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EL PRIMER HOMBRE

James R. Hansen  

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Fragmento

Prefacio

Si Neil Armstrong siguiera vivo, ¿cómo querría que fuera el prefacio a esta nueva edición de su biografía, teniendo en cuenta que se publicará la víspera del cincuenta aniversario del Apolo 11? Sé exactamente lo que me diría si le formulara esa pregunta: «Jim, el libro es tuyo. El autor eres tú, no yo. Debes empezarlo como te parezca más oportuno».

Así era Neil Armstrong en estado puro. Cuando finalmente aceptó cooperar en su biografía (y tardé casi tres años, de 1999 a 2002, en convencerlo), Neil quería que fuera una biografía independiente y erudita. Me acompañó en cincuenta y cinco horas de entrevistas y accedió a leer y comentar el borrador de cada uno de los capítulos. Pero ni una sola vez intentó cambiar o tan siquiera influir en mi análisis o interpretación. Por consiguiente, jamás le autografió el libro publicado a nadie. El libro no era suyo, le decía a la gente; era de Jim. Una vez le pregunté si podía firmarme dos ejemplares para mis hijos y respondió que se lo pensaría. No volví a preguntárselo y él no mencionó el tema nunca más. No era su libro y no debía firmarlo. De nuevo, Neil en estado puro.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Así pues, ¿cómo empezar el prefacio para esta edición del cincuenta aniversario del Apolo 11?

Me gustaría comenzar el libro con algo que sea coherente con lo que Neil consideraría importante decir en este momento decisivo de la historia de la exploración espacial; entre 2018 y 2022, el mundo no solo conmemora el primer alunizaje, sino diez misiones increíbles de la NASA, nacidas de un programa espacial joven y vanguardista que se llevó a cabo con asombrosa rapidez y éxito, como parte de una empresa épica cuyo nombre, Apolo, se ha hecho legendario. Desde el audaz vuelo circunlunar del Apolo 8, en diciembre de 1968, hasta la misión final en la superficie de la Luna emprendida por los intrépidos tripulantes del Apolo 17, en diciembre de 1972, todos vimos cómo los astronautas estadounidenses abandonaban su planeta para caminar sobre otro cuerpo celeste, situado a unos cuatrocientos mil kilómetros de distancia. El momento más notable tuvo lugar el 20 de julio de 1969, el día en que, en el Apolo 11, Mike Collins, piloto del módulo de mando, Buzz Aldrin, piloto del módulo lunar, y el comandante Neil Armstrong culminaron el histórico primer alunizaje tripulado.

Después de mucho cavilar sobre cómo empezar este libro, recordé una conversación que había mantenido con Neil en 2009, cuatro años después de la edición original de El primer hombre y coincidiendo con el cuarenta aniversario del Apolo 11. La charla giró en torno a uno de los objetos que Neil y Buzz habían dejado en la Luna en 1969, un pequeño disco de silicona del tamaño de medio dólar con «mensajes de buena voluntad» inscritos microscópicamente y redactados por líderes de setenta y tres países; el disco incluye asimismo los nombres de los principales congresistas y de los cuatro comités de la Cámara de Representantes y del Senado responsables de la ley relacionada con la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio, así como de los directivos de la NASA, incluidos antiguos administradores y subadministradores. También aparecen grabadas cuatro declaraciones presidenciales, incluidas las del entonces presidente de Estados Unidos, Richard M. Nixon, y las de su predecesor, Lyndon B. Johnson, además de citas de la Ley Nacional de la Aeronáutica y el Espacio de 1958, firmada por Dwight D. Eisenhower, y del discurso de John F. Kennedy sobre el compromiso con el viaje a la Luna, pronunciado ante el Congreso el 25 de mayo de 1961. Thomas O. Paine, entonces director de la NASA, había contactado con varios líderes mundiales para recoger sus mensajes; que se fotografiaron y redujeron a una ultramicroficha a escala 1/200. El disco, transportado hasta la Luna por el Apolo 11, sigue descansando hoy en el interior de una caja de aluminio especial en el mar de la Tranquilidad.

En 2007, un año antes de aquella conversación con Neil, Tahir Rahman, un médico de Kansas City cuya gran pasión, aparte de la medicina, era la historia espacial, publicó un libro sobre el disco de silicona. El título de la obra del doctor Rahman era We Came in Peace for All Mankind [Venimos en son de paz en nombre de toda la humanidad], el hermoso sentimiento grabado en una placa adosada a la escalera del módulo lunar Eagle. Sin embargo, el tema principal del libro de Tahir estaba en el subtítulo, «La historia jamás contada sobre el disco de silicona del Apolo 11». Tanto Neil como yo recibimos agradecidos un ejemplar de manos del autor, que propició una conversación sobre el chip de silicona y sus mensajes de buena voluntad.

Neil tenía una memoria increíble para muchas cosas y una capacidad de olvido natural para muchas otras, si eran de un interés menor para él. Durante nuestra conversación sobre el libro de Tahir, le pregunté qué mensajes de buena voluntad recordaba, si es que recordaba alguno, y cuál le había impresionado más. Mencionó tres y me los resumió e incluso parafraseó de manera bastante exacta. Yo no recordaba las declaraciones (al menos con tanta claridad), así que, basándome en el relato de Neil, anoté en una libreta unas cuantas palabras sobre cada una de ellas. Los tres mensajes que recordaba correspondían a los líderes de Costa de Marfil, Bélgica y Costa Rica. Cuando volví a casa y cogí el libro de Tahir de la estantería de mi despacho, leí atentamente cada uno de los mensajes que había mencionado Neil y los setenta restantes. Los que él había elegido eran, de hecho, tres de los mejores.

Creo que a Neil le habría gustado que compartiera en este prefacio estos tres mensajes de buena voluntad que el Apolo 11 llevó a la superficie lunar en 1969, que seguirán allí cincuenta años después, el 20 de julio de 2019, y que quedarán inscritos para siempre en nuestra luna, si, como debe ser, nadie los toca:

DE FÉLIX HOUPHOUËT-BOIGNY,

PRESIDENTE DE COSTA DE MARFIL

En el momento en que el sueño más antiguo del hombre va a hacerse realidad, estoy muy agradecido a la NASA por su amable gesto, al ofrecerme los servicios del primer mensajero humano que pisará la Luna, para que lleve consigo las palabras de Costa de Marfil.

Espero que, cuando este pasajero del cielo deje la huella del hombre en el suelo lunar, note lo orgullosos que nos sentimos de pertenecer a la generación que ha logrado este hito.

También espero que le diga a la Luna lo hermosa que es cuando ilumina las noches de Costa de Marfil.

Deseo especialmente que se vuelva hacia nuestro planeta Tierra y grite lo insignificantes que son los problemas que torturan a los hombres vistos desde allí arriba.

Espero que su labor, al descender del cielo, halle en el cosmos la fuerza y la luz que le permitan convencer a la humanidad de la belleza del progreso en paz y hermandad.

DE BALDUINO, REY DE BÉLGICA

Ahora que, por primera vez, el hombre aterrizará en la Luna, vemos este acontecimiento memorable con asombro y respeto.

Sentimos admiración y confianza hacia todos los que han cooperado en esta empresa y especialmente hacia los tres hombres valerosos que llevarán consigo nuestras esperanzas, así como hacia aquellos, de todas las naciones, que los han precedido o que los sucederán en la aventura espacial.

Con fascinación, contemplamos el poder que le ha sido otorgado al hombre y los deberes que recaen sobre él.

Somos sumamente conscientes de nuestra responsabilidad con respecto a las tareas que pueden aguardarnos en el universo, pero también de aquellas que quedan por cumplir en esta Tierra para traer más justicia y felicidad a la humanidad.

Que Dios nos ayude a culminar este nuevo paso en la historia universal con un mejor entendimiento entre las naciones y una mayor hermandad entre los hombres.

DE JOSÉ JOAQUÍN TREJOS FERNÁNDEZ, PRESIDENTE DE COSTA RICA

Me uno al deseo de éxito de todos los costarricenses en la hazaña histórica que acometerá el Apolo 11, porque representa el progreso científico y técnico conseguido por el hombre en su batalla pacífica por la conquista del espacio y porque la tripulación de esta nave simboliza el valor, la voluntad y el espíritu de aventura e ingenuidad humanos.

El enorme esfuerzo científico y técnico desplegado para llevar a los primeros hombres a la Luna merece la gratitud de la humanidad, ya que de él emanarán nuevos beneficios para la mejora del bienestar de la raza humana.

Con fe, esperamos que lleguen días mejores para toda la humanidad, si, más adelante, se suma a esta exitosa empresa una nueva determinación en pro de la justicia y de la libertad, como corresponde al respeto que se debe a todo ser humano, y a favor de una mayor difusión del amor hacia el prójimo, cuyos esfuerzos, esperamos, se verán estimulados por el espíritu de humanidad derivado de una conciencia más clara y viva sobre la pequeñez de este planeta que es nuestro hogar en el cosmos.

Como representante de la nación de Costa Rica, hago extensivos mis saludos a los héroes del Apolo 11 y a todos aquellos que hacen posible esta hazaña histórica.

Ignoro si Neil Armstrong querría que lo hiciera, es probable que no, pero considero que debo cederle las últimas palabras de este prefacio a la edición conmemorativa. Aproximadamente un mes antes del despegue del Apolo 11, a petición de la revista Life, reflexionó sobre el significado del alunizaje en el que sin duda es uno de sus escritos más elaborados:

Sería presuntuoso por mi parte elegir un solo aspecto que la historia vaya a identificar como el resultado de esta misión, pero diría que iluminará a la raza humana y nos ayudará a todos a comprender que somos un elemento importante de un universo mucho más grande de lo que normalmente podemos ver desde el porche de casa. Espero que ayude a gente de todo el mundo a pensar con cierta perspectiva en las varias empresas de la humanidad como tal. Es posible que ir a la Luna no sea tan importante, pero es un paso suficientemente grande como para infundir una nueva dimensión al pensamiento de la gente, una especie de iluminación.

Al fin y al cabo, la propia Tierra es una nave espacial. Se trata de una peculiar, ya que lleva a la tripulación fuera en lugar de dentro. Es bastante pequeña y describe una órbita alrededor del Sol. Sigue un recorrido en torno al centro de una galaxia que, a su vez, describe una órbita y una dirección desconocidas a una velocidad no especificada, pero con una tremenda rapidez de cambio, posición y entorno.

