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EL LEGADO

Danielle Steel  

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Fragmento

1

Brigitte

Nevaba mucho desde la noche anterior, en que Brigitte Nicholson, sentada ante su escritorio en la oficina de admisiones de la Universidad de Boston, revisaba las solicitudes de preinscripción minuciosamente. Otros empleados las habían comprobado antes que ella, pero siempre le gustaba encargarse personalmente de dar un último vistazo para asegurarse de que todos y cada uno de los historiales estaban completos. Era el momento de tomar decisiones, y en seis semanas se enviaría a los candidatos la respuesta de aceptación o rechazo. Como era de esperarse, los futuros alumnos darían saltos de alegría, mientras que al resto, la mayoría, se les partiría el corazón. Costaba hacerse a la idea de que tenían en sus manos la vida y el futuro de los jóvenes más aplicados. La época del año en que se revisaban las solicitudes de preinscripción era la de mayor volumen de trabajo para Brigitte y, aunque la última palabra la tenía un comité, su trabajo consistía en examinar la documentación y llevar a cabo entrevistas individuales: los estudiantes lo pedían. En esos casos, adjuntaba sus anotaciones y comentarios a la solicitud. Aun así, lo que influía muchísimo en el resultado final eran sobre todo el expediente académico, las notas obtenidas en las pruebas de ingreso, las cartas de recomendación de los profesores, la formación extracurricular y la participación en actividades deportivas. Se tenía en cuenta si el candidato aportaba valor a la institución o no. A Brigitte siempre la abrumaba el peso de semejante responsabilidad. Era meticulosa en la revisión de todo el material que los candidatos aportaban, aunque en última instancia debía pensar en lo que más convenía a la institución, no al alumno. Estaba acostumbrada a recibir decenas de llamadas y correos electrónicos de psicopedagogos de centros de secundaria, hechos un manojo de nervios, que hacían todo cuanto podían por ayudar a sus alumnos. Brigitte se sentía orgullosa de formar parte de la plantilla de la Universidad de Boston, y ella misma se admiraba de llevar diez años trabajando en la oficina de admisiones. El tiempo había pasado volando, parecía que todo había sucedido en un abrir y cerrar de ojos. Era la número tres del departamento y, en muchas ocasiones, había desestimado oportunidades de promoción. Estaba contenta con el puesto que ocupaba; nunca había sido excesivamente ambiciosa.

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Brigitte había ingresado en la Universidad de Boston a los veintiocho años, una vez terminada la carrera, para cursar un máster de antropología tras haber realizado trabajillos varios, haber colaborado dos años en un centro de acogida para mujeres en Perú y uno en Guatemala, y haber dedicado otro año a viajar por la India y Europa. Era licenciada en antropología y se había especializado en estudios de la mujer y de género en Columbia. Siempre le había preocupado mucho la precaria situación de la mujer en los países subdesarrollados. Inicialmente, Brigitte había planeado mantener el empleo en la oficina de admisiones hasta terminar el máster y después marcharse un año a Afganistán, pero tal como les sucedía a muchos otros alumnos que compaginaban los estudios con un empleo en la universidad, al final se quedó allí. Era un trabajo cómodo y seguro, y le proporcionaba una sensación de protección que le reconfortaba muchísimo. En cuanto terminó el máster, empezó el doctorado. El mundo académico resultaba adictivo y tan acogedor como el útero materno, aparte de ofrecer retos intelectuales y la posibilidad de acumular conocimiento y títulos. Además, permitía zafarse del mundo real y de sus exigencias. Era un remanso de erudición y juventud. El trabajo en la oficina de admisiones no la hacía vibrar, pero le gustaba; le gustaba mucho. Se sentía útil y productiva, y ayudaba a que los mejores estudiantes obtuvieran una plaza en el centro.

Tenían más de dieciséis mil alumnos de licenciatura, y todos los años recibían más de treinta mil solicitudes. Algunas las rechazaban de plano, porque las notas o los resultados de las pruebas de preingreso no eran buenos; sin embargo, a medida que la cantidad de posibles aceptados iba reduciéndose, Brigitte se enfrascaba más y más en el proceso. Cuidaba mucho los detalles de todo lo que hacía. Aún no había acabado el doctorado, pero seguía cursándolo, y todos los semestres se matriculaba de una asignatura o dos. A sus treinta y ocho años se sentía satisfecha con la vida que llevaba, y en los últimos siete había empezado a escribir un libro que quería que se convirtiera en la obra definitiva sobre el sufragio y los derechos de la mujer en las distintas partes del mundo. Mientras cursaba el máster, Brigitte había redactado innumerables trabajos sobre ese tema.

