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EL LIBRO DE LA GENEROSIDAD

Mónica López  

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Fragmento

Inspiraciones para crear un mundo

más amable

Por Gonzalo Brito Pons *

La vida es frágil. No solo la vida de nuestra especie sobre este diminuto planeta azul, sino también tu vida, mi vida, son tremendamente frágiles. Por el tipo de cuerpo y mente que tenemos, estamos constantemente expuestos a dolores físicos y psicológicos, enfermedades, catástrofes, pérdidas de todo tipo.

Frente a esta fragilidad tenemos dos estrategias posibles. La primera consiste en refugiarnos tras la aparente seguridad que puede ofrecernos un proyecto vital: un camino para correr, vencer, adquirir, conquistar y acumular lo que más podamos. Aunque este es un proyecto comprensible desde nuestro instinto de sobrevivencia, es una alternativa problemática. Podemos correr toda la vida y morir agotados tratando de alcanzar una seguridad que nunca llega. ¿Cuánto dinero es suficiente para sentirse satisfecho? ¿Cuántos guardias necesita un barrio para que sea seguro? ¿Cuántos logros necesitas para sentir que ya «los has conseguido»? Las respuestas a estas preguntas no dependen de una variable puramente objetiva. No hay dinero, éxito o poder suficientes que puedan comprar la sensación de seguridad y bienestar. A esta estrategia podríamos llamarla estrategia reactiva, la cual es basada en una sensación básica de carencia.

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Un segundo camino consiste en asumir la fragilidad compartida de nuestra condición humana, abrir nuestras puertas y ventanas y echarnos una mano altruista entre todos. Aunque una parte nuestra esté obsesionada con acumular —como estrategia para conseguir seguridad—, la verdadera seguridad la encontramos cuando estamos entregando: no es lo que entra, sino lo que sale de nosotros; porque, finalmente, es aquello que traemos al mundo lo que realmente nos satisface. Todos sabemos que es posible estar en un lugar lujoso y estar amargado; y en cambio, es posible compartir un pan con mantequilla, un té en bolsita y ser feliz. La felicidad reside principalmente en nuestra capacidad apreciativa; nuestra acción alineada con aquello que es auténtico en nosotros. La felicidad depende de sentirnos contentos y conectados; de ver y ser vistos; de dar y recibir amor. Lo demás son extras. A esta perspectiva podríamos llamarle estrategia propositiva, la cual está basada en una mirada de abundancia.

Este noble Libro de la Generosidad, en su aparente simplicidad, esconde un tesoro. Cada cuento y cada sugerencia de la autora propone modos sutiles y concretos para habitar el mundo de maneras que nos permiten transformar nuestros patrones reactivos (basados en la carencia) en patrones propositivos (basados en la abundancia). Partiendo de la observación de un Chile falto de amor, y poseído por la mentalidad competitiva, este manojo de cuentos y sueños propone estrategias de convivencia que ponen a la gratitud y la generosidad en el eje de nuestra mirada.

No nos falta amor, gratitud y generosidad porque estemos deprimidos; estamos deprimidos porque nos falta amor, gratitud y generosidad. El amor es el gran multivitamínico y no nos vendría nada mal aumentar la dosis diaria. En tiempos en que se ha extendido el hábito de responsabilizar a los demás, en particular a los políticos, de todo mal que nos aqueja, bien vale hacerse una pregunta que nos responsabilice y nos empodere: ¿Qué aportas tú, cada día, a los espacios relacionales en los que te desenvuelves?

Este libro es una invitación a explorar esta pregunta y dar pasos concretos hacia una vida guiada por el amor; el amor como estrategia altruista y, a la vez, «sabiamente egoísta». Cuando ofrecemos paz y conexión a otros, esas cualidades nos habitan. Cuando aportamos amor al mundo, somos los primeros en recibir ese amor.

Viña del Mar, 9 de septiembre, 2017.

Lo que das, te lo das.

Lo que no das, te lo quitas…

ALEJANDRO JODOROWSKY

Confieso que este no es el primer libro que inicio, pero también que la fuerza tras él es distinta a todo cuanto haya escrito en el pasado. Quizá, en vez de fuerza, debo decir urgencia. Una urgencia por escribirlo, por sacármelo de encima, por compartirlo, por darlo a conocer, para que salga de mi cabeza y entre al terreno de las acciones, de los cambios concretos y positivos que nos beneficiarían a todos.

