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EL SOL DEL PACíFICO

Camilo Marks Alonso  

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Fragmento

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Durante la última semana de febrero del año 2017 me encontraba en Londres y como no tenía nada que hacer, me dirigí al Museo de Historia Natural —vale la pena dejar constancia de que las galerías de arte, las pinacotecas, las gliptotecas y otras instituciones semejantes son gratis en Inglaterra—. Hace ya bastante tiempo que los museos me cansan, qué digo, me dejan exhausto, me agobian, termino reventado: las multitudes impiden ver un cuadro que uno querría contemplar en calma; los grupos o manadas te obligan a escuchar explicaciones de algún experto o experta que habla banalidades sobre la Venus de Velázquez o el enorme cartón de Leonardo con la Virgen, Santa Ana y los niños Jesús y San Juan; hay cursos completos con sus profesores que aburren a un centenar de niños frente a la mujer que se baña en el cuadro de Rembrandt y suma y sigue. Sin embargo, desde la década de 1980, cuando estuve exiliado en la capital inglesa, nunca había logrado visitar con éxito —quiero decir que había tratado de hacerlo sin conseguir entradas— las enormes y victorianas construcciones cercanas al Royal Albert Hall que albergan desde dinosaurios hasta piedras preciosas, reliquias de la prehistoria, amenazadores helechos, gigantescas ballenas disecadas y otros prodigios. De modo que, muy ilusionado, llegué a las puertas del edificio donde quería entrar y tuve que desechar la idea de inmediato: había colas de cuadras y cuadras esperando ingresar, no me había percatado de que era sábado cerca del mediodía, o sea, fin de semana, justo los días y las horas en que padres con familias enteras, viajeros y toda clase de gentes quieren mirar esas maravillas, y aunque no logro entender cómo lo pueden hacer en medio de tamaña muchedumbre, es evidente que sí pueden.

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Y también es evidente que después irán a almorzar esos horrendos guisos de la comida inglesa, que solo los nativos de esas latitudes encuentran deliciosos: Yorkshire pudding, Cornish pie, salchichas indescriptiblemente grasosas, corderos de edades tan maduras que deberían estar en un aposento museológico, sándwich de pepino y atún congelado, que ahora pasa por el súmmum de lo ecológico, para coronar todo con un insoportable pastel de custard cream.

De modo que, sin tener idea dónde mis pasos me llevaban, me fui a caminar por las calles de South Kensington hasta que encontré una librería de la que algún tiempo fui cliente. Por supuesto, compré unos cincuenta volúmenes que apenas cabían en cinco amplias bolsas y que, aparte de A peoples’ tragedy, sobre la Revolución rusa, de Orlando Figes, ni siquiera trataré de leer los otros, ya que ese era el único que me interesaba y ahora lo estoy siguiendo con ganas, pues hace unos meses devoré La danza de Natacha, del mismo Figes. Cada vez que voy a Londres o Nueva York compro cantidades industriales de ejemplares que jamás leeré y no consigo explicarme por qué lo hago: pesan mucho, corro el peligro de que me cobren sobrepeso en el aeropuerto, apenas puedo levantar mi maleta y bolso de mano. Pero lo peor no es esto, sino algo mucho más enigmático, aunque veraz y lo he dicho y escrito antes: ya no sé qué hacer con tanto libro que tengo, desde que me cambié de casa no he podido ordenarlos y si quiero encontrar uno en particular, tengo que meterme al interior de roperos atestados, de manera que fácilmente puedo morir aplastado si se me caen encima los que están arriba del que busco y no puedo ubicar; en síntesis, los libros han pasado a ser una pesadilla para mí. Si a todo esto agregamos que cada semana, en oportunidades a diario, de un modo constante que me produce alarma, me llegan decenas, veintenas, treintenas de tomos impresos, desde las editoriales, desde el diario en el que colaboro, o me son enviados por sus mismos autores, que se dan el trabajo de entregarlos en la conserjería de mi edificio, se comprenderá que mi actual fobia hacia esos reverenciados objetos está adquiriendo un auténtico carácter de psicopatía.

Neruda declamaba con fervor acerca de las catedralicias tiendas de libros de Londres y Nueva York, afirmación que comparto al cien por ciento. Es verdad que, en plena era digital, el material en papel está siendo reemplazado por esas maquinitas infernales a las que medio mundo es adicto, pero es verdad solo hasta cierto punto. Pude comprobar con mis propios ojos que centenares de centenares de hombres y mujeres en el metro, en los buses, en los parques, en los intermedios de una función teatral seguían fielmente con la costumbre de leer libros de verdad, no libros de mentira. South Kensington es un distrito demasiado turístico, demasiado elegante, demasiado caro. Sin embargo, nada de eso se aplica a la librería donde debo haberme pasado varias horas.

En un momento dado, cuando ya había decidido lo que iba a llevarme y había puesto a un lado lo que iba a dejar —aparte de haberme hurtado dos preciosas antologías de Heine y Schiller en ediciones bilingües—, mis ojos involuntariamente se aposentaron en la sección de guías turísticas. Con asombro, comprobé que, al lado de China, había un mamotreto casi tan grande sobre Chile. Lo empecé a ojear y terminé estudiándolo casi por completo. Ahora me arrepiento en el alma de no haberlo comprado, porque está muy bien escrito, contiene fotografías de lugares sobrenaturales a los que jamás he tenido acceso, muchas páginas incluyen calugas con recomendaciones para los incautos, hay reseñas históricas estupendas, en fin, se trata de un lujo que probablemente nunca más tendré en mis manos.