En su tesis defendía que la forma en que cada país abordaba el derecho al voto de la mujer lo definía como nación. Brigitte tenía la sensación de que tener la opción de votar era esencial para los derechos de las mujeres. Los colegas que habían leído sus escritos hasta el momento estaban impresionados por su elocuencia, pero no les sorprendía su meticulosidad y esmero. Una de las críticas que recibía por su trabajo era que a veces se interesaba tanto por los pormenores de lo que estudiaba que perdía de vista una perspectiva más general. Tendía a quedar atrapada en los detalles.

Brigitte era cordial y amable, digna de confianza y responsable. Era una persona que se preocupaba por los demás y trabajaba muchísimo, y lo hacía todo a conciencia. Lo único de lo que se quejaba su mejor amiga, Amy Lewis, y que siempre le decía a la cara, era que le faltaba pasión. Lo racionalizaba todo y se guiaba más por el cerebro que por el corazón. Ella opinaba que la pasión a la que se refería Amy resultaba más un defecto que una virtud, algo peligroso. Nublaba la perspectiva y hacía perder el norte. Brigitte prefería avanzar según lo planeado y tener bien claros sus objetivos.

No le gustaban los cambios ni el riesgo, en ningún aspecto. Exponerse no era su estilo. Era alguien con quien se podía contar, no alguien que actuaba por impulso o sin pensarlo muy bien antes. Ella misma reconocía que tardaba en tomar decisiones, porque sopesaba todos los pros y los contras.

Brigitte calculaba que llevaba escrito medio libro. Tenía pensado acelerar el proceso y concluirlo en cinco años, más o menos para cuando acabara el doctorado. Le parecía muy razonable dedicar doce años a un libro que trataba un tema tan importante, ya que además trabajaba a jornada completa y acudía también a las clases de doctorado. No tenía ninguna prisa. Había decidido que se sentiría satisfecha si terminaba la tesis y el libro a los cuarenta y tres años. Su forma de afrontar las cosas, con constancia, tesón y serenidad, a veces desesperaba a su amiga Amy. Brigitte no era una persona rápida y detestaba los cambios. Amy creía que Brigitte debía vivir la vida al máximo, ser más espontánea y dejarse llevar. Ella se había formado en derecho matrimonial y de familia, y también en trabajo social. Dirigía la oficina de orientación psicopedagógica de la universidad, y ofrecía sus consejos y opiniones a Brigitte con total libertad. Eran radicalmente distintas y, sin embargo, amigas íntimas. Amy lo vivía todo a gran velocidad, tanto en el terreno sentimental como en el intelectual y en el profesional.

Brigitte era alta y delgada, casi angulosa, y tenía el pelo negro azabache, los ojos oscuros, los pómulos prominentes y la piel aceitunada. Por su aspecto parecía proceder de un país mediterráneo, aunque su ascendencia era irlandesa y francesa. De su padre, irlandés, había heredado el pelo negro azabache. Amy era bajita y rubia, con tendencia a aumentar de peso si no practicaba ejercicio, y vivía la vida con toda la pasión cuya carencia reprochaba a Brigitte. Esta, por su parte, solía echar en cara a su amiga que era excesivamente intensa y que tenía menos capacidad de atención que un mosquito, aunque ambas sabían que no era cierto. Pero Amy no paraba de embarcarse en proyectos nuevos y se desenvolvía bien haciendo varias cosas a la vez. Mientras Brigitte avanzaba a paso de tortuga con su mamotreto, Amy había publicado tres ensayos sobre la relación entre padres e hijos. Era madre de dos niños, aunque no estaba casada. Al cumplir los cuarenta, tras varios años de relaciones sin éxito con alumnos más jóvenes que ella y profesores casados, había acudido a un banco de esperma. Ahora tenía cuarenta y cuatro, y dos niños de uno y tres años respectivamente que la sacaban de quicio en el buen sentido. Con frecuencia pinchaba a Brigitte para que se decidiera a tener hijos en solitario. Le decía que ya tenía treinta y ocho años y que no podía perder el tiempo, que sus óvulos envejecían por minutos. Brigitte se lo tomaba con mucha más calma y no le preocupaba el tema. Los avances científicos posibilitaban la concepción a edades mucho más avanzadas que en la época de su madre, y en ese sentido estaba tranquila, a pesar de que Amy no perdía la ocasión de advertirle de que estaba demorando demasiado la maternidad.

