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ESCLAVOS DE LA CONSIGNA

Jorge Edwards  

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Fragmento

I

Al abrir este segundo tomo de mis memorias, quiero intentar una reflexión sobre mi formación, sobre mi visión general del mundo a los veinte y tantos años, sobre mis proyectos, mis ilusiones, mis sueños de entonces. No es que los crea demasiado importantes, pero pienso que seguir su evolución, describirlos en movimiento, pasa a ser un retrato generacional interesante. Había crecido en dos ambientes conectados entre ellos y a la vez opuestos, que se necesitaban el uno al otro, pero que habían llegado a encontrarse en estado de conflicto latente. Hablo de la gran casa burguesa, familiar, de uno de los mejores lugares de la entonces llamada Alameda de las Delicias, que ya aparece en el tomo anterior, que es uno de los escenarios recurrentes de mi infancia y de mi primera juventud, y del colegio de los jesuitas del barrio bajo de Santiago, el Colegio de San Ignacio de la calle Alonso Ovalle, entre Lord Cochrane por el oriente y San Ignacio por el poniente, a una cuadra de distancia de la Alameda, a dos cuadras de Ejército, no lejos de la mansión de mis abuelos paternos. Eran escenarios centrales y opuestos, y cuya oposición crecía cuando el padre Alberto Hurtado, hoy día san Alberto Hurtado, acentuaba el carácter social de su prédica, el del Cristo de los pobres, de los marginados de la sociedad chilena, de los sin techo. La acción incansable, precursora, de Alberto Hurtado, desembocó algunos años más tarde en la creación de una institución ahora poderosa, de raíces nacionales sólidas, que une a viejos sectores conservadores con gente de la Democracia Cristiana y hasta de la Izquierda Cristiana, el Hogar de Cristo. No tuve nada que ver con la construcción del Hogar de Cristo: ya me había alejado de la Iglesia católica y de la Compañía de Jesús. Pero estuve presente en los prolegómenos, en las exploraciones preliminares, y ahora puedo sostener que esa presencia inicial tuvo alguna forma de permanencia, un trabajo oscuro, interno, de subjetividad sensible, adolorida, que no sé si llevó a algo o no llevó a absolutamente nada.

Mi visión de adolescencia de lo social, de los conflictos profundos de la sociedad chilena, era inevitablemente ingenua, primaria, simplona. Algunos críticos literarios de izquierda habían notado en los cuentos de El patio, mi primer libro, una inquietud, un desajuste que derivaba de reticencias, de reservas, de distancias instintivas. Lo que pasa es que no quiere pelear, escribía, por ejemplo, en su época comunista o filocomunista, en el diario El Siglo, Margarita Aguirre, una de las jóvenes novelistas más talentosas de ese tiempo. No querer pelear significaba, de hecho, no querer ingresar en el partido, no participar en todo el fragor, en la desaforada batalla de la lucha de clases. ¡Niño bien, señorito, burguesito a pesar de todo! Al leer El patio, Gabriela Mistral, nuestra gran poeta, ungida hacía pocos años con el Premio Nobel de Literatura, le había confesado a su amigo Hernán Díaz Arrieta, Alone, el gran crítico literario de la época, que alojaba en aquellos días en su casa de cónsul de Chile en Nápoles, que el libro le había parecido un reflejo del pesimismo de los jóvenes de mi generación, el de una crisis moral, comprobación que la había dejado pensativa y preocupada. Ahora pienso que la reacción de la poeta, su pesimismo, incluso su disgusto, revelaban una percepción interesante. En alguna medida, una anticipación, un esbozo de profecía. Gabriela era amiga de Eduardo Frei Montalva, cabeza de la Falange Nacional, que se trasformaría pronto en Democracia Cristiana y lo llevaría a la presidencia del país; del padre Hurtado, el futuro santo de la Iglesia católica, santo por el lado de la lucha social, no por el del misticismo y la vida contemplativa; de escritores como Joaquín Edwards Bello, a quien había definido como el tábano de la sociedad chilena, el moscardón que picaba a esa sociedad, a ese caballo, en forma incesante, en sus flancos débiles, alimentándose de su sangre, mientras el caballo se defendía en vano con golpes de la cola.

