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EL TRIUNFO DE LAS TINIEBLAS 1

Eric Giacometti  

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Fragmento

Cómo nació este thriller…

Moscú, marzo de 2016, centro de seguridad de los archivos del Ejército Rojo. Estábamos rodando un documental para la cadena France 5 sobre la odisea de los archivos masónicos expoliados por los nazis y recuperados más tarde por los rusos.[1] Por casualidad, nuestro primer thriller, El ritual de la sombra, el primero de la serie del comisario Marcas, estaba inspirado en esa increíble historia.

Imaginen un austero edificio cubierto de nieve en cuyo interior una hilera de depósitos mal iluminados y un laberinto de estanterías metálicas se hundían bajo el peso de millones de cajas de cartón viejas y amarillentas. Bajo la atenta mirada de un guardián ruso ataviado con una bata gris, descubrimos dentro de una de las cajas, sellada desde hacía decenios, un tratado francés de alquimia que databa del siglo XVII. Una obra de inestimable valor robada por los nazis, convencidos de que los francmasones poseían el secreto de la piedra filosofal. El equipo de rodaje no podía creerlo. Un libro de hechizos ocultistas conservado en un centro de archivos militares y de espionaje de la antigua KGB, aquello parecía directamente salido de Indiana Jones…

Volver a los orígenes del mal

Durante nuestra investigación, en París, Bruselas y Berlín, acumulamos un montón nada desdeñable de información sobre las indagaciones esotéricas del Tercer Reich. Sabíamos de antemano que no podríamos utilizar todo el material para el documental, pero se nos ocurrió una idea: ¿por qué no lo usábamos en otro thriller? Esta vez no para que lo resolviera Antoine Marcas, sino para remontarnos a las fuentes a través de un relato que se desarrollaría durante las sombrías horas de la Segunda Guerra Mundial.

Brujas y demonios

Dos semanas más tarde, en París, mientras nuestro amigo el realizador Jean-Pierre Devillers montaba la película, nos llegó una sorprendente información. En Praga, unos investigadores acababan de encontrar un compartimento secreto con trece mil libros sobre magia, brujería y demonología de la colección personal de Heinrich Himmler, el jefe de las SS y de la siniestra Gestapo. Y sí, por insensato que eso pueda parecer, el hombre más poderoso de la Alemania nazi después de Hitler, el organizador de la Shoah (holocausto), se sentía fascinado por el ocultismo. En ese mismo instante tomamos la decisión. Tan pronto como se terminó el documental y concluimos la escritura de la novela que teníamos en curso, nos lanzamos a escribir una nueva saga, «Sol negro», con un primer título: El triunfo de las tinieblas.

El sol negro

Como bien saben nuestros lectores, no nos gusta dar gato por liebre. El libro que ahora mismo tienen entre sus manos es desde luego una novela, pero está inspirada en hechos tan reales como sorprendentes, algunos de los cuales aparecen recogidos en el anexo, al final de la obra. Allí descubrirán que a menudo la realidad supera a la ficción...

Un último apunte esencial. El nacionalsocialismo condujo a la muerte a sesenta millones de personas en un conflicto que terminó convirtiéndose en mundial, así como al exterminio en campos de concentración de seis millones de hombres, mujeres y niños, en su mayoría judíos. Sin duda ese horror no puede ser reducido ad absurdum a una interpretación esotérica. El nazismo constituyó ante todo una conjunción de hechos políticos y económicos. Sin embargo, también tuvo lugar en Alemania un fenómeno de orden cuasi religioso alrededor de Hitler. La patria de Goethe y de Beethoven —uno de los países más civilizados de la época— se sumió durante unos años en una locura letal sin parangón. En alguna parte, en lo más recóndito del espíritu de determinados dirigentes nazis, existía un verdadero pensamiento mágico, una visión mística del mundo basada en la primacía de la sangre y de la «raza». Lo que nosotros llamamos un «esoterismo de Estado». Una singularidad que diferenciaba al nazismo de otros regímenes autoritarios en Europa: el fascismo en Italia, el comunismo en la URSS o el «petainismo» en Francia.

