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EL SOL DEL PACíFICO

Camilo Marks Alonso  

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Fragmento

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Durante la última semana de febrero del año 2017 me encontraba en Londres y como no tenía nada que hacer, me dirigí al Museo de Historia Natural —vale la pena dejar constancia de que las galerías de arte, las pinacotecas, las gliptotecas y otras instituciones semejantes son gratis en Inglaterra—. Hace ya bastante tiempo que los museos me cansan, qué digo, me dejan exhausto, me agobian, termino reventado: las multitudes impiden ver un cuadro que uno querría contemplar en calma; los grupos o manadas te obligan a escuchar explicaciones de algún experto o experta que habla banalidades sobre la Venus de Velázquez o el enorme cartón de Leonardo con la Virgen, Santa Ana y los niños Jesús y San Juan; hay cursos completos con sus profesores que aburren a un centenar de niños frente a la mujer que se baña en el cuadro de Rembrandt y suma y sigue. Sin embargo, desde la década de 1980, cuando estuve exiliado en la capital inglesa, nunca había logrado visitar con éxito —quiero decir que había tratado de hacerlo sin conseguir entradas— las enormes y victorianas construcciones cercanas al Royal Albert Hall que albergan desde dinosaurios hasta piedras preciosas, reliquias de la prehistoria, amenazadores helechos, gigantescas ballenas disecadas y otros prodigios. De modo que, muy ilusionado, llegué a las puertas del edificio donde quería entrar y tuve que desechar la idea de inmediato: había colas de cuadras y cuadras esperando ingresar, no me había percatado de que era sábado cerca del mediodía, o sea, fin de semana, justo los días y las horas en que padres con familias enteras, viajeros y toda clase de gentes quieren mirar esas maravillas, y aunque no logro entender cómo lo pueden hacer en medio de tamaña muchedumbre, es evidente que sí pueden.

Y también es evidente que después irán a almorzar esos horrendos guisos de la comida inglesa, que solo los nativos de esas latitudes encuentran deliciosos: Yorkshire pudding, Cornish pie, salchichas indescriptiblemente grasosas, corderos de edades tan maduras que deberían estar en un aposento museológico, sándwich de pepino y atún congelado, que ahora pasa por el súmmum de lo ecológico, para coronar todo con un insoportable pastel de custard cream.

De modo que, sin tener idea dónde mis pasos me llevaban, me fui a caminar por las calles de South Kensington hasta que encontré una librería de la que algún tiempo fui cliente. Por supuesto, compré unos cincuenta volúmenes que apenas cabían en cinco amplias bolsas y que, aparte de A peoples’ tragedy, sobre la Revolución rusa, de Orlando Figes, ni siquiera trataré de leer los otros, ya que ese era el único que me interesaba y ahora lo estoy siguiendo con ganas, pues hace unos meses devoré La danza de Natacha, del mismo Figes. Cada vez que voy a Londres o Nueva York compro cantidades industriales de ejemplares que jamás leeré y no consigo explicarme por qué lo hago: pesan mucho, corro el peligro de que me cobren sobrepeso en el aeropuerto, apenas puedo levantar mi maleta y bolso de mano. Pero lo peor no es esto, sino algo mucho más enigmático, aunque veraz y lo he dicho y escrito antes: ya no sé qué hacer con tanto libro que tengo, desde que me cambié de casa no he podido ordenarlos y si quiero encontrar uno en particular, tengo que meterme al interior de roperos atestados, de manera que fácilmente puedo morir aplastado si se me caen encima los que están arriba del que busco y no puedo ubicar; en síntesis, los libros han pasado a ser una pesadilla para mí. Si a todo esto agregamos que cada semana, en oportunidades a diario, de un modo constante que me produce alarma, me llegan decenas, veintenas, treintenas de tomos impresos, desde las editoriales, desde el diario en el que colaboro, o me son enviados por sus mismos autores, que se dan el trabajo de entregarlos en la conserjería de mi edificio, se comprenderá que mi actual fobia hacia esos reverenciados objetos está adquiriendo un auténtico carácter de psicopatía.

Neruda declamaba con fervor acerca de las catedralicias tiendas de libros de Londres y Nueva York, afirmación que comparto al cien por ciento. Es verdad que, en plena era digital, el material en papel está siendo reemplazado por esas maquinitas infernales a las que medio mundo es adicto, pero es verdad solo hasta cierto punto. Pude comprobar con mis propios ojos que centenares de centenares de hombres y mujeres en el metro, en los buses, en los parques, en los intermedios de una función teatral seguían fielmente con la costumbre de leer libros de verdad, no libros de mentira. South Kensington es un distrito demasiado turístico, demasiado elegante, demasiado caro. Sin embargo, nada de eso se aplica a la librería donde debo haberme pasado varias horas.

En un momento dado, cuando ya había decidido lo que iba a llevarme y había puesto a un lado lo que iba a dejar —aparte de haberme hurtado dos preciosas antologías de Heine y Schiller en ediciones bilingües—, mis ojos involuntariamente se aposentaron en la sección de guías turísticas. Con asombro, comprobé que, al lado de China, había un mamotreto casi tan grande sobre Chile. Lo empecé a ojear y terminé estudiándolo casi por completo. Ahora me arrepiento en el alma de no haberlo comprado, porque está muy bien escrito, contiene fotografías de lugares sobrenaturales a los que jamás he tenido acceso, muchas páginas incluyen calugas con recomendaciones para los incautos, hay reseñas históricas estupendas, en fin, se trata de un lujo que probablemente nunca más tendré en mis manos.

