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EN DEFENSA DE LA MARIHUANA

Mauricio Purto  

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Fragmento

Introducción

Este libro surge del impulso de integrar una serie de experiencias como médico y usuario de marihuana, para avanzar en la conciencia más allá del bien y el mal, y profundizar en el conocimiento humano.

Hay varias formas de acercarse al conocimiento. Creyendo lo que te dicen, entonces: «Yo creo en Dios». Otra forma es no creer; simplemente, no creo lo que me dicen: «Yo no creo en Dios, soy ateo». Esa forma está más cerca. Una tercera es dudando: «Yo no sé si hay o no hay Dios». En este caso estamos ante alguien escéptico, agnóstico; alguien que no sabe si creer o no creer. Esa persona está en la búsqueda, por lo tanto, está más próximo al conocimiento. Yo estoy más con este último caso.

Pero hay otra manera. Una un tanto escabrosa, más dura, donde no hay un camino trazado, sino solamente una orientación. Esa es la vía de la experiencia. Donde, muertos de hambre, cruzando el bosque oscuro de noche, encontramos restos de salmón en brasas aún incandescentes. Y al precipitarnos y tomar un trozo, nos quemamos las manos y la boca... Como cuando nos clavamos intentando tomar con las manos la belleza de una rosa. Ese es el camino del conocimiento, imposible de trazarlo sin la experiencia.

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Pero la experiencia necesita bases sólidas para avanzar. No se trata de tomarse un primer San Pedro o una estampilla con LSD en un carrete, o fumarse el primer cigarrillo de marihuana por echar humo. Se presupone una búsqueda de estados mentales para entender y para aliviar.

Para mí, la marihuana fue una liberación de mi neurosis obsesiva, y la uso como un gran sedante y analgésico. Y también como inspiración, para detener el mundo de la mente parlante y verme y recapitular, por ejemplo, qué hice bien y mal en mi jornada, dónde no fui consciente, para poder realizar introspecciones luminosas o insights.

La usé mucho después de seis operaciones de columna en las que tuve el riesgo de quedar inválido y para poder deshacerme de los analgésicos opiáceos que consumí, tratando de aplacar los tremendos dolores que sufría.

Sé que mi experiencia es personal, pero también es colectiva. He sido médico y he recetado marihuana muchas veces. Esto no es secreto, ni tampoco, que en estos días en muchas partes del mundo también se hace.

Está también demostrado que nuestro cuerpo produce marihuana y tiene receptores para ella.

De hecho, hace tiempo que la FDA (Food and Drug Administration: Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos), junto a varias entidades médicas del mundo, incluyen y prescriben la marihuana para el tratamiento del glaucoma, el dolor crónico, la anorexia, la dismenorrea, la epilepsia, la artritis reumatoidea, como complemento a la quimioterapia del cáncer, para el autismo, y suma y sigue.

Como dato intresante, les puedo contar que la empresa Altria, fabricante de la reconocida marca de cigarrillos Marlboro, compró el 45 por ciento de la empresa canadiense Cronos, que cultiva y distribuye marihuana, en U$ 1.400 millones, cuando Canadá permitió su uso terapéutico y recreacional.

Que la marihuana sea una planta medicinal no es ningún descubrimiento, como tampoco lo es el conocimiento de que tenga muchos más efectos benéficos que adversos. En la mayor parte de las culturas nativas y antiguas la cannabis es considerada salutífera.

En la farmacopea del emperador chino Sheng Nung, padre de la medicina china, hallamos la primera descripción de las virtudes medicinales de la marihuana y la recomendó ya hace cinco mil años. La usó para todo tipo de dolores, sobre todo para aquellos del síndrome premenstrual. Hoy, todavía existen países donde impera su prohibición, no obstante la apertura de Estados Unidos, de donde aquella emanó, y la de varios países europeos, entre los cuales Holanda fue pionero.

Este libro no es ficción, la que me encanta, aunque la realidad la supera con creces en mi vida. Trata de mis experiencias con la marihuana y con pacientes a los que se la he prescrito. De hecho, tras un período de análisis llegué a recetarla con conciencia. Y fui el primer médico que lo hizo en Chile.