Brigitte estaba segura de que algún día tendría hijos, y de que era más que probable que acabara casándose con Ted, aunque nunca hablaran del tema. En cierto modo, el ambiente protector de la esfera académica favorecía que uno se sintiera eternamente joven; por lo menos eso era lo que le sucedía a Brigitte. Amy la devolvía a la realidad de golpe recordándole que estaban en plena madurez. Por su aspecto nadie lo diría. Ninguna de las dos aparentaba la edad que tenía, ni esta se correspondía con su mentalidad; y Ted Weiss, el novio de Brigitte desde hacía seis años, era tres años más joven que ella. Tenía treinta y cinco, pero parecía un chaval por su aspecto, su actitud y su comportamiento. Había estudiado arqueología en Harvard, se había doctorado en Boston y llevaba seis años trabajando en el departamento de arqueología de aquella universidad. Su sueño era dirigir su propia excavación. La Universidad de Boston tenía muchas repartidas por todo el mundo: Egipto, Turquía, Pakistán, China, Grecia, España y Guatemala. Ted las había visitado todas por lo menos una vez durante el tiempo que llevaba en Boston, pero Brigitte no lo había acompañado en ninguna ocasión. Aprovechaba los momentos que él estaba de viaje para proseguir con la investigación sobre su libro. Ahora estaba mucho menos interesada en viajar que justo después de acabar la carrera. Se sentía a gusto en casa.

Brigitte era feliz en su relación con Ted. Vivían cada cual en su piso, muy cerca el uno del otro, y pasaban los fines de semana juntos, normalmente en casa de él porque era más grande. Él cocinaba; ella no. Solían relacionarse con los alumnos de Ted, sobre todo con los que estaban cursando el doctorado, igual que Brigitte. También quedaban a menudo con los otros profesores de sus respectivos departamentos. A ambos les entusiasmaba el mundo académico, aunque el trabajo de Brigitte en la oficina de admisiones no era estrictamente intelectual. Pero estaban muy a gusto con la vida que llevaban y que compartían. Era un ambiente de intensa dedicación al aprendizaje de más alto nivel, y ambos admitían que en muy pocos momentos se sentían distintos de los estudiantes con quienes se relacionaban. Ansiaban aprender todo cuanto podían, y les encantaba el mundillo de la erudición. Como en todas las universidades, también allí había sus pequeños escándalos, líos amorosos y ataques de celos, pero en conjunto los dos disfrutaban con la vida que llevaban y tenían muchas cosas en común.

Brigitte se imaginaba casada con Ted, aunque no se había planteado cuándo se celebraría el enlace. Suponía que Ted acabaría proponiéndole matrimonio algún día. De momento, no tenían motivos para casarse, ya que ninguno de los dos se desvivía por tener hijos. Algún día lo harían, pero aún no. Se sentían demasiado jóvenes para llevar otro tipo de vida distinto del actual. La madre de Brigitte solía expresar las mismas inquietudes que Amy y le recordaba que la edad no perdona. Brigitte se tomaba a risa sus advertencias y decía que no necesitaba atar corto a Ted, que no iba a dejarla por otra, ante lo cual Amy siempre empleaba la ironía: «Nunca se sabe». Sin embargo, su punto de vista estaba condicionado por las malas experiencias que había tenido con los hombres. Por algún motivo estaba convencida de que, llegado el caso, la mayoría acaba engañando a su pareja, aunque debía admitir que Ted era realmente un buen chico; no tenía una pizca de maldad.

Brigitte le expresaba su amor abiertamente, pero no hablaban de ello a menudo, ni tampoco del futuro. Disfrutaban del presente. Los dos se mostraban satisfechos de vivir en su propia casa entre semana; y los fines de semana, cuando estaban juntos, todo era relax y diversión. Nunca discutían, y había pocas cosas en las que no estuvieran de acuerdo. Era una situación de lo más cómoda. Brigitte gozaba de estabilidad en todos los aspectos: el trabajo, la relación con Ted y el libro, que avanzaba poco a poco pero de forma regular y que algún día sería publicado bajo el sello académico.

