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EL EJéRCITO INVISIBLE

Ricardo Monsalve  

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Fragmento

Índice

CUBIERTA

PRIMERA PARTE LA CÁRCEL

1. HÉCTOR

2. OVALLE

3. LOS DEMÁS

4. LA LECCIÓN DE CARVAJAL

5. LA NOCHE DE LOS CONJURADOS

6. ESA NOCHE, DE REGRESO

7. EL DÍA QUE SIGUIÓ

8. CUATRO MISERABLES DÍAS

9. UN DISCURSO EN LA OSCURIDAD

10. LA REVOLUCIÓN TRAICIONADA

11. EL DESTINO DE LOS OTROS

12. EL PRISIONERO BALTASAR

13. LOS PERIPATÉTICOS

14. EL PAN AJENO

15. OH, FORTUNA

16. LA LOCURA DE OVALLE

17. IN ANGULO CUM LIBRO

18. LOS CIMIENTOS DEL PALACIO

19. EL GRAN CONSPIRADOR

20. UNA VISITA

21. REGRESO

22. LA NOCHE ANTIGUA

23. EL SOL SILENTE

24. UNA BODA

SEGUNDA PARTE. LAS ARMAS INTERIOR EL EJÉRCITO INVISIBLE.INDD 129

1. OBSCUROS

2. EL PERSEGUIDOR

3. EL OLMO TALLADO

Recibe antes que nadie historias como ésta

4. OSVALDO SUEÑA

5. AL INTERIOR DEL VAGÓN

6. ANTES DEL ALBA

7. ÓSCAR

8. COMO PEDRO POR SU CASA

9. EL BUQUÉ DEL CAPITÁN

10. DOS HOMBRES LIBRES CONVERSAN

11. VICTORIA

12. LAS CARTAS DE HÉCTOR

13. FUROR

14. RUZ Y SOSA

15. EL NACIMIENTO DE UN FANTASMA

16. LA NIEBLA

17. LOS QUINCE MIL DURMIENTES

18. HÉCTOR, PINTOR

19. HISTORIA DE UN SUEÑO RECURRENTE

20. EL TREN

21. EN LA CASA DE SEGUNDO

22. LAS ARMAS

23. EL SITIO

24. EL CIELO ESTABA AÚN ESTRELLADO

TERCERA PARTE. EL SITIO DEL CORAZÓN INTERIOR EL EJÉRCITO INVISIBLE.INDD 283

1. MAESTISSIMUS

2. EL DESTINO DE LOS DEMÁS

3. LA LOCURA DE HÉCTOR

4. CÁRDENAS

5. DESPEDIDA

6. BIENVENIDA

7. SE DESATA UNA TORMENTA

8. EL CERTAMEN

9. LA HISTORIA CON QUE RESPONDIÓ HÉCTOR

10. LA HISTORIA DE OVALLE

11. LOS DOS MUERTOS

12. CUATRO EN LA POSADA

13. LA PRIMERA COLUMNA

14. ANDRESITO

15. EL HACEDOR DE TRAGEDIAS

16. 4 DE DICIEMBRE DE 1978

17. EL LUGARTENIENTE

18. EL COMANDANTE ANDRÉS

19. EL EJÉRCITO INVISIBLE

20. SU EXCELENCIA

21. EL ASALTO

22. CAOS MÓLOTOV

23. EL PUEBLO UNIDO

24. EL SITIO DEL CORAZÓN

CRÉDITOS

Para Francisca Ripoll

PRIMERA PARTE

LA CÁRCEL

1

Héctor

Una mañana de abril de 1975, un consejo de guerra condenó a Héctor a veinticinco años de cárcel. Una semana más tarde, la corte envió un oficio al presidiario con la transcripción de la sentencia. Héctor terminó de leerla y se la devolvió al emisario agradeciéndole su visita, se puso de pie rápidamente y volvió a su celda escoltado por dos funcionarios de Gendarmería. En el camino, se prometió jamás cumplir la condena.

Dos años y medio más tarde, en la madrugada del veinticinco de diciembre de 1977, el recuerdo de esa promesa desvelaba a Héctor en una de las celdas de castigo de la Penitenciaría de Santiago. Una y otra vez, como en un cine rotativo, su fuga se le presentaba en la imaginación como la primera escena de un drama cuyo único final posible era el asesinato del general Augusto Pinochet.

Pese a las semanas de aislamiento, aquella fantástica primera escena no era ninguna alucinación: en pocos días, durante la víspera de Año Nuevo, Héctor escaparía.

Acompañado por este secreto, velaba sentado en el suelo, con la espalda y la cabeza apoyadas en la pared y la vista perdida en la oscuridad azul de la celda. A su lado había un colchón deshecho e inmundo, como un animal en descomposición. Al otro costado, en la entrada sobre una puerta de hierro, había un pequeño tragaluz abarrotado, que dejaba entrar en pequeños rectángulos la luminosidad del pasillo. Bajo este haz de luz y con el dedo apenas apoyado sobre una de las baldosas del piso, Héctor trazaba palabras sueltas, escribiendo una letra sobre otra.

