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EL PLANETA VACíO

Darrell Bricker   John Ibbitson  

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Fragmento

PREFACIO

ÉRASE UNA VEZ UNA NIÑA

El 30 de octubre de 2011, un lunes, justo antes de medianoche, Danica May Camacho llegó al mundo en un abarrotado hospital de Manila, con lo que la población humana del planeta alcanzó la cifra de siete mil millones de personas. En realidad, quizá la balanza se inclinó un poco unas horas más tarde en un pueblo de Uttar Pradesh, India, con la llegada de Nargis Kumar. O acaso fuera un niño, Pyotr Nikolayeva, nacido en Kaliningrado, Rusia.[1]

No fue ninguno de ellos, por supuesto. En el nacimiento que nos permitió llegar a los siete mil millones de personas no hubo cámaras ni discursos solemnes, pues era de todo punto imposible saber dónde y cuándo iba a producirse tal suceso. Según las mejores estimaciones de las Naciones Unidas, solo somos capaces de saber que se superó la cifra de siete mil millones en torno al 31 de octubre de ese año. Diferentes países hicieron hincapié en determinados alumbramientos para simbolizar ese hito histórico, y Danica, Nargis y Pyotr estuvieron entre los elegidos.

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A juicio de muchos, no hay motivo para celebrar nada. El ministro indio de Salud, Ghulam Nabi Azad, declaró que una población global de siete mil millones de personas «no era algo que nos debiera alegrar sino más bien preocuparnos... Tendremos razones para alegrarnos cuando la población se estabilice».[2] Muchos comparten la pesadumbre de Azad. Avisan de una crisis demográfica global. El Homo Sapiens se está reproduciendo sin restricciones, poniendo a prueba nuestra capacidad para alimentar, cobijar o vestir a los 130 millones o más de nuevos bebés que, según calcula la UNICEF, llegan cada año. Mientras se amontonan seres humanos en el planeta, desaparecen bosques, se extinguen especies y se calienta la atmósfera.

Si la humanidad no desactiva esta bomba demográfica, anuncian estos profetas, nos viene encima un futuro de pobreza creciente, escasez alimentaria, conflictos y degradación medioambiental. Como dijo un Malthus moderno, «si no conseguimos un descenso espectacular del crecimiento demográfico, una rápida disminución de las emisiones de gases de efecto invernadero o un estallido global del vegetarianismo —todo lo cual va, ahora mismo, precisamente en la dirección contraria—, llegaremos nada menos que al final de la época de la abundancia para la mayoría de los habitantes de la Tierra».[3]

Todo esto es total y absolutamente falso.

El gran acontecimiento característico del siglo XXI —uno de los grandes episodios definitorios de la humanidad— se producirá en el espacio de tres décadas, más o menos, cuando la población global empiece a disminuir. Y en cuanto se inicie, ya no va a tener fin. No nos enfrentamos al desafío de una bomba demográfica sino a un colapso, un sacrifico implacable, generación tras generación, del rebaño humano. Nunca había pasado nada igual.

No es de extrañar que esta información te parezca estremecedora. Las Naciones Unidas pronostican que la población pasará, en este siglo, de los siete mil a los diez mil millones antes de estabilizarse a partir de 2100. No obstante, en opinión de un creciente número de demógrafos de todo el mundo, las cifras de la ONU son demasiado elevadas. Lo más probable, dicen, es que la población del planeta llegue a un valor máximo de aproximadamente nueve mil millones de personas entre 2040 y 2060, y que en lo sucesivo comience a descender, lo cual quizá provocaría que la ONU declarase el día de la «muerte simbólica» para conmemorar la ocasión. A finales de este siglo, podríamos estar de nuevo donde estamos ahora mismo y empezar a ser paulatinamente cada vez menos.

La población ya está disminuyendo más o menos en dos docenas de países del mundo; hacia 2050, esta cifra habrá llegado a las tres docenas. Algunos de los lugares más ricos del planeta están perdiendo población cada año: Japón, Corea, España, Italia, gran parte de Europa del este. «Somos un país moribundo», se lamentaba en 2015 Beatrice Lorenzin, ministra italiana de Salud.[4]

Sin embargo, la noticia importante no es esta. Lo importante es que los principales países en desarrollo también están a punto de empezar a decrecer, pues su tasa de fertilidad está bajando. Dentro de pocos años, China comenzará a tener menos gente. A mediados de este siglo, Brasil e Indonesia seguirán el ejemplo. Incluso en la India, que pronto será el país más poblado de la Tierra, sus cifras se estabilizarán aproximadamente en el espacio de una generación y después empezarán a reducirse. Los índices de fertilidad siguen siendo altísimos en el África subsahariana y ciertas zonas de Oriente Medio. Sin embargo, incluso ahí están cambiando las cosas, pues las mujeres jóvenes están accediendo a la educación y el control de natalidad. Es probable que África ponga fin a su baby boom desenfrenado mucho antes de lo que piensan los demógrafos de la ONU.