Eso que los iniciados denominan el sol negro del esoterismo…

ÉRIC y JACQUES

Prólogo

Berlín

9 de noviembre de 1938

La estufa de carbón emitía un denso calor desde la semipenumbra. De pie, delante de las altas ventanas con lustrosos marcos de madera, el profesor Otto Neumann contemplaba la ciudad iluminada. Su ciudad. La amaba apasionadamente y, sin embargo, era la última noche que pasaría en ella.

Su última noche en Alemania.

El librero aún no se había hecho a la idea: él, que no había salido nunca de Berlín, al día siguiente a esa misma hora estaría en París, y al otro en Londres. No había cogido un avión en su vida, pero su mujer se había mostrado entusiasmada al teléfono: «Es maravilloso. Ahí arriba uno se siente como un pájaro».

Escuchar la voz emocionada de su querida Anna le había llenado de esperanza. Ella había partido en otro vuelo la semana anterior, tras sacarse un visado de turista para no despertar sospechas. Y ahora era su turno de poner rumbo al aeropuerto de Tempelhof. Lanzó una mirada nerviosa al reloj de pared. Eran casi las diez y media y su amigo aún no había aparecido, pese a que la embajada inglesa se hallaba a apenas un cuarto de hora en coche. A menos que se hubiese visto atrapado en algún puesto de control no autorizado de una brigada de las SA. Desde hacía algunos meses, esos brutos de camisa parda se divertían jugando a ser agentes de tráfico de la ciudad. Un pretexto ideal para poder asestar palizas a los judíos y robar sus coches.

—Señor Neumann, ¿puedo marcharme ya? Las cajas están ordenadas y tengo una cita con mi Greta.

La aguda vocecilla de su aprendiz ascendió desde la planta baja por la escalera de caracol.

—Sí, Albert, y deja la puerta abierta cuando salgas, espero a alguien —respondió el librero—. Hasta la semana que viene.

La campanilla de la puerta de la calle tintinó. No había tenido valor para despedirse de Albert.

Permaneció sentado unos minutos, pensativo. No volvería a ver al muchacho. Oficialmente, cerraba la librería para tomarse una semana de vacaciones en Francia, pero no se hacía ilusiones. En cuanto las autoridades se apercibieran de su fuga, la oficina de «arianización» del comercio confiscaría la tienda.

Desde la llegada de los nazis al poder, Otto Neumann era visto como un Mischling, un mestizo mitad judío mitad ario, un profesor expulsado de la universidad y reconvertido en librero. Para los doctos redactores de las leyes raciales en vigor, eso equivalía a una mezcla entre «subhombre» y «superhombre». Una verdadera «contaminación» racial.

Cinco años antes, en Heidelberg, el rector de la facultad, matemático, entusiasta nazi y vicepresidente de la Asociación de Ciencias del Reich, se había valido de esa ley para anunciar el despido de Otto de la cátedra de Historia comparada. Neumann había tratado de apelar a su razón al explicar que el «sub» y el «super» se anulaban algebraicamente y que solo debía considerársele un «hombre». Algo que sí iba con él. Pero desgraciadamente, su interlocutor, impermeable a su sentido del humor, se había mantenido inflexible y, tres meses más tarde, el eminente profesor Neumann se había visto obligado a reconvertirse en librero especializado en libros antiguos, su pasión.

Se levantó de su sillón y cerró una pequeña caja repleta de valiosos libros.

«Mis queridos libros…»

No podía llevárselos todos. Solamente tres cajas con las obras más queridas, sus tesoros, serían discretamente expedidas a Suiza a casa de un colega. El resto, más de un millar de títulos, tendría que abandonarlos. Saber que pasarían a manos de fanáticos tan retrógrados como radicales le repugnaba, pero no podía hacer otra cosa.

De todos sus tesoros solo llevaría uno consigo a Londres. Por el momento, este se encontraba bien guardado en la caja fuerte. No podía arriesgarse a que los nazis se hicieran con él. Ni siquiera se atrevía a imaginar las consecuencias de semejante sacrilegio.