En esto se entretenía cuando oyó un tintineo de llaves afuera del calabozo. Cuando se abrió la puerta, la luz iluminó las paredes y sus escritos, como si de pronto se hubiese abierto un libro por la mitad. Al ver las figuras más allá del dintel, pasó la mano por sobre la última letra de su palimpsesto y se incorporó sacudiéndose los pantalones. Sin esperar a que se lo ordenaran, salió al corredor. Los carceleros lo llevaron entonces por el pasillo hasta salir al Óvalo, el enorme octágono del patio principal. Los tres hombres lo escoltaron bajo la luminosidad cegadora de la mañana hasta llegar a las puertas de la Calle 6. Segundos después de cruzarlas, el prisionero oyó que la reja volvía a cerrarse a sus espaldas.

Héctor caminó por el centro de la calle sin prestar atención a los internos, y no se detuvo hasta dar con la puerta de su celda. Sentado en el escritorio encontró a Ovalle hojeando uno de sus libros. Cuando este vio a su amigo atravesando el umbral le apareció una sonrisa en el rostro y de inmediato devolvió el libro al hueco que le correspondía entre los demás. «Héctor», dijo entonces, mientras comenzaba a levantarse. Al pasar junto a Ovalle, Héctor le puso una mano en el hombro para evitar que se pusiera de pie, y siguió caminando hasta su cama donde se tendió de frente al muro.

Con la sonrisa intacta, Ovalle intentó de nuevo: «amigo...», pero tampoco hubo respuesta. Héctor se quitó los lentes y, plegando su grueso armazón negro, se los acercó al cuello, protegiéndolos. Ovalle esperó unos segundos sin decir nada. Luego, con un timbre dramático, creyendo pronunciar un pase mágico, sentenció: «¡Venceremos, compañero!».

Héctor no contestó. Pero la consigna sonó en sus oídos como una dulce canción de cuna, y a los segundos se quedó dormido.

2

Ovalle

Ovalle salió de la celda y caminó por el patio en dirección a las puertas de la calle. Lo hizo con el paso de siempre, caminando pacíficamente, con la cabeza gacha y las manos tomadas tras la espalda, como perdido en una insondable meditación. Cojeaba de su pierna derecha, así que su cuerpo se balanceaba de un lado a otro como con cuidado, tratando de evitar el dolor que sentía en cada paso. Este ligero balanceo y su lentitud caracterizaban sus movimientos, los que sumados a una dulce mirada daban a su figura una inconfundible aura de docilidad.

La realidad, sin embargo, era muy diferente. Humilde técnico en calderas, Ovalle era, con seguridad, uno de los presos más peligrosos de la Penitenciaría. Pese a ser un hombre inteligente, sus ideas políticas eran poco elaboradas. Juraba ser un anarquista, pero no tenía otra convicción que el inquebrantable deseo de demoler el edificio de la sociedad. En esto coincidía con Héctor. Pero a diferencia de este, Ovalle no tenía planes para una sociedad destruida; su agenda se acababa en las ruinas, en los escombros de Chile. Lo que le importaba era prenderle fuego a Santiago una vez más; verlo derrumbarse en medio de las llamas y levantar del suelo las cenizas de sus oscuros cimientos para verlos desaparecer en el aire. Al menos así lo soñaba.

Para Héctor, más importante en Ovalle era su experiencia de trabajo con explosivos en las minas del norte. Verdadero sabio en la materia, Ovalle no solo sabía todo acerca de la historia, procedencia, componentes y usos de dichos explosivos: además podía construirlos. Héctor nunca supo ni quiso saber de dónde venía su arte. Lo que quería era tenerlo a mano para cuando se presentara la ocasión de contar con sus habilidades.

Por supuesto, nada de esto podía adivinarse al ver su sereno caminar.

—Buenos días, compañero —dijo Ruz al verlo entrar en su celda.

Ovalle alcanzó el respaldo de una silla como un náufrago se aferra a los restos de su nave y, girándola, se sentó dando un suspiro. Puso ambas manos sobre su rodilla imperfecta y la acarició, contento de que siguiera en su lugar. Recién entonces buscó con la mirada a los moradores: Sosa, el mexicano, venía bajando la escalera; Ruz estaba en cuclillas, al fondo de la habitación, devolviendo al fuego una tetera chamuscada; a Osvaldo no podía verlo. Este estaba en el segundo piso, echado de espaldas sobre su cama, con los ojos cerrados y sonriente, las manos tras la nuca y una pierna cruzada sobre la otra. Emma, su gata, dormitaba sobre su pecho.

—Soltaron a Héctor —anunció Ovalle sin rodeos.

—Lo vi pasar hace un segundo —contestó Ruz sentándose a su lado y mirándolo fijamente a los ojos—. ¿Cómo está?

Ovalle no respondió. Sosa le extendió una taza de café y se sentó detrás de Ruz.

—Bueno —continuó Ruz ante el silencio de Ovalle—, lo veremos más tarde.