Me llamaron especialmente la atención el prólogo y las páginas introductorias. La autora, puesto que vi su nombre, por lo que estoy seguro de que es una mujer, decía que los paisajes, el clima, la flora y fauna de nuestra patria eran únicos en el planeta, que la historia de Chile se había caracterizado por una estabilidad inexistente en los demás países latinoamericanos, que el nivel de educación fue superlativo y ahora pasa por cierta mediocridad, que, exceptuada la abominable dictadura de los años setenta y ochenta —usaba ese vocablo, abominable, que en inglés es idéntico al español—, el país gozaba de prosperidad, tranquilidad y muchas, muchas posibilidades de diversión, si bien, fundamentalmente, se trataba de una nación que se presta más para el excursionismo de aventura que para las peripecias callejeras. En la breve sección «gais y lesbianas», que ahora figura en todas las obras de esta clase, la escritora advertía a esas personas que había que andarse con cuidado en público, pues nuestra sociedad es extremadamente conservadora y la vasta mayoría de los ciudadanos siente una profunda antipatía hacia todos aquellos y aquellas a quienes les gusta el merequetengue. No me acuerdo de la fecha de publicación de este libro turístico, pero debe ser reciente. Por lo tanto, quizá —y es un quizá tentativo—, esta última afirmación podría ser algo exagerada.

Sin embargo aclaraba, con una seguridad que me sorprendió, que Santiago, sin llegarle a los talones a Río de Janeiro o Buenos Aires, era la tercera ciudad del continente por su belleza natural junto a la incomparable cordillera, la seguridad de sus calles y la fabulosa variedad de estilos arquitectónicos que exhibe, lo que terminó por convertir mi sorpresa en estupefacción. Vivo en el centro, tengo vista casi hasta el límite con Argentina, puedo salir y volver a la hora que quiera sin peligro alguno, pero jamás se me habría ocurrido que las Torres de Tajamar o la Remodelación San Borja, que el adefesio de Telefónica, que el falo del Costanera Center, que los miles y miles de nuevos edificios de departamentos que nos tienen al borde de la ruina urbana, pudiesen albergar un mínimo de gracia. Así que empecé a buscar esas maravillas en los capítulos dedicados a nuestra capital y claro que las encontré: las calles Concha y Toro, Virginia Opazo, General Gana, Cuevas, el barrio Cívico y otro sinfín de rincones todavía incólumes, todavía resistiendo el paso de los bulldozers, todavía sin que la voracidad de las empresas constructoras los hayan arrasado.

Aun así, el o los fotógrafos de este admirable compendio se habían dado el trabajo de descubrir otras fachadas distinguidas, que yo por supuesto recordaba, por más que el paso del tiempo las había hecho desvanecerse de mi memoria. En las primeras cuadras de Irarrázaval hay —¿o había?— varios frontis que llevan el mismo nombre que poseo, sólo cambiado por el apellido materno: Camilo Marks Lefrein, mi abuelo, constructor, al igual que lo fue mi padre. Y una vez más, debido única y exclusivamente a la casualidad, me encontraba con mis ancestros… ¡nada menos que en una librería de South Kensington!

El padre de mi padre, como lo he contado o más bien escrito alguna vez, llegó a Chile a fines del siglo XIX proveniente del Périgord francés y alrededor de 1912 se casó con Esmeralda Urzúa, nativa de Talca, con la cual tuvo seis hijos. La mayor, Marta, padeció una esquizofrenia mal tratada y Camilo abuelo, como era la costumbre en esos años, la internó en un asilo, para después dejarla al cuidado de una señora que vivía en las profundidades de la comuna de Quinta Normal. Alguna vez mis padres nos llevaron a visitarla, de eso estoy seguro, aunque, como es natural, no recuerdo nada de esas ocasiones, pues debo haber tenido… ¿dos, tres, cuatro años? Mi padre, Camilo Marks Urzúa, quien sí debió haber pasado todo su tránsito por este mundo cruel en un manicomio, fue el segundo vástago del clan. Le siguieron Marcelo, un tío encantador, dicharachero, una bala perdida e inútil que se suicidó a mediados de los años cincuenta o sesenta, dos mellizas que murieron muy jóvenes y Lucy o Lucía, la mejor de todas en cuanto a atractivo. Las mellizas duraron poco a causa de una grave infección estomacal. Mi padre decía que ello se debió a que comieron ciruelas verdes, uno de los tantos disparates con los que asiduamente nos atormentaba a mi hermano Rodrigo y a mí cuando nos pillaba masticando fruta sin madurar.

Lucy merecería una novela, pero como carezco de mayores antecedentes acerca de ella, me limitaré a contar cómo finalizaron sus días. Luego de casarse, fue a pasar la luna de miel a Buenos Aires. Cuando ella y su esposo se subieron al barco que los llevaría al Tigre, Lucy tomó asiento al lado del pasillo y al costado de ella, cercana a las aguas, se instaló una señora con su retoño de poca edad. Lucy les ofreció cambiar de lugar, lo que la vecina aceptó con agradecimiento; se había desatado un viento endemoniado y estaba lloviendo copiosamente. La tormenta arreció durante el trayecto y, de súbito, una ola enorme que arrasó con la cubierta, también acarreó consigo a mi tía Lucy a las profundidades de la desembocadura del Río de la Plata. No poseo retratos de mi abuelo Camilo, de las mellizas ni de mi abuela Esmeralda, quien murió de complicaciones postparto al llegar a término su séptimo embarazo; o enésimo, ya que en esos tiempos no había anticonceptivos, el aborto, espontáneo o mediante intervención quirúrgica, era generalizado y, por cierto, las condiciones sanitarias eran peores que las de ahora.