Según Amy, en la vida de Brigitte no había grandes emociones, pero a ella le gustaba que fuera así, y además le sentaba bien. No necesitaba ni deseaba experimentar grandes aventuras y, cuando pensaba en el futuro lejano, veía con claridad cuál sería su trayectoria. Su vida estaba bien encauzada y avanzaba con constancia aunque no lo hiciera a pasos agigantados. Igual que los estudios de doctorado y el libro. A Brigitte le bastaba con eso. Tenía un objetivo. No tenía prisa por alcanzarlo y no quería tomar decisiones precipitadas. A Brigitte no le inquietaban en absoluto los comentarios irónicos, las dudas y los malos pronósticos de Amy ni de su madre.

—Bueno, ¿a cuántos vas a hundir en la miseria hoy? —preguntó Amy con una sonrisa pícara cuando se asomó por la puerta del despacho de Brigitte.

—¡Qué comentario tan desagradable! —repuso ella haciéndose la ofendida—. Al contrario, estoy revisando las preinscripciones para asegurarme de que los aspirantes cumplen con todos los requisitos.

—Claro, y si no, los eliminas. Pobrecitos. Aún me acuerdo del momento en que recibí esas cartas tan horribles: «La admiramos mucho por los buenos resultados del último curso, pero no comprendemos qué narices hizo en tercero. ¿Se emborrachaba, se drogaba o era usted por entonces una gandula sin precedentes? Le deseamos lo mejor en la vida, haga lo que haga, pero ya puede olvidarse de estudiar aquí». Mierda. Cada vez que recibía una me echaba a llorar, y mi madre también. Ella me veía trabajando en un McDonald’s, cosa que no tiene nada de vergonzoso, pero quería que fuera médico. Tardó años en perdonarme que acabara siendo una simple asistente social.

Brigitte estaba segura de que Amy no había sacado tan malas notas en tercero, puesto que estudió en Brown, y al final cursó la especialidad de ciencias en Stanford antes de obtener el título de asistente social en la Escuela Universitaria de Trabajo Social de Columbia, en Nueva York.

En la Universidad de Boston eran unos elitistas. El mundo académico tenía muy en cuenta qué centro había expedido un título, igual que luego tenía en cuenta la frecuencia con la que se publicaban artículos. Si el trabajo de Brigitte consistiera en dar clases, no se habría permitido dejar pasar siete años sin que su libro se publicara. Habría recibido mucha más presión, y por eso estaba contenta de trabajar en la oficina de admisiones. No tenía el espíritu competitivo necesario para sobrevivir como docente. Amy impartía una asignatura de psicología y dirigía la oficina de orientación psicopedagógica, y desempeñaba bien ambos cometidos. Durante la jornada, dejaba a sus hijos en la guardería del campus. Sentía un profundo cariño por los jóvenes en general, y por sus alumnos en particular. Se había encargado de poner en marcha la primera línea telefónica de prevención del suicidio de la Universidad de Boston tras perder a demasiados alumnos durante su primera etapa allí como asesora. Todas las universidades sufrían una elevada tasa de suicidios, y el hecho era motivo de preocupación general. A Brigitte no le hacía ninguna gracia la insinuación de que rechazar a un aspirante implicara hundirlo en la miseria. Detestaba planteárselo de ese modo. Como de costumbre, la afirmación de Amy había dado justo en el clavo, y su amiga se expresaba sin tapujos. No se andaba con rodeos, mientras que Brigitte utilizaba siempre más tacto y más diplomacia en lo que decía y en cómo lo decía. Amy era más directa y más dada a discutir, tanto con los compañeros de profesión como con los amigos.

—Bueno, ¿y qué planes tienes para esta noche? —preguntó con toda la intención, repantigándose en la silla situada frente al escritorio de Brigitte.

—¿Esta noche? ¿Por qué? ¿Se celebra algo especial?

Brigitte estaba en la higuera, y Amy alzó la mirada en señal de exasperación.

