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ESCLAVOS DE LA CONSIGNA

Jorge Edwards

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Fragmento

I

Al abrir este segundo tomo de mis memorias, quiero intentar una reflexión sobre mi formación, sobre mi visión general del mundo a los veinte y tantos años, sobre mis proyectos, mis ilusiones, mis sueños de entonces. No es que los crea demasiado importantes, pero pienso que seguir su evolución, describirlos en movimiento, pasa a ser un retrato generacional interesante. Había crecido en dos ambientes conectados entre ellos y a la vez opuestos, que se necesitaban el uno al otro, pero que habían llegado a encontrarse en estado de conflicto latente. Hablo de la gran casa burguesa, familiar, de uno de los mejores lugares de la entonces llamada Alameda de las Delicias, que ya aparece en el tomo anterior, que es uno de los escenarios recurrentes de mi infancia y de mi primera juventud, y del colegio de los jesuitas del barrio bajo de Santiago, el Colegio de San Ignacio de la calle Alonso Ovalle, entre Lord Cochrane por el oriente y San Ignacio por el poniente, a una cuadra de distancia de la Alameda, a dos cuadras de Ejército, no lejos de la mansión de mis abuelos paternos. Eran escenarios centrales y opuestos, y cuya oposición crecía cuando el padre Alberto Hurtado, hoy día san Alberto Hurtado, acentuaba el carácter social de su prédica, el del Cristo de los pobres, de los marginados de la sociedad chilena, de los sin techo. La acción incansable, precursora, de Alberto Hurtado, desembocó algunos años más tarde en la creación de una institución ahora poderosa, de raíces nacionales sólidas, que une a viejos sectores conservadores con gente de la Democracia Cristiana y hasta de la Izquierda Cristiana, el Hogar de Cristo. No tuve nada que ver con la construcción del Hogar de Cristo: ya me había alejado de la Iglesia católica y de la Compañía de Jesús. Pero estuve presente en los prolegómenos, en las exploraciones preliminares, y ahora puedo sostener que esa presencia inicial tuvo alguna forma de permanencia, un trabajo oscuro, interno, de subjetividad sensible, adolorida, que no sé si llevó a algo o no llevó a absolutamente nada.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Mi visión de adolescencia de lo social, de los conflictos profundos de la sociedad chilena, era inevitablemente ingenua, primaria, simplona. Algunos críticos literarios de izquierda habían notado en los cuentos de El patio, mi primer libro, una inquietud, un desajuste que derivaba de reticencias, de reservas, de distancias instintivas. Lo que pasa es que no quiere pelear, escribía, por ejemplo, en su época comunista o filocomunista, en el diario El Siglo, Margarita Aguirre, una de las jóvenes novelistas más talentosas de ese tiempo. No querer pelear significaba, de hecho, no querer ingresar en el partido, no participar en todo el fragor, en la desaforada batalla de la lucha de clases. ¡Niño bien, señorito, burguesito a pesar de todo! Al leer El patio, Gabriela Mistral, nuestra gran poeta, ungida hacía pocos años con el Premio Nobel de Literatura, le había confesado a su amigo Hernán Díaz Arrieta, Alone, el gran crítico literario de la época, que alojaba en aquellos días en su casa de cónsul de Chile en Nápoles, que el libro le había parecido un reflejo del pesimismo de los jóvenes de mi generación, el de una crisis moral, comprobación que la había dejado pensativa y preocupada. Ahora pienso que la reacción de la poeta, su pesimismo, incluso su disgusto, revelaban una percepción interesante. En alguna medida, una anticipación, un esbozo de profecía. Gabriela era amiga de Eduardo Frei Montalva, cabeza de la Falange Nacional, que se trasformaría pronto en Democracia Cristiana y lo llevaría a la presidencia del país; del padre Hurtado, el futuro santo de la Iglesia católica, santo por el lado de la lucha social, no por el del misticismo y la vida contemplativa; de escritores como Joaquín Edwards Bello, a quien había definido como el tábano de la sociedad chilena, el moscardón que picaba a esa sociedad, a ese caballo, en forma incesante, en sus flancos débiles, alimentándose de su sangre, mientras el caballo se defendía en vano con golpes de la cola.

