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EL DESAFíO DE FLORENCIA

Alejandro Corral  

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Fragmento

1

Basílica de Santa Maria Novella, Florencia,

7 de septiembre de 1504

Leonardo da Vinci murmuró:

—No insistas, por favor.

Cautivada por los dulces efectos de verse retratada, Mona Lisa perseveró:

—Necesito saberlo: ¿por qué me escogiste, maestro? Para mí, se ha convertido en una obsesión. —Ante aquella insistencia, él solía responder con evasivas o negativas, sin ofrecerle nunca una respuesta aclaratoria—. No comprendo tu silencio. ¿Qué te llevó a aceptar el encargo de mi marido? ¿Y por qué pintarme a mí, cuando hay otras mujeres, más ricas e ilustres, que han solicitado tus servicios?

—Es cierto que he hecho lo posible por evitar las insistentes demandas de Isabel de Este, una mecenas de las artes mucho más... rica e ilustre, sí —musitó Leonardo desviando la mirada, alimentando a su vez el misterio con su juego de palabras. Y así el pintor, con los ojos clavados nuevamente en ella, dejó la frase flotando en el aire con su proverbial elocuencia e ironía.

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—Isabel de Este es acaudalada y poderosa, te protegería y promovería aún más tus obras.

Leonardo le brindó una sonrisa amable y replicó:

—El prestigio de mi carrera ya alcanzó su cota más alta en Milán, cuando pinté La última cena. Ahora mismo no codicio nuevas dosis de notoriedad.

—Entonces, ¿por qué retratarme? ¿Qué has visto en mí? ¿Acaso algo especial que nadie más perciba?

Leonardo da Vinci se fijó en los labios de Lisa del Giocondo; se fijó, sobre todo, en su sonrisa. Y la observó largos instantes con la elegante parsimonia del artista, con aquellos ojos cautos y reflexivos que buscaban, por encima de todo, el origen de la verdad; después, sugirió:

—Todavía no puedo dar una respuesta a esas preguntas. Lo lamento. Por el momento, Lisa, habrás de conformarte con lo siguiente: en los últimos meses, me he hallado tan absorto en mis investigaciones científicas que mi aversión a coger el pincel ha resultado casi enfermiza, pero al pintarte a ti, una mujer poco conocida, en vez de una famosa aristócrata, puedo representarte como realmente quiero, sin verme obligado a seguir las órdenes e indicaciones de un tercero. —Y lo más importante que Leonardo da Vinci guardó para sí: la consideraba una mujer hermosa y atractiva—. Asimismo, en tus labios se dibuja eventualmente una expresión indescifrable; aclararé tus dudas, que también son mías, cuando comprenda los misterios que ofrece tu sonrisa.

2

Leonardo contempló a la mujer que posaba en su estudio y luego se contempló a sí mismo. El espejo le devolvió la imagen de un hombre alto y ciertamente hermoso, pero aquella belleza poco común ya empezaba a ser víctima del desgaste que provoca el efecto del paso del tiempo. Leonardo da Vinci tenía cincuenta y dos años. De pie y concentrado frente a la mujer de Francesco del Giocondo, vestía una túnica púrpura y zapatos dorados con plataforma. Su cabello castaño y veteado de gris caía ondulado sobre sus hombros, y la barba sobre el pecho. Sus ojos brillantes y del color de la miel se centraron de nuevo en la mujer que desde hacía un año retrataba y que ahora lo miraba con una devoción creciente.

En el atardecer del 7 de septiembre, Leonardo da Vinci y Lisa Gherardini, también conocida como Lisa del Giocondo, se encontraban en el estudio superior de Santa Maria Novella, la basílica en cuyas dependencias anexas el pintor residía desde que los gobernantes florentinos le encargaran pintar un gran fresco representando la victoria en la batalla de Anghiari, librada en 1440 entre Florencia y Milán. En la sala de abajo, cuatro o cinco de sus aprendices, entre ellos Salai, empleaban el recurso de hacerles escuchar música y cantos.

Maravillado por la increíble capacidad humana de transformar la realidad en imágenes pintadas, Leonardo da Vinci alternaba la mirada entre la pintura y quien posaba cuando se percató de que, frente a sí, una excitación insospechada iba apoderándose gradualmente de aquella joven de veinticinco años. Él, perplejo y asombrado, sin apartar un ápice la vista de su modelo, le preguntó con palabras cordiales cómo se encontraba.

Mona Lisa del Giocondo sacudió la cabeza y lo miró con gesto sugerente.

—Quizá algo... alterada —respondió dejando escapar un leve suspiro—. Maestro Da Vinci, observa mi cuadro..., y luego obsérvame a mí. Deseo que, mientras turnas la mirada, expliques en voz alta lo que has pintado. Y también lo que supondrá para quienes algún día me contemplen.

Leonardo obedeció, y describió:

—El ser humano solo es capaz de imaginar lo que es igual en todas las personas, lo general, y únicamente en gráciles matices encontramos la diferencia con los demás, momentos fugaces que el artista necesita descubrir y desvelar. Por eso, lo que para mí empezó siendo el retrato de la joven esposa de un comerciante de seda se ha convertido en un intento de reproducir las complejidades de las emociones humanas. —Alzó la vista del lienzo y posó los ojos en Lisa, que entrecerrando los suyos se abandonó a un placer inesperado.

