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EN TU VIENTRE

José Luis Peixoto  

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Fragmento

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1 1 Todo empieza con la esperanza.

2 Antes que los objetos están los gestos que les dan forma,

3 antes que los gestos están las ideas,

4 antes que las ideas están las emociones,

5 antes que las emociones están los sentidos,

6 antes que los sentidos está la existencia desnuda,

7 contemplación ciega, memoria ciega,

8 antes que la existencia está la esperanza.

9 Soy yo quien lo dice.

10 Si hay una propuesta de vida, esa certeza contiene esperanza.

11 Sin esperanza, solo hay muerte: en el presente y en el futuro.

12 Cuando creé la naturaleza, la primera regla que determiné fue: negar la esperanza es una acción contra la naturaleza.

13 Todos los seres, principalmente los que poseen piel, tienen derecho inequívoco a alguna esperanza.

14 El uso que hacen de ella es su individualidad.

15 Hablo de cuando creé la naturaleza, como si ese trabajo hubiera acabado.

Recibe antes que nadie historias como ésta

16 Las palabras son imperfectas cuando intentan decir aquello que es más grande que ellas.

17 También son imperfectas cuando intentan decir aquello que parece ínfimo, dependiendo de la proporción.

18 En ese caso, las palabras son dedos que intentan coger una migaja, hacen como que la pellizcan, pero acaban dejándola allí, como si fuesen inútiles.

Dios sigue hablando, pero no insiste en que lo escuchemos, prefiere que nos fijemos en una casa con las paredes mal pintadas. Y tal vez esté a punto de amanecer, incluso a través de la neblina se pueden distinguir la cal y sus escamas. Son las noches, inviernos y veranos, que arrancan las lascas de cal; es el polvo de la calle que se levanta con la brisa, las carretas, los niños inquietos, y se pega a las paredes como se pega en el interior de los pulmones. No se ve a nadie, las personas y los animales no forman parte de esta imagen. La fachada de la casa tiene una franja pintada, paralela al suelo, dos ventanas combadas y, en medio, una puerta de madera vieja, con un postigo a la altura del rostro de sus dueños; es una puerta fatigada, que se deshace por abajo. Hay que subir cuatro escalones de piedra para llegar a esa puerta que nunca está cerrada con llave. La casa tiene un tejado, solo contra el tiempo, una chimenea medio torcida y poco más. Sin embargo, es una casa que los ojos pueden ver de muchas formas. Delante, sin pertenecer a la casa, pero perteneciendo a ella, hay una era, lisa y limpia, lista para trillar, preparada para su uso. Por detrás hay un corral delimitado por un muro de piedras apiladas, una cerca que no sobrepasa la altura de la rodilla, línea que no excluye, todo es tierra que los vecinos aprovechan adecuadamente. Al fondo, tras un terraplén que baja, está el pozo, tapado por una superficie de losas, remiendos sobre tierra herida. Los olivos se inclinan hacia el pozo como jorobados, como la desgracia, los años los han castigado y hasta las ramas nuevas, las pobres, han nacido con nudos retorcidos por artrosis, víctimas. Aun así, son árboles, pertenecen a la naturaleza, reciben noticias de los demás olivos que se extienden por la lejanía de aquellos campos, donde también hay muchas hierbas secas, cardos y piedras.

 

2 1 La creación de la naturaleza es un trabajo de todos los instantes.

2 Solo está concluida la perfección,

3 e incluso ella tiene que aceptar la imperfección inacabada cuando lidia con aquello que está incompleto, con palabras o sombras, con naturaleza, instinto, gente,

4 con la emanación invisible de un pasado más remoto que el propio comienzo de todo:

5 la esperanza.

6 Todo empieza con la esperanza. Yo he elegido esa palabra: todo.

7 Soy yo quien la está diciendo.

8 Todo termina con la esperanza.

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Es tan fresca esta brisa tras un día entero, tan ligero su toque en los colores por fin tenues, innecesaria la urgencia. Esta brisa atraviesa el aire limpio, hace temblar las hojas plateadas de los olivos, enciende puntos brillantes en el granito y acaricia la cara suave de Lúcia. Está agachada ante una sombra de tierra limpia, casi pegada al muro del corral. Hay gallinas acostumbradas a la presencia de la niña, a sus movimientos repetidos. Lúcia juega con unas piedras. Esos gestos repentinos no alteran a las gallinas, que picotean terrones y se quejan las unas de las otras con vocales que se hacen redondas en la garganta.