Miro las cosas con la perspectiva de los años y llego a conclusiones probables, sólo probables. Vivía en la dulzura de la casona bien protegida y bien provista, rodeado de personajes populares inolvidables, como la Mariquita Fuentes, la cocinera, que manejaba las tapas de pesado hierro y los fuegos de leña de su cocina, entre el humo enroscado de caldillos, de charquicanes, de pasteles de papas; como la Rosa Hidalgo, que me cuidó durante una pleuresía de mi adolescencia y me frotaba con una sábana de baño a la salida de la tina, con vigor y con cariño, provocándome erecciones que no podía disimular; y provisto del amor de los parientes, que eran «gente como uno», desde mi tía abuela Fanny Lira, que regresaba de treinta o más años de residencia en Francia con una sabiduría culinaria superior y en un estado patético de pobreza, hasta personajes masculinos y femeninos como Rengifonfo (Jorge Rengifo Lira), protagonista con pocos elementos de ficción pura de mi novela El descubrimiento de la pintura; como Pepe Alcalde, arquitecto, melómano, hombre de espíritu, que sostenía que los diálogos de mis primeros cuentos podían llevarme a ser un hombre de teatro; como la bella y delicada Marta Vial, personajes que irán surgiendo en el ritmo de la escritura, y que ya se anunciaron en las páginas de Los círculos morados. Vivía, pues, en el interior de esa burbuja, y aceptaba el privilegio sin preguntas excesivas, con algo de blandura, no sin placer, disfrutando del lado tradicional, criollo, inocentón, por lo menos en apariencia. Pero había puntos de interrogación serios, visiones fugaces de un trasfondo oscuro, quizá siniestro. Eran casi siempre visiones provocadas por relatos de mi madre, gran contadora de historias, pero que a veces llegaban de otros lados, de otras fuentes, de otras voces, para ser más exacto, y en forma imprevista, sorpresiva: palabras, relatos, episodios, que abrían vistas inesperadas: secretos que se descubrían, cadáveres que salían de los armarios.

Mi madre me había contado, por ejemplo, y ya la conté en parte, en forma que ahora me parece demasiado rápida, la historia de una empleada doméstica de su infancia, una joven campesina que debía de trabajar, en atención a la época del relato, en la antigua casa familiar de la calle Catedral abajo, casa que nunca conocí y que me imagino, sin embargo, hasta en sus menores detalles, en sus pilastras de madera descascarada, en sus galerías encristaladas, en sus olores rancios, en las mujeres gordas, parlanchinas, que se presentaban en los meses del otoño a preparar en ollas monumentales, con movimientos rítmicos de cucharas de palo y de formidables cucharones, las reservas anuales de dulce de membrillo. Algunos de los cuentos míos anteriores a El patio transcurrían en esa casa de la calle Catedral que no conocí nunca, que era una ficción mía. He buscado esos papeles por todas partes, en baúles, armarios, sótanos, con ganas de reescribirlos, pero no los he podido encontrar.

La joven empleada del relato de mi madre, cuyo nombre nadie recordaba, era, me digo, más bien obesa, un poco pálida, callada, con un ligero bigote, un vello que me habría caído simpático (si la hubiera conocido), y tenía, ¿tendría?, una expresión constante, inexplicable, de no encontrarse a gusto con ella misma ni con nadie. Ni con la vieja casa, desde luego, aunque supongo que sentiría afecto por alguno de los perros, por el Manduco, por algún gato, por los conejos de las jaulas del fondo de los huertos, porque esos caserones que venían de las profundidades del siglo XIX y que se habían erigido en muchos casos al final de los años coloniales, tenían huertos, y fuentes, patios y canales, y hasta un par de burros, además de algún caballo percherón, aparte de cuevas, subterráneos, despensas y todas las demás cosas. Con una capilla estrecha y semigótica, desde luego, y una caja de marfil donde se guardaban los huesos de un antepasado. Pues bien, la joven que había llegado del campo desapareció una mañana cualquiera, y alguien dijo que la había visto salir de la casa por la portezuela del fondo, de madrugada, y bastante más gorda que lo normal.

