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EL VISITANTE EXTRANJERO

Julio Rojas

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Fragmento

Marzo 4, 1889

Relación del Comisionado Pedro Pardo.

Lo extraordinario es «cómo» ha muerto.

El auditorio está a oscuras para que la linterna mágica pueda hacer su trabajo. Una lámpara de arco genera un resplandor entre dos electrodos de carbón, resplandor que varios juegos de espejos curvos y cristales pulidos amplifican y permiten proyectar en la pared lo que sea que esté dibujado en una placa de vidrio, en este caso, un primer premolar, con todos sus detalles.

—¿Alguien se aventura? —pregunto.

Mi voz retumba con eco en la gran sala en penumbras. A veces, frente al silencio, imagino que estoy solo, que puedo sumergirme en lo hipnótico de las partículas atravesadas por el haz de luz, seguir el río de mis pensamientos, un color que lleve a un recuerdo, que lleve a un objeto, que lleve siempre al mismo lugar, una playa, unas aves carroñeras, las olas enrojecidas...

Recibe antes que nadie historias como ésta

Un par de toses y el brillo de los pares de ojos en el hemiciclo me recuerdan que debo continuar y disolver con palabras esas imágenes recurrentes.

—Dos cúspides iguales. Aproximadamente del mismo tamaño y saliente, hecho que no ocurre en los inferiores. Los ángulos mesio y disto oclusales son mucho menos prominentes. La corona presenta un aspecto de estrechez de hombros, en lugar de una forma ovoide. Imagínenlo en una boca. He aquí la pregunta: ¿De quién?

Todos guardan silencio.

Apago la linterna y un ayudante enciende las luminarias a gas y abre los tragaluces. Los lunes, el auditorio del San José aumenta su concurrencia. Aparte de los asistentes regulares, se han sumado algunos cirujanos, un par de estudiantes de higienismo y un hombre grueso, que se ha sentado en la parte alta del auditórium y escucha con interés. Muestro ahora el premolar en mi mano.

—¿Alguna idea?

Las miradas van y vienen. Alguno pide verlo más de cerca. Se lo van pasando de mano en mano hasta que vuelve a mí.

—Esta es la ciencia de lo sutil. Hay que saber mirar. Y mirar con los dedos. Vamos señores, piensen, ¿qué tenemos aquí?

El silencio recorre las filas.

—¿El premolar de una mujer?

—Exacto.

Lanzo el premolar a un alumno somnoliento que se avispa y lo atrapa en el aire.

—¿Qué más ve?

—No me aventuraría a más, profesor —dice, desconcertado.

—¿Ve un desgaste ligero en el borde? Es sutil, de medio milímetro. Ha sido producido por años de cortar el hilo. Es una costurera, zurda por cierto. El tipo de calcificación y los desgastes nos hablan de una mujer de unos cuarenta años. ¿Esa tinción?, que le gusta el té. ¿Y esa inclinación a la raíz, sumado al tipo de abrasión?, nos indica una mujer delgada, de masa muscular leve, un temperamento melancólico, esposa quizás de marino. No ha tenido hijos. Si los hubiera tenido, advertiríamos las descalcificaciones pertinentes. Una pequeña línea de fractura en el tercio apical nos indica que recibió un

fuerte impacto mecánico. El trayecto del golpe nos muestra que vino desde arriba. Si tuviéramos el incisivo, veamos...

Busco en la caja y encuentro el incisivo correspondiente.

—Por aquí está... Sí... Fractura incisal, avulsión. El marino la golpeó. La muerte fue producida por un hematoma intracraneal. Los dientes nos hablan, señores. No solo en vida, cuando están en la boca para la fonación y masticación, sino también, cuando están fuera de ella... siguen hablando. Lamentablemente nos encontraremos con muchas de estas fracturas donde el agresor no recibirá castigo y continuará impune toda su vida. Matrimonios donde el único escape para la mujer es morir rápidamente. Depende de nosotros cambiar este destino terrible. Como hombres de ciencia, depende de nosotros…—Miro al hombre grueso, quien se levanta y sale —...y de la policía, por supuesto —termino.

El hombre ya no está ahí.

La esquina del hospital es siempre ventosa, sobre todo en enero, cuando el viento suroeste baja de los cerros por la calle del circo levantando verdaderos tornados de hojas y polvo. Mientras espero el carro de sangre, mi sombrero sale volando hasta los pies de un hombre, quien lo recoge y se acerca cojeando. Es el hombre del auditórium.

—La ciencia no deja de asombrarnos. Va a llegar un momento en que nos quedaremos sin trabajo. Pedro Pardo. Comisionado de la Policía de Pesquisas —dice.

—Sé quién es usted. Le he escrito muchas cartas. Veo que surtieron efecto —respondo.

—Las reenvié a mi jefe, Jacinto Pino, quien las remitió a la policía de Santiago. Identificar a los individuos con las rugosidades del paladar. ¿Es posible?

