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EL DESAPEGO ES UNA MANERA DE QUERERNOS

Selva Almada  

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Fragmento

Nota preliminar

Los relatos de esta edición fueron revisados por la autora.

Niños se publicó por primera vez en la Editorial de la Universidad de La Plata, en 2005. En 2007, la editorial Gárgola lo incluyó en el libro Una chica de provincia, al que pertenecen también las series de relatos “Chicas lindas” y “En familia”.

El relato “La muerta en su cama” es una reescritura de “La chica muerta”, que formó parte de Una chica de provincia.

“El desapego es nuestra manera de querernos” —de “En familia”— fue publicado por primera vez en la revista Casa, de Casa de las Américas, Cuba, 2006.

Intemec fue publicado anteriormente por la editorial electrónica Los Proyectos, en 2012.

“La mujer del capataz” formó parte de la antología Una terraza propia. Nuevas narradoras argentinas, Editorial Norma, 2006.

“El incendio” formó parte de la antología chilena La última gauchada. Narrativa argentina contemporánea, editorial Aquilina, 2014. El nombre de uno de los protagonistas fue modificado en la presente edición.

“Alguien llama desde alguna parte” fue publicado anteriormente bajo el título “El llamado”, por la revista electrónica Cuatrocuentos, en 2011. Y traducido para la antología alemana Die Nacht des Kometen, Edition 8, 2010.

“La camaradería del deporte” formó parte de la antología De puntín. Los mejores narradores de la nueva generación escriben sobre fútbol, Editorial Mondadori, 2008.

“Un verano” fue publicado en la revista Acción, en julio de 2012; y en el Suplemento Verano del diario Página 12, en enero de 2015.

“El regalo” formó parte de la antología Timbre 2, Editorial Pulpa, 2010.

“El dolor fantasma” fue publicado bajo el título “El reflejo”, en la revista La mujer de mi vida, octubre de 2013.

“Off side” formó parte de la antología Las dueñas de la pelota, Editorial El Ateneo, 2014.

“Los conductores, las máquinas, el camino” formó parte de la antología Verso y reverso, Editorial No Hay Vergüenza, 2010.

NIÑOS

Para Andrés, por la infa|ncia y los veranos. Para Valentín que nos cuida desde el Ciel y para Alexia que nos cuida en la Tierra. Para Santino y Fermín, los niños ahora.

1

Niño Valor nació diez días después que yo, en el mismo hospital. Lo nombraron como me hubiesen nombrado de haber sido varón. Lo vistieron con la ropa celeste que mi madre había tejido para mí. Su madre y la mía son hermanas.

Para jugar, nos vestían igual y les decían a los desconocidos que éramos gemelos. Para seguir jugando, nos cambiaban la ropa y les decían a los conocidos que él era yo y que yo era él.

2

La cabeza flotaba en la espuma de tules. Parecida a la de un santo. Y según como se la mirase, parecida a la de una novia envuelta en su velo.

Los ojos dormidos, la boca floja sin dientes ni palabra, las mejillas hundidas con la piel pegada a los carrillos.

Se veía tan independiente, perfectamente recortada, que por un momento pensé que estaba separada del cuerpo.

Para poder mirarlo de cerca, Niño Valor y yo nos pusimos en puntas de pie y nos agarramos del borde del féretro con sumo cuidado, temerosos de que el menor movimiento fuese a derramar la muerte y nos salpicase los zapatos nuevos, los zoquetes blancos, las ropas de cumpleaños.

Nunca habíamos visto un muerto de verdad.

Temprano habían despejado el comedor de la hermosa casa de José Bertoni, lavado el piso, arrumbado todos los muebles en el dormitorio y quitado los cuadros de las paredes para que las mujeres de las estampas dudosamente orientales no alterasen la sobriedad de la sala. Sólo quedaron en dos hileras de tres, las seis sillas del juego de fórmica.

Era verano.

La manzana quedó sin flores. Las vecinas caían abrazadas a los ramos. Rosas, hortensias, malvones. Cubiertos los escotes con la mantilla azul de las glicinas. Oculto el pellejo de los cogotes tras las varitas de retama florecida. Sucias las faldas de hojas y espinas y cabos y pétalos sueltos; el olor de los sobacos mezclado al de las flores y el incienso. Nada excitaba tanto su generosidad de jardineras como un velorio en ciernes.

Enmudecieron todas las radios y televisores de la cuadra, el afilador de cuchillos dejó de soplar su silbato. El runrún de las avemarías salía por las puertas y las ventanas abiertas ganando la calle como una manga de langostas. Hasta los perros fueron mandados a cucha y obligados a callar. Sólo los gorriones siguieron con sus cosas, chillando, apareándose en los cables de la luz y revolcándose en la tierra suelta de la calle.

Se estaba velando a un hombre en lo de José Bertoni y todos estábamos de duelo.

De cuando en cuando la Cristina, hija del difunto y novia jovencísima de José Bertoni, se arrastraba hasta el cajón, apenas sostenida por sus fuerzas, y derramaba la catarata negra de su pelo sobre el sudario blanco de su padre. Presurosas acudían las vecinas a sacarla, tironeándola de los hombros, de los brazos, y casi en vilo la llevaban a su silla y le daban cucharitas de agua con azúcar para devolverle el alma al cuerpo.

Estaba preciosa la Cristina con el vestido negro que le prestó mi madre y que le quedaba chico. Los pechos grandes a punto de caerse del escote. Era una doliente hermosa y patética: desarreglada la oscura cabellera, las ojeras pronunciadas, brillantes las pupilas arrasadas por el llan

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