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EL HOMBRE DE TIZA

C. J. Tudor  

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Fragmento

1986

—Hoy habrá tormenta, Eddie.

Mi padre era aficionado a emitir pronósticos meteorológicos con voz profunda y categórica, como los hombres del tiempo de la tele. Sus afirmaciones siempre destilaban una certeza absoluta a pesar de que se equivocaba a menudo.

Dirigí la mirada a la ventana y vi un cielo de un azul impecable, tan resplandeciente, que tuve que entornar un poco los ojos para mirarlo.

—No tiene pinta de que vaya a caer una tormenta, papá —dije mientras masticaba un bocado de sándwich de queso.

—Eso es porque no va a caer —dijo mamá, que había entrado en la cocina de pronto y sin hacer ruido, como una especie de guerrero ninja—. En la BBC anuncian un fin de semana caluroso y soleado... Y no hables con la boca llena, Eddie —añadió.

—Hummm —dijo papá, como siempre que no estaba de acuerdo con mi madre pero le faltaban arrestos para plantarle cara.

Nadie se atrevía a contradecir a mamá. Daba —y sigue dando, de hecho— un poco de miedo. Era alta, tenía el pelo negro corto y unos ojos castaños capaces de titilar cuando estaba de buen humor o de ennegrecerse y relampaguear cuando se enfadaba (y, un poco como con el increíble Hulk, todos procurábamos no hacerla enfadar).

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Mi madre era médico, pero no de esos médicos normales que cosen las piernas a la gente o ponen inyecciones. Papá me dijo una vez que ella «ayudaba a mujeres que se habían metido en un lío». No me aclaró a qué clase de lío se refería, pero supuse que debía de ser bastante gordo para que necesitaran un médico.

Mi padre también trabajaba, pero en casa. Escribía para revistas y periódicos, aunque no siempre. A veces se quejaba de que nadie le daba trabajo o comentaba con una carcajada amarga: «Supongo que no he encontrado mi público este mes, Eddie».

De pequeño, yo tenía la sensación de que no había conseguido un «empleo decente». Un empleo propio de un padre. Los papás debían llevar traje y corbata, salir a trabajar por la mañana y regresar a casa por la tarde, a la hora de la cena. Mi padre se iba a trabajar a la habitación libre que teníamos y se sentaba frente a un ordenador, vestido con pantalón de pijama y camiseta, y en ocasiones sin haberse peinado siquiera.

Su aspecto tampoco era como el de la mayoría de los padres. Lucía una barba crecida, frondosa, y una cabellera larga recogida en una cola de caballo. Llevaba vaqueros recortados y llenos de rotos, incluso en invierno, y camisetas desteñidas con nombres de grupos prehistóricos como Led Zeppelin y The Who. A veces iba en sandalias.

Gav el Gordo dijo que mi padre era un «puñetero jipi». Seguramente tenía razón. Pero en aquel momento me lo tomé como un insulto, le propiné un empujón, él me levantó y me tiró al suelo como en un combate de lucha libre, y yo me marché dando tumbos, con algunos moretones y sangrando por la nariz.

Más tarde hicimos las paces, claro. Gav el Gordo podía portarse como un auténtico capullo —era uno de esos chicos rellenitos que siempre tienen que ser los más ruidosos y desagradables para que los abusones de verdad los dejen en paz—, pero también era uno de mis mejores amigos, además de la persona más leal y generosa que conocía.

—Cuida bien de tus amigos, Eddie Munster —me aconsejó un día con toda solemnidad—. Los amigos son lo más importante.

«Eddie Munster» era mi apodo. Me lo habían puesto porque mi apellido es Adams, casi igual que el de La familia Addams. Cierto, el crío de La familia Addams se llamaba Pugsley, y Eddie Munster era un personaje de La familia Monster, pero en aquel entonces parecía tener sentido, de modo que, como suele ocurrir, se me quedó el apodo.