Mi prima Soledad Jaña, de quien ya he hablado, me contó que su abuela, Hortensia Marks, con quien se crió mi padre, se hizo tantos, tantísimos raspajes durante su vida conyugal, que su marido, Guillermo Labarca, separó piezas, ya que la sola idea de acostarse con su mujer le era repugnante (por causa de los abortos, evidentemente, como si él no hubiese tenido ninguna responsabilidad cada vez que su mujer quedaba encinta).

En verdad miento, porque, hasta hace poco, sí que tenía instantáneas en blanco y negro de mi abuelo, más un álbum de su funeral, que adjuntaba hojas y hojas reflejando las distintas etapas en la vida del excepcional Camilo Marks Lefrein, con quien, dicho sea de paso, soy idéntico en lo físico, más aun que con mi padre, con el cual también me une un parecido extremo. El álbum en cuestión había sido elaborado por el Sporting Club, una entidad exclusiva de varones, de la cual el padre de mi padre era socio prominente. Todo ese material desapareció en las sucesivas mudanzas de mi propia familia. O quizá esté en algún lóbrego rincón de mi bodega, donde no pienso internarme por ningún motivo.

Sea como fuere, mi abuelo Camilo, al enviudar, contrajo nupcias con Adelaida, la hermana de Esmeralda. La unión duró un Jesús, ya que Adelaida, para variar, murió de parto. A continuación, mi abuelo paterno se fijó en una temible dama madura, quien resultó ser nada menos que la madre de la actriz Silvia Piñeiro. Esta vez, el matrimonio terminó mucho peor que los anteriores; ambos eran viudos y había entre ellos lo que en esos tiempos se llamaba incompatibilidad de caracteres. De modo que mi tata, quien claramente pertenecía, al igual que después perteneció mi padre, a la raza de hombres que no pueden vivir solos, que son incapaces de prescindir de compañía femenina —para que les mantengan la casa, les cocinen, les laven la ropa, les planchen las camisas y pantalones— tomó, ya bordeando la tercera edad, la determinación de buscarse una cuarta compañera. Para ello, conquistó, o mejor dicho recompensó con generosidad a una dama que trabajaba en lo que por aquella época se tildaba como casas de tolerancia. Edith, la mujer rescatada del prostíbulo, resultó ser una persona admirable en todo el sentido de la palabra. Por más que no lo acompañara en su vida social, lo que era y supongo que sigue siendo inadmisible, incluso en estos tiempos permisivos, lo atendió con abnegación, aprendió a preparar platos de la gastronomía francesa, le leía novelas policiales y bestsellers de los primeros decenios del siglo que recién terminó, amén de los diarios y revistas que ella compraba religiosamente todas las mañanas para esparcimiento de su pareja; y además lo cuidó durante su última, larga y penosa enfermedad. Nunca he tenido idea de lo que significan estas palabras tan cretinas, «larga y penosa enfermedad»; por otra parte, nunca supe de qué murió mi abuelo Camilo.

Mi padre, que fue megalómano, violento y tincado hasta decir basta, con prejuicios antediluvianos en algunas materias, con posiciones heterodoxas en otras, no contaba entre sus defectos con el arribismo. Así y todo, estaba claro que poco, por no decir nada, le gustaba Edith. Como sea, a instancias de Loreto, mi madre, fuimos varias veces a visitarlos en la antigua casona de la calle Serrano donde Camilo abuelo y su cuarta señora sentaron sus reales.

Mi abuela Edith —mal que mal se trata de mi abuela política— era de una generosidad extravagante hacia todos nosotros: se esmeraba en servirnos quiches, que entonces eran una rareza, coq au vin, lomo Robespierre o, si era la hora del té, compraba éclairs, choux, tarte Tatin y otras delicias que estaban lejos de su alcance, debido a que la repostería distaba de ser su fuerte. La recuerdo muy, muy vagamente y de ella sí que me gustaría poseer alguna fotografía. Sin lugar a dudas, linda no fue; sin lugar a dudas, algo gorda lucía y sin lugar a dudas, era varias décadas más joven que mi abuelo. Pero su sonrisa, su natural disposición a la bondad, su encanto algo primitivo eran invencibles. Desde luego, supe de la situación, digamos, legal, de mis abuelos paternos, cuando ya era crecidito. Loreto, nuestra madre, nos la explicó, a mí y a mi hermano Rodrigo, con mucha claridad, no exenta de elegancia: Camilo sacó a Edith de un asilo, ella trabajaba como miembro del personal que prestaba servicios remunerados a caballeros y lo mejor que hizo el abuelo en su vida fue haberse ido a vivir con ella. No sé si, de haberlo sabido cuando era niño, me habría escandalizado o molestado, pero debo ser franco: cuando chiquitito fui muy católico, muy pechoño, de misa y confesión semanal, por lo que a lo mejor ese extraño enlace me habría parecido pecaminoso. Escribo esto demasiado tiempo después y sin la más mínima seguridad, porque la verdad es que guardo muy nebulosas, pero imborrables y gratísimas reminiscencias de Edith.