—¿Por qué más gorda?

Porque se había puesto toda la ropa que tenía, una prenda encima de la otra, y había salido así, con todo su mísero patrimonio pegado al cuerpo, sin bultos ni maletas, para no despertar sospechas. Salieron varios entonces a buscarla a la Estación Central, varios de los habitantes masculinos de esa casa o de los allegados a ella, pensando que se escapaba en el tren del sur a sus tierras de Rosario, de San Fernando, de Quirihue. ¡China desgraciada! Suponemos que el cochero de la familia, el mozo, quizá el jardinero, Juan Segundo, quizá alguno de los tíos de mi madre, uno de los tíos de la rama Ureta, Carlato, o el Palote, partieron a toda prisa en el carricoche más rápido de la casa, tirado por el caballo percherón, dándole huascazos, chillando, chivateando como en los rodeos y como en los ataques araucanos. Todas las furias de la calle Catedral habían despertado. La joven, con su cara de miedo, de sospecha, de disgusto, gorda de por sí, pero más gorda por las capas de ropa que se había echado encima, se encontraba a un costado de la Estación Central, al lado de un poste de hierro, medio escondida. Cuando divisó a los hombres que llegaban a buscarla, con sus huascas, con sus cinturones, con sus manoplas, se puso a lagrimear. No sabemos si le dieron cachetadas con la mano abierta, pero con fuerza, con ira, dejándole una mejilla roja. O si se limitaron a zamarrearla, a mechonearla, a darle empujones.

Otra de estas historias de sumisión, de castigo, de cuasiesclavitud, la contaba mi suegra, Adriana Vergara Blanco, que tenía una voz arrastrada, como de pregunta, de suposición, de posible burla, o de burla reprimida. Misiá Adriana era nieta de don Ventura Blanco Viel, patriarca de la vieja guardia conservadora, dueño por su bien calculado matrimonio con una Correa y Toro de buena parte del fundo que todavía se llama La Leonera. Cuando empecé a frecuentar el departamento de la orilla norte del río Mapocho de propiedad de la abuela de Pilar, María Carmela Blanco, y donde se había refugiado misiá Adriana con sus dos hijas en sus primeros años de viudez, escuché historias diversas de La Leonera, de don Santos, el cura (si no recuerdo mal su nombre), muy mentado, de una cocinera célebre, ¿la Teresita?, de algunos inquilinos, y hasta de mi bisabuelo paterno Ligorio Yrarrázaval, oveja negra, inútil de la familia, personaje que mi padre se abstenía de mencionar y del que hablaba mi madre en tono de risa, describiendo episodios que lo dejaban en el más completo descrédito, pero sólo en conversaciones privadas conmigo, lejos de oídos susceptibles. ¿Qué episodios? Que se cagaba en la cama, por ejemplo, y le tiraba mierda a los fantasmas que entraban a visitarlo y que no eran más que sus parientes, la gente de su casa.

La señora Adriana, una de las grandes contadoras de historias de mis años juveniles, hablaba de dos jóvenes inquilinos de La Leonera, simpáticos, algo pícaros, que habían sido colocados en el cepo por órdenes de don Ventura, el abuelo, el tribuno de las fuerzas del orden. El cepo, todavía frecuente en los latifundios del Chile de principios del siglo XX, era una barra de hierro que apretaba los pies de los inquilinos díscolos y les impedía moverse, expuestos al sol, al frío de la noche, a la intemperie, en régimen de pan y agua. Existen antiguas fotografías de presos en el cepo: imágenes de la miseria, de la máxima degradación humana. La señora Adriana y sus hermanas, sus primas, le suplicaban al abuelo prócer que liberara a los inquilinos sometidos a tormento, y el abuelo, sentado en su gran sillón victoriano, entregado a la lectura del Memorial de Santa Helena, de mamotretos parecidos, arrebujado en su manta de vicuña, escuchaba, gruñía, carraspeaba y le daba largas al asunto. Esos inquilinos sublevados debían aprender su lección con hierro, con dolor, con sangre. ¡A pan y agua, a la intemperie! ¡No había otra manera! Historias de opresión, de suplicio, de ventas de votos y trampas electorales. A don Ventura le habían gritado una vez en el Parlamento que «su señoría era senador de la República gracias al voto de los muertos de Codegua». Votantes muertos, inquilinos sometidos. Uno de los abuelos de Arturo Fontaine Talavera, encomendero, latifundista, supo que uno de sus inquilinos «había votado mal», a pesar de haber recibido el billete colorado de cien pesos, la empanada al horno y la ración de vino tinto del cohecho convenido, y sacó su rebenque de la cintura y le cruzó la cara de un feroz rebencazo.