—Sería lo lógico, ya que tienes novio desde hace seis años. Eres un caso perdido. Por el amor de Dios, ¡estamos en San Valentín! Ya sabes, corazones, flores, bombones, anillos de compromiso, peticiones de mano, sexo del bueno, música lenta y velas. ¿No has quedado con Ted?

Lo sentía mucho por Brigitte. A pesar de sus fracasos amorosos, a Amy le encantaba el romanticismo y, aunque Brigitte y Ted hacían muy buena pareja, siempre había tenido la sensación de que ese noviazgo no tenía nada de romántico. Parecían dos adolescentes en su primera cita, no dos adultos en la treintena que planeaban un futuro juntos. Amy estaba preocupada por su amiga; no quería que renunciase a las cosas más importantes de la vida, como estar prometida, casarse y tener hijos.

—Creo que ninguno de los dos se ha acordado —reconoció Brigitte, un poco avergonzada—. Ted está escribiendo un artículo y yo estoy agobiada con las solicitudes de preinscripción. Solo disponemos de seis semanas para tramitarlas. Y tengo que entregar dos trabajos en clase. Además, no para de nevar, o sea, que es una noche horrible para salir.

—Pues quedaos en casa y celebradlo en la cama. Igual esta noche te pide que te cases con él —dijo Amy esperanzada, y Brigitte soltó una carcajada.

—Sí, claro, con un artículo que entregar el viernes. Seguramente me llamará a última hora e improvisaremos algo. Iremos a comprar comida china o sushi. Tampoco es un día tan importante.

—Pues debería serlo —la regañó Amy—. No quiero que te conviertas en una solterona como yo.

—No soy ninguna solterona, y tú tampoco. Somos mujeres solteras, y eso está muy valorado hoy en día. Se considera una opción voluntaria, no una desgracia. Además, hay mujeres más mayores que nosotras que se casan y tienen hijos.

—Sí. Sara en la Biblia, tal vez. ¿Cuántos años tenía cuando dio a luz? Noventa y siete, creo. Hoy en día la gente suele tener a los hijos más joven, y me parece que entonces también. Además, estaba casada.

Amy miró a su amiga de forma exagerada, y esta se echó a reír.

—Estás obsesionada, al menos conmigo. Tú no andas buscando marido como una loca. ¿Por qué debería hacerlo yo? Ted y yo estamos muy bien así. Nadie tiene ya prisa por casarse. ¿Por qué te preocupa tanto?

A Brigitte parecía traerle sin cuidado.

—Lleváis seis años juntos; no creo que a eso pueda llamársele tener prisa por casarse. Más bien sería lo normal. Y cuando te des cuenta habrás cumplido los cuarenta y cinco, y luego los cincuenta, y se te habrá pasado el arroz. Tus óvulos serán prehistóricos y Ted podrá utilizarlos para redactar un trabajo de arqueología. —Lo decía en tono irónico, pero hablaba en serio—. A lo mejor deberías pedírselo tú.

—No seas tonta. Tenemos mucho tiempo para planteárnoslo. Antes quiero terminar el libro y el doctorado. Quiero ser doctora cuando me case.

—Pues date prisa. Sois la pareja más lenta del planeta. Creéis que vais a ser eternamente jóvenes. Pues bien, tengo malas noticias: tu cuerpo dice otra cosa. Al menos deberías empezar a pensar en lo de casarte y tener hijos.

—Lo haré, dentro de unos años. Por cierto, ¿qué planes tienes tú para esta noche?

Brigitte sabía que Amy no había salido con ningún hombre desde que se había quedado embarazada de su primer hijo cuatro años antes. Los niños la absorbían, apenas tenía vida social desde entonces. Andaba demasiado ocupada trabajando y planeando actividades con ellos. Amy deseaba que Brigitte también experimentara esa clase de plenitud y felicidad. Y Ted sería un padre magnífico; en ese aspecto estaban las dos de acuerdo. Los alumnos lo adoraban. Era cariñoso, amable e inteligente; tenía todas las cualidades que una mujer desea en un hombre, y por eso Brigitte lo quería, y los demás también. Era lo que se dice un tío genial.

—Me espera una velada de lo más emocionante con mis hijos —confesó Amy—. Iremos a una pizzería, y sobre las siete estarán durmiendo como troncos, o sea, que tendré tiempo de ver la tele antes de quedarme frita a las diez. No es la forma más habitual de celebrar San Valentín, pero a mí no me molesta.

