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ESCUELA TOMADA

Alfredo Jocelyn-Holt  

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Fragmento

Las universidades han soportado tiempos difíciles desde que los gobiernos decidieron moverse hacia una educación superior masiva, ninguna tanto como las instituciones de élite que conocí tan bien en Londres —University College, Imperial College y la London School of Economics— además de las principales universidades cívicas. Son estos lugares, más Oxford y Cambridge, los guardianes de la vida intelectual. No pueden enseñar las cualidades que las personas precisan en política y en negocios. Tampoco pueden enseñar cultura y sabiduría, no más que teólogos enseñan santidad, o filósofos bondad o sociólogos un plan para el futuro. Existen para cultivar el intelecto. Todo lo demás es secundario. Las cuestiones que conciernen a ambos, a dons y a administrativos, son secundarias. La necesidad de mezclar clases, nacionalidades y razas es secundaria. Las agonías y alegrías de la vida estudiantil son secundarias. También las reglas, costumbres, el pago y la promoción del personal académico y sus debates en cambiar el currículo o procurar facilidades para investigar. Incluso el despertar de un sentido de la belleza o el shock vital de una nueva experiencia, o la búsqueda de la bondad por sí —todos estos son secundarios frente al cultivo, formación y ejercicio del intelecto—. Las universidades deben levantar en admiración la vida intelectual. El regalo más precioso que pueden ofrecer es poder vivir y trabajar en torno a libros o en laboratorios y permitir que los jóvenes vean aquellos raros scholars que han dejado a un lado el mundo del éxito material, tanto adentro como afuera de la universidad, a fin de estudiar con una devoción y un solo motivo respecto a algún tema porque eso más allá de todo lo demás les parece importante a ellos. Una universidad está muerta si los dons son incapaces de alguna manera de comunicar a los estudiantes la lucha —y las frustraciones tanto como los triunfos en dicha lucha— para producir, a partir del caos de la experiencia humana, algún grado de orden ganado por el intelecto. Ese es el fin al que todos los acuerdos de la universidad deben ser dirigidos.

Sigo creyendo que éste es el principio que debe gobernar a Oxford y a Cambridge y a nuestras universidades de élite.

NOEL ANNAN, The Dons. Mentors, Eccentrics and Geniuses, 1999

Numerosos edificios de herencia moderna en la ciudad han sido invadidos durante los últimos años. En la mayoría de los casos han sido ocupados con invasiones violentas que terminan en acuerdos o pactos, no sólo con las autoridades y vecinos del área, sino también entre los propios invasores, reacondicionando los espacios y alterando su arquitectura para satisfacer las necesidades grupales y que allí se establecen. Una innovadora arquitectura, resultado de las nuevas formas de lazo social, se evidencia en las alteradas estructuras externas de los edificios tomados.

ALEXANDER APÓSTOL, Modernidad tropical, 2010

Sé tanto hoy como supe entonces acerca del conflicto que me mantendría duramente trabajando en un mundo que no es mi mundo, aunque haya resultado ser mi vida.

LILLIAN HELLMAN, An Unfinished Woman, 1969

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CON VOZ PROPIA

Escribir una historia íntima de un hecho que enfoca a una figura central que no es central para entender dicho hecho, invita a que de inmediato se hagan preguntas sobre la debida competencia del historiador, o, efectivamente, respecto a sus honorables motivos. La figura seleccionada puede que le sea conveniente aunque no crucial para la historia que narra. Semejantes comentarios cínicos obviamente los podría provocar la elección de nuestro protagonista en particular [sí mismo]. Cabría señalarse que, en este caso al menos y para este historiador, no existe otra opción posible. Aunque lo dicho recién no sea necesariamente impreciso, una presentación de sus buenos motivos debiera ofrecerse desde ya.

NORMAN MAILER, The Armies of the Night, 1968

Es riesgoso en un libro de ideas hablar con la voz propia, pero esto sirve para recordarnos que las verdades más verdaderas son, de manera inevitable, profundamente personales.

SAUL BELLOW, «Prólogo», The Closing of the American

Mind de Allan Bloom, 1987

Recuerdo perfectamente —estas son memorias— el momento exacto en que decidí que iba a escribir una historia de la toma de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile que ocurriera en mayo-junio del 2009.

