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EL QUINTETO DE NAGASAKI

Aki Shimazaki  

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Fragmento

 

Llueve desde la muerte de mi madre. Estoy sentada junto a la ventana que da a la calle. Espero al abogado de mi madre en su oficina, donde trabaja una sola secretaria. Estoy aquí para firmar todos los papeles de la herencia: el dinero, la casa y la tienda de flores de la que se ocupaba desde el deceso de mi padre, muerto de un cáncer de estómago hace siete años. Soy la única hija de la familia, y la única heredera declarada.

Mi madre le tenía cariño a la casa. Es una vieja casa rodeada de una cerca de arbustos. Atrás, un jardín con un pequeño estanque redondo y una huerta. En un rincón, algunos árboles. Entre los árboles, mis padres habían plantado camelias poco después de comprar la casa. Las camelias le gustaban a mi madre.

El rojo de las camelias es tan vivo como el verde de las hojas. Las flores caen al final de la estación, una por una, sin perder su forma: corola, estambres y pistilo permanecen siempre juntos. Mi madre recogía las flores del suelo, todavía frescas, y las arrojaba al estanque. Las flores rojas de corazón amarillo flotaban en el agua unos días.

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Una mañana le dijo a mi hijo: «Me gustaría morir como una tsubaki. Tsubaki es el nombre japonés de la camelia».

Ahora, como era su deseo, sus cenizas están dispersas en la tierra alrededor de las camelias, y su lápida está junto a la de mi padre en el cementerio.

Aunque solo anduviera por los sesenta, decía que ya había vivido lo suficiente en este mundo. Tenía una grave enfermedad pulmonar. Era una sobreviviente de la bomba atómica que había caído en Nagasaki tres días después de Hiroshima. Esta segunda bomba causó ochenta mil víctimas en un instante e hizo que Japón capitulara. Allí también murió su propio padre, mi abuelo.

Nacido en Japón, mi padre partió después de la guerra rumbo a este país, donde su tío le había ofrecido trabajar en su pequeña empresa. Era un taller de ropa de algodón inspirada en la forma del kimono, recta y simple. Antes de irse, mi padre quería casarse. Una pareja de su familia organizó un miai con mi madre: se trata de un encuentro convenido con vistas al matrimonio. Mi madre era hija única, su madre había muerto también, de leucemia, cinco años después de la bomba atómica. Como se había quedado sola, mi madre decidió aceptar casarse con mi padre.

Con él trabajó sin descanso para desarrollar la empresa; luego, cuando se jubilaron, dedicó mucho tiempo a la tienda de flores que abrieron juntos. Asistió a mi padre hasta el último momento. En el funeral me dijeron que debía de haber sido feliz con una mujer tan dedicada como mi madre.

Solo después de la muerte de mi padre pudo llevar una vida más tranquila y discreta en compañía de una empleada doméstica extranjera, la señora S. Esta dama no entendía japonés ni la lengua oficial del lugar. Solo necesitaba dinero y una habitación, y mi madre necesitaba a alguien que pudiera ocuparse de ella en la casa. A mi madre no le gustaba la idea de vivir conmigo o en un asilo, menos aún en una clínica. En caso de necesidad, hacía llamar a su médico por la señora S., que apenas podía decirle por teléfono: «Venga a casa de la señora K.».

Mi madre, además, confiaba en la señora S. «Nos arreglamos», le contestó a mi hijo cuando le preguntó cómo se comunicaban entre ellas. «Me siento bien sin hablar. La señora S. es una persona discreta. Me ayuda y no me molesta en absoluto. No es una persona instruida. No me importa. Lo que cuenta para mí son sus modales.»

En cuanto a la guerra y la bomba atómica que cayó en Nagasaki, mi madre se negaba a hablar del asunto. Más aún, me prohibía decir en público que era una sobreviviente de la bomba. Pese a toda la curiosidad que yo había sentido desde niña, tenía la obligación de dejarla en paz. Me parecía que seguía sufriendo la pérdida de su padre, a quien la carnicería se había llevado.

Fue mi hijo, sin embargo, quien en su primera adolescencia empezó a hacerle las mismas preguntas que siempre me habían preocupado. Cuando se ponía demasiado insistente, mi madre le gritaba que volviera a su casa.