Nos resulta difícil alejarnos lo suficiente de este escenario para ver qué es lo que sucede. Si uno se encuentra en medio de una multitud, esta parece extenderse en todas direcciones hasta donde alcanza la vista. Hay que retroceder y mirar desde el monumento a Washington o algo parecido para darse cuenta de que en realidad está bastante cerca del final del gentío y de que la panorámica completa es un poco distinta de cuando estaba en medio de toda esa gente.

Desde nuestra posición en la Tierra, es difícil observar dónde se encuentra o adónde va, o cuál podría ser su trayectoria futura. Con suerte, al distanciarnos un poco, tanto en el sentido real como figurado, conseguiremos que algunos retrocedan y se replanteen su misión en el universo, que se conciban como un grupo de personas que forman la tripulación de una nave espacial que lo surca. Si uno va a pilotar, debe ser muy cauteloso con el uso de recursos y tripulantes, así como con el modo en que trata la nave.

Esperemos que los viajes que emprendamos en las próximas dos décadas nos abran un poco los ojos. Cuando se contempla la Tierra desde la distancia lunar, la atmósfera es inobservable. Es tan delgada, un elemento tan diminuto, que no se percibe en absoluto. Esto debería impresionar a todo el mundo. La atmósfera de la Tierra es un recurso pequeño y valioso. Tendremos que aprender a conservarla y utilizarla con inteligencia. Aquí abajo, en medio de la multitud, uno es consciente de la atmósfera y todo parece estar bien, así que no nos preocupamos demasiado por ella. Pero, desde una posición elevada, tal vez sea posible entender más fácilmente por qué deberíamos inquietarnos.

Quienes crean que Neil Armstrong era tan solo un ingeniero empollón o un mero piloto de máquinas voladoras incapaz de ofrecer grandes ideas o declaraciones profundas solo tienen que reflexionar sobre este mensaje para comprender lo brillante que era.

Neil lleva seis años muerto. Con el paso del tiempo, sus allegados entendemos aún mejor su singularidad, lo inusuales que fueron su carácter y sus logros y lo mucho que lo echamos de menos. En esta mirada retrospectiva podemos recrear, contemplar, evaluar y rendir tributo no solo a la totalidad de su vida —las dos primeras ediciones de El primer hombre solo recogían su biografía hasta 2005, y el prefacio de la segunda edición abordaba su muerte solo unos meses después de haber ocurrido—, sino también a su duradero legado.

Durante su vida, en todo lo que hizo, Neil personificó las cualidades y los valores fundamentales de un ser humano superlativo; compromiso, dedicación, fiabilidad, hambre de conocimiento, confianza en sí mismo, dureza, arrojo, honestidad, innovación, lealtad, positividad, respeto por sí mismo, respeto por los demás, integridad, independencia, prudencia, sensatez y mucho más. Ningún miembro de la raza humana que haya pisado otro cuerpo celeste podría haberla representado mejor que Neil. Y ningún ser humano podría haber soportado mejor que Neil el brillo cegador de la fama internacional o la transformación instantánea en un icono histórico y cultural. Su personalidad comedida y modesta lo llevó a esquivar la publicidad y a mantenerse fiel a la realidad de la profesión de ingeniero que había elegido; simplemente, no era la clase de persona que busca unos beneficios que él consideraba inmerecidos por su nombre o su reputación.

En cualquier análisis de la discreción y la modestia con las que Neil vivió su vida después del Apolo 11, de cómo esquivó a la atención pública y a los medios de comunicación en años posteriores, es imposible no intuir que poseía una sensibilidad especial, la cual constituía un componente crucial de su carácter; era como si supiera que lo que había ayudado a conseguir para su país en el verano de 1969 —el épico aterrizaje de los primeros hombres en la Luna y su regreso sanos y salvos a la Tierra— se vería inexorablemente ensombrecido por el comercialismo patente del mundo moderno, por las preguntas redundantes y por la cháchara vacía. En una esfera sumamente personal, Neil no solo comprendía el glorioso momento que había vivido al aterrizar en la Luna mientras Buzz Aldrin y Mike Collins describían una órbita sobre él, sino también el glorioso momento vivido por el mundo entero, por todos nosotros.

Neil fue un miembro destacado del equipo que consiguió realizar las primeras incursiones del ser humano en el espacio profundo y siempre puso énfasis en el trabajo conjunto de los cuatrocientos mil estadounidenses que habían sido esenciales para el éxito del programa Apolo. Él había estado en lo más alto de esa pirámide, sí, pero no había nada predeterminado cuando fue nombrado comandante del primer alunizaje o cuando se convirtió en el primer hombre que pisaba la superficie lunar. Como explicaba siempre, fue sobre todo un golpe de suerte, una sucesión de circunstancias. Aun así, había hecho lo que había hecho y entendía el gran sacrificio, el increíble compromiso y la extraordinaria creatividad humana que habían sido necesarios para conseguirlo. Estaba muy orgulloso de su papel en el primer alunizaje, pero él nunca lo convirtió en un espectáculo circense o en una máquina de fabricar dinero. En muchos sentidos, Neil decidió dejar ese capítulo de su vida para los libros de historia. Es como cuando Bobby Jones decidió no volver a jugar profesionalmente al golf tras ganar el Grand Slam o como cuando Johnny Carson decidió no aparecer nunca más en televisión tras abandonar The Tonight Show. Neil no llevó una vida de recluso después del Apolo 11; es un mito creado por periodistas frustrados a los que no concedía entrevistas. Después de la Luna, vivió de forma activa, con muchos nuevos éxitos a sus espaldas en los campos de la enseñanza, la investigación, los negocios, la industria y la exploración. Y lo hizo con honor e integridad.

Para el epígrafe inicial de El primer hombre elegí una frase, a mi parecer profunda, extraída del libro Reflexiones sobre la vida, escrito por el mitólogo estadounidense Joseph Campbell. La frase dice: «El privilegio de una vida es ser quien eres». Neil Armstrong disfrutó de ese privilegio, y debería complacernos que así fuese, por él y por nosotros.

JAMES R. HANSEN,

marzo de 2018

PRÓLOGO

El lanzamiento

Cuando la misión lunar tocó a su fin y los astronautas del Apolo 11 regresaron a la Tierra, Buzz Aldrin comentó a Neil Armstrong: «Neil, nos lo hemos perdido todo».[1]

Entre setecientas cincuenta mil y un millón de personas, la asistencia más multitudinaria a un lanzamiento espacial, se dieron cita en Cabo Cañaveral (en esa época Cabo Kennedy), Florida, los días previos al miércoles 16 de julio de 1969. La noche anterior, casi mil policías, agentes estatales y patrulleros de conservación marítima se esforzaron para que unos trescientos cincuenta mil coches y embarcaciones pudieran circular por las carreteras y vías fluviales. Un inspector de automóviles emprendedor alquiló tres kilómetros de cuneta a unos agricultores de naranjas y cobró dos dólares por cabeza por el privilegio de presenciar el espectáculo. Por un dólar cincuenta, otro vendía certificados de asistencia en pseudopergamino, con una tipografía que imitaba la Old English; por dos dólares noventa y cinco, se podía adquirir un bolígrafo pseudoespacial.

Ninguna celebración deportiva era comparable al festival veraniego que precedió al primer lanzamiento para un alunizaje. Los espectadores encendían barbacoas, abrían neveras, observaban con sus prismáticos y telescopios, probaban ángulos y lentes... La gente llenaba hasta el último palmo de arena, hasta el último embarcadero y la última escollera.

La gran masa humana, achicharrándose a los treinta y dos grados de temperatura de a media mañana, sufriendo picaduras de mosquito y exasperada por los atascos o por los precios turísticos desorbitados, aguardaba pacientemente a que el gigantesco Saturn V lanzara al Apolo 11 hacia la Luna.

En Banana River, una laguna situada ocho kilómetros al sur del lugar del lanzamiento, toda clase de embarcaciones obstruían el cauce. En un gran yate propiedad de North American Aviation, el fabricante del módulo de mando del Apolo, la mujer del comandante del Apolo 11, Janet Armstrong, y sus dos hijos, Rick, de doce años, y Mark, de seis, esperaban el despegue con inquietud. El también astronauta Dave Scott, compañero de Neil en el vuelo del Gemini VIII, realizado en 1966, había conseguido lo que Janet describió como una «localidad de primera».[2] También viajaban a bordo dos amigos de Janet, además de varios relaciones públicas de la NASA y Dora Jane Hamblin, una periodista que cubría en exclusiva la vertiente humana del Apolo 11 para la revista Life.

Sobrevolando la zona, los helicópteros trasladaban a sucesivos grupos VIP a unas gradas reservadas que se encontraban a algo menos de cinco kilómetros de la plataforma de lanzamiento. De los casi veinte mil integrantes de la lista de invitados especiales de la NASA, asistieron alrededor de un tercio, entre ellos varios centenares de ministros de Asuntos Exteriores, ministros de Ciencia, agregados militares y altos mandos de aviación, amén de diecinueve gobernadores de estado, cuarenta alcaldes y varios cientos de líderes empresariales de Estados Unidos. La mitad de los miembros del Congreso y dos jueces del Tribunal Supremo estaban allí. La lista de invitados iba desde el general William Westmoreland, jefe del Estado Mayor del ejército, encargado de la guerra en Vietnam, y Johnny Carson, la estrella de The Tonight Show de la NBC, hasta Leon Schachter, director del Sindicato General de Carniceros y Cortadores de Carne.

El vicepresidente Spiro T. Agnew se sentó en las gradas, mientras que el presidente Richard M. Nixon veía la televisión en el Despacho Oval. En un principio, la Casa Blanca había planeado que Nixon cenara con los tripulantes del Apolo 11 la noche antes del despegue, pero el plan se modificó cuando Charles Berry, médico jefe de los astronautas, advirtió que el presidente podía estar incubando sin saberlo un resfriado incipiente, lo que se citó en la prensa. A Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Mike Collins la inquietud del médico les pareció absurda; a diario entraban en contacto con ellos veinte o treinta personas, entre secretariado, técnicos de los trajes espaciales y del simulador, etc.

Dos mil periodistas presenciaron el lanzamiento desde la zona de prensa del Centro Espacial Kennedy. Ochocientos doce provenían de otros países, ciento once de ellos de Japón. Una docena eran del bloque soviético.

