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EL FUTURO ES UN LUGAR EXTRAñO

Cynthia Rimsky  

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Fragmento

En vez de marcarla con un hierro candente, incrustarla en un casillero o cartilla biográfica, llenar una ficha antropométrica o dibujar su retrato hablado para garantizar que ella es quien pretende ser y a quien la justicia presume reconocer, el funcionario llevó el pulgar de la Caldini a la almohadilla e imprimió su huella en la citación y luego le pasó un pañuelito desechable aunque el ácido acético no dejó mancha alguna en su piel.

Los sucesivos emplazamientos judiciales, con su nombre y el de Rocha encadenados por la acusación, quedaron entre las boletas de la luz, el agua y el teléfono. De haber permanecido una gota de tinta azul en su pulgar, no hubiese olvidado inmediatamente la obligación de presentarse al juzgado para dejar asentado que la de ellos era una ruptura como la de tantas parejas y que no correspondía un juicio, pero las citaciones fueron a dar al basurero entre las boletas de la luz, el agua y el teléfono, y cuando ingresó a la aduana para abordar el avión que la llevaría a Buenos Aires, le informaron que tenía una orden de arraigo por no presentarse al tribunal.

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—Eso no se hace, por ningún motivo se recibe una citación judicial y menos se pone la huella digital, la cagaste, le dijo la abogada.

—Jamás se me pasó por la cabeza que un abogado iba a seguir la locura de Rocha, le replicó.

—¿Y de qué crees que vivimos?, se sonrió la abogada abriendo sus labios anaranjados para mostrar dos aguzados colmillos.

La Caldini había visto a la abogada por primera vez en los años 90, cada vez que bajaban con Rocha al restorán del italiano la encontraban con las ropas torcidas y el pelo en desorden, como si hubiese atravesado un huracán; mientras sus compañeros de mesa se iban desplomando sobre el whisky, ella pedía a gritos más. Intrigada por su figura, la Caldini averiguó que alguien importante la había traicionado y estaba sin trabajo ni dinero, aunque nadie supo describir el origen de aquella decepción. De ese trance le quedó el pelo ralo, las órbitas de los ojos hacia fuera y unos minúsculos puntos sanguinolentos, recuerdo de las venillas que explotaron en aquellas noches de exceso.

Su oficina en el paseo Bulnes tenía un recibidor con una mesa para una secretaria que no existía, una oficina con una ventana que miraba a un patio ciego por la que se empinaba a fumar, y un baño en el que de vez en cuando aparecían, en la tina, platos y una sartén.

—Cuando aceptas una notificación judicial, inmediatamente pasas a ser imputable. ¿Tienes idea de lo que es eso?, le preguntó en esa primera reunión.

Supuso que nada bueno.

—Significa que aceptas las consecuencias del fallo que emita el tribunal, cualquiera sea, subrayó con placer.

La noche anterior a la audiencia, la Caldini observa, desde la ventana de su departamento, a la madre soltera que se embarazó del dueño del pequeño almacén, que en breve morirá del corazón, dejar la bolsa con su basura a los pies de la falsa acacia bajo la cual, desde el terremoto del 27 de febrero, se escucha día y noche un extraño murmullo parecido al de las aguas subterráneas. El rumor que corre en el vecindario es que las napas, rellenadas hace doscientos años para quitarle espacio al río, han despertado para tomarse una tardía venganza. A Rocha y a ella les deleitaba escuchar estas y otras invenciones que se desfiguraban en su paso por las tres peluquerías, las tres marquerías, los tres almacenes, la fuente de soda y los tres restoranes. Luego se divertían comprobando en el buscador de la web su veracidad. Una noche aceptaron la invitación a participar en una de las frecuentes comilonas que los cerrajeros hacían en el quiosco; cuando estuvieron borrachos salieron al ruedo para confesar ante Rocha y ella sus historias más escabrosas. Despojados de la tristeza de la derrota en nombre de una supuesta superación, se burlaban quedos y con los ojos a medio cerrar de la ruina en la que estaban convertidos. También les contaron que hace doscientos años en esta cuadra recalaban las carretas que traían a La Vega Central las verduras, frutas, carnes, fiambres y quesos que consumía la ciudad; en esta cuadra esperaban los conductores y cargadores a que los comerciantes vendieran la mercadería para pagarles el flete; como el plantón se prolongaba, gastaban el dinero que aún no recibían en las cantinas que surgieron para profitar de la incertidumbre. Esa vez Rocha y ella indagaron en el buscador sobre ese supuesto origen del barrio y apareció otro más remoto: una grieta que escindió de la cordillera de los Andes una masa de tierra que un segundo movimiento separó en dos cerros que se ven desde su departamento, el de la Virgen y el Blanco. La quebrada se fue cubriendo con sedimentos hasta solaparse en un valle sobre el cual se asientan la madre soltera, los cerrajeros y sus amigos, la Caldini y, hasta hace unos meses, Rocha. Vuelve a asomarse a la ventana; la bolsa de la madre soltera está cercada por los restos de las verduras y frutas del quiosco, los cabellos cortados en las tres peluquerías, el aserrín de los fabricantes de marcos, las cajas vacías del almacén y dieciocho bolsas negras que contienen los restos que Rocha dejó en el departamento y que ella bajó por las escaleras en seis viajes de a tres bolsas cada uno desde el cuarto piso hasta los pies de la falsa acacia donde escuchó seis veces el rumor del agua subterránea.