En informes gubernamentales e investigaciones académicas, se pueden observar algunas indicaciones de un declive acelerado de la fecundidad; a veces, se advierte eso mismo hablando simplemente con gente en la calle. Y eso es lo que hicimos. Con el fin de recopilar información para este libro, viajamos a ciudades de seis continentes: desde Bruselas a Seúl, pasando por Nairobi y São Paulo, Bombay y Pequín, Palm Springs, Canberra o Viena. Hubo también otras paradas. Conversamos con profesores universitarios y funcionarios públicos, pero lo más importante es que hablamos con gente joven: en campus universitarios e institutos de investigación, en favelas y suburbios. Queríamos saber qué pensaban sobre la decisión más importante que tomarán en su vida: si tener o no un hijo y cuándo.

El descenso demográfico no es ni bueno ni malo. Pero sí es importante. Una niña que nazca hoy llegará a la madurez en un mundo en el que las circunstancias y las expectativas serán muy distintas de las actuales. Estará en un planeta más urbano, con menos crímenes, más saludable desde el punto de vista medioambiental pero con muchas más personas mayores. No tendrá problemas para encontrar un empleo, pero quizá sí para llegar a fin de mes, pues los impuestos para pagar las pensiones y la asistencia médica de todos esos ancianos mermarán su salario. No habrá tantas escuelas porque no habrá tantos niños.

Sin embargo, no tendremos que esperar treinta o cuarenta años para notar el impacto del descenso demográfico. Ya lo estamos percibiendo en la actualidad, en países desarrollados, desde Japón a Bulgaria, que luchan por desarrollar su economía pese a que disminuye el conjunto de consumidores y trabajadores jóvenes, con lo cual cuesta más proporcionar servicios sociales o vender neveras. Lo vemos en la cada vez más urbana Latinoamérica o incluso en África, donde las mujeres van tomando progresivamente el control de su destino. Lo vemos en cada hogar en que los jóvenes tardan más en marcharse de casa porque no tienen prisa alguna en formar su propia familia y tener un hijo. Y lo estamos viendo, desgraciadamente, en las agitadas aguas del Mediterráneo, donde refugiados de lugares horribles están presionando contra las fronteras de una Europa que ya comienza a vaciarse.

Y quizá muy pronto veamos que esto influye en la lucha global por el poder. El descenso demográfico moldeará la naturaleza de la guerra y la paz en las décadas venideras, pues unos países lidiarán a duras penas con las consecuencias del encogimiento y el envejecimiento de la sociedad mientras otros seguirán siendo capaces de aguantar. El desafío geopolítico definitorio de las próximas décadas acaso suponga el acomodo y la contención de una enojada y asustada China mientras afronta las consecuencias de su desastrosa política de hijo único.

Algunos de los que temen las consecuencias negativas de una mengua de la población propugnan medidas gubernamentales para aumentar el número de hijos de las parejas. Sin embargo, los datos indican que esto es en vano. La «trampa de la baja fertilidad» garantiza que, tan pronto la norma es tener uno o dos hijos, dicha norma se consolida. Las parejas ya no consideran que tener hijos sea una tarea que deban llevar a cabo para cumplir una obligación familiar o religiosa, sino que deciden criar un hijo como un acto de realización personal. Y se sienten realizadas enseguida.

Una solución al problema del descenso demográfico es importar sustitutos. Es por eso por lo que dos canadienses han escrito este libro. Canadá lleva décadas aceptando, per cápita, más personas que ningún otro país desarrollado, y apenas ha de afrontar tensiones, guetos o debates encendidos al respecto en comparación con otros países. Ello se debe a que se enfoca la inmigración como un aspecto de la política económica —gracias al sistema de puntos meritocrático, los inmigrantes de Canadá son por lo general más cultos, en promedio, que los autóctonos— y a que se adopta el multiculturalismo: el derecho compartido a celebrar tu cultura nativa dentro del mosaico canadiense, lo cual ha propiciado la consolidación de una sociedad próspera y políglota, entre las más afortunadas del planeta.

No todos los países son capaces de acoger a oleadas de recién llegados con el aplomo de Canadá. Muchos coreanos, suecos o chilenos tienen un firme sentimiento de lo que significa ser coreano, sueco o chileno. Francia insiste en que los inmigrantes han de abrazar la idea de ser francés —aunque los chapados a la antigua niegan que tal cosa sea posible—, con lo que las comunidades de inmigrantes se quedan aisladas en sus banlieues, segregadas y no iguales. Se prevé que la población del Reino Unido siga creciendo, desde los 66 millones actuales hasta unos 82 millones a finales de siglo, pero solo si los británicos continúan acogiendo de buen grado niveles elevados de inmigración. Como ha revelado el referéndum del Brexit, muchos británicos quieren convertir el canal de la Mancha en un foso. Para combatir la despoblación, los países han de aceptar tanto la inmigración como el multiculturalismo. Lo primero es difícil. Lo segundo acaso resulte imposible para algunos.