Amy esbozó una sonrisa de felicidad a la vez que se ponía en pie. Había quedado en su despacho con un alumno. Lo enviaba el psicopedagogo de primer curso. Era extranjero, nunca había vivido fuera de casa hasta entonces y estaba muy deprimido. Por lo que le había contado el psicopedagogo, Amy pensaba derivarlo al servicio sanitario del centro para que lo viera un médico. Pero antes quería hablar personalmente con el chico. Estaba acostumbrada a tratar con alumnos así y hacía muy bien su trabajo, igual que Brigitte.

—Me parece un buen plan —comentó Brigitte—. Más tarde pensaré en algo que podamos hacer Ted y yo esta noche; si se le ha olvidado la fecha, se la recordaré. A lo mejor da por sentado que saldremos a cenar.

A veces lo hacía, los dos lo hacían. Tenían una relación que funcionaba sin ninguna necesidad de planear las cosas. Tras seis años juntos, Brigitte tenía asumido que serían pareja toda la vida. No había ninguna razón para dudarlo. No necesitaban pregonarlo ni inmortalizarlo en una inscripción. Los dos estaban satisfechos con cómo iban las cosas, daba igual lo que dijeran Amy o la madre de Brigitte. Les iba bien. Comodidad era el término que mejor definía lo que compartían, aunque Amy pensara que necesitaban más romanticismo o pasión. Brigitte no lo creía, y Ted tampoco. Los dos eran personas de carácter relajado que no precisaban grabar a fuego sus planes de futuro ni expresarlo todo en voz alta.

Por pura coincidencia, Ted la llamó diez minutos después de que Amy saliera de su despacho. Parecía agobiado y con prisa, y tenía la respiración algo agitada, cosa poco habitual en él. Era un chico sin complicaciones que no solía perder la calma.

—¿Estás bien? —preguntó Brigitte, preocupada—. ¿Ha ocurrido algo malo?

—No, es que voy fatal. Hoy hay mucho movimiento por aquí. ¿Podemos cenar juntos?

Cuando lo decía así, solía referirse a cenar juntos en casa. Pensaba ir a casa de Brigitte después del trabajo. Ella conocía bien los significados implícitos de sus conversaciones.

—Claro. —Sonrió ante su propuesta. Ted sí que tenía presente la fecha—. Amy acaba de recordarme que es San Valentín, se me había olvidado por completo.

—Mierda, y a mí. Lo siento, Brig. ¿Te apetece que cenemos fuera?

—Como quieras. A mí me va bien quedarme en casa, sobre todo con este tiempo.

La nevada se había intensificado, y ahora había más de un palmo de nieve en el suelo. No era fácil circular.

—Quiero que esta noche celebremos juntos una cosa. ¿Qué te parece si nos vemos temprano en Luigi’s? Si quieres, luego puedes quedarte a dormir en mi casa.

No solía ofrecérselo los días de diario, ni ella a él tampoco. A los dos les gustaba empezar el día temprano en el entorno que les resultaba más familiar. Solo convivían los fines de semana.

—¿Qué hay que celebrar? —preguntó Brigitte, un poco desconcertada. Percibía el entusiasmo en la voz de Ted, aunque trataba de aparentar más serenidad de la que sentía eso también lo notaba.

—No voy a estropear la sorpresa. Quiero decírtelo en persona. Hablaremos de ello durante la cena.

—¿Te han ascendido en el departamento?

Brigitte no soportaba la intriga, y Ted rió a modo de respuesta, dando la impresión de que tenía un secreto o un plan. Era algo impropio de él, y Brigitte se puso algo nerviosa. ¿Y si Amy tenía razón y pensaba aprovechar San Valentín para pedirle que se casaran? De repente, se le aceleraron la mente y el corazón. Estaba asustada.

—Es mucho más importante que eso. ¿Te importa coger un taxi? Nos encontraremos en Luigi’s. Ya sé que no es una forma muy romántica de empezar San Valentín, pero estaré enclaustrado en el despacho hasta la hora de la cena.

Su tono era de disculpa.

—No te preocupes, nos vemos allí —respondió Brigitte con voz temblorosa.

—Te quiero, Brig —susurró Ted antes de colgar.