—Continúa... —murmuró ella.

—Tus ojos poseen el brillo húmedo que se observa frecuentemente en los seres vivos, y en torno a ellos destacan los rosados lívidos y sus matices, que solo pueden representarse mediante la máxima delicadeza.

Mona Lisa ahogó un gemido y prosiguió escuchando con atención.

—Pretendo que tu nariz, con sus finas y delicadas cavidades rojizas, y tu boca entreabierta y las mejillas encarnadas, no parezcan pintadas, sino carne verdadera.

Ella se entregó por completo al arrullo de las palabras, susurrando con frenesí:

—¿Y quienes me contemplen...?

—Y quienes contemplen con atención los detalles de tu cuello, verán latir tus venas. Y quienes contemplen tu retrato quedarán desconcertados ante el problema real de tus cejas; o mejor aún, ante la ausencia total de ellas.

El pecho de Lisa subía y bajaba de manera sensual y armoniosa.

—Continúa... por favor...

—Cuando se sitúen frente a tu retrato, los observarás; cuando se desplacen de un lado a otro, tu mirada los perseguirá. —Era difícil tarea saber a qué presencia se dirigía Leonardo, si a la ficción humana de su cuadro o a la realidad carnal que en el estudio posaba. ¿Es posible que el pintor, en un alarde intelectual, en un testimonio absolutamente magistral, les hablara al mismo tiempo a ambas existencias?—. Y por fin, ellos llegarán al elemento más mágico y atractivo de mi Mona Lisa: tu sonrisa...

Ella no podía resistirse más. La excitación que la dominaba al estar siendo retratada empezaba a alcanzar su grado más elevado de fogosidad.

—... una sonrisa tan agradable que más parecerá divina que humana.

—¿Y cuando me contemplen...? —insistió ella con auténtica euforia.

—Y cuando te contemplen, parecerá que dentro del cuadro parpadeas. Pero bastará que desplacen la vista para que tu gesto cambie. Y el misterio se agrandará. Porque ellos mirarán hacia otro lado, pero tu sonrisa ya se habrá quedado grabada en sus mentes, y para siempre. Una señal excepcional, una sonrisa imposible de retener que esquivará a quienes intenten perseguirla. Y lo más increíble es que tú, encerrada en esta pintura, darás la impresión de ser consciente tanto de ellos como de ti misma.

—¿Y qué será de aquellos que a lo largo de la historia se atrevan a cuestionarme?

—Les replicarás, siempre, con tu sonrisa.

Al concluir Leonardo su descripción y alegato, Lisa movió suavemente la cabeza hacia atrás y deslizó una mano resuelta a través de su cuerpo con una agradable caricia.

Y Leonardo, decidido y siempre abierto a la curiosidad, exploró la posibilidad que ante sus ojos se abría, aquella posibilidad que reviste un significado tan complejo como el de saber materializar las imágenes en pintura en el momento adecuado y de la manera precisa.

Y Mona Lisa del Giocondo, fuera de sí, seducida por el poder y la belleza de la pintura, tan solo pudo suspirar:

—Maestro Da Vinci... ¿qué me estás haciendo?

Tomándose Leonardo su tiempo, sin dejar de recorrer sus ojos el cuerpo excitado de Lisa y a la vez su retrato, se entregó decididamente a la pintura, al placer que casi creía olvidado. Y al tiempo que aplicaba suaves pinceladas y susurraba una sinfonía de palabras, los labios de su Mona Lisa dibujaron sutilmente la misteriosa sonrisa que comenzaba en ella misma pero que también se conectaba con la mujer que en el estudio posaba. Con extrema cautela, explorando cada partícula del cuadro, el pincel de Leonardo alcanzó al fin la tabla de álamo, y se deslizó, y la recorrió, y quiso no dejar de pintarla nunca jamás. Todo en la habitación fue de pronto arrobo y deseo, la armonía y la unión de dos personas entregadas sin reservas la una a la otra, el pintor y su modelo, con los ojos de ella curioseando desde la profundidad del retrato, sus manos entrelazadas en un primer plano. Minutos más tarde, en un último aliento desesperado, agitada ella, sus labios y su sonrisa, intensas convulsiones sacudieron su cuerpo; y ella, complacida, se abandonó dulcemente al estremecimiento, temblando de placer.

—Maravilloso —exclamó atónito Leonardo, pues ni siquiera la había tocado.

—Prométeme que jamás hablarás con nadie de lo que acaba de suceder, y aún menos con mi marido —susurró Lisa más calmada pero todavía desconcertada; y él asintió y cerró los ojos, fascinado, y sorprendido, como único testigo del momento extraordinario que acababa de provocar.

En el piso de abajo, los discípulos de Leonardo da Vinci entonaban un cántico cuyos sones ascendían amortiguados hacia el estudio.

3

Plaza de la Señoría, Florencia,

7 de septiembre de 1504

Miguel Ángel Buonarroti le habló al mármol resplandeciente:

—Ha llegado la hora, el instante definitivo. El mundo sabrá mañana en qué te has convertido. —Asintió orgulloso y luego se despidió del centinela allí apostado, que a las puertas del Palazzo Vecchio protegía la obra de los vándalos y también de los curiosos que quisieran fisgar.