Estaba redactando un largo correo electrónico a Mauricio Tapia, profesor de derecho civil de la Facultad, en respuesta a una pregunta suya sobre cómo yo veía la toma, si había o no una solución, y cuál era mi postura en todo este enredo que nos tenía parados desde hacía varias semanas sin visos de salida alguna. Tapia, al final de cuentas, resultó ser uno de los tomistas más furiosos, y eso que, hasta entonces, había sido un mignon del oficialismo, al cual la toma ahora amenazaba. Por qué quería mi opinión es una cuestión que todavía no logro comprender. Con todo, presumiendo de buena fe que le hablaba a alguien que no me merecía dudas (en ese entonces), le escribía sin filtro alguno. Aunque, pensándolo ahora más en frío, a esas alturas, Tapia me importaba un pucho. La toma llevaba diez días y el correo, para qué decir el humo espeso del enésimo cigarrillo fumado uno tras otro mientras redactaba, me tenían entusiasmadísimo, en estado febril.

Retrataba allí a cuanto personaje recordaba de la Escuela, desde que entré a estudiar en 1979, muchos de los cuales —no todos vivos— aún me los sigo topando en los pasillos y rincones de Pío Nono s.n.1 Intempestivamente a veces, cuando subo las escaleras o tras quedarme solo, después de mis clases, en alguna de las salas-gallineros del primer o segundo piso. Espectros, algunos benevolentes como los de mi profesor don Avelino León Hurtado, brillante civilista; otros, pompo-fúnebres como el de Hugo Rosende Subiabre, «brazo jurídicamente armado» de la dictadura, con su largo abrigo azul marino (incluso cuando hacía calor, siguiendo a su álter ego, Jorge Alessandri, de quien fuera alguna vez confidente hasta que el presidente lo echara de palacio con el rabo entre las piernas). Ambos personajes, decanos de la venerable Escuela en el período en que fui alumno entre 1979 y 1984.

Tecleaba y tecleaba, tratando de exorcizar de mi cabeza a tamaños espíritus, cuando la Emilia, mi hija, baja del segundo piso de la casa, entra al comedor donde en ese momento escribía, y me informa, solemne, la noticia de último minuto: Roberto Nahum, el entonces todavía decano, acababa de ingresar a la Facultad. Recién se lo habían comunicado sus compañeros de escuela (mi hija entonces era alumna de segundo año de Derecho en la Chile) a través de una cadena de mensajes desde cierta radio estudiantil, luego retransmitidos cuan avalancha en cascada a través de Facebook, Messenger, y gmails-chats (Twitter recién se estrenaba), desde dentro y fuera del caserón en toma. Deben haber sido las 2.15 de la mañana, del décimo día de la toma, y si no recuerdo mal un domingo.

La escena me pareció, de inmediato, descabellada. Incluso, dudé por un minuto de Nahum. ¿Es que estaba fuera de sí? ¿Qué diablos hacía en la Escuela a esas horas de la madrugada, acompañado además de su señora? ¿Había ido a qué? ¿A negociar, a doblarles la mano a los golpistas-tomistas (Nahum es diestro negociador), ofrecerles su renuncia, su persona, cuan «cabeza de turco» en bandeja, para que depusieran el arbitrario acto de fuerza que habían montado en su contra? Sólo uno de los tres cabecillas de la toma —Sebastián Aylwin (ex ayudante de mi curso)— estaba de guardia esa noche; el resto, un puñado de alumnos, arropados en sacos y frazadas para combatir el frío, dormían. El edificio, una suerte de mausoleo de estilo modernista mussoliniano inaugurado en 1938 —anticipo urbano del zoológico y cementerio un poco más al norte en Recoleta—, siempre ha sido gélido e inhóspito, a tono con las típicas relaciones humanas que se cultivan en su interior y luego proyectan al país entero normándolo.

Encandilada, convertida de repente en pila eléctrica, nunca esta usina (por eso la torre y el reloj) al borde del río, me ha parecido tan aparatosamente teatral. Años antes, en junio de 1982, me había maravillado el Mapocho a punto de salirse de su cauce —las aguas subieron casi a ras del puente de Pío Nono amenazando con llevárselo (hubo quienes esperaban que ojalá también la Escuela)—, pero esa vez se trataba de un hecho natural; ahora, unos vivos vivísimos, no fantasmas, ni aluviones, protagonizaban el drama en su interior.