Espero que estas líneas les lleguen como una forma de conocimiento y les sirvan en su propia evolución, en su propio camino. No para creer o no creer. Quizás para dudar. O para saber...

«Solo quien sabe qué es demasiado,

sabe qué es suficiente.»

Pagalo

La llamada

El teléfono me sobresaltó en plena madrugada. Al otro lado de la línea, mi vecina Tuti Hamilton insistía en hablarle a alguien cuya mente no lograba despertar. Me incorporé del envoltorio de plumón, sacudí el sopor y logré descifrar su verborrea... Me hablaba de su mamá... ¡Su mamá estaba detenida!

Mi vecina y amiga me contaba que habían sorprendido a la señora Luchita con varias plantas de marihuana en su casa de San Damián. Eran plantas que cuidaba su fiel jardinero Chincolito, y era un secreto que compartía hacía un tiempo conmigo, cuando le validé como médico el uso de cannabis para tratar una artritis con dolor crónico y deformidad en sus manos, cosa que Luchita agradeció. Entonces le había explicado que esto ya no era raro en países como Estados Unidos, donde se validaba su uso medicinal. Y que con o sin validación de un determinado gobierno de turno, esta planta había tenido un uso medicinal desde hacía miles de años. Ella lo sabía.

Le receté una infusión y, si quería fumar, que fumara.

«Me siento regio con los pititos. Sin dolor, feliz. Y duermo mejor», me confesó.

«Fantástico», le dije, «la mejor prueba es que te sientes mejor. Que en ti funciona. Eso es lo más importante».

En aquella ocasión, Luchita se despidió feliz y me abrazó con cariño y con una sonrisa cómplice. Ahora se la habían llevado presa.

Luchita, María Luisa Velasco, era la esposa del senador democratacristiano Juan Hamilton y estaba entrando en sus ochenta años. Era un blanco mediático fácil... Pero, más allá de su investidura, ¿cómo molestar a una anciana y decirle qué hacer o no hacer con su vida, a su edad y en su esfera privada?

No, el Estado protector tenía que decidir lo que era bueno, y lo que no, para ella; eso, aunque en el ámbito de lo privado, el consumo de marihuana u otro psicotrópico es un derecho individual. Pero tener plantas de marihuana no.

Taru, mi mujer, se dio una vuelta en la cama y me preguntó dormida:

—¿Todo bien?

—Todo bien... —respondí.

Me quedé desvelado, meditabundo. De alguna manera sabía que esta era una llamada para dar el salto. Pero al pensarlo me inhibía. Una parte de mí dudaba, mientras a otra le encantaba la idea. Era un vaivén de sentimientos, de emociones, como el que sentía antes de dar el examen de medicina interna.

Ella estaba en todo su derecho de buscar alivio. Y no era una persona interdicta. «Tiene derecho a decidir. A consumir marihuana terapéutica o recreacionalmente. Pero no puede plantar. ¿Cómo solucionar esta ley perversa?», pensé.

Yo le receté marihuana. Yo se la receté. Y como en Chile no se puede comprar, ni plantar, se la regalé yo, o cayó del cielo a las manos del fiel Chincolito.

Subí a mi buhardilla, escalando a tientas la escalera alaskeña de madera. Prendí mi linterna frontal y revisé mi pequeña biblioteca. Ahí estaba. El manual de la FDA, en su página 383: Dronabinol, Marinol...:

MARINOL (Dronabinol)

Cápsulas

Descripción: El dronabinol es un cannabinoide, un aceite resinoso amarillo claro que es pegajoso a temperatura ambiente y se endurece en refrigeración…

Usos: Estimulante del apetito. Antiemético (antivómito). Analgésico.

Indicaciones: Anorexia asociada al SIDA o al cáncer. Náuseas asociadas a quimioterapia. Dolor crónico.

Esta era la evidencia que debía mostrar a un juez que debe, más que la ley, hacer valer el derecho, que en este caso se basa en evidencia científica y no política.

Mientras llevaba el libro bajo el brazo de vuelta a nuestra amplia cama, ya estaba decidido. José y Emma dormían plácidamente, perpendiculares a su mamá, a la que tenían destapada. Los cubrí sutilmente e hice mis pasos de vuelta hacia la buhardilla. Ya no podría dormir.