El cojo se llevó el café a los labios pensando en las demás personas a las que debía informar. Tomaba la taza con ambas manos, como si hiciera frío. En realidad lo hacía así porque, siguiendo una curiosa circunvalación lógica, pensaba que de tener las manos desocupadas tendría que contestar.

—Esta noche podrías hablarle sobre el túnel —dijo Sosa a Ruz en voz baja—. Estoy seguro de que Héctor debe tener sus razones.

—Puede ser —respondió Ruz sin dirigirse a nadie. Luego fue a sentarse al escritorio, donde tomó el único libro que había sobre él y desapareció en su lectura. Sosa y Ovalle conversaron un rato; luego, el cojo anunció su partida.

—Hermano —le dijo Sosa en la puerta—, envíele mis saludos a Héctor.

Ovalle asintió y salió de la celda. Luego bajó la vista y echó nuevamente a andar en busca de los demás.

3

Los demás

Ovalle pasó la mañana informando al resto. Hacia el mediodía sintió que su misión estaba completa y, satisfecho, cojeó de regreso a su celda. Cuando entró tuvo la extraña sensación de volver a un lugar desierto: la pesada puerta de hierro, las sillas, las fotos y aun el aire parecían más inmóviles que de costumbre, como petrificados. Ante la mirada del humilde cojo, la más quieta de las figuras era la de Héctor leyendo junto al escritorio.

—Pensé que lo iba a encontrar durmiendo.

Héctor continuó leyendo hasta llegar a un punto aparte. Recostó el libro contra la cubierta de la mesa y pasó los dedos por el medio para marcar donde iba. Cuando vio que los hilos del cosido aparecían como puentes entre las mitades del libro, lo apartó.

—Desperté hace poco —le contestó a Ovalle pasándose las manos por la cara, como limpiándose el sueño—. No he podido acordarme dónde leí una frase.

—¿Qué frase?

—Una frase —y apuntó la vista hacia los lomos de sus libros.

—Amigo —le dijo Ovalle mirando el suelo y comenzando a renguear hacia el interior—, ¿cuándo va a aburrirse de leer?

Sus palabras eran de una franqueza luminosa y a Héctor le hacían gracia.

—Déjeme cortarle el pelo —agregó Ovalle, al ver en el cabello y la barba de su amigo que cuarenta días de castigo incomunicado no pasaban en vano—. Parece que viene saliendo de la selva.

—Vale. Gracias, Guatón.

La mayoría conocía a Ovalle por este sobrenombre, pero la verdad es que el epíteto era injusto. Era solo su rostro mofletudo, las piernas cortas, los pequeños brazos y sus manos siempre tomadas tras la espalda o en los bolsillos lo que le redondeaba la figura.

Ovalle fue hasta su cama en el altillo que habían construido para la celda. Entre las herramientas que tenía fondeadas, el prisionero dio con unas pesadas tijeras plateadas.

—Almorzamos en una hora —dijo mientras bajaba las escaleras.

Héctor se puso de pie y levantó su silla, a la espera de Ovalle. Entonces salieron al patio y se acomodaron afuera de la celda, justo encima de donde pasaba la canaleta del desagüe. La vida de la calle se desarrollaba con normalidad. Algunos presos caminaban conversando. Iban y venían desde la entrada hasta el fondo del patio, donde estaban la cocina y el lavadero. Otros simplemente se sentaban a fumar junto a sus celdas. Cuando Héctor y Ovalle salieron de la suya, había muy poca gente afuera y nadie parecía prestarles atención.

Justo antes de comenzar, Ovalle tomó la cabeza de su compañero con ambas manos y se puso a moverla de un lado a otro. La auscultaba como el cuerpo de un enfermo.

—¿Qué pasa? ¿Me encontraste un hoyo?

—Amigo —dijo el peluquero—, usted tiene una cabeza muy interesante.

—¿No’ cierto? —contestó Héctor animando las disquisiciones de Ovalle.

—Ya se lo he dicho antes: es la cabeza de un líder; la de uno de esos generales de la Segunda Guerra.

La sugerencia sedujo de inmediato a Héctor, quien se imaginó en un abrigo verde musgo, dirigiendo la resistencia en Moscú: en su mano imaginaria llevaba una pistola Tokarev.

—La verdad es que me habría encantado haber andado matando nazis —confesó relamiéndose. De niño había soñado con varias formas de esta cacería. Su versión preferida era una donde encarnaba a un intrépido piloto de la Real Fuerza Aérea británica, que lanzaba su Spitfire en picada sobre las grises líneas del avance alemán. Quizá cuántas veces habría evitado las baterías antiaéreas, disparado a los puestos de vigilancia y cortado las cadenas de abastecimiento; quizás cuántas veces habría incendiado su imaginación el soñarse perseguido por dos cazas Messerschmitt, en un cielo turbio de fuego y humo.

—¡Qué iba a matar nazis! Usted no tiene la cabeza de un soldado. La cabeza de un soldado —se explayó Ovalle poniendo una mano en la frente y la otra en la nuca de su amigo, como haciendo un molde— es más chica: en ella no puede haber espacio para la duda.

—Guatón... —repuso Héctor.

—Dígame.