Por Florencia corrían toda suerte de rumores sobre el nuevo trabajo de Miguel Ángel. Los más entusiastas incluso le atribuían propiedades mágicas a la piedra esculpida que resultaba ser, probablemente, el bloque de mármol más célebre de la historia florentina.

Miguel Ángel procuraba permanecer calmado y ajeno a las constantes habladurías sin fundamento que tan frívolamente circulaban entre la gente, evitando intercambiar palabra alguna con nadie y dando muestras, al comportarse de semejante manera, de su carácter hosco y retraído. Pero aquella rigurosa actitud solo ocultaba los nervios que en silencio crecían en su interior al ritmo de las expectativas porque, cuanto más altas fueran, menos probabilidades habría de que su obra las colmase.

¡Solo faltaba un día!

A su alrededor, en la plaza de la Señoría de Florencia, un buen número de trabajadores se afanaba en levantar un escenario provisional que sirviera para su exposición.

Miguel Ángel tenía la convicción de que, al atardecer del próximo día, los florentinos serían testigos de una obra jamás antes creada por el ser humano. Pero tan pronto la calma volvía a su ser, escuchó de pasada una conversación que lo despertó dolorosamente de sus ilusiones.

—Se trata de Leonardo da Vinci.

—¡Ha dado a conocer un nuevo cuadro!

—¡Lo he oído!

—Y quienes ya lo han visto afirman que se trata de una maravilla insuperable.

—¡Apresurémonos!

Y Miguel Ángel, abrumado por la gravedad de aquellas palabras que desprendían júbilo y admiración a partes iguales, dominado de repente por una cólera que creía superada y vencida, pensó con irritación: «Es imposible que Leonardo haya terminado el fresco de la sala de los Quinientos». Su Batalla de Anghiari ya era famosa, cierto, pero, que Miguel Ángel supiera al menos, el maestro aún no había dibujado un solo trazo en aquella pared.

«Si Leonardo ha logrado avanzar lo suficiente en esa pintura, nadie en Florencia acudirá mañana a la presentación de mi obra.» ¿Por qué? El motivo residía en que las gestas pictóricas de Leonardo da Vinci se elogiaban no solo en Italia, sino en toda Europa; mientras que él, Miguel Ángel, tan solo era un hombre de veintinueve años con un prestigio en auge, de acuerdo, pero con mucho todavía por demostrar.

Detuvo abruptamente a aquellos mercaderes del Arte della Calimala, del gremio de los productores de paño, que tan alegremente conversaban, y les preguntó, con descortesía, sobre la nueva pintura de Leonardo, La batalla de Anghiari.

4

Los mercaderes le respondieron bastante confundidos:

—No estábamos hablando de ese fresco al que te refieres, sino de un retrato.

—¿Un retrato? ¿¡De quién!? —los interrogó Miguel Ángel con agresividad creciente.

¿A quién había retratado Leonardo da Vinci para que las gentes de Florencia se mostraran tan entusiasmadas? ¿Tal vez al rey de Francia? ¿Al papa, quizá? ¿O al mismísimo Dios? La respuesta ni siquiera le importaba. La vehemencia y la ira que a Miguel Ángel ahora lo domeñaban tenían su razón de ser en la rivalidad —quizá en la enemistad— que entre ambos artistas ya empezaba a ser conocida en las calles, fruto, entre otras cosas, de las desavenencias y sus desencuentros públicos. Las acciones de Leonardo, se convenció, seguían un patrón predeterminado, ya que desde las inundaciones tan solo se había mostrado públicamente unas pocas veces. ¿Y ahora anunciaba la exposición de un nuevo cuadro?

«Cuando él sabe perfectamente que mañana es mi día, el instante con el que largo tiempo he soñado.»

¡Qué cruel y absurda paradoja! ¡Y también qué obstinación la suya, aislándose con insistencia en su mundo de bocetos e ideas imposibles!

Miguel Ángel hundió las manos en lo más profundo de los bolsillos de su túnica y halló montones de polvo de mármol. ¿Acaso no podía Leonardo hacerse a un lado? Tras haber pintado La última cena, con su nombramiento oficial como artista e ingeniero en la corte de los Sforza, en Milán, el momento más álgido de su carrera ya había quedado atrás; y ahora que el arte de Miguel Ángel debía consolidarse, el maestro de Vinci, en una jugada deliberada, iba a arrebatarle sin esfuerzo toda la gloria por la que durante dos años había trabajado con tanto esfuerzo.

«He sufrido daños irreparables en mis manos y en mis ojos; he esculpido casi hasta la muerte.»

Aun con todo, no podía dudar. Pues hubo una época, en los comienzos de su andadura en el mundo del arte, en la que llegó a recelar de su capacidad como escultor. La consecuencia de aquella incertidumbre, aunque efímera, suscitó que Miguel Ángel se convirtiera en un hombre que dejaba escapar las cosas más importantes de la vida mientras se quedaba imaginando mundos paralelos, que para él resultaban mucho más atractivos que el real. Mundos, a fin de cuentas, ideales. Y entretanto la vida se le escurría como polvo de mármol entre los dedos, él se limitaba a imaginar en su taller, confinado en su torre de marfil, rodeado de un montón de piedras y guijarros informes. Cada vez que se daba cuenta de ello, su corazón se hundía en un agujero carente de luz y calor. Por esta razón, cuando encontraba una nueva idea, ya fuera en su imaginario o en el exterior, aunque se tratase de un instante fugaz, parecido al parpadeo de una estrella, Miguel Ángel sentía en el fondo de su corazón cierto alivio. Todo ello había provocado que, en el mundo real, establecer relaciones de amor y de odio extremos hacia quienes lo rodeaban se convirtiera en una constante en su vida.