En sus tres últimas semanas nos decía que le costaba dormir. Le pidió somníferos a su médico. Fue en ese período cuando, de pronto, se puso a hablar de la guerra hasta por los codos. Mi hijo y yo íbamos a verla casi todas las tardes. Mi madre siguió hablándole del asunto incluso la víspera de su muerte.

Estaba sentada en un sillón de la sala, frente a la cocina, donde yo leía un libro. Podía verlos y oírlos a los dos.

Mi hijo le preguntó:

—Abuela, ¿por qué los norteamericanos tiraron dos bombas atómicas en Japón?

—Porque en ese momento solo tenían dos —dijo ella con franqueza.

La miré. Me pareció que bromeaba, pero su rostro estaba serio. Asombrado, mi hijo dijo:

—¿Quiere decir que si hubieran tenido tres habrían tirado la tercera en otra ciudad de Japón?

—Sí, creo que hubiera sido posible.

Mi hijo hizo una pausa y dijo:

—Pero los norteamericanos ya habían destruido la mayoría de las ciudades antes de tirar las bombas, ¿no es cierto?

—Sí, en los meses de marzo, abril y mayo, cerca de cien ciudades habían sido destruidas por los B-29.

—De modo que para ellos era evidente que Japón no estaba en condiciones de seguir combatiendo.

—Sí. Por otro lado, los dirigentes norteamericanos sabían que, en junio, Japón, por intermedio de Rusia, intentaba emprender negociaciones de paz con los norteamericanos. Japón también temía ser invadido por los rusos.

—Entonces ¿por qué lanzaron de todos modos esas dos bombas, abuela? La mayoría de las víctimas eran civiles inocentes. ¡Mataron a más de doscientas mil personas en unas semanas! ¿Qué diferencia hay con el Holocausto de los nazis? ¡Es un crimen!

—Así es la guerra. Solo se piensa en ganar —dijo ella.

—Pero ¡si ya habían ganado la guerra! ¿Para qué hacían falta las bombas? A mi bisabuelo lo mató una bomba que, en mi opinión, era totalmente inútil.

—No eran inútiles para ellos. Una acción siempre tiene razones y ventajas.

—Entonces dígame, abuela, ¿qué ganaron lanzando esas dos bombas atómicas?

—Amenazar a un enemigo más grande, Rusia.

—¿Amenazar a Rusia? Entonces ¿por qué no era suficiente con una sola bomba atómica?

—¡Buena pregunta, nieto mío! Creo que los dirigentes norteamericanos querían mostrar a los rusos que tenían más de una bomba atómica. Tal vez también quisieran ver qué efecto producía cada bomba, sobre todo la segunda, pues eran dos bombas distintas: la que cayó en Hiroshima había sido fabricada con uranio; la de Nagasaki, con plutonio. Gastaron en secreto muchísimo dinero en esas bombas. El norteamericano común no sabía de su existencia. Ni siquiera Truman, el vicepresidente de la nación, había sido informado. Puede que se vieran obligados a usarlas antes de que la guerra terminara.

Mi hijo no se conformó con esa respuesta. Siguió interrogándola:

—Si las bombas eran para amenazar a Rusia o para probar nuevas armas, ¿por qué lo hicieron con Japón, donde ya no quedaba nada por destruir? ¿Por qué no en Alemania?

—¡Ah, otra pregunta curiosa! Alemania ya había renunciado oficialmente a la guerra. Incluso de no ser así, los norteamericanos no se habrían atrevido a tirar bombas atómicas en el centro de Europa. Son descendientes de europeos, después de todo. Los norteamericanos consideraban que todos los japoneses, civiles o militares, eran sus enemigos, pues no eran hakujin.

—¿Incluso los cristianos? —preguntó.

—Por supuesto —contestó ella sin vacilar—. Cuando vivía en Nagasaki conocí a gente católica. Nagasaki es famosa por sus creyentes. Un día, una muchacha católica de mi escuela me dijo muy seria: «Los norteamericanos son cristianos. Si ven cruces en nuestra ciudad, pasarán de largo sin arrojar las bombas». Le dije enseguida: «Para ellos, los japoneses son japoneses». Y la bomba atómica cayó frente a una iglesia.