—Si sé que soy cabezón.

—No, amigo, en serio: usted tiene la cabeza de un líder.

—Ya, Guatón.

Ovalle empezó a cortar de a mechones. Después de trabajar en silencio un buen rato, volvió al campo de las especulaciones.

—Yo creo que las formas de la cabeza dicen mucho de la personalidad de alguien.

—Lo mismo dice José Gall.

—¿Quién? —preguntó Ovalle creyendo que le hablaban de algún reo.

—José Gall —repitió Héctor—. El de la frenología.

—¿Y eso qué es? —replicó Ovalle sospechando que no era lo que él creía.

—Una ciencia. Qué importa: la cosa es que el señor Gall estaría de acuerdo contigo.

—Pero ¡si es evidente! Hay gente que tiene cara de mala y es mala.

—Pero eso es distinto po, Guatón.

—Es lo mismo.

En eso pasaron Claudio y Valeriano caminando por enfrente. El primero era un estudiante de Historia del Instituto Pedagógico; el segundo, uno de esos extraños habitantes del campo chileno: un humilde campesino analfabeto atrapado en el cuerpo pálido y rubio de un danés. Habían caído presos juntos en una expropiación de terreno dirigida por Carvajal, un viejo intelectual comunista al que ambos admiraban. Del grupo de Carvajal nunca se había oído nada después de su detención, así que la amistad con estos jóvenes era lo único que sobrevivía de sus incursiones revolucionarias. Ninguno de ellos, en todo caso, presentaba rasgos craneales particularmente reveladores. Como Ovalle vaciló al verlos, Héctor contraatacó:

—Una cosa es la forma de la cabeza y otra, las formas de la cara.

—Es lo mismo —repitió Ovalle entre tijeretazos—. ¿O me va a decir que Ruz tiene cara de santo?

La estocada de Ovalle era certera. Ruz era un rabioso líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR. Tenía un rostro pequeño, de ojos y cabello oscuros, pero de frente amplia y mentón afilado. También la nariz y la boca eran agudas, y cuando sonreía dejaba ver un bloque de dientes amarillos como la hoja de una cuchilla oxidada. Quienes sostenían su mirada podían sentirla acercándose, como si escarbara en lo que callaban. Había solo dos o tres cosas que uno podía imaginar al verlo por primera vez: o se trataba de un sacerdote con una compleja vida espiritual, o de un asesino que tiraba con suavidad y placer de las riendas de su locura. La tercera opción era la del caudillo. En el verano de 1974, Ruz había dirigido un asalto a una patrulla militar, asesinando a un subteniente del Ejército. Por esta acción, él y Sosa habían sido condenados a muerte por fusilamiento, pero más tarde se les había conmutado la pena por la de cadena perpetua.

Ruz era también un brillante ajedrecista. Acostumbraba jugar simultáneas de espalda a los tableros, sin tomar ni la más mínima nota. Esta singular cualidad, reveladora sin duda de un intelecto superior, le había granjeado el respeto de Héctor en mucha mayor medida que sus dotes de liderazgo.

—No, amigo —siguió Ovalle—. Yo creo que hay gente que de puro mirarla uno dice: A este hueón yo no lo sigo ni a cañones, y otra que uno dice —Ovalle detuvo las tijeras un momento para buscar las palabras— ...no sé. ¿Me entiende?

Héctor entendía, pero pensaba que la conexión era absurda.

—No sé, Guatón —dijo el cliente mientras el peluquero lo acomodaba empujándole suavemente la cabeza hacia adelante. Con el mentón pegado al pecho Héctor agregó con dificultad—. He visto de todo.

En eso comenzaron a oírse gritos y silbidos a lo largo de la calle. Las palabras venían mezcladas con risas y eran apenas inteligibles. Héctor no podía levantar la cabeza para mirar qué pasaba, pero tampoco necesitaba hacerlo. La hora del día y una sola palabra anónima descifrada entre el griterío eran suficientes para adivinar lo que estaba pasando.

—¡Buenas, burgués!

Héctor sonrió desde su incómoda posición e imaginó el cuadro con perfecto detalle: a lo lejos había aparecido la esbelta figura de Osvaldo, un moreno alto y apuesto, de grueso bigote y rostro radiante. Con toda seguridad, caminaba bajo esta lluvia de burlas con cierto paso alegre, con un ritmo coqueto tal vez tomado de la radio. A Héctor le bastaba el recuerdo de su perenne sonrisa flotando hacia el fondo de la calle para que el resto de Osvaldo y toda la imagen se le aparecieran por añadidura: una delgada bata blanca, un par de pantuflas, una toalla doblada sobre el antebrazo, el cepillo de dientes y varias lociones. Imaginar a Osvaldo y su sonrisa era contemplar toda la escena, incluidos los gritos.

