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EL TRAUMA OCULTO EN LA INFANCIA

Felipe Lecannelier

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Fragmento

Presentación

El trauma en la infancia ha sido histórica y sistemáticamente negado, olvidado, ocultado, silenciado, normalizado, rechazado, excluido, criticado y enterrado. A los adultos nos ha costado siglos expandir la conciencia empática hacia el sufrimiento infantil, ya que en los albores de la civilización los malos y aberrantes tratos a los niños fueron la norma y la forma cotidiana de relacionarse con ellos. Cuando pensamos en la palabra «trauma» nos suelen pasar muchas cosas a nivel emocional y mental. Podemos pensar que es algo muy grave y que deja a la persona marcada para siempre, o también podemos sentir que es algo que les ocurre a otros niños, a aquellos que viven en pobreza o en condiciones socioeconómicas muy vulnerables, o lo vinculamos automáticamente con alguien que ya tiene un trastorno psiquiátrico. Incluso podemos imaginarnos que aquellos niños que han sufrido maltrato físico, abuso sexual y negligencia son los únicos que viven el trauma (y esos niños viven lejos de uno, en otras ciudades, barrios, pueblos e instituciones). Más aún, lo que podríamos llamar «maltrato de clase alta» se encuentra institucionalmente silenciado y negado, tanto por padres y profesionales, por lo que no se poseen datos sobre los tipos y prevalencia (pero todo profesional clínico de la salud mental sabe, por su experiencia, que es una realidad oculta). Pero, como veremos, el trauma es mucho más que esos tres tipos de vulnerabilidades y, por sobre todo, es mucho más frecuente de lo que la gente piensa.

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Una interrogante que ha rondado en mi mente por años es por qué a muchos adultos les es tan difícil ver, reconocer y tomar conciencia del dolor en la infancia. Esa interrogante empezó a surgir en mí cuando en 2003 empezamos a hacer estudios sobre el fenómeno del bullying. En los colegios y organizaciones privadas y gubernamentales adonde íbamos a pedir financiamiento para realizar esos estudios, recibíamos respuestas del tipo: «¿por qué quieres estudiar eso, si es tan típico y normal en los colegios?», «¿cuál es el sentido de querer convertir algo normal en un problema para los colegios?», «muchos alumnos viven eso cotidianamente, pero son resilientes y lo superan fácilmente», «hemos tenido un par de casos en los últimos tres años, pero esos alumnos ya fueron expulsados», «¿qué es esa palabra tan rara, bullying?».

Este tipo de respuestas las escuchábamos constantemente, no solo de parte de los padres, sino también de los educadores, directores, psicólogos, psiquiatras, pediatras e incluso de parte de quienes tomaban decisiones a nivel gubernamental.

Dado que ya se había estudiado mucho de la evidencia sobre los efectos negativos (y a veces devastadores) del bullying, era muy difícil comprender que los adultos no solo quisieran negar el fenómeno, sino que buscaran silenciarlo para no involucrarse. Podemos hipotetizar mucho sobre la carencia de conciencia empática hacia el dolor infantil, pero el punto central es cómo modificar nuestros estados mentales y emocionales hacia eso que nadie quiere hablar ni mirar ¡ni cambiar! Es por eso que los expertos en el trauma consideran que una tarea urgente a realizar es empezar lo que ellos llaman un «proceso de sensibilización». Es decir, se hace imperioso sacar a la luz toda la evidencia e información oculta que sabemos del dolor infantil, haciéndolo de un modo accesible para todos los adultos (profesionales dedicados a la infancia y no profesionales) que puedan interesarse en el tema. Como se irá viendo, esto no solo afecta a aquellas personas que hayan sufrido abusos, malos tratos o negligencia, sino que a los miles de niños (o personas cercanas a esos niños) que hayan experimentado algún accidente automovilístico, un terremoto, bullying en el colegio, una operación quirúrgica a temprana edad, la pérdida de un ser querido, o incluso haber sufrido alguna caída o accidente en bicicleta. Ya sabemos que si no se hace esa primera tarea de generar conciencia y sensibilización, el dolor y el trauma en la infancia será algo que permanecerá solo en las caóticas, desorganizadas y terroríficas vivencias de los niños, sin que haya adultos que generen espacios de contención, comprensión y validación del horror del trauma.