Eddie Munster, Gav el Gordo, Metal Mickey (a quien llamábamos así por los enormes correctores que llevaba en los dientes), Hoppo (David Hopkins) y Nicky: esos éramos los miembros de la panda. Nicky no tenía apodo porque era una chica, aunque hacía todo lo posible por fingir que no lo era. Soltaba tacos como un chico, trepaba a los árboles como un chico y peleaba casi tan bien como la mayoría de los chicos. Pero seguía pareciendo una chica. Una chica muy bonita, de largo pelo rojo y tez pálida, salpicada de diminutas pecas marrones. Aunque no es que me fijara mucho en ella, ni nada.

Habíamos quedado en vernos todos ese sábado. Nos juntábamos casi todos los sábados para ir a casa de uno u otro, a la zona de juegos o, a veces, al bosque. Sin embargo, ese sábado era especial, debido a la feria. Llegaba a nuestra localidad todos los años y se instalaba en el parque, cerca del río. Sería el primer año en que nos dejarían ir por nuestra cuenta, sin un adulto que nos supervisara.

Esperábamos ansiosos ese día desde que, semanas atrás, habían aparecido los carteles por toda la ciudad. Habría coches de choque, una Centrífuga, un Barco Pirata y un Pulpo. Seguro que sería la repera.

—Bueno —dije, despachando el sándwich de queso lo más deprisa posible—. He quedado con los demás fuera del parque, a las dos.

—Pues no te desvíes de las calles principales —me aleccionó mi madre—. No tomes atajos ni hables con desconocidos.

—No lo haré.

Me deslicé de la silla y me encaminé hacia la puerta.

—Y llévate la riñonera.

—¡Pero mamá...!

—Si montas en las atracciones, se te puede caer la cartera del bolsillo. La riñonera. Y no me discutas.

Abrí la boca, pero la cerré enseguida. Me ardían las mejillas. Detestaba la riñonera de las narices. Los turistas gordos llevaban riñonera. Me haría quedar en ridículo delante de todos, sobre todo de Nicky. Pero cuando mamá se ponía así, discutir no servía de nada.

—Está bien.

En realidad no me parecía bien, pero veía que el reloj de la cocina estaba a punto de dar las dos y tenía que marcharme cuanto antes. Subí corriendo las escaleras, cogí la riñonera de las narices y guardé mi dinero dentro. Nada menos que cinco libras. Una fortuna. Acto seguido, bajé a toda velocidad.

—Nos vemos luego.

—Pásalo bien.

No me cabía la menor duda de que así sería. Brillaba el sol. Llevaba puestas mi camiseta preferida y mis Converse. Ya alcanzaba a oír el débil «chunda, chunda» de la música de feria, y a oler las hamburguesas y el algodón de azúcar. Sería una tarde perfecta.

Gav el Gordo, Hoppo y Metal Mickey ya estaban esperando frente a la entrada cuando llegué.

—¿Qué hay, Eddie Munster? ¡Bonita mariconera! —exclamó Gav el Gordo.

Colorado como un tomate, le mostré el dedo medio. Hoppo y Metal Mickey se rieron de la pulla de Gav.

—Más mariconada es el pantalón corto que llevas tú, cabeza de polla —dijo Hoppo, que siempre era el más amable y conciliador.

Gav el Gordo desplegó una gran sonrisa, se agarró el dobladillo del pantalón y se marcó un bailecillo, alzando mucho las rollizas piernas, como una bailarina de ballet. Así era Gav el Gordo: resultaba imposible insultarlo de verdad porque todo le resbalaba. O al menos eso hacía creer a todo el mundo.

—Da igual —dije, porque, a pesar del cable que me había echado Hoppo, me parecía que la riñonera me quedaba fatal—. No pienso llevarla puesta.

Desabroché el cinturón, me guardé la cartera en el bolsillo del pantalón y paseé la mirada alrededor. Un espeso seto cercaba el parque. Escondí la riñonera entre las hojas, de manera que la gente no la viera al pasar, pero no tan adentro como para no poder recuperarla más tarde.

—¿Seguro que quieres dejarla allí? —preguntó Hoppo.