No quiero que se me mal interprete. Amo a mi país y soy muy optimista. Siento que vamos avanzando juntos en una buena dirección y tomando conciencia de que es necesario vencer las desigualdades, salir de nuestro individualismo y disminuir la desconfianza entre nosotros (de hecho, esas son las tres razones más potentes que los chilenos destacan como motivos de infelicidad). ¿Hay algo que se pueda hacer? Creo firmemente que sí. Acercarnos más amable y generosamente a los demás, ser más colaborativos que competitivos, ocuparnos de una vez de lo que sentimos y sabemos que es importante, sin seguir postergándolo. Suena sencillo, pero no lo es, porque hay algo clave que falta para solucionar la ecuación… A Chile le falta más amor.

Creo que el camino que debemos recorrer para volver a confiar y vivir mejor es la generosidad. Si las personas son generosas y basan sus interacciones con el mundo desde la colaboración y la ética del bien común por sobre el individual, estoy segura de que nos sentiremos más tranquilos, agradecidos, optimistas y felices.

Porque hace tiempo que hay algo que se repite una y otra vez, un ruido potente que sentimos como parte del sonido ambiente: «crisis de confianza», «estafa y corrupción», «colusión», «aumento de los índices de delincuencia», y la lista podría seguir y seguir. Y precisamente, por esto necesitamos ser más amables y generosos. Generosos con nosotros mismos, con los otros y también con «lo otro», con ese planeta que vemos como un agente externo, cuando es simple y complejamente la cálida casa que acoge a cada uno de nosotros.

Una de las razones porque caemos fácilmente en egocentrismos e individualismos, es la sensación que surge de la idea de que este mundo es de los «vivos», de los pillos que saben cómo ganarle al otro, los que aprovechan las oportunidades patudamente y sin vergüenzas. Surge de la idea de que nadie se va a preocupar por ti si tú no lo haces, que cada uno vela por sus objetivos y que es mejor arreglárselas solo, pues nadie te ayudará y no se puede confiar en los demás. El problema es que si vemos al resto como «malo», «tonto», «potencial traidor» o «el que puede ganarme si yo no me apuro y le gano primero», nos lleva a despreciar a quienes nos rodean y el real aporte que pueden hacer a nuestras vidas si nos abrimos realmente a ellos desde otra lógica de relación.

El problema es que transformarnos en winners, en «ganadores, sea como sea», implica una lógica de competencia donde lo que busco es estar por sobre otros, el status: el ser primero, sin importar que en el camino se pierda el respeto, la tolerancia, el buen trato, la ética y tantos otros muertos que van quedando caídos a medida que «avanzamos» y «triunfamos en la vida». El problema es que competir entre nosotros nos hace mal como sociedad.

Se mal confunde el «hacerse respetar» con gritar más fuerte, imponerse de forma autoritaria o exigir como cliente «mis derechos» sin importar los maltratos a quien me atiende. ¿El cliente siempre tiene la razón? ¿Es necesario tratar mal al otro para ser escuchado? ¿Caer en amenazas legales o todo lo que se me ocurra para intimidar y que me hagan el descuento? ¿Cómo llegamos a que esta sea la forma de lograr los objetivos?

Individualismos cotidianos, andar apurados buscando objetivos (sentir que los otros nos atrasan o lo hacen peor que uno), nos aíslan, nos hacen juzgar y perder oportunidades de crecer y de sumar relaciones positivas en nuestra vida. Como dice el psicólogo Claudio Araya, a veces «el mayor avance es detenerse», pues es ahí cuando logramos apreciar lo que existe en nuestra vida (que muchas veces perdemos de vista por andar corriendo). «Solos podemos llegar más rápido, pero con otros se llega mejor.» Esta frase me caló hondo cuando la escuché y la tengo como brújula y desafío constante de aprendizaje, pues me llena de sentido. Se trata de colaborar en vez de competir, de que si ganas tú, puedas hacer que ganen todos. Darte cuenta de que el éxito que importa no es llegar primero, no es tener mil títulos colgando, no es acumular logros académicos o materiales, no es llegar a estar en la primera línea del recital frente al cantante favorito (pudiendo golpear y patear a todos los que se interpongan en el camino). Definitivamente, el éxito es disfrutar la vida con otros, es disfrutar el camino (aunque suene cliché) más que el resultado final. Definitivamente, el éxito más grande que puedes tener en la vida es lograr vínculos de amor y amistad, es armar una buena tribu, sentirte parte de algo más grande que ti mismo, afortunado de estar vivo y devolver la mano dando lo mejor de ti al mundo. Y eso es el acto de generosidad más profundo que podemos hacer y que es posible de hacer por todos.

Se trata de cambiar la preposición.

En vez de ganar por sobre otros, es ganar con otros.