Ese es el principal objetivo de este libro: dar a conocer de un modo simple y concreto lo que sabemos actualmente del trauma temprano, a nivel biológico, emocional, psicológico y social. El propósito último es poder despertar en el lector, aunque sea momentáneamente, una conciencia de que miles de niños viven diversas situaciones dolorosas que no pueden manejar por sí mismos, que muchos de esos niños viven más cerca de lo que uno piensa, sean familiares, amigos de nuestros hijos, alumnos o nuestros propios hijos. Entonces, cuando esa conciencia se despierta, suceden cosas, y una de las más importantes es que se empieza a ver lo que no se quiere ver y se empieza a creer lo que se ve, y cuando uno mira detenidamente ese dolor que hemos aprendido a no ver, quizás surja una acción para ayudar a ese niño. En ese sentido, la sensibilización se convierte en acción, y a partir de ahí muchas cosas buenas pueden pasar para ayudar a paliar o disminuir el dolor oculto en la infancia.

Pero ¿qué es el trauma?, ¿por qué usar esa palabra que parece tan extrema? ¿por qué no usar otra palabra menos directa e impactante? Recuerdo en una ocasión haber dado una conferencia sobre un programa de trauma que he ido desarrollando durante los últimos seis años (que se llama Programa de Apego & Trauma Complejo), y un grupo de personas que trabajaban en el ámbito público se me acercó para decirme algo así como «nos encantaría poder implementar tu programa, pero nos complica que uses la palabra trauma, ya que eso podría alarmar innecesariamente a los padres, así que sería ideal que la pudieras cambiar por otra palabra, como vulnerabilidad». En ese momento me di cuenta de que el no querer hablar de lo que se debe hablar se puede encontrar incluso en aquellas personas que cotidianamente trabajan con el dolor infantil.

Pero aclaremos ciertas cosas: etimológicamente, la palabra «trauma» viene del griego «herida», «daño» o «derrota». Existen muchas definiciones de trauma, pero en general se refiere a un evento y experiencia que amenaza la integridad física y psicológica de la persona, dejándolo en un estado de alta vulnerabilidad. El evento debe constituirse en una amenaza real o percibida por la persona, en donde su organismo es incapaz de restaurar sus niveles homeostáticos normales, debido a que los índices de enfrentamiento de la situación se vuelven inmanejables. Es decir, el trauma se relaciona con lo que el ser humano ya no puede tolerar y enfrentar, pasándole la cuenta en todos los niveles y ámbitos de su ser (a corto y largo plazo).

Para los propósitos de este libro, es importante ya partir con ciertas aclaraciones. Usualmente se suele confundir el «evento traumático» con la «experiencia traumática», tratándolos como dos conceptos indiferenciados. Por ejemplo, cuando uno le pregunta a un profesional ¿qué le ocurre a la niña?, muchas veces la respuesta es fue abusada por un tío, o es un niño maltratado. Pero esas respuestas referidas al evento traumático NO explican la experiencia que el niño o la niña vivieron. Tampoco explican todos los procesos psicobiológicos que ha generado esa experiencia desorganizada y, por sobre todo, mucho menos la reacción de los cuidadores principales antes y después de la experiencia (tema fundamental que veremos más adelante). Por lo tanto, un primer paso para comprender el dolor oculto en la infancia es poder dar una explicación integrada de lo que le ocurre al niño, en su experiencia individual y relacional, donde no basta solo con mencionar el evento, como si todos los niños experimentaran todas las situaciones traumáticas de la misma forma.

El segundo aspecto a tener en cuenta durante todo el recorrido del libro, es que cuando se mencione el tema del trauma nos referiremos, más específicamente, a lo que llamamos trauma complejo. Lo explico: uno de los hitos que despertó el estudio del trauma en el siglo XX estuvo relacionado con las reacciones y síntomas de las personas que habían estado en situaciones de guerra. Durante la I y la II Guerra Mundial, estos síntomas eran interpretados como «debilidad de carácter» o «fragilidad de la personalidad», asumiendo que estos eran más bien causados por la persona más que por los acontecimientos terroríficos de la guerra. Posteriormente, en la guerra de Vietnam se reconoció e investigó que las personas que retornaban a sus hogares habían cambiado completamente: se volvían agresivos sin razón aparente, caían fácilmente en el abuso del alcohol y las drogas, experimentaban constantes pesadillas, ataques de angustia, depresión, intentos de suicidio, maltrato familiar y conductas temerarias (como buscar peleas o hacer acciones de extremo riesgo). En ese sentido, Estados Unidos empezó a financiar múltiples estudios y tratamientos para tratar este mal que tenía todas las características de una «epidemia postguerra».

Existen muchos libros y documentales sobre el tema y, en general, los veteranos de guerra reportaban estar viviendo una verdadera pesadilla que se experimentaba como si la guerra, y todas las atrocidades vividas y realizadas, siguieran latentes y presentes en sus mentes y cuerpos. A esto se le llamó «Síndrome de estrés postraumático», y en la actualidad sigue siendo la categoría obligada para diagnosticar a las personas que han sufrido experiencias traumáticas.

