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EL HOMBRE QUE MIRABA AL CIELO

Hernán Rivera Letelier

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Fragmento

A la joven que me obsequió su nombre para prendérselo a la Saltimbanqui

 

Creo que si mirásemos siempre al cielo acabaríamos por tener alas.

Gustave Flaubert

 

 

1

 

Fue un lunes de aluminio —los lunes son de aluminio— cuando la figura del hombre apareció entre la gente. Se paró en una esquina del paseo Prat, alzó la cabeza y se puso a mirar al cielo. Eso fue todo.

Era mediodía.

El paseo, como siempre a esa hora, desbordaba de gente y, entre la gente, personajes de todas layas y pelajes hacían su agosto: comerciantes, músicos, malabaristas, pordioseros —cojos, mancos, ciegos—, y más de algún predicador de Biblia en ristre anunciando el fin de los tiempos tal como se anuncia un espectáculo circense. Además, ahora último habían aparecido grupos de personas que se paraban en las esquinas mostrando un letrero: se regalan abrazos. Pocos eran los que se acercaban, la gente parecía temer al abrazo de un desconocido o desconocida, así tuvieran cara de pan de dios.

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Sin embargo, nadie podía decir qué anunciaba el hombre que apareció aquel lunes en la esquina más concurrida del paseo. O qué vendía. O qué regalaba. Ni siquiera si anunciaba o vendía o regalaba algo.

Lo único que hacía era mirar al cielo.

Nada más.

 

2

 

Parado en la esquina, ajeno por completo al tráfago de mediodía, el hombre mira hacia lo alto. Al pasar junto a él, los transeúntes alzan la vista de reojo y al no ver nada extraño apuran el tranco y siguen su camino. Algunos se detienen, hacen visera con las manos e inquieren hacia arriba en busca del consabido objeto volante no identificado, pero como el cielo se ve limpio —ni una nubecita expósita dibujando alguna alegoría—, fruncen el ceño y se van haciendo claros gestos de contrariedad. Y están los que, entre serios y divertidos, terminan por acercársele con aire condescendiente y le hacen preguntas que el hombre, ensimismado en su afán, no oye o no le interesa responder.

Pasado el tiempo que demoraría una prédica, cuando ya hay varios con la cabeza levantada al cielo, el hombre baja la suya, se pone las manos en los bolsillos y, tan sosegado como su mirada, echa a andar hasta la otra esquina.

 

3

 

La primera vez que vi al hombre parado en mi esquina —la esquina más preciada por pedigüeños y artistas de la calle—, yo me hallaba de rodillas en el pavimento pintando con mis tizas de colores. Pintaba el barco pirata.

Pintaba y silbaba.

Los óvolos esa mañana habían sido escasos y yo, sin alzar la cabeza del dibujo, me demoraba en la calavera y los huesos cruzados, detalle que siempre dejaba para el final. Penélope tejiendo y destejiendo, me tardaba todo lo que podía en espera de oír el sonido de las monedas al caer en el tarro.

Ese primer día no hice mucho caso del hombre que miraba al cielo. En verdad no le hice nada de caso. Apenas levanté un tanto la vista para verificar que no venía ningún avión en llamas cayendo sobre mi cabeza y seguí coloreando.

El segundo día, un martes de plomo —los martes son de plomo—, dejé de lado un momento mi dibujo después de guardar las pocas monedas depositadas en el tarro, y me acerqué a fisgonear qué carajo era lo que miraba el hombre.

Junto a varias personas que había en torno a él escudriñando las alturas, levanté la vista y escruté un buen rato la lonja azul sobre mi cabeza.

No se veía nada. Ni un miserable jote rayando la pizarra del cielo.

Otro cristiano tan loco como yo, me dije.

Y seguí coloreando mi papagayo.

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