5

«¡Leonardo da Vinci ha dado a conocer un nuevo cuadro!»

Las palabras reverberaron aún frescas en la memoria de Miguel Ángel y su frente se perló de sudor y las gotas pronto resbalaron junto a lágrimas amargas por sus mejillas. Y entonces tomó una decisión: se infiltraría en el estudio de Leonardo al caer la noche, contemplaría a solas su nueva pintura y, si resultaba tan magnífica como en las calles se anunciaba, cancelaría (¡qué remedio!) su presentación.

«De ser así, me marcharé de Florencia a otra ciudad y me adaptaré a las nuevas circunstancias que me ofrezca, sean las que sean, aunque no las comprenda, aunque me inflijan un insoportable dolor, aunque me causen la muerte.»

6

Basílica de Santa Maria Novella, Florencia,

7 de septiembre de 1504

—Prométeme que jamás hablarás con nadie de lo que acaba de suceder, y aún menos con mi marido —reiteró Lisa.

—Tienes mi palabra.

—Ahora he de marcharme.

—Voy a mostrar tu retrato al público —confesó Leonardo llevado de pronto por el ímpetu—; en breve, no pocos invitados vendrán aquí a contemplarlo, a contemplarte. Me gustaría que estuvieras presente.

Pero Mona Lisa no le proporcionó una respuesta y, cuando llegó a la puerta del estudio, se detuvo con solemnidad y, al tiempo que giraba despacio el pomo y se volvía por última vez, la excitación previa se desvaneció, los fulgores de un instante íntimo y erótico desaparecieron, y el destello de una extraña sonrisa comenzó a dibujársele lentamente en los labios. Leonardo rememoró, impresionado, el recuerdo de aquella brevísima pasión en sus facciones: «¡Ha alcanzado el punto culminante de mayor satisfacción para una mujer mientras yo la pintaba!».

Aquel sería su secreto y jamás lo compartirían con nadie. Y Mona Lisa lo llevaría siempre a salvo consigo; y Leonardo da Vinci, también. Y en los momentos en que lo recordasen, sería suyo de nuevo. Siempre sería suyo. Solo suyo.

Leonardo guardó silencio y esperó impaciente a que el ligero gesto en los labios de ella alcanzara toda su extensión en el rostro, pero aquella media sonrisa, lo quisiera o no, nunca llegaría más allá de su pintura. En su lugar, con ese amago de burla aún suspendido en los labios, Lisa volvió el rostro y atravesó el umbral sin decir más palabras. Y solo entonces Leonardo comprendió que aquella misteriosa sonrisa era todo cuanto podía extraer de Mona Lisa en aquella tarde de septiembre en Florencia. Por suerte para él, entre la aproximación a la imagen pintada y la precisión de la realidad, quedaba la pequeña fisura de lo imaginable, y esa idea lo tranquilizaba.

7

Instantes después, a solas y sin apenas tiempo para que Leonardo reflexionara hondamente, Salai se coló en el estudio con aires risueños.

—Maestro, los primeros invitados esperan fuera y están muy ansiosos por contemplar tu nueva obra. ¡Caray! ¡Sí que están impacientes! ¡Qué expectación!

Salai, su aprendiz más amado, era un joven de veinticuatro años, gracioso, lánguido y hermoso, con dorados y delicados rizos angelicales y una sonrisa diabólica. Su nombre verdadero era Gian Giacomo Caprotti, y el propio Leonardo lo había calificado, en su día, de ladrón, embustero, obstinado y glotón, entre otras cosas, debido a sus repetidas fechorías, travesuras y pequeños hurtos. Por todo ello, desde que lo acogió a su lado, Leonardo empezó a llamarlo, y con toda razón, Salai. Salai: «el diablillo».

—¿Maestro...?

Leonardo le dedicó una sonrisa cargada de dulzura.

—Te escucho, Giacomo.

—Los invitados...

—¡Ah! Casi se me olvida. Hazlos pasar. Y pídeles unos minutos de paciencia mientras me cambio de ropa.

Salai no obedeció de inmediato, tal era su costumbre, y se acercó al maestro y después al retrato, que admiró boquiabierto mientras Leonardo lo miraba a él todavía con visos de dulzura en los ojos.

—¿Maestro?

—¿Sí?

—Casi lo has acabado, ¿verdad? En poco tiempo darás la última pincelada al retrato de La Gioconda.

El rictus de Leonardo cambió de repente, y la jovialidad y la belleza que sus facciones exhibían hasta hacía un instante se transformaron en un rostro pálido y estrecho, como una máscara mortuoria, como si le hubiera llegado de repente una vejez adelantada. Y pese a las arrugas que surgieron en torno a sus ojos cansados, Leonardo respondió con serenidad:

—¡Ah!, joven Salai, he avanzado considerablemente en el retrato, no te lo niego, pero me temo que ni en toda una vida seré capaz de finalizar esta obra.

