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EL SOL NEGRO

Mario Hamuy  

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Fragmento

LAS RAÍCES DE LA ASTRONOMÍA Y EL INICIO DE LA CIENCIA ASTRONÓMICA

El interés de nuestros antepasados por entender los fenómenos que observaban en el cielo tiene larga data, de modo que los orígenes de la astronomía se remontan a la prehistoria de nuestra civilización. A menudo se dice que la astronomía es el más antiguo de los saberes. Tras esta afirmación existen varias razones: la curiosidad innata de la especie humana por saber qué hay más allá de lo terrenal, la necesidad de conexión con las divinidades que estaban en los cielos y, por cierto, un sentido práctico, puesto que tanto el Sol como la Luna tienen una enorme importancia en nuestra vida diaria.

El ciclo diurno de 24 horas determina nuestro quehacer diario, desde que nos levantamos en la mañana hasta que nos recogemos a dormir. La mera observación de la altura del Sol en el cielo es lo que permitió a nuestros antepasados medir las horas del día. El ciclo anual del Sol, de 365 días —durante el cual nuestra estrella se mueve de sur a norte y viceversa— es lo que establece las cuatro estaciones (invierno, primavera, verano, otoño) y, por tanto, resultó fundamental para el auge de la agricultura en la historia de nuestras civilizaciones.

El ciclo de la Luna, de 29 días, en el cual nuestro satélite natural pasa por cuatro fases de iluminación (nueva, creciente, llena y menguante), está íntimamente ligado a las horas de la pleamar y bajamar (las mareas), así como a sus intensidades, por lo que su estudio resultó, sin duda, esencial para nuestros antepasados pescadores.

La esfera celeste gira durante todo el año. A pesar de la contaminación lumínica de nuestras ciudades, aún podemos ver cómo las Tres Marías —el cinturón de la constelación de Orión el Cazador— resplandecen en el cielo nocturno durante el verano austral, mientras que otras constelaciones, como Escorpión o Sagitario, se manifiestan solo seis meses más tarde. Como se advierte, antes de la invención del reloj, el «tic-tac» ya se encontraba en el cielo. Su estudio es lo que nos ha permitido mantenernos en sincronía con los ciclos celestes a través de los siglos.

Cuando no existía la luz eléctrica, nuestros antepasados podían apreciar de un único vistazo dos mil estrellas y, por lo tanto, estaban mucho más conectados con el cielo que nosotros, saturados por la contaminación lumínica y por encontrarnos fascinados, más bien, c

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