(Yo también me pasaba las horas con ese juego de las piedrecitas. Buscaba media docena de piedras de buen tamaño, no muy grandes, más o menos lisas. Me gustaba jugar en la calle, a la puerta de la casa de mi madre, de tu abuela. Tendría la misma edad que esa niña, unos nueve o diez años. Juntaba las piedras en la mano y las lanzaba con la fuerza justa para que rodasen un poco; después elegía una, la tiraba al aire y, en ese arco, mirando a ambos lados, cogía una de las piedras repartidas por el suelo y todavía me daba tiempo a sujetar la que caía. Tu tía era una maestra, no faltaban las veces en que, con cinco piedras en la mano, recogía la última. A mí no se me daba tan bien, siempre he tenido las manos pequeñas. Pero da igual, sé que todo esto no te interesa, te gustan otras cosas. Si quisieras saberlo, hace mucho que te hubieras fijado en mis manos; al final, con ellas te lo he dado todo desde que naciste.)

En este tiempo, esta luz. Solo falta una piedrecita. Lúcia tiene las cejas fruncidas, aprieta los labios, coloca las piedras que tiene en la palma de la mano, los dedos redondeándolas, llena el pecho y lanza una a buena altura. Por un momento escarba la tierra con las uñas para recoger la última piedra. Pero la otra ha caído demasiado deprisa, ha tropezado por el camino. Lúcia no ha podido cogerla. Tiene que empezar de nuevo.

(Dudo que puedas imaginarme con diez años. También he sido joven, ¿sabes? Cuando naciste, en septiembre, yo tenía treinta y dos años, cumplidos en junio. Tal vez puedas sospechar lo que significó para mí tenerte con treinta y dos años, lo creo, sí. Recuerdo cuando estabas en mi barriga, los últimos meses era un barrigón, pero tú no puedes imaginarme con diez años, lo dudo. No soy esa niña que imaginas cuando intentas imaginarme con diez años. Fui una niña que no conocerás nunca.)

Ahora. Lúcia ha tomado una piedra, dos, tres, cuatro, cinco. Solo falta la última. La lanza al aire. ¿Dónde está la piedrecita que falta? Por un instante, desaparece en la tierra. Vuelve a aparecer enseguida, pero es demasiado tarde, la otra ya está muy cerca, con todas sus aristas, cerrando su caída: un golpe seco en la tierra y rebota hacia donde queda olvidada. Con paciencia, gestos lentos, Lúcia deja las piedras que tiene en la mano y, con el índice y el pulgar, coge la última, la levanta de la tierra, la alza a la altura de los ojos. El rostro de la niña contempla un misterio.

Eres una granuja, piedra. ¿Por qué no me dejas ganar?

Perdona, ha sido sin querer.

¿Prefieres que coja otra piedra y te deje tranquila?

No es eso.

 

 

¿Qué estás haciendo, niña?

Cuando la madre se asoma a la puerta del corral y grita eso, no es porque le interese la respuesta. Lúcia se pone de pie, da un salto que asusta a las gallinas y altera la luz. Las piedras se quedan solas en la tierra lisa. Lúcia tiene la impresión de que atraviesa el corral durante las palabras de su madre, dentro de ellas. Todavía las oye.

¿Qué estás haciendo, niña?

Y ya está quieta delante de su madre, el pañuelo alborotado por la carrera, tres mechones de pelo pegados a la frente con polvo, la mirada baja, las manos juntas sobre la falda.

¿Te crees que la vida es solo jugar? ¿Tú te crees que la vida es solo jugar?

Voz áspera, a pesar de agacharse para buscarle los ojos, a pesar de repetir la pregunta, sin querer saber la respuesta ...