—Rugas palatinas, sí. Son únicas. No hay dos iguales. Le permitiría reconocer con facilidad a cualquier delincuente.

El hombre, más que un policía, parece un comerciante de quesos, o un vendedor de tapices de los almacenes Garchot. Es grueso y de movimientos lentos. Sus ojos, debido a lo abultado de sus mejillas, y de su consistente bola adiposa de Bichat, parecen entrecerrarse más de lo necesario, lo que le da una expresión de serenidad. Un Buda, pienso. Un Buda policía.

—En Europa están trabajando en los surcos de los pulpejos de los dedos. También dicen que son marcas únicas —declara.

—No creo que resulten muy efectivas, sobre todo en una ciudad que tiene la mala costumbre de incendiarse… —comento—. Pero sospecho que usted no está aquí para hablar de eso.

—No. No realmente —confirma—. Me preguntaba si podría acompañarme al tanatorio. Hay algo que quiero mostrarle.

—O mi clase fue un éxito o está usted muy confundido —digo.

—Son nuevos tiempos, doctor. A mi jefe le han encargado conformar un grupo nuevo. Un grupo de agentes de pesquisa. Es algo nuevo. Vicuña Mackenna trajo la idea de las policías de Francia e Inglaterra. Un grupo diferente al policía de poca ilustración y de trato rudo que se ha formado en un ambiente oscuro. Un grupo que estoy presidiendo, por lo que debo abrirme a todas las posibilidades.

—¿Me está reclutando, comisionado?

—Para nada. Solo quiero su opinión puntual. No le quitaré más de quince minutos —dice.

Mi carruaje ya ha llegado. Sin esperar respuesta, veo que Pardo ya camina hacia el hospital. Hago un gesto al cochero para dejarlo libre y lo sigo.

El hospital San José es uno de los más completos de Latinoamérica y un ejemplo de modernidad. Cuenta con tres pabellones, varios gabinetes de atención, salas de enfermos, salas de convalecencia, un amplio hall de atenciones, dos auditorios iluminados convenientemente con lámparas a gas, un eficiente sistema de calefacción radiante y la nueva área de formación. Tendrá también, si los fondos se aprueban, un único ascensor para los funcionarios, que permitirá estar en los cerros en menos de siete minutos. Aunque desde hace un año hago clases a las nuevas generaciones de médicos y flebótomos en el arte de la dentística forense, apenas conozco todas las instalaciones. El tanatorio está en la parte sur y debemos cruzar por el centro, donde todos los lunes hay atenciones abiertas, por los que los pasillos del hospital están llenos de gente. Ambos caminamos rápido. Noto que a pesar de la cojera, Pardo camina con una curiosa velocidad mientras me habla.

—Meses de navegación, cruzan el estrecho y corren a embriagarse como si se hubieran salvado del mismo infierno. Todos ebrios. Ingleses, alemanes, yanquis, franceses, italianos. Saliendo de bares y prostíbulos sin saber de su alma —comenta.

Subimos unas escaleras. Unas enfermeras bajan. Hay mucha actividad alrededor de nosotros.

—A veces basta una mala mirada, un empujón inocente, una palabra malentendida para que brillen los cuchillos y corra la sangre. Que una mujer del oficio resulte muerta, no es noticia —continúa.

—¿Entonces por qué vamos con tanta prisa? —pregunto.

Nos detenemos frente a una sala.

—Lo extraordinario es «cómo» ha muerto —declara Pardo.

La sala es verde, y alta, con una gran claraboya central que, si estuviera abierta, dejaría pasar una considerable cantidad de luz, pero que se mantiene cerrada, esparciendo la penumbra en el espacio, como si se quisiera enfatizar lo tétrico del lugar. Un médico de barba, delgado, de aspecto severo y un aire germano, toma notas en un cuaderno. Una bella lámpara verde de lectura ilumina su escritorio y sus apuntes. Más allá, sobre una cama de mármol, un cuerpo cubierto por una sábana.

—Doctor Nolasco Black, le presento al doctor Bartolomé Shultz, nuestro tanatólogo —agrega Pardo, con algo de solemnidad en la voz.

El médico apenas nos mira y sigue escribiendo.

—Doctor Shultz…

—Así es que finalmente trajo al dentista —oigo la voz de Shultz.

Pardo deja su sombrero y saluda con desagrado al médico. Este levanta la vista y me mira sin expresión.

—La paciente es toda suya —indica —. Puede contar sus caries, si quiere.

Me adelanto al cuerpo y tomo la ficha clínica.

Pardo me mira como disculpándose por la actitud de Shultz. Yo descubro el cuerpo. El cabello rojo es lo primero que veo. Una mujer de unos veinticinco años, blanca, similar a una muñeca de porcelana. Tiene el torso abierto, como si fuera un pez al que le hubieran arrancado las entrañas. Permanezco por unos segundos contemplándola.

Algo me pasa al verla. Algo me inmoviliza.