—Eso, ¿y si se entera tu mami? —dijo Metal Mickey con su sonsonete burlón de siempre.

Aunque Mickey formaba parte de nuestra panda y era el mejor amigo de Gav el Gordo, nunca me cayó muy bien. Había algo en su carácter tan frío y desagradable como los aparatos que tenía por toda la boca. Por otro lado, considerando el hermano que le había tocado en suerte, quizá no era de extrañar.

—No me importa —mentí, encogiéndome de hombros.

—A nadie le importa —dijo Gav el Gordo con impaciencia—. ¿Podemos olvidarnos de la dichosa riñonera y entrar de una vez? Quiero montar primero en el Pulpo.

Metal Mickey y Hoppo echaron a andar; casi siempre acabábamos haciendo lo que Gav quería. Seguramente porque era el más corpulento y el que más gritaba.

—Pero aún no ha llegado Nicky —observé.

—¿Y qué? —dijo Metal Mickey—. Siempre llega tarde. Vamos, ya nos encontrará.

Mickey tenía razón. Nicky siempre llegaba tarde. Por otra parte, no era eso lo que habíamos convenido. Se suponía que iríamos todos en grupo. Andar cada uno por separado en la feria podía ser peligroso. Sobre todo para una chica.

—Démosle cinco minutos más —propuse.

—¡Estás de guasa! —exclamó Gav el Gordo, ofreciéndonos su mejor imitación (bastante mala, por cierto) de John McEnroe.

Gav el Gordo hacía imitaciones a todas horas. Por lo general de americanos. Eran tan lamentables que nos desternillábamos.

Metal Mickey no se rio con tantas ganas como Hoppo y yo. No le gustaba la sensación de que la panda se había vuelto en contra de él. De todos modos, daba igual porque cuando se nos empezaba a pasar la risa, oímos una voz conocida.

—¿Qué os hace tanta gracia?

Nos dimos la vuelta. Nicky subía por la pendiente hacia nosotros. Como de costumbre, sentí un extraño cosquilleo en el estómago al verla. Como si de pronto me hubieran entrado un hambre voraz y unas ligeras náuseas.

Ese día llevaba suelto el cabello rojizo, que le caía en una mata enmarañada por la espalda casi hasta rozarle la cintura de los vaqueros cortos deshilachados. Se había puesto además una blusa amarilla sin mangas, con florecitas azules en torno al cuello. Capté un destello plateado en su garganta: una pequeña cruz colgada de una cadenilla. Llevaba en bandolera una bolsa de arpillera grande y de aspecto pesado.

—Llegas tarde —señaló Metal Mickey—. Te estábamos esperando.

Como si él lo hubiera decidido.

—¿Qué llevas en la bolsa? —preguntó Hoppo.

—Mi padre quiere que reparta esta mierda por la feria. —Sacó un panfleto de la bolsa y nos lo mostró.

«Venid a la iglesia de Saint Thomas para alabar al Señor. ¡La atracción más emocionante que existe!»

El padre de Nicky era el párroco local. Yo nunca había ido a la iglesia —a mis padres no les iban esas cosas—, pero lo había visto por el pueblo. Llevaba unas gafitas redondas y tenía la calva cubierta de pecas, como la nariz de Nicky. Aunque siempre saludaba con una sonrisa, me daba un poco de miedo.

—Eso es un zurullo como el estado de Texas, muchacho —dijo Gav el Gordo.

«Un zurullo como el estado de Texas» o «un gran zurullo» figuraban entre las expresiones favoritas de Gav el Gordo, que solía rematarlas con un «muchacho», pronunciado con acento pijo por alguna razón.

—No pensarás hacerlo, ¿verdad? —pregunté, imaginando de pronto cómo sería desperdiciar el día entero pateándonos la feria con Nicky mientras repartía los folletos.

Ella me miró con una cara que me recordó un poco a mi madre.

—Claro que no, so memo —contestó—. Solo llevaremos unos cuantos, los esparciremos por ahí, como si la gente los hubiera tirado al suelo, y echaremos el resto a una papelera.