Pero era otra imagen la que permanecía en la cabeza de Héctor al pensar en Osvaldo. En agosto de 1973 lo habían nombrado interventor en uno de los aserraderos de la zona de Valdivia. Por supuesto, Osvaldo, hasta entonces un joven profesor de Historia en Santiago, no entendía nada de madera, de sierras, ni tampoco de administración de ningún tipo. Pero la gracia del Partido Socialista lo había transformado de la noche a la mañana en un promisorio dirigente político, con una misión clara en el concierto del poder popular. Dos días después del golpe, Osvaldo fue detenido en una cabaña abandonada en los bosques de Neltume. A la captura siguieron los interrogatorios de rigor. Pero identificado como el líder y administrador del aserradero, los militares decidieron tomarse ciertas libertades antes de enviarlo de regreso a Santiago y, haciendo gala de su mentada rigurosidad prusiana, procedieron a sacarle una por una las diez uñas de los pies.

Así terminaba la alegre escena del baño de Osvaldo en la cabeza de Héctor.

—Este hueón debe creer que está en un hotel —dijo Ovalle mientras cortaba sobre la nuca de su amigo—. Yo no sé si podamos irnos con gente así.

Con los gritos y la imagen de Osvaldo todavía latentes, Héctor pensó en el resto de los integrantes de su banda. En algún lugar de la calle, pensó, estarán Cárdenas, Maldonado, Robinson y Blaset. Imaginándolos a todos juntos, dispuestos en formación de combate, Héctor se preguntó cómo era que gente así podía seguirlo.

Cárdenas era un albañil de Aysén, el más blasfemo que se pueda imaginar. Como de niño había servido de monaguillo, odiaba todo lo que dijese relación con la Iglesia y en particular con los sacerdotes, por lo cual jamás perdía la oportunidad de hablar pestes hasta de la más insignificante y benigna autoridad eclesiástica. Tampoco escapaban a sus injurias las legendarias figuras bíblicas, cuyas historias torcía para deleite de quien lo acompañara trabajando o con una taza de café. Por supuesto, su víctima predilecta en esta esfera era la Virgen María: por sus partes pudendas solía jurar e incluso obligarse en contratos laborales.

Cárdenas era también obrero, carpintero, capataz, gásfiter y artesano, y se había pasado todos los días de su vida trabajando. Usaba unos lentes grandes, café claros, que junto al grueso bigote entrecano y un cigarro colgando de los labios, formaban un todo inseparable. Fumaba el cigarro como hablándole entre dientes, y nunca lo tocaba con las manos. Nadie lo veía nunca encender sus cigarros, pero sí tirarlos, así que Ovalle alguna vez había sugerido que el carpintero los sacaba ya encendidos de su boca. Héctor sentía una admiración sincera por sus talentos artesanos, en los que él mismo era notablemente inútil. Cuando hacia el atardecer la mayoría de los presos dejaba de trabajar, se quedaba oyendo las historias que Cárdenas contaba sobre la construcción de barcos en el sur, lo que colmaba su imaginación de viajes imposibles y lo distraía de sus reflexiones filosóficas.

Maldonado y Blaset, por su parte, eran marinos. Habían participado en los preparativos para detener el alzamiento militar en Valparaíso, donde fueron capturados. Sin embargo, Blaset sentía mayor afinidad con Robinson porque este era, a diferencia de Maldonado, un combatiente. Para Blaset, un marino democrático, Maldonado era solo un civil trabajando para la Marina; alguien que no estaba dispuesto a morir por la patria, mucho menos por la Unidad Popular; en definitiva, alguien en quien no se podía confiar. Robinson, en tanto, era un joven estudiante de Ciencias Políticas, fuerte y atlético. Como Héctor, pertenecía al aparato militar del Partido Socialista, en el que operaba bajo las órdenes de Camus. De allí que hablara siempre en términos bélicos y disfrutara la idea de imaginarse con un rango militar. La historia de su captura había seducido a Blaset y desde entonces se habían vuelto inseparables. Lo habían detenido en La Legua, poco después del golpe. Mientras lo trasladaban al Ministerio de Defensa había golpeado a los dos soldados rasos que lo escoltaban en un furgón, y corrido desaforadamente por las calles del centro de Santiago, hasta que la bala de un fusil de guerra lo atravesó desde un costado, dejándolo malherido por un par de meses en el hospital de la Fuerza Aérea.

Al ponderar las diferentes historias y personalidades de sus compañeros, Héctor concluyó que ya era tarde para ponerse a temer la infinidad de cosas que podían salir mal en la fuga. Una idea, sin embargo, se quedó con él, llenándolo de pesar. Por meses había evaluado la cojera y lentitud de Ovalle, sin hallarles solución. Después de mucho rumiar esta complicación, había acabado por aceptar la imposibilidad de sacar a su amigo y la necesidad de dejarlo.

Al fin desapareció la figura de Osvaldo viniendo desde los baños y el silencio volvió a la calle. Por un segundo, el momento le pareció propicio a Héctor para enfrentar el problema.

—Guatón... —comenzó a decir con aplomo. Ovalle detuvo las tijeras al instante y se inclinó a un lado de Héctor para oírlo mejor.

—¿Qué pasa, amigo?

Héctor esperó un momento y dio un largo suspiro.

—Nada, no me vayái a cortar una oreja nomás.

Ovalle se inclinó un poco más y repuso:

—Loco, pero no hueón.