El alunizaje era un acontecimiento mundial que, a juicio de casi toda la humanidad, trascendía la política. Los periódicos británicos utilizaron una tipografía de cinco a ocho centímetros de alto para dar la noticia del despegue. En España, el periódico vespertino Pueblo, aun mostrándose crítico con la política exterior estadounidense, costeó un viaje con todos los gastos pagados a Cabo Cañaveral a los veinticinco ganadores de un concurso. Un columnista holandés afirmaba que su país estaba «loco por la Luna».[3] Un comentarista checo observaba: «Este es el Estados Unidos que nos encanta, muy distinto del que lucha en Vietnam».[4] El popular periódico alemán Bild Zeitung señalaba que siete de los cincuenta y siete supervisores del Apolo eran de origen alemán y concluía en un tono chovinista: «Un 12 por ciento del éxito lunar “proviene de Alemania”».[5] Incluso los franceses consideraban que el Apolo 11 era «la aventura más grande de toda la historia de la humanidad».[6] El suplemento de veintidós páginas de France-Soir vendió un millón y medio de ejemplares. Un periodista francés se maravillaba de que el interés por el alunizaje fuera tan grande «en un país cuya población está tan cansada de la política y de los asuntos internacionales que se la acusa de preocuparse solo de las vacaciones y el sexo».[7] Radio Moscú abrió su emisión con la noticia del lanzamiento. Pravda recogió la escena de Cabo Cañaveral en portada, con una foto de la tripulación del Apolo 11, «estos tres valientes».[8]

No toda la prensa se mostró favorable. En Hong Kong, tres periódicos comunistas tacharon la misión de cortina de humo ante la incapacidad estadounidense de ganar la guerra de Vietnam y aseguraban que el alunizaje era una campaña para «llevar el imperialismo al espacio».[9] Otros afirmaban que el materialismo del programa espacial destruiría para siempre las cualidades etéreas, maravillosas y bellas de la misteriosa Luna, rodeada de leyenda desde tiempos inmemoriales. Después de que unos exploradores humanos la violaran con huellas y herramientas para cavar, ¿quién volvería a encontrar romanticismo en la pregunta del poeta John Keats?: «¿Qué tendrá la Luna que conmueve de tal manera mi corazón?».[10] Participando del milagro tecnológico de los primeros satélites de telecomunicaciones, lanzados a principios de aquella misma década, cincuenta mil surcoreanos se dieron cita delante de una macropantalla de televisión en la embajada estadounidense en Seúl. Una muchedumbre polaca llenó el auditorio de la embajada de Estados Unidos en Varsovia. Un problema con el satélite Intelsat de AT&T, sobre el Atlántico, impidió una retransmisión en directo en Brasil (como ocurrió en muchas zonas de Sudamérica, de Centroamérica y del Caribe), pero los ciudadanos escucharon la crónica por radio y compraron ediciones especiales de prensa. Debido al problema del Intelsat, una transmisión improvisada de oeste a este provocó un desfase de dos segundos en la cobertura internacional en directo.

Poco antes del despegue, Eric Sevareid, un comentarista de CBS News, describía la escena al público de Walter Cronkite: «Walter [...], mientras estamos aquí sentados [...] creo que la lengua [inglesa] está viéndose alterada [...]. ¿Cómo vamos a seguir diciendo “hasta el cielo” o el “cielo es el límite”? ¿Qué sentido tiene?».

En ningún lugar del planeta era tan palpable la emoción como en Estados Unidos. En el este de Tennessee, unos cultivadores de tabaco se agolpaban en torno a un transistor de bolsillo para compartir el gran momento. En el puerto de Biloxi, Mississippi, las embarcaciones de pesca de camarón aguardaban en el muelle la noticia del despegue del Apolo 11. En la Academia de la Fuerza Aérea de Colorado Springs, donde se pospusieron las clases de las 7.30, cincuenta cadetes se reunieron frente a un pequeño televisor. En el casino veinticuatro horas de Caesars Palace, en Las Vegas, las mesas de blackjack y la ruleta estaban vacías, y los jugadores permanecían hipnotizados delante de seis pantallas.

La multitud de testigos que se dio cita en Cabo Cañaveral y sus cercanías, Merritt Island, Titusville, Indian River, Cocoa Beach, Satellite Beach, Melbourne, los condados de Brevard y Osceola e incluso lugares tan lejanos como Daytona Beach y Orlando, se preparaba para presenciar una de las imágenes más asombrosas jamás vistas por el hombre. A John Yow, esposa de un corredor de bolsa de Jacksonville, en Florida, se le quebraba la voz al decir: «Estoy temblando, voy a llorar. Es el principio de una nueva era en la vida del hombre».[11] Charles Walker, un alumno de la Universidad de Purdue, donde también había estudiado Armstrong, declaraba a un periodista, desde el sitio en que acampaba, en una pequeña ensenada de Titusville: «Es como si la humanidad hubiera descubierto el fuego otra vez. Puede que esta sea la luz que una a los hombres».[12] En las gradas VIP situadas más cerca del complejo, R. Sargent Shriver, embajador estadounidense en Francia y marido de Eunice Kennedy, hermana del difunto presidente John F. Kennedy, que había adquirido el compromiso de llegar a la Luna, afirmaba: «¡Qué hermoso! ¡El rojo de las llamas, el azul del cielo, el humo blanco! ¡Qué colores! Imaginaos a los hombres que van a emprender ese increíble viaje. Incroyable!».[13]

El comentarista Heywood Hale Broun, de la CBS, más conocido por su irreverente periodismo deportivo, vivió el despegue con varios miles de personas en Cocoa Beach, a unos veinticinco kilómetros al sur de la plataforma de lanzamiento, y dijo a las decenas de millones de espectadores de Cronkite: «En un partido de tenis miras a un lado y a otro. En el lanzamiento de un cohete, no dejas de mirar hacia arriba. Tus ojos ascienden, tus esperanzas también y, al final, toda la multitud, como si fuera un enorme cangrejo con muchos ojos, mira hacia arriba sumida en un gran silencio. Se oye un pequeño “Oooh” cuando sube el cohete, pero, a partir de entonces, todo son miradas y gestos. Es la poesía de la esperanza; si se quiere, una esperanza no hablada, sino percibida en los gestos de concentración que hace la gente al seguir el ascenso del cohete».[14]

Ni siquiera quienes asistían para protestar evitaron sentirse profundamente conmovidos. El reverendo Ralph Abernathy, sucesor del difunto doctor Martin Luther King Jr. como director de la Conferencia Sur de Liderazgo Cristiano (CSLD) y líder de facto del movimiento estadounidense por los derechos civiles, desfiló con cuatro mulas y unos ciento cincuenta miembros de la Campaña de los Pobres contra el Hambre hasta donde les estuvo permitido. «Protestamos por la incapacidad de Estados Unidos para elegir las prioridades adecuadas»,[15] declaraba Hosea Williams, director de educación política de la CSLD, quien afirmaba que el dinero gastado para llegar a la Luna podría haber erradicado el hambre de treinta y un millones de pobres. No obstante, Williams admiraba a los astronautas, y el propio reverendo Abernathy sucumbió «al impresionante lanzamiento» y dijo: «En aquel lugar, yo era uno de los estadounidenses que se sentían más orgullosos. Creo que es terreno sagrado».[16] «Todavía queda mucho por hacer; el hambre en el mundo, la enfermedad, la pobreza —dijo el expresidente Lyndon B. Johnson a Walter Cronkite, poco después de presenciar el lanzamiento desde la grada junto a su mujer, Lady Bird—. Debemos aplicar parte del gran talento que hemos invertido en el espacio a todos esos problemas y acabar con ellos, pensando qué es lo mejor para el mayor número de personas.»[17]

Sevareid contó a Cronkite que a diez minutos del acontecimiento: «Cuando la furgoneta que trasladaba a los astronautas enfiló esta carretera, se hizo el silencio entre la concurrencia [...]. Da la sensación de que hoy la gente no los considera hombres superiores, sino más bien criaturas diferentes. Son personas que han ido al otro mundo y han vuelto, y puede intuirse que guardan secretos que nunca conoceremos del todo y que nunca serán totalmente capaces de explicar».[18]

En el centro de Ohio, a casi dos mil kilómetros de las gradas de Florida, la pequeña Wapakoneta, ciudad natal de Armstrong, siguió la cuenta atrás. Las calles estaban prácticamente desiertas y los casi seis mil setecientos habitantes se encontraban pegados al televisor. En el epicentro del caos estaba el 912 de Neil Armstrong Drive, la casa de una planta perteneciente a Viola y Steve Armstrong, una especie de rancho al que la pareja se había mudado hacía solo un año. Los padres de Neil habían asistido al lanzamiento del Gemini VIII en 1966. Su hijo también lo había dispuesto todo para que presenciaran el despegue del Apolo 10 en abril. Pero, en esta ocasión, les aconsejó que se quedaran en casa, porque, para ellos, «la presión podía ser demasiado grande»[19] en Cabo Cañaveral. Durante los meses previos al lanzamiento, los padres de Neil se vieron «asediados por periodistas de todo tipo» procedentes de Inglaterra, Noruega, Francia, Alemania o Japón. Viola recordaba: «Sus preguntas entrometidas (“¿Cómo era Neil de niño?”, “¿Qué tipo de vida llevaba en casa?”, “¿Dónde estarán y qué harán ustedes durante el despegue?”, etc.) me consumían permanentemente las fuerzas y los nervios. Sobreviví a ello gracias a Dios. Debió de estar a mi lado todo el tiempo».

Para facilitar la cobertura del Apolo 11 desde Wapakoneta, las tres grandes cadenas de televisión levantaron a la entrada de la casa de los Armstrong una torre de transmisiones compartida de veintiséis metros de altura. El garaje se convirtió en una sala de prensa con caóticas hileras de teléfonos instalados encima de mesas de pícnic plegables, y la NASA envió a Tom Andrews, un empleado de protocolo, para que ayudara a la familia a tratar con la marabunta de periodistas. Dado que los padres de Neil todavía tenían un televisor en blanco y negro, las cadenas les regalaron uno en color para que siguieran la misión. Cada día, un restaurante de la localidad les enviaba media docena de tartas. Una empresa de fruta de la cercana Lima les llevó un gran suministro de plátanos. Una fábrica de productos lácteos de Delphos envió helados. Fisher Cheese Co., la empresa más grande de Wapakoneta, presentó su Queso Lunar especial. Consolidated Bottling Company les entregó cajas de Capped Moon Sauce, una gaseosa de vainilla cuya fórmula era secreta.