—Elena Krivoss. Rusa. Ejercía de meretriz en algunas casas de la calle Clave. Unos palomillas del puerto la encontraron tirada en un callejón en la madrugada del viernes —cuenta Pardo.

Me quedo inmóvil.

—¿Está bien, doctor?

Pardo me observa, extrañado. Intento permanecer imperturbable.

—¿Doctor Black?

Intento volver al momento presente.

—Por supuesto —logro articular.

Haciendo un gran esfuerzo, examino visualmente los detalles de los tejidos.

Pardo mira a la mujer con una cierta admiración.

—Doctor Shultz, ¿puede referir a nuestro invitado lo que encontró?

Sin dejar de escribir, comienza a recitar su informe, impersonal, monocorde.

—Algo penetró su tórax, desgarró el peritoneo y arrancó sus vísceras a tirones. El hígado está lacerado y falta su lóbulo superior. La cabeza del páncreas está desgarrada. El corazón... está ausente —termina, en voz baja.

—Ausente —repito, mecánicamente.

Shultz se levanta y parece entusiasmarse.

—El tejido muestra profundos surcos sagitales generados por algún elemento punzante traccionado con violencia al exterior —describe.

—Un cuchillo o un corvo marinero —completa Pardo.

Observo sus dedos. Sus manos de dedos largos y hermosos.

Pájaros. Pájaros carroñeros. Sé que están en mi mente, pero parecen revolotear por toda la habitación. Me fijo en la sangre que se ha derramado en las canaletas del mármol. Los detalles se me aglomeran en la mente. Una mujer con un vestido verde en una playa. Una sortija que brilla entre las piedras rojas. La rusa bailando frente a mí con un vestido verde. La rusa durmiendo mientras yo la miro.

Descompuesto, salgo de la sala. Por un segundo puedo ver a Shultz que mira a Pardo con una sonrisa.

En los lavabos, vomito varias veces. Luego me incorporo y me aseo. Me quedo apoyado en la pared de azulejos intentando recobrarme. Elena Krivoss. Elena Krivoss, muerta.

En el pasillo, Pardo me espera con mi sombrero en una mano. Se lo recibo y camino delante suyo. Él me sigue.

—Si pudiera aplicar lo que sabe para este caso, doctor —apunta—. El doctor Adriazola me dijo que aprendió esa técnica en París.

—No puedo ayudarlo —señalo en voz baja.

—Usted lo dijo en su clase. Los dientes hablan.

—Es solo eso. Una clase.

Me alejo. Pardo me torea desde la distancia.

—Quizás su nueva ciencia no sirva para esto. Quizás la costurera no existe. Quizás sea una puesta en escena para generar el asombro de los alumnos. Nunca lo sabremos —lanza.

Me vuelvo.

—Perros —me oigo decir.

Pardo frunce las cejas, extrañado, y se acerca a mí.

—Hay una impronta de una arcada con caninos fuertes y premolares de cúspides filosas. Desgarro y laceración mecánica por mordida animal —declaro.

—¿Está seguro? —dice Pardo, sin dejar su cara de asombro.

—Lo que sea que haya producido esto, ha devorado este interior con ferocidad. La cantidad de sangre y los signos de lividez indican que estuvo viva por lo menos hasta bien avanzado el ataque. Perros salvajes —repito, ahora con más seguridad.

—¿Perros?

—Sí, comisionado. Perros. Perros de cerro, hambrientos.

Me alejo y dejo a Pardo en el pasillo. Mientras salgo al viento, intento recuperarme, afirmándome de un árbol. Nadie parece notar mi turbación, quizás porque todos han puesto atención a unas insistentes campanas. Es el ruido característico de carros de ambulancia. Muchos de ellos. Más de lo habitual.

Marzo 4, 1889

Diario de Nolasco Black.

Dlinnyye sumerki.

Para no enloquecer, la mente requiere de explicaciones simples. Una jauría bajó y le ladró a la rusa. El miedo los excitó. Tal vez ella resbaló. Cuando alguien cae y queda bajo la línea de visión de un animal territorial pasamos, de ser dominantes, a ser presas. Probablemente ella había bebido. Pero una jauría, ¿atacaría con tanta precisión y discriminaría exactamente el corazón para arrancarlo tan limpiamente? Todo es posible.

Lo imposible, lo impensable, es que ha sido el corazón de Elena Krivoss.

Me imagino el último día de la única muchacha rusa del burdel de Madame Ling.

Desnuda, fuma opio sobre una cama caliente y deshecha. Parece un felino o una figura de esas pinturas de hurís o bailarinas orientales, tan de moda en las estampas de Oriente que adornan las casas de comercio del centro de Valparaíso. Hace unos minutos, ha tenido sexo con un hombre que no vemos, pero que suponemos, la contempla con admiración.