Ella se quedó de piedra. Se lo decía muy pocas veces, excepto cuando hacían el amor, y de repente se preguntó si los deseos de Amy se estarían haciendo realidad. Al pensarlo, le entró pánico. No estaba nada segura de estar preparada para recibir una proposición. De hecho, más bien estaba segura de lo contrario. Sin embargo, las probabilidades eran claras, y media hora más tarde se presentó en el despacho de Amy con aire preocupado. Se plantó en la puerta y miró de frente a su amiga. Ella acababa de entrevistar al alumno de primer curso que echaba de menos su hogar, y lo había derivado a un psiquiatra para que le recetara medicación.

—Creo que me has lanzado un conjuro —soltó Brigitte con aspecto angustiado a la vez que entraba en el despacho de Amy y tomaba asiento.

—¿Por qué lo dices? —preguntó su amiga con desconcierto.

—Ted acaba de llamarme para invitarme a cenar. Dice que tiene una sorpresa, algo que es más importante que un ascenso, y parecía tan nervioso como lo estoy yo ahora. Madre mía, creo que piensa pedirme que me case con él. Y a mí va a darme un ataque.

—¡Aleluya! Ya era hora, ¿no? Por lo menos uno de los dos es sensato. Escucha, seis años viviendo juntos son más que suficientes, y os lleváis mejor que ninguna de las parejas casadas que conozco. ¡Será fantástico!

—No vivimos juntos —la corrigió Brigitte—. Solo pasamos juntos los fines de semana.

—¿Y cuánto tiempo quieres seguir así? ¿Seis años más, tal vez? ¿Diez? Si Ted tiene previsto pedirte que te cases con él, hace bien. La vida es muy corta. No puedes eternizarte en todo.

—¿Por qué no? A nosotros nos va bien así.

—O no. Parece que él quiere algo más, y hace bien. Tú también deberías quererlo.

—Y lo quiero, solo que no sé si ahora mismo. ¿Por qué tenemos que precipitarnos? Como suele decirse, si una cosa funciona, no la toques. Nuestra relación es perfecta.

—Más perfecta será cuando os comprometáis de verdad. Estaría bien que formarais algo: un hogar, una familia. No podéis vivir como estudiantes de por vida. Hay demasiada gente así en el mundo académico. Nos engañamos pensando que seguimos siendo unos críos, y ya no lo somos. Un día te levantarás y te darás cuenta de que te has hecho mayor, y que la vida te ha pasado de largo. No lo permitas. Los dos os merecéis algo mejor. Tal vez ahora te asuste la perspectiva, pero será maravilloso. Confía en mí. Tenéis que dar el paso.

Amy siempre había creído que Brigitte tenía que espabilarse también en el terreno laboral. Debería ser la directora de la oficina de admisiones, y estaba capacitada para ello, pero no quería. No la incomodaba ocupar una posición inferior a la que le correspondería por sus méritos; consideraba que así disponía de más horas para adelantar el libro y la tesis, y para investigar.

Brigitte nunca había sentido la necesidad de situarse en cabeza. Prefería lo sencillo a sufrir el estrés de llevar la voz cantante. No le gustaba correr riesgos. Amy estaba segura de que esa conducta tenía una relación directa con su infancia. Una vez Brigitte le había explicado que su padre era muy lanzado. Se había jugado todo el dinero en el mercado de valores, había perdido cuanto tenía y acabó por suicidarse. Después de eso su madre lo pasó muy mal; trabajó mucho para sacarlos adelante. Lo que más detestaba Brigitte era el riesgo, en todos los aspectos. Cuando se sentía cómoda en una situación, no se movía. Y daba la impresión de que Ted también estaba a gusto así. Pero en algún momento, por mucho que la asustara, Brigitte tenía que atreverse a tomar decisiones. No podía pasarse la vida anclada en el mismo sitio, ya que no había progreso sin riesgos. Amy deseaba fervientemente que esa noche Ted pidiera a su amiga en matrimonio, aunque ella estuviera muerta de miedo.

—Intenta no preocuparte —la tranquilizó Amy—. Os queréis. Todo irá bien.

—¿Y si nos casamos y se muere? —Estaba pensando en su padre, y miró a su amiga con los ojos llenos de lágrimas.

Amy le habló con delicadeza; veía lo asustada que estaba.