Mi hijo estaba callado. En realidad, la mitad de su ascendencia es europea. Sus bisabuelos eran alemanes. Su abuelo, nacido también en Alemania, pero criado en Estados Unidos, llegó a ser pastor y trabajó en Japón después de la guerra. El padre de mi hijo, mi exmarido, nació en Japón y habla bien japonés, casi tan bien como su lengua materna. Lo conocí en Estados Unidos y me casé con él. Hace años que estamos separados. Ahora mi hijo y yo vivimos en este país, donde nací yo, mientras que su padre sigue en Estados Unidos.

Mi madre prosiguió:

—En realidad, los norteamericanos querían destruir Japón por completo y apoderarse del país antes de que lo invadieran los rusos. El 8 de agosto, la víspera del lanzamiento de la bomba atómica en Nagasaki, los rusos iniciaron un ataque contra los japoneses en Manchuria, que en ese momento era colonia japonesa.

Yo los escuchaba fingiendo leer un libro del que nunca pasaba las páginas. En un momento dado se quedaron en silencio. Después, mi madre le pidió agua. Él vino a la cocina.

Me susurró:

—Hoy la abuela está hablando mucho.

—No la canses. No paras de hacerle preguntas.

—Es ella la que quiere hablar.

Estaba contento. Le dije a mi madre desde la cocina:

—Debes de estar agotada con todo este bombardeo de preguntas. Es la primera vez que te oigo hablar tanto.

Sonrió.

—Espero que también sea la última.

Mientras le llevaba el vaso de agua, mi hijo le dijo a mi madre:

—Mi padre decía que los dirigentes norteamericanos sabían que Japón iba a atacar Pearl Harbor.

—Sí —prosiguió ella—, los expertos de los servicios de espionaje habían descifrado los códigos japoneses y leído la información top secret.

—Según mi padre, hicieron todo lo posible para lograr que los norteamericanos de a pie detestaran a los japoneses. De esa manera les fue más fácil iniciar la guerra.

—Como un juego. Es una estrategia para ganar. En realidad, obligaron a Japón a atacar.

—¿Cómo?

—Los norteamericanos habían impuesto un embargo sobre las exportaciones a Japón, principalmente las de petróleo.

—¿Por qué?

—Japón había empezado a reunir tropas en Asia. Los norteamericanos estaban preocupados por la expansión japonesa.

—Entonces, abuela, los norteamericanos fueron los primeros en llevar a Japón a la guerra.

—No importa quién atacó primero. La guerra entre ellos ya había empezado desde la guerra ruso-japonesa, ese conflicto entre Japón y Rusia a raíz del reparto de Manchuria y Corea. Japón ganó gracias a la ayuda de Estados Unidos y de Inglaterra, que no querían que Rusia o Japón controlaran Asia.

—¿Cuándo sucedió?

—En 1904. En realidad, Japón estaba tan debilitado económicamente que no hubiera podido seguir combatiendo. En Rusia había problemas graves por entonces. No solo económicos, también sociales, es decir: el movimiento de la revolución. Y Rusia reconoció la victoria de Japón. El presidente norteamericano se ofreció a mediar y así pudo controlar la paz entre los dos países.

—La guerra ruso-japonesa le dio una buena oportunidad a Estados Unidos para invadir Asia, ¿verdad?

—Sí. De modo que la guerra del Pacífico ya había empezado antes del ataque a Pearl Harbor.

—¿Por qué no pueden dejar a los demás en paz? ¿Por qué no detienen la guerra?

—El imperialismo lleva a la guerra.

—Pero lo que mi padre no aceptaba era la justificación de los norteamericanos: cuando se trata de guerra, siempre tienen razón.

—Se justifican para defenderse de las acusaciones.

—Entonces ¿la justicia no tiene importancia?

—La justicia no existe. Solo existe la verdad.

Mi madre bebía a sorbitos el agua de su vaso.

—Sin embargo —prosiguió—, es evidente que después de la guerra los norteamericanos llevaron la democracia a Japón. Y los japoneses piensan que era preferible que Japón fuera derrotado por los norteamericanos antes que por los rusos: de otro modo lo habrían dividido en dos países, como Corea o Alemania.

—¿Al precio de las bombas atómicas?

—Eres un cínico —dijo—. En realidad, en la Conferencia de Potsdam, antes de esas bombas, Truman y los demás aliados habían prometido que democratizarían Japón.