Seis meses tuvo que esperar la Caldini a que Rocha se decidiera a abandonar su departamento para volver ella. Como no quiso presenciar el momento en el que se llevaría sus cosas y, al igual que el cerro Blanco y el de la Virgen, se escindieran para siempre, aceptó irse por unos días a la casa de un amigo. Los días se convirtieron en meses hasta que su vecina, la Yugoslava, le avisó por teléfono que Rocha se estaba mudando. Ya que no le devolvió las llaves, bajó a buscar a los cerrajeros del quiosco para pedirles que cambiaran la cerradura.

—¿Qué pasó aquí?, le preguntaron al entrar.

Rocha había ido cuarto por cuarto arrancando las cosas que deseaba y esparciendo lo indeseado; el frasco de vidrio azul, no los corchos que almacenaba; los archivadores, no los papeles; las sillas, no sus fundas; los maceteros, no la tierra; la ampolleta dorada, no la lámpara. Panes duros, latas de cerveza, pañuelos desechables usados, tiras vacías de antidepresivos… La Caldini convivió con los restos hasta que el funcionario del tribunal, que se presentó ante su puerta con la primera citación, le preguntó si era ella.

Acodada en la ventana presencia cómo las dieciocho bolsas negras se convierten en una figura amorfa mordisqueada por los perros, empapada con los líquidos percolados que resbalan por la pendiente de la vereda hacia el jardín que tanto cuidó el Perro antes de que le apareciera la mancha en el pulmón y el ex carabinero le comprara el almacén para poner una botillería en la que se emborrachan los dos inválidos que piden dinero en silla de ruedas; hay que verlos driblear entre los autos que toman velocidad por la Costanera, con las monedas cayendo de sus bolsillos y la cabeza colgando.

El teléfono suena. Rocha la hace escuchar día y noche su respiración, anhelante, llorosa, airada, para que ella sienta lástima y haga un gesto que restablezca la locura en común. Las últimas semanas telefonea para reclamar el televisor que no alcanzó a llevarse; como ella no le atiende, su hermana tomó la costumbre de ir hasta la puerta del edificio, tocar el timbre y gritar hacia arriba: ladronaaaah. Pero la que llama es su abogada. Mañana, en el juicio por abandono de hogar —el nombre que le puso Rocha a los meses en los que ella no pudo entrar a su departamento—, le tocará declarar a él.Todavía no debe haber asociado el nombre de su abogada con el de la mujer que gritaba por más whisky en el restorán del italiano; cuando esté en la sala del tribunal y mire de reojo los labios pintados de naranja, el pelo muerto y los globos oculares salidos… pensará que es una broma.Tal vez por eso la contrató, para mostrarle que no se toma en serio su venganza.

«Llámame urgente», lee en su celular. Al acordar sus honorarios, no se le ocurrió preguntar si estaban incluidas las fotocopias, la cuenta del teléfono, los moto boys. Al aproximarse el juicio, cada vez que la abogada necesita hablarle, le da un toque y, si no le responde de inmediato, envía un mensaje urgente, y es que tiene propensión a dramatizar lo que podría simplemente decir. Por ejemplo, a pesar de la gravedad de la noticia que, según ella, necesita contarle a las 10 de la noche, está viendo un programa de televisión. Si en la tina del baño esconde una sartén y platos, en el armario puede guardar un televisor y hasta un colchón. Le gustaría saber con qué programa acompaña el vaso de whisky —escucha chocar los hielos—. Va al cuarto que Rocha usaba como escritorio y enciende el televisor que se negó a devolverle. Las voces no corresponden al reality show del grupo abandonado en una isla para sobrevivir por sus medios…

—¿Me estás escuchando?, le pregunta la abogada.

… ni al reality de los inválidos ni al reportaje de los ladrones de billeteras del centro ni al documental sobre los últimos alacalufes ni a la médium que busca al joven desaparecido por una mafia nocturna.

—Tengo los resultados del sorteo, grita.

A la Caldini le es indiferente la jueza que le tocó en suerte; como dijo la abogada en la primera reunión, al poner su huella en la citación echó a andar un mecanismo que ya no es posible detener; tendrá que esperar el fallo para que Rocha acepte que, incluso judicialmente, ella tiene derecho a dejarlo.

—Nos tocó una jueza. Y la abogada agrega un nombre que no alcanza a retener.

—Qué bien, una mujer.

—Sí, una jueza ampliamente conocida por favorecer a los hombres. De hecho, en su sala nunca ganó otra mujer.

—Y si es «conocido» lo que hace, ¿por qué no la destituyen?

—¿De verdad quieres que te responda?