—Tarde o temprano, si seguís juntos hasta la vejez, uno de los dos morirá. Pero no creo que tengas que preocuparte por eso de momento —dijo para intentar serenarla; sin embargo, los miedos de Brigitte estaban demasiado arraigados.

—Solo pienso en eso a veces. Sé por lo que pasó mi madre cuando mi padre murió.

Por entonces Brigitte tenía once años, y recordaba a su madre todo el día llorando y saliendo a la calle en busca de un empleo para poder mantenerla. Había trabajado muchos años de redactora en una editorial, y tan solo hacía uno que se había jubilado. Ahora tenía tiempo para todo aquello que siempre había deseado y nunca había podido hacer: ver a sus amigos, organizar partidas de bridge, practicar ejercicio, ir a clases de cocina y jugar al golf. Llevaba varios años investigando la genealogía familiar. El tema la fascinaba, al contrario que a Brigitte, quien de ningún modo quería acabar igual que su madre, viuda y con hijos pequeños. Prefería seguir soltera, tal como estaba, toda la vida.

De joven, Brigitte había asistido a terapia por el suicidio de su padre. Había llegado a perdonarlo, pero nunca había superado del todo el miedo al cambio y a asumir riesgos. Y le afectaba mucho la posibilidad de que aquella noche Ted le propusiera matrimonio. Tanto que llamó a su madre al salir del trabajo, antes de acudir al restaurante, y esta notó la preocupación en su voz. Sin más preámbulos, Brigitte empezó a hablar de su padre. Hacía muchísimo tiempo que no abordaba el tema, y su madre la escuchó perpleja. Brigitte no dijo nada sobre el motivo que la había impulsado a actuar así.

—¿Te arrepientes de haberte casado con él, mamá?

Nunca le había preguntado sobre ese asunto, aunque era algo que siempre había deseado saber, y su madre pareció sobresaltarse.

—Claro que no. Te tengo a ti.

—Aparte de eso. ¿Valió la pena por todo lo que tuviste que pasar?

Su madre guardó silencio un buen rato antes de responder. Siempre había sido sincera con su hija, y ese era uno de los motivos del fuerte vínculo entre ellas. Además, habían sobrevivido a una tragedia juntas, y eso las mantenía aún más unidas. Tenían una relación muy especial.

—Sí, valió la pena. Nunca he lamentado haberme casado con él, a pesar de todo lo que ocurrió. Le quería muchísimo. Uno debe apostar fuerte en la vida, lo que pase después es cuestión de suerte. Siempre esperas que las cosas salgan bien, pero tienes que arriesgarte. Y lo que te he dicho es cierto; en los malos momentos te miraba y me sentía recompensada. No habría podido vivir sin ti.

—Gracias, mamá —respondió Brigitte con lágrimas en los ojos.

Colgaron al cabo de unos minutos. Sin saberlo, la madre de Brigitte le había dado la respuesta que necesitaba. A pesar del desastre en que los había sumido su padre y de su suicidio, no se arrepentía de nada. Era lo que Brigitte esperaba oír. No sabía si estaba preparada para casarse en ese momento de su vida; tal vez no lo estuviera jamás. Pero si Ted se lo pedía aquella noche, asumiría el riesgo y le diría que sí. Y quizá algún día sentiría la misma seguridad que su madre. A lo mejor algún día ella también tendría una hija. Estaba dispuesta a reconocer que tanto Amy como su madre llevaban razón. Aunque la idea la inquietaba, estaba decidida a aceptar la propuesta de Ted si eso era lo que tenía en mente. Se sentía muy valiente cuando tomó un taxi en dirección a Luigi’s para encontrarse con él.

Mientras pensaba en Ted durante el trayecto en taxi, el terror que sentía se fue tiñendo poco a poco de entusiasmo. Lo amaba, y tal vez le sentara bien la vida de casada. A lo mejor incluso le parecía una maravilla, se dijo. Ted no se parecía en nada a su padre, era un hombre responsable. Brigitte sonreía cuando se dispuso a sentarse a la mesa frente a su novio, pero, antes, él se levantó para besarla. Se le veía feliz y más ilusionado que nunca. Su estado de ánimo se contagiaba; hacía años que Brigitte no se sentía tan enamorada. Estaba preparada. Era un momento importante. Ted pidió una copa de champá ...