Heliodoro Alonso Núñez, el padre de mi madre, es hoy, cuando ineluctablemente avanzo hacia la tumba, otro tema que me pena y vaya qué distinto tema es. Originario de Zamora, en Castilla la Vieja, muy joven emigró a Santa Clara, Cuba, donde fundó varias compañías teatrales itinerantes. Regresó a España a comienzos de la primera década del siglo pasado, enroló a varias troupes de aficionados y viajó por toda la península representando a los clásicos del Siglo de Oro. Una de las actrices, Juliana, llamó su atención, no por su indiscutible talento, gracia y poder de seducción, sino porque, según las palabras posteriores de Heliodoro, bailaba muy bien la jota. También tuvieron seis hijos, todos guapísimos a juzgar por las fotos y además porque yo conocí a tres de ellos. En orden decreciente de edades, se llamaban Anselmo, Teófilo, Matías, Gracia, Luis y Loreto.

Para ese entonces, Heliodoro había ingresado al Partido Comunista español y la dictadura del carismático José Antonio Primo de Rivera lo obligó a huir a París a comienzos de los años veinte del siglo XX. Juliana estaba esperando a su último descendiente, que resultó ser mi madre, por lo que tuvo que aguardar el nacimiento de ella, más cuarenta días —en ese período no tan lejano regía la cuarentena para las puérperas— para partir a reunirse con el resto de la familia. En Francia, Heliodoro se involucró cada vez más con el Partido Comunista, tanto francés como español. Al estallar la Revolución y la Guerra Civil en la Madre Patria, mis tíos Teófilo y Matías se enrolaron para combatir en el devastador conflicto armado, obviamente por el lado republicano.

Tras la desbandada que causó la derrota de las fuerzas democráticas, Teo huyó junto a un compañero por los Pirineos. Matías escapó por el lado catalán, primero a Marsella y a otros lugares, hasta que fue detenido y enviado a un campo de concentración. Con motivo del pacto de no agresión entre Hitler y Stalin, los comunistas franceses fueron ilegalizados y los extranjeros expulsados del país. Por una de esas monumentales ironías de la historia, Gabriel González Videla, a la sazón embajador de Chile en Francia, tomó un interés desmedido en mi familia; digo que fue una ironía increíble, pues él haría lo mismo que hizo el gobierno francés al llegar a la Presidencia de la República con el partido que lo llevó al poder, es decir, el comunista, promulgando la Ley de Defensa de la Democracia, que los criminalizó y dejó al margen de toda actividad política.

Gabriel González, entonces, hizo posible que todos ellos, con excepción de Matías, se embarcaran en el Groix, un barco mixto de carga y pasajeros anclado en Burdeos, con destino a Buenos Aires y fue aún más lejos: se las arregló para que el zarpe, desde Burdeos, se aplazara un par de días y consiguió que mi tío Matías saliera de su internamiento forzoso, mientras su familia estaba en vilo, sin noticias seguras sobre él.

Finalmente, llegó cuando ya la partida era inminente y sus padres y hermanos respiraron aliviados, lo que es solo un modo de decir. Porque Juliana, mi abuela, envejeció hasta niveles inconcebibles en esos días, tanto que encaneció y se arrugó de modo desfigurador; su marido, que siempre usó un bastón con cacha de madreperla adquirido en Santa Clara, tuvo que apoyarse en él durante lo que le quedó de vida. Y sus hermanos Luis y Loreto pudieron recobrar la calma. Bueno, al menos mi madre, quien tenía dieciséis años, dice que estaba muy angustiada, pero joven, hermosa, irresponsable como era a esa edad, se le pasó enseguida tal estado de ánimo.

Como se sabe, el generalísimo Francisco Franco y el general Juan Domingo Perón, que en esos tiempos comenzaba su carrera ascendente al poder, eran muy buenos amigos: de hecho, el dirigente populista se asiló en España tras la defenestración de la Casa Rosada y de los edificios públicos durante el levantamiento popular de 1955. Así que ni modo de pasearse siquiera un rato por las calles de Buenos Aires. Por lo tanto, los condujeron de inmediato a la estación Retiro, fueron subidos a un vagón blindado que los transportó hasta Mendoza y ahí tuvieron que hacer el viaje hasta Chile en uno de los autos de la empresa trasandina CATA, que entiendo todavía existe. El paso fronterizo a través de Portillo, la vista del Aconcagua y la bajada por la infernal y peligrosísima cuesta Caracoles, otrora por camino de tierra, fue un milagro para mi madre y sus hermanos, pero no así para mi abuela Juliana, quien creció en la árida llanura castellana y no había visto un cerro en toda su vida.

El resto de la historia lo he contado otras veces, de modo que me limitaré a mi abuelo Heliodoro. Primero residió con su grupo familiar en una enorme casa de la avenida República; su dueña era morfinómana, por lo que pronto tuvieron que salir arrancando de las frecuentes fugas de gas, amagos de incendio, cortes de luz y agua y otras cosas peores causadas por la severa adicción de esta señora, que, según mi madre, era toda dulzura y amabilidad. Así, se mudaron a la calle Castro, hoy borrada del mapa por el monstruoso tajo producido en la Alameda, al comienzo por la carretera Panamericana y después por el metro.

Mi tío Matías se casó con Esther Allende, cuya familia hizo el viaje desde Burdeos hasta acá junto a la mía; las remembranzas más antiguas que poseo de ellos datan del tiempo en que vivieron en la calle Esperanza, cerca de la Estación Central. Loreto consiguió enseguida trabajo en el diario El Siglo, donde se desempeñó como secretaria bilingüe y empezó a frecuentar a comunistas de la más variada índole, desde dirigentes a militantes de base. Sea porque mi tío Luis murió de tuberculosis a poco de llegar, sea porque mi abuela Juliana le siguió los pasos muy luego, sea por muchos otros motivos que no tengo claros, Heliodoro nunca se acostumbró a Chile.