—¡Vaya! —exclamó su aprendiz, rascándose la coronilla—. ¿Por qué?

—Giacomo...

—¿Sí, maestro?

—No hagas esperar a nuestros invitados.

—No, maestro.

8

Exteriores de la basílica de Santa Maria Novella,

Florencia, 7 de septiembre de 1504

La basílica resplandecía frente a sus ojos, revestida de mármol blanco y verde, sombreada de un color turquesa en el lado este, bañada por el rojo crepuscular en el ala oeste. Escondido entre las sombras, en un callejón estrecho y cercano a Santa Maria Novella, Miguel Ángel veía entrar y salir a los visitantes del estudio de Leonardo. Y también los escuchaba.

—Parece tan viva... —se admiraban.

—El maestro ha obrado un milagro, sin duda.

—¡Dios ha tocado su mano!

—Leonardo se ha superado a sí mismo, definitivamente.

Miguel Ángel enloquecía de desesperación por entrar a contemplar el retrato, pero debía ser cauto y mantenerse paciente, porque no deseaba proporcionarle a Leonardo el placer de contarlo entre sus admiradores; de modo que aguardaría en silencio al otro lado de la calle durante horas, quizá hasta que la fiesta concluyese.

9

Basílica de Santa Maria Novella, Florencia,

7 de septiembre de 1504

Al otro lado de una cortina, Leonardo ojeaba con disimulo a los elegantes florentinos congregados en el estudio, que vibraban ante su Mona Lisa igual que si se tratara de una noche de estreno teatral en la Commedia dell’arte.

De pronto estalló una ráfaga de luz y fuego, seguida de una explosión de humo púrpura y verde. Algunos gritaron y otros rieron cuando Leonardo surgió de entre las sombras y atravesó, como si fuera un mago, la nube de incienso de olor dulce, y solicitó:

—¡Música!

Una orquestina de flautistas, laudistas y tamborileros empezó a interpretar una alegre melodía al tiempo que sus discípulos desarrollaban un extravagante espectáculo de luminarias.

«Luz de velas», pensó Leonardo, «humo de colores, agua rebotando en los tambores, reflejos en una serie de espejos, todo para crear un ambiente palpitante, caleidoscópico.»

A medida que iba danzando por el estudio y sumando más y más gente a su baile, Leonardo procuraba adecuar su actuación para ganarse el aplauso y la aclamación de los asistentes, que tocaban palmas y sorbían vino de Vernaccia y de Trebbiano para acompañar la comida. A continuación, sujetó con elegancia su lira y con una pericia digna de mención armonizó su música a la de la banda, magistralmente.

La luz de las velas, el ambiente festivo, los juegos pirotécnicos, la comida y los vinos y, sobre todo, el nuevo retrato, motivaron que todos cuantos acudieron a contemplar la Mona Lisa de Leonardo da Vinci salieran maravillados de Santa Maria Novella.

10

Los últimos rayos del sol pintaban trazos rojizos, grises y anaranjados en el cielo del crepúsculo. Florencia, en el ocaso estival, parecía una ciudad alegre, llena de vida, próspera y rica. Una suave brisa nocturna suspiraba entre las iglesias y los palacios.

Algunos hombres se dirigían a las tabernas. En los hogares, las chimeneas murmuraban. El agua del río susurraba en la penumbra. Miguel Ángel vagaba por las calles lindantes con Santa Maria Novella. Sobre la basílica oscurecía lentamente, hasta que, en el estudio de arriba, el último invitado se marchó y se apagaron todas las velas.

Cuando el silencio comenzó a reinar, casi una hora después, Miguel Ángel masculló para sí: «Ahora».

11

Se puso silenciosamente en pie, se colocó la amplia capucha sobre la cabeza y se acercó a la iglesia, dispuesto a enfrentarse él solo al cuadro.

Cuando era aprendiz, Miguel Ángel había trabajado en la basílica con Granacci, su amigo y pintor. Con el maestro de ambos, Domenico Ghirlandaio, habían decorado la capilla Tornabuoni con imágenes de las vidas de María Virgen y de san Juan Bautista. La iglesia, con características típicas de la arquitectura gótica cisterciense, dividida en tres naves, contenía numerosas obras de arte, destacando el fresco de La Trinidad, en el que Masaccio había experimentado una nueva manera de plasmar la perspectiva. Fue allí, entre aquellas mismas paredes, donde Miguel Ángel afinó su habilidad con la pintura y aprendió a preparar y dibujar frescos. Por tanto, recordaba cada escalera y cada habitación.

Atravesó con sigilo el patio y subió los peldaños hacia el estudio superior. Caminó por un sombrío recibidor. La primera puerta que divisó se hallaba abierta de par en par y, en el otro extremo de la sala, observó dos siluetas que dormían apaciblemente sobre una cama: a un lado, Salai, «el insufrible Salai», pensó Miguel Ángel, y al otro, iluminado su bello rostro por un rayo de luz de luna, Leonardo da Vinci.

«He de andar con cuidado. Si el viejo pintor me descubre merodeando por el estudio, le daré una buena excusa para burlarse de mí, en el mejor de los casos; en el peor, podría hacer que me arrestasen.»