Mi hijo la interrumpió:

—Pero lo que los norteamericanos querían era colonizar Japón, ¿verdad? Usted sabe muy bien que después de la guerra el padre de mi padre trabajaba en Japón como pastor. Él mismo lo decía.

Mi madre cerró los ojos, las manos cruzadas. Mi hijo se levantó para correr la cortina de la ventana. Era de noche. Volvió a sentarse junto a mi madre.

Dijo:

—¿No está enfadada con los norteamericanos? Usted y su familia fueron víctimas de la bomba atómica. Me da la impresión de que los defiende. No lo entiendo.

Ella no contestó. Miraba hacia la pared con aire ausente.

—¿Sabes —dijo— cómo se comportaban algunos militares japoneses en las colonias de los países asiáticos? «Violentos, crueles, brutales, inhumanos, sádicos, salvajes...» Esas eran las palabras que usaban sus víctimas. Quizá habría sido más aterrador que Japón triunfara. Mucha gente debía de estar contenta con la derrota del Imperio japonés. Te recuerdo que los japoneses masacraron a más de trescientas mil personas antes de ocupar Nankín, en China. Mataron no solo a soldados y a sus prisioneros, sino también a gente común, civiles desarmados. Violaron a mujeres y luego las mataron. Entre sus víctimas hubo incluso niños de siete y ocho años.

—¡Dios mío! Es espantoso.

Mi hijo estaba impactado. Se sujetó la cabeza con las dos manos, largamente.

—Sin embargo —prosiguió él—, nada de eso justifica el uso de bombas atómicas. Realmente no hacía falta. Los norteamericanos habrían podido evitar esa catástrofe.

Mi madre se calló. Sonó el teléfono en la pared de la cocina. Contesté. Era el abogado de mi madre. La avisé y fue lentamente hasta el aparato. Escuchó unos instantes y se limitó a decir: «Perfecto. Gracias». Colgó. Le dije:

—Te prepararé un té de menta. Luego nos iremos.

—Gracias, Namiko. Esta noche me dormiré con facilidad, sin somníferos —dijo, sonriendo un poco.

Volvió a su sillón y se puso a hablar otra vez con mi hijo. Más tarde le llevé una taza de té. Mi hijo seguía haciéndole preguntas sobre la guerra y ella trataba de contestarle con paciencia.

Mi hijo le dijo:

—¿Qué tienen en la cabeza los que nos llevan a semejantes catástrofes? Debe de ser el odio, o el racismo, o la venganza.

Hubo un largo silencio entre ellos. Se oía el tictac de los dos relojes. Un ritmo moderato.

Luego mi madre dijo:

—Hay cosas que no se pueden evitar, desgraciadamente.

—¿Cree usted en el destino, abuela?

—Sí —dijo—, morimos según nuestro destino.

—¿Según nuestro destino? ¿Incluso en el caso de mi bisabuelo?

Mi madre no le contestó. En cambio, dijo:

—Estoy cansada. Esta noche me acostaré temprano.

Se levantó del sillón para ir al baño. Habíamos oído a la señora S. entrando en la casa. Cerré el libro, cuyo contenido no conseguía entender. Lo guardé en el bolso y le dije a mi hijo:

—Vamos.

En el momento en que nos íbamos, mi madre dijo mientras se acostaba:

—Hay crueldades que no se olvidan nunca. En mi caso, no es la guerra ni la bomba atómica.

Eché una ojeada a su rostro. «Pues bien, ¿de qué tipo de crueldades quieres hablar, mamá?» Deseaba preguntárselo, pero me contuve. Mi hijo le acomodó la manta a su abuela. Ya no le hizo más preguntas y se despidió: «Buenas noches, abuela». Ella tendió la mano para acariciarle la cabeza y le deseó «buenas noches» con una sonrisa débil.

A la mañana siguiente estaba muerta. Su médico y la señora S. ya estaban allí cuando mi hijo y yo llegamos. Aunque tuvo una muerte repentina, había calma y dulzura en su rostro.

—Se fue en paz, creo —dijo el médico.

La señora S. asintió con la cabeza.

 

—Por aquí, señora.

