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EPIFANíA EN EL DESIERTO

Hernán Rivera Letelier  

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Fragmento

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A la del medio le dicen la Reina Isabel, dijo mi amigo. Eran tres prostitutas entrando al patio de los buques de Pedro de Valdivia, y la del medio —melena estilo su majestad británica— era la más vieja y fea de las tres. Larga y huesuda, era también la que vestía de modo más extravagante. Sin embargo, se notaba de lejos que se creía el cuento de su apodo: sus ademanes exhalaban un estudiado aire aristocrático y su andar era de reina.

Esa fue la única vez que la vi.

Dos semanas después la hallaron muerta en su camarote: sus compañeras de oficio decían que a causa de un tumor cerebral. En la mina me enteré por algunos viejos que fueron sus parroquianos, y que la acompañaron en el velorio y en el funeral, que el anciano sacerdote del campamento se negó a hacerle la misa de cuerpo presente porque era una mujer pública. Porque según la ley de Dios —decían que había dicho el cura—, ni los suicidas ni las rameras tenían derecho al Santo Oficio.

Yo era entonces un joven de veinticuatro años, criado en un hogar en donde se oraba al Señor seis veces por día —al despertar por la mañana, al sentarse a la mesa en las cuatro comidas del día y al acostarse por la noche—, y oír aquello me enfurruñó sobremanera. El Dios que me habían inculcado en la infancia no podía haber dicho o escrito aquello. «Dios es amor», era el lema bíblico más repetido en casa.

Uno de los viejos más huachucheros de la cuadrilla graficó exactamente lo que yo quería expresar en esos momentos:

Eso debe ser cosa del cabrón del cura, dijo, Dios no puede ser tan patevaca.

Por la noche, recostado en mi liter

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