Desde la ventana, la ciudad parecía tranquila y apacible. Y, sin embargo, el mal se deslizaba por sus arterias, infiltrándose en las piedras y los espíritus, envenenando hasta el mismo aire. Ni siquiera se atrevía a volver la mirada a la derecha pues, más allá de la primera línea de casas, podía percibirse la enorme silueta del edificio de estilo neoclásico que constituía el cuartel general de la Gestapo en la Prinz-Albrecht Strasse. La gigantesca oriflama que lucía la cruz gamada quedaba cada noche iluminada por reflectores verticales. La tenebrosa esvástica. Negra como una araña venenosa, y achaparrada, con sus cuatro patas bien gordas. Una araña convertida en bandera.

«La esvástica. Símbolo inmemorial de armonía y paz en Asia y más concretamente en la India tradicional.»

Esas eran sus propias palabras, escritas hacía más de veinte años en su obra sobre los símbolos paganos.

¡Armonía y paz! Qué siniestra ironía… Debería haber añadido: una esvástica a lo hindú, orientada hacia la izquierda. El propio Hitler no era precisamente un adepto a la sabiduría oriental. Él la había hecho girar en el otro sentido. Había invertido las tradiciones asiáticas.

Había vampirizado la esvástica para metamorfosearla en un signo de infamia. Al menos para las llamadas razas inferiores, con los judíos a la cabeza, tal y como habían sido definidas por el Reich. De este modo, Alemania se envenenaba el alma en la veneración de esa siniestra cruz.

Consultó de nuevo el reloj de pared. Ya pasaba de la hora y su visitante se estaba haciendo esperar. Atravesó la habitación y se agachó ante la caja fuerte encastrada en la pared. Las ruedecillas giraron rápidamente entre sus dedos, liberando la puerta blindada de su letargo.

En el momento en que estaba deslizando un objeto en su cartera de cuero rojo, la campanilla de la puerta de la librería tintinó de nuevo. Neumann soltó un suspiro de alivio. Al fin había llegado su amigo. Dejó la cartera en el escritorio y bajó por la escalera alegremente.

—Hace casi una hora que lo esperaba —dijo mientras alcanzaba los últimos peldaños—. Decididamente es…

Su corazón dio un respingo.

Tres hombres estaban de pie ante el mostrador. Tres hombres vestidos de la misma forma. Gorra de plato adornada con una calavera, chaqueta y pantalón negros escrupulosamente ajustados, brazaletes con una cruz gamada en el brazo derecho, y relucientes botas de cuero. Y cada uno de ellos portaba una pistola en el cinto. El rostro del de mayor edad se iluminó. Una fina cicatriz le recorría la mejilla remontando hasta la sien.

—¿Cómo está, profesor? —saludó el SS inclinando la cabeza—. Es un honor encontrarle.

Era de alta estatura, esbelto, de unos cuarenta años, con el cabello corto y entrecano y un rostro delgado e inteligente. Sus ojos claros prolongaban su mirada.

—Soy el coronel Weistort. Karl Weistort —añadió.

El librero se mantuvo inmóvil, incapaz de responder. Los otros dos SS se habían alejado del mostrador y husmeaban entre las estanterías.

—Yo… Encantado… Estaba a punto de cerrar —balbuceó.

El coronel adoptó un aire contrariado.

—¿No podría hacer una excepción y saltarse el horario? He venido desde Munich para hacerle una visita. Mire lo que le he traído —dijo posando sobre el mostrador un libro amarillento. La manoseada cubierta estaba ilustrada con la estatua de un hombre barbudo sentado sobre un trono.

Neumann se ajustó las gafas y reconoció rápidamente la biografía del emperador Federico Barbarroja que él mismo había escrito.

—Una obra magnífica —continuó el SS—. La descubrí siendo joven en la facultad de Colonia y desde entonces ha ocupado un puesto de honor en mi biblioteca, al lado del volumen sobr

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