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EL LEGADO

Danielle Steel  

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Fragmento

1

Brigitte

Nevaba mucho desde la noche anterior, en que Brigitte Nicholson, sentada ante su escritorio en la oficina de admisiones de la Universidad de Boston, revisaba las solicitudes de preinscripción minuciosamente. Otros empleados las habían comprobado antes que ella, pero siempre le gustaba encargarse personalmente de dar un último vistazo para asegurarse de que todos y cada uno de los historiales estaban completos. Era el momento de tomar decisiones, y en seis semanas se enviaría a los candidatos la respuesta de aceptación o rechazo. Como era de esperarse, los futuros alumnos darían saltos de alegría, mientras que al resto, la mayoría, se les partiría el corazón. Costaba hacerse a la idea de que tenían en sus manos la vida y el futuro de los jóvenes más aplicados. La época del año en que se revisaban las solicitudes de preinscripción era la de mayor volumen de trabajo para Brigitte y, aunque la última palabra la tenía un comité, su trabajo consistía en examinar la documentación y llevar a cabo entrevistas individuales: los estudiantes lo pedían. En esos casos, adjuntaba sus anotaciones y comentarios a la solicitud. Aun así, lo que influía muchísimo en el resultado final eran sobre todo el expediente académico, las notas obtenidas en las pruebas de ingreso, las cartas de recomendación de los profesores, la formación extracurricular y la participación en actividades deportivas. Se tenía en cuenta si el candidato aportaba valor a la institución o no. A Brigitte siempre la abrumaba el peso de semejante responsabilidad. Era meticulosa en la revisión de todo el material que los candidatos aportaban, aunque en última instancia debía pensar en lo que más convenía a la institución, no al alumno. Estaba acostumbrada a recibir decenas de llamadas y correos electrónicos de psicopedagogos de centros de secundaria, hechos un manojo de nervios, que hacían todo cuanto podían por ayudar a sus alumnos. Brigitte se sentía orgullosa de formar parte de la plantilla de la Universidad de Boston, y ella misma se admiraba de llevar diez años trabajando en la oficina de admisiones. El tiempo había pasado volando, parecía que todo había sucedido en un abrir y cerrar de ojos. Era la número tres del departamento y, en muchas ocasiones, había desestimado oportunidades de promoción. Estaba contenta con el puesto que ocupaba; nunca había sido excesivamente ambiciosa.

Brigitte había ingresado en la Universidad de Boston a los veintiocho años, una vez terminada la carrera, para cursar un máster de antropología tras haber realizado trabajillos varios, haber colaborado dos años en un centro de acogida para mujeres en Perú y uno en Guatemala, y haber dedicado otro año a viajar por la India y Europa. Era licenciada en antropología y se había especializado en estudios de la mujer y de género en Columbia. Siempre le había preocupado mucho la precaria situación de la mujer en los países subdesarrollados. Inicialmente, Brigitte había planeado mantener el empleo en la oficina de admisiones hasta terminar el máster y después marcharse un año a Afganistán, pero tal como les sucedía a muchos otros alumnos que compaginaban los estudios con un empleo en la universidad, al final se quedó allí. Era un trabajo cómodo y seguro, y le proporcionaba una sensación de protección que le reconfortaba muchísimo. En cuanto terminó el máster, empezó el doctorado. El mundo académico resultaba adictivo y tan acogedor como el útero materno, aparte de ofrecer retos intelectuales y la posibilidad de acumular conocimiento y títulos. Además, permitía zafarse del mundo real y de sus exigencias. Era un remanso de erudición y juventud. El trabajo en la oficina de admisiones no la hacía vibrar, pero le gustaba; le gustaba mucho. Se sentía útil y productiva, y ayudaba a que los mejores estudiantes obtuvieran una plaza en el centro.