El abogado de mi madre me llama. Entro en su despacho, justo al lado de la sala de espera donde la secretaria escribe a máquina. Leo los papeles de la herencia y empiezo a firmarlos casi automáticamente, dado que mi madre ya me los había mostrado todos. Todo va bien hasta el momento en que me tiende dos sobres con dos nombres escritos. Veo el mío en el primero, que parece contener un libro. En el segundo, menos grueso, veo un nombre que no conozco en absoluto, y algunas palabras dirigidas a mí: «Cuando encuentres a mi hermano, dale este sobre en persona. Si no, asegúrate de quemarlo».

¿Mi tío? ¿Quién será? Mi madre decía que era hija única, como yo. ¿Dónde estará, pues? ¿Cómo puedo encontrarlo? ¿Por qué ahora? Qué extraño... Miro al abogado. Dudo que mi madre haya podido contarle nada sobre su hermano, cuando a su propia hija nunca se lo mencionó. ¿Por qué debería interrogar a un extraño sobre mi propia familia?

Vacilando, le pregunto:

—Pensé que no tenía hermanos ni hermanas.

—Lo siento. No tengo la menor idea. No dijo nada al respecto.

El abogado se encoge de hombros. Me callo, aliviada y un poco decepcionada. Mientras cierra el legajo, prosigue:

—Como usted sabe, tenía preparados los papeles para usted desde hace tres años. Salvo estos dos sobres.

—¿Salvo esos dos sobres?

—Sí. En realidad, los trajo ella misma hace poco.

—¿Hace poco? No entiendo. Estaba muy enferma y nunca salía de casa. No es posible...

—Espere un momento...

Abre otra vez el legajo y ojea los papeles:

—¡Ah! Aquí está —dice—. Tres semanas antes de su muerte, su madre vino hasta aquí en taxi, sin la señora S. Le dije que habría podido enviar a mi secretaria a su casa. Queda lejos. Pero me dijo que era tan importante que prefería venir personalmente.

Estoy confundida. Él agrega:

—Conozco a la señora K., su madre, desde hace algunos años. Esa vez tuve la impresión de que por primera vez estaba tranquila. Discúlpeme, es solo que me alegra que haya muerto en paz. En cuanto a usted, espero que le vaya bien. Para cualquier ayuda que pueda ofrecerle, con respecto a su tío, por ejemplo, no dude en llamarme por teléfono.

—Sí. Gracias, señor. Confío en usted, como lo hacía mi madre.

Recojo los dos sobres y los guardo en mi cartera. Salgo de la oficina del abogado. La lluvia vuelve a caer, más fuerte que antes. Miro el cielo gris. Hace frío. Paro un taxi y me voy con la cartera apretada entre mis brazos.

—Hemos llegado, señora. Señora, ¿se siente usted bien?

Ante la casa, el taxista ha tenido que interpelarme en voz alta.

En el salón, me siento en el diván. Dejo los sobres en la mesa. Dudo en abrir el mío inmediatamente. Me pregunto por qué mi madre quería que buscara a su hermano y por qué no lo hizo ella misma en vida. Miro fijamente el sobre dirigido a su hermano.

Yukio Takahashi. Así se llama. El nombre es casi igual al de mi madre: Yukiko. No lo había notado en la oficina del abogado. Pronuncio los dos nombres: Yu-ki-o y Yu-ki-ko. Puede que mis abuelos quisieran que fueran parecidos. Pero su nombre de soltera es Yukiko Horibe, no como el apellido de su hermano: Takahashi.

Mi padre decía que en Japón el hombre, cuando se casa, conserva su apellido. A menos que lo adopte la familia de su esposa, a efectos de mantener el apellido de la estirpe en caso de que no haya varones en la familia. Ese podría ser el caso de su hermano. O quizá uno de los padres de mi madre se casó dos veces, y Yukio podría ser hijo del primer matrimonio.

Lo que me perturba es que mi madre nunca me haya hablado de estas cosas, no solo de su hermano, sino tampoco de sus padres.

Cuando nací, mi madre quería llamarme Yuki, pero mi padre no estaba de acuerdo. Decía que elegir un nombre similar al de un miembro de la familia todavía vivo traería mala suerte. En general no era supersticioso. Pero esa vez se opuso firmemente a la idea de mi madre. Ella no insistió, y le permitió llamarme Namiko.