Se recolocó la capucha en la cabeza y, tras caminar con sumo cuidado, llegó a la estancia que quedaba al final del pasillo: un espacioso salón de techos altos, decorado con sillas tapizadas, una gruesa alfombra roja y un pianoforte.

«Una estancia digna de recibir invitados», pensó.

Miguel Ángel entró y cerró con cuidado tras de sí. El olor dulzón del vino todavía se apreciaba en el aire. Las cortinas cegaban las ventanas; las corrió para que entrara un poco de luz de luna y entonces comprobó que el estudio de Leonardo no se parecía absolutamente en nada al suyo. Lo cierto es que no se parecía a nada que Miguel Ángel hubiera visto antes: infinidad de libros, bosquejos, instrumentos musicales, pinceles, maquetas de curiosos inventos se amontonaban por todas partes. Una lira de plata, una colección de flautas de madera y varios laúdes, así como una gaita, yacían apilados en una esquina. En desorden, sobre la mesa del maestro, divisó un par de anteojos, mapas dibujados a mano y montones de pergaminos sueltos metidos en carteras de dibujo.

Y en una esquina...

12

Allí, en una esquina, con varias velas apagadas alrededor, descubrió un caballete cubierto por una tela de terciopelo.

Con el corazón vibrándole como un címbalo, Miguel Ángel agarró un lado de la cortina de terciopelo mientras en su interior se desarrollaba una lucha encarnizada entre lo correcto y lo incorrecto, entre el abandono y el atrevimiento. Finalmente, apartó la tela a un lado. La luz plateada de la luna se filtraba a través de la ventana, no con mucha claridad. Tras contemplar con atención la pintura en la penumbra, Miguel Ángel dejó escapar medio suspiro y media carcajada, porque el retrato parecía ser un cuadro ordinario de una mujer ordinaria. ¿Por qué la gente se mostraba tan entusiasmada?

«Tan solo porque el gran Leonardo da Vinci lo ha pintado», se respondió Miguel Ángel con sorna.

Pero la oscuridad que reinaba en el estudio, y el resplandor de las estrellas y de la luna pálida y blanca no arrojaban suficiente luminosidad sobre el retrato. De pronto lo asaltó un sentimiento inexplicable de apremio y empezó a buscar por toda la habitación. En un cajón encontró un pequeño chisquero que utilizó para encender una de las velas, lo cual, evidentemente, suponía un riesgo. Podía llamar la atención, pero a Miguel Ángel lo invadía una feroz pulsión de curiosidad que le exigía satisfacer su intriga, y de paso confirmar a sí mismo la creciente sospecha de que el único milagro que había en aquella iglesia era la exagerada reputación de Leonardo da Vinci.

Miguel Ángel acercó la trémula luz de la candela al cuadro y observó, bastante inquieto, el retrato. Le llevó un buen rato salir de su asombro y todavía más comprender lo que sus ojos captaban, pero cuando lo comprendió, ni siquiera se atrevió a apartar la mirada, porque nunca en su vida había visto un retrato con tanta vida en su dibujo y su pintura. Parecía como si aquella dama estuviera sentada en la estancia. Ignoraba que en el mundo existiese alguien capaz de aplicar la pintura de una forma tan delicada, tan extraordinaria. Al igual que en la vida real, no existían fronteras entre la luz y la oscuridad, solo diferentes niveles de sombra, y, aunque el dibujo permanecía incompleto, se trataba de una verdadera obra maestra.

Y la dama... ¡Ah, la dama! Cuando Miguel Ángel observaba su rostro de cerca, no hallaba nada excepcional en ella, ni un indicio de su sonrisa, pero en cuanto miraba en otra dirección, ella empezaba a sonreír y a invitarle a que volviera. Jamás creyó que fuera posible capturar un efecto con tanta magia en un retrato, ya que la expresión de aquella mujer parecía encontrarse en un eterno proceso de llegar a ser y desvanecerse: siempre estaría naciendo, pero nunca llegaría a nacer por completo.

«Leonardo no ha pintado el rostro de una mujer, ha encarnado en el cuadro a la mujer misma.»

Una voz educada saludó de pronto en la oscuridad:

—Buenas noches, Miguel Ángel.

13

Miguel Ángel se volvió hacia la puerta tan conmocionado y tan asustado que ni siquiera fue capaz de reaccionar, y menos aún de inventarse una evasiva.

Leonardo da Vinci, vestido con un amplio camisón turquesa, entrelazadas sus manos sobre sus rodillas, presenciaba el allanamiento de su taller sentado en una butaca cerca de la puerta. Con ojos expresivos barría lentamente la estancia y daba la impresión, por su postura, de que llevaba varios minutos observando desde las sombras. Parecía divertido por encontrarse en esa situación. Incluso le pareció natural bostezar.

—¡Vaya! —exclamó con gracia—. Miguel Ángel, o mucho me equivoco o te has colado en mi casa de madrugada, hora de la conspiración donde las haya. —Y dilató la amplitud de su sonrisa—. ¿Has venido a contemplar mi nueva pintura? ¿Se trata de eso? Se me ocurre una idea: ¿y si descorchamos una botella de vino?

