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EL TIEMPO DE LA MEMORIA

Carlos Peña  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Una de las preguntas más acuciantes que quienes promueven la memoria —institucionalizándola en museos, fijándola en sitios, dramatizándola en el arte— deben responder, es si acaso estarán haciendo lo correcto desde el punto de vista moral y desde el punto de vista político. ¿No será mejor dejar que el olvido cure el agravio de los crímenes en vez de recordarlos una y otra vez? ¿Para qué echar sal en esas heridas? ¿Por qué —podríamos preguntarnos— poner sobre los hombros de las nuevas generaciones el recuerdo de lo que hicieron sus padres? ¿Acaso la memoria no es injusta en la medida que carga las tintas sobre apenas una parte de la historia? Y si eso es así, ¿no será mejor que sea la historia la que intente relatar la totalidad de los hechos —no solo el dolor, sino también los motivos que llevaron a causarlo— en vez de que la memoria, siempre tendenciosa, lo haga?

Ese tipo de preguntas inundan la esfera pública en casi todos los países que han padecido dictaduras o eventos traumáticos. Desde las sociedades de Europa del Este hasta Latinoamérica, pasando por lugares como España,

la cuestión de la memoria y su justicia se encuentra en el centro del debate.

A ese fenómeno se le ha llamado «lucha por la memoria». El término llama la atención no solo acerca del hecho de que la memoria está en disputa, sino que subraya el papel, hasta cierto punto instrumental, que esta poseería. La conocida frase que Orwell acuñó en 1984 —«quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro»— suele citarse una y otra vez para llamar la atención acerca del hecho de que la memoria carece de inocencia, y que quienes se preocupan de ella en vez de estar en prosecución de la verdad de lo que ocurrió estarían más interesados en disfrazarla o deformarla. La memoria en vez de ser un depósito de recuerdos sería, se insinúa, una máquina de producirlos.

La imagen de la memoria no como testigo fiel del pasado, sino como su editora, es hasta cierto punto correcta; aunque de ella no se siguen las consecuencias que proclaman quienes abogan por el olvido.

La tarea de editar el pasado, es decir, la labor de asignarle un sentido omitiendo unos hechos y negando otros, subrayando algunos y tachando otros, está en el centro mismo de la condición humana. Si los seres humanos, usted o yo, nos negáramos a la memoria, careceríamos simplemente de identidad y nos sumergiríamos en un torrente de tiempo, en una serie discontinua de eventos donde incluso nuestra idea del yo, de qué somos y a qué aspiramos, se extraviaría. Y, a la inversa, si de pronto nos viéramos provistos de una memoria fiel que no dejase ningún evento atrás, si cada minuto de nuestra trayectoria pudiera ser retenido,entonces viviríamos una pesadilla porque si bien los momentos alegres nos acompañarían, las horas de dolor seguirían hiriéndonos.1 Lo que les ocurre a las personas les ocurre también a las sociedades.

Las sociedades nacionales de hoy —un fenómeno más bien moderno— se erigen sobre una memoria compartida y socializan a cada uno de sus miembros en un pasado que compartirían hasta hundirse, a veces, en lo inmemorial; pero ese origen común constituye las más de las veces una fantasía tejida con hebras de olvido, una construcción imaginada y expandida deliberadamente por la cultura. Por eso Ernest Renan sugirió que la historia podía ser enemiga de la idea de nación, puesto que esta suponía, inevitablemente dijo, una mentira que ocultaba crímenes horrendos. Y es por eso también que Teodor Reik observó que la memoria tenía una función conservadora, en la medida que ella nos protegía de momentos penosos, de incidentes incompatibles con la vida.

Fue lo que observó Nietzsche en una de sus consideraciones intempestivas. Los seres humanos, dijo, necesitamos de la memoria, pero se apresuró a agregar que ella debe estar rodeada por el olvido. Si la memoria fuera un mar sin orillas y la vida navegara en él sin poder abandonarlo, nada habría de genuina vitalidad. Cada día vivido sería un ladrillo más en una muralla que nos encerraría poco a poco, hasta dejarnos inmóviles o transformarnos, como anota David Rieff, en «monstruos heridos».2 La vida necesita, explica Nietzsche, del olvido o, como él prefiere, de una conciencia no histórica. Esa conciencia no histórica, la ilusión eficaz de que podemos desprendernos de las cadenas del pasado, es la fuente de nuestro quehacer y la única posibilidad de privar a los recuerdos de los aspectos destructivos que a veces los acompañan. Esa conciencia no histórica —ese vacío que rodea a la memoria y permite dibujarla— tiene como su fuente el futuro.

La memoria es, pues, paradójica: se alimenta no solo de lo que fue, sino también de lo que será.

Sin embargo, esta no es una mera ficción, no es que los individuos y las sociedades puedan fantasear a sus anchas acerca de lo que fueron, inventándose, como lo haría un novelista imaginativo, al compás de sus anhelos de futuro. Pero tampoco es que los individuos y las sociedades estén

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