Cerré los ojos y empecé con mis ejercicios de respiración, vipassana, para vaciar mi mente antes de entrar al campo de batalla. Sentía que debía entrar al programa y, tal como los personajes de la película Matrix, enfrentar al señor Smith.

No tenía ningún miedo a ser etiquetado como un loco. Después de «arriesgar mi vida» en las montañas más altas del planeta, eso ya estaba validado.

El tema eran mis colegas y mis auspiciadores de los programas de televisión de Deporte y salud y de Cumbres del mundo que se exhibían en ese entonces en Televisión Nacional de Chile. Fue en ese momento, en medio de aquellas cavilaciones, que llegó a mí una frase de mi compañero de montaña Ítalo Valle: «La verdad te hará libre», que es de San Juan, y que él invoca a menudo. La verdad, a toda costa. Y en este caso surgía a partir del llamado de una paciente, de un alma en pena, y de su familia. De una mujer anciana que estaba detenida...

Vi clarear y escuché a los gallos anunciando el amanecer en este piedemonte. Y observé el sol naciente detrás del vecino cerro de Ramón.

Tomé un vaso de agua, una ducha helada, otro vaso de agua. El café negro estaba preparándose en la antigua cafetera de la familia, llenando el hogar. Taru llegó en bata y apagó el brebaje que hervía con una melodía de burbujas.

—¿Adónde vas de doctor, Saryan?

—A ver a una paciente, a la mamá de la Tuti, a la Luchita. Está presa por tener plantas de cáñamo en su chacra.

—No te lo puedo creer... ¡Qué lata!

—Sí, nada que ver que molesten a una señora porque fuma yerba. Estos huevones deberían ir a Nepal y ver a las viejas lindas lavando y trenzándose los cabellos largos mientras fuman sendos cigarros de cáñamo.

—Sí po, Shiva Prassad, el regalo de Shiva, la yerba... No entienden nada.

—Bueno, al menos se la receté yo, esa es la jugada. Yo soy médico, de la Pontificia Universidad Católica de Chile, con distinción máxima, el mayor puntaje del Servicio Nacional de Salud de mi generación... Y la ley me faculta a recetar cualquier cosa, incluso más fuertes, como la morfina, la metadona, la ketamina, inas, inas e inas... —me envalentoné mientras disfrutaba del café.

Tenía la película clara y conversando con Taru pude canalizar muy bien el argumento.

—Suerte, Saryan.

—Gracias, Taru linda.

Un beso y un adiós.

La audiencia

Cerca de las nueve estaba estacionado frente a los juzgados. Escruté alguna señal y nada. Me bajé de la camioneta y, antes de dar un paso, Tuti Hamilton me interceptó como una aparición inesperada.

—Gracias —me dijo, y me tomó del brazo derecho—. La Luchita está tranquila.

—Vamos a zafar, Tuti —le dije, mientras avanzábamos automáticamente—. Voy a hablar con el juez.

—Jueza —me interrumpió.

—Mejor.

Al poco andar nos reunimos con el hermano de Tuti, Tomi, abogado, que trasuntó poca fe en la defensa de su madre. Creía que estaba equivocada. Intenté persuadirlo y le mostré el manual de la FDA. Pero como reza el refrán, no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y no tenía tiempo ni energía para convencer a nadie, salvo a la jueza.

En un momento quedé en blanco y no sabía adónde ir ni qué hacer. Fue un flash back. Un déjà vu. Y otra vez me tomaron del brazo derecho. Creí que era Tuti, pero no. Era Beatriz Undurraga, madura periodista de El Mercurio, amiga de Luchita.

—Purto, vienes por lo de la Luchita... ¿No?

—Sí, pero no sé dónde es la audiencia.

Beatriz me impulsó y no me soltó el brazo. Subimos unas escaleras y me dejó frente a la oficina de partes. Me dijo:

—Si quieres declarar tienes que inscribirte aquí.

Lo hice. Al poco rato se abrió la puerta y me llamaron a declarar. Avancé con mi delantal de médico bajo el brazo, producido para la ocasión. La melena amarrada, con gel. Nada de look de aventurero, con el manual de la FDA bajo el brazo.