Miguel Ángel abrió la boca asombrado, pero como no se le ocurrió qué replicar, se mantuvo en silencio y la cerró. No obstante, ante aquella mirada fulminante y recriminatoria que Leonardo proyectaba no podía quedarse de brazos cruzados, algo tenía que hacer. Lo miró a él, luego observó el lienzo y, al cabo de unos instantes que le parecieron eternos, balbució:

—¿Cómo..., cómo has sido capaz de crear esta obra? ¿Qué secretos escondes y cuáles has plasmado en este retrato? ¿Quién te ha ayudado?... ¿Dios mismo?

Leonardo se extrañó:

—¿Dios? —Y abrió exageradamente los ojos con la inocencia de un niño.

—Dios, sí —insistió Miguel Ángel, centrando nuevamente el interés en la Mona Lisa—. No me cabe otra explicación: para pintar un cuadro de tan mágica naturaleza, has tenido que ver a Dios.

Leonardo volvió a bostezar con descaro.

—¡Qué barbaridad! —exclamó—. No, no he visto a Dios. Pero una vez vi un camello. Fue cuando presté mis servicios a César Borgia como ingeniero militar. ¡Ah!, tenía dos jorobas y cuatro patas largas y delgadas. Me refiero al camello, obviamente. No confío en que me des una respuesta lógica y razonable, pero, claro, tampoco preveía que me visitaras a estas horas de la noche. ¿Qué quieres hacer? ¿Te marcharás ya, Miguel Ángel? ¿O me aceptarás una copa de vino?

—Preferiría...

Leonardo lo interrumpió con sonrisa lobuna:

—¡Caray! ¡En menuda disyuntiva te has encontrado! Déjame adivinar: has estado esperando en los aledaños a que la iglesia se vaciara de gente, ¿verdad? Miguel Ángel..., te tomaba por un escultor, no por un husmeador.

—Será mejor que regrese a mi hogar.

—¿Seguro? Piénsalo fríamente, pues ¿cuánto más descortés sería tu postura en el caso de rechazar deliberadamente la oferta del hombre cuya casa has allanado?

Los dientes de Miguel Ángel rechinaron a la luz del candil que acababa de encender Leonardo.

—De acuerdo —aceptó—. Pero solo una copa.

Leonardo da Vinci alargó aquella sonrisa astuta y apuntilló:

—Por supuesto, una copa será, pero ¿acaso te he planteado otra alternativa?

14

—¡Brindemos! —propuso Leonardo—. La cuestión es: ¿por qué brindar? ¿Qué motivo de celebración podríamos encontrar tú y yo juntos? ¿Ninguno, tal vez? Humm... Un peliagudo dilema, me temo. Mañana por la tarde es el día de la presentación pública de tu obra, ¿me equivoco? —Miguel Ángel asintió, todavía parco en palabras—. Entonces, brindaremos por ella, ¡por tu nueva escultura!, que seguro que a todos nos deslumbrará y hará vibrar nuestras almas.

Miguel Ángel no pasó por alto la ironía dibujada en los ojos y los labios de Leonardo. «Bufón», lo llamó en su fuero interno. «No pierdas los nervios», se dijo para sí. Y bebió de su copa solo después de que el maestro de Vinci bebiera. Mientras servía más vino, Leonardo no dejó de silbar una alegre melodía.

Miguel Ángel ni siquiera lo había oído entrar en el estudio. «¡Juraría haberlo visto dormitando al lado de Salai!» Leonardo, como si leerle el pensamiento pudiera, ladeó el cuello y murmuró:

—Miguel Ángel, ¿de verdad has considerado por un momento la posibilidad de que podías colarte en mi estudio sin ser yo consciente de ello? —Sin esperar respuesta, encendió con el candil media docena de velas para que su luz iluminara aún más intensamente la sala—. Pasaré por alto tu hazaña de haber allanado mi casa. Pero, dime, ¿lo has hecho de madrugada para contemplar mi retrato a solas?

Miguel Ángel sacudió la cabeza, con sus hombros encorvados en actitud de cansancio o derrota, o lo uno y lo otro.

—Por más y más vueltas que le doy a mi cabeza, no logro entender cómo has podido trabajar de este modo la pintura. Parece... magia. ¿Quién es ella?

—¿Ella? ¿Acaso importa ella?

—La persona a retratar o esculpir siempre importa.

—Pero ¿tanto o más que el modo de representarla? Te diré quién es ella. Su nombre es Lisa. Mona Lisa. Una hermosa mujer casada con un comerciante de seda.

—Es decir, una mujer corriente.

—Tal vez —concedió Leonardo—, pero cuando la vi por primera vez, tuve la impresión de que si hubiera vivido en otra época habría sido una vestal.

Miguel Ángel se sorprendió:

—Una... ¿vestal?

Leonardo avanzó unos pasos y se situó frente al retrato.

—En la religión de la Antigua Roma —explicó—, las vestales eran sacerdotisas consagradas a Vesta, la diosa del hogar. Vesta, que gradualmente se fue convirtiendo en la diosa protectora de Roma y cuya llama representaba el bienestar del Estado, es decir, de la Res publica. Las vestales eran sacerdotisas, sí, Vesta publica populi Romani Quiritium. Sus orígenes se remontan a los inicios, cuando Roma era una monarquía. Por supuesto, las vestales constituían una excepción en el mundo sacerdotal romano, que estaba compuesto, casi por entero, de hombres.