Entre las grandes potencias, el inminente descenso demográfico beneficia exclusivamente a Estados Unidos. Durante siglos, Norteamérica ha acogido favorablemente a los recién llegados: primero los que venían del Atlántico, luego también los del Pacífico, y en la actualidad los que cruzan el río Grande. Millones de ellos se han sumergido venturosamente en el crisol cultural, el melting pot —versión norteamericana del multiculturalismo—, con lo que han enriquecido tanto la economía como la cultura del nuevo país. Gracias a la inmigración, el siglo XX fue el siglo americano, y la inmigración ininterrumpida hará que podamos definir también como americano el siglo XXI.

Pero, ojo. El remolino receloso, nativista, del America First de los últimos años amenaza —levantando un muro en la frontera entre Estados Unidos y todo lo demás— con cerrar el grifo de la inmigración que hizo grande a Norteamérica. Bajo el mandato del presidente Donald Trump, el gobierno federal no solo ha tomado medidas duras contra los inmigrantes ilegales sino que además ha reducido las admisiones legales de trabajadores cualificados, una política suicida para la economía estadounidense. Si este cambio es permanente, si a causa de un miedo insensato los norteamericanos abandonan su tradicional apoyo a la inmigración dándole la espalda al mundo, Estados Unidos también sufrirá un declive, en población, poder, influencia y riqueza. Esta es la decisión que cada norteamericano debe tomar: respaldar una sociedad abierta, integradora y hospitalaria, o cerrar la puerta y languidecer en el aislamiento.

En el pasado, el rebaño humano ha sido sacrificado y seleccionado por plagas y hambrunas. Ahora nos estamos sacrificando nosotros mismos, estamos decidiendo ser menos. ¿Esta decisión es definitiva? Probablemente sí. Aunque a veces los gobiernos han sido capaces de aumentar el número de hijos que una pareja está dispuesta a tener mediante subvenciones para guarderías y otras ayudas, nunca han conseguido devolver la fecundidad al nivel de reemplazo de, por término medio, 2,1 niños por mujer necesarios para sostener una población. Además, esta clase de programas son carísimos y, durante las crisis económicas, suelen sufrir recortes. Por otro lado, cabría considerar poco ético que un gobierno intente convencer a una pareja de que tenga un niño que, en otras circunstancias, no habría tenido.

Mientras nos vamos adaptando a un mundo cada vez más pequeño, ¿celebramos o lamentamos estas cifras decrecientes? ¿Procuraremos preservar el crecimiento o aceptaremos con elegancia un mundo en el que las personas prosperan y a la vez se esfuerzan menos? No lo sabemos. Pero acaso un poeta esté observando ahora, por primera vez en la historia de nuestra especie, que la humanidad se siente vieja.

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UNA BREVE HISTORIA DE LA POBLACIÓN

Estuvimos muy cerca de no ser nada en absoluto.

Solo quedaban unos cuantos miles de seres humanos, quizá menos, aferrados a las costas del África meridional, al borde del olvido.[1] La tremenda erupción del monte Toba de Sumatra hace 70.000 años —desde entonces no ha pasado nada igual— arrojó a la atmósfera 2.800 kilómetros cúbicos de ceniza, que se extendieron desde el mar Arábigo en el oeste hasta el sur de China en el este, lo que provocó en la Tierra el equivalente a seis años de invierno nuclear. Según algunos científicos, «Toba ha sido el suceso más catastrófico que haya sufrido jamás la especie humana».[2] El Homo sapiens ya tenía problemas: aunque hasta ese momento ya llevaba 130.000 años usando herramientas y el fuego, la Tierra estaba en un ciclo de enfriamiento que había liquidado buena parte de sus fuentes alimentarias. Ahora, por culpa de Toba, las cosas eran muchísimo peores. Recogíamos tubérculos y moluscos en los enclaves africanos más inhóspitos. Un poco más de mala suerte, y habría podido ser el final para todos.

Esta es, al menos, una de las teorías sostenidas por antropólogos y arqueólogos; según otras, para entonces los seres humanos ya habían migrado de África y se ha exagerado el impacto del Toba.[3] De todos modos, es difícil quitarse de la cabeza la idea de una humanidad hecha polvo, al borde de la extinción, luchando por alimentar a sus pocos jóvenes restantes en un mundo desolado, a la espera de que los cielos se despejaran, el planeta volviera a palpitar y el sol calentara la tierra de nuevo.

Sin embargo, nos movimos despacio. Los seres humanos más valientes de la historia quizá cruzaron los estrechos entre el sudeste de Asia y Australia hace unos cincuenta mil años. (Aunque según datos recientes, tal vez llegaran antes).[4] Puede que algunos aparecieran ahí por casualidad, pero otros seguramente se hicieron a la mar con un propósito definido y un horizonte claro, solo por lo que habían oído contar a quienes habían regresado vivos.[5] También se estaba asentando gente en lo que ahora es China, y hace unos quince mil años muchos seres humanos cruzaron el puente de tierra que entonces conectaba Siberia con Alaska, lo que supuso el comienzo de su larga caminata por las Américas. (También en este caso los datos son objeto de discusión).[6]

Hace más o menos doce mil años, primero en Oriente Medio y luego, de forma independiente, en otras partes del mundo, el más importante de todos los descubrimientos humanos nos alargó la vida y aumentó nuestras cifras. Las personas empezaron a advertir que semillas caídas de hierbas producían hierbas nuevas al año siguiente. En vez de deambular de un sitio a otro, arreando o cazando animales y recolectando frutas y granos, tenía más sentido permanecer en un lugar, plantar y cosechar los cultivos y atender el ganado. Pero como no todos hacían falta en el campo, el trabajo comenzó a especializarse, con lo que las cosas se hicieron complejas, lo cual dio origen al gobierno y a la economía organizada. Los cazadores-recolectores fueron replegándose poco a poco —a día de hoy todavía quedan algunos en entornos aislados—, y surgió la civilización: Sumeria, Egipto, la dinastía Xia, el valle del Indo, los mayas.