—¡Votaste mal, roto de porquería!

Vi algo de todo eso, trabajé todavía a mis veinte años en una oficina electoral de la derecha, repartiendo sobres a personajes miserables, y al final de la jornada, en compañía del Chico Huidobro, un amigo, un cómplice, hicimos algo que era contrario a la norma: salimos a participar en las manifestaciones callejeras del candidato triunfante, Carlos Ibáñez del Campo, el general populista que llegaba con una escoba como emblema. ¡Para barrer a los politicastros corruptos! Nuestro viaje al centro de Santiago y nuestra entrada en la manifestación ibañista tenían una parte de rebeldía, otra de ingenuidad, y otra, quizá, de humor negro. Andrés García Huidobro y yo, salidos hacía poco del San Ignacio, éramos maestros precoces del humor negro. Yo ya leía poesía de la vanguardia francesa, de Rimbaud, de Jules Laforgue, de Paul Valéry, de los nuevos de la lengua española, Pablo Neruda, Federico García Lorca, César Vallejo, de Antonio Machado, don Antonio, junto a relatos de James Joyce, a una traducción de Miércoles de ceniza de T. S. Eliot, y eso me había llevado a dudar, quizá, del sistema de la compra de votos. No sé si esa duda podía conducir a una rebeldía mayor, o si sólo condujo a un rechazo confuso, a una especie de arrepentimiento, a un desorden que consistió en salir a gritar a favor del candidato contrario, a «gritar mal», parodiando al latifundista del rebencazo.