»El Pontífice Máximo seleccionaba a las niñas más perfectas de la ciudad, de una edad comprendida entre los seis y los diez años, y debían ser vírgenes, de gran hermosura y nacidas de padre y madre reconocidos. Su mayor responsabilidad consistía en mantener encendido el fuego sagrado del templo de Vesta, en el Foro romano. Ten en cuenta, Miguel Ángel, que en los pueblos antiguos se solía mantener encendido un fuego comunitario, el focus publicus. ¿La razón? Tener una llama encendida y siempre disponible en caso de que el fuego del hogar se apagara accidentalmente; eran tiempos primitivos en los que prender un fuego podía llegar a suponer una tarea verdaderamente dificultosa. De aquí que, en Roma, tomasen a las vestales para custodiar y cuidar el fuego comunal.

»Su servicio duraba treinta años: diez, dedicados al aprendizaje, otros diez al servicio propiamente dicho y diez más a la instrucción de nuevas vestales. Tenían restringidos sus movimientos, aunque estaban liberadas de las obligaciones sociales, no podían ni tener hijos. Transcurridos esos treinta años, si así lo decidían ellas mismas, las vestales podían casarse, aunque casi siempre, una vez retiradas, decidían permanecer célibes y seguir viviendo en el templo. Se las respetaba y veneraba, y su sola presencia por el camino de un sentenciado a muerte rumbo al verdugo era motivo suficiente para que se absolviera a dicho condenado y se le perdonara la vida. Hasta el mismísimo emperador tenía que cederles el paso si se cruzaba en el camino con ellas.

»Se dice que Rea Silvia, la madre de Rómulo y Remo, fue una vestal. Pero que incumplió sus votos de castidad. ¿Qué castigo le impusieron? No lo tengo claro. He leído fuentes que dicen que fue arrojada al Tíber y otras que fue fustigada hasta morir por orden de su tío Amulio. Aunque, posiblemente, fuera víctima de ambas penas.

»Pero aquí viene lo más fascinante de esta historia: mientras duraba el servicio de tres décadas, una vestal no podía tocar a otro ser humano y aún menos ser tocada, ni siquiera por el Emperador.

»Imagina pasar una semana sin acariciar a nadie. Imagina un mes. Imagina treinta años.

Miguel Ángel se aproximó a Leonardo, se situó a su lado y al unísono contemplaron largo tiempo la Mona Lisa, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

—¿Por qué me has contado esa historia?

—Porque, de haber nacido entonces, creo que a Lisa del Giocondo la habrían reclutado para servir como vestal. Por eso la pinto, y por su sonrisa, por esa sonrisa.

Miguel Ángel dudó sobre las razones que le había explicado Leonardo, pero aquella fantasía, como otras muchas, tenía su propia lógica interna. Cayó un pesado silencio sobre el estudio y los dos artistas aprovecharon para llevarse las copas a los labios.

Después de beber, Miguel Ángel satirizó:

—Al parecer, tú y tu aprendiz, a diferencia de las vestales, andáis bien servidos de caricias.

—¿Te refieres a Salai?

—Sí, a ese efebo tan hermoso. Supongo que le haces el jueguecito por detrás que tanto gusta a algunos florentinos.

—¡Y cuántas veces! —corroboró Leonardo con indisimulada alegría—. ¿Pero por qué me miras así? ¿Acaso puedes culparme? Ten en cuenta que Salai es un joven bellísimo, ¡cómo renunciar a disfrutar de su hermosura!

—¿No te avergüenza confesarme tu pecado contra natura?

—¿Vergüenza? Al contrario, pues no hay nada más miserable que tener vergüenza de los propios sentimientos. No existe nada más digno de elogio entre los virtuosos. Debes saber que el amor masculino es producto de la virtud que, al unir a dos hombres mediante sentimientos tan profundos, consigue que estos vivan la juventud y la madurez con el más estrecho de los vínculos, por encima incluso de la verdadera amistad.

—He oído que hace algún tiempo te acusaron de sodomía.

Leonardo escrutó a Miguel Ángel de arriba abajo con una sonrisa cautivadora.

—Me acusaron de sodomía, no te lo negaré, y también a otros cinco hombres. Sucedió al poco de abandonar el estudio de mi maestro Verrocchio para abrir mi propio taller. Pero a nada me condenaron, pues retiraron los cargos.

—Tuviste suerte, porque uno de los acusados era pariente de la madre de Lorenzo de Médici.

Leonardo se encogió de hombros y añadió:

—Llevas razón, Miguel Ángel. Si me hubieran juzgado solo a mí, probablemente me habrían ahorcado. ¿Más vino?

15

Por fin, Miguel Ángel le planteó, con cierto grado de indignación, la pregunta que lo reconcomía por dentro:

—¿Por qué has mostrado hoy tu nuevo cuadro? Sabías que la presentación pública de mi escultura se celebra mañana. Respóndeme: ¿ha sido una acción premeditada? ¿Has obrado conscientemente con el único propósito de acaparar para ti todo el protagonismo y robarme el mío?

Leonardo se llevó la copa de vino a los labios y, con pasmosa tranquilidad, respondió:

—La vida está llena de grandes preguntas: ¿cielo o infierno?, ¿amor o atracción?, ¿impulso o razón?, ¿acción o dialéctica? Que hoy mis invitados hayan podido presenciar el retrato de Lisa es una mera casualidad, aunque para ti supong ...