El progreso era incierto. El ascenso y la caída de imperios eran síntomas de tensiones crecientes y menguantes: el calentamiento o enfriamiento del planeta y los estragos en las cosechas; la llegada de la última plaga bacteriana o vírica. Se perdían conocimientos que había que reaprender con gran esfuerzo. Al principio el Este iba rezagado con respecto al Oeste, pues allí la gente se había instalado más tarde, pero hacia la época de Cristo, los imperios romano y Han eran casi equivalentes, tanto que uno habría podido provocar la caída del otro. «Cada uno desarrolló su propia y exclusiva combinación de enfermedades mortales —escribe Ian Morris—..., y hasta 200 a.C. evolucionaron como si estuvieran en planetas distintos. Pero a medida que cada vez más mercaderes y nómadas se desplazaban a lo largo de circuitos que enlazaban los núcleos, empezaron a fusionarse fuentes patológicas, lo que provocó horrores dispersos en todo el mundo.»[7]

Desde los albores de la civilización, en Mesopotamia y Egipto en torno a 3200 a.C., hasta los inicios del Renacimiento en 1300 d.C., la historia había sido siempre lo mismo: cierta combinación de geografía, liderazgo y avances tecnológicos concedían ventaja a esta tribu o este pueblo, que conquistaba todo lo que se le ponía por delante. En la paz subsiguiente, se construían caminos, se mejoraban los arados, se aprobaban leyes, se recaudaban impuestos. Pero de pronto pasaba algo: malas cosechas, plagas, alborotos lejanos que empujaban a muchos guerreros a huir o hacer incursiones desde la periferia al centro, que no era capaz de resistir. Colapso. Reconstrucción. Vuelta a empezar.

En cualquier caso, no todos los avances se perdían, y mientras el Este, el Oeste o el Sur se debilitaban, en otras partes las cosas iban mejor. El islam preservó conocimientos perdidos para Occidente con el declive de Roma, al tiempo que la India descubría el cero, que posibilitó tantas cosas. La última plaga generó los últimos anticuerpos con los que oponerle resistencia. Al menos en Eurasia, la inmunidad llegó a ser un eficaz instrumento de progreso.

La población del planeta aumentó desde estos escasos miles de individuos tras la erupción del Toba hasta una cifra que oscila entre cinco y diez millones durante la primera revolución agrícola. En el año 1 d.C. habría unos trescientos millones. Hacia 1300, con una China unificada, cultivada y avanzada bajo la dinastía Song, el islam extendiéndose desde la India a España, y Europa abandonando por fin su época oscura posromana, la población global había alcanzado su valor máximo de unos cuatrocientos millones.[8] Y entonces pasó lo peor que podía pasar.

Yersinia pestis, la bacteria causante de la peste bubónica, lleva entre nosotros una buena temporada. Según cierta teoría, el territorio comprendido entre el mar Negro y China es «una reserva de plagas», donde el bacilo ha estado largo tiempo —y sigue estando. (En la región, incluso en la actualidad se dan todavía casos ocasionales).[9] No se trata de una enfermedad que infecte sobre todo a los seres humanos, sino más bien una «enfermedad de las ratas en la que participan los seres humanos».[10] Las ratas resultan infectadas por pulgas que transportan la bacteria; una vez que la rata muere, la pulga busca un nuevo anfitrión, y si hay un ser humano cerca, este será el agraciado. No obstante, pasan entre tres y cinco días desde el momento en que una persona recibe la picadura y el inicio de la enfermedad, con lo que tiene mucho tiempo para infectar a otras, toda vez que la peste se puede transmitir entre los seres humanos mediante gotitas aerotransportadas.[11]

Hay relatos de brotes en toda la antigüedad; el primer episodio bien documentado, la Plaga de Justiniano, que estalló en 541 d.C., truncó las esperanzas del emperador bizantino de recuperar los territorios perdidos del Imperio Romano.[12] Sin embargo, no hay nada comparable a la Peste Negra, como se la conoció más adelante. Seguramente era una cepa muy virulenta de peste bubónica que partió de China o las estepas de Crimea y llegó en 1346. Según una descripción, durante el asedio de Caffa, en el mar Negro, los soldados mongoles arrojaron cadáveres infectados al otro lado de las murallas en lo que acaso fuera el primer caso de guerra biológica.[13 ]Sea como fuere, la enfermedad fue transportada en barco desde Crimea a los puertos mediterráneos.