Tenían más de dieciséis mil alumnos de licenciatura, y todos los años recibían más de treinta mil solicitudes. Algunas las rechazaban de plano, porque las notas o los resultados de las pruebas de preingreso no eran buenos; sin embargo, a medida que la cantidad de posibles aceptados iba reduciéndose, Brigitte se enfrascaba más y más en el proceso. Cuidaba mucho los detalles de todo lo que hacía. Aún no había acabado el doctorado, pero seguía cursándolo, y todos los semestres se matriculaba de una asignatura o dos. A sus treinta y ocho años se sentía satisfecha con la vida que llevaba, y en los últimos siete había empezado a escribir un libro que quería que se convirtiera en la obra definitiva sobre el sufragio y los derechos de la mujer en las distintas partes del mundo. Mientras cursaba el máster, Brigitte había redactado innumerables trabajos sobre ese tema.

En su tesis defendía que la forma en que cada país abordaba el derecho al voto de la mujer lo definía como nación. Brigitte tenía la sensación de que tener la opción de votar era esencial para los derechos de las mujeres. Los colegas que habían leído sus escritos hasta el momento estaban impresionados por su elocuencia, pero no les sorprendía su meticulosidad y esmero. Una de las críticas que recibía por su trabajo era que a veces se interesaba tanto por los pormenores de lo que estudiaba que perdía de vista una perspectiva más general. Tendía a quedar atrapada en los detalles.

Brigitte era cordial y amable, digna de confianza y responsable. Era una persona que se preocupaba por los demás y trabajaba muchísimo, y lo hacía todo a conciencia. Lo único de lo que se quejaba su mejor amiga, Amy Lewis, y que siempre le decía a la cara, era que le faltaba pasión. Lo racionalizaba todo y se guiaba más por el cerebro que por el corazón. Ella opinaba que la pasión a la que se refería Amy resultaba más un defecto que una virtud, algo peligroso. Nublaba la perspectiva y hacía perder el norte. Brigitte prefería avanzar según lo planeado y tener bien claros sus objetivos.

No le gustaban los cambios ni el riesgo, en ningún aspecto. Exponerse no era su estilo. Era alguien con quien se podía contar, no alguien que actuaba por impulso o sin pensarlo muy bien antes. Ella misma reconocía que tardaba en tomar decisiones, porque sopesaba todos los pros y los contras.

Brigitte calculaba que llevaba escrito medio libro. Tenía pensado acelerar el proceso y concluirlo en cinco años, más o menos para cuando acabara el doctorado. Le parecía muy razonable dedicar doce años a un libro que trataba un tema tan importante, ya que además trabajaba a jornada completa y acudía también a las clases de doctorado. No tenía ninguna prisa. Había decidido que se sentiría satisfecha si terminaba la tesis y el libro a los cuarenta y tres años. Su forma de afrontar las cosas, con constancia, tesón y serenidad, a veces desesperaba a su amiga Amy. Brigitte no era una persona rápida y detestaba los cambios. Amy creía que Brigitte debía vivir la vida al máximo, ser más espontánea y dejarse llevar. Ella se había formado en derecho matrimonial y de familia, y también en trabajo social. Dirigía la oficina de orientación psicopedagógica de la universidad, y ofrecía sus consejos y opiniones a Brigitte con total libertad. Eran radicalmente distintas y, sin embargo, amigas íntimas. Amy lo vivía todo a gran velocidad, tanto en el terreno sentimental como en el intelectual y en el profesional.

Brigitte era alta y delgada, casi angulosa, y tenía el pelo negro azabache, los ojos oscuros, los pómulos prominentes y la piel aceitunada. Por su aspecto parecía proceder de un país mediterráneo, aunque su ascendencia era irlandesa y francesa. De su padre, irlandés, había heredado el pelo negro azabache. Amy era bajita y rubia, con tendencia a aumentar de peso si no practicaba ejercicio, y vivía la vida con toda la pasión cuya carencia reprochaba a Brigitte. Esta, por su parte, solía echar en cara a su amiga que era excesivamente intensa y que tenía menos capacidad de atención que un mosquito, aunque ambas sabían que no era cierto. Pero Amy no paraba de embarcarse en proyectos nuevos y se desenvolvía bien haciendo varias cosas a la vez. Mientras Brigitte avanzaba a paso de tortuga con su mamotreto, Amy había publicado tres ensayos sobre la relación entre padres e hijos. Era madre de dos niños, aunque no estaba casada. Al cumplir los cuarenta, tras varios años de relaciones sin éxito con alumnos más jóvenes que ella y profesores casados, hab

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