De haber tenido ese nombre, Yuki en vez de Namiko, ¿mi vida habría sido diferente, peor que ahora? ¿Quién podría saberlo? Buena o mala, ¿cómo comparar una vida con otra que no existe?

Tomo las tijeras, por fin. Abro mi sobre y extraigo un cuaderno. Contiene una carta de mi madre fechada tres semanas antes de su muerte.

 

«Namiko:

Acabo de escribirle una larga carta a mi hermano. Pronto descubrirás quién es mi hermano. Ahora, aunque me esté muriendo, me siento mucho mejor. Es raro, ¿no? Decir que uno se siente bien cuando la muerte se acerca... Sé que la hora de morir ha llegado por fin.

Confieso ahora la verdad. No fue la bomba atómica lo que mató a mi padre. Yo lo maté. Fue una coincidencia que la bomba atómica cayera el día de su muerte. Habría muerto ese día de cualquier manera. No tengo la menor intención de defenderme del crimen que he cometido. En esas circunstancias no tenía otra opción que la de matarlo, aunque fuera un padre ejemplar y no hubiera nada malo entre nosotros.

Yukio es hijo de mi padre y de su amante. Eso quiere decir que somos medio hermano y medio hermana. La madre de Yukio quiso a mi padre durante su juventud, pero él se casó con mi madre. Después de casarse, siguió manteniendo una relación con la madre de Yukio. Y mi medio hermano nació el mismo año que yo. Cuatro años más tarde, ella se casó con un hombre que quería adoptar a Yukio, pues creía que el padre de Yukio había desaparecido y ya no volvería. Y todos se fueron de Tokio y se instalaron en Nagasaki, dado que los padres del marido no aceptaban el matrimonio.

Yo tenía catorce años cuando nos fuimos también a Nagasaki. Yukio y yo nos enamoramos sin saber que teníamos el mismo padre. Un día descubrí lo que había pasado entre mi padre y la madre de Yukio. No podía decirle a Yukio la verdad; lo único que podía hacer era dejarlo para siempre.

Unos años después conocí a tu padre, que estaba a punto de irse a un país desconocido. Acepté casarme con él. Trabajaba a su lado con todas mis fuerzas para no tener tiempo de pensar “en eso”. En el funeral de tu padre se decía que debía de haber sido feliz con una mujer devota como yo. ¿Lo recuerdas? Pero fui yo la que tuvo la suerte de haber vivido con un hombre sincero como él. Tu padre era terco, pero conmigo era honesto.

Me gustaba la vida sencilla y la gente en quien podía confiar, como ahora la señora S. Ya bastante complicado es vivir en este mundo. ¿Por qué buscarse otra complicación?»

 

Dios mío... Mi madre mató a su padre. Mi madre mató a mi abuelo en Nagasaki el día que cayó la bomba. ¿Cómo es posible?

Miro por la ventana. Ha dejado de llover. Veo a mi hijo en la calle, acercándose a la casa. Miro el reloj sobre la pared blanca. Ya son las cuatro. Guardo la carta de mi madre en el sobre y escondo los dos sobres juntos en el estante del aparador del salón.

—¡Mamá, tengo hambre!

Mi hijo entra al salón y arroja su mochila en el sillón.

—¿Qué sucede? Estás pálida como la muerte —dice, preocupado.

—Vengo del despacho del abogado. Hacía frío esta mañana, me empapé.

—A ver si vas a resfriarte. Puedo hacerte un té caliente.

—Gracias, qué amable.

Entramos en la cocina.

—¿Todo bien con el abogado?

—Sí, pero voy a tener que buscar a alguien a quien tu abuela no pudo encontrar y darle un sobre que me dejó para esa persona a través del abogado.

Le hablo mientras me pregunto si ella habrá intentado buscar a su hermano.

Mi hijo continúa:

—¿Quién es?

—No lo sé.

No me atrevo a decirle la verdad ahora. Es demasiado pronto.

—¿Un enamorado, quizá?

Sonríe. Le respondo débilmente:

—No, no creo que sea un enamorado. La abuela quería al abuelo, ¿no es cierto?

Él ignora mi pregunta. Tras un momento, dice:

—El amor es otra cosa.

No me mira. Pone la cacerola sobre el fuego de la cocina.

—¿Quién te ha dicho eso?