Europa era excepcionalmente vulnerable. Una época de enfriamiento global había mermado las cosechas, por lo que la gente pasaba hambre y tenía debilitado el sistema inmunitario. La guerra también sometía a tensión a las poblaciones locales. Sin embargo, pese a las malas noticias, la economía y la demografía de la Europa medieval crecieron a buen ritmo tras los siglos de la Época Oscura, con un desarrollo sin precedentes de los viajes y las relaciones comerciales entre ciudades y regiones. Por todo ello, la enfermedad pudo propagarse con rapidez —dos kilómetros diarios por las rutas principales, mientras que los barcos permitían a las pulgas viajar al norte de Europa casi de inmediato—. En el espacio de tres años, todo el continente estuvo afectado por la peste.

En el 80 por ciento de los casos, la persona infectada moría, por lo general al cabo de una semana desde la aparición de los primeros síntomas. El progreso de la enfermedad se describe en una canción infantil:

Gira alrededor de lo sonrosado: los bubones —una hinchazón de los ganglios linfáticos de la ingle, la axila o el cuello— eran como anillos y de color rosado en el centro, una señal segura de enfermedad.

Un bolsillo lleno de ramilletes: a medida que la enfermedad avanzaba, el cuerpo empezaba a pudrirse por dentro. El olor era tan espantoso que los vivos llevaban consigo ramos de flores para refrescar el aire.

¡Achís! ¡Achís! (o variantes regionales): las víctimas también sufrían dolores de cabeza, sarpullidos oscuros, vómitos, fiebre... y dificultades respiratorias o estornudos.

Todos sucumbimos: muerte.[14]

Aunque hay mucha discusión, basada en pocas pruebas, sobre el grado de afectación de la India y China,[15] al menos una tercera parte de Europa se extinguió en el espacio de pocos años —según algunos cálculos, la cifra llegaría hasta el 60 por ciento—.[16] «Los ciudadanos hacían poco más que acarrear cadáveres para que fueran enterrados», escribió un cronista de Florencia, donde en apenas unos meses desapareció más de la mitad de la población. Los muertos eran arrojados a hoyos, que a veces no eran muy profundos y los perros los desenterraban y los mordisqueaban.[17] La peste derribó gobiernos, socavó la autoridad de la Iglesia Católica, agudizó la inflación debido a la escasez provocada por los trastornos en el comercio y alentó los excesos hedonistas entre los supervivientes: carpe diem. En algunas regiones, hicieron falta cientos de años para que la población recuperara su nivel anterior.[18]

Sin embargo, aunque parezca difícil de creer, algunas de las consecuencias de la magna pestilencia fueron beneficiosas. La falta de mano de obra debilitó el vínculo entre señores y siervos, lo que incrementó la movilidad laboral, amplió los derechos de los trabajadores y estimuló la productividad. Por regla general, los salarios crecían más que la inflación. A la larga, el feudalismo se desmoronó, y los propietarios empezaron a contratar los servicios de peones y jornaleros. Los europeos llevaban tiempo evitando los viajes marítimos largos debido a los elevados índices de mortalidad. Pero ahora que las tasas de mortalidad en tierra eran también altas, parecía que el riesgo valía más la pena. De hecho, la peste quizá había impulsado la era europea de la exploración y la colonización.[19]

No obstante, la colonización dio lugar, por desgracia, a mortandades aún más atroces en el Nuevo Mundo, pues los exploradores, saqueadores y luego colonos europeos introdujeron sus enfermedades en las indefensas poblaciones indígenas del centro, el sur y el norte de América. También aquí cuesta mucho calcular la pérdida real de vidas, pero por lo visto al menos la mitad de la población americana pereció como consecuencia del contacto con los europeos,[20] lo que «propició quizá el mayor desastre demográfico de la historia de la humanidad».[21] Según algunas estimaciones de pérdida de población, se superó el 90 por ciento.[22] La viruela fue especialmente dañina y letal.

La peste, las hambrunas y las guerras se combinaron para tener la población humana bajo control durante los siglos intermedios del último milenio. Si en 1300 había en la Tierra, pongamos, cuatrocientos millones de personas, en 1700 se superaban por poco los seiscientos millones.[23] El mundo estaba bloqueado en la Fase 1 del Modelo de Transición Demográfica, creado en 1929 por el demógrafo norteamericano Warren Thompson. En la Fase 1, que abarca toda la humanidad desde los albores de la especie hasta el siglo XVIII, son elevados los índices tanto de natalidad como de mortalidad, y el crecimiento demográfico es lento y fluctuante. El hambre y la enfermedad son parte del problema: en la Europa medieval, una típica sociedad en Fase 1, aproximadamente un tercio de los niños moría antes de cumplir los cinco años, y si se lograba criarlos, la desnutrición crónica provocaba que las enfermedades se los llevaran por delante apenas superada la cincuentena.