Alumbrado por unas lámparas de gas de cristales naranjos, su cuerpo todavía brilloso, parece el de un animal marino, o una sirena fosforescente que habita el océano de papel mural en aquella recargada habitación. Su exótico pelo rojo y su gran tatuaje de una serpiente que se muerde la cola cruzando toda la espalda, la hacen inconfundible. La serpiente tatuada parece cobrar vida cuando Elena, con los movimientos expertos de una mujer hábil en el oficio, despliega su arte aprendido en los mejores burdeles de —según ella— San Petersburgo, Hamburgo y Río de Janeiro. Elena sabe que se ha ganado bien los tres peniques del servicio. Pero sabe que debe esperar a que el hombre dé por concluido el encuentro. Elena llama a ese momento, dlinnyye sumerki, el gran crepúsculo, el momento en que el hombre termina de contemplarla, se viste, y cruza finalmente la puerta para desaparecer. Elena sabe que lo dicho en el gran crepúsculo resulta importante para mantener una buena clientela. Las palabras son casi tan importantes como la piel, pero en este caso no hay palabras. Hay un silencio espeso. Un silencio que Elena intenta rellenar, pero que la hace sentir vulnerable.

Ella, la reina, la mujer más bella y amada de Valparaíso, ¿nerviosa frente a un hombre?

—Me gustan los hombres silenciosos —susurra.

Elena quiere mirar a su acompañante, pero ha comprendido que sus ojos jamás han llegado a ponerse en contacto. Ella observa, entonces, sus manos. Manos largas y finas. Manos de artista.

—Yo hablo tres idiomas, y a veces no tengo nada que decir —agrega.

El hombre solo la mira. Elena puede sentirlo. Es verdad. Está nerviosa e incómoda. ¿Por qué? ¿Qué tienen esas manos?

—Me dijeron que me buscó varios días. Eso me halaga. Me hace sentir... especial— sonríe.

Elena ríe, pero en esa risa hay una súplica. Por favor, váyase. Por favor, no vuelva. Por favor, no me mire.

—¿Lo soy? —insiste Elena.

—Aún no lo sé —dice el hombre, que permanece en silencio contemplándola.

Elena fuma y de improviso siente ganas de cubrir su desnudez. De tapar de alguna forma, las marcas —la rusa está acostumbrada a ellas— que este hombre ha dejado en su cuerpo.

Dlinnyye sumerki.

Finalmente, el hombre se viste y se va. Impulsivamente, Elena corre y echa cerrojo a la puerta como si temiera que el extranjero se arrepienta y vuelva. Como si le aterrara que el extranjero quiera recoger algo olvidado. O a ella misma. Ella misma, olvidada.

Ahora imagino que Elena camina con decisión por una atiborrada calle del puerto que, por su movimiento y cantidad de puestos de venta, podría ser una calle en Saigón, en Calcuta o en cualquiera de los callejones más exóticos del mundo. Se trata de un barrio peligroso donde Elena debe sortear vendedores nocturnos, charcos de bosta, carruajes impulsivos, marinos que la acosan, peleas a cuchillos de borrachos irlandeses. Luego, al dar la vuelta en la esquina, la mujer queda sola caminando por una calle abandonada.

Elena se detiene de pronto, como si hubiera sentido un mareo o un leve dolor de cabeza. Luego parece recuperarse y continúa por el callejón.

Al final de la calle ve algo que la hace detenerse. De pronto se vuelve y comienza a caminar en busca de gente, cada vez a mayor velocidad, como si alguien la siguiera. Luego, en un momento, tropieza y cae. Intenta levantarse. En eso, un hombre al que no vemos, se acerca y le ofrece la mano. Elena lo mira y sonríe, pero está aterrada.

El farol a gas que ilumina la calle súbitamente se apaga y la calle queda envuelta en tinieblas. Quizás Elena, antes de comprender que es ella la que percibe la oscuridad, antes de percibir que son sus ojos los que no ven, siente un miedo profundo y luego, algo parecido a agua hirviendo, o una púa de hielo o algo metálico que penetra en su piel, bruscamente, y que de alguna forma la alivia. O quizás no. Quizás sintió miedo en todo momento. Miedo y dolor. Un dolor inconcebible.

Marzo 4, 1889

Diario de Emilia Lyon (facilitado por Antonia Montt).

¿Quién era ese hombre?

Hoy explotó la caldera de la maestranza de Balfour. A eso de las 12 del día comenzaron a llegar ambulancias y carros de sangre con los heridos. Íbamos de aquí para allá ayudando, llevando pilas de ropa estéril, poniéndonos a disposición de los médicos. Las campanas de emergencia no paraban de sonar. Recuerdo que le pregunté a sor Fernanda, que iba afanosa con el instrumental quirúrgico al hall —donde se había improvisado un puesto de atención—, si se había descarrilado un ferrocarril, o volcado un tranvía, y ahí me dijo que eran quemados. La seguí, aunque era la primera vez que me enfrentaba a esto. Recuerdo un salón lleno de heridos de gravedad, todos siendo atendidos por monjas, por médicos y enfermeras en una faena vertiginosa. Una monja del pabellón central comenzó a dar instrucciones a las recién llegadas. «Enfermera, apósitos, allá», etc. Estuve ayudando hasta que en uno de mis viajes en busca de vendas, un hombre apuesto, de bigote y de aspecto refinado, de unos treinta y cinco años y ojos de un negro tan profundo que parecían dos ventanas abiertas hacia el fondo de la tierra, un hombre alto, sin delantal, me tomó del brazo y me dijo en un inglés con un acento refinado, pero duro, imperativo:

—Tijeras y vendas. Necesito una pinza Kelly y sutura.