El orgulloso alcalde de Wapakoneta pidió que todas las casas y negocios izaran la bandera estadounidense (y, a poder ser, también la del estado de Ohio) desde la mañana del despegue hasta el momento en que «los muchachos» regresaran sanos y salvos. Entre unos pocos lugareños, la atención de los medios de comunicación inspiró otro tipo de adorno cívico. Algunos contaban historias exageradas e incluso mentiras flagrantes sobre su conexión especial con el astronauta. Incluso los niños le tomaron el gusto: «¡Mi padre es el barbero de Neil Armstrong!»; «¡Mi madre fue la primera chica que besó a Neil!»; «¡Yo talé el cerezo de Neil Armstrong!». Puesto que el teléfono de los Armstrong en el condado de Auglaize era de dominio público, Tom Andrews hizo instalar dos líneas privadas en el lavadero familiar, situado delante de la cocina. La víspera del lanzamiento a mediodía, Neil llamó a sus padres desde Cabo Cañaveral. Viola recordaba: «Se le veía animado. Consideraba que estaban preparados para el despegue de la mañana siguiente. Le pedimos a Dios que cuidara de él».

La hermana y el hermano de Neil asistieron al lanzamiento. June, su marido el doctor Jack Hoffman y sus siete hijos dejaron su casa de Menomonee Falls, en Wisconsin, y volaron a Florida. Dean Armstrong, su mujer Marilyn y sus tres hijos fueron en coche desde Anderson, Indiana. El recuerdo de Viola sobre aquella mañana extraordinaria se mantuvo vivo hasta el día de su muerte: «Visitantes, vecinos y desconocidos se reunieron para ver y escuchar, incluida mi madre, Caroline, mi prima Rose y el reverendo Weber, mi pastor. Stephen y yo nos sentamos uno al lado del otro, con las insignias del Gemini VIII que nos había regalado Neil como amuletos. Parecía que, desde el mismo momento en que hubiera nacido o, más aún, desde que nacieran la familia de mi marido y mis antepasados en Europa, hace varios siglos, mi hijo estuviera predestinado a aquella misión».

PRIMERA PARTE

Niño piloto

Nací y me crie en Ohio, a unos cien kilómetros al norte de Dayton. Las historias sobre los logros de los hermanos Wright y la invención del aeroplano forman parte de mis recuerdos desde que tengo uso de razón [...]. Al principio, me interesaba la fabricación de aviones, no pilotarlos. Era imposible tener éxito con un modelo que no estuviera bien fabricado.

NEIL A. ARMSTRONG,

al autor, 13 de agosto de 2002

1

Una génesis estadounidense

Neil Armstrong entendía que ni la historia de su vida ni la de nadie empezaba al nacer. Se remontaba a la génesis de su linaje, cientos de años atrás, hasta donde alcanzan la memoria, la documentación histórica y los archivos genealógicos existentes. Ignorar el dilatado pasado familiar de alguien (por no hablar de la vida, las experiencias, los desafíos, los logros, los amores y las pasiones de sus padres, abuelos, bisabuelos y otros antecesores) sería falsear la historia de su vida. Neil insistió en que su biografía incluyera la historia de todos ellos.

Neil también valoraba sobremanera que la historia de su familia, como la de tantas otras familias estadounidenses, fuese el relato de unos inmigrantes y de su valerosa llegada a una nueva tierra. Era una «génesis estadounidense», como dijo en una ocasión.

A él le encantaban Estados Unidos y su historia. Le gustaba lo que había representado incluso ya antes del nacimiento del país, en la lucha por la independencia de Inglaterra, la madre patria, entre 1776 y 1783. Neil decía que «Estados Unidos significa oportunidad. Fue así como empezó. Los primeros colonos llegaron al Nuevo Mundo en busca de una oportunidad para practicar la religión de un modo acorde a su conciencia y para labrarse un futuro cimentado en su empuje y su esfuerzo. Descubrieron una nueva vida que les ofrecía la libertad para alcanzar sus metas individuales».

En el caso de Neil, el «dilatado pasado familiar» (la parte que conocemos con certeza) se remonta a hace más de trescientos años, hasta llegar a sus primeros antepasados conocidos, los Armstrong de finales del siglo XVII. La línea paterna de esta familia nació de un clan Armstrong que prosperó desde finales de la Edad Media en las célebres borderlands, la frontera entre Escocia e Inglaterra. Un pequeño grupo de intrépidos Armstrong cruzó el Atlántico cuatro décadas antes de la Revolución de las Trece Colonias. Más tarde, sus descendientes se trasladaron al oeste, cruzando los montes Apalaches en carretas y barcazas. Figuraban entre los pioneros más osados de la incipiente frontera estadounidense y, poco después de la guerra de 1812, se instalaron en las fértiles tierras agrícolas del noroeste de Ohio.

El nombre Armstrong tiene unos orígenes bastante ilustres.[1] Es un apellido anglodanés y significa «de brazo fuerte». La leyenda lo atribuye a un heroico ancestro llamado Fairbairn. Viola Engel Armstrong, la madre de Neil, explicaba una versión de la fábula: «Un hombre llamado Fairbairn subió al rey de Escocia a su propio caballo después de que hubieran abatido el suyo durante la batalla. En recompensa por ese servicio, el monarca le concedió una gran cantidad de hectáreas de tierra entre Escocia e Inglaterra y, en adelante, se refirió a él como Armstrong». Otras versiones afirman que a Fairbairn lo llamaban Siward Beorn, «guerrero de la espada», también conocido como «brazo fuerte de la espada».

Durante el siglo XV, el clan Armstrong se convirtió en una fuerza poderosa en la región.[2] En el XVI, era, sin duda alguna, la familia de reivers —bandidos y asaltantes— más importante de las borderlands. Décadas de flagrante expansión por parte de los Armstrong, así como el supuesto delito de quemar cincuenta y dos iglesias escocesas, acabaron forzando la intervención monárquica. En 1529, el rey Jacobo V de Escocia reunió a un contingente de ocho mil soldados para domesticar a los díscolos Armstrong, que eran entre doce mil y quince mil, es decir, aproximadamente el 3 por ciento de la población escocesa. En 1530, Jacobo V llevó a sus fuerzas al sur en busca de Johnnie Armstrong de Gilnockie. El escritor sir Walter Scott identificó a William Armstrong[3] como descendiente directo de aquel. Los historiadores han deducido que Will era el primogénito de Christopher Armstrong (1523-1606), quien a su vez era el hijo mayor de Johnnie Armstrong.

Los antepasados de Neil Armstrong se quedaron en las borderlands hasta que emigraron a América, en algún momento entre 1736 y 1743. Adam Armstrong, nacido en las borderlands en 1638 y fallecido allí mismo en 1696, representaría a la primera generación, diez antes que la del primer hombre que pisó la Luna.

Adam Armstrong tuvo dos hijos, uno de los cuales también se llamaba Adam. Este último nació en Cumbria, Inglaterra, en 1685. A los veinte años, Adam Armstrong II se casó con Mary Forster.[4] En compañía de su padre, Adam Abraham Armstrong III (nacido en 1714 o 1715) cruzó el Atlántico a mediados de la década de 1730, cuando tenía veinte años, y ambos se convirtieron en los primeros de la estirpe de Neil en emigrar a América. Adam padre murió en Pensilvania en 1749.

Así, estos Armstrong se contaron entre los primeros colonos de la región de Conococheague, en Pensilvania. Hasta su muerte en 1779, Adam Abraham Armstrong labró sus tierras en el que sería el condado de Cumberland. A los veinticuatro años, su hijo mayor, John (nacido en 1736), hizo un reconocimiento de la desembocadura del río Muddy Creek, doscientos sesenta kilómetros al oeste de Conococheague. Allí, John y Mary, su mujer, criaron a nueve hijos, y el segundo de ellos, John (nacido en 1773), engendró a la prole que llegaría hasta Neil.

Después de la guerra de Independencia de Estados Unidos, miles de colonos llegaron en tropel al valle del Ohio. En marzo de 1799, John Armstrong, que por aquel entonces tenía veinticinco años, su mujer, Rebekah, y su hijo David, junto con Thomas Armstrong, su hermano menor, la mujer de este, Alice Crawford, y su bebé, William, viajaron en barcaza por el Muddy Creek hasta Pittsburgh y se adentraron en el río Ohio, rumbo a Hockingport, situado a cuatrocientos kilómetros, al oeste de la Parkersburg actual, en Virginia Occidental. Las dos familias remontaron el río Hocking hasta el municipio de Alexander, Ohio. Instalados a las afueras de la que sería la ciudad de Athens, Thomas y Alice criaron a seis hijos. Con el tiempo, John y Rebekah se afincarían cerca de Fort Greenville, en el extremo occidental de Ohio. John Armstrong (quinta generación), el antepasado de Neil, y su familia fueron testigos de las negociaciones para el Tratado de Saint Marys, la última gran reunión de naciones indias celebrada en Ohio. En 1818, John y su familia se asentaron en la orilla oeste del río St. Marys. Desde las primeras cosechas, los Armstrong ganaron suficiente para obtener las escrituras de su propiedad de sesenta hectáreas, que se convirtió en la Granja Armstrong, la más antigua del condado de Auglaize.

Los bisabuelos paternos de Neil eran David Armstrong, el hijo mayor de John (nacido en 1798), y Margaret van Nuys (1802-1831), quienes no estaban casados. Margaret contrajo matrimonio con Caleb Major, y David con Eleanor Scott (1802-1852), hija de Thomas Scott, otro de los primeros colonos de St. Marys. El hijo de ambos, el pequeño Stephen, vivió con Margaret hasta la prematura muerte de esta en marzo de 1831, cuando sus padres, Rachel Howell y Jacobus van Nuys,[5] se hicieron cargo de su nieto de siete años. David, el padre de Stephen, falleció en 1833, y su abuelo en 1836.

Al cumplir veintiún años, en 1846, Stephen Armstrong (séptima generación) heredó de su abuelo Van Nuys el equivalente a unos doscientos dólares en dinero y bienes. Stephen era peón agrícola y, después de varios años trabajando para otra familia, pudo adquirir ochenta hectáreas, a las que más tarde añadiría otras noventa.

No sabemos cómo afectó la guerra civil a Stephen Armstrong.[6] Se casó con Martha Watkins Badgley (1832-1907), viuda de George Badgley y madre de cuatro hijos.[7] El 16 de enero de 1867, Martha dio a luz al hijo de Stephen, Willis Armstrong.

Cuando Stephen Armstrong falleció en agosto de 1884, a los cincuenta y ocho años, era propietario de más de ciento sesenta hectáreas, cuyo valor superaba los treinta mil dólares, que actualmente equivaldrían a más de setecientos mil.

Willis, único hijo de Stephen, heredó gran parte del patrimonio. Tres años después, se casaría con Lillian Brewer (1867-1901), una chica del pueblo. La pareja, que vivía en una granja situada cerca de River Road, tuvo cinco hijos. En 1901, Lillie murió durante un parto.