Esto, en todo caso, si no te mataban. En las sociedades preindustriales, la guerra y el crimen eran amenazas constantes. Y la prehistoria era aún más violenta. Como ha observado Steven Pinker, casi todos los ejemplares humanos que se han conservado en ciénagas, campos de hielo y lugares por el estilo presentan señales de haber sufrido una muerte violenta. «¿Qué pasa con los hombres prehistóricos que no han podido legarnos un cadáver interesante sin recurrir al juego sucio?», se preguntaba.[24] Así pues, no es de extrañar que desde nuestros inicios hasta la Ilustración, tanto en China como en las Américas, Europa o cualquier otro lugar, la población creciera, si acaso, despacio.

Sin embargo, en la Europa del siglo XVIII la curva comenzó a ascender. Hacia 1800, la población global había rebasado los mil millones. En un solo siglo, la Tierra había añadido más personas que en los cuatro siglos anteriores juntos. Europa había avanzado desde la Fase 1 del Modelo de Transición Demográfica a la Fase 2: un índice de natalidad elevado y un índice de mortalidad gradualmente menguante. ¿Por qué vivía más la gente?

Bien, para empezar, las brechas entre brotes de pestes eran cada vez más largas, y su gravedad, cada vez menor, gracias a mejoras en la productividad agrícola que reforzaban la dieta local y volvía a los individuos más resistentes a la enfermedad. (Más adelante, ahondaremos en el asunto). Tras el final de la traumática Guerra de los Treinta años, en 1648, Europa entró en un período de relativa calma que duró más de un siglo. La paz trajo consigo nuevas inversiones en infraestructuras, como los canales, que incrementaron el comercio y mejoraron el nivel de vida. El maíz, las patatas y los tomates, traídos del Nuevo Mundo, enriquecieron la dieta europea. «La unión de los continentes fue una condición indispensable para la explosión demográfica de los dos últimos siglos, y sin duda desempeñó un papel en la Revolución Industrial», sostiene el historiador Alfred Crosby.[25] En cualquier caso, la verdadera causa de la mayor esperanza de vida fue la Revolución Industrial propiamente dicha, desde luego: la aceleración en el conocimiento industrial y científico que nos dejó como herencia el mundo que hoy habitamos. La máquina de vapor de James Watt empezó a utilizarse comercialmente ya en 1776, un año excepcional. (También ese año Adam Smith escribió La riqueza de las naciones y Estados Unidos declaró su independencia de Gran Bretaña). La producción mecanizada aumentó la productividad: la fábrica, el ferrocarril, el telégrafo, la luz eléctrica, el motor de combustión interna. Los tres últimos inventos fueron norteamericanos; tras su guerra civil, Estados Unidos tenía cada vez más riqueza, poder y confianza en sus posibilidades.

Gracias a las revoluciones agrícola e industrial, la gente empezó a vivir más años. Ahora que las hambrunas y las pestes iban a la baja, las parejas se casaban antes y tenían más hijos. Y estos niños sobrevivían con más facilidad debido a la mayor higiene y a la introducción de la vacuna contra la viruela, otro avance científico. La era victoriana fue la primera de la historia en la que se produjo un crecimiento demográfico rápido y sostenido, mientras Europa y Estados Unidos competían para alcanzar a Gran Bretaña. Esto es lo que se da en cualquier sociedad al ingresar en la Fase 2. Los sitios más miserables del mundo actual siguen encerrados en ella: la vida dura más; la gente tiene muchos hijos; el crecimiento beneficia a unos pocos, no a la mayoría; la pobreza campa a sus anchas.

La vida revolucionario-industrial del siglo XIX era durísima para casi todo el mundo, sin duda. La gente trabajaba hasta la extenuación en fábricas sombrías y peligrosas y vivía hacinada en suburbios horrendos que eran incubadoras de enfermedades. Europa estaba madura para padecer algunas malas cosechas, cada vez más hambre y alguna otra plaga. Sin embargo, esta vez el ritmo de la ciencia superó al de los gérmenes. La historia de la epidemia de cólera de Broad Street es la mejor explicación de por qué.

El comercio y el Raj llevaron la bacteria Vibrio cholerae desde su viejo hogar en el delta del Ganges a Europa a través de Rusia; a Gran Bretaña llegó en 1831. Todavía hoy en día el cólera mata a más de 120.000 personas al año en los países más pobres del mundo; en el siglo XIX, el impacto en Europa fue devastador. Cuando el cólera llegó a Sunderland, su puerto de entrada en Inglaterra, fallecieron 215 personas.[26] A medida que la enfermedad iba recorriendo la isla, las personas morían por miles mientras los médicos se quedaban mirando sin saber qué hacer. Se trataba de algo que no habían visto nunca antes. (En todo caso, no es que sus tratamientos para las dolencias conocidas fueran muy efectivos). La enfermedad acompañó a la Revolución Industrial: debido a la industrialización y la urbanización, las ciudades habían crecido muchísimo —en 1860, Londres, con una población de 3,2 millones de personas, era la ciudad más grande del mundo—, lo que provocaba también muchos riesgos sanitarios, pues había personas que vivían en condiciones terriblemente insalubres. En la época del brote, la ciudad contaba con doscientas mil fosas sépticas particulares; la basura y los desechos llenaban las cunetas y bordeaban los callejones.[27] No obstante, la revolución también estaba transformando las ciencias, en especial la medicina, con un conocimiento generalmente aceptado que se veía obligado a dar paso a la investigación empírica.