II

Éramos revoltosos, éramos jóvenes de buenas familias o de familias de clase media más bien acomodada, en estado de ruptura de clases, éramos aspirantes a escritores, o artistas, o psicoanalistas en ciernes, y lectores empedernidos. Andábamos por todas partes, a pie, en tranvías abiertos, en trolley buses, con libros despapelados, desfondados, grasientos, con frecuentes manchas de café y manchas de vino o de cosas peores. Me acuerdo de los libros que llevaba Enrique Lihn, en esos años de su primera colección de poemas, Nada se escurre, en sus paseos por el Parque Forestal: volúmenes sucios, ruinosos, que no se sabía cuántas páginas habían perdido; traducciones sospechosas de Martín Heidegger, de Jean-Paul Sartre, de Gastón Bachelard, de Federico Nietzsche. Enrique Lihn bajaba por las escalinatas carcomidas, roñosas, de la escuela de Bellas Artes, y nosotros, Alberto Rubio, Jorge Sanhueza (el Queque), Samir Nazal, yo, llegábamos desde la escuela de Derecho, que se hallaba más al Oriente, al costado de la plaza Italia, al otro lado del río Mapocho. El Santiago de entonces, de fines de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta, ya dejó de existir. Ocurrió lo mismo con el espacio que correspondía en aquella época al llamado Gran Santiago. Nos encontramos un buen día en San Bernardo, en La Florida, en San Miguel, en una casa modesta, de un piso, con olor a meado de gato, que se estremecía con cada paso de sus ocupantes, que pertenecía a parientes de Jorge Millas, el filósofo, miembro de una generación anterior a la nuestra. Aunque más distante, bastante mayor que nosotros, Millas formaba parte de círculos intelectuales que conocíamos. Había sido profesor de filosofía en la Universidad de Puerto Rico, había publicado un ensayo sobre Goethe, y ahora, en silencio, solitario, distante, erudito, se había instalado entre nosotros, por allá por San Bernardo, en el lugar que Enrique Lihn, después, en uno de sus poemas más conocidos, llamaría «el horroroso Chile». En esa casa de los alrededores de Santiago se encontraban personas como Eduardo Molina, conocido entre nosotros como «el poeta Molina», poeta sin poemas, Bartleby en versión criolla; Luis Oyarzún Peña, filósofo y cantor de la vida errante y de la naturaleza del Valle Central, ecologista antes de la llegada del ecologismo; quizá Enrique Lafourcade, que ya había publicado su novela Pena de muerte, libro que Roberto Bolaño, muchos años más tarde, me confesó que había leído y que le había gustado, como si esa confesión y ese gusto fueran un tanto sorprendentes y un tanto vergonzosos; además de alguno de los poetas desdentados, melenudos, de obra escasa, de aquel entonces, y de alguna musa: Margarita Aguirre, Marta Jara, Teruca Hamel, Stella Díaz Varín, mujeres divertidas, interesantes, a veces borrachinas, ocasionalmente peligrosas, que recordamos con nostalgia. En esa ocasión, en forma espontánea, al calor de vinos baratos, de algún arrollado de huaso, de empanadas de horno, a Enrique Lihn, que tenía dotes de actor, y a mí, se nos ocurrió improvisar un paso de comedia, una comedieta bufa. No sé si sería, en mi caso, por influencia de Pepe Alcalde, el pariente que pensaba que los diálogos de mis cuentos podían llevarme a ser autor teatral. Enrique representó a Pablo Neruda, sin pertenecer en absoluto a la especie de los nerudianos puros, como el Queque Sanhueza y Margarita Aguirre; y yo, que me había alejado de los rediles católicos, representé al cardenal José María Caro Rodríguez, de quien había sido monaguillo en las misas solemnes de los 31 de julio ignacianos. Yo imitaba con algo de gracia la voz gangosa, cascada, aguda, del cardenal, y Enrique la voz nasal, cansina, sureña, del poeta de Residencia en la tierra. Bebimos largos sorbos de nuestros vinos pipeños y nos enfrascamos en una discusión furiosa de nuestros respectivos personajes, en el lenguaje propio, exagerado, distorsionado, de cada uno de ellos, acompañando las palabras con gestos, pasos teatrales, expresiones exageradas. Neruda se presentaba como poeta del pueblo, bardo máximo, invencible, y el cardenal se reía de él a carcajadas, con su boca desdentada y desbocada: de sus tropiezos, sus torpezas, sus ínfulas populacheras. El anciano cardenal se sobaba las manos, celebrando la anticipada condena de su contrincante a los infiernos. Fue una sesión disparatera, divertida, algo alcohólica, muy propia de esos años, y ahora no sé si Stella Díaz Varín, la célebre colorina, terminó tendida en el suelo, o si esto ocurrió en encuentros posteriores, pero sé que todos nos reímos a mandíbula batiente, dando saltos de alegría, y que muchos de los presentes celebraron la improvisada comedieta durante años.