Me fue imposible resistir o preguntar. No eran palabras simplemente, era una orden. Obedecí, y le pasé un riñón metálico con los elementos. Después lo seguí donde una mujer embarazada que ya había roto sus fuentes. Luego de examinarla, el hombre me dijo:

—Tradúzcame. Voy a decirle algo a la paciente.

La mujer estaba herida y blanca como papel. Mientras la examinaba, aquel hombre le dijo:

—Señora, usted y su hijo van a morir. Trataré de salvar a su hijo. Necesito que puje con todas sus fuerzas.

Yo alteré la traducción. Me pareció inhumano que ella supiera su destino.

—Señora, vamos a salvarlos, pero necesito que puje fuerte—. El hombre me miró y me indicó con tranquilidad, pero también con urgencia:

—Enfermera, está atrapado en el canal uterino. Se está ahogando. Cuando le diga, vamos a expandir. Tome la cabeza y traccione. ¿Está lista?

—Sí —respondí.

—¡Ahora!

—¡Puje mujer, puje!

La mujer gritó. El hombre hizo dos cortes en la vagina y la desgarró para que el bebé saliera. Ambos quedamos cubiertos de fluidos.

—Encárguese del niño. Aspire secreciones —ordenó.

Él sacó la placenta, cortó el cordón, suturó las paredes de la vagina y controló la hemorragia. Acto seguido, la mujer se desmayó.

—Morirá en unas semanas si no se desinfecta con ácido carbónico. Que alguien controle las suturas.

Miro a ese hombre sin poder ocultar mi admiración.

—¿Quién es usted? —le pregunto.

Pero él solo se limpia las manos, me mira con esos ojos que en realidad son la compuerta a un abismo, así lo pienso ahora. De improviso, él se va. Quedo con el niño en mis brazos, tan confundida, que hasta ahora, en que escribo esto, dudo de mis propios recuerdos. ¿Eso pasó realmente? ¿Quién es ese hombre?

Le he llamado W.

Marzo 5, 1889

Diario de Nolasco Black.

El futuro ya está aquí.

En el interior del coche, intento dibujar con la mayor precisión posible el cuerpo de la mujer, las heridas, los detalles de los órganos seccionados y, sobre todo, la lesión en forma de media luna inscrita en su pecho. Al terminar, he llenado varios papeles con bosquejos anatómicos, que luego guardo en mi maletín. Luego miro hacia la calle. Con el sol cayendo directo sobre mis ojos observo a la multitud de transeúntes que pasean por la Calle del Cabo (Esmeralda), una de las avenidas principales de Valparaíso. De pronto veo entre la gente a una mujer mayor, de mirada clara y pelo cano que me observa. El carruaje sigue su marcha. Saco mi mano y golpeo con tres golpes el techo.

—¿Puede detenerse? Cochero... ¿Puede detenerse?

Los caballos se detienen. Me bajo y busco con la mirada a aquella mujer. Las personas en la calle siguen su propio curso. No hay rastros de ella. Me detengo frente a una tienda donde hay una reproducción a escala de la Torre Eiffel. La figura tiene como una vara de alto y es de madera que imita los hilos de hierro de la gran estructura parisina. La leyenda en el vitrina dice: «El futuro ya está aquí. Almacén de música Carlos Brandt».

Pero no miro el anuncio, solo intento encontrar con la mirada a la mujer, que no aparece por ningún lado. Al volver a observar el anuncio, a través del cristal veo un reflejo que me llama la atención.

Me doy vuelta y, como si hubiera ocurrido un evento inexplicable, ahora la calle está completamente vacía. En el centro de ella hay un bulto. Me acerco. Un charco de sangre rodea a aquella figura inmóvil. Es una mujer desnuda. Sus vísceras están repartidas sobre los adoquines. Entonces, la mujer desgarrada abre los ojos y me mira, como si estuviera clamando por ayuda.

Despierto a causa de unos golpes en la pared. Me froto la cara con las manos. Estoy vestido y tardo en recuperar la noción del tiempo. Son las tres de la tarde, y sobre la cama hay desparramados algunos de los bocetos anatómicos. Tres golpes secos vuelven a sonar. Me levanto y pongo el oído en la muralla. Es un ruido similar a una respiración o a un susurro. Algo muy lejano a una cañería o al sistema de gas del hotel Colón. Algo muy diferente.