—La abuela —contesta.

—¿Acaso ella te habló de esa persona?

—No, pero supongo que podría ser alguien muy importante.

Me sirve una taza de té caliente. Come pan, queso y un plátano a toda prisa y se va a su cuarto a hacer sus deberes.

Me quedo allí un rato largo, inmóvil. El interior está oscuro. La calle permanece en penumbras por la niebla. Voy a la sala y recojo los dos sobres. Subo a mi cuarto, que está frente al de mi hijo. He olvidado el té que me había preparado. Bajo y me lo llevo a mi cuarto. Bebo el té ya frío. Tengo fiebre. Me tiro en la cama y me duermo enseguida.

A la mañana siguiente, hacia el mediodía, el timbre me despierta. Miro hacia abajo por la ventana: es la señora S. He olvidado que es el día de la limpieza.

Ella vive todavía en casa de mi madre, que me pidió que le permitiera quedarse el tiempo que quisiera. La señora S. sigue ocupándose de la casa. También hace jardinería: planta flores y cultiva verduras. La casa y el jardín siempre están limpios. Le pago lo mismo que mi madre. Por intermediación de su amiga, que entiende su lengua, la señora S. me ha dicho que el mismo salario era demasiado, pues hay menos trabajo. Le he dicho que mi madre lo había decidido así. En ese caso, dijo ella, quería limpiar también mi casa y hacerme la compra. He aceptado. Nos trae verduras frescas y, cuando es la época, camelias del jardín.

Para mí es una gran ayuda, dado que he conservado la tienda de flores que tenía mi madre y sigo enseñando matemáticas en una escuela.

La señora S. orilla los cincuenta. No tiene familia. No tengo la menor idea de cuál es su origen, ignoro su lugar de nacimiento. Mi madre no sabía nada de ella, pero era alguien en quien confiaba. Mientras bajo hacia la puerta, me pregunto si su pasado será tan complicado como el de mi madre.

—Buenos días, señora S. —digo tras abrir.

Entra en la casa. Hoy nos ha traído en su carrito berenjenas, pepinos, rabanitos y quingombós del jardín. Siento la frescura de las verduras. Le doy las gracias. Inmediatamente se pone a ordenar el comedor. Limpia todos los cuartos de la planta baja y el sótano. Jamás sube al piso donde están nuestras habitaciones. Entiende todo lo que le pido haciendo señas con la mano. Mi madre tenía razón sobre ella.

La dejo sola y vuelvo a subir a mi cuarto. Me instalo en la cama y leo de nuevo la carta.

 

«Ahora, Namiko, trataré de describir lo que a mi juicio sucedió en nuestra familia. Ocurrió hace más de cincuenta años. Pero el tiempo no ha debilitado mi memoria. Recuerdo todos los detalles.

Dos años antes de la bomba, nos instalamos en Nagasaki por el trabajo de mi padre, que era farmacólogo. Trabajaba en un laboratorio de una gran empresa en Tokio. Lo habían trasladado a una sucursal que la compañía tenía en Nagasaki. Se suponía que reemplazaría a un colega que pronto se iría a Manchuria.

Después de pasar tres meses en el centro de Nagasaki, mi padre nos dijo que había encontrado una casa nueva, mejor que la que teníamos. Estaba en un pequeño barrio del valle de Uragami, a tres kilómetros de donde vivíamos.

Mi madre dijo con tono de fastidio:

—¿Por qué mudarnos otra vez? Ya bastante duro fue irnos de Tokio a una ciudad pequeña. ¡Y ahora nos pides que vivamos en un pueblo!

Mi madre era de una familia burguesa muy conocida en Tokio. No soportaba vivir fuera de la capital. Para ella, la única razón aceptable para ir a Nagasaki era una prima lejana que vivía en el centro. El marido de esa prima era cirujano en el ejército.

Mi madre añadió:

—Además, seguimos siendo yosomono, ¿entiendes? ¿Quién te ha recomendado esa casa?

—Un amigo, que vive en ese edificio con su familia —contestó mi padre.

—¿A qué amigo te refieres?

—Lo conocí en la universidad, en Tokio. Estudiamos juntos.

—Es la primera vez que me lo dices.

—Me lo encontré el otro día por casualidad en el laboratorio.

—¿Es un cliente?