Al levantarse, lanzó un tijeretazo tan rápido junto al oído de su amigo que Héctor imaginó el mordisco de las tijeras como el de dos lunas menguantes. A pesar del sorpresivo chirrido, no se movió un centímetro.

4

La lección de Carvajal

Claudio se echó hacia adelante en su silla y asintió para darle a entender al viejo Carvajal que seguía su argumento.

—Los poetas siempre mienten —decía este—. Y no lo digo yo, lo dice Platón, y mejor lo dice Dostoievski. Aunque a mí también me consta.

Claudio no había leído a Platón ni a Dostoievski, pero asintió de nuevo para que Carvajal continuara. Este pasó a dictar una breve clase sobre uno de sus temas favoritos: las mentiras de Homero. Despotricó contra el ingenioso Ulises, a quien no solo cuestionó su prudencia sino también acusó de esposo infiel, mal padre y un general cobarde, que hizo de todo con tal de no ir a la guerra, hasta fingirse loco. Acusó también al rubio Aquiles de este último cargo, recordando su escape a Esciro, donde se vistió de mujer cuando vino la leva. Su acusación central iba contra los caudillos griegos, a quienes condenó como ladrones y piratas apatotados. Por último, alegó que el robo de Briseida y la consecuente ofensa de Aquiles no solo eran la peor sinvergüenzura —tan merecedora de loa poética como una quitada de droga entre narcotraficantes—, sino que además constituían el robo fundador de la tradición poética burguesa. En esto seguía a Engels.

Ni siquiera la abnegada Penélope se salvó de sus dardos revisionistas:

—La esposa fiel. ¡Otra mentira! ¿Acaso nadie se acuerda que cuando volvió Ulises ella iba a casarse con uno de los pretendientes? Bueno, ¿era fiel o no era fiel? ¡El perro era fiel!

Claudio se imaginó a Ulises tomado de las manos con su perro en una ronda y sonrió desproporcionadamente. Cuando notó que el expositor parecía de verdad molesto con las incongruencias de Homero, se puso serio y dijo:

—Además, los griegos no son ni rubios...

—¿Cómo? —preguntó el viejo tras un momento, quizás sin haber oído la réplica del pupilo.

—Que cómo va a ser prudente alguien que va a la guerra —repuso Claudio sin pensar lo que decía.

Carvajal se quedó callado un segundo, lo que impacientó al joven forzándolo a agregar algo más.

—No me imagino al Che disfrazándose o arrancándose.

El viejo comunista ignoró lo que había dicho Claudio y continuó:

—Pero ¿me entiende?

El joven asintió una vez más, aliviado de no tener que seguir explicándose.

—El punto es que, si es natural desconfiar de las personas, con mayor razón de los poetas, que ya desde el principio se esconden para decir lo que piensan. Ni siquiera los que escriben confesiones o autobiografías son capaces de decirse la verdad. Esto lo enseña muy bien Dostoievski: no puede creerle a los poetas, y menos respetar su autoridad. Si Voltaire lo hubiese hecho, nunca habría dicho que Ercilla era mejor poeta que Homero.

Los nombres de Homero, Ercilla y Voltaire le sonaban a Claudio a ideas puras, como unos bloques delineados a la perfección que se acomodaban solos dentro de su cabeza. En realidad, jamás los había leído, pero cuando oía al viejo pronunciar sus nombres sentía que podía imaginarlos con la misma nitidez con la que imaginaba al Che.

—¿Me entiende, hijo? Hay que leer con cuidado y... solito.

Claudio miró a Carvajal a los ojos y asintió de nuevo, esta vez tan serio y sereno que el fin de la conversación se dio por sobreentendido. El viejo sonrió saliendo del trance oratorio.

—¿Qué horas tiene?

—Van a ser las cinco —contestó Claudio mirando su reloj.

—Bueno, dejémoslo por hoy.

El joven se apuró a ponerse de pie. En sus manos tenía un viejo libro en cuyo lomo se leía Los humildes.

—Muchas gracias, don Elías —dijo agitando el libro—. Se lo devuelvo apenas pueda.

—No se preocupe. Venga a verme cuando lo termine.

—Muchas gracias.

—Qué agradece —dijo el viejo y sonrió desde su silla.

Claudio se encaminó hacia la puerta. Al abrirla se topó de frente con los ojos celestes de Valeriano, quien venía a buscarlo. Ambos se despidieron de Carvajal y salieron a un día todavía luminoso.

El anfitrión descansó en su silla, distrayendo la mirada con los títulos de sus libros. Eran muchos. Todos tenían en común ser de autores rusos, los únicos que Carvajal todavía leía, haciendo gala de un rigor que desafiaba al soviético más fanático. Algunos de sus amigos que vivían en la clandestinidad le hacían llegar los libros por medio de sus familiares, creyendo aplacar la pena de su reclusión al suministrarle de cuando en cuando uno que otro goce intelectual.