Entre los motivos que no tengo claros destaca el hecho de que, siendo aún joven, nunca, nunca jamás intentó trabajar en nada y, con el correr de los años, me asiste la certidumbre de que, en realidad, en ningún momento de su existencia le trabajó un cinco a nadie. De este modo, vivía alternadamente en la casa de mis padres o en la de mi tío Matías. Loreto lo tiene, lo tenía tan idealizado, que ni siquiera soportaba preguntas muy cautas al respecto. Sin embargo, yo creo que hoy poseo la suficiente claridad —¿o deberé decir madurez?— como para darme cuenta de que fue un hombre, por decir lo menos, un sí es no es aprovechador, un ex comunista que prefirió hacerse la víctima antes que seguir adelante con su familia y compañeros. Dije «ex comunista» porque, vaya uno a saber las razones, al año o dos de llegar volvió a abrazar la fe católica y lo hizo de una forma un tanto chocante. No fue por las purgas estalinistas, las contradicciones del socialismo real, la Guerra Fría ni nada por el estilo: simplemente comenzó a rezar de un día para otro. Lo entiendo: es normal que una persona que había sufrido tanto experimentase de súbito la necesidad de redimirse, de salvar su alma.

En cambio, me resulta inconcebible lo otro, es decir, que optara por vivir a expensas de sus hijos durante los diez años y tanto que permaneció en Chile. Y que lo siguiera haciendo cuando, tras la primera amnistía dictada por Franco, regresara en la tercera clase de un barco que lo condujo a España. Allí se impuso en la casa de mi tía Gracia, quien, a diferencia de sus hermanos, nunca salió de su patria y se casó con un coronel del ejército fascista.

Por si fuera poco, Heliodoro era de un machismo que, aun en esos años, resultaba intolerable. Como se las daba de escritor, leí algunas de sus piezas, donde exhibe una obsesión paranoica en contra de las mujeres, intentando, una y otra vez, demostrar que siempre deben estar en un segundo, tercer, cuarto o centésimo lugar detrás de los hombres. Hace mucho tiempo, mi tía Esther me aclaró definitivamente la película: en las temporadas en que Heliodoro pasaba con ellos, si él y su hijo Matías conversaban, Esther debía permanecer en estricto silencio, porque las mujeres no hablan cuando lo hacen los hombres y así era nomás. Si ella osaba meter baza, mi abuelo rugía o se iba de la mesa. Mi tío Matías ni siquiera simulaba defenderla: se quedaba callado cual monje cartujo. De más está decirlo, Esther no tenía idea de lo que era el feminismo, aunque, ni qué decir tiene, aquello le parecía mal, pésimo.

He debatido el tema con mi prima Verónica, la hija menor de Matías y Esther, y lo he hecho después del fallecimiento de Loreto, mi madre. Verónica tiene, o tenía, porque no la veo hace tiempo, sus propios problemas, de modo que poca importancia le dio a mis revelaciones. Por descontado, en ese período, que hoy parece antediluviano y no lo es tanto, todos o casi todos los hombres eran machistas, empezando por mi padre y mi tío Matías. Pero una cosa es ser machista y otra muy distinta permitir que se pase a llevar a tu mujer. De esta forma, he llegado a la conclusión de que mi abuelo Camilo era un tarambana y mi abuelo Heliodoro un zángano.

Ya voy a cumplir treinta años como crítico literario y todo lo que recién escribí se debe más a esta profesión que, en parte, elegí y, en parte, se me fue dando. En otras palabras, la lectura profesional me ha obligado a investigar, a buscar fuentes, a ver con lupa entre los párrafos, las líneas, las palabras, a ejercitar al máximo la memoria cada vez que tomo un libro para ser reseñado. Inevitablemente, me he dado cuenta de que simular, pretender una emoción fingida, en suma, exagerar sentimientos, ha devenido una opción comunicacional decisiva en el intercambio entre artista y crítico, entre el crítico y la prensa o, para el caso, entre el creador y la sociedad en sentido amplio. Esta opción es legítima y venía dándose desde hacía mucho tiempo, en este país y en otras latitudes.

A quienes nos recompensan con sus libros, la música que interpretan, los números que representan, se les somete siempre a preguntas estúpidas que no tienen ningún deseo de responder. La entrevista, que ha pasado a convertirse en género periodístico independiente y que se practica con frenesí en las redes sociales, ha llegado a ser más leída que la Biblia o los así llamados superventas. Tradicionalmente, los cantantes se han sentido más bien orgullosos de mantener la reserva frente a los reporteros. El otro día, navegando en la red o googleando, como se dice ahora, me topé con una pieza genial: ¿Qué es lo que expresa tu obra?, decía el preguntón a la diva o la que se creía tal, y ella, muy suelta de cuerpo, le largó: esto expresa lo que todos sienten acerca de todo. En verdad, la entrevista ofrece el máximo de posibilidades para el simulacro.

Y esto puede parecer un rechazo perverso de ese proceso como símbolo social, porque mediante un intercambio verbal con otra persona que ejerce un cargo de autoridad, entramos al colegio, a la universidad, a un empleo, al ejército, etcétera. Con seguridad, el fingimiento es también un modo de salir del paso frente a la dificultad de ciertas cuestiones, porque la honestidad puede ser desventajosa —¿a cuánto asciende el sueldo mínimo al que aspiras?—; porque se trata de cosas desconocidas —¿en qué es lo que crees?— o porque, lisa y llanamente, son aburridoras —¿qué es lo que has estado haciendo ahora último?—. El simulacro resuelve todas las dificultades: rompe los moldes, desorienta al interrogador, pone en ridículo el fenómeno mismo de la interview, transmite ideas y emociones genuinas y termina por desinflar la seriedad de las preguntas y las respuestas.