Sonreímos de oreja a oreja. No había nada mejor que cometer alguna trastada y de paso tomarle el pelo a un adulto.

Una vez que dispersamos los folletos y tiramos la bolsa a la basura, pudimos centrarnos en lo importante. Subimos al Pulpo (que, en efecto, resultó ser la repera), a los coches de choque (donde Gav me embistió con tal fuerza que creí que me había partido el espinazo), a los Cohetes Espaciales (un poco aburridos, aunque el año anterior me habían divertido bastante), al tobogán en espiral, la Centrífuga y el Barco Pirata.

Comimos perritos calientes, Gav y Nicky intentaron pescar patitos, aprendieron la dura lección de que conseguir siempre un premio no es lo mismo que conseguir el premio que quieres, y se marcharon de la caseta carcajeándose y tirándose uno a otro los peluches pequeños y cutres que habían ganado.

La tarde se nos escurría entre los dedos. Se me empezaban a pasar los efectos de la emoción y la adrenalina, a lo que se sumó el descubrimiento de que seguramente solo me quedaba dinero suficiente para montar en dos o quizá tres atracciones más. Me llevé la mano al bolsillo para sacar la cartera. Por poco se me salió el corazón por la boca. No estaba allí.

—¡Me cago en todo!

—¿Qué pasa? —preguntó Hoppo.

—La cartera. La he perdido.

—¿Estás seguro?

—Claro que estoy seguro, joder.

De todos modos, palpé el otro bolsillo, por si acaso. Los dos estaban vacíos. Mierda.

—Bueno, ¿dónde la has sacado por última vez? —preguntó Nicky.

Intenté hacer memoria. Sabía que aún la tenía tras bajar de la última atracción, porque lo había comprobado. Además, habíamos comprado perritos calientes después. No había probado suerte con los patitos, así que...

—El puesto de perritos.

El puesto de perritos estaba en el otro extremo de la feria, en dirección contraria al Pulpo y la Centrífuga.

—Mierda —mascullé de nuevo.

—Venga —dijo Hoppo—. Vayamos a echar un vistazo.

—¿De qué serviría? —protestó Mickey—. Ya la habrá cogido alguien.

—Te dejaría algo de pasta —dijo Gav—, pero no me queda mucha.

Yo estaba casi seguro de que mentía. Gav el Gordo siempre tenía más dinero que los demás, además de los mejores juguetes y la bici más nueva y reluciente. Su padre era el dueño del Bull, un pub local, y su madre trabajaba como vendedora de Avon. Gav el Gordo era generoso, pero yo sabía que se moría de ganas de montar en más atracciones.

Sacudí la cabeza de todos modos.

—No pasa nada, gracias.

Sí que pasaba. Me ardían los ojos de contener las lágrimas. No era solo por haber perdido dinero, sino por lo estúpido que me sentía por haber fastidiado el día. Por saber que mi madre se mosquearía y me diría «te lo advertí».

—Vosotros seguid —dije—. Yo volveré atrás para echar una ojeada. No tiene sentido que perdamos todos el tiempo con esto.

—Genial —comentó Metal Mickey—. Venga, vámonos.

Dicho esto, reanudaron la marcha. Saltaba a la vista que se sentían aliviados. No era su dinero el que se había perdido, ni su día el que se había ido al garete. Yo eché a andar arrastrando los pies para cruzar el parque en dirección al puesto de perritos. Estaba justo al otro lado de la Ola, así que utilicé esta vieja atracción como punto de referencia. No tenía pérdida; estaba justo en el centro de la feria.

Sonaba una música atronadora, distorsionada por los altavoces antediluvianos. Las luces multicolores relumbraban, y los ocupantes de los coches de madera soltaban chillidos mientras daban vueltas y vueltas cada vez más deprisa sobre la plataforma giratoria, también de madera.