Elías Carvajal era un viejo abogado aysenino. En los años treinta y cuarenta había participado en las campañas de radicales y comunistas, quedándose al final con estos últimos. A fines de 1948, tras su incondicional apoyo a González Videla, terminó exiliándose en Buenos Aires, de donde no hubo de regresar sino hasta la tercera campaña de Allende, en 1964. De esos años porteños le había quedado un ligero acento, que se diluía en su cantadito sureño.

Carvajal, que en cada debate público representaba religiosamente la postura oficial del Partido, era el único comunista del grupo de Héctor. Este sentía un gran respeto hacia el viejo, más que todo por su edad.

Después de un rato mirando sus libros, Carvajal se topó al fin con un título que le interesó lo suficiente como para moverse y sacarlo de entre una pila. Pasó las páginas hasta dar con el índice de materias y allí se quedó, estudiando las extensas descripciones de los capítulos. En eso estaba cuando oyó voces en el patio. El viejo supo de inmediato de qué se trataba, pero se levantó de todas maneras. Se paró junto a la puerta y la abrió para mirar. La guardia de Gendarmería caminaba desde las puertas de la calle hacia el interior, llamando a la gente a entrar en sus celdas. Los presos iban obedeciendo sin pesadumbre, casi sin interrumpir lo que estaban haciendo. Una vez dentro, un gendarme cerraba la puerta pasando el trabador. El sonido del doble golpe metálico era inconfundible y marcaba con dos opacas campanadas el comienzo ficticio de la noche.

Al rato llegaron hasta su celda. Cuando vieron al viejo parado junto al marco de la puerta, uno de los guardias dijo «éntrese», quitándole con delicadeza el canto de la puerta de entre las manos. Mientras caminaba de regreso a su silla, Carvajal oyó los dos pesados golpes de la traba metálica tras su espalda. Se sentó junto a la mesa y levantó el libro. Volvió a encontrar las páginas del índice y con toda normalidad retomó su lectura, sin prestar atención a lo que sucedía afuera. Así se distrajo por cerca de una hora, al cabo de la cual un pesado silencio estaba ya instalado en toda la prisión.

Poco después comió. Lo hizo con frugalidad, como de costumbre, y en un silencio monacal que llegaba a hacer vibrar los objetos dentro de la habitación. Cuando terminó, encendió la luz junto a su cama y leyó hasta dormirse.

Despertó a eso de la medianoche. Se quitó el libro de encima y se sentó en el borde de la cama mirando hacia la puerta. De inmediato recordó la conversación de esa tarde con su pupilo y, repasando el detalle de su diatriba, lamentó haber contradicho las opiniones de sus admirados rusos, en particular las de Gógol. A los pocos minutos de iniciado este ejercicio, oyó un ligero chirrido metálico del otro lado de la puerta. El ruido se extendió por un instante y luego se detuvo.

Como un fantasma, la puerta comenzó a abrirse sin el más mínimo sonido.

5

La noche de los conjurados

Ruz entró en la celda de Carvajal como si hubiese venido escapando, en silencio y agazapado. Detrás venía Héctor. El último era Robinson, quien después de entrar de rodillas, cerró la puerta con ambas manos sobre la hoja metálica, como adorándola. Del bolsillo trasero del pantalón tomó un alambre y lo sacó por la rendija para volver a echarle llave a la puerta. La técnica estaba bien difundida. Como las celdas de los presos políticos quedaban cerradas sin candado bastaba quitar el pasador para volver a abrirlas. Eran dos movimientos de fácil coordinación, uno hacia arriba y otro hacia el lado. Robinson había perfeccionado la técnica a tal grado que nadie se atrevía a disputarle la labor.

Cuando terminó, se dio vuelta con una sonrisa satisfecha esperando el reconocimiento de la compañía. Su esperanza tardó poco en disiparse.

—Buenas noches, don Elías —dijo Héctor rompiendo el silencio.

El viejo contestó el saludo invitando a los visitantes a sentarse. Héctor esperó que todos se acomodaran para tomar su lugar. Luego comenzó a hablar en voz baja, con tono muy pausado pero categórico.

—La cosa va, sí o sí. No hay ningún cambio y no volveremos a juntarnos. Esta reunión fue un error.

Ruz se inclinó hacia el centro del grupo.

—La reunión estaba acordada...

—Y aquí estamos —contestó Héctor sin perder la serenidad. Después de una pausa, continuó—: Nos vamos el sábado. Todos saben lo que tienen que hacer. Si surge un imprevisto, me lo hacen saber con el Guatón. Gendarmería está rara. Júntense solo en los talleres o para comer... y máximo de a dos. No más. ¿Estamos claros?

Los presentes expresaron su acuerdo con una sola mirada cómplice.

—Héctor —empezó Robinson—, Blaset me dijo que no se sabía qué iba a pasar con el hoyo, y que él tenía que saber porque esas cosas no pueden improvisarse.

Héctor ignoraba a qué se refería exactamente Robinson, pero intuyó que estaba relacionado con lo que Ovalle había escuchado en la celda de Ruz.

—Entiendo que había algo que querías discutir conmigo —le dijo a este último.

Ruz sonrió creyendo insolente el tono de su camarada y adivinando el origen de la información.