Se creía que el cólera se inhalaba a través de los miasmas, o aire viciado. Los médicos trataban a los afectados con opiáceos y sanguijuelas. Pese a siglos de pruebas de que el tratamiento era inútil o dañino, las sangrías eran todavía un remedio popular para combatir las infecciones. Al menos los opiáceos aliviaban el dolor extremo.

Un médico desconocido, John Snow, estaba totalmente convencido de que el cólera se transmitía por el agua, no por el aire. Un estallido de la enfermedad que comenzó el 31 de agosto de 1854 en el barrio londinense del Soho brindó a Snow la posibilidad de demostrar su teoría. Como en diez días habían muerto quinientas personas, los supervivientes huían de la zona. Pero Snow no. En vez de irse, visitó las casas de las víctimas, habló con las familias, volvió sobre los pasos de quienes habían enfermado y representó gráficamente los fallecimientos en un mapa del vecindario. Enseguida se dio cuenta de que casi todas las víctimas tenían algo en común: vivían cerca de la bomba de Broad Street, o habían sacado agua de la misma. Tras sacar también agua de ahí y examinarla al microscopio, Snow descubrió lo que denominó «partículas blancas, flocosas», que, como acertadamente dedujo, constituían la causa de la enfermedad.

Aunque su teoría se oponía frontalmente a las ideas heredadas, Snow logró convencer a los escépticos funcionarios públicos para que inutilizaran la bomba, lo que obligó a los residentes a ir a buscar agua a otra parte. El brote finalizó al instante.[28] Pese a que se tardó años en superar la resistencia conservadora, la terca verdad de la observación de Snow empujó a los urbanistas a diseñar el primer sistema de alcantarillado moderno. Inaugurados en 1870, los túneles de las cloacas de Londres estaban tan bien hechos que han estado funcionando perfectamente hasta el día de hoy.

Aunque en gran medida es aún poco reconocida, la aportación de John Snow al bienestar humano fue extraordinaria: dentro de este campo, se le conoce como «el padre de la epidemiología».[29] Promovió el conocimiento humano de las enfermedades en general y al mismo tiempo insistió en la importancia de la salud pública como prioridad gubernamental. Mientras el cólera seguía haciendo estragos en el resto de Europa, desapareció de Londres, algo que no pasó inadvertido a los europeos. Al poco tiempo, la protección del suministro de agua llegó a ser clave para los políticos y planificadores urbanos de todos los países avanzados. También la medicina daba pasos adelante, sobre todo en los ámbitos de la anestesia y los desinfectantes. Los índices de mortalidad infantil cayeron en picado mientras la esperanza de vida aumentaba y las tasas de fertilidad permanecían altas. En 1750, la población de Inglaterra y el País de Gales era casi de seis millones de personas, más o menos la cifra de cuando se produjo la epidemia de la Peste Negra. En 1851, era de casi dieciocho millones; en 1900 había alcanzado los treinta y tres millones.[30] La humanidad iba a todo trapo.

Consideramos que la primera mitad del siglo XX fue una época de matanzas sin parangón: en la Primera Guerra Mundial, más de dieciséis millones de muertos civiles y militares; en la Segunda, la cifra superó los cincuenta y cinco millones. En este período también se produjo la última gran pandemia: una enfermedad despiadada, conocida como «gripe española», debido a la cual, al final de la Gran Guerra, murieron entre veinte y cuarenta millones de personas. La pandemia fue tan atroz que mató a más norteamericanos de los que murieron en la guerra. No obstante, el crecimiento demográfico continuó a buen ritmo, una década tras otra. En ciertas partes del mundo, el aumento sería tan acusado que alcanzaría niveles preocupantes. En otras regiones, más adelantadas, el crecimiento fue más moderado. De hecho, en países como Estados Unidos, el crecimiento poblacional se ralentizó tanto que prácticamente se interrumpió. Para entender el siglo XX, hemos de entender dos cosas: por qué los índices de mortalidad siguieron disminuyendo, y por qué en algunos lugares también empezaron a bajar los índices de natalidad: Fase 3 del Modelo de Transición Demográfica. Analizar el caso sueco nos ayudará a entender ambas tendencias.

A los suecos les encanta mantener registros. En 1749 crearon una oficina de estadística que nos ha proporcionado algunos de los primeros datos fiables sobre características demográficas. Estos datos contienen fascinantes percepciones sobre lo que estaba pasando allí —y, cabe presumir, también en otras partes de Europa y Norteamérica—. Hasta más o menos 1800, en Suecia el índice de natalidad había sido solo algo superior al de mortalidad. La mortalidad infantil era desgarradoramente elevada: el 20 por ciento de los bebés moría antes de cumplir su primer aniversario, y otro 20 por ciento, antes de los diez años.[31] En otras palabras, Suecia era una sociedad típica en la Fase 1, con tasas de natalidad y mortalidad altas. Sin embargo, no mucho después de la llegada del siglo XIX, hizo su aparición la Fase 2: el índice de natalidad siguió siendo alto, pero el de mortalidad empezó a disminuir poco a poco gracias a diversas mejoras en la alimentación y las condiciones de salubridad. Hacia 1820, la población de Suecia empezó a aumentar con rapidez; había pasado de los 1,7 millones de 1750 a los dos millones. En 1900 había superado los cinco millones. Y habría crecido incluso más si el país no hubiera entrado en la Fase 3: un índice de mortalidad lentamente menguante acompañado de un índice de natalidad también cada vez menor.