Alguien ahora golpea la puerta y eso me sobresalta. Abro. Es una chica delicada y risueña, la nueva mucama.

—Doctor, lo buscan en el lobby.

En el vestíbulo del hotel está Dimitri. No debería estar aquí, no sigue las instrucciones. No es una persona de fiar, y eso suelo olvidarlo de manera recurrente. Es un hombre de aspecto vulgar, tiene un diente de oro y va vestido a la usanza de un griego tradicional. Se pasea por el recibidor con desenfado, sabiendo que su presencia incomoda al resto. Le gusta este juego. Debo hablar de él. He prometido que contaré todo sobre estos días extraños, y eso implica contar también acerca de mis sombras. Dimitri es parte de ellas.

—No me gusta que se aparezca por acá. Ya lo hemos conversado —digo, molesto.

—Lo esperé a la salida del hospital y como no llegó... Si quiere nos vemos en otro lado.

—¿Qué tiene? —pregunto con incomodidad.

—Cosas nuevas —responde, vagamente.

En un privado, a un costado del restaurante del hotel, el griego despliega una serie de frascos y medicamentos sobre una alfombrilla adecuada para mostrar sus mercancías.

—Morfina, refinada en Shangai. De las mejores adormideras de Borneo. Bolas de opio de Cantón, sin resina. Si lo quiere para el asma y otras afecciones espasmódicas, lo tengo en forma líquida.

Se va animando a medida que habla y describe sus productos.

—No me venda cosas que puedo encontrar en cualquier botica —le apunto, tajante.

—Diacetilmorfina. Dicen que es el futuro. La llaman la droga heroica. La van a patentar pronto. Heroína. Contra el asma, tos y neumonía. Esto puede que le guste, es lo más nuevo que tengo. Mire, son supositorios de radium... para la virilidad.

—No perdamos más el tiempo, Dimitri. ¿Lo encontró o no?

—Sí, sí, el encargo... Me costó mucho conseguirlo.

De la maleta que anda trayendo saca un frasco con un pequeño hongo negro en su interior.

—Nanacatl. Carne de Dios. Lo traen de la Amazonía, y es muy difícil de conseguir. No es como los otros...

—¿Modo de ingestión?

—Hay que estar en ayuno dos días antes de consumirlo y otros dos después. Debe hacerse sin alcohol en el cuerpo, sin haber mantenido relaciones sexuales, sin comer cosas muy grasosas, y tampoco carne. Me han dicho que si rompe las reglas, el hongo lo castigará —me advierte.

—¿Preparación?

—Se hace en una olla y calentado con una lámpara de kerosene...

—¿Cómo sé que no destruirá mi hígado, o que no es venenoso?

—¿Los otros lo fueron?

—Los otros no sirvieron, que es distinto —señalo.

—Este lo ayudará con lo que busca, doctor. Créame —asegura.

Le pago unos pesos. El hombre los cuenta. Luego se vuelve y empieza a envolver todo. Niega con la cabeza.

Me resigno.

—¿Cuánto más? —pregunto.

—El doble.

Le pago. Pesos y chelines. Tomo el frasco y lo guardo. Luego me alejo.

El griego me habla a la distancia sin que le importe ser escuchado por los huéspedes y las visitas del hotel:

—En Dimitri tiene usted un buen amigo, doctor. ¡Un muy buen amigo!

De alguna forma, esa despedida suena a una especie de amenaza.

Marzo 5, 1889

Relación del Comisionado Pedro Pardo.

Un animal salvaje.

Las tres cuadras adyacentes a la Aduana hierven de vida, vicios y todas las costumbres, objetos y culturas que han recalado en Valparaíso, provenientes de todos los mares, como un colosal basurero de objetos arrojados después de una tormenta: frutos exóticos de las islas del Sur, árbol del pan, palma de naidí, borojó, guayaba, arazá. Gitanas leyendo la suerte, armas incautadas de la guerra afgana. Desde un Enfield británico con extractor automático, hasta una mano de gracia hecha con cera de ahorcado para el mal de ojo. Todo tipo de artículos, la mayoría robados de los barcos de paso hacia el Callao y San Francisco. Cabezas encogidas, monos en jaulas, animales embalsamados, alfombras. Todo anunciado a viva voz en las calles cercanas al edificio de aduanas. Más allá, están los bares de opio y se puede ver circular a los ex soldados de la Guerra del Pacífico, con alguna extremidad menos, dedicados a la venta de alcohol o pedir limosna; también se puede observar a los jugadores de truco y de dados.

Pardo y su ayudante, un hombre alto y moreno, Pedro Urra, un pampino que combatió en el norte avanzan a duras penas por las veredas atestadas.

—Ven a leerte la mano, ¡hombre de hierro! ¡Conoce tu futuro!

Las gitanas intentan acercarse pero son alejadas por los hombres, que avanzan de prisa. Ellos escuchan sus maldiciones por lo bajo.