Las sesiones más tranquilas, amenizadas por platos chilenos medio inventados y por vinos más pasables, ocurrían en el departamento de la calle Teatinos arriba, cerca de la Estación Mapocho, de Enrique Bello y de su mujer, que en esos días era una gringa de origen sueco, guapa, vistosa, ya no tan joven, y que tenía la manía de hablar y de comportarse con maneras de niña chica, con una especie de coquetería infantiloide, hablando de ella misma en tercera persona. Enrique Bello Cruz, que tendría alrededor de cincuenta años de edad, era del sur, de Concepción. Pertenecía a la familia de los Cruz que había sido federalista, anticentralista, y sería derrotada a mediados del siglo XIX por los ejércitos centrales. Era un hombre afectuoso, amistoso, de una cortesía provinciana, que ya había empezado a volverse anacrónica. Un caballero algo antiguo del mundo del arte y del comunismo nacional, siempre en situación de relativo conflicto con su partido, porque amaba en exceso la pintura abstracta, más que la del realismo socialista, y la vanguardia, así como la experimentación en literatura, mal miradas por los estalinistas en estado puro. Publicaba prosas sin letras mayúsculas y con espacios entre las palabras que reemplazaban los signos de puntuación. Sacaba una revista de gran formato, con aspecto de diario, Pro Arte, y había conseguido mantenerla, haciendo toda clase de acrobacias publicitarias y financieras, durante años. Yo la compraba en mis años de adolescencia a la salida del San Ignacio, después de despedirme del hermano Delgado y del hermano Lou, en un quiosco de la vereda del frente que recuerdo como si fuera hoy, y en sus primeras páginas, rebosantes de tinta y de ilustraciones borrosas, descubría novedades como la poesía de César Vallejo, con ese inolvidable «Me moriré en París con aguacero / un día del cual tengo ya el recuerdo…», clásico absoluto de mi generación literaria, cuyo título, «Piedra negra sobre piedra blanca», nadie entendía, pero que, precisamente por eso, era de un desconcertante, fascinante, atractivo. Descubrí poco después, nada más y nada menos, la poesía de T. S. Eliot, cuyo Ash Wednesday (Miércoles de ceniza) había sido traducido al español por un anglo-chileno que se llamaba Jorge Eliot y que se proclamaba pariente cercano del poeta por él traducido. Eliot, el chileno, resultó pintor, después, de paisajes montañosos, sombríos, que parecían surgir de visiones del norte desértico, y un poeta que sufría de la manía compulsiva de leer sus poemas a la gente. Neruda contó que se encerraba en su cuarto de baño, que se sentaba en el trono, y que Jorge Eliot le pasaba poemas recién escritos por él por debajo de la puerta.

Me acuerdo de haber encontrado en la casa de Enrique Bello, en su departamento de la calle Teatinos, a poetas, músicos, pintores, de generaciones anteriores, a veces muy anteriores, a la mía. Por ejemplo, Acario Cotapos, que era un músico moderno, para definirlo de alguna manera, y que había vivido en París y en el Madrid de antes y de comienzo de la guerra española, donde había conocido de cerca a Ramón del Valle Inclán, a José Bergamín, a Federico García Lorca, Rafael Alberti, Manolo Altolaguirre, entre muchos otros. Bajo, calvo, panzudo, de ojos saltones, de salidas chispeantes, burlonas, repentinas, Acario me daba la impresión de un huevo carnal, nada de cuaresmal, ambulante. Me contaron que Federico, cuando lo veía acercarse por las calles de ese Madrid de 1935, decía: «Ahí viene Acario con su vientre Jesús». Pablo Neruda, su íntimo amigo, decía que era un Rabelais chileno, un hombre de gracia inagotable. Con la boca hacía constantes ruidos, górgoros, trinos, y de repente pegaba algo así como alaridos en la selva urbana. Tenía la manía de los microbios, entre muchas otras manías, y en el momento de dar la mano, mostraba un grano, una cicatriz, lo que fuera, y la escondía de inmediato. Es decir, no daba la mano por miedo al contagio. Antes de Madrid había vivido en el París de entre las dos guerras y citaba sus numerosos encuentros personales con «el maestro Wolf», uno de sus caballos de batalla, con Igor Stravinsky, con poetas y pintores de la vanguardia más avanzada. Yo lo encontré en el Santiago de fines de los cuarenta, de la década de los cincuenta, y estaba siempre devorado por la nostalgia, por esa enfermedad que Joaquín Edwards Bello había bautizado como «parisitis». Acario, en un tono conspirativo, burlesco, autocompasivo, sostenía que había que venderle Chile a los norteamericanos «y comprarse algo más chico cerca de París», anécdota que he contado en otros lugares y que nunca deja de arrancar una sonrisa. Lo escuché muchas veces improvisar al piano con indudable talento, con ritmos y formas, o ausencias de forma, que me hacían pensar en gimnopedias de Erik Satie, en sus «piezas en forma de pera», y oí fragmentos, ya no sé si en discos o en vivo, de su poema sinfónico El pájaro burlón. Era un gran creador que hemos olvidado, y que probablemente, tal como van las cosas, olvidaremos para siempre.