Cuando ya estaba cerca, empecé a mirar hacia abajo, caminando a paso más lento y con más cuidado, escudriñando el suelo. Basura, envoltorios de perritos, pero ni rastro de mi cartera. Era de esperar. Metal Mickey tenía razón: seguro que alguien la había recogido y me había birlado el dinero.

Suspirando, alcé los ojos. Lo primero que vi fue al Hombre Pálido. No se llamaba así, claro. Más tarde me enteré de que se apellidaba Halloran y era nuestro nuevo profesor.

Habría sido difícil pasar por alto al Hombre Pálido. Para empezar, era muy alto y delgado. Llevaba unos vaqueros lavados a la piedra, una camisa blanca holgada y un gran sombrero de paja. Se parecía a ese cantante carroza de los setenta que le gustaba a mi madre. David Bowie.

El Hombre Pálido estaba parado cerca del puesto de perritos, bebiéndose un granizado azul y contemplando la Ola. Bueno, al menos, eso me pareció.

Seguí la dirección de su mirada casi sin querer y fue entonces cuando avisté a la chica. Aunque todavía estaba cabreado por haber perdido la cartera, yo era un muchacho de doce años con unas hormonas que empezaban a entrar en efervescencia. Por las noches, en mi habitación, no me dedicaba solo a leer cómics a la luz de la linterna bajo las sábanas.

La chica estaba con una amiga rubia cuya cara me sonaba del pueblo (su padre era policía o algo así), pero mi mente se desentendió de ella enseguida. Es una triste realidad de la vida que la belleza, la auténtica belleza, eclipsa todas las cosas y personas que la rodean. La amiga rubia era mona, pero la Chica de la Ola —que es como la llamaría para mis adentros, incluso después de saber su nombre— era realmente hermosa. Alta y esbelta, con una larga cabellera negra y piernas aún más largas, tan tersas y morenas que relucían al sol. Llevaba una falda corta con volantes, una camiseta ancha con la palabra «Relax» garabateada y un sujetador-top verde fosforito. Cuando se colocó el pelo detrás de la oreja, vislumbré el brillo de un aro dorado.

Me avergüenza reconocer que al principio apenas me fijé en su cara, pero cuando se volvió para hablar con su amiga rubia, no me decepcionó. Era tan bonita que dolía el corazón solo de verla, con unos labios carnosos y los ojos almendrados y sesgados.

Y de pronto desapareció.

Un momento antes, ella estaba allí, su cara estaba allí, y al momento siguiente un ruido sobrecogedor me taladró los tímpanos, como si una bestia gigantesca hubiera proferido un rugido desde las entrañas de la tierra. Más tarde me enteré de que había sido el sonido del rodamiento del eje de la antigua atracción al partirse por exceso de uso y falta de mantenimiento. Vi un destello plateado, y la cara de la chica, o más bien la mitad, se desgarró, dejando tras sí una gran masa de cartílago, hueso y sangre. Mucha sangre.

Unas fracciones de segundo después, sin darme tiempo a abrir la boca para gritar, un objeto enorme, morado y negro, pasó como un bólido junto a mí. Sonó un estrépito ensordecedor —el coche suelto de la Ola se había estrellado contra el puesto de perritos entre una lluvia de trozos de metal y astillas de madera—, seguido de más alaridos y gritos de la gente que se apartaba tirándose al suelo. Algo chocó contra mí y me derribó.

Varias personas me cayeron encima. Alguien me pisó la muñeca con fuerza. Una rodilla me golpeó la cabeza. Una bota me asestó una patada en las costillas. Se me escapó un chillido, pero de alguna manera conseguí hacerme un ovillo y rodar hacia un lado. Entonces chillé de nuevo. La Chica de la Ola yacía junto a mí. Por fortuna, el cabello le tapaba el rostro, pero reconocí la camiseta y el top fosforescente, pese a que ambos estaban empapados en sangre. La pierna también le sangraba a mares. Una segunda pieza afilada de metal le había hendido el hueso, justo por debajo de la rodilla. La parte inferior de la pierna, que se le había desprendido casi por completo, le colgaba solo de unos tendones correosos.