Bob Dylan inauguró la exageración como forma de presentarse a la prensa cuando en Playboy, entrada la década de los sesenta, desarmó al o la periodista que se mataba por parecer inteligente. ¿Qué piensas de quienes afirman que has vulgarizado tu talento? Mira, respondió el baladista, tengo veinticuatro años y te replico: ¿esa idea la escuchaste en Polonia, vino de algún norteamericano o te surgió en tu linda cabecita? ¿Qué es lo que te hizo tomar la ruta del rock and roll? Descuido, flojera, la pérdida de una mujer que incendió la casa donde vivíamos y bueno, el primer tipo que me dio boleto me inquirió si yo quería ser una estrella, entonces, ¿qué podía decirle? ¿Y así es como llegaste a ser un cantante de rock? No, así fue como me contagié de tuberculosis. Entonces demos vuelta al tema: ¿por qué has dejado de componer y cantar canciones de protesta? Creo que la palabra «protesta» se aplica a quienes son sometidos a intervenciones quirúrgicas. En cuanto a la palabra «mensaje», pienso que posee el sonido de una hernia, sin llegar a ser tan imbécil como «delicioso», «maravilloso» o «mesmérico». ¿No puedes ser un poco más informativo? No. ¿Cómo te las arreglas en estos días? Contrato a gente para que me examine los ojos. ¿Alguna vez tuviste el sueño estándar de la infancia consistente en ser Presidente de la República? Cuando era niño, Harry Truman era Presidente… ¿alguien querría ser Truman? Bueno, supongamos que lo eres, ¿qué es lo que harías durante tus primeros mil días en la Casa Blanca? La movería a Nigeria, obligaría a todos sus ocupantes masculinos a usar shorts, impondría el francés como idioma nacional, vestiría a todas las mujeres al estilo de María Antonieta o Madame de Pompadour y haría usar toga romana al general McNamara… ¿sigo?

Como sucede con el sentimentalismo, el simulacro ofrece a los perezosos la posibilidad de salir bien parados sin mayor esfuerzo frente a los acosadores profesionales en los medios. Esta gente no está tan segura de sus emociones como de cuál es la emoción adecuada. No obstante, sí que saben cómo descolocar a los metetes. ¿Qué tal te pareció la obra de teatro? Conmovedora. ¿Y por qué? Porque mi pareja, que asistió conmigo, manifestó que era trillada, obvia, mal dirigida, actuada y producida.

Otra treta sutil y eventualmente devastadora suele ser el simulacro silencioso. El interrogado asume una actitud de atención magnetizada, asiente con vigor cuando su víctima, o sea, el reportero o reportera, mientras pontifican, comienzan a sospechar que algo anda mal y gradualmente perciben que el entrevistado o entrevistada saben mucho más acerca del tema debatido de lo que al comienzo dieron a entender. Y de súbito, largan consideraciones como, por ejemplo: Mira, me he estado metiendo en esto del arte moderno sobre la base de las solapas que traen los catálogos y está claro que este escritor es un crítico importante, o quizá el mismo sea un gran pintor.

No todos los simulacros conversacionales tienen tan malas intenciones. Algunos de ellos, particularmente aquellos a los que acuden quienes están muy volados por causa de preparados químicos que alteran las percepciones o han experimentado en considerables cantidades con drogas, usan el simulacro solo como una forma de juego exploratorio. Este podría ser el equivalente de un severo quebrantamiento de lo que llamamos arte serio. El LSD, la marihuana, el hachís disuelven la mente de modo continuo y reconfiguran la estructura de la realidad, hasta el punto en que auténticamente se produce un cambio, y seguir estos cambios dondequiera que nos conduzcan, constituye la más placentera forma de experiencia para estas personas.

En el curso de una conversación, el simulacro casi siempre se produce a raíz de preguntas. Cuando el interrogador y el interrogado representan filosofías opuestas, el recurso al fingimiento impide toda posibilidad de acuerdo. Aun cuando en rigor se trate de un arma defensiva, el fingimiento por lo general provee un elemento ofensivo para quien es objeto de las inquisiciones. Y puesto que se trata de un instrumento ofensivo de corto alcance, debido a un curioso mecanismo, el simulacro o fingimiento —he hecho sinónimos ambos vocablos, si bien sé que son algo diferentes en significado— tienden a afectar a los individuos más simpáticos, solidarios, benéficos, plácidos o vaya uno a saber qué otros personajes del campo enemigo, me refiero al terreno de los que se quieren lucir a como dé lugar mediante sus inquisiciones.

Yo diría que, en estas oportunidades, el fingimiento, el simulacro, la exageración pretendida, son invocados cuando se divisa un momento de reconciliación. Es el momento en el que el diálogo podría comenzar; para prevenir precisamente el diálogo, para garantizar un enajenamiento continuo, para proteger la integridad de una posición minoritaria que se halla sitiada, el simulacro brota como poderoso disuasivo ante los preguntones. Así, un delincuente menor y del tipo bohemio, habitualmente tratará a la policía con una cuidadosa deferencia, pero pondrá a la asistente social o al oficial de libertad vigilada bajo un despiadado fingimiento. Un artista exagerará sus sentimientos con un fan torpe, pero ansioso por complacerlo, que le pregunta sobre sus métodos creativos y por ningún motivo hará otro tanto con un patán, que carece de todo interés en el arte o en cualquier cosa parecida.