Me cuesta explicar de otra forma la excitación con que seguí las noticias sintonizando de inmediato el sitio web de los tomistas —www.derechoenreconstruccion— que confirmó la noticia. Dos imágenes, para peor históricas, nada de halagadoras, cruzaron mi mente. La primera, la de Hitler en una de sus penúltimas horas saliendo del búnker a tomar aire, ocasión en que también saluda a unos niños reclutas que cuidaban su guarida. La segunda, la de «RN», Richard Nixon, yendo a parlamentar a tempranas horas de la mañana, allá por 1970, con unos melenudos manifestantes en contra de la guerra de Vietnam en el Lincoln Memorial.2 La sola posibilidad de que Roberto Nahum (curiosamente también «RN»), y a quien yo apoyaba, se me confundiera con el Führer o con Nixon —un majamama mental en exceso nicotínico— era patético.

Un ajuste de cuentas

Así de tenebrosa y teatral la escenificación que se estaba llevando a cabo a sólo diez minutos en auto desde mi casa —estuve a un pelo de correr a la Escuela y cerciorarme en directo— opté, en cambio, por escribir la historia de la toma del 2009 en la Facultad a partir del correo que redactaba. Corté rápido la lata con Tapia, despachando el escrito destinado a él y sus amigotes, no sin antes consignarle lo que pasaba. Las horas siguientes me las «fumé» hasta que oí amanecer la pajarería que se congrega y despega en bandada desde los estanques de agua gigantes cercanos a mi casa. Debe haber sido una docena de cigarrillos, imaginándome lo que podía ser alguna vez este libro.

¿Una crónica?, ¿una obra sesuda?, ¿por qué no una novela, una novela en clave y, en una de éstas, ni tan en clave, como son siempre las novelas en clave? Preguntas con que batallo desde entonces, a las cuales creo haber resuelto más o menos de la siguiente manera.

Nunca me han convencido los géneros literarios estrictos, no cuando soy quien escribe. Prefiero el ensayo libre, ágil, ojalá lo más variado. Es el medio por excelencia en nuestra medianamente larga tradición historiográfica, el que tiene más llegada al público lector, ilustrado y políticamente sensible.3 Es más, si narraba el cuento a modo de novela, seguro que me hubiesen dicho que mentía. La realidad, en cambio, suele ser más increíble que cualquiera invención. «Hay demasiada ficción en el mundo», rezaba un ingenioso título de un festival de cine documental algunos años atrás.4 También deseché la posibilidad de un libro «académico», lo cual me habría entrampado en bizantinismos bicharracos —ya veremos— que pretendo denunciar. Una crónica estricta, por último, no hubiese pasado más allá de los meros datos; los cuales, aunque descarnados y capaces de hablar por sí solos, tienden a quedarse cortos cuando no se les contextúa e interpreta. Por eso, he preferido tejer un relato comentado, conscientemente híbrido, lo cual no le viene nada de mal a las memorias —Sergio Pitol un buen ejemplo5—, y con mayor razón tratándose de un tema en que he sido testigo y partícipe; de ahí mi entusiasmo por lo que hace Norman Mailer en su Armies of the Night.

Lo que tuve claro desde un comienzo es que tenía que ser una respuesta al ajuste de cuentas iniciado por los otros. Esta vez contando la firme, lo que ellos esconden, y, bueno, sí, cómo no, dando a conocer quiénes son, sus nombres y apellidos, qué pretenden, a qué aspiran o ambicionan con maniobras tan audaces apoderándose de una facultad como Derecho de la Chile. «No se puede hablar impersonalmente de nadie», decía Enrique Lihn.6