Miro las cosas con la perspectiva de los años y llego a conclusiones probables, sólo probables. Vivía en la dulzura de la casona bien protegida y bien provista, rodeado de personajes populares inolvidables, como la Mariquita Fuentes, la cocinera, que manejaba las tapas de pesado hierro y los fuegos de leña de su cocina, entre el humo enroscado de caldillos, de charquicanes, de pasteles de papas; como la Rosa Hidalgo, que me cuidó durante una pleuresía de mi adolescencia y me frotaba con una sábana de baño a la salida de la tina, con vigor y con cariño, provocándome erecciones que no podía disimular; y provisto del amor de los parientes, que eran «gente como uno», desde mi tía abuela Fanny Lira, que regresaba de treinta o más años de residencia en Francia con una sabiduría culinaria superior y en un estado patético de pobreza, hasta personajes masculinos y femeninos como Rengifonfo (Jorge Rengifo Lira), protagonista con pocos elementos de ficción pura de mi novela El descubrimiento de la pintura; como Pepe Alcalde, arquitecto, melómano, hombre de espíritu, que sostenía que los diálogos de mis primeros cuentos podían llevarme a ser un hombre de teatro; como la bella y delicada Marta Vial, personajes que irán surgiendo en el ritmo de la escritura, y que ya se anunciaron en las páginas de Los círculos morados. Vivía, pues, en el interior de esa burbuja, y aceptaba el privilegio sin preguntas excesivas, con algo de blandura, no sin placer, disfrutando del lado tradicional, criollo, inocentón, por lo menos en apariencia. Pero había puntos de interrogación serios, visiones fugaces de un trasfondo oscuro, quizá siniestro. Eran casi siempre visiones provocadas por relatos de mi madre, gran contadora de historias, pero que a veces llegaban de otros lados, de otras fuentes, de otras voces, para ser más exacto, y en forma imprevista, sorpresiva: palabras, relatos, episodios, que abrían vistas inesperadas: secretos que se descubrían, cadáveres que salían de los armarios.

Mi madre me había contado, por ejemplo, y ya la conté en parte, en forma que ahora me parece demasiado rápida, la historia de una empleada doméstica de su infancia, una joven campesina que debía de trabajar, en atención a la época del relato, en la antigua casa familiar de la calle Catedral abajo, casa que nunca conocí y que me imagino, sin embargo, hasta en sus menores detalles, en sus pilastras de madera descascarada, en sus galerías encristaladas, en sus olores rancios, en las mujeres gordas, parlanchinas, que se presentaban en los meses del otoño a preparar en ollas monumentales, con movimientos rítmicos de cucharas de palo y de formidables cucharones, las reservas anuales de dulce de membrillo. Algunos de los cuentos míos anteriores a El patio transcurrían en esa casa de la calle Catedral que no conocí nunca, que era una ficción mía. He buscado esos papeles por todas partes, en baúles, armarios, sótanos, con ganas de reescribirlos, pero no los he podido encontrar.

La joven empleada del relato de mi madre, cuyo nombre nadie recordaba, era, me digo, más bien obesa, un poco pálida, callada, con un ligero bigote, un vello que me habría caído simpático (si la hubiera conocido), y tenía, ¿tendría?, una expresión constante, inexplicable, de no encontrarse a gusto con ella misma ni con nadie. Ni con la vieja casa, desde luego, aunque supongo que sentiría afecto por alguno de los perros, por el Manduco, por algún gato, por los conejos de las jaulas del fondo de los huertos, porque esos caserones que venían de las profundidades del siglo XIX y que se habían erigido en muchos casos al final de los años coloniales, tenían huertos, y fuentes, patios y canales, y hasta un par de burros, además de algún caballo percherón, aparte de cuevas, subterráneos, despensas y todas las demás cosas. Con una capilla estrecha y semigótica, desde luego, y una caja de marfil donde se guardaban los huesos de un antepasado. Pues bien, la joven que hab

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