Desconsolado, Willis empezó a trabajar de cartero a tiempo parcial. Una parada era el bufete de abogados de los hermanos Koenig. Laura, la hermana de estos, trabajaba allí de secretaria, y, a finales de 1903, Willis empezó a cortejarla. Se casaron en junio de 1905 y fueron a vivir a una casa que este había comprado en St. Marys. Más tarde, se mudaron a un impresionante inmueble victoriano, situado en una ubicación privilegiada de West Spring Street.

Fue allí donde se crio Stephen Koenig Armstrong, el padre de Neil. El chico, el primero de los dos hijos de Willis y Laura, vino a unirse a sus hermanastras, Bernice y Grace, y a sus hermanastros, Guy y Ray,[8] el 26 de agosto de 1907. El infortunio económico y una mala racha familiar definieron su infancia. Willis hipotecó la granja e invirtió gran parte del dinero en un plan ferroviario orquestado por su cuñado, lo cual fue una desgracia, porque dicha inversión no salió bien y porque el desastre económico resultante agrió las relaciones familiares, incluido el matrimonio de Willis.

En 1912 murió Guy, el hermanastro de Stephen, y, en 1914, la casa de los Armstrong sufrió un incendio. Stephen, que a la sazón tenía seis años, consiguió escapar apenas con lo puesto.

En 1916, Willis, con cuarenta y nueve años y una deuda ingente, dejó su empleo de cartero y se dirigió a los campos petrolíferos de Kansas.

A principios de 1919, Willis regresó a Ohio. Al cabo de unas semanas, volvió a trasladar a la familia a la granja de River Road, sobre la cual pesaba aún una abultada hipoteca. Pronto, la artritis lo dejó incapacitado, así que pidió a Stephen que se dedicara a las faenas del campo. La madre de este insistía en que terminara su educación.

Incluso antes de graduarse en el instituto en 1925, Stephen había decidido no dedicarse a la agricultura. Al poco tiempo se enamoró de una mujer de voz dulce llamada Viola Louise Engel.

La familia de Stephen Armstrong llevaba más de un siglo viviendo en Estados Unidos cuando, en octubre de 1864, el abuelo de Viola, Frederick Wilhelm Kötter, de origen alemán, llegó al puerto de Baltimore. En un esfuerzo familiar por eludir el reclutamiento forzoso en el ejército prusiano, el padre de Fritz Kötter, que entonces tenía dieciocho años, había vendido parte de su granja, situada a las afueras de Ladbergen, en la provincia de Westfalia, cerca de la frontera holandesa, para costear el billete de su hijo a Estados Unidos.[9]

Frederick se abrió camino hasta la pequeña aldea de New Knoxville, Ohio. Un estado cuya población de inmigrantes superaba las doscientas mil personas atesoraba un atractivo obvio para un natural de Ladbergen. La primera mujer de Kötter moriría joven. Más adelante, a comienzos de la década de 1870, tras haber comprado treinta y dos hectáreas de tierra, Fritz se casaría con Maria Martha Katterheinrich, una germanoestadounidense de primera generación. Cambiaron su apellido por el americanizado Katter y tuvieron seis hijos y una hija, Caroline, nacida en 1888. Diecinueve años después, el 7 de mayo de 1907, esta daría a luz a Viola, su única hija. La familia de Viola era congregante de la Iglesia Reformada de San Pablo,[10] cuya doctrina se derivaba del catecismo de Martín Lutero. La joven Viola se volvería muy devota, característica que mantuvo toda su vida.

El 4 de mayo de 1909, el marido de Caroline, Martin Engel, de profesión carnicero, murió de tuberculosis a los veintinueve años en presencia de su esposa y de su hija. Su entierro en el cementerio de Elmgrove coincidió con el segundo cumpleaños de Viola. Los padres de Caroline se ocuparon de la niña mientras ella trabajaba como cocinera para la adinerada familia McClain. En 1911 falleció Maria, la madre de Caroline, y en 1916 lo hizo el abuelo Katter. Para Caroline, el dolor de la pérdida dio paso a la felicidad cuando afloró un romance entre ella y William Ernst Korspeter,[11] un granjero local al que había conocido en la Iglesia Reformada de St. Marys. Se casaron en 1916. Viola se matriculó en el instituto Blume de Wapakoneta. Era una chica esbelta y modesta que sacaba buenas notas. Tocaba el piano desde los ocho años y era conocido su amor por la música, cualidad que transmitió a su hijo Neil, además de su imaginación, su concentración, su organización y su perseverancia.

Con todo, la máxima aspiración de Viola era dedicar la vida a Cristo como misionera,[12] pero sus padres la disuadieron. En lugar de eso, se dedicó a trabajar en unos grandes almacenes por veinte céntimos la hora. Fue entonces cuando empezó a salir con Stephen Armstrong, que acababa de graduarse en el instituto. Hablaron por primera vez durante un encuentro entre jóvenes de la Iglesia Reformada de San Pablo, y el ardor de su amor juvenil enmascaró sus numerosas diferencias, que se hicieron más patentes con el paso de los años, hasta que llegó un momento en que Viola cuestionaba en privado si era apropiado que estuviese casada con un hombre tan poco religioso.

Pero faltaba mucho para eso. En la Navidad de 1928, Viola y Stephen intercambiaron alianzas, y se casaron el 8 de octubre de 1929, en el salón de la granja Korspeter. Para la luna de miel, la pareja recorrió cien kilómetros en el automóvil de «Papá» Korspeter en su primer viaje a Dayton. Dos semanas después, la Bolsa de Wall Street se desplomó y dio comienzo la Gran Depresión.

Stephen llevó a Viola a la granja de River Road, donde ella ayudaba a su suegra con las labores domésticas. Él se presentó a unas oposiciones en Columbus y, en febrero de 1930, consiguió empleo como asistente del auditor superior del condado de Columbiana. Más tarde, lo dispuso todo para subastar la granja y trasladar a sus padres a una pequeña casa en St. Marys. A mediados de mayo de 1930, Stephen y Viola, que estaba embarazada de seis meses, recorrieron cuatrocientos veinte kilómetros hasta Lisbon, cerca de la frontera con Pensilvania. Se sentían «indescriptiblemente felices»[13] por tener electricidad y agua caliente en su piso amueblado de dos habitaciones.

El 4 de agosto, dos semanas antes de la fecha prevista, Viola se preparó para dar a luz en la granja de sus padres. Stephen seguía en Lisbon. El 5 de agosto de 1930 nació un niño.[14] Tenía la barbilla de su padre, pero la nariz y los ojos eran de Viola. Ella y Stephen le pusieron Neil Alden. A Viola le gustaba la aliteración «Alden Armstrong» y la alusión al Alden del poema clásico de Henry Wadsworth Longfellow The Courtship of Myles Standish. En ninguna de las dos familias había nadie bautizado como Neil. Tal vez sabían que era la forma escocesa del nombre gaélico Néall, cuya traducción sería «nube», o que, en su versión moderna, significaba «campeón».

2

Smallville

Diez días después de dar a luz, Viola se levantó de la cama para cuidar al bebé. El médico no le permitió asistir al entierro de su suegro Willis, pero, una vez Stephen estuvo en casa, lo organizó todo para que a Neil lo bautizara el reverendo Burkett, el pastor que los había casado. El trabajo de Stephen requería un traslado inmediato a Warren, Ohio, donde ejercería de ayudante de un examinador superior. Durante catorce años, la familia Armstrong se mudó dieciséis veces,[1] en una odisea por todo Ohio que culminaría en Wapakoneta, en 1944.

Viola veía a Neil como un niño tranquilo y despreocupado y con tendencia a la timidez. Le leía continuamente y le infundió su amor por los libros. El niño aprendió a leer con extraordinaria precocidad y, a los tres años, era capaz de leer los carteles de la calle.[2] En su primer año en la escuela primaria de Warren devoró más de cien libros. Aunque empezó segundo en la escuela rural de Moulton, terminó el curso en St. Marys. El profesor de Neil lo descubrió leyendo libros destinados a niños de cuarto, así que lo pasaron a tercero, de manera que, cuando empezó el cuarto curso, al otoño siguiente, tenía ocho años. No obstante, obtuvo unas notas excelentes. Allá donde fuera la familia, Neil se aclimataba bien y hacía amigos con facilidad. Ningún niño era una compañía más constante para él que sus hermanos pequeños. El 6 de julio de 1933, cuando Neil tenía casi tres años, nació June Louise; el 22 de febrero de 1935, llegó Dean Alan.

Aunque siempre se sintieron queridos por sus padres, los jóvenes June y Dean percibían que su hermano mayor era «el preferido de su madre». «Cuando llegaba la hora de plantar patatas en la granja de nuestros abuelos, Neil no aparecía por ningún sitio. Estaba en un rincón de la casa leyendo un libro.»[3] June recuerda: «Nunca hacía nada mal. Era un “don Perfecto” como no hay otro. Era su naturaleza».[4]

Tal como corresponde a los hermanos mayores, June dice que Neil «era definitivamente protector».[5] Con su hermano Dean, que era cinco años menor, las relaciones eran más difíciles. «Yo nunca invadía el espacio de Neil. Habría necesitado invitación.»[6] Aunque los dos hermanos pertenecían al mismo grupo de boy scouts, Neil conseguía más insignias que Dean y socializaba con sus amigos mayores de la escuela. A ambos les encantaba la música, pero Dean disfrutaba con los deportes competitivos y jugaba en el equipo escolar de baloncesto. A Neil «lo consumía el aprendizaje»,[7] como a su madre, mientras que Dean se parecía más a su padre, «un amante de la diversión».

La inusual combinación de frialdad, control y honestidad de Neil podría tildarse de inescrutable, pero rara vez lo era para su madre. «Hay sinceridad en él —afirmaba Viola en una entrevista para la revista Life, realizada el verano de 1969 por la periodista Dora Jane Hamblin, “Dodie”—. O era sincero y justo o no consideraba que debiera inmiscuirse. Nunca le oí una mala palabra sobre nadie, jamás.»[8] Neil siempre fue especialmente reservado cuando hablaba de su padre: «Debido a su trabajo, mi padre estaba fuera casi todo el tiempo, así que no creo que estuviera muy unido a ninguno de sus hijos y nunca me percaté de si lo estaba más a uno que a otro».[9] Ante la pregunta de si Neil y su padre estaban unidos, June responde: «No...». Su madre abrazaba a sus hijos, pero su padre no: «Probablemente nunca abrazó a Neil y él tampoco lo hizo».[10]

Cuando Neil enviaba cartas a casa desde la universidad, las dirigía a la «Sra. S. K. Armstrong». Sus misivas empezaban con un «Querida mamá y familia».[11] En 1943, Laura, la madre de Stephen, se rompió el tobillo. Stephen y Viola la acogieron en casa y vivió con ellos hasta que falleció en 1956. Esto, sumado a las diferencias de Viola y Stephen en cuestiones como la religión y la templanza, causó tensiones en su matrimonio.