Ocurre también que desde siempre los historiadores sabemos nuestro oficio y sus riesgos. Heródoto inicia Los Nueve Libros de la Historia precisando el propósito: que no se desvanezca «con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres […] así de los griegos como de los bárbaros». A mí, esto de los bárbaros siempre me ha intrigado. El olvido, además, dispensa, extingue culpas. Agreguémosle que la impunidad no se condice con una Escuela de Derecho digna de su nombre. Si algo aprendí en Pío Nono, siendo alumno, fue que toda responsabilidad ha de ser personal nunca colectiva. La historia tiende siempre a un relato ad hominem; lo otro es sociología o filosofía pura, de las que me eximo, no por incompetencia, sino porque ángulos tan abstractos no vienen al caso en esta ocasión. El asunto es más terrenal. Adueñarse de un centro indiscutible de poder ha sido el único norte de quienes aquí se retrata. Adelanto, pues, que es una imagen descarnada la que se presenta en estas páginas, pero una imagen —quiero también creer— no desproporcionada en su realismo crudo si se la compara con el empeño tanto más real-brutal en que se empecinaron. Conste que tampoco, del todo, en vano. Tras un largo año de toma, no sólo esos primeros 43 días (también hubo una toma desde rectoría), la obstinación de esta gente fue de tal magnitud que logró algunos de sus más codiciados fines.

Estamos hablando de, nada menos, que la institución académica más antigua del país. De las cinco facultades originales de la Universidad de Chile fundada en 1842, la de Derecho es la que menos ha cambiado estos últimos 173 años. A la de Humanidades no hace mucho la dictadura la hizo pebre. A Teología, un anticlericalismo mal planteado la borró del mapa en 1927. Medicina y Ciencias Físicas y Matemáticas se han profesionalizado en extremo. Derecho, sin embargo, mantiene un marcado perfil humanista. Aquí se siguen formando no sólo los futuros abogados del país sino también nuestros principales políticos, parlamentarios, ministros, presidentes de la república, diplomáticos, y alguno que otro empresario, figura de la prensa escrita, historiador, literato, sociólogo, filósofo o intelectual de nivel nacional.7

Eligieron bien el blanco. Sabían perfectamente a lo que iban y cuándo atacar la presa. Es más, la animosidad con que, desde hace varias décadas, vienen cercando a la Universidad de Chile, no debiera ser ningún misterio a estas alturas. Quienes lo ignoran o descartan, fingen. Medios periodísticos, grupos de poder, entre ellos intereses económicos potentísimos, dueños de todo un mundo universitario privado en paralelo a la institucionalidad pública, hace rato que la tienen entre ojos y entre cuerdas. Un desgaste sistemático se ha ido articulando tanto desde afuera como desde dentro de esta casa de estudios, esto último lo más devastador. Es decir, contando con la complicidad cuando no con el derrotismo implosivo de sus propios académicos, y, ahora, a partir de esta toma de la Escuela de Derecho, en colusión con sus estudiantes. Muchos de ellos entre los supuestamente mejores alumnos del área humanística que acceden cada año desde las instancias más plurales de educación secundaria de este país, con una fuerte vocación política, todavía cruda, por lo visto. Que, en esta vuelta, se hubiese contado, además, con la intervención descarada de La Moneda, bajo Bachelet (versión primer gobierno), resulta alarmante. Por eso este libro.

Qué pito toco

Permítaseme un poco de historia personal entrelazada con esta otra general, razón que también motiva esta reflexión en voz alta; Mailer me avala. Llevo varias décadas en el sistema universitario chileno. Treinta y seis años desde que ingresé en 1979 a estudiar Derecho en la Universidad de Chile, dos de esos años conjuntamente como alumno del Instituto de Historia de la Universidad Católica; treinta y uno desde que fui profesor por primera vez en la Universidad de Talca; veintisiete desde que se me nombró para lo mismo en la Universidad de Santiago; y más de veinte, también impartiendo clases en universidades privadas, en la Diego Portales, en la Andrés Bello y en la Finis Terrae. En la actualidad soy profesor en tres facultades de la Universidad de Chile, en Derecho, en Filosofía y Humanidades, y en Ciencias Físicas y Matemáticas.8

Aunque mi pregrado es de la Universidad de Chile, entré algo más tarde que el resto del curso, cuando tenía veinticuatro años de edad. Previamente, había estudiado en la Universidad Johns Hopkins (EE.UU.), donde obtuve el doble grado de Licenciado en Historia del Arte y el Máster en Estudios Humanísticos, ambos en 1977. Un año después, fui aceptado y me incorporé al Doctorado en Historia del Arte del Warburg Institute de la Universidad de Londres, estudios que abandono en 1979 para volver a Chile, tras vivir catorce años fuera del país. Volví a resid

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