Empecé a alejarme con dificultad; era evidente que estaba muerta. No podía hacer nada por ella... De repente, extendió la mano y me agarró del brazo.

Volvió hacia mí la cara sanguinolenta y destrozada. En medio de todo aquel amasijo rojo, un solitario ojo castaño me miraba. El otro pendía laxo sobre su destrozada mejilla.

—Ayúdame —imploró con voz ronca—. Ayúdame.

Yo solo quería huir. Quería desgañitarme, llorar y vomitar, todo a la vez. Quizá habría hecho las tres cosas si una mano grande y firme no me hubiera sujetado el hombro con fuerza y una voz suave no me hubiera dicho:

—Tranquilo. Sé que estás asustado, pero necesito que me escuches con mucha atención y sigas mis instrucciones al pie de la letra.

Me di la vuelta. El Hombre Pálido me contemplaba desde arriba. Solo entonces me percaté de que, bajo el sombrero de ala ancha, tenía la tez casi tan blanca como la camisa. Incluso sus ojos eran de un gris nebuloso y traslúcido. Parecía un fantasma o un vampiro, y en cualquier otra circunstancia seguramente me habría atemorizado. Pero en ese momento no era para mí más que un adulto, y yo necesitaba que un adulto me indicara lo que tenía que hacer.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Ed... Eddie.

—Muy bien. Eddie. ¿Te has hecho daño?

Sacudí la cabeza.

—Me alegro. Pero esta jovencita sí, de modo que debemos ayudarla, ¿de acuerdo?

Asentí.

—Quiero que hagas lo siguiente: agárrale la pierna por aquí y aprieta muy muy fuerte. —Me cogió las manos y las colocó en torno a la pierna de la chica. Noté el tacto cálido y viscoso de la sangre—. ¿La tienes?

Asentí otra vez. Percibía en la lengua el sabor amargo y metálico del miedo. Notaba la sangre que se me escapaba entre los dedos, pese a que estaba apretando mucho, con todas mis fuerzas...

Oía sonidos lejanos, mucho más distantes de lo que estaban en realidad: el ritmo sordo de la música, los gritos de diversión. Los alaridos de la chica habían cesado. Se había quedado inmóvil y en silencio, salvo por el susurro áspero de su respiración, e incluso esto sonaba cada vez más débil.

—Eddie, tienes que concentrarte, ¿vale?

—Vale.

Observé al Hombre Pálido. Se había quitado el cinturón de los vaqueros. Era largo, demasiado para su estrecha cintura, y él le había hecho agujeros adicionales para poder apretárselo.

Resulta curioso, pero en los momentos más jodidos uno se fija en cosas de lo más raras. Por ejemplo, me di cuenta de que a la Chica de la Ola se le había caído un zapato. Un zapato de plástico rosa con purpurina. Y se me ocurrió que probablemente ya no lo necesitaría, ahora que tenía la pierna prácticamente cortada en dos.

—¿Me estás escuchando, Eddie?

—Sí.

—Bien. Casi hemos terminado. Lo estás haciendo muy bien, Eddie.

El Hombre Pálido ciñó con el cinturón la parte de arriba de la pierna de la chica. Tiró con fuerza, con mucha mucha fuerza. Era más vigoroso de lo que parecía. Casi de inmediato, noté que el chorro de sangre disminuía.

El hombre me miró e hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Ya puedes soltarla. Lo tengo controlado.

Aparté las manos. Como el momento de tensión había pasado, empezó a temblarme el pulso. Me abracé el torso y me sujeté las manos bajo las axilas.

—¿Se pondrá bien?

—No lo sé. Con un poco de suerte, podrán salvarle la pierna.

—¿Y la cara? —musité.

Alzó la vista hacia mí, y algo en aquellos ojos gris pálido me tranquilizó.

—¿Estabas mirándole la cara antes, Eddie?

Abrí la boca, pero no supe qué decir, ni entendía por qué su tono de voz ya no me parecía tan amigable.

—Sobrevivirá —murmuró, apartando la mirada—. Eso es lo que importa.