Todos saben que son policías. Todos saben que son la peor clase de policías, no los que provienen del pueblo, no los que nacieron con ellos, sino los secretos, los que saben leer, los mejor pagados.

—Esta semana un bengalí estaba vendiendo una cobra de Birmania. Decía que su veneno cura la calvicie y la gota. Llegamos a su local. Tenía un cuerno de rinoceronte para tratar la impotencia y la histeria en la mujer. No sirve para nada. Lo comprobé.

—¿Eres impotente, Urra?

—La histeria, jefe. La histeria de mi mujer.

Los policías avanzan con resolución hacia un pasaje con el techo roto y que filtra la luz del sol entre las banderolas rojas y verdes. El agua que cae de alguna parte produce un arco iris, y unos gatos se pasean con grandes ratas noruegas en sus hocicos. Arriba, en la baranda, una prostituta china los ve y los encara, bajando unas escaleras de madera podrida.

—¡La rusa! ¡Qué le pasó a Elena Krivoss! —les grita.

Pardo la encara.

—Tu madame —exige—. ¿Dónde está?

—¿Qué le pasó? Dicen que fue un animal que venía en un barco. Un animal salvaje.

Los hombres no le responden e ingresan al burdel de Madame Ling. En su interior hay un altar lleno de flores y una decoración dorada y con telas orientales, con budas y cuencos por doquier. En el centro del lugar, un grupo de mujeres llora. Madame Ling, una pequeña anciana china, se rasga las ropas y habla en cantonés algo parecido a una letanía de insultos. Pardo, sin hacer caso de sus improperios, procede a interrogarla.

—¿Con quién se fue la rusa esa última noche?

La china responde en un idioma ininteligible. Una niña de apenas doce años mira escondida tras unas cortinas de cuentas de vidrio. Pardo insiste.

—Sus clientes, madame. La lista. Necesitamos la lista.

La anciana china parece no comprender.

—¿La lista? —repite de manera automática la mujer.

—Sí, la lista de los clientes —insiste el comisario.

Urra pierde la paciencia.

—Con quién chucha follaba la rusa... ¿Entiende?... ¡Sexo! —hace la pantomima, exagerando la obscenidad de los gestos—: ¡Coger!

—No. Aquí nadie folla. Solo té. Té chino.

Urra dirige de pronto la vista hacia la niña y esta escapa. El ayudante comienza una persecución por el interior del burdel, pasando por habitaciones que son fumaderos de opio, rincones con mujeres lavándose a torso desnudo, y sigue su carrera hasta salir de la casa, a la zona de unos lavaderos, donde logra alcanzar a la niña.

Urra la toma del brazo.

—¿Qué sabes? —la sacude, impaciente.

La niña no habla.

—Esta misma tarde te meteré en un vapor a Lima y te venderán para trabajar en los ingenios de caña. O en el caucho. ¿Quieres eso?...

La niña lo mira asustada

—¿Quieres eso? Vamos, dime.

—Li-bo —tartamudea ella.

Pardo se acerca.

—¿Li-bo? ¿Qué pasa con Li-bo?

La niña responde asustada

—Li-bo sabe quién mató a la rusa. A Elena.

Marzo 7, 1889

Diario de Emilia Lyon (facilitado por Emilia Montt).

Un organismo sobresaliente.

Siguen llegando tíficos y me dicen que el lazareto ya está lleno. En la mañana acompaño a la ronda matutina en el área de infecciosos. En un descanso voy a ese pequeño patio de luz que llamamos «el patio verde». De pronto veo pasar al enigmático médico, a W., que entra con absoluta propiedad al área de infecciosos. Lo sigo. Por un momento pienso que se trata solamente de mi imaginación. Por un segundo pienso que puede ser un fantasma. Las monjas suelen decir que toda el área oriente está encantada. En ese momento, veo a mi fantasma. Está asistiendo a un hombre con aspecto polinésico en un área aislada tras el vidrio. Una enfermera se detiene y me aclara que el doctor llegó hace un par de días.

—Viene de Londres. Dicen que es el cirujano de la reina —añade, llena de expectación.

Le pregunto qué viene a hacer él aquí. La enfermera me dice que es un neurólogo. Que ayuda con el brote de lepra a unos infortunados de la isla San Carlos, también llamada Isla de Pascua. Entonces me lleno de valor y entro; me pongo la mascarilla, me lavo las manos cepillándome cada dedo en silencio y comienzo a asistirlo en su procedimiento.

Él no parece preocuparse por mi presencia. No me dirige la mirada, pero indudablemente me habla solo a mí. Habla, sin la mascarilla puesta.

—Mycobacterium leprae —pronuncia, casi solemne.

Le pregunto qué significa. Él me mira y aclara:

—El bacilo de Hansen. Un organismo sobresaliente.

Le pregunto por qué no se cubre, como los demás doctores.

—La forma tuberculoide no es contagiosa... Hace apenas un siglo se curaba con carne de serpiente, y con sangre menstrual de doncella... Hoy sabemos que el ictiol, ácido salicílico y resorcina hacen milagros —dice.