Me llamaron especialmente la atención el prólogo y las páginas introductorias. La autora, puesto que vi su nombre, por lo que estoy seguro de que es una mujer, decía que los paisajes, el clima, la flora y fauna de nuestra patria eran únicos en el planeta, que la historia de Chile se había caracterizado por una estabilidad inexistente en los demás países latinoamericanos, que el nivel de educación fue superlativo y ahora pasa por cierta mediocridad, que, exceptuada la abominable dictadura de los años setenta y ochenta —usaba ese vocablo, abominable, que en inglés es idéntico al español—, el país gozaba de prosperidad, tranquilidad y muchas, muchas posibilidades de diversión, si bien, fundamentalmente, se trataba de una nación que se presta más para el excursionismo de aventura que para las peripecias callejeras. En la breve sección «gais y lesbianas», que ahora figura en todas las obras de esta clase, la escritora advertía a esas personas que había que andarse con cuidado en público, pues nuestra sociedad es extremadamente conservadora y la vasta mayoría de los ciudadanos siente una profunda antipatía hacia todos aquellos y aquellas a quienes les gusta el merequetengue. No me acuerdo de la fecha de publicación de este libro turístico, pero debe ser reciente. Por lo tanto, quizá —y es un quizá tentativo—, esta última afirmación podría ser algo exagerada.

Sin embargo aclaraba, con una seguridad que me sorprendió, que Santiago, sin llegarle a los talones a Río de Janeiro o Buenos Aires, era la tercera ciudad del continente por su belleza natural junto a la incomparable cordillera, la seguridad de sus calles y la fabulosa variedad de estilos arquitectónicos que exhibe, lo que terminó por convertir mi sorpresa en estupefacción. Vivo en el centro, tengo vista casi hasta el límite con Argentina, puedo salir y volver a la hora que quiera sin peligro alguno, pero jamás se me habría ocurrido que las Torres de Tajamar o la Remodelación San Borja, que el adefesio de Telefónica, que el falo del Costanera Center, que los miles y miles de nuevos edificios de departamentos que nos tienen al borde de la ruina urbana, pudiesen albergar un mínimo de gracia. Así que empecé a buscar esas maravillas en los capítulos dedicados a nuestra capital y claro que las encontré: las calles Concha y Toro, Virginia Opazo, General Gana, Cuevas, el barrio Cívico y otro sinfín de rincones todavía incólumes, todavía resistiendo el paso de los bulldozers, todavía sin que la voracidad de las empresas constructoras los hayan arrasado.

Aun así, el o los fotógrafos de este admirable compendio se habían dado el trabajo de descubrir otras fachadas distinguidas, que yo por supuesto recordaba, por más que el paso del tiempo las había hecho desvanecerse de mi memoria. En las primeras cuadras de Irarrázaval hay —¿o había?— varios frontis que llevan el mismo nombre que poseo, sólo cambiado por el apellido materno: Camilo Marks Lefrein, mi abuelo, constructor, al igual que lo fue mi padre. Y una vez más, debido única y exclusivamente a la casualidad, me encontraba con mis ancestros… ¡nada menos que en una librería de South Kensington!

El padre de mi padre, como lo he contado o más bien escrito alguna vez, llegó a Chile a fines del siglo XIX proveniente del Périgord francés y alrededor de 1912 se casó con Esmeralda Urzúa, nativa de Talca, con la cual tuvo seis hijos. La mayor, Marta, padeció una esquizofrenia mal tratada y Camilo abuelo, como era la costumbre en esos años, la internó en un asilo, para después dejarla al cuidado de una señora que vivía en las profundidades de la comuna de Quinta Normal. Alguna vez mis padres nos llevaron a visitarla, de eso estoy seguro, aunque, como es natural, no recuerdo nada de esas ocasiones, pues debo haber tenido… ¿dos, tres, cuatro años? Mi padre, Camilo Marks Urzúa, quien sí debió haber pasado todo su tránsito por este mundo cruel en un manicomio, fue el segundo vástago del clan. Le siguieron Marcelo, un tío encantador, dicharachero, una bala perdida e inútil que se suicidó a mediados de los años cincuenta o sesenta, dos mellizas que murieron muy jóvenes y Lucy o Lucía, la mejor de todas en cuanto a atractivo. Las mellizas duraron poco a causa de una grave infección estomacal. Mi padre decía que ello se debió a que comieron ciruelas verdes, uno de los tantos disparates con los que asiduamente nos atormentaba a mi hermano Rodrigo y a mí cuando nos pillaba masticando fruta sin madurar.

Lucy merecería una novela, pero como carezco de mayores antecedentes acerca de ella, me limitaré a contar cómo finalizaron sus días. Luego de casarse, fue a pasar la luna de miel a Buenos Aires. Cuando ella y su esposo se subieron al barco que los llevaría al Tigre, Lucy tomó asiento al lado del pasillo y al costado de ella, cercana a las aguas, se instaló una señora con su retoño de poca edad. Lucy les ofreció cambiar de lugar, lo que la vecina aceptó con agradecimiento; se había desatado un viento endemoniado y estaba lloviendo copiosamente. La tormenta arreció durante el trayecto y, de súbito, una ola enorme que arrasó con la cubierta, también acarreó consigo a mi tía Lucy a las profundidades de la desembocadura del Río de la Plata. No poseo retratos de mi abuelo Camilo, de las mellizas ni de mi abuela Esmeralda, quien murió de complicaciones postparto al llegar a término su séptimo embarazo; o enésimo, ya que en esos tiempos no había anticonceptivos, el aborto, espon

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