En ese momento se oyó el estruendo de un trueno en lo alto y empezaron a caer las primeras gotas de lluvia.

Supongo que fue entonces cuando comprendí por primera vez que las cosas pueden cambiar en un instante. Todo aquello que damos por sentado nos puede ser arrebatado sin más. Quizá por eso lo cogí. Para aferrarme a algo. Para guardarlo en un lugar seguro. Por lo menos, eso me dije.

Pero, como tantas cosas que nos decimos, seguramente no era más que un zurullo como el estado de Texas.

El periódico local nos calificó de héroes. Nos convocó al señor Halloran y a mí en el parque para hacernos algunas fotografías.

Aunque parezca mentira, los dos ocupantes del coche de la Ola que salió despedido solo sufrieron fracturas, cortes y moretones. Algunas personas que pasaban por allí acabaron con heridas feas que requerían puntos, y durante la desbandada de quienes intentaban ponerse a salvo se produjeron otras roturas de huesos y fisuras de costillas.

Hasta la Chica de la Ola (que en realidad se llamaba Elisa) sobrevivió. Los médicos consiguieron reimplantarle la pierna y, de algún modo, salvarle el ojo. Según los periódicos, fue un milagro. No opinaron lo mismo respecto al resto de su rostro.

Poco a poco, como suele ocurrir con los dramas y las tragedias, el interés por el suceso empezó a decaer. Gav el Gordo dejó de hacer bromas de mal gusto (especialmente sobre personas sin piernas), e incluso Metal Mickey se cansó de llamarme «Chico Héroe» y de preguntarme dónde me había dejado la capa. Otras noticias y cotilleos lo desplazaron como tema de actualidad. Hubo un accidente de coche en la A36, el primo de un chico del colegio murió, y luego Marie Bishop, que estaba en quinto grado, se quedó embarazada. Así pues, la vida, como era su costumbre, seguía su curso.

Esto no me molestó demasiado. Yo mismo me había hartado un poco de la historia. Por otro lado, tampoco era la clase de chico al que le gusta ser el centro de atención. Además, cuanto menos hablaba de ello, menos me venían a la cabeza imágenes de la cara arrancada de la Chica de la Ola. Poco a poco, dejé de tener pesadillas. Mis escapadas furtivas al cesto de la ropa sucia con sábanas mojadas se volvieron menos frecuentes.

Mi madre me preguntó en un par de ocasiones si me apetecía visitar a la Chica de la Ola en el hospital. Siempre le respondía que no. No quería volver a verla. No quería contemplar su rostro desfigurado. No quería que esos ojos castaños se clavaran en mí con expresión acusadora: «Sé que ibas a huir, Eddie. Si el señor Halloran no llega a frenarte, me habrías dejado morir allí tirada».

Creo que el señor Halloran la visitaba. A menudo. Supongo que tenía tiempo de sobra. No empezaría a dar clase en nuestro colegio hasta septiembre. Por lo visto, había decidido mudarse a una pequeña casa alquilada con unos meses de antelación para aclimatarse al pueblo.

A mi juicio, fue una buena idea: de ese modo les dio a todos la oportunidad de acostumbrarse a verlo por ahí y responder a todas las preguntas de los niños antes de que él pusiera un pie en el aula.

«¿Qué problema tiene en la piel?» Era albino, explicaban los adultos, armados de paciencia. Eso significaba que le faltaba algo llamado «pigmento», que confería a la piel de la mayoría de la gente un tono rosado o marrón. «¿Y a sus ojos?» Lo mismo. Simplemente carecían de pigmento. «¿O sea que no es un bicho raro, un monstruo o un fantasma?» No, solo un hombre normal con un trastorno médico.

Se equivocaban. El señor Halloran era muchas cosas, pero normal desde luego que no.

2016

La carta llega sin ceremonias, fanfarrias o un mal presentimiento siquiera. Cae en el buzón y se cuela entre una solicitud de donación de una asociación benéfica y el folleto de u ...