Curiosamente, en las entrevistas realizadas con el autor para este libro, Neil no recordaba que la abuela Laura Armstrong hubiera vivido con ellos durante sus años de instituto. «La abuela Armstrong no se instaló con nosotros hasta que yo me fui a Purdue», puntualizó. Pero Neil estaba equivocado. Había vivido con ellos cuando él estudiaba secundaria. El hecho de que Neil no recordara a su abuela en casa (¡durante trece años!) no denota un carácter olvidadizo, sino más bien la capacidad de concentración que ya mostraba en el instituto para aquellos aspectos cotidianos de la vida que más le importaban; sus amigos, sus libros y educación, su actividad con los boy scouts, su trabajo a tiempo parcial y, más ardientemente, como veremos, su pasión por los aviones y por volar. A veces, Neil divagaba, según recuerda su hermana June. «De pequeño leía mucho y esa era su vía de escape. No era una huida de algo, sino una huida hacia algo, hacia un mundo de imaginación. De niño se sentía lo bastante seguro como para correr el riesgo de escapar, porque sabía que al regresar estaría en un lugar agradable.»

Para Neil Armstrong, el Ohio rural representaba comodidad, seguridad, privacidad y unos valores humanos decentes. Cuando dejó la NASA, en 1971, regresó a la normalidad de una pequeña granja en su estado natal. «He decidido criar a mi familia en un entorno lo más normal posible», explicó.

La visión realista de Armstrong tenía su origen en la infancia. En esos mismos años, el dibujante Jerry Siegel creó a un héroe llamado Superman, que provenía de Smallville, una ciudad en el corazón de Estados Unidos que fomentaba «la verdad, la justicia y el estilo de vida americano».

Fueron otras pequeñas ciudades que no eran Smallville las que dieron cobijo a Neil Armstrong. En los años treinta y cuarenta, ninguna tenía una población que superara por mucho los cinco mil habitantes. En esos pequeños municipios, la gente joven (si contaba con la familia adecuada y el apoyo de la comunidad) crecía con ambiciones.

Además de Neil Armstrong, esa mentalidad marcó a los siete astronautas originales del Mercury: Alan B. Shepard Jr., de East Derry, New Hampshire; Virgil I. «Gus» Grissom, de Mitchell, Indiana; John H. Glenn Jr., de New Concord, Ohio; Walter M. Schirra Jr., de Oradell, Nueva Jersey; L. Gordon Cooper Jr., de Shawnee, Oklahoma, y Donald K. «Deke» Slayton, de Sparta, Wisconsin. Cuando M. Scott Carpenter era joven, Boulder, su ciudad natal, en Colorado, tenía poco más de diez mil habitantes.

Según los Siete Originales, «lo que hay que tener» les venía de una crianza común. John Glenn, el primer astronauta estadounidense puesto en órbita, coincidía: «Criarse en una ciudad pequeña hace que los niños tengan algo especial».[12] «Toman sus propias decisiones» y «quizá no sea casual que muchos miembros del programa espacial provinieran de poblaciones pequeñas». A lo largo de casi toda la historia del programa espacial estadounidense, ha habido más astronautas de Ohio que de cualquier otro estado. «Las ciudades pequeñas en las que yo me crie tardaron en salir de la Depresión —recordaba Neil—. No pasamos penurias [el salario anual de Stephen Armstrong superaba la media nacional de 1930, cifrada en dos mil dólares], pero nunca tuvimos mucho dinero. En ese sentido, no estábamos ni peor ni mejor que miles de familias.»[13] Para algunos amigos de la infancia, el hecho de que el padre de Neil tuviera trabajo significaba que los Armstrong eran ricos.

El primer empleo de Neil llegó en 1940, cuando tenía diez años y apenas pesaba treinta y dos kilos. Cortaba hierba en un cementerio por diez centavos la hora. Más tarde, en la panadería Neumeister, en Upper Sandusky, amontonaba barras de pan y ayudaba a preparar ciento diez docenas de dónuts cada noche. También limpiaba la gigantesca mezcladora de masas: «Probablemente conseguí el trabajo porque era menudo; por la noche me metía dentro de los tanques y los limpiaba. Para mí, el mayor beneficio extra era comer helado y chocolate casero».[14]

Cuando la familia se mudó a Wapakoneta en 1944, Neil trabajó como dependiente en una tienda de alimentación y en una ferretería. Más tarde, hizo de recadero en una droguería por cuarenta centavos la hora. Sus padres le dejaban quedarse la paga, pero le pedían que ahorrara una parte importante para la universidad.[15] De las doscientas noventa y cuatro personas seleccionadas como astronautas entre 1959 y 2003, más de doscientas habían sido escultistas, incluidas veintiuna mujeres que habían sido girl scouts. Cuarenta de los boy scouts que llegaron a ser astronautas habían adquirido el rango de «águila». De los doce hombres que han pisado la Luna, once fueron boy scouts, entre ellos Neil Armstrong y Buzz Aldrin, su compañero en el Apolo 11.

Cuando la familia se fue a Upper Sandusky en 1941, la ciudad, de unos tres mil habitantes, todavía no contaba con una tropa de los boy scouts. El ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 (una noticia de última hora que Neil oyó en la radio cuando su padre lo llamó para que dejara de jugar en el jardín y entrase en casa) cambió la situación. Al día siguiente, el Congreso de Estados Unidos declaró la guerra, y los boy scouts pusieron todos sus recursos al servicio del Gobierno. Según recordaba Neil, las noticias de la guerra «eran omnipresentes en la prensa y en la radio. Y, por supuesto, había muchas estrellas en las ventanas de las familias cuyos hijos habían ido a combatir».[16] Una nueva tropa, el 25º Batallón de Ohio,[17] liderado por un pastor protestante, comenzó a reunirse mensualmente. El grupo de Neil se llamaba la Patrulla del Lobo, y se eligió a Bud Blackford como jefe de patrulla, a Kotcho Solacoff como asistente del jefe de patrulla y a Neil como secretario.

En palabras de Neil, el 25º Batallón y la Patrulla del Lobo «se sumergieron en el ambiente bélico». El reconocimiento de aviones era un punto fuerte de los scouts, que a Neil le iba como anillo al dedo. Él y sus amigos fabricaban maquetas que el jefe enviaba a las autoridades de defensa civil y militar, para que sus expertos pudieran distinguir mejor los aviones amigos de los enemigos. Cuando el pastor se fue, lo sustituyó Ed Naus, que «era menos estricto»[18] y contaba con la ayuda del padre de Neil. En la Patrulla del Lobo, Neil, Bud y Kotcho entablaron una de esas amistades indelebles de adolescencia que se cimentaban en una afable rivalidad. Kotcho recuerda una broma en el laboratorio químico: «Dije: “Eh, Neil, prueba un poco de C12H22O11”. Para mi sorpresa y horror, Neil cogió una pizca y se la llevó a la boca. “¡Escúpelo, es veneno!”, grité, y él respondió: “El C12H22O11 es azúcar”. “Ya lo sé, pero pensaba que tú no lo sabías”, le dije. Fue la última vez que di por hecho que yo sabía algo que él ignoraba».[19]

Se ha identificado siempre Wapakoneta como la ciudad natal de Neil Armstrong, pero fueron sus tres años en Upper Sandusky los que él recordaba con más afecto. Sin embargo, aunque toda la familia disfrutó residiendo en el 446 de North Sandusky Avenue entre 1941 y 1944 (cuando Neil tenía entre once y catorce años), las circunstancias los obligaron a realizar un último traslado a Wapak. Según Neil, el motivo principal fue que, aunque su padre tenía treinta y seis años, «creía que podían llamarlo a filas».[20] Wapakoneta, situada unos ochenta kilómetros al sudoeste de Upper, alejó a Stephen de su trabajo, pero, en palabas de Neil, su «madre tenía a sus padres cerca», así que, si reclutaban a su marido, tendría apoyo para ella y su familia.

Los Armstrong compraron una espaciosa casa esquinera de dos plantas en el 601 de West Benson Street. Como siempre, Neil no tuvo problemas para adaptarse a su nuevo entorno y participó de inmediato en el 14º Batallón de los Boy Scouts. El instituto Blume estaba a seis manzanas de su casa. El expediente académico demuestra que sus mejores notas eran siempre en matemáticas, en ciencias y en literatura inglesa. Contradiciendo algunas crónicas históricas que han malinterpretado el sistema de calificaciones del instituto Blume, Neil nunca obtuvo malos resultados.

Siempre con inclinaciones musicales, Neil se unió a la orquesta, al coro masculino y a la banda de la escuela. Pese a su constitución menuda, tocaba el saxo barítono, uno de los instrumentos más grandes, ya que se sentía atraído por su característico tono, aunque era de los pocos a los que les gustaba. Los pocos viernes o sábados por la noche en que tocaba el saxo en un grupo de ragtime, él y sus compinches adolescentes de Wapak, bajo el nombre de The Mississippi Moonshiners, tenían la suerte de ganar cinco dólares a repartir entre cuatro.

En el instituto, Neil ingresó en Hi-Y, una organización estudiantil, trabajó en la edición del anuario y actuó en la obra de teatro del grado intermedio. En los cursos once y doce, salió elegido para el consejo de estudiantes y, en el último año, ejerció de vicepresidente. Sus amigos de secundaria no lo recuerdan como una persona tímida, pero sí bastante callada. Salió con muy pocas chicas en el instituto, aunque asistió a la ceremonia de graduación. Para la ocasión, su padre le prestó el flamante Oldsmobile de la familia. «Fuimos con Dudley Schuler y su novia, Patty Cole —recuerda Alma Lou Shaw Kuffner, la acompañante de Neil—. Por desgracia, cuando volvíamos de Indian Lake hacia las tres de la madrugada, Neil se quedó dormido al volante y metió el coche en una zanja. Tuvo que sacarnos de allí un hombre que iba a trabajar a Lima. A la mañana siguiente, el padre de Neil descubrió que el lateral del coche estaba rayado.»[21]

En mayo de 1946, Neil se graduó en el instituto Blume, con tan solo dieciséis años. Las notas obtenidas lo situaban el undécimo entre sus setenta y ocho compañeros. Su foto de la orla del anuario de 1946-1947 iba acompañada del epigrama: «Piensa, actúa, resuelve».[22] Más tarde, sus numerosos éxitos al mando de vehículos en movimiento compensarían la mácula que supuso en su reputación el Oldsmobile.