Acario vivía del aire, haciendo milagros cotidianos, protegido por colegas musicales que pertenecían a sectores sociales más acomodados, como Alfonso Leng, autor de un notable poema sinfónico inspirado en Alsino, la novela de Pedro Prado sobre un Ícaro campesino, y que era médico y dentista de profesión; o como Alfonso Letelier y Domingo Santa Cruz, compositores musicales y dueños de fundos. Mi madre contaba que iba a la consulta de dentista de Alfonso Leng, don Alfonso, y que de repente, entre gutaperchas y máquinas, con la boca entre artefactos, aparecía la cara exaltada, de escasos pelos disparados hacia los lados, de Acario. El Chile de los Alfonso Leng, de los Acario Cotapos, de pintores como Camilo Mori o el inefable Agustín Abarca, que pintaba árboles y vendía cuadernos y lápices de colores para ganarse la vida, de actores como Agustín Siré, María Maluenda, Bélgica Castro, de historiadores como Ricardo Donoso, Jaime Eyzaguirre, Francisco Antonio Encina, un país entre conservador y anarquizante o izquierdizante, es ahora un islote austral desaparecido, con sus historias, sus grandes personajes, sus musas. Pablo Neruda decía con frecuencia que a los excéntricos de Santiago, que pululaban por todas partes, redondos como Sancho Panza y su hermano criollo Acario Cotapos, estilizados como Alonso Quijano el Bueno o como el Incandescente Urrutia, de cachimbas curvas, sombreros de tweed con plumita de ganso y esclavinas a lo Sherlock Holmes (el poeta se refería a don Marcos García Huidobro, que había sido cónsul de Chile en la isla de Ceylán y en la populosa ciudad de Calcuta, en los tiempos en que él era «cónsul de tercera clase» en Rangún y en Colombo), había que haberlos conservado en formol, ¡a favor de la diferencia, de la poesía, de la vida! Puede que el Chile de hoy esté mejor en los números, en las estadísticas, incluso en los niveles de superación de la pobreza, pero temo que en la fantasía, en el espíritu, en todo aquello que es la sal de la vida, esté bastante peor. Es decir, tengo serias dudas en este último aspecto, y me pregunto si estas dudas forman parte de esa «íntima tristeza reaccionaria» que cantaba el poeta mexicano Ramón López Velarde.

Un buen día estábamos en el Museo de Bellas Artes de Santiago, frente al Parque Forestal, entre sus cristales y sus estructuras de hierro, imitadas del Petit Palais de París, y Enrique Bello, el amigo infaltable, me señaló a un hombre de mediana edad, más bien moreno, de bigotes, que estaba apoyado en una pared, solo, con cara y hasta con expresión corporal de aburrimiento, de fastidio, de desacuerdo con el mundo.

—Es un personaje interesante —me dijo Enrique—, un escritor y diplomático brasileño. Te aconsejo que converses con él.