Carlos Olivarez, el Mono, ya fallecido hace unos veinte años, editor del suplemento Literatura y Libros, de La Época, sostenía una curiosa, pero un tanto plausible teoría en torno al auge de la entrevista como género periodístico en Chile. Según esa excéntrica posición, una vez comenzada la transición democrática, los reporteros habían heredado de la policía secreta cierto hábito de interrogar, contrainterrogar, preguntar, repreguntar, inquirir hasta límites intolerables a quienes tenían en sus manos. Vale decir, como en la Dirección de Inteligencia Nacional —DINA— o en la Central Nacional de Informaciones —CNI—, todo el proceso de adquisición de datos, de averiguación de antecedentes, de sacar como fuera lo que sabían —o no sabían— los detenidos, se transformó en una constante, esa constante se traspasó, de modo imperceptible, al resto de la sociedad civil y, muy en concreto, a periodistas, cronistas, animadores o entrevistadores. De este modo, hay que extraer, al costo que sea, la verdad, o lo que entendemos por ella, de parte de quien tenemos frente a una grabadora o micrófono. Esto es, evidentemente, una forma de tortura y el Mono Olivarez así lo decía. Agregaba, asimismo, que la tortura, los apremios ilegítimos, las aplicaciones de tormento ya formaban parte indeleble de las formas de vida en Chile y que veía muy lejano, por no decir de aquí a la eternidad, el momento en que esta costumbre se extinguiera o, al menos, disminuyera de manera considerable.

Por supuesto que no estoy para nada de acuerdo con esta cuasi delirante teoría del Mono. Aun así, continúo recordando sus palabras y el modo como las decía, especialmente cuando se refería a ciertos periodistas, ciertos entrevistadores literarios. En estos días, nadie se pregunta nada y debe ser por eso que los veredictos del Mono me siguen preocupando. Sí, porque si uno se detiene solo un momento en el matonaje que se practica en las redes sociales o bien pasa revista a los centenares de interrogatorios que cada día, o cada semana, aparecen en los medios de comunicación, piensa, como yo, que el Mono tan descaminado no andaba.

Y si, más todavía, tiene enfrente suyo en numerosísimas columnas —literarias y de las otras— frases completamente denigratorias en contra de determinado autor, autora, pintor, músico, cantante, artista, sean ejecutantes de la cultura clásica o la popular, la horrenda palabra tortura surge de inmediato en mi conciencia. Y vuelvo, una vez más, a decirme: no exageres, Camilo, no te subas por el chorro. Pero resulta que no puedo evitar hacerlo y la horrenda palabra tortura vuelve a surgir en mi cabeza o a ser pronunciada por mis labios. En síntesis, he llegado demasiado lejos y no voy a seguir con esta cantinela, a pesar de que continúo creyendo firmemente que, lejos de desvanecerse, el suplicio o la tortura, por más metamorfosis que hayan sufrido, siguen vigentes, hoy tal como ayer.

Todo esto viene a cuento a raíz de tantas, tantísimas entrevistas que me han hecho antes de que yo adoptara el simulacro y del hecho de que debo ser —no lo digo yo, me lo han repetido otros hasta la saciedad— el crítico más asediado en la historia de Chile. Como tengo, o creo tener, buen corazón, poseo la costumbre de decir que sí a todo, lo que desgraciadamente me ha costado caro. Prefiero mil veces el correo electrónico al contacto personal, aunque todavía quedan muchos y muchas que quieren ver dónde vive uno, cómo vive, qué clase de muebles tiene, en fin, lo que sea que los acerque a lo que ellos y ellas creen es mi intimidad.

Una destacada periodista de la prensa escrita y televisiva se instaló el año pasado en mi departamento; previamente había efectuado un sofisticado trabajo de seducción: venía maquillada como para una gala, llevaba pantalones de seda, blusa escotada con esa ridícula caída sobre un hombro, que no le quedaba bien porque ya es madurita y llegó con una botella de champaña Möet et Chandon, un fotógrafo y no una, sino tres grabadoras digitales, de las cuales solo recurrió a la única que parecía funcionar, más otros implementos que no detallaré. Me fotografiaron hasta que les dio puntada. Después de la champaña, los canapés que traía la reportera, los quesos franceses y otros aperitivos, perdí toda reticencia y solo exigí que me mandara el cuestionario completo a mi mail una vez que la función terminó y ella hubo partido. La primera pregunta se refería a mi vida sexual y, claro, le contesté que era intensa, promiscua, agotadora; luego vino mi familia y como no tengo familia, dije que todos y todas habían sido lobotomizados; más tarde, se abordó la política contingente y si bien le expresé que me mantenía al margen y no me interesaba, terminé por proporcionarle vagas tendencias izquierdosas.

La literatura parecía estar fuera de las preocupaciones de mi interlocutora, de modo que le recordé que el oficio por el cual soy más conocido era el de crítico literario. Fue un error gravísimo, del que escapé, una vez más, gracias al fingimiento: de esta forma, si me preguntaba por un autor o autora chilenos de moda, yo le salía con Kafka; si tocaba algún bestseller conocido, le mencionaba a Camus; si inquiría sobre Isabel Allende, yo me explayaba en torno a Emily Dickinson. Increíblemente, o quizá no tanto después de haber vaciado la botella de espumante, en ningún momento pareció darse cuenta de que le estaba tomando el pelo. Por el contrario, se veía cada vez más regocijada. Prometió con lo cumplido de mandarme su reportaje y yo le pedí, en un par de oportunidades, y le ordené en otras, enmiendas y severas correcciones. No me prestó la más mínima atención y publicó un artículo atroz, que apenas fui capaz de terminar de leer.