3

La verdad está en el aire

Jacob Zint, el Mr. Wizard de Wapakoneta, se regodeaba en su papel. Zint, un solterón que vivía con sus hermanos, también solteros, en una casa de tres plantas y de aspecto siniestro situada en la esquina de la calle Pearl con Auglaize, a solo unas manzanas de los Armstrong, trabajaba de delineante en la Westinghouse Company de Lima. Sobre su garaje, Zint, un hombre de mentalidad científica, construyó un observatorio consistente en una rotonda abovedada de tres metros de diámetro que giraba trescientos sesenta grados sobre unas ruedas de patín. Un telescopio reflector de doscientos milímetros apuntaba a las estrellas y los planetas. A través de la fantástica lente de Zint, la Luna parecía encontrarse a menos de dos mil kilómetros de distancia y no a los cuatrocientos mil reales. Era un equipo que habría complacido al excéntrico astrónomo del siglo XVI Tycho Brahe, uno de los ídolos de Zint.

Jake Zint habría sido siempre un excéntrico desconocido del vecindario de no ser por su autoproclamada conexión con el joven Neil Armstrong. Una noche de 1946, cuando el futuro astronauta tenía dieciséis años, junto a su amigo Bob Gustafson y otros miembros del 14º Batallón de los Boy Scouts, hizo una visita a Zint. Su objetivo era obtener una insignia al mérito astronómico. Puesto que a Zint, que entonces tenía treinta y cinco años, no le gustaba que la gente fuera a su casa sin invitación, el señor McClintock, instructor de los scouts, había organizado la cita con mucha antelación.

Según Zint, esa noche representó un punto de inflexión en la vida del joven Neil Armstrong. La Luna, afirmaba, «parecía ser lo que más interesaba a Neil. La adoraba»,[1] y manifestaba «un interés especial [en] la posibilidad de que hubiera vida en otros planetas. Le dio vueltas y llegó a la conclusión de que no había vida en la Luna, pero probablemente sí la había en Marte».[2] Neil quedó tan encantado con Zint y su observatorio que las visitas «continuaron incluso cuando ya se había marchado a la Universidad de Purdue». La víspera del viaje a la Luna, decía Zint, Neil había enviado un mensaje especial a su viejo mentor astronómico por medio de un periodista: «Lo primero que hará cuando pise la Luna será averiguar si está hecha de queso verde».[3]

En junio y julio de 1969, una sucesión de titulares se hacía eco de la conexión entre Zint y Armstrong: «Neil soñaba con pisar la Luna algún día», «El astrónomo Jacob Zint permitió a Neil A. Armstrong observar de cerca la Luna por primera vez», «Neil Armstrong: desde el principio apuntó a la Luna», «Astronauta cumple su sueño de adolescencia», «La Luna era un sueño para el tímido Armstrong» o «Jacob Zint, astrónomo de Wapakoneta, dice: “El sueño de Neil se ha hecho realidad”». Muchos de los artículos incluían la foto de un sonriente Zint[4] con los brazos cruzados delante del telescopio que supuestamente había brindado a Neil Armstrong el primer vistazo de cerca a la Luna.

El gran momento de Neil al aterrizar en el mar de la Tranquilidad se convirtió en el punto álgido del propio Zint en Wapakoneta: «El 21 de julio a las 2.17, Jacob Zint espera orientar su telescopio de doscientos milímetros hacia el sudoeste del mar de la Tranquilidad, en la Luna. Si el clima lo permite, el avistamiento completará una odisea en el tiempo y el espacio que comenzó aquí hace veintitrés años, cuando un chico rubio y menudo llamado Neil Alden Armstrong contempló por primera vez la Luna a través de las lentes del señor Zint».[5] Todo el mundo quería saber qué se le pasó por la cabeza a Zint en el momento del histórico alunizaje: «Cuando pienso en todas las veces que Neil y yo hablamos de qué se sentiría al estar ahí arriba me parece increíble —declaraba a los numerosos periodistas interesados—. Y ahora está allí».[6]

Sin embargo, nada de lo que contara el ya difunto Jacob Zint acerca de su relación con Armstrong era cierto, ni una sola palabra, aunque su telescopio, junto con la rotonda astronómica, ocupó durante muchos años un lugar destacado en el Museo del Condado de Auglaiza, en Wapakoneta (hasta poco después de la primera edición de El primer hombre en 2005).

«Si mal no recuerdo —afirmaba en 2004 un reacio Armstrong, con su acostumbrada prudencia, como para no cuestionar abiertamente la reputación del tan publicitado astrónomo amateur de Wapakoneta—, solo estuve una vez en el observatorio de Jake Zint.[7] En cuanto a lo de mirar por su telescopio y mantener conversaciones privadas con él sobre la Luna y el universo, no ocurrió jamás. La historia del señor Zint creció cuando me hice famoso. Todo lo que cuenta parece falso.»[8] Pero Neil nunca se molestó en corregirlo ni insistió en que se abstuviera de hacer declaraciones.

En 1969, casi nadie tenía motivos para no creerse lo que publicaban tantos periódicos. Asimismo, la profética versión de Zint sobre el «destino» de Neil parecía, como afirmaba un periodista en julio de 1969, «casi demasiado lógica para ser verdad».[9]

Al igual que Zint, John Crites, el profesor de ciencias favorito de Neil, también publicitó el temprano amor que profesaba al cielo el futuro caminante de la Luna. Crites recordaba que una vez, bajo una luna llena «preciosa», había preguntado a Neil por sus planes de futuro. «Algún día —respondió este señalando al astro—, me gustaría conocer a ese hombre de ahí arriba.»[10] «Fue en 1946 —contó Crites a los periodistas en 1969—, cuando nadie se había planteado subir.» «Es ficticio —observó Neil con sequedad en una entrevista para El primer hombre—. En aquella época, todas mis aspiraciones estaban relacionadas con la aeronáutica. Los viajes espaciales habrían sido una ambición poco realista.»[11]

«Cuando Neil tenía dos o tres años —rememoraba Stephen Armstrong en 1969—, convenció a su madre de que le comprara un avioncito en la tienda de todo a diez centavos, y estuvieron debatiéndose entre uno de diez centavos y otro de veinte. Por supuesto, su madre le compró el de veinte. Desde entonces le gustaron los aviones, porque siempre andaba a todo correr por dentro y por fuera de casa con el avión en la mano.»[12]

Neil viajó por primera vez en avión justo antes de su sexto cumpleaños, cuando la familia residía en Warren. A lo largo de los años había oído y leído tantas versiones de la historia que decía: «No sé cuál es cierta. Yo creo que [el avión] ofrecía viajes alrededor de la ciudad por una módica suma [veinticinco centavos]».[13] Su padre lo recordaba de este modo: «Una vez, íbamos a catequesis, o eso pensaba su madre, pero por la mañana el viaje en avión era más barato, y luego el precio iba aumentando durante el día. Así que nos saltamos la catequesis y montamos por primera vez en avión».[14]

La máquina era un monoplano de ala alta, el Ford Trimotor. Pilotado por primera vez en 1928, el Ganso de Hojalata tenía capacidad para doce pasajeros en asientos de mimbre y podía alcanzar una velocidad de unos doscientos kilómetros por hora.

En algún momento de la adolescencia, Neil empezó a tener un sueño recurrente: «Si aguantaba la respiración, podía elevarme por encima del suelo. No ocurría gran cosa. En aquellos sueños no volaba ni me caía; simplemente me elevaba. Pero la indecisión era un poco frustrante. El sueño nunca acababa».[15] Neil nunca estuvo seguro de lo que simbolizaba. «No puedo decir que estuviera relacionado en algún sentido con la aviación. No parece que hubiera mucha relación, salvo por el hecho de que me hallaba suspendido en el aire.» Con cierta ironía, apostillaba: «Lo intenté estando despierto y no funcionó».

«Probablemente empecé a decantarme por la aviación a los ocho o nueve años —rememoraba Neil—, inspirándome en lo que había leído y visto sobre la aeronáutica y construyendo maquetas de aviones.»[16] Un primo mayor que él vivía en la misma manzana. Una vez que Neil vio «lo que era capaz de hacer» con madera de balsa y papel de seda, se enganchó.

La primera maqueta que Neil recordaba haber construido era la cabina de un avión ligero de ala alta, probablemente un Taylor Cub, empapelada de amarillo y negro. «Entonces, ni se me pasaba por la cabeza construir maquetas con motor»,[17] porque costaban más dinero y necesitaban gasolina, y ambas cosas escaseaban durante la Segunda Guerra Mundial. El único elemento que propulsaba sus maquetas eran unas gomas elásticas retorcidas.

Las maquetas de Neil llenaban su dormitorio y todo un rincón del sótano. Según Dean, Neil llegó a construir tantos aviones que lanzaba aquellos de los que se había cansado o que no le gustaban por la ventana del piso de arriba, a veces en llamas.[18] June recuerda a Neil cogiendo «al menos cinco o seis. Luego bajaba corriendo las escaleras y salía hasta el final del camino. Nosotros nos asomábamos a una ventana del piso superior y tirábamos los aviones. ¡Mi madre se hubiera muerto!».[19]

Él mismo recordaba: «Normalmente colgaba las maquetas del techo de mi habitación utilizando cuerdas. Había trabajado mucho en ellas y no quería que se rompieran, así que no solía hacer volar aquellos aviones».[20]

«Cuando estaba en la escuela primaria, mi intención era ser diseñador de aviones. Luego me interesé por el trabajo de piloto, porque pensaba que un buen diseñador debía conocer el funcionamiento de un avión.»[21]

«Leía muchas revistas de aviación de la época; Flight, Air Trails, Model Airplane News y todo lo que encontrara.»[22] Como miembro del Club de Aeromodelistas de la Universidad de Purdue, «gané o quedé segundo en varios concursos».[23] Neil se acordaba de cómo elevaba sus «maquetas de control de línea alimentadas con gasolina, que volaban enganchadas a cables y manejaba desde el centro del círculo de vuelo»,[24] a velocidades que superaban con creces los ciento sesenta kilómetros por hora. «Absorbí una gran cantidad de nuevos conocimientos y conocí a mucha gente, entre la que había algunos veteranos de la Segunda Guerra Mundial, que tenían mucha más experiencia e intuición sobre cómo volar del modo correcto.»[25]

A los quince años, Armstrong empezó a ahorrar para pagarse clases de pilotaje, las cuales costaban nueve dólares la hora (el equivalente a unos ciento veintitrés dólares en 2016). Teniendo en cuenta que ganaba cuarenta céntimos la hora trabajando después de clase en Brading’s Drugs, Neil necesitaba veintidós horas y media para costearse una clase.