—Hay que cerrar el túnel —respondió—. Si lo descubren nos van a alcanzar de inmediato. Si lo cerramos al menos tendrán que detenerse para ver primero de qué se trata. Estarán desconcertados. Ganamos tiempo.

—Si nos detenemos a cerrar el túnel perdemos tiempo —contestó Héctor enfatizando su «perdemos» con el índice derecho enarbolado con seguridad—. Si se corta la luz, si falla la ventilación, qué se yo, lo que sea, no paramos: seguimos hasta salir.

—Sí, pero si descubren a uno saliendo caemos todos.

—Vamos a tener que correr el riesgo. El peligro de que nos pillen siempre va a estar. Además, no sabemos cuánto se demoraría Blaset en cerrarlo.

—Dice que un par de minutos —interrumpió Robinson—, que es cuestión de asegurar por dentro la tapa.

—Igual —dijo Héctor—, no podemos.

Robinson pestañeó como si hubiese estado soñando despierto.

—No, si... yo preguntaba porque no sabíamos si íbamos a dejar abierto para los otros compañeros.

Héctor asintió, pero su silencio dejó entrever que la discusión estaba zanjada.

—El resto no puede depender de nosotros —continuó Ruz—. Si se alarga la cola de la gente saliendo se hace más probable que nos capturen a todos. No sabemos qué clase de jaleo pueden armar al darse cuenta de que hay un túnel. Esa posibilidad pone todo en peligro.

Héctor se daba cuenta de que los resquemores del todavía sonriente Ruz tenían asidero. Pero su frialdad le molestaba de un modo irracional y la discusión, en cualquier caso, debía terminar.

—El túnel queda abierto —sentenció, y Ruz envainó su sonrisa—. No volveremos a discutirlo —subrayó—. Así que si alguien quiere decir algo que hable ahora. Es la última vez que nos reunimos.

La urgencia de las palabras de Héctor hacía su autoridad aún más persuasiva.

—Díganles a todos que salimos, sí o sí. Y ahora vámonos, ya se ha alargado demasiado esta reunión.

La gente se puso de pie aprobando la medida y fue preparando el silencio que necesitaban para salir. Robinson se aproximó a la puerta y volvió a arrodillarse junto a ella como si fuera una caja fuerte. Héctor se dio vuelta y se dirigió al viejo comunista.

—Buenas noches, compañero. Nos vemos el año que viene.

6

Esa noche, de regreso

Héctor oyó cómo cerraban la puerta de su celda desde fuera. Cuando estuvo cerrada, Robinson abrió la mirilla metálica y acercó la boca al hueco circular.

—Buenas noches, compañero —dijo y volvió a cerrar la mirilla dándole un golpe seco.

El silencio de la celda se deshizo con el descenso de Ovalle desde el altillo.

—Pensé que se iba a demorar más —confesó mientras se sentaba trabajosamente en el primer peldaño de la escalera—. ¿Pasó algo?

—No, Guatón. Todo está bien.

—¿Y por qué volvió tan temprano?

—No había nada más que conversar. Están nerviosos. Eso es todo.

Héctor puso su vieja casaca verde oliva en el respaldo de la silla.

—Nada de hueás —siguió Ovalle—. Ya es tarde para ponerse nerviosos. ¿Y qué hacemos si estos hueones tiran el poto pa’ las moras?

—No te preocupís, Guatón. No es eso.

Héctor caminó hasta a la mesa, tomó los libros que estaban encima y los puso entre los demás. Agarró el borde de la mesa y la levantó, plegándola hacia la pared. Sus movimientos describían una rutina solemne, casi ritual. Luego se acercó a la repisa y, descansando las manos en la cintura, recorrió con la mirada los títulos de los libros. De pronto tomó uno no muy antiguo pero maltrecho, y lo abrió al comienzo. La primera frase se metió completa en la cabeza de Héctor sin necesidad de que terminara de leerla:

Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces.

A Ovalle le parecía ver a Héctor frente a un nicho del Cementerio General, cambiando un ramo de flores muertas junto a las fotos del difunto.

—No se preocupe, amigo, no los pienso tocar.

—Puta, ¿por qué no los leís, mejor?

—No —contestó Ovalle alargando la «o» en un suspiro que se volvió risa—. Usted sabe que no tengo cabeza pa’ eso.

Después de bajar las escaleras fue a pararse junto a Héctor.

—Capaz que se los vengan a sacar. Si quiere le escondo alguno.

Héctor, que no había pensado en esa posibilidad, se quedó evaluando la oferta. Su biblioteca tenía unos cuarenta volúmenes. Una cantidad de ellos venía de la Biblioteca de Gendarmería, ubicada entre la escuela y el pabellón de incomunicados y atendida por un viejo profesor de Castellano. Los que de allí venían eran viejos volúmenes de mediados y fines del siglo diecinueve y algunos de las primeras décadas del veinte. Para sorpresa y maravilla de Héctor, lo más selecto entre sus textos venía de las propias prensas de Gendarmería. Una vez publicados, la Penitenciaría se quedaba con parte de ...