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FAMILIA FANG, LA

Kevin Wilson  

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Fragmento

Título original: The Family Fang

Traducción: Magdalena Palmer

1.ª edición: marzo 2012

 

© Kevin Wilson, 2011

© Ediciones B, S. A., 2012

para el sello Bruguera

Consell de Cent 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal:  B.10370-2012

ISBN EPUB:  978-84-9019-030-2

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

Para Leigh Anne

 

 

Es grotesco que sigan queriéndonos,

sigamos queriéndolos.

La desfachatez, apenas imaginable,

de habernos engendrado.

Y cómo.

Sus vidas: sin duda,

podemos hacerlo mejor.

«Padres», WILLIAM MEREDITH

No era real; era un escenario, un escenario demasiado teatral.

In a Lonely Place,

DOROTHY B. HUGUES

Prólogo

Crimen y castigo, 1985
 Artistas: Caleb y Camille Fang

 

El señor y la señora Fang lo llamaban arte. Sus hijos, gamberrada.

—Armáis jaleo y después os marcháis ‌—‌les decía Annie, su hija.

—Es más complicado que eso, cariño ‌—‌matizó el señor Fang, mientras entregaba información detallada del acontecimiento a cada miembro de la familia‌—‌. Pero también hay simplicidad en lo que hacemos.

—Sí, también hay eso ‌—‌añadió la señora Fang.

Annie y su hermano menor, Buster, no replicaron. Se dirigían a Huntsville, a dos horas de distancia, porque no querían que los reconocieran. El anonimato era un elemento esencial de sus actuaciones; les permitía preparar las escenas sin la intromisión de personas que pudieran esperarse el follón.

Mientras aceleraba por la autopista, ávido de expresarse, el señor Fang miró por el retrovisor a su hijo, de seis años.

—Hijo, ¿quieres que repasemos tus deberes de hoy? ¿Nos aseguramos de que lo has entendido todo?

Buster miró los toscos esbozos a lápiz que su madre le había dibujado en el papel.

—Voy a comer puñados de gominolas y a reír muy fuerte.

El señor Fang, sonriente, asintió con satisfacción:

—Eso es.

Entonces la señora Fang sugirió que Buster arrojase algunas gominolas al aire, lo que les pareció a todos muy buena idea.

—Annie ‌—‌continuó el señor Fang‌—‌, ¿cuál es tu responsabilidad?

Annie miraba por la ventana; contaba los animales muertos que habían pasado, que ya ascendían a cinco.

—Yo soy el topo. Doy el soplo al empleado.

El señor Fang volvió a sonreír.

—Y después, ¿qué?

Annie bostezó.

—Me largo.

Cuando llegaron al centro comercial estaban preparados para lo que se avecinaba: la situación que crearían durante un breve momento sería tan extraña que la gente sospecharía haberla soñado.

Los Fang entraron en el concurrido centro comercial y se dispersaron, fingiendo que no se conocían. El señor Fang se sentó en una de las cafeterías y comprobó el enfoque de su diminuta cámara; la escondía tras unas gafas enormes que le provocaban un sarpullido siempre que se las ponía. La señora Fang echó a andar con gran decisión, moviendo los brazos exageradamente para dar la impresión de estar un poco loca. Buster pescó centavos en las fuentes y acabó con los bolsillos empapados pero llenos de monedas. Annie compró un tatuaje adhesivo en un quiosco que vendía baratijas absurdas e inútiles y entró en los aseos para pegarse en el bíceps una calavera con una rosa entre los dientes. Se bajó la manga de la camiseta para ocultar el tatuaje y luego se sentó en uno de los retretes hasta que sonó la alarma del reloj. Era la hora y los cuatro se dirigieron despacio a la tienda de chucherías para aquello que solo ocurriría si cada uno hacía exactamente lo convenido.

Tras cinco minutos de vagar sin rumbo por los pasillos de la tienda, Annie tiró de la camiseta del adolescente que había detrás del mostrador.

—¿Quieres comprar algo, niña? ¿Te alcanzo alguna cosa? Por mí, encantado.

El chico era tan amable que Annie sintió un poco de vergüenza por lo que iba a hacer.

—No soy una acusica ‌—‌le dijo.

El chico, confundido, se acercó más.

—¿Qué dices, señorita?

—No me gusta acusar a nadie, pero esa mujer está robando chucherías.

Señaló a su madre, que estaba junto a un recipiente de gominolas con una gigantesca pala plateada en la mano.

—¿Esa mujer? ‌—‌preguntó el chico.

Annie asintió.

—Hoy te has portado muy bi

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