¿Por qué disminuía la tasa de fertilidad? Indiscutiblemente, el factor más importante es la urbanización. Hay pruebas abrumadoras de que, a medida que una sociedad se desarrolla desde el punto de vista económico, es cada vez más urbana, y en cuanto una sociedad se urbaniza, los índices de fertilidad empiezan a bajar. Pero, ¿por qué, exactamente?

En la Edad Media, el 90 por ciento de los europeos vivía en el campo. Sin embargo, las fábricas que acompañaban a la Revolución Industrial concentraban trabajadores en las ciudades. En una granja, un niño es una inversión —otro par de manos para ordeñar las vacas, o unos hombros para las labores agrícolas—. No obstante, en la ciudad un niño es una carga, solo otra boca que alimentar. Esta tendencia se ha mantenido hasta la actualidad. En un estudio de 2008 sobre urbanización y fertilidad en Ghana, los autores llegaban a la conclusión de que «la urbanización reduce la fertilidad porque la residencia urbana seguramente incrementa el coste de la crianza de los niños. El alojamiento en la ciudad es más caro, y los niños probablemente son menos valiosos en la producción familiar».[32] Quizá parezca egoísta, pero, al reducir el tamaño de la descendencia, los padres que viven en ciudades solo actúan en su propio beneficio.

Había otro factor en juego —todavía presente en el mundo en vías de desarrollo—, un elemento que nos parece tan importante como la urbanización propiamente dicha. Las ciudades tienen escuelas, bibliotecas y otras instituciones culturales. En el siglo XIX hicieron su aparición los medios de comunicación de masas en forma de periódicos. En el siglo XIX, una mujer de Chicago tenía más posibilidades de saber sobre métodos de control de natalidad que otra que viviera en una zona rural del estado. Al trasladarse a las ciudades, las mujeres empezaron a estar más formadas, y por esta razón su sometimiento a los hombres ya no formó parte del orden natural de las cosas y pasó a ser una injusticia a la que había que poner remedio. En primer lugar, las mujeres hicieron campaña por la igualdad ante la ley en ámbitos como la propiedad o las pensiones. Luego lucharon por el derecho a votar. Después le llegó el turno al derecho al trabajo y a recibir igual salario que los hombres. Y a medida que conseguían más derechos y un poder mayor, las mujeres dejaron de tener tantos hijos.

Al fin y al cabo, los bebés no siempre son una buena noticia para las mujeres. En el siglo XIX, suponían un grave riesgo para la salud, sobre todo en el caso de las que tenían un gran número de hijos. Incluso en la actualidad, pese a la avanzada atención materna y neonatal, los niños son una carga que hay que alimentar y criar. Además, limitan la capacidad de la mujer para trabajar fuera de casa, algo que podría dar lugar no solo a más ingresos sino también a más autonomía. Tal como señaló un investigador del Banco Mundial, «cuanto mayor es el nivel de logros educativos de la mujer, menos hijos es probable que tenga».[33]

En 1845, una ley nueva concedió a las mujeres suecas los mismos derechos sucesorios. En la década de 1860, el índice de fertilidad en Suecia había comenzado a disminuir. En 1921, las mujeres ya tenían derecho de voto. En 1930, el índice de fertilidad era otra vez solo ligeramente superior al de mortalidad, pero ahora los dos eran muy inferiores —menos de la mitad que un siglo antes—. Suecia estaba entrando en la Fase 4 del Modelo de Transición Demográfica, en el que la tasa de natalidad está en el nivel necesario para mantener la población, o cerca del mismo, aunque la tasa de mortalidad siga bajando. La Fase 4 es una etapa tipo Ricitos de Oro: en ella, una sociedad sana y longeva produce el número suficiente de niños para mantener la población estable o creciendo solo lentamente.

El Reino Unido, Francia o Australia —en general, la mayoría de los países del mundo desarrollado— se ajustaban más o menos al modelo sueco, pues la Revolución Industrial del siglo XIX y la revolución del conocimiento del siglo XX transformaron las sociedades. En cambio, una comparación con Chile, Mauricio y China pone de manifiesto que estos tres países —parte de lo que se solía denominar Tercer Mundo— crecen más despacio, con unos índices de natalidad y mortalidad muy superiores a los del mundo desarrollado.

Aunque en Suecia hubo que esperar a la década de 1860 a que la tasa de fertilidad empezara a descender, en algunos países avanzados había comenzado a bajar antes. En Estados Unidos y Gran Bretaña, el arco empezó a curvarse hacia abajo a principios del siglo XX. Las mujeres seguían teniendo muchos hijos, pero no tantos como antes. En Estados Unidos, por ejemplo, a prin ...