La abogada está viendo el programa del cirujano plástico que opera gratuitamente a personas que nacieron deformes a cambio de filmar sus vidas antes y después. En ese momento una madre corre por el pasillo de la clínica aferrada a la mano de una adolescente que los enfermeros transportan en una camilla. En la puerta las separan. La madre vuelve a la sala de espera con su marido mientras, en el pabellón, el cirujano traza con un marcador barato las líneas que seguirá el implante. Al margen de la pantalla el periodista recapitula, para los auditores que recién sintonizan, la historia de la joven que nació sin nariz; el cuarto empapelado con afiches de cantantes, calcomanías, peluches, libros, cuadernos y hasta un diario de vida. Sorprendida por la petición del programa, la joven lee a cámara sus pensamientos sobre el amor que nunca ha vivido, la amistad, la compasión, sus caminatas por la playa sola, la aparición de la luna llena, las lágrimas de su madre en el cuarto de al lado. El equipo la lleva a la casa de su mejor amiga, van a la escuela y filman los rostros de sus compañeros que por primera vez salen en televisión; sorprenden a la profesora calentando los porotos en un microondas y ella les habla de la pasión de la joven sin nariz por la lectura y, entre sus preferidos, La casa de los espíritus, mientras en el patio su mejor amiga confiesa muy cerca de la cámara para que nadie más la escuche que a su amiga le gustaría encontrar a alguien que la ame como es y se guarda de decirlo para no poner triste a sus padres.

—No es lo único que tengo para contarte, le dice la abogada al teléfono.

La Caldini tendría que aclararle que no le interesa saber más, pero el sonido de la sierra, del taladro, de la lima, de la engrampadora y del camión que tritura los desechos de los dieciséis años en común con Rocha acallan lo que tiene para decir.

—Un informante que conozco en el juzgado me pasó el dato de que la contraparte va a presentar pruebas.

—¿Qué pruebas?

—Dímelo tú, la acusada de abandonar el hogar eres tú.

Un cartel en la pantalla anuncia que transcurrieron dos meses desde la operación. El furgón del canal de televisión sube a trompicones un empinado cerro desde el cual no es visible el mar. La única diferencia entre las casas iguales está en las rejas o en los muros que cada uno levantó para protegerse del exterior. Los vecinos apostados desde temprano en la vereda del frente esperan a ver la nariz, pero los productores tapan la cabeza de la joven con una manta.

—Rocha no tiene ninguna prueba, solo quiere asustarme, le dice.

—No estoy tan segura, de todas formas preferiría ir con un as bajo la manga, ¿sabes el nombre del siquiatra que lo atiende?

En el consultorio del cirujano plástico la enfermera desenrolla la venda que cubre el rostro de la adolescente hasta el parche y cede su lugar al doctor. La cámara busca el espejo que espera boca arriba en el escritorio. La mano del doctor entra al plano y lo coge. La cámara se concentra en el estacionamiento de la clínica para dar tiempo a que la joven contemple a solas su nueva nariz. Por los micrófonos encendidos se escucha un inusual silencio. De los autos continúan bajando y subiendo enfermos. El silencio se extiende. La cámara duda si enfocar a la joven o continuar en el estacionamiento. Se escucha que la enfermera y el doctor intentan convencerla como a un niño que se niega a comer, van a buscar a la madre y al padre; la joven se mantiene terca. El espejo queda boca arriba reflejando las estrías del cielo.

—Si se ponen pesados, un informe de su siquiatra nos permitiría invalidar el juicio, sugiere la abogada.

—Esperemos a ver qué ocurre mañana cuando declare.

Entre su negativa a acusar a Rocha públicamente de locura y la negativa de la joven a mirar su nuevo rostro en el espejo, media una pausa publicitaria. Al regresar, la joven espera de pie, en una playa atestada con la basura del fin de semana, a que los espectadores sacien su curiosidad. Cuando el productor da la señal de que el tiempo se ha terminado, la joven principia a contar a cámara que desde que nació sus padres sufren por no tener dinero para darle una nariz. Devolver la alegría a sus padres fue el motivo que la llevó a aceptar la operación y está muy agradecida porque ahora sus padres vivirán sin culpa. Hace una pausa: «Antes de la operación yo me sentía una persona distinta al resto, alguien especial, ahora soy igual a todos».

—¿Estás escuchando?, le pregunta la Caldini.

—Ahora que termina nuestro horror, comienza el de ella, contesta la abogada.

Un hombre alto y delgado con una chomba blanca tejida a palillo y pantalones de cotelé con parches de cuero en las rodillas estira el cogote por sobre las cabezas de los transeúntes, como si tuviese la necesidad de avistar otros pájaros de su especie. En la hora que la Caldini lleva sentada en el café Roma no ve que nadie se acerque a comprarle los mapas que desplegó sobre la tela negra en el pavimento, pero si persiste es porque vende, se dice, y a continuación se dice que mejor hará concentrándose en lo que está por suceder en el tribunal, pero no puede despegar la vista del pájaro. La devoción con la que acaricia el pedazo de piel otrora cubierto por un bigote la hace pensar que no se acostumbra a habérselo afeitado e intenta proteger con sus dedos la tez que asoma al mundo por pri ...