Los sábados a primera hora, Neil hacía autoestop o «iba en una bicicleta sin guardabarros»[26] hasta un pequeño aeródromo de hierba situado a las afueras de Wapakoneta. «Allí reacondicionaban culatas, la parte superior del cilindro —contaba—, o, como ellos decían, hacían “reacondicionamientos superiores”.»[27] Una vez que cumplió dieciséis años y obtuvo la licencia de piloto, pudo pilotarlos. «Para maximizar las horas de vuelo, me tomaba un poco de tiempo para recubrir las válvulas con gasolina de alto octanaje después del reacondicionamiento de las culatas.» La mayoría eran viejos aparatos del ejército y aviones de entrenamiento. Había un BT-13 fabricado por Vultee y un Fairchild PT-19 de ala baja. Uno de los modelos más nuevos era el Aeronca Chief, un monoplano ligero de ala alta fabricado en la cercana Hamilton, que contaba con unos asientos dobles situados lateralmente y no en fila y con un volante de control en lugar de palanca de mando. Una versión más básica conocida como «Champ» era el modelo más vendido de Aeronca. Neil Armstrong aprendió a pilotar con uno de los tres Champ de Wapakoneta.

Tres antiguos pilotos del ejército impartían las clases de vuelo a Neil. De los setenta alumnos de su clase del instituto, alrededor de la mitad de los cuales eran chicos, tres aprendieron a volar en el verano de 1946. Todos empezaron a pilotar en solitario más o menos al mismo tiempo. Por tanto, Neil siempre negó que su aprendizaje fuera algo inusual.

Lo que sí resulta inusual es que Neil obtuviera la licencia de piloto antes que el carné de conducir. «Nunca tuvo novia. No necesitaba coche —explicaba su padre—. Solo tenía que llegar a aquel aeropuerto.»[28] «Creo que a los catorce años podías pilotar un planeador en solitario —decía Neil—, pero para un avión motorizado tenías que esperar a tu decimosexto cumpleaños»,[29] que él celebró el 5 de agosto de 1946. Aquel día, Neil obtuvo su «certificado de estudiante de aviación», y al cabo de una semana o dos realizó su primer vuelo en solitario.

La espontaneidad del suceso impidió al estudiante avisar a familiares o amigos. «Tan solo oías al instructor desabrocharse el cinturón, te lanzaba una mirada de complicidad, te apoyaba la mano en el hombro y pensabas: “Oh, así que allá vamos”.»[30] Dean, que ayudaba a cortar el césped del aeródromo, fue testigo de los progresos de su hermano. Viola se ponía demasiado nerviosa como para ver a su hijo volar, pero nunca trató de impedírselo. En parte, según June, era porque él «nunca expresaba temor cuando hablaba de ello».[31]

Neil solo recordaba vagamente su primer vuelo en solitario, para el que recibió la autorización de su instructor. «La primera vez que pilotas un avión tú solo es un día especial —afirmaba Neil—. La primera vez que pilotas un avión tú solo es, de hecho, un día excepcionalmente especial. Estoy convencido de que me embargó la emoción cuando pude realizar ese primer vuelo. Conseguí ejecutar un par de despegues y aterrizajes y volver al hangar sin percances.»[32] Uno de los resultados positivos de esa primera experiencia fue económico. Sin necesidad de instructor, solo tenía que pagar siete dólares la hora en lugar de nueve. Pero la ventaja era teórica, ya que cada vez necesitaba más horas en el aire para saciar su sed.

Al adquirir su técnica de pilotaje en un aeródromo de hierba, Neil desarrolló el hábito de ladearse considerablemente en la aproximación final, «y debía realizar un descenso bastante en picado a fin de aterrizar en uno de los primeros tramos de la pista de hierba, para luego tener tiempo de sobra para rodar y frenar». Neil también fue testigo del lado oscuro de la aviación. La tarde del 26 de julio de 1947, Carl Lange, un estudiante de veinte años y veterano de la Armada en la Segunda Guerra Mundial, se enganchó con un cable de alta tensión y estrelló su Champ en un campo de heno. Lange murió en el acto a causa de una fractura craneal. El instructor sobrevivió. En aquel momento, Neil regresaba del campamento de los boy scouts. Dean recuerda: «Vimos cómo caía el avión. Mi padre se detuvo y fuimos corriendo a administrar los primeros auxilios».[33] Según Lima News, Neil «saltó una valla y fue a ayudar a los ocupantes del avión». El periódico afirmaba que Lange había muerto en sus brazos,[34] pero Neil me contó que no fue consciente del momento exacto en que falleció.

Algunas crónicas biográficas se han adherido al relato de Viola Armstrong sobre el accidente mortal de Lange y la reacción de Neil al mismo. En una entrevista concedida en 1969 a la revista cristiana Guideposts, Viola relataba que la experiencia de la muerte de Lange había afectado profundamente a Neil. El artículo publicado, «La crisis de infancia de Neil Armstrong», aseguraba que él pasó dos días encerrado en su habitación, leyendo sobre Jesucristo y sopesando si debía seguir volando.[35] Neil no recordaba nada parecido. Según June: «Nunca tuve la sensación de que aquello le afectara. Y, desde luego, no mitigó su entusiasmo por la aviación».[36]

Cuando se produjo la muerte de Lange, Armstrong había cruzado dos veces el país en solitario, la primera de ellas hasta el aeropuerto Lunken de Cincinnati en un Aeronca de alquiler. En total, el viaje eran unos trescientos cincuenta kilómetros y entre ambos trayectos hizo un examen para obtener una beca de la Armada. Para prematricularse en las clases de la Universidad de Purdue, Neil fue hasta West Lafayette, en Indiana, en un vuelo de unos quinientos kilómetros.

No podemos sino imaginar la sorpresa que se llevó el personal del aeropuerto de West Lafayette cuando un chico de dieciséis años se apeó del avión, pidió que llenaran el depósito y echó a andar hacia el campus.

4

Introducción a la ingeniería aeronáutica

El 14 de octubre de 1947, un mes después de que Neil Armstrong empezara sus estudios en la Universidad de Purdue, un piloto de pruebas de las Fuerzas Aéreas (con quien volaría más adelante) rompió la mítica barrera del sonido. Se trataba del capitán Charles E. «Chuck» Yeager, y el revolucionario modelo con el que lo había hecho era el avión cohete Bell X-1. Antes de que el ejército envolviera su programa de investigación transónica en un halo de secretismo, aparecieron artículos sobre el rendimiento del X-1 en Los Angeles Times y en Aviation Week. Profesores y estudiantes de aeronáutica de todo el país estaban debatiendo las implicaciones de «romper la barrera sónica».[1]

Sin embargo, para Neil, esta nueva era de la aviación empezó de manera agridulce. «Cuando tuve edad suficiente y me convertí en piloto, las cosas habían cambiado. Los espléndidos aviones que tanto veneraba de pequeño estaban desapareciendo. Había crecido admirando lo que para mí era la rivalidad de los pilotos de la Primera Guerra Mundial; Frank Luke, Eddie Rickenbacker, Manfred von Richthofen o Billy Bishop. Pero, llegada la Segunda Guerra Mundial, este tipo de rivalidad aérea parecía haberse evaporado [...]. La guerra en el aire estaba volviéndose muy impersonal. Ya se habían batido todos los récords de vuelo (Alcock y Brown, Gatty, Lindbergh, Earhart y Mattern), cruzando los océanos, sobrevolando los polos y llegando a todos los rincones de la Tierra. Y eso me molestaba. En general, al ser una persona que se hallaba inmersa y entregada a la aviación y que se sentía fascinada por ella, me decepcionó la vuelta de tuerca de la historia que me había empujado a nacer una generación más tarde. Me había perdido todos los grandes momentos y aventuras de la aviación.»[2]

Cuando Neil Armstrong entró en la universidad, la Comisión Consultiva Nacional de Aeronáutica (NACA), el antecesor de la NASA, junto con las recién creadas Fuerzas Aéreas de Estados Unidos, inició la construcción de unas nuevas y ambiciosas instalaciones de investigación dedicadas a la velocidad transónica, supersónica e hipersónica (el régimen de velocidad, aproximadamente mach 5, en el que los efectos del calor aerodinámico se volverían pronunciados).

El paso de Neil por el programa de ingeniería aeronáutica de la Universidad de Purdue (incluidos tres años en el ejército) se prolongó desde septiembre de 1947 hasta enero de 1955. Esos siete años y medio fueron testigos de una asombrosa nueva era en el desarrollo aeronáutico mundial. Tres meses después del histórico vuelo del X-1, el NACA activó el primer túnel de viento supersónico del país (que podía alcanzar el mach 7). Meses después, un equipo militar liderado por el doctor Wernher von Braun lanzó un misil V-2 en White Sands, en Nuevo México, que alcanzó una altura de ciento diez kilómetros. Durante el primer año natural de Neil Armstrong en Purdue, tuvo lugar el vuelo inaugural del avión XF-92 de Convair, con su innovadora ala delta; el vuelo del primer piloto de pruebas civil, Herbert H. Hoover (no guarda relación con el presidente de Estados Unidos), que superó el mach 1; los primeros vuelos de prueba del avión X-4 sin cola, y la publicación de una teoría aerodinámica que fue crucial para resolver el problema del acoplamiento inercial a altas velocidades.

Armstrong dejó Purdue y se presentó al servicio militar durante el que habría sido su semestre de primavera de 1949. En esos meses, el Ejército de Estados Unidos determinó los requisitos formales para un sistema de misiles antibalísticos tierra-aire; el presidente Truman firmó un proyecto de ley que aprobaba un campo de pruebas para misiles guiados de ocho mil kilómetros, que se establecería en Cabo Cañaveral, en Florida, y un cohete ruso de fase única con una carga útil de unos ciento veinte kilos se elevó a una altura de ciento diez kilómetros. Durante ese verano, mientras Armstrong realizaba un curso de vuelo en Pensacola, un cohete V-2 llevó a un mono vivo hasta una altura de ciento treinta y cuatro kilómetros; el ejército estadounidense utilizó por primera vez un traje parcialmente presurizado durante un vuelo pilotado a veintiún mil metros, y el p ...