.

Según la leyenda inmemorial, el Hilo debía servir para izar del fondo del mar un tesoro, un botín de valor incalculable puesto allí por los piratas. Uno de los piratas (todas las indagaciones en crónicas y archivos han fallado en identificarlo) debió de ser un genio científico-artístico de primera magnitud, un Leonardo a bordo, para idear el maravilloso instrumento que servía a la vez para ocultar el botín y recuperarlo.

El aparato tenía una simplicidad genial. Era, como el nombre lo dice, un «hilo», uno solo, en realidad una cuerda de fibras naturales, tendida a unos tres metros sobre la superficie del agua sobre una hoya marina que hace el fondo cerca de la costa de Macuto. En la hoya se perdía un extremo del hilo, que pasaba por una suerte de roldana natural de piedra en una roca emergida a doscientos metros de la orilla, daba una voltereta de nudos corredizos en un obelisco también natural en tierra, y de ahí subía a dos montañuelas de la cadena costera para volver al «obelisco», en una triangulación. Sin necesidad de restauraciones, el dispositivo había resistido intacto el paso de los siglos –sin cuidados especiales–, al contrario, siempre invicto ante las manipulaciones groseras y hasta brutales de los buscadores de tesoros (todo el mundo lo es), ante los depredadores, los curiosos y las legiones de turistas.

Yo fui uno más… El último, como se verá. Resultó ligeramente emocionante verme frente a él. No importa lo que se sepa de un objeto famoso: estar en su presencia es otra cosa. Hay que encontrar la sensación de realidad, despegar el velo de sueños que es la sustancia de la realidad, y ponerse a la altura del momento, del Everest del momento. Innecesario decir que soy incapaz de esa hazaña, yo más que nadie. Aun así, allí estaba… bellísimo en su fragilidad invencible, tenso y delgado, captando la luz antigua de las navegaciones y las aventuras. Pude comprobar que era cierto lo que se decía de él: que nunca estaba del todo callado. En las noches de tormenta el viento lo hacía cantar, y los que lo escucharon durante un huracán quedaron obsesionados de por vida con su aullido de lobo cósmico. Todas las brisas marinas habían tañido esta lira de una sola cuerda, el ayudamemorias del viento. Pero aun esa tarde, con el aire inmóvil (si un pájaro hubiera soltado una pluma, habría caído en línea recta), su rumor atronaba. Eran graves y agudos microtonales, muy dentro del silencio.

Mi presencia ahí frente al monumento tuvo grandísimas consecuencias, objetivas, históricas; no sólo para mí sino para el mundo. Mi presencia discreta, inadvertida, fugaz, casi la de un turista más… Porque esa tarde resolví el enigma, hice funcionar el dispositivo dormido y saqué el tesoro del fondo del mar.

No es que yo sea un genio ni un superdotado, qué va. Todo lo contrario. Lo que pasa (trataré de explicarlo) es que cada mente se conforma de acuerdo con sus experiencias y memorias y saberes, con la suma total, y la acumulación personalísima de todos los datos que la han hecho ser lo que es la hace única. Cada hombre es dueño de una mente con poderes que pueden ser grandes o pequeños pero que siempre son únicos, propios de él. Y lo hacen capaz de una «hazaña», banal o grandiosa, que sólo él habría podido realizar. Aquí todos habían fallado porque habían apostado a un simple progreso cuantitativo de la inteligencia y el ingenio, cuando lo que se necesitaba era una medida cualquiera de ambos, pero de la calidad apropiada. Mi inteligencia, lo he comprobado a mis expensas, es muy reducida. Apenas si me ha alcanzado para mantenerme a flote en las aguas procelosas de la vida. Pero es única en su calidad; y no es única porque yo me haya propuesto que lo sea, sino porque así tiene que ser.

Esto sucede y ha sucedido así con todos los hombres, siempre y en todas partes. Pero un ejemplo tomado del mundo de la cultura (¿y de qué otro mundo tomarlo?) puede hacerlo más claro. La calidad de único de un intelectual puede captarse simplemente por la conjunción de sus lecturas. ¿Cuántos hombres puede haber en el mundo que hayan leído estos dos libros: La Filosofía de la Experiencia Vital de A. Bogdanov, y el Fausto de Estanislao del Campo? Dejemos de lado las reflexiones que hayan podido suscitar, las resonancias, la asimilación, que serán necesariamente personales e intransferibles. Vamos al hecho bruto de los dos libros. La coincidencia de ambos en un lector es improbable, en la medida en que pertenecen a ámbitos apartados de la cultura, y a que ninguno de los dos forma parte del fondo de clásicos universales. Aun así, es posible que una docena o dos de inteligencias dispersas en el tiempo y el espacio hayan recibido este alimento dual. Pero basta que agreguemos un tercer libro, digamos La Poussière des Soleils de Raymond Roussel, para que el número disminuya drásticamente. Si no es «uno» (es decir yo), le anda raspando. Quizás sea «dos», y a ese otro yo tendría razones para llamarlo «mon semblable, mon frère». Un libro más, un cuarto libro, y ya puedo tener la seguridad de estar solo. Y yo no he leído cuatro libros; han sido miles los que el azar o la curiosidad han traído a mis manos. Y además de libros, para no salir del campo de la cultura, discos, cuadros, películas…

Todo eso, más la textura de mis días y mis noches desde que nací, me dio una conformación mental distinta de cualquier otra. Y dio la casualidad de que era la necesaria para resolver el problema del Hilo de Macuto; para resolverlo con la mayor facilidad, con la mayor naturalidad, como dos más dos. Para resolverlo, dije, no para plantearlo; de ninguna manera sugiero que el pirata anónimo que lo ideó fuera mi gemelo intelectual. No tengo gemelo, y por eso fui capaz de dar en la clave del enigma que en vano habían enfrentado antes que yo cientos de estudiosos y miles de ambiciosos durante cuatro siglos, y con medios mucho más ricos, que en los últimos tiempos incluyeron buzos, sonares, computadoras y equipos multidisciplinarios. Yo era el único, en cierto sentido el predestinado.

Pero no el único en sentido literal, debo advertirlo. Cualquiera que hubiera tenido las mismas experiencias que tuve yo (eso sí: todas, porque es imposible determinar a priori cuáles son las pertinentes) podría haberlo hecho igual que yo. Y ni siquiera las «mismas» experiencias literalmente, porque las experiencias admiten equivalencias.

De modo que no me jacto demasiado. Todo el mérito fue del azar que me puso, justamente a mí, en el sitio justo: en Las Quince Letras, una tarde de noviembre, sin nada que hacer durante varias horas (había perdido una conexión en el aeropuerto, y debía esperar al día siguiente). Al llegar no ...