Mucho peor fue el caso de un periodista que tiene una sección sabatina o dominical en el mismo diario donde escribo. Lo primero que me preguntó fue si había sentido atracción hacia personas de mi mismo sexo. Desde luego le contesté que, a los catorce, quince años, uno no sabe lo que quiere y pueden pasarle esas y muchas otras cosas semejantes. A continuación, quiso saber si había dormido en la misma cama con dos o más personas. Pero claro que sí, le dije, cuando joven era mochilero y nos acostábamos todos en la misma cama, completamente cansados y vestidos, eso sobra decirlo (jamás he sido mochilero, apenas he viajado siquiera a dedo). Luego quiso saber si consumía drogas. Acudí al simulacro: aspirina, paracetamol, diclofenaco sódico, ibuprofeno, antihistamínicos, cafeína y suma y sigue. De nuevo, este sujeto se veía, igual que la periodista a la que recién aludí, regocijado, exultante, dichoso. De modo que llegó al tópico de la masturbación y le expresé algo que me pareció de lo más sensato: fíjate en la edad que tengo, con hacerlo una vez por semestre, dos veces al año, me doy por satisfecho. De ahí a la pornografía había un paso y mi interrogador lo dio: ¿soy acaso un visitante asiduo a sitios de esa especie? Así que tiré la esponja y le manifesté que era adicto a la pornografía dura, que contrataba a trabajadores sexuales, que me inyectaba heroína y no sé cuántas historietas más.

Forzosamente, debo ser sincero conmigo mismo y preguntarme qué tengo yo que permite que tanto periodistucho se inmiscuya en mi intimidad. Resulta obvio que algún grado de culpa, de responsabilidad o qué sé yo qué más, debo poseer. ¿Cierta dosis de extravagancia, cierto grado de peculiaridad, el hecho de haber sido tildado, cientos de veces, como poseedor de un humor corrosivo, despiadado, vitriólico, del que, huelga decirlo, soy inconsciente? Por otra parte, está claro, clarísimo que a la mayoría de mis entrevistadores no les interesa en lo más mínimo lo que hago, esto es, reseñar libros. Allá ellos y allá ellas, están en su derecho. Sin embargo, estoy gravemente preocupado —es un modo de decir, porque todo esto me importa un cuesco— y pienso que el simulacro será, en el futuro, mi única defensa y la herramienta exclusiva a la que echaré mano frente a estos depredadores.

Por suerte, los hay inteligentes, sensibles, sensatos y con muy buenas intenciones, como por lo general ha ocurrido con todos y todas las estudiantes que me han entrevistado a raíz de mi anterior libro de memorias. Un chico que está preparando su tesis sobre el cine de la nueva ola francesa me invitó a tomarme un café en el Parque Bustamante, insistió en pagar él y tuvimos un agradable y quizá debería llamar profundo intercambio sobre la materia.

Le largué una perorata acerca de Sin aliento, de Jean-Luc Godard, que al parecer le fascinó. Comencé expresándole que en una forma artística cuyo potencial parece estar casi continuadamente más allá del alcance de sus autores, una obra maestra suele terminar malográndose por causa del halago excesivo. Y puesto que no hay remedio cuando existen los motivos para las alabanzas, me arriesgué manifestándole que esa película es, lejos, lejísimos, la más brillante y la más excitante que se produjo ya no recuerdo bien en qué año de la década de los sesenta. Sus virtudes son tan numerosas y evidentes que yo aún siento la certeza de que no solo sobrevivirá al escaso peso de mis superlativos, sino que volverá a ser vista muchas veces más por todos quienes la descubrieron y que será imitada sin fin y probablemente de modo inepto por docenas de directores.

Las aventuras y hazañas tan inconsistentes de Sin aliento tienen que ver con un sinvergüenza parisino, aplomado y a la vez tímido, que se dedica a robar autos para ganarse la vida. En el breve lapso en el que transcurre la cinta, mata a un guardia y comienza a practicar una casual, penosa y errática fuga de las autoridades que lo persiguen, en el curso de la cual intenta cobrar una deuda de oscuro origen, comete un asalto sin arrugarse, dos o tres nuevos robos de autos y recomienza un affaire con una bella, pero igualmente delictiva —o quizá poco recomendable— chica norteamericana, quien al final lo delata a la policía. Sin detentar siquiera la mínima energía para tratar de escapar, al ladrón le disparan unos cuantos tiros y el filme termina, entregando las últimas palabras a la muchacha, la cual pretende exitosamente no entender el francés.

Por cierto, todo esto suena como un policial más de rutina, aunque se nos hace de inmediato evidente que Godard y sus asociados tienen en sus mentes algo muy perturbador y distinto: nada más ni nada menos que hacer comprensibles y, por eso mismo, conmovedoras y serias, las existencias de dos jóvenes modernos, desordenados, descontentos y nihilistas. Asimismo, para lograr este aparente objetivo, vemos y escuchamos su mundo sin amor con idéntica mirada que la de los protagonistas y la misma acelerada falta de atención con la que ellos actúan y en la que descansan.

Decir que la cinta triunfa por completo en esta pasmosa empresa puede explicar por qué alcanza las alturas y confirma a la gente de la nueva ola como hacedores de una poderosa y nueva tradición en el arte cinematográfico. La cámara en Sin aliento es brincante, fluida, irritante y cómica, siempre vital con sus intromisiones, bruscos saltos, duras tomas y furioso ...