Resultó que Rubem Braga era un cronista archi conocido y celebrado en el Brasil y un poeta ocasional de calidad, poeta bisiesto, de acuerdo con la expresión de Manuel Bandeira, uno de los grandes de la poesía en lengua portuguesa de esos años. Rubem era un fuerte opositor a la dictadura de Getulio Vargas y había sido censurado y hostigado en la forma habitual de las dictaduras de ese tiempo, que años más tarde, en comparación con los regímenes militares más recientes, parecieron dictablandas. Era un hombre gruñón, reservado, amante profundo de la pintura y de la poesía, bebedor compulsivo de whisky, a la manera de su íntimo amigo Vinicius de Moraes, de amores femeninos constantes y a veces paralelos, y no sabría decir ahora si siempre efectivos o a menudo imaginarios, platónicos, como si la mujer soñada, idealizada, tendiera a ser suplantada por la botella y por la ensoñación en estado puro. Para compensarlo de las molestias y atropellos que le había ocasionado la dictadura de Getulio Vargas, el señor Café Filho, el presidente conservador que había seguido a la caída de Vargas y su suicidio, le dio un cargo diplomático en Chile, el de jefe del Escritorio Comercial del Brasil. Rubem, que pertenecía a la especie de los escritores que tienen un sentido sólido de la realidad, sin excluir las realidades comerciales y económicas, cumplía con su trabajo en horas matinales de atención dedicada, eficiente, hasta minuciosa. Conversaba con gente de los sectores más diversos, leía mucho, seguía la vida y la política chilenas de cerca. En sus escapadas nocturnas, que lo llevaban a mundos insospechados, manejando un Oldsmobile oscuro, amplio, ultramoderno para ese tiempo, que deslumbraba a sus amigos y amigas, solía olvidarse de dónde había estacionado el automóvil y debía regresar a su casa del barrio alto de Santiago en un taxi. Estos olvidos frecuentes del entonces lujoso Oldsmobile, seguidos de cansadoras búsquedas al día siguiente, lo llevaron a poner término al arriendo de su casa en la calle Roberto del Río y a tomar habitaciones en el Hotel Lancaster, que se hallaba en una calle curva del costado del hotel Carrera, al lado de Amunátegui y a dos calles de distancia de La Moneda, en pleno centro de Santiago. El Oldsmobile azul oscuro descansaba en el subterráneo y su dueño salía a sus excursiones nocturnas a pie, sin rumbo fijo, desembocando a veces en los talleres de artistas que existían entonces en Merced esquina de Mosqueto. Esos talleres fueron escenarios de diversos textos narrativos míos, como la novela más o menos breve El museo de cera, que el crítico mexicano Christopher Domínguez calificó de «casi novela», definición que no carece de un lado de humor y hasta de broma. A propósito, ¡cuánta broma, cuánta risa, cuánto whisky intercambiado entre los talleres de Matías Vial, escultor; de Arturo Edwards De Ferrari, escultor, gastrónomo, coleccionista, y de Pilar, mi mujer, y Paulina Waugh! ¡Qué cosas habrán visto esos muros frágiles y esas esculturas tapadas con paños blancos que parecían mortajas! Eran los finales del régimen constitucional de Carlos Ibáñez del Campo, dictador en la línea, precisamente, de Getulio Vargas, y en la de Primo de Ribera en España, a fines de la década de los veinte, y que en 1952, después del colapso desprestigiado de los gobiernos radicales y del presidente Gabriel González Videla, fue elegido por mayoría casi absoluta de los votos de los ciudadanos de Chile. Ibáñez había sido un presidente mediano, por no decir francamente mediocre, conciliador, que después de ser expulsado del gobierno y del país por una huelga de brazos caídos en 1931, trataba en su segundo período de evitar conflictos a toda costa. Rubem Braga comprendió nuestra situación interna con agudeza, con ironía; navegó en esas aguas con relativa facilidad, cultivando buenas relaciones con la gente de su embajada, y cuando terminó de pagar las deudas que había contraído en su país en épocas difíciles, regresó a su amado Río de Janeiro, a la «cidade maravilhosa», que en aquellos años, como lo pude comprobar un poco más tarde, era verdaderamente maravillosa, mágica, bella e inspiradora. En los primeros tiempos de Rubem en Santiago asistimos una noche a una fiesta, con Pilar, pareja mía y futura mujer, con Enrique Bello y su gringa sueca, que, impresionada con el personaje de Rubem Braga, mientras más obsesionada, más infantiloide se ponía, y con algunos más: Enrique Lihn, Jorge Sanhueza (el Queque infaltable), la Negra (Blanca Diana) Vergara. La fiesta era en la nueva casa de Pablo Neruda en los faldeos del cerro San Cristóbal, quien se había instalado a vivir ahí después de su separación de Delia del Carril, la Hormiga, y de juntarse con Matilde Urrutia. Rubem, que tenía acceso a los whiskies de la diplomacia en esos tiempos de estricta prohibición, llevó dos botellas cúbicas, equivalentes a oro líquido, a la casa del San Cristóbal, una para el dueño de casa y otra para el consumo del grupo nuestro («la petite bande joyeuse», Marcel Proust), y las dos preciosas botellas fueron ocultadas debajo de la cama de los dueños de casa. Pero resultó que bebimos la nuestra con relativa rapidez, y alguien, quizá el Queque Sanhueza, partió a buscar la segunda botella, la destinada al poeta, la que también fue consumida por nosotros, y en forma todavía más rápida. El vate de Canto general, de «Estatuto del vino», de «Apogeo del apio», descubrió a la mañana siguiente que su presente de whisky aut ...