Disfrutar de la lentitud y saborear más la vida en vez de tragártela. Entender que cambiar de ritmo a veces no es «perder el tiempo», nos permite acompañar a otros y, por ende, cuidarnos con amabilidad y generosidad.

El que es generoso prospera,

el que da también recibe.

Proverbios, 11: 24-25

Uno de los mejores antídotos para la envidia, la competencia y la comparación social que tanto nos amarga el día a día, es la gratitud. Si nos sentimos agradecidos por lo que ya tenemos, tenderemos a dar más al resto, querremos que todos sean tan felices como nosotros y equipararemos hacia arriba, disminuyendo la desigualdad.

Asimismo, una de las principales razones de por qué en Chile los trastornos ansiosos y depresivos son altísimos, tiene eco en estudios internacionales1 que demuestran la siguiente ecuación: a mayor materialismo, menor felicidad. Es decir, mientras más envueltos estemos en el consumo, la preocupación por ganar dinero y actitudes de competencia; más mermará nuestro bienestar interno, alejándonos de los valores colaborativos. Justamente, la ansiedad que surge al pensar «en lo que podría pasar a futuro», puede combatirse mediante la confianza que da el tener vínculos colaborativos, redes de apoyo y un clima de generosidad que te ofrezca seguridad y tranquilidad para enfrentar cualquier adversidad. Y esta es la razón de por qué este libro está plagado de ideas para avanzar en un sentido comunitario, generar redes positivas y empezar a pensar en otros.

Nombré recién la ansiedad que surge al imaginar el porvenir. Ahora quisiera detenerme un poco en la depresión, que nace al pensar en hechos pasados y entristecerse al ver o compararlo con el yo actual, con sus pobrezas y sombras. Pero, ¿y si en vez de compararnos así nos concentráramos en todo lo que cada uno tiene por aportar al mundo (que siempre es bastante más de lo que imaginamos)? Mi parecer —y mi experiencia— es que la generosidad es una puerta enorme de entrada hacia una vida mejor.

A muchos pacientes con depresión los he alentado a que —poco a poco— comiencen a realizar acciones generosas, ya que esto implica «salirse» de uno mismo y pensar en el otro. No es un camino sencillo, pero cuando juntos comprendemos que la generosidad parte de la base de que «yo tengo algo valioso que puedo aportar a otros», esa entrega desinteresada empieza a cambiar también la percepción de uno mismo. Así, se inicia el recorrido del aceptarse, quererse, apreciarse, agradecer a la vida lo que hemos construido y, mejor aún, las posibilidades infinitas del futuro. Así se me llena el corazón cuando los veo regresar con una sonrisa, entusiasmados por algún proyecto o acción de generosidad, mientras la neblina depresiva empieza a esfumarse y esa persona empieza a brillar con más amor.

La generosidad no consiste en que me des algo que yo necesito

más que tú, sino en darme algo que tú necesitas más que yo.

Gibran Khalil Gibran

En pocas palabras, estoy convencida de que la gratitud y la generosidad es la mejor medicina contra la depresión.

Cuando actuamos desde la lógica de colaboración entre pares, es más fácil que surjan dinámicas relacionales más sanas, nacidas desde el respeto, la tolerancia, la valoración y aceptación del otro como es (y no como yo quisiera que fuese). Además de la aceptación, la inclusión y acogida genuina a lo que el otro me puede entregar, es el gran marco en el cual debemos movernos: la atmósfera que verdaderamente debiese reinar en nuestras relaciones.

No importa si no siempre tenemos claro qué puede ser eso que damos; tampoco si es de manera consciente, de forma espontánea, o sin darnos cuenta. Lo que sí es claro e importantísimo, es que la presencia de otros seres humanos aportará a mi camino de aprendizaje. Y aquí me refiero a todo ser humano, incluso aquel que más sufrimiento trajo a tu vida, ya que, si lo miras en perspectiva, entenderás que ese dolor (esa relación) te dejó una lección clave sobre las cosas que no deseas repetir: te permitirá identificar qué te dañó en ese minuto y, también, la información para entender qué cosas tú no debieses replicar en otros.

Una vez escuché que el miedo y el amor son proporcionales. A más miedo, menos amor. Y tiene mucho sentido: cuando amas, entregas, confías, estás en paz, emites luz a otros porque eres luz en ti mismo. En cambio, cuando vives en el miedo te sientes inseguro, quieres controlarlo todo, desconfías de los demás, te aíslas, piensas de manera individualista, engañas, estafas, te sobreproteges del «mundo hostil» que puede dañarte, hablas mal y envidias a los otros, compites, te enfermas y un largo etcétera. Pero, ¿sabías que además con el miedo aume ...