Pero esa es una categoría insuficiente e inexacta para retratar el dolor oculto en la infancia. ¿Por qué? Primero, y puesto de una forma muy simple, miles de niños viven actualmente en una situación traumática, ya que el «post» no ha llegado aún. Es decir, a diferencia de los veteranos de guerra quienes ya no están en combate, miles de niños siguen estando en una «zona de guerra», que en la mayoría de los casos es su hogar (o instituciones tipo residencia). En segundo lugar, se ha encontrado que los síntomas típicos del estrés postraumático, que son el reexprimentar el trauma a través de flashbacks, recuerdos repetitivos o pesadillas; la evitación/anestesiamiento, que trata de la actitud de evitar cualquier estímulo que recuerde el trauma y reaccionar de una manera abúlica, despreocupada de todo, y la excitabilidad/irritabilidad que se refiere al descontrol y estallidos emocionales, hipervigilancia, falta de apetito, temor, no dan cuenta de la complejidad experiencial que viven muchos niños. Y, en tercer lugar, se ha demostrado que para que ocurra una experiencia traumática, la persona no tiene que necesariamente vivir una guerra, o ser abusada sexualmente, sino que la lista de experiencias traumáticas es mucho más amplia de lo que se pensaba. Finalmente, y no menos importante, a la categoría de estrés postraumático le falta lo más esencial de todo: el rol fundamental que tiene el vínculo de apego del niño, tanto como causa así como en cuanto solución a la experiencia del trauma.

¿Cómo comprender e identificar, entonces, a estos niños, en quienes el trauma sigue estando presente, incluso desde temprana edad, y para quienes los cuidadores juegan un rol organizador en toda esa experiencia? Los expertos llevan ya años acuñando el término trauma complejo (TC) o trauma complejo del desarrollo, para referirse a «la experiencia de haber sufrido múltiples traumatizaciones, específicamente de origen interpersonal, y con consecuencias nefastas para el desarrollo del niño» (van der Kolk, 2005)1. El TC es diferente al estrés postraumático ya que, en el primero, el niño experimenta o ha experimentado diversas situaciones traumáticas generalmente proveniente de los cuidadores principales, y en muchas ocasiones lo traumático es lo cotidiano de sus vidas. Debido a lo anterior, los efectos negativos en el desarrollo del niño son devastadores a través de todo el ciclo vital.

¿Cómo distinguir a un niño que está sufriendo o ha vivido TC?

La tabla 1 explica de un modo sintético las cuatro características principales del TC.

Estar o haber sido expuesto a múltiples experiencias traumáticas Maltrato, abuso, negligencia, violencia intrafamiliar, accidentes, bullying, pérdida de personas significativas, etc. Desorganización sistémica del cuerpo y la mente A nivel biológico, somático, emocional, cognitivo, psicológico, relacional, social y cultural. Representación e imagen de la realidad y de sí mismo alterada Autoestima extremadamente negativa, desconfianza de los otros, inseguridad emocional, autorresponsabilidad y culpa, visión desamparada del presente y el futuro. Alteración en todos los ámbitos de la vida A nivel familiar, educacional, vocacional, legal, con pares y con la sociedad.

Para quien observa a un niño que vive TC, la experiencia es muy confusa, ya que el infante suele tener reacciones a veces muy descontroladas y otras veces completamente pasivas e impávidas. A veces suelen ser niños que parecen muy hiperactivos, y otros sorprenden por su inmovilidad. Otras veces son niños que pueden ser muy agresivos con los demás, pero en otros momentos pueden aferrarse a cualquier adulto en busca de un mínimo de cuidado. Otras veces presentan conductas que parecen muy extremas (como, por ejemplo, defecar en una mesa), y otras veces parecen completamente indiferentes frente a eventos que son traumáticos (como ver al padre golpear a la madre).

Es por esta razón que estos niños confunden mucho a los profesionales y los padres, y desafortunadamente se ha demostrado que es bastante probable que el niño transite por psiquiatras, psicólogos y neurólogos, quienes diagnosticarán trastorno por déficit de atención, trastorno de conducta, trastorno oposicionista desafiante. Los psicólogos pensarán que el niño tiene problemas en la regulación y el control de sus emociones, o que tiene un trastorno del apego. Los educadores verán a un niño muy descontrolado o con depresión, y así sucesivamente, pero no lograrán comprender que el niño tiene lo que llamo una constelación traumática, es decir, u ...