Le señalé a la actuaria que necesitaba una palabra con la jueza. La miré a los ojos, sonrió y luego se asomaron los ojos de la jueza, quien me invitó a acercarme.

—¿Qué me quiere decir doctor Purto?

—Vengo por lo de la señora María Luisa Velasco. Quiero declarar que ella consume marihuana en forma terapéutica para calmar su dolor crónico, su artritis y artrosis de las manos. Y que yo se la prescribí. En este manual que usted puede ver, señora jueza, el manual de la FDA, la Administración de Comidas y Drogas de los Estados Unidos, la cannabis se prescribe concentrado en la forma de Marinol y Dronabinol. Ella no lo puede traer, no lo puede comprar, así es que usa las plantas de su jardín que le dio su jardinero.

Me acerqué y le mostré el manual. La jueza prestó atención y se sorprendió. Sonreí internamente. Había entendido, o yo había logrado darme a entender.

—Declare eso mismo a la actuaria, doctor. Muchas gracias. —La jueza bajó su mirada y no se despidió.

—Gracias —le dije, sin volver a mirar atrás.

Repetí el argumento a la actuaria y me levanté del asiento. Me puse mi delantal blanco de la Universidad Católica, otrora mi prenda de poder, que volvía a serlo. Estetoscopio en el bolsillo, como un «diostor» Purto. Como en un ritual, me di las gracias y di las gracias. Salí satisfecho y choqué con una pared de periodistas, fotógrafos y camarógrafos que aguardaban. Había muchos más que cuando regresé de mi primer ascenso al Everest. Al parecer, Beatriz Undurraga había corrido la voz acerca de mi declaración. Y ahí estaba, frente a un pelotón de fusilamiento.

La primera ráfaga vino de Antonio Nehme, ducho periodista de tribunales, que saltó de inmediato:

—Doctor Purto, ¿en qué está por estos lados?

—Declarando en el caso de la señora María Luisa Velasco.

—¿Y qué declaró?

—Que yo le receté la marihuana...

En este momento se produjo un silencio que pareció durar siglos, sepulcral; y de repente surgió una avalancha de voces y preguntas. Beatriz y Tuti me rescataron y salí raudo para enfilar de vuelta a mi cabañita en la comunidad ecológica de Peñalolén.

Era casi mediodía. Al llegar, Taru me contó que yo había salido en las noticias y que Luchita estaba libre. Me sentí muy feliz. Justo el teléfono empezó a sonar, y no paró de hacerlo en mucho rato.

Me felicitaban: «Te pasaste, Saryan, qué valiente, qué fuerte».

Por otro lado, me criticaban. Por ejemplo, mi asesor, Alejandro Izquierdo, no escatimó en dureza:

—Purto, eres un estúpido. Los vicios son personales y no se ventilan. Punto. Seguro que van a auspiciar a un médico que receta marihuana...

—Lo hecho, hecho está. Y tengo a la ciencia de mi parte. No es ningún invento lo que estoy diciendo. Es un hecho cierto.

—Anda a explicarle eso al gerente de Copec —me lanzó, cerrando su discurso.

Esa noche, la noticia encabezó el noticiario central de los canales y aparecieron detractores y defensores de la marihuana terapéutica. Desfilaron médicos psiquiatras con una posición medieval, oscurantista, asustando con escalada de drogas, con infertilidad y psicosis. Y otros, los menos, reconocieron que se usaba en varios países, sobre todo para las náuseas y la anorexia que producía el tratamiento de quimioterapia para el cáncer, y para el dolor crónico.

Quedó en evidencia una ley imperfecta que permitía el uso de sustancias dentro del ámbito privado, pero que no había manera de poder procurárselas. Así como la evidente contradicción entre la permisividad hacia el alcohol etílico y la prohibición del cannabinol, el alcohol de la marihuana.

Doble estándar

Aquella noche tuve el sueño espantado, excitado por los acontecimientos que habían ocurrido durante el día. Subí a mi buhardilla y enrollé un cigarrillo de yerba de una variedad apetecida, Jack Herer, de unas semillas que me había regalado mi amigo agricultor de Santa Fe, Padma ...