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EL CONSENTIMIENTO

Vanessa Springora  

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Fragmento

Nuestra sabiduría empieza donde termina la del autor. Nos gustaría que nos diera respuestas, cuando lo único que puede hacer es darnos deseos.

MARCEL PROUST, Sobre la lectura

Estoy en los albores de mi vida, virgen de toda experiencia, me llamo V., y a mis cinco años espero el amor.

Los padres son una muralla para sus hijas. El mío solo es una corriente de aire. Más que una presencia física, recuerdo el aroma a vetiver que impregna el cuarto de baño por la mañana; objetos masculinos aquí y allá; una corbata; un reloj de pulsera; una camisa; un mechero Dupont; una manera de sujetar el cigarrillo, entre el índice y el corazón, bastante lejos del filtro; una forma de hablar siempre irónica, tanto que nunca sé si bromea o no. Se marcha temprano y vuelve tarde. Es un hombre ocupado. Y también muy elegante. Sus actividades profesionales cambian demasiado deprisa para que llegue a entender en qué consisten. En la escuela, cuando me preguntan por su profesión, soy incapaz de contestar, aunque obviamente, dado que el mundo exterior lo atrae más que la vida doméstica, es una persona importante. Al menos es lo que imagino. Sus trajes siempre están impecables.

Mi madre me concibió a la temprana edad de veinte años. Es guapa, con el pelo de un rubio escandinavo, la cara dulce, los ojos azul claro, una figura esbelta con curvas femeninas y una bonita voz. Mi adoración por ella no tiene límites. Es mi sol y mi alegría.

Mis padres hacen buena pareja, mi abuela suele repetirlo aludiendo a sus físicos de cine. Deberíamos ser felices, pero los recuerdos de nuestra vida en común, en el piso en el que vivo brevemente la ilusión de una familia unida, son una auténtica pesadilla.

Por las noches, escondida debajo de las mantas, oigo a mi padre gritar y llamar a mi madre «guarra» o «puta» sin entender el motivo. A la menor ocasión, por un detalle, una mirada o una simple palabra «fuera de lugar», le da un ataque de celos. En cuestión de segundos las paredes empiezan a temblar, los platos vuelan y oigo portazos. Es un maníaco obsesivo que no tolera que movamos un objeto sin su consentimiento. Un día casi estrangula a mi madre porque ha derramado un vaso de vino en un mantel blanco que acaba de regalarle. La frecuencia de estas escenas no tarda en acelerarse. Es una máquina desencadenada y ya nadie puede detenerla. Ahora mis padres se pasan horas lanzándose a la cara los peores insultos. Hasta muy tarde, cuando mi madre viene a refugiarse a mi habitación y solloza en silencio, acurrucada contra mí en mi pequeña cama infantil, y luego se dirige sola a la cama de matrimonio. Al día siguiente vuelvo a ver a mi padre durmiendo en el sofá del salón.

Mi madre ha agotado todos sus cartuchos contra esa rabia incontenible y esos caprichos de niño mimado. Para la locura de este hombre, del que dicen que tiene carácter, no hay remedio. Su matrimonio es una guerra sin fin, una carnicería cuyo origen todo el mundo ha olvidado. El conflicto se resolverá pronto unilateralmente. Es solo cuestión de semanas.

Sin embargo, esos dos deben de haberse querido alguna vez. Su sexualidad, al fondo de un pasillo interminable, oculta por la puerta de un dormitorio, me parece un punto ciego en el que acecha un monstruo, omnipresente (los ataques de celos de mi padre lo demuestran a diario) pero absolutament

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