—Como Jesús —digo, arrepintiéndome inmediatamente. Me siento tonta. Él parece notarlo. En ese momento ambos nos miramos a los ojos y él sonríe. Es la primera vez que lo hace. Sus dientes son blancos. Hermosos. Estoy completamente enamorada.

—W. —se presenta («Aquí Emilia ha omitido su nombre»).

—Emilia. Emilia Lyon —digo, y siento que me ruborizo. No puedo evitarlo.

Dios, sé que está mirando mis ojos. Tengo los ojos de distinto color. El derecho es azul y el izquierdo, de un verde pardo. Él no me dice nada, pero sé que me mira los ojos. Sé que le ha interesado esta rareza. Me avergüenza un poco. No he podido sacarme esa mirada el resto del día. Incluso con Jaime, que ha venido a verme, no he podido dejar de pensar en él. Espero que no se me haya notado.

Marzo 7, 1889

Diario de Nolasco Black. Dejaste a nuestra niña sola.

Como todos los jueves , cruzo el pequeño trecho de madreselvas y lavandas entre la calle Lautaro Rosas y la entrada excepcional de la casa Carrera. A veces pienso que he hecho ese mismo recorrido miles de veces. Aquí la esperaba, bajo la lluvia. Ahí, en este portón de reja, hablábamos horas sobre nada. Ahí, en el umbral, nos besamos. Ahí, en esa calle, llenamos sus baúles antes del viaje. En ese trayecto llevamos, después de un velorio de tres días, un ataúd demasiado liviano para sentir algún tipo de alivio. A veces pienso que en esa pequeña —e infinita— fracción de tiempo en que espero en el umbral, y cuento las baldosas y miro esa grieta en el piso, aquella a la que los temblores y el tiempo la han vuelto cada vez mayor, allí, hay muchos yo compartiendo este mismo espacio en cientos de momentos diferentes. En todos, creo que ella me abrirá con su sonrisa y algún comentario lúcido y divertido, totalmente inapropiado, porque si había algo que la caracterizaba, era su capacidad cruel de hacer comentarios fuera de lugar, burlándose de mi seriedad. Abría la puerta, me miraba y gritaba hacia adentro:

«Madre... Nolasco quiere desnudarme...»

«Madre... Nolasco quiere que sea su esclava, perdón, su mujer...»

«Madre, Nolasco acaba de golpearme porque no he bajado mi mirada ni he besado su anillo... »

«Madre, Nolasco quiere forzarme... »

Y luego me besaba, riendo.

Ahora, una mucama abre la puerta. una mucama que, aunque vengo cada semana, insiste en no conocerme. Luego entro, me reciben el sombrero y espero en silencio. Una casa de muertos.

Como cada jueves, tomo té con una pareja de ancianos.

Alamiro Carrera es un hombre mayor, de lentes, con un aire levemente decadente. A su lado, Rosa Cox permanece inmóvil y no parece compartir el mismo plano de realidad que su marido. Solo está sentada, como un muñeco, mirándome fijamente.

—Ya no se puede andar por el centro sin perder el sombrero, tal es la cantidad de gente enloquecida —comenta Alamiro—. Chilenos que creen estar en Londres, se pasean con el Times bajo el brazo, aunque este sea del mes pasado, y se niegan a hablar en español. Es una locura.

Yo finjo escuchar, pero estoy concentrado en las manos vacilantes de Rosa y en sus ojos, que me miran fijamente.

—Dicen que llegó un grupo de ingleses invitados por el Coronel North.

Los ojos de la mujer se posan en mí como si quisieran decirme algo.

—North tapizó Londres con invitaciones a visitar Valparaíso. Lo vendió como el único destino que valía la pena en todo el continente. Ha convidado a medio Londres a conocer Chile.

La mano temblorosa de la mujer. La mano que se levanta...

—Parece que sus inversionistas dudaron acerca de dónde estaban poniendo su dinero y le pidieron cuentas.

La mujer me mira y me apunta, susurrante.

—Tú —susurra.

El viejo no la escucha. Sigue hablando.

—Así es que el rey del salitre ahora quiere que todos los ingleses vean con sus propios ojos que no se trata de un fraude.

La mujer abre los ojos y su boca semidesdentada para hablar más fuerte.

—¡Tú!

Yo la miro. Sé lo que piensa. Sé exactamente lo que siente, porque yo siento lo mismo y de alguna manera me alivia sentir que otro, al menos, puede expresarlo.

—Sí.

—Tú. No hiciste nada —silba la mujer.

Don Alamiro se detiene.

La anciana comienza a gritar:

—¡Tú no hiciste nada!

De pronto, ella toma un cuchillo y se abalanza sobre mí, por lo que me levanto abruptamente y mi silla cae. Quedo a un metro de la mesa, como disculpándome por no dejarme herir. Su esposo la sujeta y un par de sirvientas corren a inmovilizarla.