—No, también es farmacólogo.

Mi madre sonrió con aire feliz.

—¿Un colega, quieres decir?

—Sí, ahora es un colega.

—Debe de haber venido de Tokio como nosotros, ¿verdad?

—Sí, como nosotros.

—¿Tiene hijos?

—Sí, uno.

—¿Niño, niña?

—Niño.

—¿Qué edad tiene?

—Creo que tiene casi la misma que Yukiko.

La conversación parecía un interrogatorio policial: mi madre quería saber cada detalle, mientras que mi padre decía lo menos posible.

Él añadió:

—Es mejor que el centro para evitar los bombardeos.

Eso convenció a mi madre. Así que nos mudamos al valle de Uragami.

El laboratorio donde trabajaban mi padre y su colega estaba en el centro de Uragami. Yukio y yo frecuentábamos también las escuelas de ese barrio. Más tarde, al final de la guerra, trabajamos en la fábrica de armas. Irónicamente, fue en ese barrio donde cayó la bomba atómica.

El pequeño barrio en el que vivíamos fue destruido por la onda expansiva de la explosión. Todos los que se habían quedado allí esa mañana murieron en el acto, entre ellos mucha gente llegada de las ciudades vecinas para protegerse de los bombardeos, como nosotros.»

 

«Nos habíamos mudado a una casa doble que tenía el techo inclinado. La puerta de cada casa estaba en un extremo del edificio: la nuestra a la derecha, la otra a la izquierda. En el centro, una cerca hacía las veces de división.

En origen, solo había una casa. El antiguo propietario la había acondicionado para alquilarla. Las estructuras de las dos viviendas eran exactamente simétricas.

Nunca había visto un edificio tan viejo y tan sólido. Los postes esquineros eran gruesos y rectos como robles salvajes. Las vigas del techo no eran rectas: les habían dejado la forma original del árbol.

En un cuarto había una escalera plegable para subir al desván. Este era amplio, pues no tenía una pared que lo dividiera por el medio. La mitad del espacio estaba ya ocupada por las cosas de la otra familia. A través de las grietas que había entre algunas tablas se podían entrever partes de los cuartos de abajo.

Delante del edificio corría un arroyo estrecho, bordeado de sauces llorones, donde había babosas. Del otro lado había un bosque de bambúes con camelias. A veces paseaba por allí, sola o con Yukio.

El día de la mudanza, el tiempo era excepcionalmente frío y lluvioso para el principio del verano. Era la época de los biwa. Había frutos amarillos por todas partes. La familia del compañero de mi padre esperaba ante nuestra casa para ayudarnos. Cuando llegamos con el camión de la mudanza, el colega, el señor Takahashi, hizo las presentaciones. Era un hombre robusto con una voz fuerte.

—Esta es mi mujer y él es nuestro hijo.

Hablaba muy nítidamente, y su mujer nos saludó inclinándose un poco. El niño permanecía de pie detrás de su madre. Mi padre nos presentó de la misma manera.

—Todos tenemos nombre, ¿verdad?

Mi madre se burlaba de los hombres, y el señor Takahashi se rio. Tenía los dientes bien parejos, blancos, resplandecientes. Mi madre, con amabilidad, le preguntó al niño su nombre:

—Me llamo Yukio. Encantado —dijo él.

—¿Yukio? ¡Qué coincidencia! Nuestra hija se llama Yukiko. Salúdalos, Yukiko —dijo mi madre, con las manos sobre mis hombros.

—Encantada.

Me incliné ante la familia Takahashi. Empezamos a descargar el camión. Mi madre y el señor Takahashi hablaban sin parar. Los demás estábamos callados.

Mi madre dijo:

—Estoy feliz de tener vecinos de Tokio. Aquí no conozco a nadie, salvo a una prima lejana que vive en el centro de Nagasaki.

—Nosotros también estamos felices. Vivimos aquí desde hace diez años, pero seguimos siendo yosomono. Mi mujer se queda en casa y no quiere tener amigas de por aquí. Espero que se lleven bien. Por cierto, dentro de un mes debo viajar a Manchuria. Voy a trabajar en un hospital.

—¿A Manchuria? ¿De modo que es usted el que se va?

Se volvió hacia mi padre.

—No me lo habías dicho.

—¿Qué importancia tien ...